domingo, 20 de septiembre de 2020

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (II)


Welcome To Fabulous Las Vegas

Normalmente todos los años recibo a los alumnos con un «Bienvenidos» y una actividad de dinámica de grupo, pero este año me parece que voy a cambiar el «Benvenuti a la mia casa» por un «Welcome to Fabulous Las Vegas», porque teniendo en Ed. Física los dos cursos de 1º ESO a casi 30 alumnos, sin posibilidad de desdobles en mi asignatura, y con el virus desbocado, no me dirán que no es jugártela a la ruleta rusa.

Welcome To Fabulous Las Vegas
Brandon Flowers

Brandon Flowers jugando a las tragaperras en Las Vegas

 Bastaría con que nos hubiesen concedido un curso más de 1º ESO para bajar la ratio a 20 alumnos por clase. Pero esto es lo que hay. Y si quieren ver otro ejemplo de la importancia de la educación en España, no tienen más que pinchar en el siguiente enlace:

martes, 15 de septiembre de 2020

ALGO POR LO QUE BRINDAR


Un brindis por la publicación del artículo del Dr. José Ramón Alvero
Fotografía: Lucía Rodríguez

En este tiempo extraño cada vez cuesta más encontrar un motivo por el que brindar, así que he aprovechado la publicación del artículo del amigo José Ramón Alvero en la prestigiosa Human Kinetics para descorchar una botella de buen vino y alzar mi copa.


 Doctor en Medicina y en Ciencias del Deporte, José Ramón Alvero ha realizado un interesantísimo estudio de la predicción de tiempo en media maratón, sobre el que ya les hablé hace tiempo en este mismo blog (¿Podemos predecir el tiempo de carrera en la media maratón?*)  con motivo de la presentación del estudio en las tertulias Uciencia de la Universidad de Málaga. En aquel momento me pidió que no profundizara en el tema hasta que la investigación fuese publicada en alguna revista de prestigio, cosa que ha ocurrido recientemente. Es por eso que les anoto aquí el resumen del estudio en castellano y el enlace al artículo completo en inglés. Y de paso le doy mi enhorabuena a José Ramón.

Human Kinetics
International Journal of Sports Physiology anda Performance, 2020, 15, 690-695


A Simple Equation to Estimate Half-Marathon Race Time From the Cooper Test


José R. Alvero-Cruz, Robert A. Standley, Manuel Avelino Giráldez-García, and Elvis A. Carnero


Antecedentes: Las carreras de media maratón se han vuelto cada vez más populares entre muchos atletas recreativos de todo el mundo. Es probable que los corredores noveles y populares tengan la mayor necesidad de consejos de entrenamiento para establecer los ritmos de carrera durante las carreras de larga distancia.

Propósito: Desarrollar una ecuación simple para estimar el tiempo de media maratón a partir de la prueba de Cooper y verificar su validez.

Métodos: Ciento noventa y ocho corredores recreativos (177 hombres y 21 mujeres, 40 [6.8] años y 33,7 [8], respectivamente) participaron en este estudio. Todos los corredores completaron la prueba de Cooper de 7 a 10 días antes de las carreras. Se realizó un análisis de regresión múltiple escalonada para seleccionar los principales predicadores del tiempo de media maratón.

Resultados: El análisis de correlación simple mostró que el rendimiento de la prueba de Cooper (distancia) era una buena construcción para estimar el tiempo de media maratón (r = –.906; intervalo de confianza del 95%, de –0.927 a –0.877; P < .0001). Los autores también derivaron una ecuación con una alta validez predictiva (R2 = .82; error estándar de estimación a 5,19 min) y bajo sesgo sistemático (diferencias medias entre el valor predicho y el criterio de 0.48 [5.2] min). Por último, el coeficiente de concordancia de la correlación (.9038) y el análisis de sesgo proporcional (Kendall τ = –.0799; intervalo de confianza del 95% de –0.184 a 0.00453; P = .09) confirmó una buena validez simultánea.

Conclusión: En este estudio, los autores derivaron una ecuación de los datos de la prueba de Cooper con una alta validez predictiva y simultánea y bajo sesgo.

Palabras clave: rendimiento de ejecución, validación de PRESS, predicción de ritmo, coeficiente de correlación de concordancia.

 Pueden leer o descargarse el artículo completo en:

https://www.researchgate.net/publication/337040818_Cooper_Test_Provides_Better_Half-Marathon_Performance_Prediction_in_Recreational_Runners_Than_Laboratory_Tests

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2018/02/podemos-predecir-el-tiempo-de-carrera.html

martes, 1 de septiembre de 2020

SE NECESITAN HÉROES


Se necesitan héroes (La Caja Books). Fotografía: Lucía Rodríguez

"Los héroes son los representantes del anhelo del hombre por superar los opresivos límites de la fragilidad humana y disfrutar, así, de una existencia más completa y más intensa que el resto de los seres humanos".
Cecil Maurice Bowra

El título de este libro hace referencia al anuncio con el que en 1903 el periódico L'Auto reclutaba participantes para la nueva ronda gala, un anuncio que me recuerda al que puso Shackleton para otra empresa no menos descabellada.

Anuncio prensa para la expedición de Shackleton

 Si el explorador antártico buscaba hombres para un viaje peligroso, a los que no se les aseguraba el retorno con vida, el Tour de Francia buscaba hombres que pudiesen cubrir pedaleando distancias que sobrepasaban la capacidad humana, recorriendo durante diecinueve días todo el territorio francés por carreteras maltrechas, con bicicletas robustas y faltas de tecnología, sin ningún tipo de avituallamiento ni asistencia y bajo las inclemencias meteorológicas del mes de julio. Como los hombres de Shackleton, aquellos "condenados de la carretera" solo tendrían honor y reconocimiento en caso de éxito.

Primera salida del Tour de Francia (1903)

 Se necesitan héroes (La Caja Books, 2018) está compuesto de dos partes bien diferenciadas: La estética del dolor, un singular ensayo sobre el mundo del ciclismo, a cargo de la brasileña Priscila Lessa (Curitiba, 1971), y Tourmalet, una original obra de teatro escrita por el valenciano Miguel Ferrando Roche (Alcoy, 1985) en la que el protagonismo recae en una de las cimas más legendarias del ciclismo y en tres de sus grandes figuras: Raymond Poulidor, Luis Ocaña y Gino Bartali.
 Y todo ello viene precedido de un prólogo de Guillermo Ortiz, un texto muy interesante que nos apunta las vías por las que va a discurrir la lectura y que se inicia con una distinción entre el triunfador y el héroe. Si el primero sólo concibe la victoria, el segundo requiere de la empatía de los espectadores, "de aprecio por la empresa más allá de sus resultados. Algo parecido a un «acabe como acabe, yo me sentiría orgulloso de haber hecho eso»".
Hay en el héroe, ya desde los tiempos griegos, un necesario componente trágico. No es solo una cuestión de épica. Épica, por ejemplo, es Chiappucci atacando a Indurain rumbo a Sestrières en el Tour de 1992 a casi ciento cincuenta kilómetros de meta. Épica, por ejemplo, es el Liverpool remontando tres goles al todopoderoso Milán en una final de Champions League. El heroísmo es otra cosa. El heroísmo, a menudo, es quedarse corto. Llegar tarde. Pecar de exceso o de defecto. Como, insisto, el heroísmo tiene poco que ver con la meta y mucho con el camino, es razonable que el ciclismo sea el escenario perfecto para la mistificación de sus ídolos.
 […] El heroísmo es tragedia pero también es belleza y fascinación en un sentido casi kantiano. El heroísmo está en el balanceo perfecto de la bicicleta en un puerto de montaña, en el riesgo desmedido descendiendo a noventa kilómetros por hora o en la posición perfecta del rodador sobre la bicicleta. Gianni Bugno vestido de rojo, amarillo y verde desafiando impertérrito a todo el pelotón en alguna carretera de julio. En el heroísmo hay también arrogancia, voluntad de superarse a uno mismo. Un punto de hibris, por seguir con la analogía griega.
 La hibris es un concepto griego que puede traducirse como desmesura. No referida a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres, algo que entronca con la definición de héroes de Cecil Maurice Bowra con la que abría esta reseña.
Hay algo en el esfuerzo y el atrevimiento del ciclista que nos sobrecoge como no sucede con ningún otro deportista. Algo demasiado humano. De entrada, es el único deporte que yo conozca en el que durante décadas se ha premiado en las más importantes carreras al último clasificado. Su mérito no es acabar la empresa ni mucho menos acabarla con éxito, sino atreverse a acometerla, como Ícaro, como Dédalo, incluso, como Hércules en sus doce trabajos, que sí, los completó, pero si hubiera vuelto a casa derrotado –como derrotado fueron Sísifo o Prometeo–, en nada habría cambiado la trascendencia de su hazaña.
 En lo que sí discrepo con Guillermo Ortiz, es en su apreciación de que "héroe es incluso el tramposo". Para mí, y para el común de los mortales, no hay nada heroico en hacer trampas, y ni Tom Simpson, puesto de anfetaminas pedaleando en las rampas del Mont Ventoux hasta perder la vida, ni Lance Armstrong y sus siete Tours, por poner dos ejemplos separados en el tiempo, pueden ser considerados héroes. Y esto es algo que también le digo al grupo musical Parquesvr, que han compuesto un tema brutal, Lance Armstrong, con un ritmo y un texto duro y teatral que se te mete en la cabeza y que hila muy bien con la épica, el triunfo, la pasión, el desengaño y el heroísmo del que estamos hablando.


«¡PELOTÓN, PELOTÓN, PELOTÓN, TON TON TON TON TON TON, PELOTÓN!»
 Tarareo el estribillo del grupo madrileño, incluso soy capaz de moverme compulsivamente a su ritmo y de lamentar que no sea la canción de la Vuelta a España 2020, pero aún así no puedo compartir ese amor por el texano, redimir al tramposo que me estafó tantas tardes frente al televisor. No, no lo volveré a querer.
«¡Porque tú antes lo querías, lo venerabas. Tú disfrutabas cada Vuelta, cada Tour, cada Giro, cada Clásica, pelotón! ¡Y ahora le has dado la espalda! ¡Lo llamas tramposo, mentiroso, dopado, dopado pelotón! Y el llora. Lance llora. Pero habrá un día. Habrá un día que nuestro líder renazca de las cenizas, pelotón. ¡Y tú, lo volverás a querer. Lo volverás a amar!».
 Lo único malo de tener héroes es que, algunas veces, tenemos que verlos de caer. Junto a algunos de esos héroes caídos nos pone a pedalear de inicio Priscila Lessa en la introducción a su ensayo La estética del dolor. La brasileña abre plano y nos mete de lleno en la etapa del Mont Ventoux del Tour de Francia del 2000. Al inicio de la ascensión, Marco Pantani, el Pirata, pedalea tratando de acortar los escasos metros que lo separan del grupo de cabeza, en el que se encuentran Jan Ullrich, vencedor del Tour de 1997, y el antes mencionado Lance Armstrong, vestido de amarillo y en busca de su segundo Tour. Notamos cómo nos suben las pulsaciones.
Marco Pantani los persigue a pocos segundos de distancia. Los corredores avanzan entre dos orillas de aficionados, en fila india por la carretera. Palmas, gritos e invasiones a la carretera dificultan el paso de los ciclistas al tiempo que intentan insuflarles fuerza para que se mantengan firmes, para que sigan adelante. Los nombres de los corredores lucen pintados sobre el asfalto con mensajes de ánimo.
 En su caza al grupo de cabeza, Marco Pantani reafirma su estilo único de pedaleo. Pequeñito, con sus 1.72 metros y 57 kilos, es grácil en sus movimientos, se sienta y se levanta de la bici como si estuviera jugando con un yoyó. La bicicleta se desliza debajo de él, como si formaran un solo cuerpo. Pero su mirada se mantiene fija adelante, firme, suficiente. El italiano avanza y recupera el atraso. Poco a poco la montaña va cambiando su paisaje, mudando de piel. Las carreteras arboladas del principio desaparecen y alumbran un paisaje seco y sin color, como una enorme montaña de tierra. Este es el encanto del Ventoux: su aspecto desolador e inhóspito. Conquistarlo resulta especial debido también a semejante escenario pintoresco.
 El momento en que el italiano contacta con el pelotón de cabeza, con la selección natural de los mejores, se vuelve mágico gracias a la emoción que desprende el locutor de la televisión italiana Rai Sport 2. «Parte il Pirata!», anuncia el locutor. […] Los comentarios del narrador transforman el evento deportivo en una secuencia literaria.
 El Pirata ataca para protagonizar con Lance uno de los duelos más emocionantes en las montañas del Tour. Una muchedumbre eufórica, sentada sobre la montaña y sus aledaños, grita y presencia lo más bello del ciclismo profesional: un enfrentamiento entre los mejores, un mano a mano en la cumbre. Apenas sus cuerpos, sus bicicletas, su sufrimiento y la montaña.
 […] Tal y como puede verse en el vídeo de la etapa del Mont Ventoux del 2000, el duelo empieza al más puro estilo del Pirata. Una secuencia de ataques al pelotón. Intentos de fuga para castigar y fatigar a los rivales y conseguir así que vayan quedándose atrás uno detrás de otro. Pantani es el especialista en esas ráfagas de ataque. Sin embargo, Lance está atento y tiene otra arma exclusiva. Su explosión final, a poquísimos kilómetros de meta en una etapa de montaña, es considerada letal, un rasgo que estremece al resto de los corredores. Es muy difícil neutralizarlo en los momentos finales de una etapa acabada en alto.
 «È incredibile Pantani», exclama el comentarista italiano en el instante en el que intenta escapar definitivamente del grupo para lanzarse hacia una victoria en solitario. El colombiano Santiago Botero lo sigue, pero enseguida se percata de que no puede ganar. Su cuerpo ya está fatigado, la postura firme ha quedado atrás. Cuando un ciclista balancea su cuerpo sobre la bicicleta, está buscando fuerzas donde no las hay. La técnica desaparece, el cuerpo se desvanece perdiendo la firmeza implacable que necesita un corredor para ganar una etapa como la del Mont Ventoux.
 Cuando Lance decide saltar del grupo y recuperar el tiempo perdido, demuestra que su especialidad es explotar sin piedad en la cima de la montaña. «Come un misile», afirma el narrador. Esprintando por el Ventoux, según escribiría luego Hamilton.
 El norteamericano se une al italiano. Y lo que en ese momento se despliega es un espectáculo de una incomparable belleza deportiva. Dos de los mejores ciclistas de su época se disputan cada milímetro de carretera en busca de la victoria, rueda a rueda, paso a paso. Parece una danza ensayada: los cuerpos en sus bicicletas al mismo ritmo, un duelo de héroes sobrehumanos, un fenómeno que «paraliza los ojos», por usar las palabras de Gumbrecht. Dos cuerpos luchando incansablemente, hasta el límite de sus fuerzas físicas y emocionales, para vencer una montaña, para vencer al otro, para vencerse, sobre todo, a ellos mismo. Un fenómeno deportivo que desafía la razón, que ejerce sobre los amantes del ciclismo –sean espectadores, comentaristas o corredores– una fascinación profunda, una excitación por el deporte.

 Y tras eso, y sin salirnos de la ronda gala, viene un interesante análisis del ciclismo como experiencia estética: las bicicletas y las carreras en el contexto de la modernidad; la creación del Tour y su contribución a la formación de la identidad nacional francesa en el periodo que va de la guerra franco-prusiana a la Primera Guerra Mundial; el espíritu festivo de la prueba; la belleza de los ciclistas; la estética de la competición y del espectáculo; la estética del dolor o la fascinación ante el sufrimiento de los atletas.

 Algunos textos te llevan a Googlear y a encontrarte con maravillas como éstas:
En el calor del verano francés es posible prestar ayuda a los ciclistas, dejando así una huella anónima en el Tour. En esas entrañables imágenes de 1962, los vecinos aguardan al pelotón con agua fresca en cubos o con las mangueras abiertas para que los corredores puedan, por un instante, aliviarse del calor. Muchos ciclistas dejan sus bicicleta sobre el asfalto o las apoyan en las paredes y corren hacia las ventas repartidas por el camino, donde en un santiamén pueden comprar helados o incluso bebidas alcohólicas, como cerveza o champán, que guardan con esmero en los bolsillos traseros de sus maillots para consumirlos o compartirlos con los compañeros en los kilómetros que aún restan hasta la línea de meta. Tan pronto pasa por las calles del pueblo, empelotan del Tour enfila de nuevo la carretera y continúa la ruta al encuentro de otras poblaciones francesas inscritas en el itinerario.
 
***
Más agresivos o más lentos, más delgados o musculosos, para el espectador los corredores del Tour acaban por volverse un objeto de profunda admiración. Esa puede ser una de las explicaciones a por qué muchos aficionados al ciclismo se alojan en caravanas y tiendas de campaña a lo largo de las carreteras francesas días antes de que pase el pelotón. Lo hacen para poder disfrutar de una mirada del pelotón de apenas unos segundos y tener la oportunidad de tocar, y quién sabe si dar un empujoncito, a su ciclista favorito en la parte dura de una subida.
*** 
Existen en los cuerpos de los deportistas de alto rendimiento una belleza única. Cada deporte posee una belleza específica, singular, característica. 
Andy Schleck fotografiado por Timm Kölln

Piernas de Andy Schleck
Fotografía: Timm Kölln

Piernas de Alejandro Valverde
Fotografía: Timm Kölln
***
Cruzar la línea de meta y vencer la batalla contra el sufrimiento extremo y el cansancio absoluto es, en verdad, la mayor victoria que un ciclista del Tour puede alcanzar. Algo único. Una de las mayores conquistas estéticas que el deporte es capaz de proporcionar. Por ejemplo, el pequeño escalador colombiano Nairo Quintana venció su dolor al terminar la ascensión al Mont Ventoux en 2013. Cuando paró su bicicleta, sostenida por los masajistas, él apenas era capaz de desmontarla. Lentamente, como si estuviera enfermo o sufriera algún impedimento motor, Nairo cayó de la bicicleta en los brazos de los masajistas y se desplomó en el suelo, cabeza gacha, piernas tiesas. Parecía que su cuerpo había muerto de fatiga. Desfallecido y sin aire a causa de la altitud de la montaña, se acurrucó como un bebé en los brazos de su madre y murmuró algunas palabras. A su alrededor, bajo una respetuosa conmoción, todos aguardaban. Ante el Ventoux había un corredor castigado por el agotamiento del esfuerzo extremo. Sin embargo, el desplome había tenido lugar tras la línea de meta. El dolor había sido derrotado.
***
En el Tour, si el dolor pudiera estar representado por un sonido, empezaría por la casi imperceptible sensación sonora de una rueda chocando accidentalmente con otra. Luego seguiría con el ruido estridente de los frenos rechinando en las ruedas de carbono y de los pies desenganchándose de los pedales en busca de equilibrio. Así se llegaría al ruido de decenas de bicicletas amontonándose en el suelo en una inmensa pila que cubre a los ciclistas con los gemidos y gritos por las lesiones, las fracturas y la desesperanza de sufrir un accidente.
 Una gran caída del pelotón es uno de los momentos de mayor tensión en el Tour, ya que hasta que no se hayan levantado todos no se puede saber con certeza la gravedad de las heridas de los corredores implicados. Rápidamente, los ciclistas se ponen de pie con sus equipajes rasgados y las heridas por las quemaduras del pavimento a la vista. Un ciclista puede ser lanzado de su bicicleta a varios metros de distancia, deslizándose a gran velocidad sobre el tórrido asfalto del verano francés. Pero en el Tour «tú continúas», como decía Hamilton. Entonces, algunos corredores, con la ropa hecha andrajos, montan de nuevo en sus bicicletas y siguen apoyados en el coche del médico, que siempre sigue con la caravana, recibiendo curas en movimiento para recuperar el tiempo perdido y alcanzar al resto del pelotón. Otros, simplemente, se queda en tierra con fracturas y heridas que no les permiten continuar. Así ocurrió con el suizo Fabián Cancellara y el alemán Tony Martin cuando se rompieron la clavícula en la edición de 2015. En el momento en que Cancellara cayó, todavía en la tercera etapa, la cantidad de corredores implicados y la gravedad de la caída fueron tan significativas que, por primera vez en la historia de la competición, la carrera fue interrumpida hasta que los equipos pudiesen trabajar en la recuperación de sus corredores.
 
Quien tampoco pudo proseguir fue Vinokúrov en la edición de 2011, puesto que después de una caída que lo lanzó fuera del asfalto, a la vegetación de la cuneta, entre los árboles, el golpe le provocó fracturas en el fémur y la cadera. En esa ocasión, todo el equipo del Astaná abandonó el Tour junto con su líder.
A veces, el drama de la caída es más intenso y puede ser fatídico para el corredor.
 Al margen de estos dos últimos vídeos, ya hemos visto ejemplos de la peligrosidad de este deporte en las dos primeras etapas del Tour de este año 2020 o en el terrible accidente del holandés Fabio Jakobsen el 5 de agosto en la Vuelta a Polonia –tuvieron que echarle 130 punto en la cara y, menos uno, perdió todos los dientes–. Visto lo visto, no me negaran que hay que ser muy valiente para subirse a la bicicleta y disputar una etapa.


 Casi terminando su ensayo, Priscila Lessa, escribe algo que me ha hecho recordar la cara de póker que uno tenía que poner en las pruebas de fondo de atletismo.
En el ciclismo en ruta existe una regla clara en relación al sufrimiento. Los deportistas necesitan desarrollar la capacidad de mantener su ademán impasible ante el dolor, sin importar cuán duro y cruel sea. «¿Estás sintiendo un dolor paralizante? Demuestra estar relajado, incluso aburrido. ¿No consigues respirar? Cierra la boca. ¿A punto de morir? Sonríe», decía Tyler Hamilton. Lo que ocurre es que a veces no es posible mantenerse impasible. El mundo se desborda para la persona que siente dolor. Ese momento, en el pelotón, llega en las montañas. Un nuevo ritmo se impone. La belleza del pelotón compacto avanzando sin temor se esfuma, se rompe. Se entra en otra dimensión. Surge una nueva belleza. La estética se vuelve más lenta, más intensa. La respiración pasa a ser densa, en un continuo ejercicio de dominio de uno mismo y de autocontrol corporal. Poco a poco, la angustia se instala en cada ciclista. Es posible verla en cada rostro, incluso en la lucha interna que cada corredor entabla consigo mismo para que su cuerpo no exteriorice tales sensaciones.

Puesta en escena de la obra de teatro Tourmalet (Groc Teatre)
Fotografía: Víctor Gimeno

 La segunda parte del libro contiene la obra de teatro Tourmalet, la temible subida del Tour como metáfora de la vida y de los obstáculos que tenemos que afrontar en ella.
Una historia de puertos encadenados, de subidas, de bajadas, y una caída inevitable.
 Escrita y dirigida por Miguel Ferrando Roche, la obra, que ha sido llevada a los escenarios por la compañía Groc Teatre –fundada en 2013 por el mismo Ferrando–, nos muestra a tres hermanos ciclistas que se preparan para salir a la carretera con la intención de llegar al Tourmalet, en el centro de los Pirineos franceses. Son Federico, Miguel y Alberto. Primero hablan de Chris Froome, del caso Festina y de Lance Armstrong –"Si el caso Festina casi consigue romper el Tour, Lance casi destruye el ciclismo"–, y luego, en un giro de guión, se transforman en Luis Ocaña, Raymond Poulidor y Gino Bartali.

Cartel de la obra de teatro Tourmalet
Escrita y dirigida por Miguel Ferrando Rocher

 El español Luis Ocaña ganó el Tour de 1973, y perdió el Tour de 1971 por una caída en un descenso bajo un temporal de lluvia.

LUIS.– (Subiéndose a la bici). Ocho de julio de 1971.
         Ocho de julio de 1971.
         Si alguna vez me preguntan
         ¿Cuál fue el día más feliz de mi vida...


(Silencio eterno).

         Ocho de julio de 1971.
         Undécima etapa.
         Salimos desde Grenoble y tenemos que llegar a las duras
         rampas de Ornières-Merlette. 134 kilómetros.
         Ayer puse a prueba a Merckx, vi que flaqueaba.
         Debe ser hoy.
         Debe ser hoy.
         Ocho de julio de 1971.
         Aventajar treinta segundos a Merckx en montaña es poco
         probable.
         Aventajarle dos minutos, una hazaña que nadie cree posible.
         Ataco.
         Me escapo de todos mis rivales sin mirar atrás.
         Me vacío como ningún otro se ha vaciado antes.
         Me dejo el alma.
         Me quito el peso de los años.
         Mis años de hambre y pena.
         Pedaleo por España.
         Por España entera.
         Pedaleo por aquellos que me amaron.
         Pero, sobre todo,
         sobre todo pedaleo por aquellos que no confiaron en mí.
         Soy yo ante mi destino.
         Soy yo o Eddy Merckx.
         El resto no importa.
         Un minuto.
         Una moto de la organización se acerca con la pizarra
         indicando las diferencias.
         Dos minutos. Tres minutos. Cuatro minutos.
         Les saco cuatro minutos.
         A todos.
         Pero sobre todo a Merckx.
         Cinco minutos. Seis minutos. Siete minutos.
         Ocho de julio de 1971.
         Le saco nueve minutos a Merckx.
         Nueve minutos de diferencia.
         Diez. Llego a meta.


(Silencio).

PERIODISTA A.– ¿Cómo afronta esta primera etapa pirenaica?

PERIODISTA B.– Tras la genial etapa de hace tres días, usted tiene
          todas las opciones de ganar.

LUIS.– Once de julio de 1971.
          Después de dos etapas de transición en las que Merckx
          apenas ha podido recortarme tiempo, llegamos a los Pirineos.
          Cruzaremos Francia para llegar a España.
          Cruzaremos Francia por la misma montaña por la que huí de
          la pobreza.
          Hoy la etapa llega a la que fue mi casa.
          A la que es mi casa.
          Media España me espera con pancartas al otro lado de la
          frontera.
          Para ver a su héroe, a Luis Ocaña, derrotando a Eddy
          Merckv.


(Silencio).

          Llueve.
          Llueve tanto que la carretera es un río.
          Es el apocalipsis.


(Silencio).

          Eddy Merckv ha atacado.
          Tendría suficiente con pegarme a rueda, a una distancia
          prudente, solo tengo que marcarlo…

VOCES.– (Desde fuera). ¡Déjalo ir! ¡Déjalo ir!

LUIS.– Yo soy Luis Ocaña.
          ¿Hablan de orgullo?
          Puede.
          Pero no le voy a regalar una etapa, y menos en mi casa.
          Yo soy un luchador nato,
          soy quien soy,
          soy un grande,
          soy un ganador,
          soy Ocaña.

PERIODISTA A Y B.– ¿Cómo recuerda su victoria en el Tour de
          Francia de 1973?


(Se repite la pregunta dos o tres veces
porque Ocaña no la oye a la primera)

LUIS.– (Dejando de pedalear). Que cómo recuerdo la victoria de
          1973.
          No lo sé.
          No lo recuerdo.
          ¿Alguien recuerda cómo fue?
          ¿Alguien recuerda algo?
          ¿A quién dediqué la victoria?
          ¿Aquella habitación de hotel en Rue des Carmes?
          Recuerdo mejor aquel golpe contra el suelo de 1971.

PERIODISTA B.– ¿Qué recuerda?

LUIS.– Recuerdo el dolor,
          las heridas.
          Recuerdo la sangre.
          La lluvia.
          El asfalto mojado.
          El barro.
          Los truenos.
          La desesperación.

Luis Ocaña tras su caída en el Tour de francia de 1971
Fotografía: Diario AS

 La mala suerte también se cebó con Ocaña en 1972, con otra caída que lo obligó a abandonar la ronda francesa. Y en 1974, una caída en el Tour de l'Aude le impidió participar en el Tour de Francia, de ahí que muchos consideraran a El francés de Priego un héroe trágico.

Luis Ocaña. Poster Diario AS color.

 Sobre el francés Raymond Poulidor, "Pou Pou", decir que fue el corredor más amado y admirado por los franceses, quizás porque se pasó toda la vida tratando de alcanzar la gloria. Fue segundo 3 veces en el Tour (1964 y 1965) y tercero 5 veces (1962, 1966, 1969, 1972 y 1976), y aunque ganó 7 etapas, nunca logró vestirse de amarillo. La vez que estuvo más cerca fue cuando le ganó un mano a mano a Jacques Anquetil en la subida al Puy-de-Dôme, pero los doce segundos con los que aventajó a su compatriota en la cima no fueron suficientes.

Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en la subida al Puy-de-Dôme
Tour de 1964

POU-POU.– No quiero engañarles. Tal vez todo esto solo sean excusas para consolarme. Todos los deportistas anhelamos la victoria. Sentir que tanto esfuerzo por una vez merece una recompensa verdadera… Ganar… Subir a lo más alto del podio. Ser por un día el guapo, el rico, el Niño Rey… El que se lleva la gloria. Sentir por un día… Sentir… ser Jacques Anquetil... 


(Silencio largo. Cambia de postura).

 ¿Ganar? ¿Quién quiere ganar? Yo fui el mejor segundo de la historia y no creo que nunca nadie pueda superarme en eso. ¿No les parece?

Los actores de la compañía Groc Teatre en la representación de Tourmalet
Poulidor, Bartali y Ocaña interpretados por Robert Roig, Héctor Fuster y Guille Zavala

 Después de que Miguel se transforme en Poulidor, le llega el turno a Alberto. Suena la «Giovinezza», y se transforma desde el fondo del escenario en Gino Bartali. El italiano, que ganó el Tour de Francia en 1938 y 1948, aclamado por el régimen fascista de Mussolini, salvó de la muerte a 800 judíos italianos que iban a ser deportados a los campos de concentración de Alemania. Para ello se valió de su herramienta de trabajo, la bicicleta, en cuyo cuadro o debajo del sillín escondía la documentación necesaria para sacarlos del país.

El italiano Gino Bartali

GINO.– […] Mi vendetta personal contra «el régimen» se produjo pocos años después, en plena Segunda Guerra Mundial.
 Año 1943. Las competiciones ciclistas se habían reducido prácticamente al mínimo. Yo aproveché aquellos años de forzado descanso para casarme y vivir como podía. Pero aquella situación me angustiaba. Veía a la gente sufrir y yo sabía que debía hacer algo. El ciclista del régimen… El Tour de Mussolini…
  La suerte llamó a mi puerta una mañana de marzo. El arzobispo de Florencia, Elia Dalla Costa, se puso en contacto conmigo.

DALLA COSTA.– Gino, las leyes raciales han empezado a ser aplicadas. Han llegado a Italia más de quince mil judíos y han encontrado refugio en conventos, colegios o comunidades religiosas, pero no vamos a poder mantener esta situación. Tenemos que hacer algo. Tú eres famoso, el régimen te respeta… Tú podrías ayudarnos.

GINO.– Pero cómo, yo solo soy un ciclista. (Silencio). Yo solo soy un ciclista.


(DALLA COSTA insiste).

DALLA COSTA.– Tengo un amigo, un impresor de confianza, que va a preparar documentos de identidad falsificados para las personas amenazadas, pero necesito a alguien que los transporte.


(Silencio infinito).

GINO.– El mejor sitio es el tubular de la bici. Es hueco, podría desmontarlo y guardarlos ahí. A menos que me registren la bicicleta, es imposible que nos detengan.

DALLA COSTA.– Bravo, Gino, bravo. Fantástico. Es una gran idea. (Silencio). Pero… si te cogen…

GINO.– Sí, si me cogen… (Hace el gesto de un fusil).

DALLA COSTA.– No puedes comprometer tu carrera, no debes comprometer tu vida… No debería haber venido nunca, no debería habértelo pedido. Es demasiado…


GINO.– Elia, todo irá bien. ¿Qué mal podría pasarme? Solo soy un ciclista. (Repite).
   Solo soy un ciclista. Solo soy un ciclista. (Se sube a la bicicleta). Solo soy un ciclista.
    Solo soy un ciclista…
   ¡Pasé mil controles, iba de Asís a Florencia, de Florencia a Asís! Florencia, Lucca, Génova, ¡el Vaticano! Jornadas a veces de hasta 175 kilómetros. Las milicias no hacía preguntas.
   «Eh, Gino, ¿dónde vas con tanta prisa?».
   «Estoy entrenando, no hay que perder ni un solo minuto!».
   Aquellas carreteras donde alcé los brazos vestido de rosa, de amarillo. Aquellas mismas carreteras donde gané el Tour de Mussolini… eran ahora la vía de libertad para cientos y cientos de judíos.

Gino Bartali

 Tourmalet es una obra de teatro que me ha encantado y que, si el coronavirus nos deja, me gustaría llevar a las tablas del instituto donde trabajo, el I.E.S. Isaac Albéniz de Málaga. La obra completa o sólo la parte final, con los textos de estos tres iconos del ciclismo. Creo que es un complemento magnífico a la unidad didáctica de la bicicleta y una excelente manera de introducirlos en la historia de este deporte.


Robert Roig, Héctor Fuster y Guille Zavala interpretando a Poulidor, Bartali y Ocaña
Tourmalet (Groc Teatre)

 "Si pudierais elegir… ¿Quién seríais? De cualquier época. Ponerse en su piel solo por un instante", pregunta uno de los personajes en Tourmalet. Yo lo tendría fácil: mi tocayo Pedro Delgado, con esos hachazos que te hacían levantarte del sofá para animarlo pegado a la tele.


 ¿Y tú, quién serías?


 Nota: Todos los textos a color pertenecen a la primera edición de Se necesitan héroes (La estética del dolor/Tourmalet) de Priscila Lessa y Miguel Ferrando Rocher, publicado por La Caja Books en septiembre de 2018. La traducción del ensayo de la brasileña Priscila Lessa, historiadora, profesora e investigadora del ciclismo, además de ciclista amateur, es de F. Arroyo.


 Si valoras el esfuerzo que hay detrás de esta reseña, te animo a compartirla, a hacerte seguidor del blog y a subscribirte al mismo para recibir las entradas por correo electrónico.

miércoles, 26 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VIAJE DE PABLO ARANDA


Pablo Aranda, en su casa, con su inseparable 'Turrón'
Fotografía: Miguel Fernández (diario SUR)

«¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?».
El corazón es un cazador solitario –Carson McCullers–

Pablo Aranda nos dejó el primer día de este tórrido mes de agosto. La fatalidad, en forma de un cáncer de estómago, lo obligaba a partir, a los 52 años, hacia ese incierto destino que nos aguarda a todos.

 Escritor consumado, viajero a la antigua usanza, director del Aula de Cultura de SUR y, sobre todo, amigo, Pablo tenía el don de hacer que todo encuentro con él se te hiciera corto. Siempre brillante y divertido, con Pablo el tiempo tenía otra medida y muchas risas. No me cabe duda de que el más allá será un lugar mucho más alegre tras su llegada.

 El día que asistí a su sepelio echaron Invencible por la noche en la televisión, una película en la que salían atletas corriendo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Me pareció un guiño de Pablo, una señal. Pablo se va a quedar sin ver los Juegos Olímpicos de Tokio, y yo sin poder comentar con él las carreras, sobre todo los 1.500 que sigue siendo para nosotros la prueba reina. De atletismo, literatura y viajes solíamos hablar.

 Su primer viaje de calado lo hizo en compañía de su amigo Juan Gavilanes. Durante el último trimestre de 1992, viajaron desde Málaga con destino a Japón, donde pretendían encontrarse con Yoko y Hikako, dos japonesas alumnas de Pablo, profesor de español para extranjeros en una academia de la plaza de la Merced. Juan, que estaba terminando la carrera de Arquitectura y tenía que entregar su proyecto final de carrera, salió dos semanas después que Pablo, y se citaron, como dos espías de John le Carré, en la estación principal de tren de Budapest. En Bratislava compraron un billete de tren a la Rusia de Borís Yeltsin, y en Moscú se subieron al Transiberiano. Sobre la marcha, al ver que el tren disponía de dos destinos: Vladivostok y Pekín, decidieron posponer lo de Japón para otro momento y adentrarse en China por Manchuria. Durante una semana atravesaron los Urales y Siberia, con temperaturas de 35º bajo cero cada vez que bajaban del tren. China en aquella época resultó ser un país muy atrasado, lleno de chinos curiosos que se les acercaban constantemente como si fueran extraterrestres. Ya en Pekín, y tras ver la Ciudad Imperial y la Gran muralla China, se dedicaron a recorrer el país en tren y autobús: Nanjing, Suzhou, Shanghai, Guilin  –desde donde navegaron en balsa de bambú por el río Li hasta Yangshuo– y, finalmente, Hong Kong, adornada con luces de Navidad. Fuese por ese sentimentalismo navideño o porque se les acababa el dinero, decidieron regresar a Europa: primero aterrizaron en Alemania, donde Pablo tenía a su amiga Sabine, y cuando el dinero y la hospitalidad no dio para más, cogieron un autobús para Málaga, a donde llegaron el día después del sorteo de la lotería nacional. A ellos el premio ya les había tocado con aquel viaje, tres meses de risas y aventuras que los hermanó para siempre.

Pablo Aranda y Juan Gavilanes en Bratislava, a punto de empezar la aventura ruso-china
Fotografía: Archivo personal de Juan Gavilanes

 Después de aquel viaje Pablo materializó su sueño de ser reportero de viajes y recorrer el mundo (deja un libro de viajes en el cajón que espero vea algún día la luz); también de ser escritor y contarnos historias de aquí al lado, con esa voz tan personal y comprometida que tiene.

 Por lo inesperado de su muerte no pude despedirme de él, así que estos días, desconcertantes y tristes, he andado releyendo correos y recordando momentos para tratar de recomponer las piezas del puzzle de nuestra amistad, para darle de alguna manera un cariñoso abrazo y un hasta siempre, porque Pablo se ha ido pero no se ha ido. No sólo porque tengamos en los anaqueles sus libros, que también, sino porque se queda a vivir en el corazón de todos sus familiares y amigos, como ya ocurriera con el otro Pablo, el añorado Pablo Cantos. Es lo que tiene la buena gente –'corazón blanco' que te dijo aquel argelino en Orán–, que ya no se te olvidan.

Pablo Aranda con César Martínez y Pablo Cantos en el Café Central de Málaga

 Conocí a Pablo Aranda a través de mi primo, el reportero gráfico Sergio Camacho. Con motivo del Premio de Novela Corta Diario Sur del año 2003, le hizo unas fotos en el balcón de su casa para acompañar una entrevista.
El otro día me comentaba Sergio que le dijo «no te voy a hacer fotos típicas de escritor, con los estantes de tu biblioteca de fondo y un libro en la mano». "Lo llevé al balcón donde tenía ropa tendida de todos los colores posibles y hacía viento. Le disparé unas fotos a velocidad lenta que convirtió la ropa en algo abstracto de manchas coloridas y quedó sorprendido del efecto. Nos caímos genial desde ese mismo instante. Siempre me provocaba la risa por su manera de contar lo más simple y cotidiano".
 Como por entonces yo ya tenía publicado Al sur del Sahara y él era un apasionado de los viajes y la cultura árabe, le habló de mí, y a la próxima que le tocó fotografiarlo, allá que lo acompañé para conocernos. Recuerdo que fue en los Baños del Carmen y que mi primo, que había cambiado el SUR por EL PAÍS, lo hizo posar dentro de un tubo de hormigón. Pablo se reía y se le achinaban los ojos: «Temo qué será lo próximo, entre tú que eres descabellado y yo que no te pongo freno, ja, ja, ja, ja, ja».

Presentación de Carta desde el Toubkal en el Centro Andaluz de las Letras
De izq a dcha: Sergio Barce, Pablo Aranda, Pedro Delgado y Sergio Camacho
11 de junio de 2015. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Esa tarde conversamos y nos tomamos unas cuantas cervezas, y a partir de ahí no dejamos de intercambiar correos y encuentros. Varias veces accedió a pasarse por casa para firmar unos cuantos ejemplares de El orden improbable (Espasa, 2004) y Ucrania (Destino, 2006) que iba a regalar a mis familiares por navidades. Recuerdo el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, su caligrafía, lo recto de sus renglones. Lástima que por pensar que siempre habrá un mañana tenga en la estantería su última novela sin firmar, precisamente esa que nos había llevado a intercambiar tantos correos y en la que el protagonista estudiaba en el INEF de Granada, le gustaban las carreras y era fan mío.

 Pablo siempre fue muy generoso conmigo: presentó mis libros ("el efecto Aranda", le decía yo cada vez que se llenaba la sala); recomendó Al sur del Sahara en el suplemento El viajero de EL PAÍS; se hizo acompañar de aquel título a modo de guía en sus viajes por el África occidental; me metió con nombre y apellido en las páginas de La distancia (Malpaso, 2018), y no contento con ello le colocó en las manos al protagonista mi libro de relatos y me puso a encabezar su lista de agradecimientos.

 Buen viaje, amigo. Que Hermes te proteja.

lunes, 27 de julio de 2020

¿VOLAMOS CUANDO CORREMOS?


Cronofotografías de Étienne Jules Marey para analizar el movimiento
Intervenidas por Lucía Rodríguez

La semana pasada escribí una reseña en mi otro blog sobre Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit. Entre las páginas de este ensayo, recientemente publicado por Capitán Swing, me encontré con esta disertación:
[…] cuando alguien va corriendo, cada paso que da es un salto, así que hay un momento en el que no existe ningún contacto entre su cuerpo y el suelo. Durante esos breves instantes, las sombras ya no se vierten desde sus pies, como si fueran un reguero, sino que permanecen debajo de ellos como un doble, como ocurre con los pájaros, cuyas sombras avanzan por el suelo que tienen debajo, acariciando la superficie terrestre, aumentando y disminuyendo de tamaño según se acerquen o se alejen de esa superficie los cuerpos que las forman. En el caso de amigos míos que corren largas distancias, esos brevísimos instantes en los que levitan suman una cantidad importante de tiempo; utilizando su propia potencia, pasan muchos minutos suspendidos en el aire, puede que una fracción considerable de una hora, posiblemente mucho más en las ultramaratones de ciento sesenta kilómetros. Volamos; soñamos en la oscuridad; devoramos el cielo con bocados tan pequeños que no se pueden medir.
 Leído así, no me cabe duda de que algunos hemos pasado mucho tiempo en las nubes.

Fotogramas separados de Eadweard Muybridge para analizar el movimiento
Intervenidos por Lucía Rodríguez

Pueden leer mi reseña sobre Una guía sobre el arte de perderse en:

lunes, 6 de julio de 2020

FÚTBOL Y LITERATURA (III)


A Óscar de Marcos, que ha estado fuera de la competición durante ocho meses tras una operación de tobillo. Desde Calle 1 le deseo el mejor de los regresos.

En noviembre de 2019, se celebró en Bilbao la X edición de “Letras y Fútbol”, una semana literaria que demuestra, una vez más, que el mundo del balompié no está reñido con el de la literatura.


 Con motivo de dicho evento, organizado por la Fundación Athletic Club, se presentó “Togo”, un relato largo o novela corta de Óscar de Marcos, jugador del Athletic de Bilbao, y “Bizitza Eskukadaka”, escrito por Ainhoa Tirapu, portera del equipo femenino del Athletic.

Togo y Bizitza Eskukadaka (Edita la Fundación Athletic Club)
Relatos autobiográficos de De Marcos y Ainhoa Tirapu, jugadores del Athletic Club

 Desde Málaga le solicité a la Fundación Athletic un ejemplar de ambos libros, que amablemente me hicieron llegar. Pensaba que el de Ainhoa estaría publicado en una edición bilingüe, pero solo venía en vasco, y el único alumno vasco que hemos tenido por el instituto, y que precisamente había nacido en Bilbao y era hincha del club, se graduó hace ya unos años. De todas formas, lo he dejado en mi departamento por si algún día aparece por aquí a saludarnos. El que sí me leí de una tacada fue Togo, y he de decir que me encantó.

Óscar de Marcos con un ejemplar de Togo (Edita Fundación Athletic Club)

 El relato autobiográfico de Óscar de Marcos arranca de una manera trepidante en el aeropuerto de Lomé, Togo, adonde el jugador viajó en el verano de 2010 para reunirse con el padre José Luis en el centro Don Bosco de Kará, donde además del colegio hay tres hogares de acogida para cientos de niños y jóvenes marginados de la ciudad.

Me colocan contra la pared, con las manos apoyadas por encima de la cabeza. Me cachean mientras no dejan de increparme en un idioma que no entiendo. Algo pasa, pero no sé qué. Todo ha sucedido sin darme cuenta. Hemos aterrizado de noche y he bajado las escalerillas del avión junto al resto de pasajeros. Me he subido al autobús que nos ha acercado a la terminal. Un trayecto corto, de solo unos segundos, pero en el que íbamos como sardinas en lata; yo, apenas sujeto a una barra y apretado contra una mujer que pesaría más de cien kilos, una togolesa enorme con su vestido africano y su moño. 
 Ha tenido que ser a la salida del autobús cuando me he equivocado. Me he puesto a la cola en una de las dos filas que se han formado para pasar el control de entrada al país. No he notado nada extraño, salvo que la gente me miraba disimuladamente por mi color de piel. O quizá por estar sudando como un pollo debido a la humedad y al calor infernal. He entregado mi pasaporte y unos formularios que me habían facilitado las azafatas y que he rellenado en el avión mismo; y, de repente, el caos. 
 No sé si alguien me ha introducido droga en el equipaje, si me han confundido con algún delincuente, si pretenden extorsionarme... Respondo a las amenazas de los agentes con gritos de ayuda: "Please, help, help!", pero no les gusta mi reacción. Uno de ellos agita delante de mi cara los papeles que le he entregado y me exige explicaciones, pero ¿sobre qué? 
 Entonces me acuerdo de Claude, a quien he conocido durante el vuelo. Puede que sea mi salvación. Vuelvo la cabeza y lo busco entre todos los ojos que me observan, pero no se halla en ninguna de las dos filas. Lo localizo a lo lejos, en un acceso diferente. 
 Claude, togolés afincado en Barcelona desde hace ocho años y, según me ha contado, hijo del exembajador de Togo en España. A la hora de coger las bandejas del menú de a bordo, lo he molestado sin querer y me ha salido un perdón de manera espontánea que nos ha dado pie a charlar en español durante el vuelo. Me he presentado y, en cuanto me ha preguntado a qué me dedico y le he respondido que soy futbolista, me ha identificado. Claude, más mulato que negro, un fan del FC Barcelona que, para mi sorpresa, incluso se acuerda del gol que marqué en la Supercopa del verano pasado al Barça de Guardiola. "Mi primer gol de rojiblanco", añado con una mezcla rara de orgullo y pudor. 
 Claude, del que me he despedido nada más aterrizar y que ahora mismo es el único clavo ardiendo al que puedo agarrarme: un pez gordo al que diviso a lo lejos en el aeropuerto de Lomé, a punto de cruzar una puerta y desaparecer dejándome solo ante el peligro, retenido por el personal de seguridad y acusado de no sé qué, de noche, en un país olvidado del África negra en el que nadie me conoce y en el que hablan un idioma que no entiendo. 
 Entonces, con todas mis fuerzas grito: 
 –¡Claude!
 No me negarán que engancha. A partir de ahí, los capítulos saltan en el tiempo y en el espacio, alternando los que nos hablan de su estancia africana (en el centro de los salesianos) con los que nos cuentan sus inicios en el fútbol, su fichaje por el Athletic, su ascensión meteórica, su bajada a los infiernos y su vuelta a la élite. Y todo escrito con una sinceridad apabullante.
Volvíamos de Vitoria a Laguardia después de un partido. Un itinerario que mi padre repitió conmigo durante siete años, todas las tardes laborables de cinco a nueve de la noche. Alrededor de una hora de ida, otra de vuelta, más las dos de entrenamiento, que él se quedaba a ver. A veces, llegábamos a casa incluso más tarde de las diez. Eso sin mencionar los partidos del fin de semana, por descontado.
 Aquel día ni siquiera había salido unos minutos al final de la segunda parte. Durante la temporada anterior, mi primer año de cadete, lo había jugado todo, al igual que en infantiles, pero ahora en Cadete Liga Vasca las cosas se habían torcido y apenas contaba para el nuevo entrenador. Más que enfadado, creo que aquel día estaba triste. No hablaba, la mirada perdida en un paisaje que conocía bien, mientras mi padre conducía pendiente de la carretera y pendiente también de mí. Tenía entonces quince años, y tampoco diría que daba demasiadas vueltas a las cosas. Para nada. Pero me imagino que la conclusión era clara y flotaba en ese coche en el que viajábamos: un chaval que no es titular indiscutible en los cadetes del Alavés difícilmente llegará a profesional.
 –Hijo, yo lo que quiero es que seas feliz. Si para ser feliz tenemos que volver a jugar en el equipo del pueblo, jugamos en el equipo del pueblo.
Un joven De Marcos ficha por el Athletic
Fotografía: Atizia Mcfine
De todas las alegrías posibles, las mejores son las compartidas. No pregunté ni cuánto iba a ganar ni por cuántos años fichaba ni nada parecido. Iba a jugar en el Athletic y era tal la euforia que sentía que no me cabía dentro y necesitaba compartirla. […] Aquel fue un momento inolvidable. Cuando conté que fichaba por el Athletic, fue como si ficháramos todos, la cuadrilla entera.
De Marcos junto a Alves en la final de la Supercopa de 2009
Fotografía: Athletic Club
Pero un jugador del Athletic no debuta de verdad hasta que juega en San Mamés, en La Catedral, y ante su público. Del partido de aquella noche de verano, final de la Supercopa frente al Barcelona, en plenas fiestas de Bilbao, un 16 de agosto, recuerdo tres flashes nada más, imagino que por la tensión que acumulaba.
 Soy titular y me dispongo a tocar mi primer balón. Es un pase que bajo a recibir de espaldas. Espero a que la pelota me llegue, pero, antes de que pueda reaccionar, Yaya Touré se anticipa como una locomotora. Lo que recuerdo perfectamente es el murmullo de San Mamés, como en el circo romano de Gladiator. Ese lamento por mi lentitud y torpeza. Y mi pensamiento: "Chaval, o espabilas y aceleras, o te pasan por encima".
 También recuerdo mi primer gol. Recorto a la derecha, la toco otra vez con la derecha hacia dentro y chuto con la izquierda; pega en Puyol y pasa por encima de Valdés. Sin embargo, no recuerdo la celebración. Solo las imágenes de la celebración que he visto en vídeo.
 Mi último recuerdo es el del cambio, el público en las gradas aplaudiendo y yo retirándome todo hinchado. […] De repente eres el centro del mundo, la sensación del momento; una burbuja de vanidad te envuelve sin remedio.
Óscar de Marcos en la celebración de su gol al Manchester United
San Mamés, 15 de marzo de 2012. UEFA Europa League
Fotografía: Jasper Julien (Getty Images Europa)
Para entonces, mi trayectoria descendente ya era algo evidente para todos. Había pasado de superrevelación a suplente; y como suplente, ni me estaba reivindicando ni funcionando como  revulsivo. […] El 14 de abril cumplía veintiún años y ese mismo día jugaba mi primer partido con el Bilbao Athletic. Después de veintiséis encuentros disputados con el primer equipo en Liga, Supercopa, Copa y Europa League, me tocaba debutar con el filial. […] El mundo al revés. En vez de vivir un proceso de gestación y maduración en el Bilbao Athletic durante nueve meses y, como consecuencia, subir y debutar con el primer equipo, yo bajaba a estrenarme con el filial después de casi toda una temporada jugando y entrenando a las órdenes de Caparrós.
Óscar de Marcos, jugador del Athletic Club. 9 de abril de 2018
Fotografía: María José Segovia (NURPHOTO)
Poco a poco empecé a ver la luz al final del túnel, y lo hice de la manera más sencilla posible: entrenando cada día mejor. Haciendo  de cada entrenamiento un fin en sí mismo. Disfrutando de aquello de lo que había disfrutado toda mi vida: el fútbol.
Oscar de Marcos en un Getafe-Athletic (Agosto, 2019). Agencia EFE
Junto a este foyer, se halla el campo del equipo Don Bosco. Aquí cada cooperante hace lo que sabe, y yo sé jugar al fútbol, así que este campo de arena es mi lugar de trabajo, donde voy a entrenar a niños marginados de la ciudad de Kará.
 El libro de Óscar de Marcos se abre con una cita de Eduardo Galeano que oyó por primera vez en boca de Marcelo Bielsa: "La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo."

El argentino Marcelo Bielsa cuando entrenaba al Athletic de Bilbao
Fotografía: REUTERS

"Supongo que todos debemos viajar a Togo alguna vez en nuestra vida. Y entender ya qué significa Togo".
 Presté a mis alumnos más futboleros el librito de De Marcos. A ver si así consigo que se enganchen a la literatura. De momento, las críticas han sido muy positivas, y hay una larga lista de espera para llevarse el libro a casa. Y les hace gracia que el Málaga aparezca entre sus páginas.

Nota: El cierre del instituto, debido a la pandemia, ha impedido que pueda fotografiar con el libro en las manos a todos los que lo han leído.
Para que un equipo funcione bien es importante que todos sus integrantes se sientan parte de él: los titulares, los suplentes y los que apenas entran en las convocatorias. Porque el fútbol es ante todo eso, un deporte de equipo, un juego colectivo, y la exigencia en los entrenamientos la ponen en gran medida quienes perseveran y dan lo mejor de sí mismos en cada sesión, a pesar de vestir de calle los días de partido y no aparecer en las fotografías de las crónicas periodísticas.

Fútbol y Literatura I:
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/02/futbol-y-literatura.html

Fútbol y Literatura II:
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/futbol-y-literatura-ii.html