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jueves, 19 de agosto de 2021

COSES DESDE RIBADESELLA (II)


Ana Peleteiro tras ganar el bronce en Tokio 2020
Fotografía: Juan Ignacio RONCARONI/EFE

La llama olímpica se apagó en Tokio tras esos intensos dieciséis días de retransmisión, con hazañas patrias como las de Adriana Cerezo, David Valero, Maialen Chorraut, Pablo Carreño, Ray Zapata, Ana Peleteiro, Teresa Portela, Sandra Sánchez, Damián Quintero o Alberto Ginés, por nombrar a algunos de nuestros medallistas.

 Pero como se puede ver aquí, por estas cosas del Pensador que me manda mi amigo Pepe Zapico desde Asturias, la llama también ha dejado rescoldos.

Olimpiada con llantinas

Katie Ledecky (AFP)

El pensador lleva unos días con la boca abierta. Cuando le pregunté la causa me comentó que había visto una olimpiada cosida al llanto, unas veces por alegría por haber conseguido una medalla y otras por la tristeza de lo contrario.  

Tom Daley (RTVE.es)

Niko Shera (EFE)

 –No entiendo nada –me comentó–. Nunca he visto llorar a los olímpicos de antaño. No creo que se les asomara una lágrima a Zamora, Arrate o Sesúmaga por no haber obtenido el oro en la olimpiada en que fueron plata, pero tampoco me imagino a hombres tan curtidos como Escudero, Bañón, Marculeta, Ipiña o Campanal (los nombres intimidan) por no haber conseguido este o aquel título. Pero me parece a mí que no solo sucede en las olimpiadas. Debe ser otra epidemia que no tiene vacuna porque tiene forma de crisis moral.

 Hoy –continuó el Pensador– los dos periódicos más importantes del país, en primera plana a doble columna y media derecha, nos ofrecen la misma foto: Messi llorando a moco tendido, tapándose la cara y, entre las manos, un pañuelo más mojado que un clamar a bordo.

Portada El País Messi

 El Pensador comenta que él también lloraría emocionado ante lo que le espera: un contrato de cientos de millones de euros libres de la amenazadora cuchilla de Hacienda.

 Ya lo decía hace años Martín Ferrand: ante tantos intereses nos llueven los llantos y también el autobombo de los dirigentes del COE, ese organismo que es un contubernio de intereses económicos, falsedades y corruptelas difíciles de tapar.

El periodista Manuel Martín Ferrand (1940-2013)

 Los JJOO había que hacerlos a pesar de epidemias, contrapuntos, contagios y descalabros humanos, porque los  intereses económicos que estaban en juego eran gigantescos.

 Eso sí, no han de faltar el anuncio de grandes glorias a los deportistas. Que les den medallas, que con eso se ponen muy contentos y que lloren cuanto quieran que eso les sienta muy bien. Mientras, los que siguen en el palmito, disfrutan de sus suculentas finanzas sin peligro de devaluación y vocean que todo esfuerzo es poco para conseguir el bienestar de la humanidad. ¡Ya!… Estamos enterados.

 Al Pensador le parece que a los actuales directivos les es indiferente que alguno de sus deportistas casque física o moralmente porque ellos tienen asegurado caviar de Riofrío.

 Entonces el Pensador, desde la peana en que estaba acomodado, me lanzó una mirada profunda, y, en silencio, giró sobre sí mismo y me dio la espalda.

CODA

Joaquin Larroya Quimet, un piragüista olímpico en Roma 1960, entrenaba como un poseso tres veces al día con la vista puesta en aquella cita.

Joaquin Larroya Quimet

 Concentrado como estaba obligado, y en su condición de amateur como le correspondía, era un galeote más al servicio del COE. En la concentración un administrativo de la federación correspondiente veraneaba de hotel visto y mantel puesto en compañía de su esposa sin intención alguna de mojarse los pies. Se rumoreaba entre los concentrados que no sabía nadar, y, que, desde luego, nunca se había sentado en una piragua.

 El piragüista Larroya, al final de una sesión de entrenamiento, fatigado, exhausto y al borde del vómito, paró la embarcación y dirigiéndose al Pensador le dijo:

 –Entreno tres veces al día sin descanso, y, como a todos nosotros, nos machacan como tela en batán sin cobrar una peseta, y ahí tienes al federativo, limpio y soleado, que es el único que cobra sin dar un palo al agua.

El Pensador –Pepe Zapico–


 

martes, 17 de agosto de 2021

COSES DESDE RIBADESELLA


Discóbolo de Javier Jaén

Mi amigo Pepe Zapico, profesor de Ed. Física y alma mater del programa de libros de texto Aristo, de Ediciones Seyer (enseñar Ed. Física a través de las categorías aristotélicas, que se dice pronto), me envía estas cosas del Pensador desde su Ribadesella natal, en el Principiado de Asturias,  donde pasa el verano.

Simone Biles

Simone Biles (france24.com)
Fotografía: Loic VENANCE AFP/Archivos

El Pensador se afirma en sus planteamientos: Simone Biles se ha roto.
 Desde el ejemplo del anciano en Berlín que luchaba en un slalom tratando de conseguir una cuarta medalla Trim-test para su cuarto nieto, a los ejemplos de Sandra Lacour y Franck Iacono*, dando prioridad a sus amigos ante las medallas, Luciano Albera con su decepción y un etc. muy largo, la cosa se veía venir. El Pensador no estaba ocioso y advertía de que la cosa deportiva no iba por buen camino.
 La chica de la gimnasia se ha sumado a otros nombres que quedaron dañados en el camino en busca de una gloria efímera que se esfuma deprisa en el tiempo.
 El deporte, que se ha hecho para beneficio del hombre, ha dejado en la cuneta su función porque el hombre, con demasiada frecuencia, sale perjudicado del evento. Los bueyes se han puesto detrás del carro, y, claro, la cosa deja de funcionar.
 El atleta con su condición física y moral (humanismo en esencia), ha quedado arrasado por la economía y la torpe ambición de unos dirigentes acuñados en corruptelas.

La revuelta de los comuneros

 Castellano, de Lorenzo Silva, advierte las formas clásicas que toman las revueltas. Los atletas ya han comenzado a protestar con demasiada frecuencia ante las organizaciones que imponen sus criterios desde la comodidad de un despacho.
 El viejo mens sana in corpore sano ha quedado sepultado en vida.
El Pensador –Pepe Zapico–

 

 

 




*Sandra Lacour (Massy) y Franck Iacono (Fontainebleau), dos muchachos de una proyección extraordinaria en la natación francesa, rechazaron becas, fama y promesas para seguir cerca de sus familias y renunciaron a participar en los campeonatos de Europa (Split 1981), porque para ellos era más importante irse de vacaciones con sus amigos que una medalla. Cuestión de valores. (Barreau–Morne. Epistemología y antropología del deporte) Deporte, pero hasta cierto punto. La consideración moral que estos dos adolescentes hacían del deporte no coincidía con la que tenían las autoridades deportivas.


viernes, 13 de noviembre de 2020

EL ORO OLÍMPICO QUE LE BIRLARON A JOÃO CARLOS DE OLIVEIRA


João Carlos de Oliveira en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko
Fotografía: Valeriy Shustov (Sputnik)

La velocidad y las curvas, cuando vas a pedales, combinan mal con el asfalto mojado, y si encima hay sobre él hojas y semillas caídas de los árboles, la combinación resulta aún más nefasta, como pude comprobar el pasado miércoles 21 de octubre cuando me dirigía al instituto.

 Resultado: visita a Urgencias de El Ángel y unos cuantos hematomas y heridas provocadas por el golpe y la erosión que me obligaron a guardar reposo durante unos días; tiempo que aproveché para terminar un libro y empezar otro, y para leer un buen montón de suplementos dominicales –El País Semanal– que acumulo, a la espera de su lectura, en uno de los peldaños de la escalera.

Efectos de la velocidad en el cuerpo humano

 Pues bien, en uno de ellos, me topé con un artículo escrito por Carlos Arribas, ese Píndaro de las gestas deportivas, que tan bien utiliza las técnicas narrativas en sus crónicas. El oro robado a João Carlos de Oliveira se titulaba, y hacía referencia a la final de triple salto que se celebró el 25 de julio de 1980 en los Juegos Olímpicos de Moscú, y que quedó marcada por las trampas arbitrales en favor de dos de los tres atletas soviéticos que estaban en competición, Jaak Uudmäe y Viktor Saneyev (oro y plata a la postre con 17,35 y 17,24), y en contra del brasileño João Carlos de Oliveira (bronce con 17,22) y del australiano Ian Campbell, a los que los jueces dieron nulos intentos válidos por encima de los de sus rivales. John Boas, el entrenador de Campbell se fue furioso del estadio. «No podía creer lo que acababa de ver. Ian estaba completamente devastado». Y João Carlos, que ya había sido bronce en los anteriores Juegos (Montreal, 1976) lloraba desconsolado.

«Me han robado el oro, me han robado el oro», se lamentaba Oliveira en el autobús después de la final de triple, y Pedrão (su entrenador) le daba la razón. «Nunca le había visto llorar en mi vida», declaró después Pedrão. Ramón Cid en el autobús observaba y lamentaba. «Como no me clasifiqué para la final, vi la competición desde las gradas, y vi clarísimo un salto gigantesco de Oliveira. Saltó 18 metros o 17,90 como poco, récord del mundo, y era válido seguro, pero el juez del paso intermedio después de dudar un poco y de comprobar que era larguísimo, levantó la bandera roja para darlo nulo. Y ordenó enseguida borrar las marcas de la arena para que no pudiera reclamar. João levantó al cielo brazos estirados y mirada incrédula, como clamando una justicia que no llegó. Nadie le escuchó. Y lo mismo le hicieron a Ian Campbell, un australiano, al que dieron nulo un intento válido de 17.50. Eran nulos de raspado del pie libre, el izquierdo, en el segundo impulso del salto, el step, de los que no puede haber prueba porque son de apreciación, y en 1990 los borró la IAAF de su reglamento. Son nulos que se cantaban por ruido, indemostrables, una posibilidad maravillosa de putear a alguien».
 Las marcas de los falsos nulos le habrían proporcionado el oro a Oliveira, a quien le dieron como válidos solo dos de los seis intentos de la final, y se quedó en bronce con 17,22 metros, y la plata a Campbell, a quien solo dieron como bueno uno de seis, que fue quinto con 16,72 metros. El oro, sin embargo, no fue para el atleta designado, Saneyev, que estaba tocado, y solo pudo llegar a 17,24 metros, y en su sexto intento, sino para su compatriota Jaak Uudmäe, estonio, que sorprendió a todos con un salto de 17,35 metros. Fue una victoria soviética y una derrota del sistema.

Viktor Saneyev en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko

Jack Uudmäe en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko

 Uudmäe no tardó en volver al anonimato de una carrera en la que sus únicos éxitos habían sido un par de medallas en campeonatos de Europa. «Todo estaba preparado para que ganara Saneyev, pero saltó lesionado y no pudo batirme», explicó luego Uudmäe en una entrevista.
[…] Harry Seinberg, el entrenador de Uudmäe, solo tuvo ocasión de hablar con João do Pulo (João del Salto, apodo de Oliveira) en 1992, cuando el mundo era otro, cuando el campeón brasileño se preparaba para participar en los Juegos Paralímpicos de Barcelona. «Todo fue un fraude, te robaron con falsos nulos», se disculpó Seinberg ante Oliveira, y habló también con un periodista del Jornal do Brasil. «Solo con la caída del telón de acero podemos decir la verdad: João había llegado a los 18 metros. En su momento pensé en denunciarlo ante el COI, pero di marcha atrás. Ahora estoy aliviado, al menos puedo pedir disculpas en mi nombre, en el de Uudmäe y en el del pueblo de Estonia». «Ya lo sabía», respondió Oliveira. «Ya sabía que yo había vencido en la prueba y, probablemente, alcanzado un nuevo récord mundial. No creí que hubiera hecho nulo y por esa injusticia lloré por primera vez en la vida».
 Año y medio después de Moscú, en las Navidades de 1981, la vida le siguió dando motivos para llorar. Y a Pedrão, para tomar una decisión que nunca habría deseado tener que tomar.
 «Pedrão, no hay otra, o la pierna o la vida», me dijo el doctor en el hospital», explicó años después el entrenador, quien también sabía que era un falso dilema. ¿La pierna o la vida?; no, era la pierna y era la vida. Cuando le amputaran la pierna derecha, João do Pulo moriría, aunque João Carlos de Oliveira siguiera respirando y su corazón latiera. «Su mundo se derrumbó, y el nuestro. Todo lo que le hacía ser João do Pulo era la pierna. Para él fue el fin, ¿no?», dijo su hermana Ana María, para quien también el mundo se hundió la noche del 21 de diciembre de 1981. João conducía su Passat por una autopista de São Paulo cuando un automovilista borracho perseguido por la policía chocó de frente. Oliveira entró en coma en el hospital. El parte señalaba fractura craneal, dos fracturas abiertas en la pierna derecha, la pelvis destrozada y la mandíbula fracturada. La pierna se gangrenó y se le amputó por encima de la rodilla. Tenía 27 años. Murió 18 años más tarde, alcoholizado y solo.

 Ramón Cid, nuestro ilustre triplista, conoció a Viktor Saneyev cuando visitó Sujumi (Georgia) en 1989. También al técnico Robert Zotko, que fue el árbitro que anuló todos aquellos saltos en aquella final de triple.

Ramón Cid extriplistay director técnico de la RFEA entre 2013 y 2018
Fotografía: Diario As

«Entonces era el centro del atletismo soviético, que organizaba allí concentraciones de tres meses con los mejores atletas y los mejores técnicos, solo la élite», cuenta el entrenador español, entonces responsable nacional de saltos. «En Sujumi había nacido Saneyev y allí le conocí, en un viaje con varios técnicos españoles más. Los rusos querían entrenarse en España con vistas a Barcelona 92 y a cambio nos permitieron ver a sus técnicos y sus sistemas de preparación. Y allí me encontré también con Robert Zotko, que era el director técnico nacional de saltos. Saneyev, a quien se homenajeaba en un festival atlético, héroe nacional 10 años antes, tímido y coloradote, nos pidió trabajo. Zotko, que había aprendido español en Cuba, simplemente nos dijo: «Me habéis caído bien», y se entregó a nosotros. Ordenó a los grandes técnicos, Vitaly Petrov y compañía, ponerse a nuestra disposición el tiempo que necesitáramos. Nosotros los interrogábamos y Zotko hacía de intérprete. Por la noche se bebía dos vodkas y, melancólico, nos recitaba poesías rusas que nos traducía al castellano».

Robert Zotko, entrenador de saltos ruso
Fotografía: Paulo Calado, 2000 (Jornal Record)

 Con la llegada al poder de Yeltsin, que no era de los que creían que las medallas reflejaban el poder de un país, Robert Zotko y muchos otros técnicos perdieron sus trabajos de funcionarios del estado. Zotko ejerció entonces de entrenador en Italia, y después en Portugal, adonde llegó en el año 2000 de la mano de José Barros, director técnico de la Federación Portuguesa de Atletismo, quien lo nombró responsable de saltos de la selección. De esa manera, Robert Zotko puso las bases de la revolución técnica del atletismo portugués, impartiendo cursos y seminarios a entrenadores y atletas.

José Barros, técnico de la Federación Portuguesa de Atletismo

 A José Barros, que trabó bastante amistad con él, y compartían cenas, tragos y confidencias, le confesó un día que él había traicionado al atletismo en los Juegos de Moscú. «Yo fui al infierno, y no volví», le aseveró.

«Esas explosiones», recuerda Barros, «ocurrieron un máximo de dos, tres veces. No añadía más. Era algo tóxico que le estaba matando. No era alcohólico. Bebía mucho, pero sabía cuándo parar. Necesitaba olvidar. Sin decir el motivo. Él sabía que yo sabía. Llevé su cuerpo a Moscú cuando murió y su hijo me lo reconoció: 'Has sido una de las personas más importantes en la vida de mi padre'. Ha sido uno de los momento más duros de mi vida». Zotko murió el 12 de febrero de 2004, a los 67 años.
 A Cid le llamó Barros para decírselo, y Cid inmediatamente echó de menos las llamadas a cualquier hora de la madrugada que siempre sabía que eran de un Zotko emocionado e impaciente por contarle algo y que él hacía como que le fastidiaban. También se acordó, sobre todo, de una noche cenando en Madrid con Zotko. «Cuando estábamos ya con el café, Roberto sacó una foto vieja de la cartera, ya arrugada, y nos la mostró. Era él con 20 años menos, camisa clara de árbitro de atletismo, sentado en una silla junto a una pista y levantando un banderín rojo para anular un salto durante los Juegos de Moscú. A su lado, una silla vacía, y empezó a explicarnos por qué siempre llevaba un velo de pena, un faro que no era melancolía sino arrepentimiento. 'Yo fui el que le dio los nulos a Oliveira en la final de los Juegos. Yo impedí que ganara. En la Unión Soviética, el triple solo lo podía ganar un soviético, y preferiblemente Saneyev'. Y yo creo que llevaba la foto en la cartera como quien lleva un cilicio, para mortificarse, para decirse constantemente, 'soy un cabrón'. Y me deja perdido ver al verdugo sufriendo. Le veo como víctima y verdugo […]».
 Solo cuatro días después de la muerte de Zotko, Nelson Évora, un chaval portugués que no ha cumplido aún los 20, compite en Moscú. Salta 16,85 metros. Consigue la mínima olímpica para los Juegos de Atenas. Su entrenador, João Ganço, pide que el locutor de la competición anuncie por los altavoces del pabellón que dedican este resultado a Robert Zotko, maestro y amigo.

Nelson Évora campeón olímpico en Pekín. Fotografía: Fabrice Coffrini

 Robert Zotko ya había puesto sus esperanzas en Nelson Évora cuando este tenía 17 años, y le animó a trabajar duro para demostrarle que no se había equivocado. En 2007, Nelson Évora se proclamó campeón del mundo de triple en Osaka, y al año siguiente, campeón olímpico en Pekín. "El ruso que privó a un brasileño de un oro olímpico había sentado las bases para que un portugués lo lograra 28 años más tarde".

«Toda acción en la vida tiene un precio que hay que pagar», le decía Zotko a Barros, y quién sabe si el oro de Évora, la gloria del rapaz de Odivelas, le hubiera parecido un pago por la deuda que contrajo en Moscú. Su redención. El punto final de sus búsquedas».

 Pero como muy bien apunta Ramón Cid, ese no debe de ser el punto final de todo. «Este solo llegará cuando el COI le devuelva a Oliveira el oro que le robaron».

Clasificación de la final de triple salto en los Juegos Olímpìcos de Moscú 1980

Nota. Pueden leer el artículo completo de Carlos Arribas en el siguiente enlace:

https://elpais.com/elpais/2020/08/27/eps/1598525636_433644.html


martes, 14 de enero de 2020

ZÁTOPEK: LA NOVELA GRÁFICA


Zátopek, Aloha! Editorial, la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez 

Aunque Zátopek se retiró de la competición en 1958 y murió hace 19 años, sus logros permanecen entre nosotros y nos siguen impresionando como el primer día. La sola mención de su nombre evoca el genio de ese atleta, sus cabalgadas y sus medallas. La discusión saldada con esas tres sílabas rotundas y sonoras al dilucidar quién es el mejor atleta de la historia. En esto reside la magia de los más grandes deportistas. Eternos mientras haya quien los admire. Inmortales cada vez que alguien escribe sobre sus gestas: Jean Echenoz en Correr o Jan Novák y Jaromír 99 en la novela gráfica Zátopek.
 De la novela del francés ya les hablé en 2014, así que hoy voy a hablarles del cómic de los checos, publicado por Aloha! Editorial hace dos veranos. Un volumen que se abre con un excelente prólogo del atleta olímpico Juan Carlos Traspaderne (Logroño, 1956), campeón de España de maratón en 1983. Ese mismo año, el español corrió sobre el asfalto de Helsinki en 2h.11.34, su mejor marca personal y récord nacional en la época.

Juan Carlos Traspaderne

Es libertad
Juan Carlos Traspaderne, corredor olímpico. 
 La tarde del catorce de agosto de 1983, entré en el Estadio Olímpico de Helsinki para terminar la prueba de maratón del primer Campeonato del Mundo de Atletismo. Algo menos de un minuto transcurrió desde la entrada al estadio hasta cruzar la línea de meta, pero puedo decir que ese escaso minuto fue, sin duda, el más intenso que he vivido en mi vida. 
 Entraba en un estadio olímpico repleto de amantes del atletismo que ovacionaban a todos los participantes por la gesta que estaban a punto de finalizar. 
 Abajo, en la pista, me sentía pequeño ante las dimensiones de la emoción colectiva y me sentía grande ante la emoción que me embargaba. 
 Entraba con la incredulidad de quien todavía no se cree lo que está haciendo, pero la realidad me esperaba en la línea de meta: dos horas once minutos treinta y cuatro segundos en la prueba de la maratón. 
 Entraba también con miedo: ¿Y si me lesiono? ¿Y si no llego a la meta? Eso no debía ocurrir, pero era una posibilidad, y quizás fue por ese temor que no esprinté lo suficiente y dejé que me adelantaran dos participantes en el estadio. Entraba recordando todo lo realizado para llegar a este momento. Esos entrenamientos a las once de la noche o a las seis de la mañana, siempre en función de mis horarios de trabajo. Ese sacrificio impuesto a la familia. Esos fines de semana en los cuales no me movía más que para entrenar, ya que el resto del tiempo lo necesitaba para recuperarme de la fatiga acumulada. Recordaba esos desprecios de la gente al verme entrenar por las calles… Eran otros tiempos. 
 Entraba por la misma puerta por la que el tres de agosto de 1952 entró un tal Emil Zátopek para proclamarse campeón de maratón en la Olimpiada de Helsinki, con dos horas veintitrés minutos y tres segundos. Fue su primera maratón, y en aquella misma olimpiada ya había ganado los cinco mil y los diez mil metros. Logró pues una hazaña única, y quizás irrepetible, en la historia olímpica. 
 Sentí un gran honor por poder compartir el mismo espacio en la distancia con uno de los grandes mitos de la historia del atletismo. 
 Entraba cuando Robert de Castella, con dos horas diez minutos y tres segundos, se proclamaba como primer campeón del mundo. 
 Al final de ese minuto, crucé la meta en el puesto doce. ¡Qué lástima esos dos puestos que perdí, por pecar de prudente! Vi la marca que había conseguido y me dije: "Sí, sí, esto merece la pena". No porque ahora me lo fueran a reconocer y todo serían adulaciones por lo conseguido. No, no por eso. Merece la pena porque te has llevado al límite, porque te has demostrado a dónde te pueden llevar la determinación, el trabajo, la humildad, la confianza, la constancia y el apoyo de las personas: a lograr objetivos que redundan en tu mejora personal. ¿Y todo esto por hacer una marca en una maratón? 
 Sí, por una maratón. 
 ¿Pero qué es una maratón? Desde luego, es mucho más que correr cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. 
 Es llevar tu determinación de lograr un objetivo para el que es necesario explorar tus límites físicos y psíquicos. 
 Es libertad. ¿Qué mayor grado de libertad se puede sentir cuanto tu elección te lleva al límite? 
 Es encontrarte contigo mismo, mediante el diálogo que se establece entre tus deseos conscientes y tu instinto de protección. 
 Es ser consciente de que el primer límite es el tuyo propio; no importan tanto tus rivales, porque el primer rival eres tú mismo. 
 Es demostrarte tu capacidad para superar sentimientos negativos que se producen en la prueba y en los entrenamientos. 
 Es persistir en el esfuerzo cuando tu cuerpo y tu mente te dicen "para". En ese momento solo te queda la voluntad. 
 Todos esos sentimientos provocan una emoción que te recorre a lo largo de la prueba y que explota cuando has terminado. Cuando el resultado es negativo o lo conseguido no cumple con tus expectativas, te queda la satisfacción de haberlo intentado, y de haberte encontrado contigo mismo. La primera vez que oí hablar de Emil Zátopek fue el veintiséis de enero de 1975 en mi debut en el Cross de Lasarte. Recuerdo escuchar a mi entrenador, Iluminado Corcuera, decir que este cross había sido ganado por gente de la importancia de Emil. Efectivamente, Zátopek ganó la prueba ese mismo día en 1958, en su última carrera como atleta. Entonces hice poco caso a aquel comentario. Hoy puedo decir que, gracias a Emil Zátopek, yo soy un poco como soy y he podido tener el honor de escribir estas líneas en su recuerdo y tributo. 
 La maratón es una prueba que está llena de ejemplos de vida, de humildes personas y grandes atletas que, como Emil Zátopek, son capaces de decir: "Sí quieres correr, corre la milla. Si quieres cambiar tu vida, corre la maratón". 
 Gracias, Emil.

 Aloha! Editorial ha tirado la casa por la ventana para ofrecernos una edición de lujo, con tapas duras y sobrecubierta; una portada que da gusto ver de cara en la estantería, con el personalísimo dibujo de Jaromír 99, en mate y a cuatro tintas: salmón, beige, azul y negro.

Pedro Delgado hojeando la novela gráfica Zátopek en la Ciudad Deportiva de Carranque
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El tomo comienza en 1952, cuando Emil y Stanislav Jungwirth, un prometedor corredor de la milla, entrenan juntos en el parque forestal Houstka, en la ciudad de Stará Boleslav, en las inmediaciones de Praga. Ambos pertenecen al Club Deportivo o Unidad de Educación Física Dukla Praga, perteneciente a las Fuerzas Armadas de Checoslovaquia, un club que aún existe. Y Emil trata de enseñarle al joven Jungwirth (al que llama cariñosamente Yogur) sus peculiares métodos de entrenamiento mientras se preparan para los juegos olímpicos de ese año. Ideas novedosas y métodos nunca antes probados. Algunos poco heterodoxos:
–¡Venga! ¡Ahora solo con una inspiración! 
–¿Cómo con una inspiración? 
–Fácil, ¡cogemos aire y vemos quién llega más lejos!
 Luego Jan Novák, el guionista, da un salto en el tiempo y se va a 1922, año de nacimiento del atleta, y a 1929, para mostrarnos la infancia del hijo del carpintero. También su entrada en la fabrica de calzado Bata con tan solo quince años; la invasión alemana en 1939; sus carreras con el equipo de la fábrica; su primeros planes de entrenamiento de la mano del doctor Haluza, también corredor de fondo; sus primeros récords; el fin de la guerra en 1945; su primer campeonato de Checoslovaquia y su ingreso en el ejército.
–Entonces, allá en Zlin, ¿quién te entrena? Nadie, ¿verdad? Con nosotros en el ejército vas a tener los mejores entrenadores, los mejores médicos, ¡los mejores masajistas! 
 Ahora ya no será como en la guerra, ahora se viajará al extranjero, ¡ahora vas a representar a la patria! ¡Y fuera hay otra competencia! 
 ¡No puedes vencer a esos tipos siendo un zapatero de Zlin!
 En febrero de 1948, los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, y su vida se vio alterada de nuevo. Mientras prepara los cinco mil y diez mil metros de los Juegos Olímpicos de Londres, conoce en las pistas de atletismo a la lanzadora Dana Ingrová. Ambos nacieron el mismo día, del mismo mes y del mismo año, así que parecen predestinados a casarse. Juntos formarán una de las parejas más bonitas del atletismo mundial. Emil la ayuda y anima a mejorar en los entrenamientos, y Dana consigue la mínima olímpica en lanzamiento de jabalina.

Zátopek (Aloha! Editorial), la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En Londres Emil gana el oro en los 10.000 metros –le saca 200 metros al segundo clasificado marcando un nuevo récord olímpico con un tiempo de 29:59,6– y la plata en los 5.000 metros. Dana lanzó cerca de su mejor marca y se clasificó en el séptimo puesto.

Zátopek, Aloha! Editorial, novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la página 137, las viñetas de Jaromír 99 nos devuelven al inicio de la novela. Tras el entrenamiento, mientras se asean y se cambian de ropa en el vestuario, nos enteramos de los problemas políticos que tiene Jungwirt para ir a la siguiente olimpiada (Helsinki 1952), pues su padre está preso en un campo de trabajo por subversión al estado –en realidad por largar contra el gobierno en un bar–. Emil se tomará el caso como algo personal, y a riesgo de ser juzgado y castigado por desacato, llegará a tensar la cuerda hasta el punto de renunciar a los Juegos.
 Si Jungwirt consiguió correr los 1.500 metros en Helsinki es algo que deberán averiguar ustedes leyendo esta novela gráfica; lo que sí sabemos, porque es historia, es que Dana se hará con el oro en jabalina, y Emil se colgará al cuello lo que parece imposible: tres medallas de oro, en los cinco mil, los 10.000 mil metros y la maratón –siendo éste su estreno en la distancia de Filípides–, que lo mantienen como el mejor atleta de fondo de todos los tiempos.

Zátopek, de Aloha! Editorial, sobre el tartán de la pista de atletismo de Carranque
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Lo que no recogen las viñetas, potentes y algo expresionistas de Jaromír 99, es algo que sucedió diez años después de su retirada del atletismo y que lo honra todavía más como persona. Ocurrió durante la Primavera de Praga, cuando el líder del país, Alexander Dubcek, trataba de reformar el régimen comunista; algo que no fue bien visto por la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia, que enviaron sus tropas a ocupar el país. Cuando los tanques aparecieron por la ciudad, el pueblo, y con él Zátopek,  salió a la calle a protestar por la injerencia soviética, algo por lo que sufriría represalias. Se le expulsó del ejército, donde tenía el grado de coronel, y lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Luego lo pondrían a barrer las calles de Praga. Cuentan que la gente salía a barrer las aceras antes de que él pasara para ahorrarle tamaña humillación.


 Personalmente, me siento identificado en algunas cosas con Zátopek, al que empezaron a llamar la Locomotora Humana tras su paso por Helsinki.
–Tenía dos opciones: una, desgastar a los otros corredores durante la carrera, o dos, perder al final. Elegí la primera opción. 
***
–¿Por qué corre tan rápido? Le hubiera bastado con un tiempo normal para ganar. 
–Porque quiero aprender a correr, y no ir de listo. No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno. 
–El respondió: "Correr lento, ¿para qué?"
 Y como estos, hay otros detalles que compartimos y de los que ya les hablé en el artículo que le dediqué a la novela Correr de Jean Echenoz.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/01/correr-el-libro-acerca-de-zatopek.html

 Por último, comentar que en las últimas páginas figura un apartado de notas, apuntes interesantes que te hacen volver a repasar las viñetas del libro. Unas son de Carlos Traspaderne y otras de la traductora, Ester Vignolles Podhradska, a la que desde aquí le doy las gracias por verter por primera vez la obra al español. También se las doy a Adriana Bañares, fundadora y directora de la editorial Aloha!, por apostar por este proyecto.

Nota: Gracias a Juan Sarria hijo, que se prestó a mostrarnos su gemelaco en la fotografía que abre este artículo.

lunes, 25 de marzo de 2019

DE MÉXICO 68, GUADALUPE NETTEL Y RAYMOND DEPARDON

Ojeando viejos recortes de prensa, que se han ido acumulando en la mesa de la cocina este último año, me he topado con un artículo de la mexicana Guadalupe Nettel sobre los Juegos Olímpicos de 1968 que se celebraron en su país. Lleva por título “Encima de Villa Olímpica”, y tiene una anotación mía a bolígrafo con la fecha (14 de octubre de 2018) y el nombre del diario en el que apareció (El País).

Artículo de Guadalupe Nettel sobre la revista de fotos de Raymond Depardon
Fotografía: Pedro Delgado

 En febrero de ese mismo año compré una revista de Raymond Depardon que recopilaba las fotografías que el francés había realizado durante las olimpiadas de Tokyo 64, México 68, Munich 72, Montreal 76 y Moscú 80, así que guardé el recorte con la idea de escribir una entrada que aunase el texto de Nettel, sobre la poco alumbrada matanza de Tlatelolco, con las bellas imágenes en blanco y negro de Depardon de los juegos de México. Pero el tiempo pasó, el recorte pronto quedó apilado entre otros y el libro varado en la sección de fotografía de la estantería. Hasta hoy, que con el recorte en la mano he ido a rescatarlo de la librería para mostrárselo a ustedes; intercalando el texto de  la ganadora del Premio Herralde de Novela 2014 con las fotografías del de la Magnum. ¡Que ambos me perdonen! Por el atraso y por el atrevimiento.


ENCIMA DE LA VILLA OLÍMPICA
Por Guadalupe Nettel

Durante los primeros años de mi infancia viví con mi familia en un conjunto habitacional situado al suroeste de la Ciudad de México. La Villa Olímpica había sido construida en 1968 para hospedar a los atletas participantes en las Olimpiadas que tuvieron lugar en México durante ese año, a las delegaciones de los distintos países y a la prensa internacional. Fue el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz quien inauguró el conjunto con un discurso que anunciaba su intención de "cobijar a la juventud del mundo", mientras vetaba a Sudáfrica por su política de apartheid, como habría hecho un presidente humanitario con ideas progresistas. Según el gobierno mexicano, esos juegos debían servir para afianzar la imagen internacional de nuestro país. Sin embargo, las protestas estudiantiles, inspiradas en los diversos movimientos sociales que tuvieron lugar en el mundo a lo largo de ese año*, contagiaron a la sociedad civil. Díaz Ordaz temía que esas protestas opacaran a las Olimpiadas dando una impresión de un México demasiado rebelde y desordenado.
 El 2 de octubre, a tan sólo 10 días del inicio de los Juegos Olímpicos, en la Plaza de las Tres Culturas tuvo lugar una de las manifestaciones más concurridas de nuestra historia. A diferencia de otros presidentes, como De Gaulle o el propio Nixon, que nunca recurrieron a la violencia contra los estudiantes, al presidente de México le pareció que la mejor manera de atajar el movimiento era aplastarlo con un brutal despliegue de fuerza militar, conocido como la matanza de Tlatelolco, en la que murieron cerca de 200 personas. En sólo un par de meses el presidente había pasado de querer cobijar a la juventud del mundo a masacrarla.

A la izq. un tanque en la plaza de las Tres Culturas después de la masacre perpetrada por la policía mexicana el 2 de octubre, diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos. Arriba a la dcha. se puede ver cómo después de la matanza de estudiantes el ejército esta en todas partes durante los Juegos. La fotografía inferior de Depardon pertenece a los Juegos de Munich 72, y en ella se ve a la gimnasta soviética Olga Korbut ganadora de tres medallas de oro y una de plata. Fotografía: Lucía Rodríguez.

A la dcha. se puede ver un blindado en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, México, en octubre de 1968. En la página izq. se puede ver a la atleta de la antigua República Democrática Alemana Margitta Gummel, medalla de oro en lanzamiento de peso, y al estadounidense James "Randy" Matson, medalla de plata en lanzamiento de peso. Ambos fotografiados por Depardon en el Estadio olímpico universitario de México. Fotografía: Lucía Rodríguez.

 Los Juegos Olímpicos de México 68 –probablemente los más tristes de la historia moderna– se inauguraron el día previsto, en un clima de absoluta represión. Mientras en los estadios los atletas competían por el oro y la plata, en las calles y en las universidades se llevaba a cabo una verdadera cacería de brujas.

Fotografías de Depardon de la inauguración de los Juegos en el estadio olímpico de México el 12 de octubre de 1968, los primeros Juegos organizados en un país en vías de desarrollo. Fotografía: Lucía Rodríguez.

 A lo largo de los años setenta la Villa Olímpica fue vendida en régimen de condominio a familias mexicanas, pero sobre todo argentinas, uruguayas y chilenas, exiliadas tras los golpes militares ocurridos en Sudamérica a principio de los setenta.
 Crecer junto a esos niños de tan diversos acentos y vocabularios fue muy enriquecedor. También lo fue escuchar sus historias, con frecuencia dramáticas, que involucraban la desaparición y tortura de sus padres o de sus abuelos.
 En Villa, como nosotros la llamábamos, había árboles de muy diversas especies, también aves, caracoles, ardillas, zarigüeyas, lagartijas que perseguir con la reportera, y miles de rincones para esconderse. El club deportivo incluía canchas profesionales de basquetbol y de fútbol, un gimnasio olímpico, una pista de tartán, una alberca de 100 metros. También había una explanada muy amplia en la que era posible patinar o andar en bicicleta. Los niños hacíamos uso de todos esos espacios soñando que éramos tan atletas como sus primeros ocupantes, y que en un futuro no muy lejano participaríamos en las olimpiadas.

El famoso salto de altura de Dick Fosbury fotografiado por Raymond Depardon
Estadio Olímpico de México, 20 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez

 De todos los rincones de aquel lugar, mi preferido era un árbol situado justo frente a mi edificio y cuyas ramas alcanzaban el apartamento en el que vivía. Una tarde, mientras jugábamos en una de las áreas verdes, mis amigos y yo destapamos una alcantarilla, nos metimos en el hueco y comenzamos a caminar por el túnel del desagüe. Después de avanzar en la oscuridad durante varios minutos, encontramos la salida. Cuando emergimos de ahí descubrimos un jardín inmenso donde se alzaba una pirámide circular. Se trataba de las ruinas de Cuicuilco, un centro ceremonial de la cultura olmeda, ubicado del otro lado de la avenida. Por increíble que parezca ninguno de nosotros lo había visitado jamás. Ni siquiera sabíamos de su existencia. El lugar, lo leímos esa tarde, había sido devastado por un volcán en erupción. Junto a la pirámide sentimos olor a copal e incienso, y vimos a los habitantes de esa ciudad ir y venir por las calzadas de piedra. Esa tarde comprendimos que el pasado glorioso de este país está más cerca de los que suponemos, y que no importa cuán aterradores o viles sean los orígenes de un lugar, lo que cuenta es lo que hacemos con él. Como el árbol que había logrado crecer en medio de la piedra volcánica, encima de aquel episodio de muerte y represión, nosotros crecíamos libres y estábamos escribiendo nuestra propia historia.

Fotografía de Raymond Depardon de la prueba de los 3.000 metros obstáculos en el Estadio Olímpico Universitario de México, 14-16 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

El americano Bob Beamon (a la dcha.), estoico bajo la lluvia después de haber batido de largo el récord del mundo y olímpico de salto de longitud, fotografiado por Depardon. Estadio Olímpico de México, 18 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

Fotografías de Raymond Depardon de la final de los 200 metros ganada por el americano Tommie Smith. Estadio Olímpico de México, 16 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

* El 68 fue un año de conmociones sociales y políticas que dejó imágenes icónicas, entre otras, la ejecución a sangre fría de un prisionero del Vietcong por parte del jefe de Policía de Saigón en febrero; el asesinato de Martin Luther King en abril; las revueltas del mayo francés; el asesinato en junio de Robert Kennedy cuando acababa de ser nominado candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos; la invasión de Praga por los rusos en agosto; la cristalización del movimiento hippie en el festival de Rock de Venice Beach, California, en septiembre; o los puños negros en alto de México 68 en agosto, de los que ya les hablé en otra entrada. Si  no la vieron en aquella ocasión, pinchen sobre el enlace. Merece la pena.
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/10/llueve-sobre-mojado.html

A la dcha. fotografía de Depardon del ganador de los 400 metros lisos, el americano Lee Evans, con el puño en alto en el podio. A la izq. el podio de salto de longitud con Bob Beamon también puño en alto. Estadio Olímpico de México, 18 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

miércoles, 26 de octubre de 2016

CON LOS QUE TIENEN HAMBRE

Protesta de Feyisa Lilesa en la maratón de Río
(Asahi Shimbun/Getty Images)

Como decía García Lorca, "estoy y estaré siempre con los que tienen hambre". Y como ya saben, el poeta no se refería al hambre de comida sino al hambre de libertad, la que reclamó para su pueblo el maratoniano Feyisa Lilesa al cruzar la meta en los pasados Juegos Olímpicos de Río. Su gesto, manos esposadas por encima de la cabeza, venía a denunciar la represión que ejerce el gobierno etíope contra los oromo, el mayor grupo étnico de Etiopía, que vive en el centro-sur del país*.
*también en el norte de Kenia y algunas zonas de Somalia.

"Hice ese gesto por la actitud del gobierno de mi país contra los oromos. Desde hace nueve meses, un millar de personas han resultado muertas. Tengo familiares en prisión. En mi país, si hablas sobre democracia te matan. Si vuelvo a Etiopía, tal vez me maten o me metan en prisión".  
Feyisa Lilesa

 A pesar de que la regla 50 de la Carta Olímpica prohíbe manifestaciones o protestas políticas, el Comité Olímpico Internacional ha decidido no sancionar al atleta, que sopesa estos días en qué país pedir asilo cuando finalice su visado brasileño, ya que, según Feyisa, su gesto podría acarrearle la cárcel si vuelve a su país; algo que ha desmentido el gobierno etíope, anunciando que el atleta no será juzgado y que será recibido con los honores que le corresponden a un medallista olímpico.

Los tres primeros clasificados en la maratón de los Juegos Olímpicos de Río:
el keniata Eliud Kipchoge, el etíope Feyisa Lilesa y el estadounidense Galen Rupp

 No sé si Feyisa Lilesa pertenece al Frente Nacional de Liberación de Oromía, pero está claro que simpatiza con esta organización independentista que lucha por la autodeterminación del pueblo oromo. La tierra de estos, que se llama Oromía, es hoy día una de las nueve divisiones étnicas de Etiopía, pero hasta la colonización, a finales del siglo XIX, fue una de las tres naciones libres del cuerno de África.

Bandera de Oromía

Bandera del Frente Nacional de Liberación de Oromía

 En Etiopía, desde el proceso de descolonización hasta 1991, han gobernado los amhara, y ahora son los tigriña quienes controlan el aparato del Estado, dos etnias minoritarias que mantienen desde hace décadas un enfrentamiento con los oromo, la etnia mayoritaria, excluida del proceso político del país y del desarrollo económico.

"El gobierno de Etiopía está matando a la gente de Oromía y tomando sus tierras y recursos, por eso los oromo protestan y yo apoyo la protesta como oromo". 
Feyisa Lilesa

 Grupos de derechos humanos, entre ellos la organización Human Rights Watch, afirman que las fuerzas de seguridad etíopes han matado recientemente a cientos de personas al reprimir las protestas contra el gobierno en Oromía.


 Y alguien que está más en contacto con la realidad Etíope, Mario Lozano Alonso, escribía hace poco en su blog (Reino de Aksum) dos entradas en las que denunciaba los hechos y el deterioro de la situación política en el país, y en las que mencionaba el riesgo de que se desate una guerra civil interétnica. Aquí os dejo los enlaces para que podáis acceder a ellas y saber qué está pasando realmente en Etiopía.

¿Qué está pasando en Etiopía? El gobierno se enfrenta a la mayor crisis política desde la caída de Mengistu (1991). 8 de agosto de 2016 
http://www.reinodeaksum.com/?p=911
¿Qué está pasando en Etiopía? (II). Una crisis que se vuelve crónica. 8 de octubre de 2016. En ella también hace referencia al gesto de Feyisa Lilesa, un gesto que ya era utilizado por los oromo en las protestas.
http://www.reinodeaksum.com/?p=1038

 Como dice Mario Lozano, es momento de que el gobierno dialogue y reconduzca la situación, pues como gritan los que salen a la calle a protestar, matar no es la respuesta a nuestras quejas.

domingo, 1 de febrero de 2015

PIENSA DIFERENTE

Como ya saben, soy profesor de Educación Física en un instituto de Málaga, un centro al que la Consejería de Educación de la Junta envió, a finales del curso pasado, unas vallas y unos saltómetros con su listón y sus correspondientes colchonetas grandes para poder practicar el salto de altura. Es por ello, que este trimestre los alumnos han podido trabajar el tema de Atletismo en condiciones. Primero han aprendido a pasar vallas reales, y ahora están inmersos en el aprendizaje del salto de altura.


Salto de altura del estadounidense Dick Fosbury en México 1968


 Hasta el momento, había mantenido el blog al margen de mis alumnos, pero estos días me he dado cuenta de que puedo usar algunos post como herramienta de clase, más cuando les hablo de un atleta como Dick Fosbury, quien resume en un solo acto un montón de valiosos consejos, muchos de ellos relacionados con la creatividad, que podrían simplificarse en el que nos enseñó aquella mañana de 1968 en México: PIENSA DIFERENTE.




La locura de Dick Fosbury
¡Si estás buscando resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo!



 En aquellos Juegos Olímpicos, el estadounidense Richard Douglas Fosbury, pasaría a la historia, no ya solo del atletismo sino del deporte mundial, al superar el listón del salto de altura de una manera totalmente novedosa. No sé si tendría mucho que ver en ese acto el hecho de que aquel espigado atleta de 21 años fuese estudiante de ingeniería aeronáutica, pero cuando todo el mundo pasaba de cara el listón, con la técnica del rodillo ventral, el vino a pasarlo de espaldas. Y no conforme solo con esa innovación, ganó el oro y batió el récord olímpico de la prueba, con 2 metros y 24 centímetros, ante un público totalmente asombrado y entusiasta.




Final de salto de altura en México'68


 Desde entonces, su técnica fue poco a poco imitada por todos, dando nombre al estilo fosbury flop que utilizan actualmente los saltadores.




Alguien tiene que atreverse a cambiar las reglas
(anuncio Wuaki TV con Dick Fosbury)



 Quiero terminar esta entrada con uno de los Recuerda que... del libro de texto de los alumnos, con el que dice que "el atletismo no es sólo un deporte que consiste en medirse con los demás, sino que nos enseña a mejorar, para superarnos a nosotros mismos".