miércoles, 1 de julio de 2026

FÚTBOL CALLEJERO


Fútbol callejero en Tánger
Fotografía: Yassine Alaoui, Yoriyas

Decía hace unos días el psicólogo estadounidense Jonathan Haidt, acerca de los menores y las redes, que es esencial mandar a los niños a jugar a la calle, darles independencia. Y que, como en Australia, se prohiba el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. Qué suerte tuvimos los de mi generación, que pudimos criarnos sin internet, jugando a mil cosas en la calle o en nuestras casas, sin un teléfono inteligente que nos robase el tiempo ni la supervisión continua de los adultos. Cuando había Mundial, recuerdo bajar a la calle con alguno de mis hermanos para darle patadas a un balón. La puerta de un garaje que había junto a mi bloque era la portería, y allí estábamos hasta que bajaba algún vecino a regañarnos por el ruido que provocaba el impacto de la pelota sobre el cierre metálico de la puerta cada vez que conseguíamos hacer un gol.

Pregunta: Viene a España a presentar su nuevo libro y a hablar de un problema que estamos viendo nosotros con nuestros hijos, sobrinos y, en general con los jóvenes de la generación Z. ¿Por qué da la vuelta al mundo para hablar sobre un tema así?
Respuesta: Soy profesor en la Universidad de Nueva York y ahí doy clases desde 1995. Me encanta ser pedagogo, enseñar, estar con mis alumnos y observé un cambio en 2015. Porque vi que había cada vez más alumnos retraídos, deprimidos, angustiados, y pensé: '¿Qué es lo que está pasando?'. Bueno, en parte puede que sea una sobreprotección, que les estemos protegiendo demasiado, pero pensándolo bien, me he dado cuenta, y está además avalado por investigaciones científicas, que es una adicción a las redes sociales, que se da además en todo el mundo, no solamente en Estados Unidos, sino en el mundo occidental en general. ¿Por qué en 2015? Es porque ese es el momento cuando los jóvenes pasan de un tipo de teléfono más antiguo a los teléfonos llamados inteligentes.
P: ¿Un problema que no afecta igual a los chicos que a las chicas?
R: Afecta de manera distinta. Empezamos a ver, más o menos por el 2012, que a las niñas les afectaba muchísimo y a los niños parecía que menos, pero fue pasando el tiempo y fuimos comprendiendo que, en realidad, no es que fuera más o menos, sino que afectaba de forma distinta. A las niñas, por ejemplo, sí, hay muchas instancias de depresión, de angustia, de ansiedad, la comparación constante, la necesidad de estar en forma, de ser guapa, de ser bella, la obsesión con el cuerpo. Mientras que a los chicos, más bien lo que les hace es atraerles a llevar a cabo acciones muy peligrosas. Es un poco adictivo parece que tiene que ver con niveles de dopamina, que los chicos se entregan más a las adicciones tipo pornografía o juego en línea, como si fuera más fácil que la red social absorba la personalidad del chico. Quizás sean más disfuncionales.
P: ¿Podemos sentirnos afortunados los millennial (nacidos entre 1881 y 1996)?
R: Pues la verdad es que sí. Tenéis mucha suerte los millennial y deberíais ser conscientes de ello. Sois la generación más inteligente hasta ahora en la historia, o sea, ha ido subiendo el cociente intelectual hasta llegar a vuestra generación. Sois, además, la última en haber podido jugar en la calle, ir a la plaza del pueblo y jugar allí con los amigos, en vez de estar jugando con el teléfono en casa. Así que sí, tenéis esa enorme suerte de no haberos entregado a lo que llaman el entretenimiento, el ocio, que bloquea todo lo demás, porque ¿qué vas a hacer si al día estás dedicándole cinco horas a TikTok? No hay tiempo para hacer absolutamente nada más.
P: Habla de sobreprotección en el mundo real e infraprotección en el digital. ¿Cuáles son sus principales consejos para las familias?
R: El objetivo en principio que debería animar a todos los padres es, de alguna manera, asegurar que el entorno en el que viven, en el que juegan, en el que existen los niños, sea uno que sea autosupervisor, es decir, que no necesiten estar en todo momento con padres, con madres que les estén sobreprotegiendo. Hasta más o menos los años 90 así funcionaba la vida en Estados Unidos. Los niños salían, jugaban, estaban por ahí en los parques, pero en los años 90 algo sucedió y, de pronto, la sociedad americana pensó: 'Es demasiado peligroso, los niños no pueden estar solos en la calle'. Y es absolutamente esencial darles esa rienda suelta, que vivan su infancia de forma independiente. Hay que mandar a jugar a la calle con amigos sin supervisión directa constante de los padres.
[...]
P: [Tras hablar de que España quiere seguir los pasos de Australia y prohibir las redes sociales a los menores de 16 años] Para el Gobierno lo correcto son estas iniciativas pero parte de la oposición cree que son las familias las que tienen que decidir qué hacer con el acceso a los medios digitales de sus hijos.
R: La verdad es que, como norteamericano, tengo que decir que, en general, somos libertarios y no nos gusta depender del Gobierno que nos esté preparando la papilla y obligándonos a tragárnosla. O sea, nos gusta a nosotros tomar las riendas de las decisiones que tenemos que tomar. Pero es que las familias, los padres, las madres, llevan peleándose con esta realidad desde hace ya más de 15 años y tenemos que ser conscientes de que los chicos, los niños, las niñas, a quienes se enfrentan son a auténticos gigantes, a empresas que son enormes y que consiguen los éxitos que buscan. Los padres sencillamente nos hemos dado cuenta de que no estamos en disposición, no podemos hacer ese seguimiento, no podemos controlar como querríamos controlar. Estas empresas podemos incluso denominarlas depredadoras, son peligrosas y los padres nos hemos dado cuenta de que carecemos del poder necesario. No podemos por nuestra cuenta, necesitamos ese apoyo.
P: Si no cambia esto, ¿qué podemos esperar de la sociedad dentro de 10 o 20 años?
R: Pues si no tenemos cuidado, vamos a ver que las máquinas cada vez van a ir haciendo más y más cosas, porque lo que estamos viendo de momento son mayores niveles de angustia, de ansiedad, de depresión, resultados pedagógicos cada vez peores, cada vez la atención de nuestros chicos se va desperdigando más y más fácilmente. Vemos que hay un bloqueo, podemos decir. La gente joven ve que no puede centrarse, no puede fijar la atención en un punto y mantenerla ahí durante un tiempo largo. Entonces, esto es absolutamente desastroso para el momento actual y luego si pensamos también en el futuro, porque es una generación que va a tener muchísimas dificultades a la hora de encontrar pareja, decidir formar una familia, decidir tener hijos, decidirse al compromiso... Lo único que cabe pensar que vaya a resolver el problema es que los seres humanos nos unamos para conseguir una cierta vuelta a la felicidad por parte de los jóvenes.
Jonathan Haidt entrevistado por Rodrigo García Melero
RTVE Noticias, 27 de junio de 2026

Pueden leer la entrevista completa clicando en el siguiente enlace:

https://www.rtve.es/noticias/20260627/jonathan-haidt-sobre-menores-redes-esencial-mandarlos-a-jugar-a-calle-darles-independencia/17132432.shtml

sábado, 20 de junio de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (IX)


Defensa de la escuela rural (Cartas al Director de EL PAÍS)
Fotografía: Pedro Delgado 

 

Defensa de la escuela rural
El miércoles, el señor Núñez Feijóo fue a divertirse a cierto programa de televisión. En un momento de la entrevista, dijo que no sabe inglés porque "esto de haber estudiado en la escuela rural tiene algún problema". Como maestro rural, no pude evitar sentir decepción y vergüenza ajena. No tanto por mi experiencia, sino por el mensaje que transmite sobre una institución educativa que ha desempeñado y sigue desempeñando un papel fundamental. La escuela rural no es un problema ni una desventaja. Para miles de niños y niñas es la garantía de acceso a una educación de calidad sin que tengan que abandonar sus pueblos. Es un espacio donde la cercanía entre docentes, alumnado y familias favorece una atención personalizada; donde la convivencia entre alumnos de distintas edades fomenta la autonomía y la cooperación. Asociar el dominio de un idioma a haber estudiado en una pequeña localidad hace un flaco favor a la escuela rural, que merece reconocimiento y apoyo, no convertirse en la excusa de las carencias de nadie.
Héctor González Mayorga. Toral de los Guzmanes (León)
Cartas al Director. EL PAÍS, sábado 20 de junio de 2026


 Of course, Mr. Feijóo! Como bien dice Héctor González, sus palabras dan vergüenza ajena.

lunes, 18 de mayo de 2026

PUES ES VERDAD


Molestar a los otros, de Flavita Banana
EL PAÍS, domingo 23 de febrero de 2025

Quitando papeles de en medio me ha aparecido esta página de EL PAÍS que guardé por la píldora de realidad de Flavita Banana. Ya hace mucho que no voy a nadar a la piscina, pero cuando iba, siempre elegía la calle con esa pregunta en la cabeza. Menos mal que las mujeres tienen otra sensibilidad.

sábado, 18 de abril de 2026

LA GRAPA, DE MARYLINE DESBIOLLES, LA NOVELA MÁS ATLÉTICA DE LAS AFUERAS


La grapa, de Maryline Desbiolles (Editorial Las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

En la vida todo sucede inesperadamente. Como en esta novela de la francesa Maryline Desbiolles (Ugine, 1959). Una cría que, como un mandamiento divino, ama correr sobre todas las cosas, entra en casa de un amigo, y el perro de la familia de ese amigo la ataca de manera inmisericorde destrozándole una pierna.

 Uno no cuenta con ella, pero la fatalidad siempre esta ahí, al acecho. En esta novela lo está por partida doble, pues al ataque le siguen las palabras del padre de su amigo, que si no le rajan la piel como los colmillos del perro, le rajan el alma: «A mi perro no le gustan los árabes».

 «Y esa frase la atormenta más que el perro». ¿Por qué ese odio?, ¿por qué ese racismo?, se preguntará la joven durante su dolorosa, lenta y larga rehabilitación, que la llevará a bucear en la historia de la familia de su madre, porque la suya es una familia harki, la comunidad argelina que durante la guerra de la independencia de su país luchó al lado de las fuerzas coloniales francesas. La derrota francesa conllevó la huida de los harkis a Francia, donde pronto se convirtieron en una presencia molesta, un recordatorio de la humillación sufrida en el Magreb –al igual que las cicatrices de su pierna herida, las de la guerra de Argelia también estaban mal curadas–, por eso Emma Fulconis, nuestra corredora adolescente, vive a este lado del Mediterráneo, en el interior de Niza, en L'Escarène, muy cerca de la frontera con Italia.

Vista del pueblo de L'Escarène. Fotografía: Quentin2018 (Wikimedia)

 Es La grapa (Editorial Las afueras, 2025) una novela luminosa y emotiva en la que la carrera y la resiliencia juegan un papel muy especial desde el inicio, desde la primera página, desde este primer capítulo:

Solo la vemos a ella. Incluso tan pequeña, de lejos, insignificante, al ataque de la cuesta. Un latido minúsculo en la tarde reluciente del mes de enero. Este inicio de tarde, prendido con alfileres de luz, que podría no terminar nunca. Colinas plateadas cuya marga gris se desmorona bajo los zapatos, hierbas secas mordidas por las heladas que crepitan en el prado, arroyo brillante como una aguja al fondo del barranco: durante la víspera, como excepción, llovió un poco. Solo la vemos a ella. La hemos visto tantas veces corriendo por estos lares que al principio la vemos correr, aunque eso sea imposible. Se mueve, claro que sí, y bastante rápido, pero como a sacudidas, saltarina. Ahora una verdadera cabra y no el caballo que fue hace no tanto tiempo; por extraño que parezca, más armónica así, coja, en este territorio entrecortado de bruscos desniveles.
 Aquí visto desde arriba, todo el paisaje converge hacia ella, puntito renqueante, azogue, como si el resplandor de este inicio de tarde estuviera ahí condensado, llevado a la incandescencia. El puntito renqueante podría fundirse con el paisaje si no lo perturbara; si no lo hiriera, estaríamos tentados a decir, pues sabemos de qué desgracia procede esa cojera.
 Siempre la hemos conocido corriendo. La memoria nos juega malas pasadas, exageramos, pero nos parece que nunca caminaba como usted y como yo, que solo lograba desplazarse a toda velocidad, que no podía sino irrumpir de improviso, ya fuera mediante la aparición de unas sandalias aladas o, directamente, de unas alitas atornilladas a los tendones de Aquiles. No eran alas de familia, pues su hermano no estaba provisto de ellas; su hermano pequeño, que había sido un bebé bueno y gordo y luego un niño tranquilo que la miraba con los ojos muy abiertos. No es que ella sea seca ni angulosa, sino más bien resuelta, vivaz, presta a la pirueta incluso después del accidente. Decía que le gustaba el viento. A menudo se encabritaba, pero al viento le consentía. Esta no es una región de viento. Solo de remanentes ventosos, vientos modestos, un breve siroco, una leve brisa del sur, un mistral de nada, a veces un poco de levante, como mucho una tramontana, raras veces pero helada, capaz de traer nieve. No es una región de viento. Aun así, ella lo esperaba. El viento la hacía reír. Al menor roce en los postigos, salía de casa como una exhalación, sacudía sus crines de caballo y relinchaba al viento. Quizá fue el viento lo que forjó su afición por galopar. Aún conserva ese gusto, aún conserva ese ardor, se afana entre los matorrales, se abre camino como quien tala leña incluso cuando le duele, lo cual no soporta; se enfurece, no tiene paciencia con sus males, el dolor no la lleva a ganarse ningún cielo, el dolor no ha hecho más que arrancarle las alas con que nació, y se la oye maldecir y proferir unos gruñidos que nada tienen de angelicales, se parecen más bien a los de esas bestias con cerdas y pezuñas que hozan el suelo. Los ángeles están en la iglesia de Sant-Pierre-ès-Liens, una bandada de ángeles azules del belén que sigue expuesta mucho después de Navidad y Reyes, como olvidada en un rincón, pero que se ilumina aún más cuando nos acercamos, no muy a menudo; la iglesia está vacía, desmesuradamente vacía, desmesuradamente barroca, y es que ya estamos en Italia. La iglesia es suntuosa, pero no corona el pueblo que es todo viaducto, puentes y salientes; la frontera está suspendida, vacila mucho más que las obras de arte. La iglesia no corona nada, está en el hueco que podría imaginarse como el purgatorio o, cuando menos, la tregua de L'Escarène. Un topónimo que le sienta como un guante, muy extendido por el sudeste, que designa la arista, la parte más escarpada de la montaña, a la que se accede como por los peldaños de una escalera. Scala, scarena, Escarène. El camino hacia el paso de Niza es aquí una escalera. Las numerosas curvas y luego el desvío hacia el pueblo.
 Solo la vemos a ella, pero ella no oculta nada, ni devuelve nada a la confusión del fondo. Ella es el puntito que se agita entre los matorrales y contiene no solo los destellos del paisaje, sino también los golpes torcidos. Ella es Emma Fulconis, aunque ese nombre tan de aquí no la arraiga, nunca, cada vez menos, ella que parece salir de un atolladero a cada paso, la joven Emma Fulconis, vieja por la herida y los meses eternos pasados en el hospital, la que fue nuestra gloria local, conocida como la atleta, un mote que aún podría servirle, y hasta con mayor motivo, por la palabra griega de la que viene, athlos, que significa lucha, combate, prueba; pero ahora ya nadie se atreve a decírsela, como mucho le lanzan una mirada o un vistazo furtivo. Cómo volver a ver lo que fue casi transparente, casi invisible, el cuerpo perfecto de la atleta, de toda atleta, el cuerpo que en nada la distinguía del conjunto de atletas. Cómo ver lo que ahora la convierte en singular, en dolorosamente singular, la pierna que no oculta, cuya visión no nos ahorra porque sigue llevando pantalones y faldas cortas, la pierna cosida de cicatrices, reducida a su más simple expresión, piel y huesos, tibia y grapa*, fíbula también llamada peroné, la pierna destrozada y el caminar que resulta, el paso ladeado, si se quiere, si se quiere poner palabras aceptables a lo que es tan torpe, tan contrahecho.
 Solo la vemos a ella. El puntito donde se focaliza el paisaje o, depende, se extiende el paisaje, lo llena, de manera que bastaría gritar en la hondonada o pronunciar, sin más, el nombre de Emma Fulconis,
EMMA FULCONIS
para que apareciera el pequeño mundo, ese rincón de territorio en general y en particular, en bloque y en detalle, heridas, luz, centelleos del monte bajo, árboles esqueléticos, trinos, susurros de los insectos. Luz creciente, muy pronto insoportable, mientras se marchitan los árboles y disminuye la cantidad de insectos.
*Nota del editor: en francés la palabra agrafe tiene varias acepciones, pudiendo hacer referencia tanto a un broche, a una grapa o al peroné (también llamado fíbula). La autora juega con ellas a lo largo del texto.

 Hay algo hipnótico en la escritura de Maryline Desbiolles que nos hace querer seguir leyendo. Aunque la autora ha sido laureada con el Premio Femina –otorgado anualmente por un jurado exclusivamente femenino– por Anchise en 1999, y con el Premio Franz Hessel por Charbons Ardents en 2022, es esta, La grapa (L'agrafe), su primera obra traducida al español, con la que también obtuvo el Premio Literario Le Monde en 2024.

La escritora Maryline Desbiolles
Fotografía: Alchetron

 Hay muchos manuales de Atletismo, pero cuesta encontrar novelas en las que aparezca este deporte, por eso es de agradecer que la autora lo eligiera, entre tantos como hay, para componer al personaje principal de esta obra. ¿Practicó el atletismo Maryline Desbiolles en su etapa escolar al igual que su protagonista? Muchos escritores le otorgan vivencias propias a sus personajes –fraguados en el horno autobiográfico de sus autores–, así que es factible que a Desbiolles, en algún momento de su vida, también la llamaran atleta (Maryline, s'il te plâit, confirmez-le ou infirmez-le).

¿Desde cuándo la llamaban la atleta? Estaríamos tentados a decir: desde siempre, pero la palabra siempre consume toda el agua, o la que queda. Sin duda desde la escuela, porque el profesor de gimnasia la llamó así, un poco porque se le había olvidado su nombre y un poco para celebrar sus marcas, sobre todo en lanzamiento de peso y salto de altura, disciplinas que no gozan del favor de los alumnos y no desatan grandes esfuerzos, pero ella, Emma Fulconis, se empleaba a fondo. El mote se le quedó.
***
Nunca le ha interesado la competición; lo cual, según su entrenador, sin duda le habría impedido lograr cualquier hazaña. Correr lo más rápido posible, eso estaba claro, pero correr más rápido que los demás sobrepasaba su entendimiento. No corría de forma relativa, sino absoluta. ¿Acaso no se podían lograr hazañas en absoluto? Corría más rápido que los demás, los adelantaba sin verlos, estaba en otra parte. Nuestra gloria local ganaba competiciones que no le gustaban. Ganaba contra su voluntad, pero de todo corazón. Corría de todo corazón. Los demás no existían o, si existían, estaban en la misma categoría que los árboles o los pájaros, no eran rivales.
***
 Corría en cualquier ocasión. Para comprar el pan, para ir y venir de la escuela, para cruzar el puente bajo el que fluye el Paillon, aún fogoso como un torrente antes de derramarse por el valle; corría para cruzar el puente en uno y otro sentido, corría para nada. Sobre todo, para nada. Corría cada vez más, empezó a entrenar. Voy a entrenar, decía. En un camino de tierra por ahí detrás. Hacía puntas de velocidad. Diez veces, veinte veces, cien veces, en una distancia que señalizaba con ramas o piedras. Cien metros, doscientos metros, media en zancadas de un metro a ojo. No era muy alta, exageraba las zancadas todo lo que podía y sacaba un poco la lengua. Diez veces, veinte veces, cien veces, mil veces, sin cronómetro. No buscaba establecer un récord, es decir, registrar sus marcas y superarlas. Siempre estaba empezando. Siempre corría por primera vez.
***
 La madre inscribe a Emma Fulconis en un club de atletismo al este de Niza. Se desvive por llevar a su hija en coche, esperarla, ir a buscarla, hacer malabarismos con su horario de cajera en el hipermercado del valle. Dos entrenos por semana en el estadio Vauban, los miércoles por la tarde y los viernes por la noche; Emma Fulconis destaca en la pista, en el sprint, los cien metros, doscientos metros y cuatrocientos metros, en infantiles y luego en cadetes, entrenos, competiciones, podio, que viene del griego podion, pie pequeño, donde Emma Fulconis deposita su piececito alado mientras nosotros, que ya sabemos, vemos su otro pie, el izquierdo, pronto invadido por la sombra, y vemos, porque sabemos, cómo su rostro se aleja bajo la luz de las fotos que aparecen en el periódico local, las mejillas rebosantes de infancia, la melena morena recogida en una cola de caballo, los ojos brillantes, negros, opacos, sin reflejo, la sonrisa reacia.
***
Corre de todo corazón. Aunque destaca en el sprint, desplegaría mucho mejor el arte de la carrera fuera de pista, por los senderos y caminos, lo desplegaría en esa disciplina llamada carrera de montaña, pero está claro que no quiere entregar su deseo a la disciplina, y aún menos a la competición. No le importa gran cosa catalogar su deseo. Nombrarlo es otra historia, tal vez la historia de una vida. Atraviesa los paisajes corriendo. Atraviesa los paisajes sin verlos, los traspasa y se inmiscuye en ellos. Va como el viento, pero ese viento que no mueve nada de sitio, ni una rama, ni una hoja. Va como el viento, vuela como una flecha, eso es, es una flecha. Atleta. Bicho raro. Flecha.
***
Corre en estadios ovalados. Se pone al frente o sola, en cabeza, más que delante de los demás; pero no hay mayor felicidad que correr por los campos de L'Escarène bajo la mirada del paso del Chat, el monte Gardeion, los picos de l'Erbossiera o del Farguet, los puertos de Braus o de Faravel. Este mes de mayo sopla un poco de viento, un viento delicioso que acompaña sus andaduras, sus últimas andaduras, porque antes de que llegue el verano tendrá la pierna destrozada.

 La novela contiene también pequeñas piezas de historia, como la de los olvidados de la 1ª DFL, la primera división francesa libre, esos centenares de hombres que respondieron desde todos los rincones del mundo a la llamada del general De Gaulle; vencedores de la última batalla de los Alpes en 1945.

Mausoleo a los héroes de la 1ª DFL en L'Escarène
Caídos en los combates del macizo de Authion
Fotografía: Mairie de L'Escarène

 O la del abuelo de Emma, François Fulconis (Lalin), héroe de la región que se enfrentó al ejército de ocupación francesa que quería integrar el Condado de Niza a la Francia revolucionaria en 1972.

Billete de 50 nissarts de la República de Nissa con la figura de Lalin Fulconis

 O la de Bobbi Gibb, Roberta Louise Gibb, la primera mujer en correr el maratón de Boston. Fue en 1966, un año antes que Kathrine Switzer. Y lo hizo sin dorsal, sin estar inscrita entre los participantes, «como una clandestina», pues a las mujeres aún no se les estaba permitido correr esa distancia.

Bobbi Gibb instantes antes de cruzar la meta
Maratón de Boston del año 1966

Bobbi Gibb tras cruzar la meta de la maratón de Boston 1966

Bobbi Gibb tras correr la maratón de Boston (1966)

 Y por supuesto, la historia de los harkis que tuvieron que arreglárselas como pudieron para refugiarse en Francia al final de la guerra de independencia argelina.

Un regimiento harki marchando bajo el Arco del Triunfo
Fotografía: The News In Pictures

 Es esta una novela que necesita de una segunda lectura para poder apreciar todos sus detalles, pues, una vez conocemos la historia, la voz del narrador –su «lenguaje torrencial y danzante» en palabras de los editores, Magda Anglès y Francisco Llorca– cobra otra prestancia. Incluso le pone luz a esas palabras de Emily Dickinson, extraídas de sus Poesías completas, que actúan de cita en las páginas previas al inicio de la novela.

No puedo bailar de puntillas,
nadie me enseñó,
pero a veces, en mi mente,
me posee una melodía.

 Y llegados a este punto, solo puedo acordarme del vídeo Run, run, run! que montó en 2016 Luca Salri con el Modern Love de mi querido y añorado David Bowie de fondo; un trabajo para la asignatura de diseño y montaje, impartida por la profesora Cristiana Parente en el curso de Cine y Audiovisual (UFC).

 O este otro, hecho por Cinedimi, con la misma canción interpretada por Zaho de Sagazan y más escenas de películas en las que se ve a gente corriendo.

 Nada más que añadir. Corran, lean, ¡y larga vida a Las afueras!





La grapa, de Maryline Desbiolles

Premio Literario Le Monde

Traducción de Blanca Gago

Editorial Las afueras, 2025

jueves, 2 de abril de 2026

OTRA VICTORIA DE CAROLINA MARÍN


Tablón de anuncios del pabellón deportivo del I.E.S. Isaac Albéniz (Málaga)
Fotografía: Pedro Delgado

La noticia de la retirada de Carolina Marín, que ha sido un ejemplo de resiliencia para todos, ya está en el tablón del pabellón deportivo del instituto. Junto a ella, el artículo deportivo que mejor refleja lo que supone dar este paso atrás. Apareció en la sección de Opinión de EL PAÍS del sábado 28 de marzo, dos días después del anuncio de su retirada del bádminton. Tras de sí deja esos tres oros mundiales, sus siete europeos, el oro olímpico de Río 2016 y el durísimo episodio que vivió en las semifinales de los Juegos de París, cuando tuvo que retirarse de la competición tras sufrir una grave lesión de rodilla.

Otra victoria de Carolina Marín
CAROLINA MARÍN se ha retirado convertida en leyenda. Con un impresionante palmarés deportivo, la campeona onubense deja las pistas, con 32 años, siendo mucho más que una colosal jugadora de bádminton: es un "ejemplo de superación, fuente de inspiración y transmisora de valores, dentro y fuera de la pista", en palabras de la Fundación Princesa de Asturias al concederle el premio de los Deportes en 2024.
 Pero más allá de lo simbólico, su gran logro fue mantenerse en la cima mundial en una disciplina que resultaba exótica para la tradición deportiva de España: la Federación de Bádminton no se constituyó hasta diciembre de 1983. La volantista logró reinar en el podio en un juego históricamente dominado por las jugadoras asiáticas, en cuyos países se ha convertido en una celebridad.
 Sus 10 años de carrera profesional son una sucesión de títulos que han hecho historia: fue tres veces campeona del mundo –en 2014, 2015 y 2018– y plata mundial en 2023; además, ganó siete campeonatos de Europa y conquistó el oro olímpico en los Juegos de Río, en 2016. Siempre será un referente deportivo por su coraje en la pista, su mentalidad competitiva y su audacia en los momentos decisivos.
 No en vano lleva tatuada en el costado izquierdo la palabra "resiliencia": su carrera ha sido también una exhibición de esta capacidad suya para adaptarse a las dificultades y levantarse tras duros reveses, como sus tres gravísimas lesiones en los ligamentos cruzados. La última y definitiva, en los Juegos de París de 2024: su juego volaba hacia la final olímpica cuando, de repente, la rodilla derecha se quebró, abatiéndola sobre la pista en un quejido de dolor que dejó petrificados a los espectadores.
 Le hacía ilusión terminar su carrera desde la pista de juego en su tierra natal, participando en el campeonato europeo que comienza este 6 de abril en el pabellón deportivo que lleva su nombre en Huelva. No ha podido ser. "No quiero poner en riesgo mi cuerpo", explicaba en el vídeo que publicó el jueves en las redes sociales para anunciar su retirada. Otra muestra de su inteligencia y carácter en un entorno como el deporte de élite, en el que predomina la épica de las carreras construidas sobre el dolor y el sacrificio llevado a niveles extremos, incluso a costa de la salud.
 Marín fue un ejemplo de lucha y fiereza en este ambiente de presión. Pero ha vuelto a convertirse en referente para las nuevas generaciones de deportistas al priorizar su bienestar físico y mental por encima de la competición. Ha enseñado que escuchar al propio cuerpo no es rendirse, sino una muestra de madurez y autocuidado. Eso también forma parte del aprendizaje del deporte. Otra victoria de Carolina Marín.

 Mis alumnos de 3º y 4º de la ESO, que ya han disfrutado del bádminton en las clases de Ed. Física, y un servidor, le deseamos lo mejor en esta nueva etapa que comienza.

Carolina Marín anuncia su retirada del bádminton
Fotografía: Pedro Delgado

jueves, 12 de marzo de 2026

CORRER COMO UNA NIÑA


Corre como una niña
Fotografía: TheRunHome

La semana pasada me tocó asistir con los alumnos a una charla en la biblioteca del instituto, organizada por el Área de Igualdad del Ayuntamiento de Málaga. La impartía un antiguo alumno, Miguel García Heredia, de la promoción 2007/2011, quien nos habló sobre feminismo e igualdad, términos que van unidos, pues el feminismo –por más que ciertos sectores hayan tergiversado en las redes sociales la palabra para darle otra significación y denostarla– no es más que el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

 Miguel García, con su charla sobre Vivir en igualdad, venía a clarificar el término, porque no es normal que sean pocas las manos que se levanten cuando se les pregunta quién se considera feminista, y que se levanten todas cuando se les pregunta si creen en la igualdad. Si creemos en la igualdad, tenemos que ser feminista, porque ambas cosas significan lo mismo.

 En un momento de su intervención, Miguel García, que es maestro de Educación Física (estoy seguro de que pronto conseguirá su plaza), barrió para casa y puso un vídeo relacionado con nuestra asignatura. ¿Qué quiere decir hacer algo "como una niña"? forma parte de la campaña publicitaria Like a girl, encargada por la compañía de productos de higiene íntima femenina Always a la agencia creativa Leo Burnett de Chicago. Es un magnífico alegato contra los estereotipos de género. Uno de esos vídeos que no dejan lugar a más palabras.

viernes, 13 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (VIII)


La educación que tenemos, artículo de José Luis Raya (Diario SUR)
Fotografía: Pedro Delgado

José Luis Raya Pérez es un profesor jubilado de instituto y escritor granadino –malagueño de adopción–, del que tengo algunos artículos suyos sobre educación recortados y clavados con chinchetas en el tablón de mi despacho. A ellos sumé recientemente otra pieza, que lleva por título La educación que tenemos, artículo aparecido en el diario SUR del sábado 24 de enero de este año. Por lo certero de su reflexión y por la claridad con la que explica un problema que es una realidad en muchísimos institutos, he querido compartir su reflexión con ustedes.

La educación que tenemos

Por José Luis Raya Pérez

Recuerdo cómo inicié mi modesto recorrido como articulista de este diario en 2008, cuando reflexioné sobre la precaria situación de la enseñanza pública tras asistir al estreno de 'La clase', de Laurent Cantet, una lúcida simbiosis entre docudrama y cine testimonial. Aunque ya me haya jubilado, sé de primera mano que la situación no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado curso tras curso. Muchos docentes se sienten profundamente insatisfechos con su labor; las bajas por depresión aumentan de manera alarmante y los más veteranos cuentan, con ansiedad, los días que les restan para jubilarse. Así no se puede trabajar, ni siquiera con una mínima solvencia emocional. Aprobar unas oposiciones certifica que tus conocimientos son superiores a los de otros aspirantes. Sin embargo, esa preparación cultural e intelectual resulta estéril cuando en determinadas aulas se concentra un porcentaje elevado de alumnos que carecen del más mínimo interés por aprender. En ocasiones, el profesor termina conformándose con que el alumno duerma y no moleste. Es duro admitirlo, pero cuando se busca el bien de la mayoría, se acaban tolerando determinadas actitudes, sobre todo si los padres ya han sido informados. La verdadera desazón profesional surge cuando un número significativo de alumnos disruptivos impide el desarrollo normal de una clase. Y por 'normal' entendemos algo tan básico como que el docente pueda transmitir conocimientos y, al mismo tiempo, contagiar entusiasmo e interés por aprender. Ambas cosas se vuelven prácticamente imposibles cuando uno o varios alumnos interrumpen de forma constante. Precisamente eso retrata 'La clase': una sucesión ininterrumpida de adolescentes boicoteando la enseñanza hasta la extenuación. El resultado es asfixiante. Avanzamos ya hacia la segunda década de aquel docudrama y, sin embargo, en muchos centros la realidad es aún peor. A la disrupción se suman faltas de respeto, insultos y agresiones verbales o físicas, a menudo con la connivencia –explícita o tácita– de padres y madres. Este despropósito no se limita a la educación obligatoria: también se reproduce en bachillerato. Hoy, los profesores que logran trabajar con normalidad pueden considerarse afortunados. Lo que antes era una excepción se ha convertido en norma. Los centros periféricos ya no son los únicos conflictivos; el problema se ha extendido a cualquier enclave. También conviene analizar la inversión en educación en los últimos años. Aunque ha aumentado, resulta evidente que o bien es insuficiente o bien se gestiona de forma deficiente. Probablemente ambas cosas. Se ha puesto el foco –y los recursos– en el alumnado con mayores dificultades, lo cual es loable, pero se ha abandonado al alumnado con mayor predisposición. Se ha igualado siempre desde abajo. Las adaptaciones curriculares han funcionado en algunos aspectos, pero no se ha trabajado para que los alumnos más aventajados puedan desarrollarse plenamente. El resultado es un descenso generalizado del nivel curricular. Además, muchas de estas adaptaciones se han aplicado a alumnos que antes deberían haber sido educados en normas básicas de comportamiento. Recuerdo a estudiantes cuya actitud en clase era indistinguible de la que se tiene en un concierto de rock. Si gritaban al profesor era porque en casa gritaban a sus padres. Todo apunta a que en el ámbito familiar se gesta gran parte de esta falta de respeto, disciplina y consideración. Muchos progenitores carecen de valores educativos y, ni saben, ni pueden inculcarlos; algunos, incluso, han llegado a amenazar o agredir a los docentes. Hoy, reprender a un alumno, retirarle el móvil o castigarlo sin recreo puede desencadenar reacciones absolutamente desproporcionadas por parte de sus padres. Es cierto que estos casos aún son minoritarios, y que muchos padres delegan en los docentes una educación que ellos no han sabido proporcionar. Pero esa delegación pervierte la función del profesor, que deja de enseñar para dedicarse a educar en lo más elemental. Se invierte más tiempo en inculcar normas básicas de respeto que en explicar las oraciones de relativo, las ecuaciones o la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, entonces, que muchos estudiantes lleguen a la universidad con una formación cultural deplorable. Las redes sociales, internet y buena parte de la televisión no fomentan la cultura ni la educación; al contrario, imponen la grosería, el griterío y la violencia verbal o física. Si las nuevas metodologías educativas no están funcionando, quizá haya llegado el momento de replantearse aquello que sí lo hacía: disciplina, rigor, puntualidad y respeto a la autoridad. A ello habría que añadir medidas como limitar la interferencia de padres problemáticos, restringir el acceso a redes sociales y frenar el veneno que se inocula a través de programas basura, youtubers o influencers violentos.

 Solo así los centros educativos podrían aspirar a transformar la sociedad. Pero me temo que está ocurriendo justo lo contrario: es esta sociedad perniciosa la que ha penetrado en colegios e institutos. Si no aunamos fuerzas, todo esto acabará irremediablemente yéndose al gareteracteres con espacios.

 Afortunadamente, en mi instituto no tenemos esa problemática tan marcada, pues se optó hace muchísimos años por la disciplina, el rigor y el respeto a la autoridad, y tenemos un aula de convivencia para esos alumnos que impiden reiteradamente el desarrollo de la clase. Pero me consta, por muchos amigos y compañeros del gremio, que somos una parte de la excepción, y que la norma es la que nos retrata José Luis Raya en su artículo.

 Tengo en la videoteca de casa el DVD de La clase, que vi hace muchos años, cuando los periódicos casi regalaban las películas. Si no han visto el film de Laurent Cantet que menciona José Luis en su texto, les animo a ello.

 Pueden ver otras entradas sobre La educación en España clicando sobre los siguiente enlaces:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/01/la-importancia-de-la-educacion-en-espana.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/09/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2022/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2024/06/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/10/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

domingo, 8 de febrero de 2026

EL QUE NO CORRE, VUELA


Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

El mes pasado, cuando venía una borrasca tras otra, me acordé de una novela corta de Pablo Aranda que lleva por título Borrasca en los Ozores, y como hacía una tarde de sofá y mantita, como la de hoy, la cogí de la estantería y me puse a releerla.

 Al abrirla me encontré con su dedicatoria, y no pude más que esbozar una sonrisa:

 Para mi amigo Pedro, aunque en esta micronovela nadie corre; aunque el que no corre, vuela.
 Un abrazo enorme,
Pablo Aranda
abril 2018

 Veo su caligrafía tan particular, y recuerdo el mimo y el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, el detalle personal, lo recto de sus renglones...

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2026/01/borrasca-en-los-ozores.html?m=0

 Leer a Pablo siempre es grato, de alguna manera es sentir de nuevo su compañía, como si estuviera sentado a mi lado en el sofá. Y como la tarde era lluviosa y no apetecía nada que no fuera estar arrellanado en él, me releí también Una historia de amor, un relato largo de Pablo que editó Promotora Cultural Malagueña con la colaboración del Ayuntamiento de Málaga y la Empresa Malagueña de Transportes (EMT), de ahí que lo repartieran en los autobuses de línea de Málaga para promocionar la lectura en la campaña «Libros sobre ruedas-Librerías en marcha».

Una historia de amor, de Pablo Aranda
Libros sobre ruedas-Librerías en marcha
Fotografía: Pedro Delgado

 Una historia de amor es un relato sobre un tipo que con veinte años recién cumplidos se enamora de Merit, una noruega que pasa sus vacaciones de verano en Málaga, y de cómo se la sopla su amigo Pedro. Al protagonista le gustan los videoclubes, el cine español y el café en una taza grande con mucha leche. Podría ser el propio Pablo, pero no lo es, porque entonces su perro no se llamaría Miércoles, sino Turrón. Tampoco soy yo el Pedro del relato, porque entonces estaría viviendo en Oslo, y Noruega es el único país de Europa, junto a Luxemburgo, Suiza y Liechtenstein, que todavía no he visitado.

Marit va a cumplir 50 años porque yo también estoy a punto de cumplirlos y en el verano de 1988, cuando yo acababa de cumplir 20, ella también acababa de cumplirlos. Los domingos no íbamos a la playa, porque los domingos no se va a la playa, tanta gente, las sombrillas y las voces, pero aquel domingo Pedro me propuso ir y dije bueno. Entre las familias  numerosas descubrimos un oasis de jóvenes extranjeras y extendimos las toallas junto a ellas. Yo creía que Pedro iba a contarme alguna intimidad y me preguntaba de qué se trataría, pero Pedro no decía nada y yo me callaba para dejar espacio a su confesión y lo miraba buscando algún gesto extraño que no hallé y me decía que tal vez simplemente le habían entrado ganas de ir a la playa aunque fuera domingo. Las extranjeras eran cuatro y nosotros dos éramos sólo dos. Parecían contentas y no lográbamos adivinar qué idioma hablaban. El pelo clarísimo nos hizo pensar en un idioma nórdico, también nos hizo pensar en un idioma nórdico haber descartado inglés, francés, alemán e italiano, tampoco holandés del que no entendíamos una sola palabra pero distinguíamos el fuerte acento, ni portugués porque las portuguesas no eran rubias. Era una lengua musical y  mientras esperaba lo que fuese a contarme Pedro me imaginé saliendo con tres de las cuatro, no a la vez sino que me imaginaba que iba a visitar a una a su país y luego me imaginaba visitando a otra, pero las imágenes me resultaban confusas porque deseaba escuchar la confesión de Pedro y además no sabía en qué país visitarlas. Tampoco sabía si visitarlas enseguida, al mes siguiente de que hubiesen vuelto a su país, o años después, cuando desconocía el aspecto que yo tendría. Mi aspecto 30 años después es el que tengo ahora, pero entonces no lo sabía.
 Mi cumpleaños había sido hacía muy poco y cuando cantaron el cumpleaños feliz en su bella lengua extraña Pedro dijo que me cantaban a mí y solté una carcajada y una de ellas, la del biquini naranja, se volvió a mirarme y le dije gracias.
 –¿Gracias por qué? –me preguntó en español.
 –Acabo de cumplir 20 años –respondí sonriendo.
 –Yo los cumplo hoy.
 Tenía una mirada rara y nos fuimos los seis juntos al agua. Le señalé la sombra violácea de una montaña africana pero no logró verla y me dijo que se llamaba Marit y era de Noruega. Me imaginé caminando por las calles de Oslo cogido de la mano de Marit, pero Noruega comienza por no y desordenando las palabras de Oslo llegué a solo, lo cual constituía un mal presagio que sin embargo no me desanimó. Nos invitaron a una fiesta esa noche y nosotros avisaríamos a Isidro y los otros y llevaríamos cerveza. Al despedirnos noté reflejos en su ojo dorado, como en la novela de Carson McCullers que aún no había leído, y me entraron unas ganas terribles de besarla.
 –Me gustan mucho tus ojos –logré decirle.
 –En realidad sólo es mío el izquierdo –dijo ella, y yo atribuí lo enigmático de su respuesta a su mal español, que no era malo en realidad, aunque tampoco muy bueno.
 En el camino de vuelta Pedro me contó algo, tal vez eso tan importante que le había hecho quedar conmigo para ir a la playa en domingo, pero yo no le escuchaba. Él hablaba y hablaba y yo me decía que en navidades vendría a visitar a mi padre y a mi madre, en las navidades futuras, cuando yo ya estuviese viviendo con Marit en un pequeño apartamento de un edificio antiguo sin ascensor en el centro de Oslo. No supe apreciar el mal presagio de que el edificio careciera de ascensor.

 Una historia de amor es un magnífico ejemplo de la literatura de Pablo, pues en sus páginas podemos encontrar sus habituales e ingeniosos juegos de palabras, su fino sentido del humor y su inmensa ternura por los perdedores.

 –Pero si Merit es noruega –dije.
 –Es lo mismo –dijo él.
 Por la noche daba vueltas en mi cama, preguntándome como Dios, o Thor, o quien fuese, permitía que una noruega de dos ojos bellísimos, aunque sólo uno fuese biológico, con esa sonrisa y ese acento, esa dulzura, podía salir con un tipo que consideraba lo mismo ser noruega que sueca y que se refería a ella aludiendo a lo que no tenía, un ojo, que en realidad sí tenía, aunque no fuera biológico, como quien tiene un hijo adoptado y es igual de hijo que un hijo biológico, o incluso más, pues es elegido, pero Merit no tenía un hijo adoptado sino un ojo adoptado mientras yo daba vueltas en mi cama y lloraba, en cierta manera tuerto, pues me faltaba una mitad, Merit, ¿qué haces con Pedro si quien iría a visitarte a Oslo soy yo?
***
Cuando terminaron aquellas vacaciones de 1988 fuimos a un concierto de Danza Invisible en Torremolinos y coreábamos todos juntos a gritos la canción El fin del verano siempre es triste, porque nos parecía verdad, y yo no se lo decía a nadie pero no sabía cómo afrontar el siguiente curso de la universidad sabiendo que Merit volvía a su fiordo y, lo peor de todo, sin que yo tuviera una buena excusa para ir a visitarla y tampoco dinero, aunque en aquella época no tenía problemas en viajar haciendo autostop y tardando lo que tardase, porque el billete de avión costaba un ojo de la cara, aunque esta expresión me deje un regusto sucio al escribirla.
***
Merit ha cambiado pero es la misma, como yo. Tiene el pelo largo pero no tanto como antes. Su ojo izquierdo sigue teniendo reflejos cuando la luz le da de cierta manera y aunque se nota que han pasado los años sigue guapísima. Su español es buenísimo, pero conserva un poco la musicalidad noruega y yo la besaría. Me ha dado un abrazo al verme y me ha preparado un café con leche en una taza muy grande, que es como a mí me gusta el café, con mucha más leche que café, pero yo no se lo he pedido así, a lo mejor se acuerda de cuando tomábamos café y pasábamos del inglés al español y yo calculaba las posibilidades de que dejase a Pedro y me pidiera salir con ella, pero nunca dejó a Pedro y yo sí lo fui dejando, porque un día me contó que Merit se depilaba el pubis, tío, aunque en realidad él dijo coño, y yo me enfadé porque me lo contase, y también un poco porque lo tuviese depilado, y me enfadé por haberme enfadado y le dije que preferiría no saberlo y él me preguntó el qué y si ni siquiera sabía eso es que era mejor dejarlo, y fui dejándolo, y poco a poco no fui yendo con él a la playa aunque fuese entre semana y llegó un momento en que hacía varios años que no nos veíamos y como Merit y él se fueron a vivir juntos pero sin casarse no tuvieron que invitarme a la boda ni yo tuve que no  ir, porque seguía enamorado de ella, como sigo ahora, casi treinta años después.

 Merit sólo estaba en aquellas páginas de papel, pero Pablo ya había hecho que cobrara vida. Me la había metido en la cabeza, y me dieron ganas de pisar Oslo, de ir a visitarla. Y entonces cogí la tablet y busqué Oslo en la página de la Lonely Planet. Escribí «Qué ver y qué hacer en Oslo», y gasté la última hora de la tarde en recorrer con Merit todos aquellos lugares.

https://www.lonelyplanet.es/europa/noruega/oslo/imprescindible

Una historia de amor de Pablo Aranda y la guía de Noruega de Lonely Planet
Fotografía: Pedro Delgado

 Y como la mayoría de los lectores de este blog son atletas, les anoto aquí, por si también se animan a visitar Oslo, la fecha de la próxima Maratón de la capital: 12 de septiembre de 2026.

https://oslomaraton.no/en/

Maratón de Oslo – 12 de septiembe de 2026

viernes, 9 de enero de 2026

SI LOS REYES NO ACERTARON...


Deporte + Literatura= Literatura deportiva
Fotografía: Pedro Delgado

Si los Reyes no acertaron con sus regalos o simplemente tuvo mala suerte y le trajeron el premio Planeta de Juan del Val o ese ensayo sobre la supraconciencia que le garantiza que la vida existe después de la muerte. Si usted pensó en tirárselo a la cabeza al rey correspondiente, o en encestarlo en una canasta, no se preocupe, ahora está a tiempo de devolverlo a la librería y escoger otro de su gusto.

 Para los más viajeros y aventureros de la casa ya hice mi recomendación en mi otro blog*, pero para los que frecuentan este, y les gusta la literatura deportiva, les voy a recomendar una serie de títulos en los que el deporte tiene todo o algo de protagonismo.

 Para los amantes de la literatura deportiva en general:

 Para los amantes del atletismo:

 Para los amantes del tenis o de los deportes de raqueta:


Para los amantes del boxeo:

 Para los amantes del fútbol:

 Para los amantes de la natación:

 Para los amantes del ciclismo:

 El listón ya ha subido un año más. Y tal como están las cosas, sólo me atrevo a desear que sobrepasemos la nueva altura.

 Desde Calle 1 les deseo salud para este 2026 que recién empezó.

 Cuídense. Lean y hagan deporte.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2026/01/la-fiebre-del-horizonte-y-mi.html