lunes, 19 de octubre de 2020

BE WATER MY FRIEND: LOS MÉTODOS DE ENTRENAMIENTO DE BRUCE LEE


Bruce Lee corriendo con Bobo, su gran danés
Fotografía: Bruce Lee Foundation. Los Angeles, Estados Unidos

La primera vez que Bruce Lee interpretó a Kato, en la serie televisiva El Avispón Verde, era un poco rechoncho y le sobraba un poco de grasa. «No tenía músculos definidos, pero los deseaba desesperadamente», nos recuerda Van Williams, la estrella de la serie.

Van Williams y Bruce Lee en El Avispón Verde 

Bruce quería interpretar papeles heroicos y sabía que, dada su complexión pequeña y delgada, era necesario superar físicamente a sus homólogos blancos para adquirir una musculatura que transmitiera inmediatamente una sensación de fuerza en pantalla.

 Y eso fue lo primero que empezó a trabajar con ahínco cuando obtuvo el papel de Kato. "De su poca definición en El Avispón Verde (1966) pasó a tener en El furor del dragón (1972) un cuerpo hipertrofiado que parecía esculpido en mármol". "Su increíble definición muscular fue el resultado de entrenamientos continuos y de la reducción de su grasa subcutánea prácticamente a cero".

Chuck Norris y Bruce Lee en El furor del dragón

 En Bruce Lee: Una vida* (Dojo Ediciones, octubre 2019), la biografía más completa que se ha escrito sobre esta leyenda, el estadounidense Matthew Polly dedica algunas páginas a los métodos de entrenamiento de Bruce, en los que no faltaba la carrera continua.
Cuando se trataba de entrenar, Bruce Lee estaba a la vanguardia de la revolución del fitness. Fue el primer artista marcial en entrenarse como un atleta en una época en la que los tradicionalistas pensaban que bastaba con repetir técnicas básicas. Era una opinión generalizada. En los años 60, los jugadores de fútbol americano consideraban peligroso y perjudicial levantar pesas, y muchos equipos de la liga nacional lo prohibían. Bruce comprendió, sin embargo, que la fuerza y el acondicionamiento físico eran cruciales para convertirse en el luchador total.

Bruce Lee haciendo pesas

 Después de su agotador combate contra Wong Jack Man, Bruce redobló sus esfuerzos para mejorar su resistencia. «Cuando un atleta bajo de forma está cansado, no puede actuar debidamente –decía Bruce–. No puedes lanzar puñetazos ni patadas correctamente. Ni siquiera puedes eludir a tu adversario». Del boxeo tomó prestados el salto a la comba y las carreras.

Bruce Lee saltando a la comba

Todas las mañanas corría seis u ocho kilómetros por el vecindario acompañado de su gran danés, Bobo.

Bruce Lee corriendo con Bobo, su gran danés

«Para mí, correr no es solo una forma de ejercicio –decía Bruce–. También es una forma de relajación. Es una hora que tengo para mí todas las mañanas en la que puedo estar a solas con mis pensamientos».
 Desde adolescente, Bruce había levantado pesas, pero no se lo empezó a tomar en serio hasta que se fue a vivir a Oakland. Sus alumnos James Yimm y Allen Joe eran pioneros del culturismo y le enseñaron levantamientos y ejercicios básicos, pero a Bruce le interesaba la fuerza, no el tamaño; quería ser musculoso, no voluminoso, sabiendo que, en términos de fuerza, la velocidad es más importante que la masa. «A James y a mí nos gustaba entrenar con peso –dice Allen Joe–, pero Bruce prefería pesas más pequeñas y un mayor número de repeticiones. En su garaje, Bruce instaló una máquina isométrica, un soporte y banco para pesas y fortalecedores para los antebrazos.

Bruce Lee fortaleciendo los antebrazos

 A Bruce le volvía loco entrenar y disponía de tiempo libre para hacerlo. Como señaló con envidia uno de sus alumnos de Los Ángeles, «Para Bruce, todos los días eran fin de semana, porque nunca tuvo un trabajo estable como la mayoría de nosotros». De lunes a domingo seguía la misma rutina: corría por la mañana y luego ponía a punto sus herramientas marciales con quinientos puñetazos, quinientos jabs de dedos y quinientas patadas. Por la tarde, pasaba tiempo en su biblioteca leyendo libros de filosofía y llamando a su agente o a sus colegas. A primera hora de la noche, levantaba pesas tres días a la semana.

Bruce haciendo wing chun con un maniquí de madera

Bruce Lee trabajando la flexibilidad

Bruce Lee realizando trabajo isométrico de fuerza

Bruce Lee haciendo elevaciones de piernas

Bruce trabajando la resistencia en su bicicleta estática

 Entrenaba incluso cuando no entrenaba. Mientras veía la televisión, levantaba pesas y mientras conducía daba repetidos puñetazos a un pequeño makiwara, para ansiedad de sus pasajeros. Convertía cada actividad en un juego de artes marciales. «Cuando me pongo los pantalones –decía Bruce–, entreno mi equilibrio».

Flexiones con solo dos dedos de una mano
 
Dragon Flag

 Y si Bruce Lee entrenaba duro para tener ese físico y ese dominio de las artes marciales, no quiero ni pensar lo que habrá tenido que entrenar este crío para hacer esto. ¿Os gustan los retos? Pues aquí tenéis uno.



 Y para cerrar esta entrada, os dejo una pequeña joya que se creía perdida: la entrevista a Bruce Lee en el programa de televisión The Pierre Berton Show (9-12-1971). Está subtitulada al español, y en ella se descubre (en el minuto 15'47") el origen del famoso "Be water my friend".

Bruce Lee. La entrevista "perdida"
The Pierre Berton Show, 1971

Bruce Lee: Una vida. Fotografía: Lucía Rodríguez
*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.htm


Nota para mis alumnos:

Fluid, sed flexibles y adaptaros a los cambios. Usad la mascarilla y mantened la distancia social. Y cuando tengáis ocasión, difundid el legado de Bruce Lee por el mundo.


domingo, 4 de octubre de 2020

NIEBLA EN EL MONT VENTOUX Y OTRAS HISTORIAS DE CICLISMO


Niebla en el Mont Ventoux, de Wilfried de Jong

Llevaba tres años topándome con esta portada en las librerías. Unas veces en el escaparate, otras en la estantería de la sección de deportes: de cara, mostrándonos las nalgas del autor en el pavés de la Paris-Roubaix, o dejando ver su lomo amarillo huevo, apretujado entre otros tomos. En ocasiones también lo encontré coronando una pila de libros que no eran de su género, como si el libro mismo se hubiese querido dar un garbeo con su bicicleta por la librería y ascender esas cimas de papel que a veces se forman como por generación espontánea, ese desorden ordenado para el librero en el que a menudo encuentro aquello que no buscaba.

 Emocionado por el inesperado desenlace del Tour de Francia de este año, por la gesta de ese chaval esloveno de 21 años que responde al nombre de Tadej Pogacar y de su compatriota Primoz Roglic, todo un señor en la derrota, decidí hacerme con el libro.

 Su autor es el holandés Wilfried de Jong (Rotterdam, 1957), escritor, actor, productor de televisión y ferviente fanático del ciclismo.

Wilfried de Jong
Fotografía: Stephan Vanfleteren

 Niebla en el Mont Ventoux y otras historias de ciclismo (Lince Ediciones, 2017) reúne sus 23 mejores relatos, extraídos de cuatro de sus obras, entre ellas las aclamadas Kop in de wind y Solo. Es la primera vez que se traducen sus relatos al español (excelente trabajo el de Mara Arguilé Bernal), y, tras leerlos, no puedo dejar de preguntarse por qué no ocurrió antes. Sin duda, este es el mejor libro sobre ciclismo que he leído.

 La extensión de sus relatos es tan variada como las etapas de una carrera. Los hay de 3 y 4 páginas, explosiones fulgurantes como un sprint; relatos medios y precisos de 5, 6, 7, 8 y 13 páginas, como una cronometrada; y otros de largo aliento que se extienden a través de 16, 17, 18, 20 o 24 páginas, y que nos mantienen con la tensión de una escapada o de los esperados hachazos que se dan en la montaña.

 En el relato que abre y da título al libro, el autor se regala por su cincuenta cumpleaños una ascensión al Mont Ventoux. Lo acompañan, desde un coche de apoyo, dos amigos y su hijo de diez años, Sonny, que va asomándose por la ventanilla para grabar la subida con una pequeña videocámara.

Mocos. Tenía que librarme de los mocos. La mano derecha me sirvió de pañuelo. Me soné. Fuerte. Volvía a tener los orificios despejados, los ojos me escocían por culpa del aire fresco de septiembre. Me sacudí los mocos que se me habían pegado a los dedos y miré con el rabillo del ojo. El valle ya quedaba muy abajo. Había subido los primeros cinco kilómetros del Mont Ventoux. Llevaba unos quince minutos pedaleando.
 Tomé un trago del bidón delantero. El sabor dulzón de la bebida isotónica se me quedó pegado en la garganta. A mi lado iba el coche de alquiler, en cuyo asiento trasero estaba Sonny, mi hijo. Tenía diez años. Había abierto la ventanilla y sacaba medio cuerpo fuera.

 Es el reto de un cincuentón –"una pobre alma que necesitaba demostrar a toda costa que seguía siendo lo bastante fuerte para acometer el ascenso. Que quería que su hijo viera que tenía un padre fuerte como una roca, no como otros padres que se apoltronaban delante del televisor con sus grandes barrigas"–, una apuesta consigo mismo, una fiesta particular sobre la que rondará la tragedia.

Cartel publicitario del Mont Ventoux

 Y mientras el holandés sube, con el maillot rojo bombero del Acqua e sapone, va sacando algunos nombres a la palestra: el del belga Lucien Van Impe, ganador del Tour de 1976, que en la década de los setenta conquistó en seis ocasiones la clasificación de la montaña en la ronda gala; el del británico Tommy Simpson, muerto poco antes de llegar a esta cima en 1967; el del holandés Robert Gesink del Rabobank y el australiano Cadel Evans, que se batieron en duelo en aquellas rampas durante la París-Niza en 2008; los de Marco Pantani y Lance Armstrong en aquel otro pulso de infarto en el año 2000; y por último, el del estadounidense Floyd Landis, escrito sobre el asfalto.

 En el segundo relato, Cicloporno, Wilfried de Jong nos narra la vez que visitó a Bahamontes en su tienda de bicicletas en Toledo.

Tienda de bicicletas de Bahamontes en Toledo
Fotografía: Blog Guadamur, ayer y hoy

Federico Martín Bahamontes había cerrado el negocio. La tienda de bicicletas situada en el centro histórico de Toledo ya no existía. Después de casi cincuenta años, el ganador español del Tour de Francia de 1959 lo había dejado. Ahora el local tiene un nuevo dueño: un comerciante chino que vende un poco de todo.
 La noticia me la dio un amigo, corresponsal en España, que en 2003 me hizo de intérprete durante el rodaje de un documental sobre Baha. Me apena que la tienda esté cerrada. Los cambios son buenos, pero algunos lugares deberían seguir existiendo siempre.
 Bahamontes tiene el mejor apodo que se le haya podido dar jamás a un ciclista: el águila de Toledo. La vez que fui a visitarlo, tenía un aspecto magnífico para sus setenta y cuatro años. Esbelto. Acicalado, casi perfumado. Con una abundante cabellera blanca. Gafas de montura dorada sobre su gran nariz.

 Al terminar de leer este relato, me acordé de la tienda de deportes que montó el keniata Kipchoge Keino en Eldoret. Y me pregunté si aún permanecería abierta. Kip Keino se colgó un oro en los 1.500 metros y una plata en los 5.000 metros en los Juegos Olímpicos de México en 1968, y pensé que estaría bien tener tiempo para escribir relatos así, pero ambientados en el mundo del atletismo. Tal vez algún día.

 El tercer relato, Una vueltecita con Jan Janssen, cuenta una quedada del autor con el sexagenario campeón holandés Jan Janssen, ganador de la Vuelta a España en 1967 y del Tour de Francia en 1968, cuando se enfundó el maillot amarillo al terminar la carrera.

Jan Janssen Classic website

Según Janssen, íbamos por la mitad de la vuelta. La idea era llegar hasta el parque de Kalmthoutse Heide. Era una tarde calurosa, más incluso que lo había sido la mañana. Mi bidón estaba medio vacío. Aún no había visto beber a Jan. Llevaba un bidón blanco transparente y lo tenía lleno hasta arriba.
 Subimos por el brezal.
 –Dos mil doscientas veinticinco hectáreas de arena. Una vista magnífica –dijo Jan.
 Volví a dar un trago. Jan no.
 –Jan, es solo cosa mía o qué, veo que no bebes nada.
 –Así es –repuso, sin jadear. No se apreciaba en él el menor síntoma de cansancio–. Ni una gota aún. Antes solo teníamos un bidón. Si se terminaba, había que abandonar. Meterse en alguna acequia o ir a buscar agua en alguna fuente. Ya entonces era muy frugal con el agua y sigo siéndolo. ¿Sabes cuál era mi arma secreta? Ojo, puede haber arena detrás de la curva y te vas de cabeza al suelo… Cuando hacía demasiado calor en el Tour, me metía siempre un hueso de ciruela en la boca. Así seguía fabricando saliva y no se me quedaba la boca seca. Pero hoy en día, bah, ahora te pasa una moto por el lado con un bar lleno de bidones detrás, puedes beber tanto como quieras. Ellos me verán como a un viejo idiota, y es lo que soy, te acabas convirtiendo en eso sin querer, pero el ciclismo ha perdido parte de su épica. Ahora cuidan estupendamente a los ciclistas durante la carrera. Y todos llevan un casco y unas grandes gafas de sol con las que no los reconozco.

 Los centímetros de Merckx nos lleva a 1976. Estamos en la víspera de la París-Roubaix, la clásica de las clásicas con sus tramos adoquinados, en el momento en el que el mecánico del equipo Molteni prepara la bicicleta de su corredor estrella: Eddy Merckx.

Dentro de poco, Eddy deberá internarse en el infierno del norte. Todo el mundo espera que gane. Como siempre. Pero para que eso ocurra el sillín debe estar perfecto. El mecánico toma una cinta métrica extensible con la que comprueba la altura y la posición del sillín.
 Merckx se sienta en el banco que hay detrás de su bicicleta. Mira fijamente el sillín. Ojos oscuros de carpintero. 

Eddy Merckx y sus mecánicos comprobando la altura y la posición del sillín 

 En Espíritu Santo aparecen los nombres del australiano Cadel Evans y del español  Carlos Sastre.

Miro con incredulidad la bicicleta de Cadel Evans. Durante la etapa decisiva del Tour de Francia, una contrarreloj, el corredor australiano llevaba una máquina valorada en casi un millón de euros. No se notaba. Seguía siendo una bicicleta: un cuadro, un manillar con frenos, un cambio de marchas, dos ruedas y un bidón. 

 [...] Sastre vio recompensada su valentía cuando lanzó la ofensiva en el Alpe d'Huez. No tengo ni idea de cuánto costaba su bicicleta, pero iba como un rey sobre su caballo. La palabra mágica era agilidad. El perineo bien pegado a la parte posterior del sillín durante casi toda la etapa, como debe ser.
 [...] Cuando al final de la etapa Sastre cruzó la línea de meta, se persignó con exasperante lentitud. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

 Quizás porque todo fluye y nada permanece, que decía Heráclito de Éfeso, ahí están los dos siguientes relatos, El desván de Bartali y Babbo Bartali, dedicados a la muerte de Il Ginettaccio. El primer relato narra la visita que el autor le hizo en su casa de Ponte a Ema, cerca de Florencia, para entrevistarlo casi tres años antes de su muerte, y el segundo cuenta una segunda visita que realizó diez años después de aquella entrevista. Entonces lo recibió el hijo del campeón.

La mano apergaminada de Gino Bartali se desliza sobre los viejos tubulares. La capa de caucho está completamente desgastada. En los neumáticos desinflados hay, aquí y allá, piedrecitas incrustadas. Piedrecitas de alguna célebre carrera, quizá grava de un descenso en medio de la niebla por un puerto de montaña del Tour de Francia. O guijas de un camino rural de la Toscana, que se llevó sin querer durante una de sus últimas salidas de entrenamiento por los alrededores.

Luigi Bartali, hijo de Gino Bartali

Su hijo saca un álbum de fotos de un archivador. En las hojas de plástico hay toda clase de fotos familiares. Me señala dos: padre e hijo, los dos jóvenes, en el ejército. Gino Bartali mira sonriente a la cámara. Lleva la boina ladeada y unos pantalones bombachos. Vestidos de militar, padre e hijo, son idénticos.

 Corbata siciliana hace referencia a una técnica empleada por la mafia para estrangular a sus enemigos, a la cortísima etapa prólogo del Giro de Italia de 2005 y al maillot rosa homoerótico que se puso el sprinter y campeón del mundo Mario Cipollini para correr en Reggio di Calabria.

Mario Cipollini con uno de sus excéntricos maillots 

Los italianos ricos siempre muestran desprecio por todo lo que esté  más abajo de Roma. Más allá de la capital empieza un nuevo continente. Lo llaman África y lo consideran pobre, atrasado y peligroso. El hecho de que el Giro de Italia de 2005 empezase en la puntita de la bota de la península debió de verse como algo meramente simbólico.

 El relato Estúpido, estúpido, estúpido habla del dopaje de Marc Lotz con EPO, y proyecta una sombra de dopaje, por la misma sustancia, sobre Danilo di Luca y el grueso del pelotón en el Giro de Italia de 2007. Tras ese Giro, Di Luca fue cazado varias veces, hasta que en 2013 se le suspendió de por vida por reincidente.

Marc Lotz, eso no estuvo nada bien

Danilo di Luca, nada por lo que brindar

 A Pinchazo, que versa sobre ese molesto incidente que, más tarde o temprano, sufrimos todos los ciclistas, le sigue Bulgaria. En este relato, Wilfried de Jong nos retrotrae al Campeonato Mundial de Ciclismo de 2005 en Madrid, y se fija en el búlgaro Krasimir Vasilev, que anima la prueba en sus primeros compases.

Krasimir Vasilev ciclista búlgaro

 En Mona Lisa leemos acerca del encuentro del autor con una misteriosa mujer camino del L'Homme Mort.

El soldado sostenía una carabina en las manos. Miraba a lo lejos, más allá de mí, hacia las cumbres de las montañas. La punta de la bayoneta avanzaba al frente, lista para hundirse en el pecho de un alemán. Abrirse paso hasta oír el crujido de las costillas.
 Mort pour la patrie.
 Pedaleaba despacio y por eso pude observar detenidamente la estatua de piedra. ¿Cuántos monumentos de guerra debía de haber en francia? Por todas partes se veían estatuas de jóvenes, rostros duros bajo el casco. Jamás el miedo en la mirada...

 El título del relato número trece lo dice todo: Fausto ha muerto.

La muerte de Coppi en la Gazzetta dello Sport

Fausto yacía muerto en su ataúd. Tenía los ojos cerrados, los labios convertidos en finas líneas. La energía había desaparecido de su enjuto rostro. Solo la nariz daba la impresión de poder inspirar en cualquier momento el aire invernal del Piamonte.
 El 4 de enero de 1960, 20.000 tifosis envueltos en sus abrigos estaban preparados en las laderas que rodeaban el pueblo de Castellania. Querían atisbar el ataúd en el que se encontraba su difunto campionissimo. El cielo se mostraba gris. El sol no quería salir.
 ¿Cómo había podido el alma abandonar el cuerpo supuestamente tan fuerte de Fausto Coppi a sus cuarenta años?

 En Cuarenta y ocho pulsaciones acompañamos a Wilfried de Jong al médico de cabecera para que le tome la tensión en un chequeo preventivo pues, a ciertas edades, una tensión demasiado alta es un asesino silencioso.

Mi médico de cabecera me puso una banda negra alrededor del brazo. Encajó los auriculares del estetoscopio en los oídos y aplicó la membrana contra una vena hinchada.
 –Permanezca relajado –me dijo el médico mientras inflaba con una perilla de goma el brazalete que me comprimía el brazo.
 [...] A los ciclistas les gusta alardear de sus pulsaciones en reposo. El quíntuple vencedor del Tour, Miguel Indurain, tenía una frecuencia cardíaca de 28 latidos por minuto en reposo. Fuertes retumbos. La cama del ciclista español se sacudía cada vez que el corazón bombeaba sangre.
Miguel Induain

 Montalto trata de la visita del autor al cementerio de dicha localidad para cumplir con el encargo de su profesor de italiano. Allí conocerá a una italiana con la que descubrirá la trágica historia que los une.

La torre de la iglesia del pueblo quedaba oculta a la vista por unos cipreses que decoraban la colina como altas plumas verdes.
 Estuve estudiando en el hotel la ruta en un mapa en el que había unas minúsculas flechitas dibujadas. Una sola flechita significaba que el tramo era empinado; dos, que era más empinado aún; y si veías tres flechitas sabías que el desnivel podía alcanzar hasta el 20 por ciento.
 Inicié el descenso con las manos en el manillar. Durante los primeros kilómetros, la pendiente era constante y pronto cogí el ritmo.
 Mi objetivo era llegar al cementerio situado junto a la iglesia del pueblo. Ahí estaba enterrado un familiar de Enzo Scorpio, el joven profesor que me daba clases de italiano en Róterdam.

 Plumas negras versa sobre el atropello de una focha y, a decir verdad, es el único relato que no me ha gustado. Si realmente es autobiográfico, qué le habría costado llevarla a un veterinario. Y si no lo es, qué falta hacía tanta crueldad.

Fochas. Reconocí su torpe aleteo desde lejos. Dos fochas comunes. Señor y señora, probablemente. Cruzaban con garbo el carril bici. El asfalto solo tenía tres metros de ancho, los coches no podían circular por ahí. Las aves acuáticas tenían todo el tiempo del mundo.

 En Stickers el autor nos narra su paseo por Nueva York montado en una horrenda bicicleta híbrida de mujer. En su recorrido se cruzará con un chico que lleva las manos en el teclado de su móvil, y que me recordó a una foto que había visto hacía pocos días en internet.

 Luego, De Jong se topará con Trouble, un rasta con una bicicleta rosa cubierta de stickers que, como su nombre indica, le dará ciertos problemas.

 El relato dieciocho se titula Calambre, y en él se pica con un chaval de 15 años.

Cuando llevaba recorridos cinco kilómetros, divisé a la primera persona que venía en dirección contraria. Un hombre que se movía rígidamente con unos palos. Nordic walking. ¿Qué idiota habría llevado a Holanda aquel pasatiempo para mayores?
 El hombre parecía temer que fuésemos a chocar. Sacudió la cabeza.
  –¡Eh, eh! –exclamó cuando pasé por su lado a toda pastilla.
  –¡Carril bici! –le grité yo a mi vez.
 […] A mi lado, apareció una sombra en el camino. Reconocí la forma de un casco. No mires. ¿Cuánto tiempo llevaba ese ciclista detrás de  mí? Seguí bien agachado y mantuve la velocidad alta. ¿Cuándo iba a pasarme? ¿O acaso esperaba una señal para tomar el relevo? Un auténtico ciclista movería el codo hacia fuera una vez. Los gregarios eran buenos en eso, sobre todo si llevaban mucho rato rodando en cabeza delante del líder de su equipo.
 […] –Chuparruedas. ¡Cuánto odio a esos tipos!
 No, ahí venía. Por el rabillo del ojo, vi una rueda delantera que aparecía a mi izquierda, primero la sombra, luego la rueda. Mi perseguidor iba a tomar el relevo.
 […] Un chico me pasó de largo a bastante velocidad. Tuve que emplearme a fondo para que no me dejara atrás de inmediato. Tras algunas pedaladas fuertes, conseguí pegarme a su rueda trasera.

 Le sigue Solo, sobre la bendición de pedalear en solitario y las malas pulgas de un motorista y su hijo a los que se pega Wilfried buscando el efecto rebufo.

 El relato número veinte es Jim Shine Fine. Es el único que no está protagonizado por el autor, sino por un gregario que ha quedado descolgado del pelotón en plena tormenta durante el Tour de las Ardenas, y quizás por ello desentona un poco dentro del conjunto.

 Tras leer Curva, con su triste final, no nos quedarán dudas sobre cómo hay que tomarlas bien y los riesgos a los que nos exponemos en caso de no hacerlo.

Un avezado corredor profesional me explicó una vez cómo había que tomar bien una curva. Nunca mires justo delante de ti, ese era el lema. En su opinión, se veían mucho mejor las irregularidades del pavimento a una distancia mayor. Si no advertías el socavón hasta que lo tenías a pocos metros de tu rueda delantera es que no lo habías hecho bien. Deberías haberlo detectado mucho antes.

 El título del penúltimo relato, Addio, Marco, también es muy representativo de lo que nos vamos a encontrar en él: el funeral en su ciudad natal, Cesenatico, de uno de los mejores escaladores del pelotón: Marco Pantani.

Funeral Marco Pantini (REUTERS)

No hay ningún mausoleo aislado para Pantani. El nicho número 262 está vacío; el 262 se convertirá en su último dorsal. Así es el sobrio final para el héroe del ciclismo. Yacerá a tres metros de altura, justo encima de Sotero Pantani, su abuelo, fallecido en 1992.
 [...] El camarero pone otro canal italiano. Están dando la reposición de un partido de fútbol amistoso entre italianos y checos. Después empieza un popular programa con un panel de invitados. El presentador lleva el pelo teñido. Formula la pregunta del día: ¿quién mató a Pantani?, ¿la prensa sensacionalista?, ¿la justicia buscando una confesión de consumo de sustancias dopantes?, ¿sus asistentes médicos o el traficante de cocaína de Rímini?
 [...] Pago y entro en mi coche de alquiler. Antes de ir al hotel, doy un rodeo hasta el cementerio. La Via Mazzini está oscura y vacía. Ilumino la puerta con los faros. La verja está cerrada. Nada recuerda ya el masivo funeral. Ni agentes, ni admiradores, ni flores, ni pósteres, ni velas. No hay guardia nocturna para Marco Pantani. Vuelve a estar solo, del mismo modo en que terminó su vida solo en una habitación de hotel de la costa, en Rímini, a poca distancia de allí.

 Cierra el volumen Desnudo con rueda, la historia que hay detrás del posado de la portada.

Haveluy, así se llamaba aquel tramo de pavés, un estrecho camino de antiquísimas piedras irregulares, selladas con arenilla, limo y malas hierbas. Era noviembre. No había ninguna razón para estar en Haveluy en otoño. Quizá no haya razones para estar allí en todo el año. Con la excepción del segundo domingo de abril, el día que se celebra la clásica de ciclismo París-Roubaix. Entonces el arcén está lleno de aficionados que quieren ver con sus propios ojos cómo avanza el pelotón por los adoquines.

 Al final de una de sus historias, Wilfried de Jong le da las gracias al Espíritu Santo por las tres semanas llenas de falso romanticismo, engaño, agotamiento, lucha y entrega que constituyen el Tour; así que yo cerraré la reseña de la misma manera, dándole las gracias a Wilfried de Jong por todas estas horas de lecturas llenas de eso mismo. Ciclismo en estado puro.


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domingo, 20 de septiembre de 2020

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (II)


Welcome To Fabulous Las Vegas

Normalmente todos los años recibo a los alumnos con un «Bienvenidos» y una actividad de dinámica de grupo, pero este año me parece que voy a cambiar el «Benvenuti a la mia casa» por un «Welcome to Fabulous Las Vegas», porque teniendo en Ed. Física los dos cursos de 1º ESO a casi 30 alumnos, sin posibilidad de desdobles en mi asignatura, y con el virus desbocado, no me dirán que no es jugártela a la ruleta rusa.

Welcome To Fabulous Las Vegas
Brandon Flowers

Brandon Flowers jugando a las tragaperras en Las Vegas

 Bastaría con que nos hubiesen concedido un curso más de 1º ESO para bajar la ratio a 20 alumnos por clase. Pero esto es lo que hay. Y si quieren ver otro ejemplo de la importancia de la educación en España, no tienen más que pinchar en el siguiente enlace:

martes, 15 de septiembre de 2020

ALGO POR LO QUE BRINDAR


Un brindis por la publicación del artículo del Dr. José Ramón Alvero
Fotografía: Lucía Rodríguez

En este tiempo extraño cada vez cuesta más encontrar un motivo por el que brindar, así que he aprovechado la publicación del artículo del amigo José Ramón Alvero en la prestigiosa Human Kinetics para descorchar una botella de buen vino y alzar mi copa.


 Doctor en Medicina y en Ciencias del Deporte, José Ramón Alvero ha realizado un interesantísimo estudio de la predicción de tiempo en media maratón, sobre el que ya les hablé hace tiempo en este mismo blog (¿Podemos predecir el tiempo de carrera en la media maratón?*)  con motivo de la presentación del estudio en las tertulias Uciencia de la Universidad de Málaga. En aquel momento me pidió que no profundizara en el tema hasta que la investigación fuese publicada en alguna revista de prestigio, cosa que ha ocurrido recientemente. Es por eso que les anoto aquí el resumen del estudio en castellano y el enlace al artículo completo en inglés. Y de paso le doy mi enhorabuena a José Ramón.

Human Kinetics
International Journal of Sports Physiology anda Performance, 2020, 15, 690-695


A Simple Equation to Estimate Half-Marathon Race Time From the Cooper Test


José R. Alvero-Cruz, Robert A. Standley, Manuel Avelino Giráldez-García, and Elvis A. Carnero


Antecedentes: Las carreras de media maratón se han vuelto cada vez más populares entre muchos atletas recreativos de todo el mundo. Es probable que los corredores noveles y populares tengan la mayor necesidad de consejos de entrenamiento para establecer los ritmos de carrera durante las carreras de larga distancia.

Propósito: Desarrollar una ecuación simple para estimar el tiempo de media maratón a partir de la prueba de Cooper y verificar su validez.

Métodos: Ciento noventa y ocho corredores recreativos (177 hombres y 21 mujeres, 40 [6.8] años y 33,7 [8], respectivamente) participaron en este estudio. Todos los corredores completaron la prueba de Cooper de 7 a 10 días antes de las carreras. Se realizó un análisis de regresión múltiple escalonada para seleccionar los principales predicadores del tiempo de media maratón.

Resultados: El análisis de correlación simple mostró que el rendimiento de la prueba de Cooper (distancia) era una buena construcción para estimar el tiempo de media maratón (r = –.906; intervalo de confianza del 95%, de –0.927 a –0.877; P < .0001). Los autores también derivaron una ecuación con una alta validez predictiva (R2 = .82; error estándar de estimación a 5,19 min) y bajo sesgo sistemático (diferencias medias entre el valor predicho y el criterio de 0.48 [5.2] min). Por último, el coeficiente de concordancia de la correlación (.9038) y el análisis de sesgo proporcional (Kendall τ = –.0799; intervalo de confianza del 95% de –0.184 a 0.00453; P = .09) confirmó una buena validez simultánea.

Conclusión: En este estudio, los autores derivaron una ecuación de los datos de la prueba de Cooper con una alta validez predictiva y simultánea y bajo sesgo.

Palabras clave: rendimiento de ejecución, validación de PRESS, predicción de ritmo, coeficiente de correlación de concordancia.

 Pueden leer o descargarse el artículo completo en:

https://www.researchgate.net/publication/337040818_Cooper_Test_Provides_Better_Half-Marathon_Performance_Prediction_in_Recreational_Runners_Than_Laboratory_Tests

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2018/02/podemos-predecir-el-tiempo-de-carrera.html

martes, 1 de septiembre de 2020

SE NECESITAN HÉROES


Se necesitan héroes (La Caja Books). Fotografía: Lucía Rodríguez

"Los héroes son los representantes del anhelo del hombre por superar los opresivos límites de la fragilidad humana y disfrutar, así, de una existencia más completa y más intensa que el resto de los seres humanos".
Cecil Maurice Bowra

El título de este libro hace referencia al anuncio con el que en 1903 el periódico L'Auto reclutaba participantes para la nueva ronda gala, un anuncio que me recuerda al que puso Shackleton para otra empresa no menos descabellada.

Anuncio prensa para la expedición de Shackleton

 Si el explorador antártico buscaba hombres para un viaje peligroso, a los que no se les aseguraba el retorno con vida, el Tour de Francia buscaba hombres que pudiesen cubrir pedaleando distancias que sobrepasaban la capacidad humana, recorriendo durante diecinueve días todo el territorio francés por carreteras maltrechas, con bicicletas robustas y faltas de tecnología, sin ningún tipo de avituallamiento ni asistencia y bajo las inclemencias meteorológicas del mes de julio. Como los hombres de Shackleton, aquellos "condenados de la carretera" solo tendrían honor y reconocimiento en caso de éxito.

Primera salida del Tour de Francia (1903)

 Se necesitan héroes (La Caja Books, 2018) está compuesto de dos partes bien diferenciadas: La estética del dolor, un singular ensayo sobre el mundo del ciclismo, a cargo de la brasileña Priscila Lessa (Curitiba, 1971), y Tourmalet, una original obra de teatro escrita por el valenciano Miguel Ferrando Roche (Alcoy, 1985) en la que el protagonismo recae en una de las cimas más legendarias del ciclismo y en tres de sus grandes figuras: Raymond Poulidor, Luis Ocaña y Gino Bartali.
 Y todo ello viene precedido de un prólogo de Guillermo Ortiz, un texto muy interesante que nos apunta las vías por las que va a discurrir la lectura y que se inicia con una distinción entre el triunfador y el héroe. Si el primero sólo concibe la victoria, el segundo requiere de la empatía de los espectadores, "de aprecio por la empresa más allá de sus resultados. Algo parecido a un «acabe como acabe, yo me sentiría orgulloso de haber hecho eso»".
Hay en el héroe, ya desde los tiempos griegos, un necesario componente trágico. No es solo una cuestión de épica. Épica, por ejemplo, es Chiappucci atacando a Indurain rumbo a Sestrières en el Tour de 1992 a casi ciento cincuenta kilómetros de meta. Épica, por ejemplo, es el Liverpool remontando tres goles al todopoderoso Milán en una final de Champions League. El heroísmo es otra cosa. El heroísmo, a menudo, es quedarse corto. Llegar tarde. Pecar de exceso o de defecto. Como, insisto, el heroísmo tiene poco que ver con la meta y mucho con el camino, es razonable que el ciclismo sea el escenario perfecto para la mistificación de sus ídolos.
 […] El heroísmo es tragedia pero también es belleza y fascinación en un sentido casi kantiano. El heroísmo está en el balanceo perfecto de la bicicleta en un puerto de montaña, en el riesgo desmedido descendiendo a noventa kilómetros por hora o en la posición perfecta del rodador sobre la bicicleta. Gianni Bugno vestido de rojo, amarillo y verde desafiando impertérrito a todo el pelotón en alguna carretera de julio. En el heroísmo hay también arrogancia, voluntad de superarse a uno mismo. Un punto de hibris, por seguir con la analogía griega.
 La hibris es un concepto griego que puede traducirse como desmesura. No referida a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres, algo que entronca con la definición de héroes de Cecil Maurice Bowra con la que abría esta reseña.
Hay algo en el esfuerzo y el atrevimiento del ciclista que nos sobrecoge como no sucede con ningún otro deportista. Algo demasiado humano. De entrada, es el único deporte que yo conozca en el que durante décadas se ha premiado en las más importantes carreras al último clasificado. Su mérito no es acabar la empresa ni mucho menos acabarla con éxito, sino atreverse a acometerla, como Ícaro, como Dédalo, incluso, como Hércules en sus doce trabajos, que sí, los completó, pero si hubiera vuelto a casa derrotado –como derrotado fueron Sísifo o Prometeo–, en nada habría cambiado la trascendencia de su hazaña.
 En lo que sí discrepo con Guillermo Ortiz, es en su apreciación de que "héroe es incluso el tramposo". Para mí, y para el común de los mortales, no hay nada heroico en hacer trampas, y ni Tom Simpson, puesto de anfetaminas pedaleando en las rampas del Mont Ventoux hasta perder la vida, ni Lance Armstrong y sus siete Tours, por poner dos ejemplos separados en el tiempo, pueden ser considerados héroes. Y esto es algo que también le digo al grupo musical Parquesvr, que han compuesto un tema brutal, Lance Armstrong, con un ritmo y un texto duro y teatral que se te mete en la cabeza y que hila muy bien con la épica, el triunfo, la pasión, el desengaño y el heroísmo del que estamos hablando.


«¡PELOTÓN, PELOTÓN, PELOTÓN, TON TON TON TON TON TON, PELOTÓN!»
 Tarareo el estribillo del grupo madrileño, incluso soy capaz de moverme compulsivamente a su ritmo y de lamentar que no sea la canción de la Vuelta a España 2020, pero aún así no puedo compartir ese amor por el texano, redimir al tramposo que me estafó tantas tardes frente al televisor. No, no lo volveré a querer.
«¡Porque tú antes lo querías, lo venerabas. Tú disfrutabas cada Vuelta, cada Tour, cada Giro, cada Clásica, pelotón! ¡Y ahora le has dado la espalda! ¡Lo llamas tramposo, mentiroso, dopado, dopado pelotón! Y el llora. Lance llora. Pero habrá un día. Habrá un día que nuestro líder renazca de las cenizas, pelotón. ¡Y tú, lo volverás a querer. Lo volverás a amar!».
 Lo único malo de tener héroes es que, algunas veces, tenemos que verlos de caer. Junto a algunos de esos héroes caídos nos pone a pedalear de inicio Priscila Lessa en la introducción a su ensayo La estética del dolor. La brasileña abre plano y nos mete de lleno en la etapa del Mont Ventoux del Tour de Francia del 2000. Al inicio de la ascensión, Marco Pantani, el Pirata, pedalea tratando de acortar los escasos metros que lo separan del grupo de cabeza, en el que se encuentran Jan Ullrich, vencedor del Tour de 1997, y el antes mencionado Lance Armstrong, vestido de amarillo y en busca de su segundo Tour. Notamos cómo nos suben las pulsaciones.
Marco Pantani los persigue a pocos segundos de distancia. Los corredores avanzan entre dos orillas de aficionados, en fila india por la carretera. Palmas, gritos e invasiones a la carretera dificultan el paso de los ciclistas al tiempo que intentan insuflarles fuerza para que se mantengan firmes, para que sigan adelante. Los nombres de los corredores lucen pintados sobre el asfalto con mensajes de ánimo.
 En su caza al grupo de cabeza, Marco Pantani reafirma su estilo único de pedaleo. Pequeñito, con sus 1.72 metros y 57 kilos, es grácil en sus movimientos, se sienta y se levanta de la bici como si estuviera jugando con un yoyó. La bicicleta se desliza debajo de él, como si formaran un solo cuerpo. Pero su mirada se mantiene fija adelante, firme, suficiente. El italiano avanza y recupera el atraso. Poco a poco la montaña va cambiando su paisaje, mudando de piel. Las carreteras arboladas del principio desaparecen y alumbran un paisaje seco y sin color, como una enorme montaña de tierra. Este es el encanto del Ventoux: su aspecto desolador e inhóspito. Conquistarlo resulta especial debido también a semejante escenario pintoresco.
 El momento en que el italiano contacta con el pelotón de cabeza, con la selección natural de los mejores, se vuelve mágico gracias a la emoción que desprende el locutor de la televisión italiana Rai Sport 2. «Parte il Pirata!», anuncia el locutor. […] Los comentarios del narrador transforman el evento deportivo en una secuencia literaria.
 El Pirata ataca para protagonizar con Lance uno de los duelos más emocionantes en las montañas del Tour. Una muchedumbre eufórica, sentada sobre la montaña y sus aledaños, grita y presencia lo más bello del ciclismo profesional: un enfrentamiento entre los mejores, un mano a mano en la cumbre. Apenas sus cuerpos, sus bicicletas, su sufrimiento y la montaña.
 […] Tal y como puede verse en el vídeo de la etapa del Mont Ventoux del 2000, el duelo empieza al más puro estilo del Pirata. Una secuencia de ataques al pelotón. Intentos de fuga para castigar y fatigar a los rivales y conseguir así que vayan quedándose atrás uno detrás de otro. Pantani es el especialista en esas ráfagas de ataque. Sin embargo, Lance está atento y tiene otra arma exclusiva. Su explosión final, a poquísimos kilómetros de meta en una etapa de montaña, es considerada letal, un rasgo que estremece al resto de los corredores. Es muy difícil neutralizarlo en los momentos finales de una etapa acabada en alto.
 «È incredibile Pantani», exclama el comentarista italiano en el instante en el que intenta escapar definitivamente del grupo para lanzarse hacia una victoria en solitario. El colombiano Santiago Botero lo sigue, pero enseguida se percata de que no puede ganar. Su cuerpo ya está fatigado, la postura firme ha quedado atrás. Cuando un ciclista balancea su cuerpo sobre la bicicleta, está buscando fuerzas donde no las hay. La técnica desaparece, el cuerpo se desvanece perdiendo la firmeza implacable que necesita un corredor para ganar una etapa como la del Mont Ventoux.
 Cuando Lance decide saltar del grupo y recuperar el tiempo perdido, demuestra que su especialidad es explotar sin piedad en la cima de la montaña. «Come un misile», afirma el narrador. Esprintando por el Ventoux, según escribiría luego Hamilton.
 El norteamericano se une al italiano. Y lo que en ese momento se despliega es un espectáculo de una incomparable belleza deportiva. Dos de los mejores ciclistas de su época se disputan cada milímetro de carretera en busca de la victoria, rueda a rueda, paso a paso. Parece una danza ensayada: los cuerpos en sus bicicletas al mismo ritmo, un duelo de héroes sobrehumanos, un fenómeno que «paraliza los ojos», por usar las palabras de Gumbrecht. Dos cuerpos luchando incansablemente, hasta el límite de sus fuerzas físicas y emocionales, para vencer una montaña, para vencer al otro, para vencerse, sobre todo, a ellos mismo. Un fenómeno deportivo que desafía la razón, que ejerce sobre los amantes del ciclismo –sean espectadores, comentaristas o corredores– una fascinación profunda, una excitación por el deporte.

 Y tras eso, y sin salirnos de la ronda gala, viene un interesante análisis del ciclismo como experiencia estética: las bicicletas y las carreras en el contexto de la modernidad; la creación del Tour y su contribución a la formación de la identidad nacional francesa en el periodo que va de la guerra franco-prusiana a la Primera Guerra Mundial; el espíritu festivo de la prueba; la belleza de los ciclistas; la estética de la competición y del espectáculo; la estética del dolor o la fascinación ante el sufrimiento de los atletas.

 Algunos textos te llevan a Googlear y a encontrarte con maravillas como éstas:
En el calor del verano francés es posible prestar ayuda a los ciclistas, dejando así una huella anónima en el Tour. En esas entrañables imágenes de 1962, los vecinos aguardan al pelotón con agua fresca en cubos o con las mangueras abiertas para que los corredores puedan, por un instante, aliviarse del calor. Muchos ciclistas dejan sus bicicleta sobre el asfalto o las apoyan en las paredes y corren hacia las ventas repartidas por el camino, donde en un santiamén pueden comprar helados o incluso bebidas alcohólicas, como cerveza o champán, que guardan con esmero en los bolsillos traseros de sus maillots para consumirlos o compartirlos con los compañeros en los kilómetros que aún restan hasta la línea de meta. Tan pronto pasa por las calles del pueblo, empelotan del Tour enfila de nuevo la carretera y continúa la ruta al encuentro de otras poblaciones francesas inscritas en el itinerario.
 
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Más agresivos o más lentos, más delgados o musculosos, para el espectador los corredores del Tour acaban por volverse un objeto de profunda admiración. Esa puede ser una de las explicaciones a por qué muchos aficionados al ciclismo se alojan en caravanas y tiendas de campaña a lo largo de las carreteras francesas días antes de que pase el pelotón. Lo hacen para poder disfrutar de una mirada del pelotón de apenas unos segundos y tener la oportunidad de tocar, y quién sabe si dar un empujoncito, a su ciclista favorito en la parte dura de una subida.
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Existen en los cuerpos de los deportistas de alto rendimiento una belleza única. Cada deporte posee una belleza específica, singular, característica. 
Andy Schleck fotografiado por Timm Kölln

Piernas de Andy Schleck
Fotografía: Timm Kölln

Piernas de Alejandro Valverde
Fotografía: Timm Kölln
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Cruzar la línea de meta y vencer la batalla contra el sufrimiento extremo y el cansancio absoluto es, en verdad, la mayor victoria que un ciclista del Tour puede alcanzar. Algo único. Una de las mayores conquistas estéticas que el deporte es capaz de proporcionar. Por ejemplo, el pequeño escalador colombiano Nairo Quintana venció su dolor al terminar la ascensión al Mont Ventoux en 2013. Cuando paró su bicicleta, sostenida por los masajistas, él apenas era capaz de desmontarla. Lentamente, como si estuviera enfermo o sufriera algún impedimento motor, Nairo cayó de la bicicleta en los brazos de los masajistas y se desplomó en el suelo, cabeza gacha, piernas tiesas. Parecía que su cuerpo había muerto de fatiga. Desfallecido y sin aire a causa de la altitud de la montaña, se acurrucó como un bebé en los brazos de su madre y murmuró algunas palabras. A su alrededor, bajo una respetuosa conmoción, todos aguardaban. Ante el Ventoux había un corredor castigado por el agotamiento del esfuerzo extremo. Sin embargo, el desplome había tenido lugar tras la línea de meta. El dolor había sido derrotado.
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En el Tour, si el dolor pudiera estar representado por un sonido, empezaría por la casi imperceptible sensación sonora de una rueda chocando accidentalmente con otra. Luego seguiría con el ruido estridente de los frenos rechinando en las ruedas de carbono y de los pies desenganchándose de los pedales en busca de equilibrio. Así se llegaría al ruido de decenas de bicicletas amontonándose en el suelo en una inmensa pila que cubre a los ciclistas con los gemidos y gritos por las lesiones, las fracturas y la desesperanza de sufrir un accidente.
 Una gran caída del pelotón es uno de los momentos de mayor tensión en el Tour, ya que hasta que no se hayan levantado todos no se puede saber con certeza la gravedad de las heridas de los corredores implicados. Rápidamente, los ciclistas se ponen de pie con sus equipajes rasgados y las heridas por las quemaduras del pavimento a la vista. Un ciclista puede ser lanzado de su bicicleta a varios metros de distancia, deslizándose a gran velocidad sobre el tórrido asfalto del verano francés. Pero en el Tour «tú continúas», como decía Hamilton. Entonces, algunos corredores, con la ropa hecha andrajos, montan de nuevo en sus bicicletas y siguen apoyados en el coche del médico, que siempre sigue con la caravana, recibiendo curas en movimiento para recuperar el tiempo perdido y alcanzar al resto del pelotón. Otros, simplemente, se queda en tierra con fracturas y heridas que no les permiten continuar. Así ocurrió con el suizo Fabián Cancellara y el alemán Tony Martin cuando se rompieron la clavícula en la edición de 2015. En el momento en que Cancellara cayó, todavía en la tercera etapa, la cantidad de corredores implicados y la gravedad de la caída fueron tan significativas que, por primera vez en la historia de la competición, la carrera fue interrumpida hasta que los equipos pudiesen trabajar en la recuperación de sus corredores.
 
Quien tampoco pudo proseguir fue Vinokúrov en la edición de 2011, puesto que después de una caída que lo lanzó fuera del asfalto, a la vegetación de la cuneta, entre los árboles, el golpe le provocó fracturas en el fémur y la cadera. En esa ocasión, todo el equipo del Astaná abandonó el Tour junto con su líder.
A veces, el drama de la caída es más intenso y puede ser fatídico para el corredor.
 Al margen de estos dos últimos vídeos, ya hemos visto ejemplos de la peligrosidad de este deporte en las dos primeras etapas del Tour de este año 2020 o en el terrible accidente del holandés Fabio Jakobsen el 5 de agosto en la Vuelta a Polonia –tuvieron que echarle 130 punto en la cara y, menos uno, perdió todos los dientes–. Visto lo visto, no me negaran que hay que ser muy valiente para subirse a la bicicleta y disputar una etapa.


 Casi terminando su ensayo, Priscila Lessa, escribe algo que me ha hecho recordar la cara de póker que uno tenía que poner en las pruebas de fondo de atletismo.
En el ciclismo en ruta existe una regla clara en relación al sufrimiento. Los deportistas necesitan desarrollar la capacidad de mantener su ademán impasible ante el dolor, sin importar cuán duro y cruel sea. «¿Estás sintiendo un dolor paralizante? Demuestra estar relajado, incluso aburrido. ¿No consigues respirar? Cierra la boca. ¿A punto de morir? Sonríe», decía Tyler Hamilton. Lo que ocurre es que a veces no es posible mantenerse impasible. El mundo se desborda para la persona que siente dolor. Ese momento, en el pelotón, llega en las montañas. Un nuevo ritmo se impone. La belleza del pelotón compacto avanzando sin temor se esfuma, se rompe. Se entra en otra dimensión. Surge una nueva belleza. La estética se vuelve más lenta, más intensa. La respiración pasa a ser densa, en un continuo ejercicio de dominio de uno mismo y de autocontrol corporal. Poco a poco, la angustia se instala en cada ciclista. Es posible verla en cada rostro, incluso en la lucha interna que cada corredor entabla consigo mismo para que su cuerpo no exteriorice tales sensaciones.

Puesta en escena de la obra de teatro Tourmalet (Groc Teatre)
Fotografía: Víctor Gimeno

 La segunda parte del libro contiene la obra de teatro Tourmalet, la temible subida del Tour como metáfora de la vida y de los obstáculos que tenemos que afrontar en ella.
Una historia de puertos encadenados, de subidas, de bajadas, y una caída inevitable.
 Escrita y dirigida por Miguel Ferrando Roche, la obra, que ha sido llevada a los escenarios por la compañía Groc Teatre –fundada en 2013 por el mismo Ferrando–, nos muestra a tres hermanos ciclistas que se preparan para salir a la carretera con la intención de llegar al Tourmalet, en el centro de los Pirineos franceses. Son Federico, Miguel y Alberto. Primero hablan de Chris Froome, del caso Festina y de Lance Armstrong –"Si el caso Festina casi consigue romper el Tour, Lance casi destruye el ciclismo"–, y luego, en un giro de guión, se transforman en Luis Ocaña, Raymond Poulidor y Gino Bartali.

Cartel de la obra de teatro Tourmalet
Escrita y dirigida por Miguel Ferrando Rocher

 El español Luis Ocaña ganó el Tour de 1973, y perdió el Tour de 1971 por una caída en un descenso bajo un temporal de lluvia.

LUIS.– (Subiéndose a la bici). Ocho de julio de 1971.
         Ocho de julio de 1971.
         Si alguna vez me preguntan
         ¿Cuál fue el día más feliz de mi vida...


(Silencio eterno).

         Ocho de julio de 1971.
         Undécima etapa.
         Salimos desde Grenoble y tenemos que llegar a las duras
         rampas de Ornières-Merlette. 134 kilómetros.
         Ayer puse a prueba a Merckx, vi que flaqueaba.
         Debe ser hoy.
         Debe ser hoy.
         Ocho de julio de 1971.
         Aventajar treinta segundos a Merckx en montaña es poco
         probable.
         Aventajarle dos minutos, una hazaña que nadie cree posible.
         Ataco.
         Me escapo de todos mis rivales sin mirar atrás.
         Me vacío como ningún otro se ha vaciado antes.
         Me dejo el alma.
         Me quito el peso de los años.
         Mis años de hambre y pena.
         Pedaleo por España.
         Por España entera.
         Pedaleo por aquellos que me amaron.
         Pero, sobre todo,
         sobre todo pedaleo por aquellos que no confiaron en mí.
         Soy yo ante mi destino.
         Soy yo o Eddy Merckx.
         El resto no importa.
         Un minuto.
         Una moto de la organización se acerca con la pizarra
         indicando las diferencias.
         Dos minutos. Tres minutos. Cuatro minutos.
         Les saco cuatro minutos.
         A todos.
         Pero sobre todo a Merckx.
         Cinco minutos. Seis minutos. Siete minutos.
         Ocho de julio de 1971.
         Le saco nueve minutos a Merckx.
         Nueve minutos de diferencia.
         Diez. Llego a meta.


(Silencio).

PERIODISTA A.– ¿Cómo afronta esta primera etapa pirenaica?

PERIODISTA B.– Tras la genial etapa de hace tres días, usted tiene
          todas las opciones de ganar.

LUIS.– Once de julio de 1971.
          Después de dos etapas de transición en las que Merckx
          apenas ha podido recortarme tiempo, llegamos a los Pirineos.
          Cruzaremos Francia para llegar a España.
          Cruzaremos Francia por la misma montaña por la que huí de
          la pobreza.
          Hoy la etapa llega a la que fue mi casa.
          A la que es mi casa.
          Media España me espera con pancartas al otro lado de la
          frontera.
          Para ver a su héroe, a Luis Ocaña, derrotando a Eddy
          Merckv.


(Silencio).

          Llueve.
          Llueve tanto que la carretera es un río.
          Es el apocalipsis.


(Silencio).

          Eddy Merckv ha atacado.
          Tendría suficiente con pegarme a rueda, a una distancia
          prudente, solo tengo que marcarlo…

VOCES.– (Desde fuera). ¡Déjalo ir! ¡Déjalo ir!

LUIS.– Yo soy Luis Ocaña.
          ¿Hablan de orgullo?
          Puede.
          Pero no le voy a regalar una etapa, y menos en mi casa.
          Yo soy un luchador nato,
          soy quien soy,
          soy un grande,
          soy un ganador,
          soy Ocaña.

PERIODISTA A Y B.– ¿Cómo recuerda su victoria en el Tour de
          Francia de 1973?


(Se repite la pregunta dos o tres veces
porque Ocaña no la oye a la primera)

LUIS.– (Dejando de pedalear). Que cómo recuerdo la victoria de
          1973.
          No lo sé.
          No lo recuerdo.
          ¿Alguien recuerda cómo fue?
          ¿Alguien recuerda algo?
          ¿A quién dediqué la victoria?
          ¿Aquella habitación de hotel en Rue des Carmes?
          Recuerdo mejor aquel golpe contra el suelo de 1971.

PERIODISTA B.– ¿Qué recuerda?

LUIS.– Recuerdo el dolor,
          las heridas.
          Recuerdo la sangre.
          La lluvia.
          El asfalto mojado.
          El barro.
          Los truenos.
          La desesperación.

Luis Ocaña tras su caída en el Tour de francia de 1971
Fotografía: Diario AS

 La mala suerte también se cebó con Ocaña en 1972, con otra caída que lo obligó a abandonar la ronda francesa. Y en 1974, una caída en el Tour de l'Aude le impidió participar en el Tour de Francia, de ahí que muchos consideraran a El francés de Priego un héroe trágico.

Luis Ocaña. Poster Diario AS color.

 Sobre el francés Raymond Poulidor, "Pou Pou", decir que fue el corredor más amado y admirado por los franceses, quizás porque se pasó toda la vida tratando de alcanzar la gloria. Fue segundo 3 veces en el Tour (1964 y 1965) y tercero 5 veces (1962, 1966, 1969, 1972 y 1976), y aunque ganó 7 etapas, nunca logró vestirse de amarillo. La vez que estuvo más cerca fue cuando le ganó un mano a mano a Jacques Anquetil en la subida al Puy-de-Dôme, pero los doce segundos con los que aventajó a su compatriota en la cima no fueron suficientes.

Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en la subida al Puy-de-Dôme
Tour de 1964

POU-POU.– No quiero engañarles. Tal vez todo esto solo sean excusas para consolarme. Todos los deportistas anhelamos la victoria. Sentir que tanto esfuerzo por una vez merece una recompensa verdadera… Ganar… Subir a lo más alto del podio. Ser por un día el guapo, el rico, el Niño Rey… El que se lleva la gloria. Sentir por un día… Sentir… ser Jacques Anquetil... 


(Silencio largo. Cambia de postura).

 ¿Ganar? ¿Quién quiere ganar? Yo fui el mejor segundo de la historia y no creo que nunca nadie pueda superarme en eso. ¿No les parece?

Los actores de la compañía Groc Teatre en la representación de Tourmalet
Poulidor, Bartali y Ocaña interpretados por Robert Roig, Héctor Fuster y Guille Zavala

 Después de que Miguel se transforme en Poulidor, le llega el turno a Alberto. Suena la «Giovinezza», y se transforma desde el fondo del escenario en Gino Bartali. El italiano, que ganó el Tour de Francia en 1938 y 1948, aclamado por el régimen fascista de Mussolini, salvó de la muerte a 800 judíos italianos que iban a ser deportados a los campos de concentración de Alemania. Para ello se valió de su herramienta de trabajo, la bicicleta, en cuyo cuadro o debajo del sillín escondía la documentación necesaria para sacarlos del país.

El italiano Gino Bartali

GINO.– […] Mi vendetta personal contra «el régimen» se produjo pocos años después, en plena Segunda Guerra Mundial.
 Año 1943. Las competiciones ciclistas se habían reducido prácticamente al mínimo. Yo aproveché aquellos años de forzado descanso para casarme y vivir como podía. Pero aquella situación me angustiaba. Veía a la gente sufrir y yo sabía que debía hacer algo. El ciclista del régimen… El Tour de Mussolini…
  La suerte llamó a mi puerta una mañana de marzo. El arzobispo de Florencia, Elia Dalla Costa, se puso en contacto conmigo.

DALLA COSTA.– Gino, las leyes raciales han empezado a ser aplicadas. Han llegado a Italia más de quince mil judíos y han encontrado refugio en conventos, colegios o comunidades religiosas, pero no vamos a poder mantener esta situación. Tenemos que hacer algo. Tú eres famoso, el régimen te respeta… Tú podrías ayudarnos.

GINO.– Pero cómo, yo solo soy un ciclista. (Silencio). Yo solo soy un ciclista.


(DALLA COSTA insiste).

DALLA COSTA.– Tengo un amigo, un impresor de confianza, que va a preparar documentos de identidad falsificados para las personas amenazadas, pero necesito a alguien que los transporte.


(Silencio infinito).

GINO.– El mejor sitio es el tubular de la bici. Es hueco, podría desmontarlo y guardarlos ahí. A menos que me registren la bicicleta, es imposible que nos detengan.

DALLA COSTA.– Bravo, Gino, bravo. Fantástico. Es una gran idea. (Silencio). Pero… si te cogen…

GINO.– Sí, si me cogen… (Hace el gesto de un fusil).

DALLA COSTA.– No puedes comprometer tu carrera, no debes comprometer tu vida… No debería haber venido nunca, no debería habértelo pedido. Es demasiado…


GINO.– Elia, todo irá bien. ¿Qué mal podría pasarme? Solo soy un ciclista. (Repite).
   Solo soy un ciclista. Solo soy un ciclista. (Se sube a la bicicleta). Solo soy un ciclista.
    Solo soy un ciclista…
   ¡Pasé mil controles, iba de Asís a Florencia, de Florencia a Asís! Florencia, Lucca, Génova, ¡el Vaticano! Jornadas a veces de hasta 175 kilómetros. Las milicias no hacía preguntas.
   «Eh, Gino, ¿dónde vas con tanta prisa?».
   «Estoy entrenando, no hay que perder ni un solo minuto!».
   Aquellas carreteras donde alcé los brazos vestido de rosa, de amarillo. Aquellas mismas carreteras donde gané el Tour de Mussolini… eran ahora la vía de libertad para cientos y cientos de judíos.

Gino Bartali

 Tourmalet es una obra de teatro que me ha encantado y que, si el coronavirus nos deja, me gustaría llevar a las tablas del instituto donde trabajo, el I.E.S. Isaac Albéniz de Málaga. La obra completa o sólo la parte final, con los textos de estos tres iconos del ciclismo. Creo que es un complemento magnífico a la unidad didáctica de la bicicleta y una excelente manera de introducirlos en la historia de este deporte.


Robert Roig, Héctor Fuster y Guille Zavala interpretando a Poulidor, Bartali y Ocaña
Tourmalet (Groc Teatre)

 "Si pudierais elegir… ¿Quién seríais? De cualquier época. Ponerse en su piel solo por un instante", pregunta uno de los personajes en Tourmalet. Yo lo tendría fácil: mi tocayo Pedro Delgado, con esos hachazos que te hacían levantarte del sofá para animarlo pegado a la tele.


 ¿Y tú, quién serías?


 Nota: Todos los textos a color pertenecen a la primera edición de Se necesitan héroes (La estética del dolor/Tourmalet) de Priscila Lessa y Miguel Ferrando Rocher, publicado por La Caja Books en septiembre de 2018. La traducción del ensayo de la brasileña Priscila Lessa, historiadora, profesora e investigadora del ciclismo, además de ciclista amateur, es de F. Arroyo.


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