miércoles, 28 de agosto de 2019

¿MALA O BUENA PINTA? EFECTIVIDAD DE LA CERVEZA A LA HORA DE REHIDRATARNOS TRAS UNA MARATÓN O ESFUERZO DE RESISTENCIA


Mala pinta, de Spike Milligan (Blackie Books). Fotografía: Pedro Delgado

El verano es la estación más seca en nuestro país, y lleva parejo un aumento en el consumo de cerveza, sobre todo en julio y agosto que son los meses más calurosos.
 A cuenta de ello, voy a hablarles de la cerveza y de la efectividad de las pintas o cañas patrias a la hora de rehidratarnos tras una maratón o cualquier otra prueba de resistencia. Pues la birra, consumida con mesura, no tiene porque estar reñida con los atletas. De hecho, son muchos los estudios científicos que han demostrado que es una bebida excelente para recuperar al organismo tras un esfuerzo largo, y son muchas las carreras que la incluyen en el avituallamiento de meta; aunque en este caso creo que es más por la exigencia publicitaria de las marcas que por el aval científico.

 La cerveza nos aporta hidratos de carbono de absorción lenta y de índice glucémico bajo. Contiene gran cantidad de vitaminas, de entre las que destacan las del grupo B, muy importantes "para el crecimiento y el funcionamiento de nuestro cuerpo, pues intervienen en el metabolismo de los hidratos de carbono, de las proteínas y de los lípidos, en la producción de energía, en el desarrollo óptimo de las diferentes actividades de los sistemas nervioso, cardiovascular y digestivo, etc".
 Tiene más de treinta minerales, "entre los que cabe destacar el silicio, el potasio, el fósforo, el magnesio, el sodio y el calcio, todos ellos esenciales para la formación y el buen funcionamiento del aparato locomotor". Es "rica en polifenoles, que son unos compuestos sintetizados de forma natural por las plantas y que tienen un potente efecto antioxidante". Además, "contiene dos tipos de isoflavonas importantísimas: la genisteína y la diadzeína. Estas moléculas, también de origen vegetal, producen un considerable efecto estrogénico en la mujer durante la menopausia, pues protegen sus huesos, retrasando su deterioro. También juegan un gran papel en el mantenimiento del sistema cardiovascular, ayudando, entre otras cosas, a la disminución del colesterol "malo" (LDL)".
 Y por si todo esto no fuera suficiente, "puede llegar a contener alrededor de un 15% de fibra alimentaria, con los consiguientes beneficios a nivel intestinal que ello conlleva. De hecho, hay médicos que la recomiendan a pacientes con problemas de estreñimiento"*.

*Los entrecomillados pertenecen al artículo ¿Eres un deportista sano y disciplinado? ¡Pues tómate una cerveza!, firmado por Juan Fco. Marco Satorre y publicado en Alto Rendimiento.

 Y todas estas propiedades no se pierden si consumimos la cerveza sin alcohol (porque somos abstemios, porque tenemos que coger un vehículo, por recomendación médica...), pues éstas no se encuentran en el alcohol que se produce durante la fermentación, sino en los ingredientes naturales con los que se fabrica. Aunque el sabor no es el mismo, la cerveza sin alcohol sigue siendo cerveza, teniendo idénticos beneficios.

 ¿Cuál es la mejor cerveza? Pues sin duda la que sigue la ley de la pureza de 1516 –decretada por Guillermo IV de Baviera–, que estipula que solamente se debe elaborar a partir de tres ingredientes: agua, cebada malteada y lúpulos. Actualmente, solo encuentro en el supermercado una marca que siga ese patrón: Amstel. Y me pregunto por qué otras marcas, igual de populares, tienen que añadir arroz o maíz a la fórmula, haciéndola a mis ojos menos saludable. Es válido añadir trigo, pues a mediados del siglo XVI la ley de pureza permitió el uso de este cereal para la elaboración de una cerveza basada en ese ingrediente, modalidad conocida como WeiBbier (cerveza blanca) o Weizenbier (cerveza de trigo), que goza de más popularidad en Alemania que aquí, pero que está igual de rica a pesar de su aspecto turbio.

 Si te preguntabas como atleta si una cerveza disminuiría tu rendimiento o perjudicaría tu salud, ya sabes la respuesta. Y si también te preguntabas si la birra engorda, te diré que no. Lo que engorda es lo que comes con ella, pues es una bebida baja en calorías –una caña o quinto (200 ml) aporta aproximadamente unas 80 kilocalorías–.

 Yo, que soy cervecero –basta ver una de las paredes de mi cocina–, os recomiendo no consumirla antes de una prueba o entrenamiento, pues el gas que contiene puede daros flato. Y os recalco que los estudios hablan de un consumo moderado, lo que significa no pasar de los 33 cl de una lata de cerveza al día. No vayamos a tornar el beneficio en perjuicio por abusar de ella.

Fotografía: Pedro Delgado

 Y ahora os dejo con el plato fuerte de la entrada: el estudio  científico Idoneidad de la cerveza en la recuperación del metabolismo de los deportistas, realizado por David Jiménez-Pavón, Mónica Cervantes, Manuel J. Castillo, Javier Romero y Ascensión Marcos (los tres primeros pertenecientes al Departamento de Fisiología Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, y los dos últimos al Departamento de Metabolismo y Nutrición del Instituto del Frío-ICTAN del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid). Lo he encontrado curioseando en internet, en la página del Centro de Información Cerveza y Salud. Les anoto aquí el resumen y el enlace para los que quieran leerlo al completo:
La  cerveza es una bebida clásicamente utilizada en los países occidentales para calmar la sed, de hecho su consumo tras realizar ejercicio físico constituye una práctica habitual en algunos casos. La cerveza contiene fundamentalmente agua (95%) pero también una serie de sustancias que pueden ser de interés para recuperar las pérdidas hidrominerales que ocurren con el ejercicio y favorecer una eficaz recuperación tras la práctica deportiva. Por otra parte, esta bebida contiene una cierta cantidad de alcohol y, en consecuencia, su utilidad como bebida rehidratante podría ser cuestionable.
 Para aclarar esta cuestión, se ha desarrollado, de manera independiente y por dos grupos de investigación, un estudio científico en el que se ha sometido a un grupo de sujetos a un protocolo de ejercicio extenuante (60 minutos corriendo en tapiz al 60% de la capacidad aerobia máxima), en condiciones de elevada temperatura ambiental (35ºC, 60% de humedad relativa). El protocolo de ejercicio determinó unas pérdidas hídricas de 1,5-2 l, lo que correspondía a una pérdida de peso corporal del 2-2,5%. Los sujetos realizaron este protocolo de ejercicio en dos ocasiones, en orden aleatorio y separadas por tres semanas de intervalo. Tras una de las pruebas, se rehidrataban con cerveza (660 ml) y a continuación con agua en la cantidad que querían. Con este protocolo se ha pretendido reproducir lo que suele ser una práctica habitual en sujetos que realizan ejercicio o deporte de manera recreativa.
 Tras analizar antes del ejercicio, inmediatamente después del mismo y tras dos horas de rehidratación, una serie de parámetros indicativos del nivel de hidratación, composición corporal, endocrino-metabólicos, inflamatorios, innunológicos y psico-cognitivos (coordinación, atención, discriminación, tiempos de percepción-reacción, campo visual…) susceptibles de verse influenciados por la cereza, y/o el alcohol que ésta contiene (4º - 5º), no se ha encontrado ningún efecto que la haga desaconsejable.
 Al contrario, la cerveza permitía recuperar las pérdidas hídricas por lo menos en la misma medida que lo hace el agua, no habiéndose podido constatar ningún parámetro que haya sufrido una alteración negativa por el consumo de cerveza. Incluso varios parámetros de composición corporal, metabolismo hídrico, endocrino-metabólicos, inmuno-inflamatorios e incluso psico-cognitivos han tenido un comportamiento ligeramente mejor cuando se consumía cerveza que cuando se consumía agua. No obstante, esos parámetros eran de orden secundario y, por tanto, no se puede considerar su efecto como determinante.
 En conclusión, los resultados de este estudio demuestran que el consumo moderado de cerveza tras la realización de ejercicio no tiene ningún efecto negativo ni dificulta la recuperación o afecta negativamente las cualidades psico-cinéticas en personas deportistas consumidoras habituales de esta bebida. En consecuencia, la práctica habitual de beber cerveza en cantidad moderada y tras hacer ejercicio puede considerarse segura y eficaz en las personas que la consumen habitualmente.
http://www.cervezaysalud.es/wp-content/uploads/2012/08/Estudio_17.pdf

 Y sobre el libro que aparece en la fotografía de inicio, Mala pinta (Editorial Blackie Books), de Speke Milligan, deciros que es un clásico del humor británico que encandiló a los Monty Python o al mismísimo John Lennon, quien tachó la novela de modernísima, loca y absolutamente revolucionaria. David Bowie la anotó en la lista de sus cien novelas favoritas, de ahí que tuviese curiosidad por leerla.

 Para incondicionales del humor british:

–Yo no quise huir, micapitán, estaba retirándome.
*** 
 El reloj del campanario marcaba las 4:32, la misma hora desde hacía trescientos años. Estaba en hora dos veces al día, y eso era mejor que no tener reloj. Nadie sabía los años que podía tener la iglesia. Era, al igual que el niño negro de Mary Brannigan, todo un misterio. Su aparición en documentos escritos se remontaba a 1530. El único indicio tangible fue el hallazgo de un esqueleto muerto bajo la antecapilla. En cuanto les llegó la noticia, unos arqueólogos dublineses saltaron a una camioneta, la cargaron de hombrecillos excavadores, instrumental y emparedados y se plantaron en el pueblo a toda velocidad.
 –Son los huesos de un monje jónico –dictaminó un profesor gris.
 Se pasaron semanas haciendo fotos al monjecito. Le midieron el cráneo, las espinillas, los coditos; le pasaron frotis por la pelvis, hicieron un molde de yeso de la dentadura del hombrecito, lo espolvorearon con resina y polvos conservantes… hasta que por fin los catedráticos se pusieron de acuerdo: el monje tenía mil quinientos años. "Lo que explicaría por qué está muerto", dijo el cura, y ahí quedó la cosa. 
***
 Mujer cultivada, hablaba ocho idiomas y no decía nada inteligente en ninguno.
***
 El cura se hizo a un lado, pues le era numéricamente imposible echarse a más lados.
***
 –Hay un cerrajero en Puckoon –apuntó el señor Wretch–. Es un ladrón retirado que no quiere perder mano.

Nota: Los textos pertenecen a la primera edición de Mala pinta, novela de Spike Milligan, publicada por Blackie Books en octubre de 2018, con traducción de Julia Osuna.

 Y para cerrar la entrada, levanto una copa y brindo por lo que queda de verano. ¡¡Salud!!

domingo, 7 de julio de 2019

DE TAL PALO TAL ASTILLA (II)


Los González, una familia de triatletas
Montaje: Lucía Rodríguez

Ignacio González Franco fue un cuatrocentista consumado, con una mejor marca de 53"27 en los 400 metros vallas y de 50"27 en los 400 metros lisos, que alcanzó la gloria atlética en dos ocasiones en los Campeonatos de España Universitarios. Fue en los años 1987 y 1988, en Salamanca, ciudad universitaria por antonomasia. Allí logró, respectivamente, una plata y un bronce en los 400 metros vallas, siendo flanqueado en el primer podio por los también malagueños Miguel Ángel Moya (1º clasificado) y Miguel Bandera (3º clasificado).

Ignacio González Franco en un 110 metros vallas
Estadio de la Juventud, Granada

 Unos años después, Ignacio González cambió las zapatillas de clavos por los avíos de triatleta, siendo uno de los pioneros de este deporte en el que consiguió ganar (en grupos de edad 45-49) el Campeonato de España de Triatlón en distancia olímpica (1.500 m + 40 Km + 10 Km) celebrado en Pontevedra. En 1998 quedó 3º en su grupo de edad (45-49) en el Mundial de Duatlón que se disputó en Gernika, y fue 5º en el campeonato de Europa de Triatlón en Lisboa.

Ignacio González Franco en el Ironman de Klagenfurt (5-07-2010, Austria)
Fotografía: Marisol García Olmos

 Conviví con Ignacio tres años cuando éramos estudiantes de Educación Física en el INEF de Granada, así que sé lo meticuloso y obsesivo que puede llegar a ser, no ya solo con el entrenamiento en sí sino con todo lo que rodea a la competición. Ignacio siempre soñó con que sus hijos superasen sus logros, y ellos, los hermanos Ignacio y Alberto González, entrenados bajo su batuta desde pequeños y atendidos con mimo, han progresado hasta cotas impensables.

Los hermanos González en el Triatlón de la World Cup de Cape Town, Sudáfrica
Fotografía: Ignacio González Franco

Ignacio González padre e hijo en el triatlón de Valencia (8 de septiembre de 2018)
Fotografía: Marisol García Olmos

 Ignacio González, el mayor de los hermanos, ha destacado entre los mejores a nivel nacional e internacional en categoría cadete, junior y sub-23, estando en la actualidad entre los cinco mejores del Ranking Europeo Elite. En 2018 fue Campeón Elite de la Copa de Europa de Triatlón en Holten (Holanda) y Campeón de España Universitario de Triatlón.

Ignacio González entrando el primero en meta (Holten, Holanda)
Campeón Elite de la Copa de Europa de Triatlón en 2018

Fotografía: Ignacio González Franco

 Por su parte, Alberto González, a sus 21 años, le ha seguido a la saga, siendo Campeón de España Cadete de Triatlón en 2015 y Campeón de España Júnior en 2016 y 2017. Ese último año fue 4º en el Campeonato de Europa de Triatlón Junior y primero en la Copa de Europa Junior.

Ignacio González y Alberto González en Málaga (Octubre 2018)
Fotografía: Pedro Delgado

Alberto González entrando en meta en la Copa de Europa Junior de Triatlón
Fotografía: Ignacio González Franco

 Ambos hermanos, integrantes de la Selección Española de Triatlón, son un ejemplo de humildad, esfuerzo y disciplina. En una prueba durísima, en la que se aúnan tres deportes –la natación, el ciclismo y la carrera pedestre– en uno, sus logros les permiten soñar con los Juegos Olímpicos de París 2024. Sería la mayor satisfacción para aquel atleta que en Granada anotaba todos sus entrenamientos con pulcra caligrafía en un dietario, y la culminación para los dos hermanos de toda una vida de dedicación plena a la que es su pasión: el triatlón.

Alberto González, Ignacio González e Ignacio González hijo en el lago Matemale (Pirineo francés), cerca de Puigcerdá, donde suelen realizar una concentración en el mes de agosto. La imagen es del 24 de agosto de 2018. Fotografía: Marisol García Olmos.

 Nota: Hace unas semanas, Ignacio apareció por casa con uno de los cascos de sus hijos. Nos habíamos cruzado unas cuantas veces con las bicis en la carretera, y se había percatado de que yo no llevaba protección. Ahora siempre salgo con el casco, y cuando me siento desfallecer en alguna pendiente invoco a los hermanos. Los he visto crecer, y siento que porto una reliquia deportiva. La próxima vez que los vea me la van a tener que firmar.
 ¡Suerte en el triple esfuerzo! ¡Suerte en la vida!

Otros "De tal palo tal astilla" en Calle 1:
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2015/07/de-tal-palo-tal-astilla.html

miércoles, 22 de mayo de 2019

LA OTRA MARATÓN


Escribir un libro es como correr una maratón
Fotografía: Lucía Rodríguez

El pasado verano leí un artículo de Kate McKean, vicepresidenta de la agencia literaria Howard Morhaim, que llevaba por título No, no todo el mundo tiene un libro dentro. El encabezado secundario resumía muy bien el texto: "Con frecuencia la gente piensa que una historia, ocurrencia o aventura, merece ser puesta por escrito y publicada. Pero no todo sirve para una obra, ni todos somos buenos escritores", y en la parte final hacía una comparativa deliciosa entre escribir una novela y correr una maratón.
Si está usted leyendo esto, es muy probable que sepa escribir. Seguramente domina el idioma y es capaz de transmitir sus ideas mediante palabras. Pero eso no significa que pueda escribir un libro. 
 Pongámoslo así: yo corro desde que tenía un año. ¡Casi 40 años corriendo! Pero sería completamente incapaz de correr una maratón. No estoy capacitada físicamente para hacerlo aunque puedo correr varios kilómetros seguidos. Escribir un libro es una maratón. Hay que entrenarse, practicar, comprender cuáles son los propios puntos fuertes y débiles, y trabajar mucho para superarlos. Se necesita ayuda, comentarios y apoyo, y hacerlo muchas veces antes de que se llegue a correr la mejor carrera. Escribir un libro que alguien quiera leer es correr la mejor maratón posible. Nadie lo hace de buenas a primeras, y pocos escritores tienen el aguante necesario sin un entrenamiento riguroso.
 Si usted quiere escribir un libro, escríbalo. Es maravilloso, horrible, gratificante y demoledor, todo al mismo tiempo. Pero hágalo porque quiere, no porque alguien se lo sugirió una vez. Tenga en cuenta lo que implica antes de empezar, para que sus expectativas y sus objetivos sean razonables. No tiene que escribir para que le publiquen su historia, ni tiene por qué publicar con un editor clásico. Hay muchas otras opciones, si lo único que quiere es tener en sus manos un ejemplar de su relato. Simplemente tenga cautela cuando la gente bienintencionada pero completamente desinformada le dice que debería escribir un libro.
 Yo acabo de terminar de leer uno que es una pequeña joya para los que gusten de la literatura y de escribir relatos o novelas con mayor o menor habilidad. Se trata de Cómo piensan los escritores. Técnicas, manías y miedos de los grandes autores, de Richard Cohen (Birmingham, 1947), editado por Blackie Books con dos portadas opcionales –ambas ilustradas por Cristóbal Fortúnez– para que los lectores puedan elegir: la de Jane Austen o la de Mark Twain, que es la que yo tengo.


 Además de escritor y editor, Richard Cohen fue esgrimista profesional, compitiendo en Sable individual y por equipos en dos juegos olímpicos (Montreal 1976 y Los Ángeles 1984) y en dos campeonatos del mundo (Lyon 1990 y Budapest 1991), siendo su mejor clasificación la de Los Ángeles: octavo por equipos y vigésimo primero en la individual. Y si uno curiosea por internet puede ver que todavía sigue en plena forma, aunque ya compitiendo en  la categoría de veteranos. Como muestra, la fotografía del Campeonato del Mundo de Veteranos de 2017 donde Richard Cohen se colgó dos medallas.

Richard Cohen (Sable Cat. C), Kola Abidogun (Florete Cat. A) y Mike McKay (Florete Cat. A)
Campeonato del Mundo de Veteranos de Esgrima 2017. Fotografía: Gillian Aghajan

 Cohen entra a matar con el sable, y abre en canal algunos de los intríngulis con los que se puede topar un escritor: cómo redactar las primeras y las últimas líneas de una novela, la creación de los personajes, el punto de vista narrativo,  el ritmo de la prosa o el manejo de los diálogos, entre otras muchas cosas.
 Son legión los escritores que desfilan por sus páginas: desde los Mark Twain y Jane Austen de las portadas, a Tolstoí, Turguénev, Chéjov, Nabokov, Dickens, Joyce, Stevenson, Kafka, Flaubert, Camus, Borges, Virginia Woolf, Thomas Mann, Norman Mailer, Stephen King, Martin Amis, Iris Murdoch, Carver, Cheever, Vonnegut y un larguísimo etcétera. Lástima que se olvide de los autores españoles –imperdonable lo de Cervantes– y que los hispanoamericanos apenas estén representados.
Stendhal, muy alabado por la claridad de su prosa, se limitó a decir: "Copio el Código Napoleónico", el código civil francés promulgado por Napoleón Bonaparte en 1804, que subrayaba la importancia de que las leyes fueran claras y comprensibles.
*** 

Y así aprendí que en un relato quitar líneas es como avivar un fuego. No se nota la operación, pero todo el mundo nota el resultado. 
Rudyard Kipling 

 ***

 En 1872, un vecino de Tolstói dejó a su amante, Anna Pirogova. El ferrocarril acababa de llegar hasta la provincia y, desesperada, Anna corrió hacia las vías y se tiró al paso del tren. El cuerpo fue llevado a una cochera cercana y Tolstói, al conocer la tragedia, viajó hasta allá para ver los restos, pese a que había conocido a la mujer en vida. No le ponemos peros a que Anna Pigorova sea la inspiración de Anna Karénina, ni a que una hasta entonces desconocida madame Delphine Delamare, tras sus reiterados adulterios como esposa de un desatento médico rural, en 1850 decidiera envenenarse y pasara a convertirse en el modelo de Emma Bovary.
 ¿Por qué Nabokov llamó Lolita a Lolita?, ¿qué pensaba Mark Twain de sus lectores?, ¿por qué Tolstói dijo que todas las familias felices se parecen?, ¿por qué Virginia Woolf creía que el ritmo es lo más importante?, ¿por qué según García Márquez todo está en la primera frase?, ¿por qué Madame Bovary nos parece tan sensual y por qué Martin Amis dice que es imposible escribir de sexo?, son preguntas que atraen como un cebo desde la contraportada. No se preocupen, que no voy a desvelarles ninguna de ellas.
 Lo que sí les voy a proponer es un juego, el que Richard Cohen nos muestra en el capítulo que le dedica al argumento, una actividad para las clases de literatura que ilustra "el hecho de que la línea argumental más básica puede evolucionar si se le añade causalidad e información".
¿Qué hace que una historia tenga éxito? Hace algunos años intenté responder esta pregunta con ayuda de unos sesenta estudiantes de la Universidad de Kingston. Acompañé mi charla con una clase práctica de una hora, en la que pedí a los participantes que jugáramos a las Consecuencias: todos tenían que coger un trozo de papel y escribir un nombre (de varón, igual que ahora). Después se lo pasaban a la persona que tenían al lado. Esta, a su vez, debía añadir otro nombre, así A conocería a B, el segundo nombre. Los alumnos tenían que pasarse los papeles otra vez. La tercera anotación correspondía al lugar en el que A y B se habían conocido. Después debían seguir con "lo que él le dijo a ella", "lo que ella le dijo a él", "y la consecuencia fue", "y el mundo dijo". Siete entradas en total que dieron pie a unas sesenta historias bastantes disparatadas. 
 Les pedí a algunos estudiantes que leyeran la historia que había acabado en sus manos, y todavía recuerdo una de ellas: 
Adolf Hitler 
(conoció a) 
Jane Austen 
cerca de la rotonda de la feria. 
(Lo que él le dijo a ella): Mi madre me dijo que tuviera cuidado con las chicas como tú. 
(Lo que ella le dijo a él): ¿A quién le importa el qué dirán? Yo siempre te he querido, ya lo sabes. 
(Y la consecuencia fue) 
La emigración en masa por toda Bélgica. 
(Y el mundo dijo) 
Qué bonita pareja hacen. 
 Después de que algunos alumnos leyeran en voz alta sus historias, les pedí a todos que añadieran caracterización, contexto e información secundaria al relato que había acabado en su pupitre. Que aquellas invenciones fueran, cuando menos, surrealistas no importó: las historias revisadas que leyeron los estudiantes ya transmitían algo distinto. Hitler ahora jugueteaba con su bigote. Jane Austen no podía controlar su sonrojo. El encuentro en la rotonda de la feria se había producido de noche, mientras por las casetas deambulaban pandillas de punkis. Y Hitler, al saber que había conquistado el corazón de una noble dama, se sintió animado para conquistar Bélgica, de modo que la historia ya tenía causa y efecto.
Cómo piensan los escritores, de Richard Cohen (Blackie Books, 2018)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Flaubert decía que un escritor en potencia debía leer quince mil libros para poder ponerse a escribir, así que si ustedes piensan aplicarse a ello, y apuntarse a esa otra maratón, bien pueden empezar por este.

Nota: Los textos a color pertenecen a la primera edición de Cómo piensan los escritores, de Richard Cohen, editado por Blackie Books en septiembre de 2018, con la traducción a cargo de Laura Ibáñez. Ojalá la edición tenga un largo y fructífero recorrido y que ello les anime a traducir y editar The Seven Basic Plots: Why We Tell Stories, de Christopher Booker, un volumen de más de setecientas páginas publicado en 2004, calificado como "un excelente resumen del arte de narrar".

lunes, 22 de abril de 2019

LA BICI LO ES TODO: LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD SOBRE DOS RUEDAS




—Dirección, setenta y tres grados; sillín, setenta y cuatro grados –musitó para sí, como si se tratara de un conjuro.

Nada más empezar a leer el prólogo supe que este no sería un ensayo al uso sobre el mundo de la bicicleta, pues el autor, Robert Penn, me hablaba en el arranque de aquella memorable y romántica escena de Dos hombres y un destino en la que Butch Cassidy  monta en el manillar de su bicicleta a Etta Place mientras suenan los acordes de Raindrops Keep Fallin' On My Head. Volví a ver aquel wéstern de George Roy Hill en 2008, el día antes de viajar a Bolivia en busca de la tumba de Butch Cassidy y Sundance Kid, aquellos forajidos del Salvaje Oeste que interpretaban en la película Paul Newman y Robert Redford. Ya no se hacen películas como estas, con ese ritmo tan pausado, fue lo primero que pensé al terminar los créditos y volver a la escena de la bicicleta para escuchar una vez más la canción compuesta por Burt Bacharach, quien, por cierto, se llevó dos Óscar aquel año 1969: a la mejor canción original y a la mejor banda sonora original de una película (no un musical).

Música: Burt Bacharach.
Letra: Hal David.
Intérprete: B. J. Thomas.


 Leyendo me entero de que el tipo de bicicleta que le muestra Butch a Etta ("Te presento al futuro") se llamaba "de seguridad".
Fue la primera bicicleta moderna, y la culminación de la larga y escurridiza búsqueda de un vehículo impulsado por el hombre. Fue "inventada" en Inglaterra en 1885. 
[...] Se la llamó safety ("de seguridad") porque las ruedas eran pequeñas y del mismo tamaño, el centro de gravedad del ciclista recaía en la parte central de la bicicleta y se podía llegar al suelo con ambos pies. En pocas palabras, rodar con ella era seguro. [...] Este modelo borró del mapa cualquier otro tipo de bicicleta previo: los velocípedos, los biciclos, el biciclo enano, la Facile, la Kangaroo, los triciclos, los triciclos tándem y los cuadriciclos quedaron obsoletos en pocos años. La forma definitiva de la bicicleta había llegado.
[...] Cuando Butch y Sundance partieron hacia Sudamérica, la bicicleta ya había conquistado una amplia aceptación social y había golpeado con fuerza en el nexo de la sociedad. En una sola década, ir en bicicleta había pasado de ser una ocupación recreativa pasajera, exclusiva de una pequeña minoría de hombres ricos y atléticos, a convertirse en la forma de transporte más popular del planeta. Y lo sigue siendo.
 El título del libro viene dado por una afirmación del escritor estadounidense Stephen Crane, autor de la magnífica novela El rojo emblema del valor, quien decía eso de "La bicicleta lo es todo".

La bici lo es todo, El rojo emblema del valor y Dos hombres y un destino
Fotografía: Pedro Delgado

 Nos cuenta Robert Penn en el prólogo que en 1990 se compró su primera bicicleta de montaña, "una práctica y rígida Saracen Sahara de fabricación británica", y que con ella fue desde Kasgar (China) a Peshawar (Pakistán) atravesando la cordillera del Karakórum y el Hindi Kush. Ese es uno de mis viajes soñados y siempre postergado por la conflictiva situación que vive la zona, así que sentí como afloraba la envidia al leerlo.

Robert Penn con su Saracen Sahara en su viaje por la Karakórum y el Hindi Kush
Fotografía: Archivo personal de Robert Penn facilitado por la editorial Capitán Swing
 
De vuelta en Londres donde trabajaba como abogado, la Saracen hacía mucho más que llevarme de un lado a otro: simbolizaba la vida más allá de los trajes de raya diplomática.
 Y al seguir, la envidia ya me invadió por completo:
Una invernal tarde de sábado de 1995 fui a Roberts Cycles, un renombrado fabricante de cuadros del sur de Londres, y encargué un cuadro para un cicloturismo hecho a medida. Lo llamé Mannanan, por Mannanan mac Lir, la mítica figura celta que protege la isla de Man, donde yo crecí. Con esa bicicleta crucé Estados Unidos, Australia, el sudeste asiático, el subcontinente indio, Asia Central, Oriente Medio y Europa, es decir, el mundo entero. "Fúndete con el universo. Si no puedes hacer eso, al menos sé uno con tu bicicleta", escribió el mecánico de bicicletas estadounidense Lennard Zinn. Después de tres años y cuarenta mil kilómetros lo había logrado. 
 Ahora Mannanan está colgada en la pared de mi cobertizo.
 No me dirán que no es para menos. A los que amamos la aventura nos hubiera gustado leer páginas y páginas sobre las peripecias del autor alrededor del mundo con unas alforjas, pero La bici lo es todo se centra más en otro tipo de viajes, los del autor en busca de la bicicleta de sus sueños, un verdadero "Meccano" construido a base de los mejores componentes y el mejor cuadro que, a la postre, es el alma de la bicicleta. 
Los mejores artistas que se dedican a la construcción de cuadros tienen más en común con los artesanos que hacen relojes Patek Philippe, guitarras Monteleone o camisas Borelli que con el grueso de fabricantes que producen cuadros de carbono y aluminio como churros en las fábricas del Extremo Oriente. [...] El cuadro de mi bici solo se hará una vez y será de acero. [...] No serán los componentes más ligeros ni atractivos del mercado, sencillamente serán los mejores.
 Así, visitamos de la mano de Robert Penn fábricas y talleres en Italia, Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña a la búsqueda de esos componentes, y asistimos al proceso de fabricación de los mismos, una peregrinación que me recordó a esos extranjeros que viajan a Andalucía en pos de las manos de tal o cual artesano guitarrero. Precisamente, recuerdo ahora a un couchsurfer que pasó por casa, Marc Eithien, un virtuoso de la guitarra que antes de regresar a Canadá después de dar vueltas por el mundo iba a la Alpujarra Granadina a por una guitarra que había encargado: su guitarra, la suya, la mejor guitarra del mundo.

El canadiense Marc Eithien tocando la guitarra* en casa, 21 de mayo de 2017
*Esa es la guitarra mala, la buena le esperaba en la Alpujarra
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Algo así mueve a Robert Penn. Frente a las bicis industriales, el lujo de las bicicletas hechas a mano. El placer de la búsqueda de cada pieza para el ensamblaje final.
La clave de por qué alguien querría una bicicleta hecha a mano es precisamente esta: porque se acoplará a la perfección, como un traje hecho a medida en Savile Row. 
*** 
[…] construir ruedas es como afinar guitarras: cada uno de los radios tiene que vibrar a la perfección. 
*** 
Las máquinas de troquelado, plegado y remachado martillaban, moldeaban, enrolaban y cortaban acero. Sugerí que la banda sonora de la fábrica –antaño la banda sonora de toda la ciudad– apenas debía de haber cambiado en un siglo. 
 –Así es –repuso Steven con ojos centelleantes–. Algunos de los empleados llevan aquí casi tanto como la propia fábrica. Te presento a Bob. 
 […] –Sí, llevo cincuenta años trabajando aquí, aunque con un capataz como este tengo la sensación de llevar muchos años más. Lo único que hay más viejo que yo es esta máquina. Es de los años cuarenta. Por suerte, todavía podemos conseguir piezas de repuesto para ella. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí. 


Carreras anuales de los seis días
Madison Square Garden
Mediados de la década de 1890, principios de la de 1920

 Y mientras acompañamos al autor en sus idas y venidas, este aprovecha para contarnos la evolución del ciclismo.
John Boyd Dunlop, un veterinario escocés residente en Belfast, inventó el neumático en 1888. Con el fin de mejorar la salud de su hijo de nueve años, un médico le había aconsejado que montara en bicicleta y había puntualizado que la actividad resultaría aún más beneficiosa si se pudieran reducir las sacudidas de los ásperos adoquines de granito que cubrían las calles de la ciudad. […] Durante el auge de los velocípedos –que eran conocidos, con razón, como "agitahuesos"– las llantas eran de hierro macizo. Cuando en 1885 se introdujo la bicicleta de seguridad, las llantas eran de tiras de caucho sólido y estaban clavadas o pegadas al borde de la rueda. Esto suponía una mejora con respecto al hierro, pero, aun así, un simple paseo podía hacer repiquetear los molares de un ciclista hasta que se le salieran disparados. 
 Dunlop clavó tiras de lino a las ruedas de madera del triciclo de su hijo, insertó unos tubos de goma inflables muy rudimentarios con una válvula de retención y los llenó de aire comprimido. Era como tener un cojín flexible sujeto a la rueda. Funcionó. Dunlop lo bautizó con la palabra "pneumático", patentó la idea y comenzó a producirlos a pequeña escala en Dublín. 
*** 
"Sobre el remache" es una vieja expresión ciclista de la época en la que todos los sillines estaban hechos de cuero y se fijaban al cuadro con remaches de metal. Retrata a un ciclista encogido en la bicicleta, agarrándose con las manos a la sección de caída del manillar y con las nalgas precariamente posadas sobre la nariz del sillín mientras trata de aprovechar al máximo la potencia de la máquina con cada golpe de pedal, yendo lo más rápido que puede. Tengo la sensación de que "sobre gel" no transmite la misma intensidad.
 Otra cuestión importante que tendrá que resolver el autor es la elección del color de la bicicleta: ¿El amarillo intenso Van Gogh?, ¿el negro?, ¿el azul Bianchi o celeste de Fausto Coppi?, ¿el naranja-Malteser de las bicicletas de Eddy Merckx?, ¿el gris foca?, ¿el gris perla?, ¿frambuesa, azul cielo, carmesí, zafiro, verde mar y mirto…?
–No. Ese color no puede ser –dijo Jason dejando un bote de pintura. Se volvió hacia mí, apoyó las caderas en el banco de trabajo y se cruzó de tobillos y brazos. Estábamos en su taller de pintura. 
 –¿Qué quieres decir con que "no" puede ser? 
 –Pues que no. Eso mismo. No. 
 –No me puedes decir eso. Yo soy el cliente. Y dijiste que podía elegir el color que quisiera. 
 –Rob, algún día me lo agradecerás, incluso puede que hoy mismo. Pero de ninguna manera voy a pintarte esta bici de color púrpura. No estamos en 1973. No vamos a ir a un concierto de Slade esta noche. Te lo prometo, si la pintas así, volverás dentro de seis meses para rogarme que vuelva a pulverizarla, así que no. 
 El púrpura había surgido al final del viaje. En mi cabeza visualizaba un púrpura imperial: púrpura de Tiro, el tinte que descubrieron los fenicios, el color de la sangre coagulada. 
 –Tú no eres Ziggy Stardust -dijo Jason–. Eres Rob Penn.

David Bowie como Ziggy Stardust
Fotografía: Mick Rock

 No voy a desvelarles el color o los colores elegidos por Rob, para no quitarles la sorpresa, pero sí, para abrir boca, alguna de las anécdotas que incluye el libro, como la de la historia de Campagnolo, la mítica empresa de Vicenza o la del propio autor cuando se mudó de la ciudad al campo.

Tullio Campagnolo en el taller de Vicenza
El fundador de la compañía, Tulio Campagnolo, era un consumado ciclista amateur. En cierta ocasión competía en una carrera llamada Gran Premio della Vittoria durante la época de brutal frío que coincide con la fiesta de San Martino. Las distintas biografías ofrecen fechas dispares, aunque el 11 de noviembre de 1927 parece la más probable de todas ellas. Cuando Tullio alcanzó la cima del paso de Croce d'Auné en los Doloridas, al norte de Vicenza, era líder de la carrera. En aquellos tiempos, las bicicletas de competición aún no tenían desviados o cambios de marcha: los mecanismos acoplados a la mayoría de las bicicletas modernas para mover la cadena de un piñón dentado a otro, cambiando así de marcha. La palabra original derailleur, es francesa con pronunciación anglosajona ("de-rail-er") y significa desviar el curso o descarrilar. 
 La bicicleta de Tullio tenía dos velocidades en un buje trasero de doble cara con dos ruedas dentadas –un engranaje fijo habitualmente alto para los recorridos planos y uno corto de piñón libre para las subidas–. Para cambiar de marcha había que desmontar la rueda trasera y darle la vuelta, pero para ello primero había que aflojar las tuercas de mariposa que sujetaban la rueda en las punteras del cuadro.
Tullio Campagnolo
 En la cima helada y nevada del paso, con los dedos entumecidos y congelados, Tullio forcejeó para aflojar las pesadas tuercas y así poder voltear la rueda. Muchos de sus rivales le adelantaron, sin duda burlándose bajo sus alientos helados. Se cuenta que al finalizar la carrera Tullio declaró: Bisogna cambià qualcossa de drio ("Algo debe cambiar en la parte trasera"). Hablaba en serio. 
 El 8 de febrero de 1930, Tullio Campagnolo patentó la palanca de liberación rápida, un pestillo de acero dentro de un eje hueco con una tuerca en un extremo y una palanca con una leva para fijarla en el otro. Era sencillo y genial: operaba en todo tipo de condiciones metereológicas. En lugar de desatornillar tuercas para sacar la rueda, simplemente se tiraba de una palanca. Durante ochenta años se ha mantenido básicamente inalterado. Hoy en día, el cierre rápido es un accesorio universalmente estándar en casi todas las bicicletas que se fabrican. Cada día, decenas de miles de ciclistas en todo el mundo dan la vuelta a sus bicicletas para sacar una rueda –para reparar un pinchazo o meter la bici en el maletero de un coche–. Con los dedos en las palancas de liberación rápida, honran en silencio la memoria de Tullio Campagnolo, el ingenioso gurú. 
Palanca de liberación rápida de la rueda inventada por Campagnolo

Interior del  Warwicks Country Pub en Abergavenny, Brecon Beacons (Gales) 
Mudarme a Brecon Beacons, en Gales, hace siete años supuso una nueva revelación en la percepción cultural de la bicicleta. Para entonces, en la ciudad había cuando menos un número creciente de personas que reconocían los beneficios de la bicicleta en materia de salud y transporte. En el campo, el único motivo razonable para tener que desplazarse en bici era la pérdida del carné de conducir; para un agricultor galés no podría existir otro motivo. Y punto. Los lugareños me observaban entrar y marcharme pedaleando de Abergavenny y se quedaban muy sorprendidos. 
 A los cinco meses de haberme mudado, un viernes por la noche estaba en el pub local, que se encontraba en lo alto de una colina. Un viejo del que únicamente conocía el nombre de su granja me agarró por el codo y me condujo muy amable hasta una esquina del bar. Me miró fijamente y me dijo: "Veo que vas en bici. ¿Hace cuánto que perdiste el carné, hijo?". Le expliqué que no me había quedado sin carné, sino que elegía ir en bici a diario porque, bueno, simplemente porque me encantaba. Me guiñó un ojo y se dio unos golpecitos con el dedo en la nariz reseca. Un año después, otro viernes por la noche, el granjero volvió a apartarme a un lado en el mismo pub. Aquella vez su mirada fue aún más severa: "Veo que sigues yendo en bici, hijo –me dijo–. Ya es mucho tiempo sin poder conducir. A mí me lo puedes contar… ¿Hiciste algo horrible? ¿Mataste a un crío?".
 Ja, ja. No me negarán que tiene su gracia. Yo cada vez que lo imagino no puedo evitar reírme.

 "Aprender a montar en bicicleta es fácil. Y una vez que se aprende, jamás se olvida", nos recuerda Robert Penn, algo que les repito todos los años a los alumnos que me encuentro que no saben montar por culpa de la sobreprotección de sus padres. Y menos mal que son minoría, porque sin duda uno de los recuerdos más bonitos que todos atesoramos es el de nuestro padre guiándonos en nuestras primeras pedaladas; en esas bicicletas a las que les íbamos quitando poco a poco los ruedines hasta conseguir descender la cuesta menos pronunciada que hubiera cerca de casa, sin ayuda de ellos primero y luego también sin que nuestro padre corriese al lado tratando de equilibrarnos con sus manos. Recuerdo con cariño aquella época en la que, "ya expertos", íbamos todo el santo día en bicicleta por el simple placer de hacerlo: el componente lúdico de las dos ruedas. Uno de los sitios preferidos por mí y por mis hermanos era el espacio que hoy ocupa el centro de salud, el campo de fútbol del Mortadelo y el colegio Christian Andersen, una extensión de montículos de tierra y matojos por entonces en la que podíamos sentirnos pilotos de motocross. Junto a ella estaban los mercancías de Renfe y las pirámides de piedras sueltas que transportaban, y, a ratos, deteníamos nuestras bicicletas junto al pequeño apeadero para ver pasar los trenes. ¡Qué tiempos aquellos!

 Hoy día me sigo subiendo a la bicicleta casi a diario, pero sólo para ir al instituto en el que trabajo, no como Robert Peen que la usa para todo:
[...] la uso para ir al trabajo, a veces por trabajo, para mantenerme en forma, para empaparme de aire y de sol, para ir de compras, para escapar cuando el mundo me está rompiendo las pelotas, para saborear el compañerismo físico y emocional de pedalear con amigos, para viajar, para mantenerme cuerdo, para saltarme la hora del baño de mis hijos, para divertirme, para tener un momento de gracia, en ocasiones para impresionar a alguien, para asustarme y para escuchar la risa de mi hijo. A veces monto en bici por el simple hecho de montar en bici. Hay una amplia variedad de razones emocionales, físicas y prácticas, y un lazo que las une: la bicicleta.
 Mi bicicleta es una extremadamente rara, una Mountain Bike de 1992 de la casa Swatch, la de los relojes, una edición limitada a 500 ejemplares que se adjudicaron en riguroso sorteo entre los miembros del Club Swatch. Creo que su precio era de 115.000 pesetas, unos 690 euros. Con el tiempo ha perdido los tapacubos que era el elemento más vistoso de la bicicleta, pero me sigue llevando al instituto como el primer día. Y cuando trabajaba y vivía en Olvera también me di mis buenas cabalgadas por la Vía Verde hasta Coripe, eran los tiempos en los que los túneles todavía no habían sido acondicionados y estaban medio obstruidos de tierra y agua.

Pedro Delgado con su Mountain Bike Swatch de 1992
Málaga, Carrera Urbana Ciudad de Málaga 2012
Fotografía: Pepe Chinchilla

 El escritor H. G. Wells decía que siempre que veía a un adulto en bicicleta recuperaba la esperanza por la humanidad. No quisiera ser pesimista, pero pierdo un poco la esperanza en esa humanidad ahora que el patinete eléctrico ha irrumpido con tanta fuerza en la ciudad. Ojalá que nadie arrumbe su bicicleta por no tener que pedalear, más en estos tiempos en los que es tan necesario que todos realicemos ejercicio físico y combatamos la obesidad.

–¿Sabes cual es la palabra que más gente relaciona con "libertad" en los experimentos tipo asociación de palabras? –preguntó a modo de conclusión. Y él mismo se respondió–: "Bicicleta".
Antonio Columbo, propietario de Columbus y Cinelli

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La bici lo es todo: La búsqueda de la felicidad sobre dos ruedas, de Robert Penn, publicado por Capitán Swing en una traducción de Lucía Barahona.

 Y para mañana os deseo un ¡Feliz Día del Libro!

viernes, 12 de abril de 2019

ANTONIO JURADO: FISIOTERAPEUTA Y ESCRITOR


Antonio Jurado con su primera novela: El árbol de la cucaña (Letrame Editorial)
Fotografía: Lucía Rodríguez

No hay ni un solo atleta en Málaga, al menos de los de mi época, que no se haya puesto alguna vez en manos de Antonio Jurado para solucionar una lesión. Mi talón de Aquiles durante mi etapa atlética siempre fue la espalda: contracturas musculares y pinzamientos del nervio espinal por un prolapso de disco en la zona lumbar. Recuerdo haber entrado más de una vez en la consulta del Centro de Rehabilitación Larios tieso como un Madelman, doliéndome hasta al respirar, y salir a la hora en perfectas condiciones para poder entrenar. De ahí que, como muchos otros, tenga a Antonio en un altar, y cuando alguien me comenta cualquier lesión, a San Antonio Jurado que lo mando.
 Yo he vuelto a él ahora para tratarme un rebrote de mis fascitis plantar, y hablando con él de libros (es lo que tiene que nos guste leer) me enteré de que había publicado una novela: El árbol de la cucaña (Letrame Editorial). Sus páginas se ambientan en  el Torremolinos de los años sesenta, cuando ese pequeño pueblo de pescadores se convirtió en la meca de la modernidad, "refugio de un nomadismo cosmopolita"; de ahí que Alfredo Taján se la hubiese presentado hacía unos días en La Térmica, pues el argentino afincado en Málaga desde hace un decalustro ya dirigió la edición de un número especial de la revista Litoral sobre el municipio: Torremolinos, de pueblo a mito, donde firmó un artículo en el que aseveraba que "Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, Torremolinos ya existía y se comunicaba con los dioses del Olimpo". Amén de ser autor de Pez Espada, donde el famoso hotel de Torremolinos es el eje principal de la novela.


Presentación del último libro del escritor y fisioterapeuta Antonio Jurado, El árbol de la cucaña, junto al poeta y escritor Alfredo Taján. Fotografía: @latermicamlg, 13 de diciembre de 2018.

 Antonio me regaló un ejemplar de El árbol de la cucaña, y mientras me ponía ondas de choque para tratar mi fascitis plantar, comencé su lectura. Ya no lo pude soltar.

Pedro Delgado leyendo la última novela de Antonio Jurado en el Centro de Rehabilitación Larios
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Durante la historia acompañamos a Falito Aranda desde Peñarrubia (hoy día cubierta por las aguas del embalse de Guadalteba) a La Tralla, y de allí a Torremolinos.

Peñarrubia, Málaga
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

Peñarrubia, Málaga
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

 El barrio de la Tralla era una herida abierta sobre aquella tierra olvidada de Dios desde tiempo inmemorial. Perdido en el recuerdo, su caótico origen al calor de las fábricas cercanas, surgió como un aluvión de chamizos y casas bajas habitadas por menesterosos obreros y pescadores de boliche, que sobrevivirían al tiempo encajonados entre el mar y las vías del tren. La fortuna esquiva los sometió a una realidad que aceptarían primero con asombro, con rabia más tarde y al final con la sumisión con que se soporta un destino imprevisto e inevitable. Algo indescriptible los anclaba a lo largo de la ancha orilla para compartir parejos un sentimiento cotidiano de fracaso, también la compartida frustración los igualó –todos los hombres se asemejaban en algún punto a su fracaso– y apretó como gavillas, hombro con hombro, para hacer más fácil eso del vivir.
La barriada El Perro, entre el mar y las fábricas la Cros y los Guindos
Fotografía: La Opinión de Málaga
 La Tralla en los primeros sesenta era una cadena de casas que, partiendo del lado de Levante, corría paralela al mar, hasta quebrarse por la parte de poniente donde entroncaba con otra doble fila más corta, ambas hileras se unían en vertical formando una gran L. A espaldas del brazo corto de la L estaba la factoría de Los Guindos, un complejo metalúrgico dedicado a la obtención del plomo. Desguaces del infierno semejaban sus enormes hornos donde se fundía la galena, cuyos líquidos residuos, color rojo incandescente, se vertían directamente al mar por medio de una grúa con forma de cono. Cuando la piedra fundida se enfriaba, el rojo magma se concretaba en azarosos trozos de escoria. La playa con el paso del tiempo se llenó de curiosas figuras de color oscuro. El resto de las fábricas eran químicas y, entre todas, delinearon un horizonte poblado de chimeneas muy altas, así diseñadas para que sus venenosos gases aterrizaran más diluidos.
Chimenea de la fundición "Los Guindos"
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

 Con la ayuda de Antonio, al darme los nombres de la Estación del Perro y el Carril de la Chupa, localicé mentalmente La Tralla, en la que el propio Antonio se crió.

El tren a su paso por La Tralla, Málaga. Fotografía: Suburbio, conciencia social y militancia (Ediciones del Genal, 2018), de Pedro Andrés González.

 De entre los personajes que vivieron en ese lugar, Antonio nos recuerda a Doña María Terrón, quien "siguiendo el modelo ateniense", había hecho de la antepuerta de la casa de su hija una escuela.
 Muchas veces me he sorprendido a lo largo de mi vida recordando la mirada de María Terrón. A pesar de mis seis o siete años, siempre encontré algo de misterio en los ojos de aquella anciana, parca de palabras y de gesto adusto, pero había algo en ella, cuando se quitaba las gafas y miraba al mar, la ropa flameada por la brisa, que transmitía a la vez cansancio y paz interior. Creo que ella esperaba justa probidad al otro lado del viento, sabía que su justicia no la encontraría en este mundo.Con los años descubrí que María Terrón había sido directora de una escuela de la Institución Libre de Enseñanza, en tiempos de la república, y que en 1941 su marido fue fusilado por confundir los símbolos y ella apartada del magisterio. Nunca se supo más. Nunca ella quiso que más se supiera. Cuando murió, de su baúl sacaron libros que eran verdaderas joyas y de un pozo, excavado en el patio de su casa, seco y olvidado desde muchos años atrás, un arsenal de pistolas, fusiles y munición: obsoletos despojos de una guerra perdida. Su yerno una noche cargó aquella herrumbre en un bote y la arrojó al mar. Un turista de Madrid compró todos los libros al peso en el verano de 1969.
Pescadores del barrio de la Tralla, Málaga. Fotografía: Suburbio, conciencia social y militancia (Ediciones del Genal, 2018), de Pedro Andrés González. 
[...] En invierno las cosas en La Tralla eran muy distintas, el color del cielo se tornaba en gris espeso y las levantaras no era raro que durasen semanas, con olas grandes y marrones que alcanzaban las casas, rodeándolas a veces. El viento ululaba, soplando con tal fuerza que era capaz de arrancar los anuncios de chapa clavados en las paredes. Al presagio de levante duro con mar gruesa, las casas defendían sus puertas del mar sobreponiendo compuertas de madera por fuera del marco, las cuáles se sellaban con pegotes de yeso, mientras tanto, se habilitaba la puerta trasera, que daba a la vía del tren. Los inviernos en La Tralla tenían olor a salitre y a caldillo de pintarroja, y se sobrevivía del fiado en alguna de las dos tiendas del barrio. El fiado era un acuerdo tácito entre el tendero y el cliente, una promesa de pago sin más sustento que la palabra dada, que suponía aval suficiente. [...] El levante, a menudo, obligaba a que los marineros estuvieran en tierra tres o cuatro días y como este descanso se alargara, en cuanto el oleaje se amansaba un poco, empujados por la precisa hambre, de noche, se echaban a la mar, manteniendo al barrio en vilo. Al atardecer, el tenue sol abandonaba a La Tralla a su suerte, guiñándole en su huida un destello de terror. Principiaban largas noches de mariposas encendidas y trasiego de escapularios de la Virgen del Carmen.
 Describe Antonio en la página 55 un corralón perchelero que me trajo recuerdos del corralón de la calle Cerrojo en el que vivía mi abuela paterna, detrás de la Iglesia de Santo Domingo, unos corralones que podían haber quedado como vestigio de la arquitectura de una época y que fueron echados abajo en los años noventa para construir esa mole fea que constituye el edificio del Conservatorio Superior de Danza, un pegote incomprensible adherido a un templo del siglo XV.

Corralón de Calle Cerrojo, Málaga
 El 20 de febrero de 1965, Falito comenzó a trabajar con cinco hombres más y una reata de veinte burros en la extracción de arena del inmenso playazo virgen existente en el margen izquierdo del río Guadalhorce. La demanda del preciado material se disparó de tal manera que el descuaje de arena de la playa se hizo mucho más intensivo, de modo que, poco tiempo después, se incorporaron ingenios mecánicos y cintas transportadoras para dar abasto. En aquellos años Málaga entró en una espiral de desarrollo y las viviendas, hasta entonces un bien escaso, se multiplicaron como por milagro bíblico, creando colmenas humanas en una ciudad acostumbrada a las casas de una sola altura. El cielo de repente se llenó de grúas y andamiajes que no cesaban de parir cemento y ladrillos, creando colmenas verticales que cambiarían por completo el horizonte y la manera de convivir. La aclimatación de los vecinos conllevó una nueva convivencia de puertas cerradas y tabiques de cemento que acabó con la vecindad altruista y solidaria, además los nuevos pisos había que llenarlos de objetos y la publicidad trabajó a destajo para saturarlos de modernidad: fue la primera invasión de los electrodomésticos, indefectiblemente comprados a plazos, que hicieron algunas tareas más fáciles, pero que también llevaban dentro un caramelo envenenado: encerró a la gente cada vez más en su casa y a las puertas, antes abiertas, se les pusieron cerraduras dobles. Por primera vez los vecinos de toda una vida tuvieron, en no pocos casos, la consideración de ladrones en potencia. Ya había un baluarte al que proteger: por primera vez se tenía algo y había miedo a perderlo.
***
 Durante los años que duró la extracción de arena se retiraron miles de metros cúbicos, creando enormes socavones en la playa, que los levantes de invierno rellenaban en parte. Los daños que se perpetraron sobre el ecosistema que poblaba los humedales del Guadalhorce fueron irreparables con la desaparición para siempre de muchos animales. Se perdieron las colonias de nutrias, se esquilmaron las anguilas que cada noche de invierno se cogían por baldes –los pescadores las mataban con tabaco: simplemente le desliaban un par de Ideales en el cubo– y desaparecieron multitud de especies de aves. Nadie dijo nada al respecto, el pastel era demasiado goloso, se vislumbraba demasiado de todo como para pensar que la extinción de cuatro bichos podría poner freno a aquella orgía. Al tiempo comenzó a florecer el turismo en la vecina Torremolinos, cuyos huertos junto al mar se fueron sembrando sin descanso de hormigón, sometiendo a sus playas a una sobreexplotación que a la larga le darían gloria y muerte.
 También aparecen por sus páginas locales o establecimientos emblemáticos de Torremolinos: el Pedro's, bar de copas pionero en una de las esquinas de la plaza de la Costa del Sol; la Vaca Sentada, en plena Nogalera; el Top-Ten del Pasaje Pizarro; el Bossanova; el Pasaje Begoña; el Blue Note; el Harry's; el Pussycat; Le Petit Bilboquet, por donde pasaron la Bardot, la Cardinale, la Montiel y otros personajes del papel couché.

Pedro's bar, Torremolinos
 La Nacional 340 partía Torremolinos en dos, en el lado sur quedaban los barrios pesqueros y la calle San Miguel que desde la carretera se prolongaba en vertical hacia la playa. En aquel cruce se levantaba la plaza de la Costa del Sol y en una de sus esquinas estaba el Pedro's, bar de copas pionero, con amplio interior y dos filas de mesas en la terraza dispuestas como observatorios del ir y venir, era un lugar para ver y dejarse ver. Desde la esquina de la barra que daba a la plaza, Paco Corpas llevaba el control del establecimiento, siempre con un vaso y una bayeta entre las manos pendiente del detalle, mientras con la mirada y sutiles movimientos de cabeza dirigía a su cuadrilla de camareros, todos con casaquilla granate y palomita negra. Llevaba allí desde 1958 y ya era todo un referente en Torremolinos. Paco Corpas era un ilustrado de la barra, se manejaba con soltura en varios idiomas, conocía los códigos del grupo jaranero y el tempo del trago solitario, a ambos les daba el toque exacto y, más aún, sabía cuando convenía el palique o el mutis. En temas de algún compromiso siempre callaba y, si era interpelado, era maestro en desinflar el asunto con vacuas palabras rematadas con algún agudo comentario que desataba la risa de la concurrencia. Era infalible en fechas y onomásticas y capaz de dar razón con cierta solvencia sobre las cuestiones más peregrinas que pudieran plantearle.
 Y junto a ellos el Frankie's; el Madrigal, sala de fiesta de referencia de la Costa del Sol; el King's Club; el night club El Lago Rojo; el hotel Stella Polaris; El Clavo Ardiendo o el Casablanca, club de ambiente gay en la zona alta de Montemar que dirigió el escocés Peter Langley.
Langley había dirigido una sala de fiestas en la bella Agadir de finales de los cincuenta. En aquellos años, la ciudad marroquí era la meca del turismo homosexual llegado de cualquier rincón del globo, con una tolerancia desconocida en otros lugares del mundo. El 28 de febrero de 1960, la ciudad sufrió un devastador terremoto. La intolerancia encontró su momento y de inmediato difundió el suceso como una anunciada maldición bíblica: la tierra se abrió como una granada expiatoria, las deudas de la carne debieron ser incalculables, pues Agadir quedó totalmente destruida. A la vista del desastre, la comunidad gay se trasladó a Torremolinos, un pueblecito del sur de España, que les ofrecía la suficiente discreción.
 También menciona la crepería El Goloso, con sus crepes de frambuesa y azúcar, que dio nombre al pasaje que une la Plaza Costa del Sol con la Plaza de la Gamba Alegre. Recuerdo que nos gustaban mucho aquellos crepes a mí y a mis hermanos, y que después mis padres nos llevaban a pasear por la calle San Miguel, aunque el recuerdo es de otra década (los setenta).

Abierta en 1963, la crepería El Goloso daría nombre al pasaje que unía las dos plazas, Torremolinos
Fotografía: www.aqueltorremolinos.es

Calle San Miguel, años sesenta. Fotografía: www.aqueltorremolinos.es
 Un poco más abajo resistía el barrio de La Carihuela, reducto de los últimos pescadores, donde la mayoría de sus vecinos habían desertado de la dureza de la barca para reciclarse en camareros. Ya entonces eran las mujeres quienes marcaban el pulso de aquella amalgama de casas bajas, mientras respiraban con el estigma del luto encima, combinando el negro de mil formas distintas durante toda una vida. Los días se sucedían implacables, sin dejarles tiempo para tener clara conciencia de la irreversibilidad de los cambios. Confundido por el estupor del calor y sin oponer resistencia, aquel Torremolinos transmutó mansamente del blanco y negro al color y, cuando quisieron saber qué pasaba –si alguien quiso saberlo–, la veda ya estaba abierta al hedonismo. Los nativos de repente fueron invitados, como mano de obra, a la gran metamorfosis, e improvisaron lo que no pudieron aprender, bien es verdad que tampoco los pilotos de aquel cambio tenían claro a dónde querían llegar ni cómo hacerlo, todo se reducía a caminar hacia delante con un sentido único, económico para unos, voluptuoso para otros. 

*** 
 ¿Cómo pudieron conjugar una vida que se iniciaba de madrugada yendo por agua a la fuente, salpicada de rezos y partes en la radio, con aquella perenne e impía verbena? 

*** 
 El roce producido por el trasiego entre unos y otros, nativos y forasteros, iba dejando arañazos en el existir de aquellas gentes. Las heridas en muchas ocasiones tuvieron doble sentido, como el alambre de espino. A cuántos escandinavos pasados los años los asalta un recuerdo, aunque sea mínimo, de aquellas estancias en España, cuando el viento de poniente les empujaba en largos paseos con los pies desnudos por la inacabable playa. Entonces les invade la nostalgia del sueño imposible, de revivir lo que una vez conocieron en aquel país extraño, de raras costumbres, salpicado de cal y de sal marina, aquel lejano pedazo de tierra, de calles recónditas y plazuelas con latas de geranios, de estrechas calles llenas de pregones, de pozos hondos, de cuadras y aparejos, de pinos con tablillas con el nombre de sus ahorcados, de sandías abiertas como enormes corazones, de olor a pan caliente y a pescado frito.
 Antonio Jurado mezcla en su novela personajes reales (Rafael Aranda lo es) con ficticios, como Dino Galarza o el pintor Maxence Ceulemans de Villa Theo ("Aunque conocí a muchos pintores como ese que exponían en la galería de arte que había en el Pasaje Zacatín", me apunta Antonio). Y hablando de pintores, comentar que en las páginas de El árbol de la cucaña aparece la célebre anécdota del Pedo de Dalí, pintor y personaje, a partes iguales, que también pasó por Torremolinos. Y, como no, el episodio de la famosa redada en el Pasaje Begoña la noche en que la dictadura quiso acabar con el ambiente gay de Torremolinos, un hecho que tuvo eco hasta en la prensa extranjera.
 Quien no sepa lo que es una cucaña y de dónde viene el título de la novela, tendrá que esperar a la página 219.
[...] Le pareció extraño la original situación de un viejo tronco de árbol, cuyo extremo coincidía con el centro de la alberca. Giró la cabeza y Palomeque, que procesaba tras él, le explicó que había aprovechado aquel madero, que llevaba años junto a la tapia del patio, para hacer una cucaña. 
 El pintor no supo con certeza a qué se refería, entonces Palomeque le completó el relato: se unta el tronco de jabón y aceite y se coloca una banderita en la punta del mismo, los contendientes han de andar descalzos sobre el tronco hasta coger la bandera. Si resbalan, van al agua.
 Además de fisioterapeuta, Antonio es un gran amante de la música, con una colección de discos inmensa y un libro escrito sobre el tema: Historia de la música pop a través de sus canciones (Siníndice Editorial, 2017).


 Quizás por ello, la música aparece por las páginas de su primera novela a modo de banda sonora. Aquí les dejo algunas de esas canciones.

Vino Amargo (Rafael Farina)


Le falta un clavo a mi cruz (La Consentida)


Espérame en el cielo (Antonio Machín)


Capullito de alhelí (Nat King Cole)


El Pirata (Ennio Sanguino)


Sapore di sale (Filippo Carletti y su orquesta)


Sympathy (Rare Bird)


Achilipú (Dolores Vargas)


Windmills of your mind (Alison Moyet)


La Pared (Bambino)


Puro teatro (La Lupe)


Tú me acostumbraste ( Frank Domínguez)


Strangers in the night (Frank Sinatra)


You really got me (The Kinks)


Aquarius (Hair)


Good Morning Starshine (Hair)


Hallelujah (Leonard Cohen)


Blowind in the wind (Bob Dylan)


Let the sunshine in (Hair)


 Por último, quiero dejarles aquí el enlace a Librerías Proteo y Prometeo por si no encuentran el libro en su librería habitual.

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/2264551/titulo/el-arbol-de-la-cucana.html

Y cuando lo tengan pásense por calle Pinzón, 10 para que se lo dedique.

Antonio Jurado con su novela El árbol de la cucaña (Letrame Editorial)
Fotografía: Lucía Rodríguez