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martes, 21 de septiembre de 2021

OFENDIDITOS EN LA FERIA DEL LIBRO


Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo
Editorial Capitán Swing

Leo en el boletín de Verne, con una sonrisa en los labios, que en la Feria del Libro de Madrid hay gente que se ofende por la portada de este libro. Y para testimoniarlo, nos remiten al tuit de la propia editorial (Capitán Swing).

Tuit de Capitán Swing

 Si le dieran la vuelta, leerían:

Esta es una investigación que explora enérgica y profundamente por qué el capitalismo es malo para las mujeres y cómo, cuando se desarrolla correctamente, el socialismo conduce a la independencia económica, a mejores condiciones laborales, a un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida y, sí, a un mejor sexo. En un artículo de opinión ingenioso e irreverente que se volvió viral, Kristen Ghodsee argumentó que las mujeres tenían mejor sexo bajo el socialismo. La respuesta fue tremenda: expresó claramente algo que muchas mujeres habían sentido durante años: el problema está en el capitalismo, no en nosotras.
 Ghodsee, aclamada etnógrafa y profesora de Estudios de Rusia y Europa del Este, ha pasado años estudiando qué sucedió con las mujeres en países que pasaron del socialismo de Estado al capitalismo, y sostiene que este último perjudica de manera desproporcionada a las mujeres y por ello debemos aprender del pasado, rechazando lo malo y rescatando lo bueno de las ideas socialistas, y así mejorar nuestras vidas. Las mujeres están alzando su voz como nunca antes, desde el aumento en el número de ellas que se postulan para cargos públicos hasta las marchas masivas o la ya constante protesta pública contra el acoso sexual. Cada vez está más claro para las mujeres que el capitalismo no funciona para ellas.

 A mí la ilustración de la portada me encanta, por lo que tiene de atlética y porque me recuerda a algunos carteles y cuadros que vi en el Museo Ruso de Málaga.

Corredores, obra de Alexander Deyneka en el Museo Ruso de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2019/02/atletismo-en-el-museo-ruso-de-malaga.html

Cross-country, obra de Alexander Deyneka en el Museo Ruso de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/el-significado-de-la-primavera-para-los.html

 Por si les interesa este ensayo, les dejo aquí el índice:

Índice del ensayo de Kristen Ghodsee (Ed. Capitán Swing)

 Y para los que viven en Barcelona, decirles que la autora estará en la librería Finestres el próximo día 29 de septiembre.


lunes, 27 de julio de 2020

¿VOLAMOS CUANDO CORREMOS?


Cronofotografías de Étienne Jules Marey para analizar el movimiento
Intervenidas por Lucía Rodríguez

La semana pasada escribí una reseña en mi otro blog sobre Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit. Entre las páginas de este ensayo, recientemente publicado por Capitán Swing, me encontré con esta disertación:
[…] cuando alguien va corriendo, cada paso que da es un salto, así que hay un momento en el que no existe ningún contacto entre su cuerpo y el suelo. Durante esos breves instantes, las sombras ya no se vierten desde sus pies, como si fueran un reguero, sino que permanecen debajo de ellos como un doble, como ocurre con los pájaros, cuyas sombras avanzan por el suelo que tienen debajo, acariciando la superficie terrestre, aumentando y disminuyendo de tamaño según se acerquen o se alejen de esa superficie los cuerpos que las forman. En el caso de amigos míos que corren largas distancias, esos brevísimos instantes en los que levitan suman una cantidad importante de tiempo; utilizando su propia potencia, pasan muchos minutos suspendidos en el aire, puede que una fracción considerable de una hora, posiblemente mucho más en las ultramaratones de ciento sesenta kilómetros. Volamos; soñamos en la oscuridad; devoramos el cielo con bocados tan pequeños que no se pueden medir.
 Leído así, no me cabe duda de que algunos hemos pasado mucho tiempo en las nubes.

Fotogramas separados de Eadweard Muybridge para analizar el movimiento
Intervenidos por Lucía Rodríguez

Pueden leer mi reseña sobre Una guía sobre el arte de perderse en:

lunes, 22 de abril de 2019

LA BICI LO ES TODO: LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD SOBRE DOS RUEDAS




—Dirección, setenta y tres grados; sillín, setenta y cuatro grados –musitó para sí, como si se tratara de un conjuro.

Nada más empezar a leer el prólogo supe que este no sería un ensayo al uso sobre el mundo de la bicicleta, pues el autor, Robert Penn, me hablaba en el arranque de aquella memorable y romántica escena de Dos hombres y un destino en la que Butch Cassidy  monta en el manillar de su bicicleta a Etta Place mientras suenan los acordes de Raindrops Keep Fallin' On My Head. Volví a ver aquel wéstern de George Roy Hill en 2008, el día antes de viajar a Bolivia en busca de la tumba de Butch Cassidy y Sundance Kid, aquellos forajidos del Salvaje Oeste que interpretaban en la película Paul Newman y Robert Redford. Ya no se hacen películas como estas, con ese ritmo tan pausado, fue lo primero que pensé al terminar los créditos y volver a la escena de la bicicleta para escuchar una vez más la canción compuesta por Burt Bacharach, quien, por cierto, se llevó dos Óscar aquel año 1969: a la mejor canción original y a la mejor banda sonora original de una película (no un musical).

Música: Burt Bacharach.
Letra: Hal David.
Intérprete: B. J. Thomas.


 Leyendo me entero de que el tipo de bicicleta que le muestra Butch a Etta ("Te presento al futuro") se llamaba "de seguridad".
Fue la primera bicicleta moderna, y la culminación de la larga y escurridiza búsqueda de un vehículo impulsado por el hombre. Fue "inventada" en Inglaterra en 1885. 
[...] Se la llamó safety ("de seguridad") porque las ruedas eran pequeñas y del mismo tamaño, el centro de gravedad del ciclista recaía en la parte central de la bicicleta y se podía llegar al suelo con ambos pies. En pocas palabras, rodar con ella era seguro. [...] Este modelo borró del mapa cualquier otro tipo de bicicleta previo: los velocípedos, los biciclos, el biciclo enano, la Facile, la Kangaroo, los triciclos, los triciclos tándem y los cuadriciclos quedaron obsoletos en pocos años. La forma definitiva de la bicicleta había llegado.
[...] Cuando Butch y Sundance partieron hacia Sudamérica, la bicicleta ya había conquistado una amplia aceptación social y había golpeado con fuerza en el nexo de la sociedad. En una sola década, ir en bicicleta había pasado de ser una ocupación recreativa pasajera, exclusiva de una pequeña minoría de hombres ricos y atléticos, a convertirse en la forma de transporte más popular del planeta. Y lo sigue siendo.
 El título del libro viene dado por una afirmación del escritor estadounidense Stephen Crane, autor de la magnífica novela El rojo emblema del valor, quien decía eso de "La bicicleta lo es todo".

La bici lo es todo, El rojo emblema del valor y Dos hombres y un destino
Fotografía: Pedro Delgado

 Nos cuenta Robert Penn en el prólogo que en 1990 se compró su primera bicicleta de montaña, "una práctica y rígida Saracen Sahara de fabricación británica", y que con ella fue desde Kasgar (China) a Peshawar (Pakistán) atravesando la cordillera del Karakórum y el Hindi Kush. Ese es uno de mis viajes soñados y siempre postergado por la conflictiva situación que vive la zona, así que sentí como afloraba la envidia al leerlo.

Robert Penn con su Saracen Sahara en su viaje por la Karakórum y el Hindi Kush
Fotografía: Archivo personal de Robert Penn facilitado por la editorial Capitán Swing
 
De vuelta en Londres donde trabajaba como abogado, la Saracen hacía mucho más que llevarme de un lado a otro: simbolizaba la vida más allá de los trajes de raya diplomática.
 Y al seguir, la envidia ya me invadió por completo:
Una invernal tarde de sábado de 1995 fui a Roberts Cycles, un renombrado fabricante de cuadros del sur de Londres, y encargué un cuadro para un cicloturismo hecho a medida. Lo llamé Mannanan, por Mannanan mac Lir, la mítica figura celta que protege la isla de Man, donde yo crecí. Con esa bicicleta crucé Estados Unidos, Australia, el sudeste asiático, el subcontinente indio, Asia Central, Oriente Medio y Europa, es decir, el mundo entero. "Fúndete con el universo. Si no puedes hacer eso, al menos sé uno con tu bicicleta", escribió el mecánico de bicicletas estadounidense Lennard Zinn. Después de tres años y cuarenta mil kilómetros lo había logrado. 
 Ahora Mannanan está colgada en la pared de mi cobertizo.
 No me dirán que no es para menos. A los que amamos la aventura nos hubiera gustado leer páginas y páginas sobre las peripecias del autor alrededor del mundo con unas alforjas, pero La bici lo es todo se centra más en otro tipo de viajes, los del autor en busca de la bicicleta de sus sueños, un verdadero "Meccano" construido a base de los mejores componentes y el mejor cuadro que, a la postre, es el alma de la bicicleta. 
Los mejores artistas que se dedican a la construcción de cuadros tienen más en común con los artesanos que hacen relojes Patek Philippe, guitarras Monteleone o camisas Borelli que con el grueso de fabricantes que producen cuadros de carbono y aluminio como churros en las fábricas del Extremo Oriente. [...] El cuadro de mi bici solo se hará una vez y será de acero. [...] No serán los componentes más ligeros ni atractivos del mercado, sencillamente serán los mejores.
 Así, visitamos de la mano de Robert Penn fábricas y talleres en Italia, Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña a la búsqueda de esos componentes, y asistimos al proceso de fabricación de los mismos, una peregrinación que me recordó a esos extranjeros que viajan a Andalucía en pos de las manos de tal o cual artesano guitarrero. Precisamente, recuerdo ahora a un couchsurfer que pasó por casa, Marc Eithien, un virtuoso de la guitarra que antes de regresar a Canadá después de dar vueltas por el mundo iba a la Alpujarra Granadina a por una guitarra que había encargado: su guitarra, la suya, la mejor guitarra del mundo.

El canadiense Marc Eithien tocando la guitarra* en casa, 21 de mayo de 2017
*Esa es la guitarra mala, la buena le esperaba en la Alpujarra
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Algo así mueve a Robert Penn. Frente a las bicis industriales, el lujo de las bicicletas hechas a mano. El placer de la búsqueda de cada pieza para el ensamblaje final.
La clave de por qué alguien querría una bicicleta hecha a mano es precisamente esta: porque se acoplará a la perfección, como un traje hecho a medida en Savile Row. 
*** 
[…] construir ruedas es como afinar guitarras: cada uno de los radios tiene que vibrar a la perfección. 
*** 
Las máquinas de troquelado, plegado y remachado martillaban, moldeaban, enrolaban y cortaban acero. Sugerí que la banda sonora de la fábrica –antaño la banda sonora de toda la ciudad– apenas debía de haber cambiado en un siglo. 
 –Así es –repuso Steven con ojos centelleantes–. Algunos de los empleados llevan aquí casi tanto como la propia fábrica. Te presento a Bob. 
 […] –Sí, llevo cincuenta años trabajando aquí, aunque con un capataz como este tengo la sensación de llevar muchos años más. Lo único que hay más viejo que yo es esta máquina. Es de los años cuarenta. Por suerte, todavía podemos conseguir piezas de repuesto para ella. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí. 


Carreras anuales de los seis días
Madison Square Garden
Mediados de la década de 1890, principios de la de 1920

 Y mientras acompañamos al autor en sus idas y venidas, este aprovecha para contarnos la evolución del ciclismo.
John Boyd Dunlop, un veterinario escocés residente en Belfast, inventó el neumático en 1888. Con el fin de mejorar la salud de su hijo de nueve años, un médico le había aconsejado que montara en bicicleta y había puntualizado que la actividad resultaría aún más beneficiosa si se pudieran reducir las sacudidas de los ásperos adoquines de granito que cubrían las calles de la ciudad. […] Durante el auge de los velocípedos –que eran conocidos, con razón, como "agitahuesos"– las llantas eran de hierro macizo. Cuando en 1885 se introdujo la bicicleta de seguridad, las llantas eran de tiras de caucho sólido y estaban clavadas o pegadas al borde de la rueda. Esto suponía una mejora con respecto al hierro, pero, aun así, un simple paseo podía hacer repiquetear los molares de un ciclista hasta que se le salieran disparados. 
 Dunlop clavó tiras de lino a las ruedas de madera del triciclo de su hijo, insertó unos tubos de goma inflables muy rudimentarios con una válvula de retención y los llenó de aire comprimido. Era como tener un cojín flexible sujeto a la rueda. Funcionó. Dunlop lo bautizó con la palabra "pneumático", patentó la idea y comenzó a producirlos a pequeña escala en Dublín. 
*** 
"Sobre el remache" es una vieja expresión ciclista de la época en la que todos los sillines estaban hechos de cuero y se fijaban al cuadro con remaches de metal. Retrata a un ciclista encogido en la bicicleta, agarrándose con las manos a la sección de caída del manillar y con las nalgas precariamente posadas sobre la nariz del sillín mientras trata de aprovechar al máximo la potencia de la máquina con cada golpe de pedal, yendo lo más rápido que puede. Tengo la sensación de que "sobre gel" no transmite la misma intensidad.
 Otra cuestión importante que tendrá que resolver el autor es la elección del color de la bicicleta: ¿El amarillo intenso Van Gogh?, ¿el negro?, ¿el azul Bianchi o celeste de Fausto Coppi?, ¿el naranja-Malteser de las bicicletas de Eddy Merckx?, ¿el gris foca?, ¿el gris perla?, ¿frambuesa, azul cielo, carmesí, zafiro, verde mar y mirto…?
–No. Ese color no puede ser –dijo Jason dejando un bote de pintura. Se volvió hacia mí, apoyó las caderas en el banco de trabajo y se cruzó de tobillos y brazos. Estábamos en su taller de pintura. 
 –¿Qué quieres decir con que "no" puede ser? 
 –Pues que no. Eso mismo. No. 
 –No me puedes decir eso. Yo soy el cliente. Y dijiste que podía elegir el color que quisiera. 
 –Rob, algún día me lo agradecerás, incluso puede que hoy mismo. Pero de ninguna manera voy a pintarte esta bici de color púrpura. No estamos en 1973. No vamos a ir a un concierto de Slade esta noche. Te lo prometo, si la pintas así, volverás dentro de seis meses para rogarme que vuelva a pulverizarla, así que no. 
 El púrpura había surgido al final del viaje. En mi cabeza visualizaba un púrpura imperial: púrpura de Tiro, el tinte que descubrieron los fenicios, el color de la sangre coagulada. 
 –Tú no eres Ziggy Stardust -dijo Jason–. Eres Rob Penn.

David Bowie como Ziggy Stardust
Fotografía: Mick Rock

 No voy a desvelarles el color o los colores elegidos por Rob, para no quitarles la sorpresa, pero sí, para abrir boca, alguna de las anécdotas que incluye el libro, como la de la historia de Campagnolo, la mítica empresa de Vicenza o la del propio autor cuando se mudó de la ciudad al campo.

Tullio Campagnolo en el taller de Vicenza
El fundador de la compañía, Tulio Campagnolo, era un consumado ciclista amateur. En cierta ocasión competía en una carrera llamada Gran Premio della Vittoria durante la época de brutal frío que coincide con la fiesta de San Martino. Las distintas biografías ofrecen fechas dispares, aunque el 11 de noviembre de 1927 parece la más probable de todas ellas. Cuando Tullio alcanzó la cima del paso de Croce d'Auné en los Doloridas, al norte de Vicenza, era líder de la carrera. En aquellos tiempos, las bicicletas de competición aún no tenían desviados o cambios de marcha: los mecanismos acoplados a la mayoría de las bicicletas modernas para mover la cadena de un piñón dentado a otro, cambiando así de marcha. La palabra original derailleur, es francesa con pronunciación anglosajona ("de-rail-er") y significa desviar el curso o descarrilar. 
 La bicicleta de Tullio tenía dos velocidades en un buje trasero de doble cara con dos ruedas dentadas –un engranaje fijo habitualmente alto para los recorridos planos y uno corto de piñón libre para las subidas–. Para cambiar de marcha había que desmontar la rueda trasera y darle la vuelta, pero para ello primero había que aflojar las tuercas de mariposa que sujetaban la rueda en las punteras del cuadro.
Tullio Campagnolo
 En la cima helada y nevada del paso, con los dedos entumecidos y congelados, Tullio forcejeó para aflojar las pesadas tuercas y así poder voltear la rueda. Muchos de sus rivales le adelantaron, sin duda burlándose bajo sus alientos helados. Se cuenta que al finalizar la carrera Tullio declaró: Bisogna cambià qualcossa de drio ("Algo debe cambiar en la parte trasera"). Hablaba en serio. 
 El 8 de febrero de 1930, Tullio Campagnolo patentó la palanca de liberación rápida, un pestillo de acero dentro de un eje hueco con una tuerca en un extremo y una palanca con una leva para fijarla en el otro. Era sencillo y genial: operaba en todo tipo de condiciones metereológicas. En lugar de desatornillar tuercas para sacar la rueda, simplemente se tiraba de una palanca. Durante ochenta años se ha mantenido básicamente inalterado. Hoy en día, el cierre rápido es un accesorio universalmente estándar en casi todas las bicicletas que se fabrican. Cada día, decenas de miles de ciclistas en todo el mundo dan la vuelta a sus bicicletas para sacar una rueda –para reparar un pinchazo o meter la bici en el maletero de un coche–. Con los dedos en las palancas de liberación rápida, honran en silencio la memoria de Tullio Campagnolo, el ingenioso gurú. 
Palanca de liberación rápida de la rueda inventada por Campagnolo

Interior del  Warwicks Country Pub en Abergavenny, Brecon Beacons (Gales) 
Mudarme a Brecon Beacons, en Gales, hace siete años supuso una nueva revelación en la percepción cultural de la bicicleta. Para entonces, en la ciudad había cuando menos un número creciente de personas que reconocían los beneficios de la bicicleta en materia de salud y transporte. En el campo, el único motivo razonable para tener que desplazarse en bici era la pérdida del carné de conducir; para un agricultor galés no podría existir otro motivo. Y punto. Los lugareños me observaban entrar y marcharme pedaleando de Abergavenny y se quedaban muy sorprendidos. 
 A los cinco meses de haberme mudado, un viernes por la noche estaba en el pub local, que se encontraba en lo alto de una colina. Un viejo del que únicamente conocía el nombre de su granja me agarró por el codo y me condujo muy amable hasta una esquina del bar. Me miró fijamente y me dijo: "Veo que vas en bici. ¿Hace cuánto que perdiste el carné, hijo?". Le expliqué que no me había quedado sin carné, sino que elegía ir en bici a diario porque, bueno, simplemente porque me encantaba. Me guiñó un ojo y se dio unos golpecitos con el dedo en la nariz reseca. Un año después, otro viernes por la noche, el granjero volvió a apartarme a un lado en el mismo pub. Aquella vez su mirada fue aún más severa: "Veo que sigues yendo en bici, hijo –me dijo–. Ya es mucho tiempo sin poder conducir. A mí me lo puedes contar… ¿Hiciste algo horrible? ¿Mataste a un crío?".
 Ja, ja. No me negarán que tiene su gracia. Yo cada vez que lo imagino no puedo evitar reírme.

 "Aprender a montar en bicicleta es fácil. Y una vez que se aprende, jamás se olvida", nos recuerda Robert Penn, algo que les repito todos los años a los alumnos que me encuentro que no saben montar por culpa de la sobreprotección de sus padres. Y menos mal que son minoría, porque sin duda uno de los recuerdos más bonitos que todos atesoramos es el de nuestro padre guiándonos en nuestras primeras pedaladas; en esas bicicletas a las que les íbamos quitando poco a poco los ruedines hasta conseguir descender la cuesta menos pronunciada que hubiera cerca de casa, sin ayuda de ellos primero y luego también sin que nuestro padre corriese al lado tratando de equilibrarnos con sus manos. Recuerdo con cariño aquella época en la que, "ya expertos", íbamos todo el santo día en bicicleta por el simple placer de hacerlo: el componente lúdico de las dos ruedas. Uno de los sitios preferidos por mí y por mis hermanos era el espacio que hoy ocupa el centro de salud, el campo de fútbol del Mortadelo y el colegio Christian Andersen, una extensión de montículos de tierra y matojos por entonces en la que podíamos sentirnos pilotos de motocross. Junto a ella estaban los mercancías de Renfe y las pirámides de piedras sueltas que transportaban, y, a ratos, deteníamos nuestras bicicletas junto al pequeño apeadero para ver pasar los trenes. ¡Qué tiempos aquellos!

 Hoy día me sigo subiendo a la bicicleta casi a diario, pero sólo para ir al instituto en el que trabajo, no como Robert Peen que la usa para todo:
[...] la uso para ir al trabajo, a veces por trabajo, para mantenerme en forma, para empaparme de aire y de sol, para ir de compras, para escapar cuando el mundo me está rompiendo las pelotas, para saborear el compañerismo físico y emocional de pedalear con amigos, para viajar, para mantenerme cuerdo, para saltarme la hora del baño de mis hijos, para divertirme, para tener un momento de gracia, en ocasiones para impresionar a alguien, para asustarme y para escuchar la risa de mi hijo. A veces monto en bici por el simple hecho de montar en bici. Hay una amplia variedad de razones emocionales, físicas y prácticas, y un lazo que las une: la bicicleta.
 Mi bicicleta es una extremadamente rara, una Mountain Bike de 1992 de la casa Swatch, la de los relojes, una edición limitada a 500 ejemplares que se adjudicaron en riguroso sorteo entre los miembros del Club Swatch. Creo que su precio era de 115.000 pesetas, unos 690 euros. Con el tiempo ha perdido los tapacubos que era el elemento más vistoso de la bicicleta, pero me sigue llevando al instituto como el primer día. Y cuando trabajaba y vivía en Olvera también me di mis buenas cabalgadas por la Vía Verde hasta Coripe, eran los tiempos en los que los túneles todavía no habían sido acondicionados y estaban medio obstruidos de tierra y agua.

Pedro Delgado con su Mountain Bike Swatch de 1992
Málaga, Carrera Urbana Ciudad de Málaga 2012
Fotografía: Pepe Chinchilla

 El escritor H. G. Wells decía que siempre que veía a un adulto en bicicleta recuperaba la esperanza por la humanidad. No quisiera ser pesimista, pero pierdo un poco la esperanza en esa humanidad ahora que el patinete eléctrico ha irrumpido con tanta fuerza en la ciudad. Ojalá que nadie arrumbe su bicicleta por no tener que pedalear, más en estos tiempos en los que es tan necesario que todos realicemos ejercicio físico y combatamos la obesidad.

–¿Sabes cual es la palabra que más gente relaciona con "libertad" en los experimentos tipo asociación de palabras? –preguntó a modo de conclusión. Y él mismo se respondió–: "Bicicleta".
Antonio Columbo, propietario de Columbus y Cinelli

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La bici lo es todo: La búsqueda de la felicidad sobre dos ruedas, de Robert Penn, publicado por Capitán Swing en una traducción de Lucía Barahona.

 Y para mañana os deseo un ¡Feliz Día del Libro!

viernes, 8 de marzo de 2019

MUJERES EN EL DEPORTE


"La lucha por la justicia social a menudo empieza en un terreno de juego o en una pista deportiva".

Atleta en el Centro de Alto Rendimiento de Granada, 26 de septiembre de 2016
 Fotografia: Lucía Rodríguez Vicario

En el Día de la Mujer quiero recomendarles el libro Mujeres en el Deporte, escrito e ilustrado por la estadounidense Rachel Ignotofsky. Editado al alimón por Nørdicacómic y Capitán Swing –para quien no lo sepa, apuntar que ambos editores son hermanos–, viene a visibilizar a las atletas, con un compendio de 50 intrépidas deportistas que van desde la década de 1800 hasta la actualidad, mujeres que, como dice el subtítulo, jugaron para ganar. Desde la patinadora artística Madge Syers a la gimnasta Simone Biles, pasando por nombres tan conocidos como la también gimnasta Nadia Comaneci, la tenista Serena Williams, la alpinista Junko Tabel, la velocista Wilma Rudolph, la esquiadora Lindsey Vonn o la nadadora Katie Ledecky.

La velocista Wilma Rudolph. Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

 Rachel Ignotofsky ha prestado además atención a esas deportistas que tienen algún tipo de discapacidad física, mental o sensorial, y que todavía lo han tenido más difícil en el mundo deportivo. Ahí están la paratriatleta Melissa Stockwell o la corredora en silla de ruedas Chantal Petitclerc.

La corredora en silla de ruedas Chantal Petitclerc. Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

La paratriatleta Melissa Stockwell en el libro Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

"Tenemos el poder de elegir nuestra historia [...]. Quiero ser conocida como alguien que convirtió algo muy trágico en un triunfo".
Melissa Stockwell

 Es un libro tremendamente gráfico que convendría tener en todas las bibliotecas de los institutos de enseñanza secundaria, como fuente de inspiración para esas alumnas que les gusta la actividad física y quieren llegar a ser deportistas. Y aún sería más necesario en las bibliotecas de los colegios, pues todavía hay padres –afortunadamente cada vez menos– que consideran que el ejercicio físico no es apropiado para sus hijas, como si el deporte las fuera a masculinizar. Fíjense en los críos cuando vayan al parque. A los niños se les deja hacer libremente, pero las niñas todavía tienen que oír eso de "no corras", "no saltes", "no te subas ahí"..., que te vas a caer o a ensuciar. Por eso me encanta cuando veo a las niñas en las escuelas deportivas de iniciación.
"Este libro está lleno de historias de niñas que crecieron para lograr sus mayores sueños..., historias de mujeres que llegaron hasta el límite, hicieron lo imposible y se convirtieron en leyendas".
 Estas páginas también desmienten el absurdo mito de que el cuerpo de la mujer es débil, algo que se consideró durante mucho tiempo y que llevó a vetar la participación femenina en muchas pruebas. En atletismo, por ejemplo, los últimos vetos, ya hoy por fin superados, estaban en las pruebas de los 3.000 metros obstáculos (que no apareció en el programa olímpico hasta el año 2008 en Pekín), y los 50 kilómetros marcha (en los Juegos de Rio 2016 sólo pudieron marchar sobre la distancia de los 20 Km, pero al año siguiente, en el Mundial de Londres, ya pudieron hacerlo sobre la misma distancia que los hombres).
 Imaginaros que pruebas que hoy vemos tan normales, como el salto de pértiga y el lanzamiento de martillo femenino, no tuvieron cabida en el programa atlético hasta el año 2000.
 Por otra parte, desde el año 2004 las mujeres pueden participar en la prueba del Decatlón, aunque en los grandes campeonatos su prueba oficial sigue siendo el Heptatlón.

La heptatleta Jackie Joyner-Kersee en Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

 Hoy día, la única prueba que solo se disputa en la modalidad masculina son los 110 metros vallas, corriéndose 100 metros vallas en la categoría femenina.
"Este es uno de los libros que estábamos esperando: un compendio de grandes mujeres deportistas y las dificultades a las que tuvieron que hacer frente. Tal como nos enseñó Billie Jean King, "la presión es un privilegio".

La tenista Billie Jean King en Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

viernes, 4 de mayo de 2018

LA DULCE CIENCIA


La dulce ciencia de A. J. Liebling (Capitán Swing)
Fotografía: Pedro Delgado

"Aún hay taxistas en Madrid que me recuerdan por las crónicas de boxeo. Fíjate", decía el otro día Manuel Alcántara –tras recibir en Málaga la Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio– salpicando la conversación con una sarta de nombres y el recuerdo de míticas veladas pugilísticas.
 Y traigo a colación al poeta, periodista y articulista del diario SUR porque he estado estos días enfrascado en La dulce ciencia de su homólogo estadounidense A. J. Liebling.

A. J. Liebling

 Como Alcántara para el diario Marca, Liebling fue el cronista de los cuadriláteros para The New Yorker; igual que Pierce Egan lo fue del boxeo inglés del siglo XIX. Un Egan que da título al libro, pues así fue como éste denominó al boxeo ("La dulce ciencia de los moratones") en su libro Boxiana o Escenas del pugilismo antiguo y moderno desde los días de Broughton y Slack hasta los héroes de la época actual de la molienda (1812).
Uno de los mayores encantos de Boxiana es que no se limita a ser una mera compilación de resúmenes de combates. Las historias asalto a asalto de Egan, con detalles incidentales como las fluctuaciones de las apuestas, son obras maestras del periodismo técnico, pero Egan también veía el cuadrilátero como un pedazo jugoso de la vida inglesa en ningún modo separable del resto. Sus descripciones del día a día lejos de la lona de los héroes (chicos que cargaban carbón, aguadores y carniceros) son una panorámica de la Inglaterra rastrera, sucia, feliz, brutal y sentimental de la Regencia que no encontrarán jamás en Jane Austen. 
Introducción de A. J. Liebling (La dulce ciencia) 
 Lo mismo ocurre en La dulce ciencia. Liebling, que como Camus o Hemingway también boxeó, recoge en sus páginas las crónicas que escribió entre junio de 1951 y septiembre de 1955, la época dorada del ring estadounidense, pero lo hace deteniéndose no sólo en los momentos culminantes de los combates, sino también en el ambiente previo y posterior a estos, dejando que hablen los boxeadores, los entrenadores y segundos, los empleados de las salas, los representantes..., incluso los taxistas; convirtiendo cada historia en un soberbio retrato gráfico en el que Liebling actúa como si estuviera haciendo una investigación, como esos detectives del noir que no se fían de nadie. El escritor, que "siempre busca la historia humana detrás de la pelea", asoma la cabeza en los textos, que parecen relatos, y eso hace que tengamos la sensación de estar acompañándolo en todo momento. Cuando estuve en New York en enero de 2009 me alojé en el Hotel Pennsylvania, frente al Madison Square Garden; el mismo pabellón al que he vuelto una y otra vez estos días de la mano de Liebling para ver boxear a Rocky Marciano, Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Cassius Clay y tantos otros.

Cartel velada de boxeo en el Madison Square Garden

 Y como si los editores de Capitán Swing hubiesen querido lanzarle un guiño a Manuel Alcántara, cierran el tomo con dos artículos que no estaban incluidos en la edición de 1956 (pues fueron escritos posteriormente) y que a modo de apéndice han querido incluir en esta edición bajo el título Versos y guantes: Poeta y pedagogo –sobre el combate en el Garden entre el bardo de Kentucky Cassius Clay y Sonny Banks en 1962– y Velada antipoética –en el que los protagonistas son el mismo Cassius Clay y Doug Jones, enfrentados también en el Garden en 1963–, narraciones que estoy seguro serán del agrado del poeta malagueño.

Cassius Clay boxeando con Sonny Banks, 10 de febrero de 1962
Fotografía: Bettmann / Getty

Cuando Floyd Patterson recuperó el título mundial de los pesos pesados después de noquear a Ingemar Johansson, en junio de 1960, emocionó en tal medida a Cassius Clay, un adolescente de Louisville (Kentucky), que Clay, que era un buen semipesado amateur, compuso una balada en honor de la victoria. [...] En aquel entonces Clay estaba demasiado ocupado con sus entrenamientos para la competición olímpica que se celebraría en Roma ese verano para fijar en el papel su oda, pero la memorizó, como Homero y Gregson debieron hacer con sus versos, y luego la pulió en su cabeza. 
Poeta y pedagogo (La dulce ciencia) 
 La carrera de Cassius Marcellus Clay como poeta comenzó de manera inocente, cuando, en confianza, recitó a un par de periodistas la balada que había compuesto en honor de Floyd Patterson.
Los periodistas llevaron la balada al papel y después otros compañeros animaron al chico a reincidir. A continuación se produjo un rápido declive en la calidad de los versos de Cassius, en paralelo a un fatal incremento de su volumen. Se convirtió a sí mismo en su temática favorita... 
*** 
Empezó a predecir el asalto en el que despacharía a cada oponente, y a veces acertaba. 
*** 
"Cambio lo que dije hace un rato, / en lugar de en seis, Doug cae en cuatro".
 ***
Cuanto más fanfarroneaba en verso, más atractivo se hacía para el público. 
Velada antipoética (La dulce ciencia) 
 Si en su debut como profesional contra Sonny Banks no consiguió llevar a espectadores de pago al Garden (la retransmisión de los combates por televisión habían hundido las taquillas en todos los Estados Unidos), su siguiente visita al pabellón, para enfrentarse a Doug Jones, agotó las entradas; algo que no se había visto desde el enfrentamiento entre Joe Louis y Rocky Marciano en 1951. Lo que no esperaba Clay, esa noche, es que el público se pusiese de parte de su rival.
Un espeluznante e inicialmente inexplicable ruido acompañó la llegada de Clay, pero mucho antes de que alcanzara al ring, su significado era ya inconfundible: la multitud lo estaba abucheando. Solo después, cuando subía los escalones hasta su rincón dando saltitos, comprendimos tanto él como yo por qué habían acudido esas diecinueve mil personas a ver actuar al alegre trovador. Querían verlo muerto. Un amplio "¡buuu!" corrió desde las gradas y el entresuelo, otro se elevó desde los asientos de pista y los situados en primera fila; se encontraron en el aire y se fundieron. Era la más enfática manifestación antipoética de la historia de los Estados Unidos. 
Velada antipoética (La dulce ciencia)

Doug Jones Vs. Cassius Clay (Madison Square Garden, 1963)

 A pesar de que al principio el público pensara que era un engreído, insolente y arrogante, Cassius Clay no tardaría en sacar al boxeo del invierno en que se hallaba metido con el ocaso de sus estrellas, fue un soplo de aire fresco que vino a "animar las cosas". El para mí mejor boxeador de la historia, el campeón mundial de peso pesado durante 6 años (1964-1970), 3 años y 4 meses (1974-1978) y 1 año (1978-1979), constituye un verdadero mito del deporte, no solo estadounidense sino mundial, de ahí que su imagen colgase de las paredes del gimnasio Farouk en El boxeador, uno de los relatos que escribí para Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015), obra con la que fui finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura.
El gimnasio Farouk olía a linimento y a sudor. Las paredes, manchadas de humedad, estaban forradas con pósters de Mohamed Alí, de Tyson y de Foreman, junto a los que había algunas fotos y diplomas de los pupilos del señor Farouk. Los boxeadores y los aspirantes frecuentaban el local a la última hora de la tarde, después de sus largas jornadas laborales. Llegaban con el estómago vacío, pero llenos de ilusiones, deseosos de que el míster los señalase para el siguiente combate. El señor Farouk los animaba a dejarse los nudillos contra las sacas de arena que colgaban del techo, les hacía saltar la comba y, sin perder la paciencia, les corregía sus desplazamientos en los pequeños cuadriláteros, marcados sobre el suelo con tiza. En una esquina del gimnasio se amontonaban, junto a tres espalderas y un viejo plinto, las barras y los discos de las pesas. El centro del salón lo ocupaba un ring de los de verdad, con su lona y sus cuerdas. Allí estaba aquella tarde, haciendo guantes, Rachid, su discípulo aventajado, su preferido, el que le hacía recordar sus tardes de gloria. 
El boxeador (Carta desde el Toubkal)
Pedro Delgado Fernández
 La dulce ciencia, nombrado mejor libro de deportes de todos los tiempos por la revista Sports Illustrated en 2002, acaba de publicarse por primera vez en castellano –con traducción de Enrique Maldonado– en una cuidada edición de Capitán Swing. Si les gusta la literatura deportiva, o la literatura a secas, sumérjanse en sus páginas.
La nota de Archie Moore me dejó claro que estaba afilando su arpón para la Ballena Blanca [Hace referencia a su próximo enfrentamiento con Rocky Marciano].
 Cuando leía noticias sobre Moore y su victoria por puntos ante un gran cachalote juguetón, el peso pesado cubano Niño Valdés, o metiendo en su red a un pececillo como Bobo Olson, el campeón de los pesos medios (dos combates de preparación), lo veía como un solitario capitán Ahab entrenándose para rebelarse contra Herman Melville, Pierce Egan y las apuestas. No creía que pudiera salirse con la suya, pero quería estar allí cuando lo intentara. ¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca. Lo que la hace eternamente entretenida es la lucha del ser humano contra la historia, o lo que Albert Camus, que combatió como aficionado en los pesos medios, ha llamado el mito de Sísifo. 
Ahab y Némesis (La dulce ciencia)

http://capitanswing.com/libros/la-dulce-ciencia/


jueves, 4 de enero de 2018

AÑO NUEVO


El corredor de John L. Parker (Editorial Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Desde Calle 1 os deseo a todos un año nuevo lo más deportivo posible.

domingo, 16 de octubre de 2016

UN REGALO INESPERADO

El pasado viernes me encontré en el buzón uno de esos sobres marrones acolchados con burbujas que, a veces, me remiten algunas editoriales. No había solicitado ningún ejemplar de los que dedican a promoción, por lo que la sorpresa fue mayúscula cuando abrí el sobre y me encontré con un libro de atletismo.

El corredor, novela de John L. Parker (Fotografía: Pedro Delgado)

 Y no debe de ser un libro cualquiera, porque Runner's World lo califica en la contraportada como "el mejor libro jamás escrito sobre atletismo".
 La cosa promete. Y mucho.

El corredor, una novela de culto sobre el mundo del atletismo

 Ya sabéis que nunca escribo sobre un título sin haberlo leído antes, así que prometo aplicarme en su lectura y escribir una nueva entrada, tanto en este blog como en la sección de Crítica Literaria de la página web de El loco que corre.

http://www.ellocoquecorre.com/category/cultura/calle-1/

 De momento, para los que queráis saber algo sobre esta novela y su autor, os remito a la página de la editorial.




Nota para el cartero:

Sr. Cartero: Si el libro no entra a la primera en el buzón, es que no entra. Ya sé que lo hace para ahorrarme un viaje a la central, pero forzarlo sólo conlleva a estropearle el lomo o la cubierta. Mejor me deja un aviso y ya paso yo a recogerlo. 
Atentamente, 
Pedro Delgado


sábado, 2 de enero de 2016

REGALO DE REYES

Si se les viene encima la fecha del Día de Reyes y todavía no saben qué regalar, no lo duden: entren en una librería y háganse con algún ejemplar. Pueden dejarse llevar por una portada, por el nombre de un autor o por la sinopsis de una contraportada. Pero no se limiten a la mesa de novedades, curioseen los anaqueles, extraigan y abran los libros al azar, lean algunos fragmentos... Seguro que encuentran el libro adecuado para esa persona en la que están pensando. Y si aún así no saben por cuál decidirse, pídanle consejo al librero. Ellos conocen su oficio y son los primeros interesados en que ustedes acierten, pues la lectura tiene un componente viral. Precisamente por ese efecto contagioso, voy a pedirles que si les gustó Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015) lo recomienden y lo regalen en estas fechas tan especiales. Y si aún no lo han leído, aprovechen para autoregalarse un ejemplar. Compren un pasaje a Marruecos por poco más de diez euros, y déjense llevar por el país al son de esos doce relatos: asciendan al Toubkal con Alicia, acompañen a Matt y a Hussein hasta las orillas del lago Ifni; huyan con Rachid por las montañas del Atlas en ese western marroquí que es El Boxeador; adéntrense en las dunas del erg Chebbi para darse un baño de soledad con el japonés Nagumo y su camellero; pónganse en la piel de Marga mientras transcurren cada uno de esos cincuenta días a Tombuctú...

Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal 2015)
Pedro Delgado Fernández
Portada: óleo de Lucía Rodríguez Vicario

 En mi carta a los Reyes Magos tampoco van a faltar libros. Aquí les anoto los títulos que me he pedido:






 Donde los hombres alcanzan toda gloria (del grandísimo Jon Krakauer), porque aúna deporte y literatura;


El corazón de todo lo existente. La historia jamás contada de Nube Roja (de Tom Clavin y Bob Drury), porque adoro el western y el mundo de los indios americanos;



Una vida llena de agujeros (de Driss ben Hamed Charhadi), porque es un libro que fue transcrito y traducido por mi queridísimo Paul Bowles, una novela cuya edición esperaba desde hace mucho tiempo;


La guerra 'buena'. Una historia oral de la Segunda Guerra Mundial (del mítico Studs Terkel), porque me va a hacer revivir mi último viaje, en compañía de mi hijo pequeño, a las playas de Normandía;



Senderos de gloria (de Humphrey Cobb), para ver si con su lectura me dan ganas de retomar mi novela sobre Jean Bouin.


Jean Bouin

¡Que Melchor, Gaspar y Baltasar sean generosos con ustedes!