viernes, 12 de abril de 2019

ANTONIO JURADO: FISIOTERAPEUTA Y ESCRITOR


Antonio Jurado con su primera novela: El árbol de la cucaña (Letrame Editorial)
Fotografía: Lucía Rodríguez

No hay ni un solo atleta en Málaga, al menos de los de mi época, que no se haya puesto alguna vez en manos de Antonio Jurado para solucionar una lesión. Mi talón de Aquiles durante mi etapa atlética siempre fue la espalda: contracturas musculares y pinzamientos del nervio espinal por un prolapso de disco en la zona lumbar. Recuerdo haber entrado más de una vez en la consulta del Centro de Rehabilitación Larios tieso como un Madelman, doliéndome hasta al respirar, y salir a la hora en perfectas condiciones para poder entrenar. De ahí que, como muchos otros, tenga a Antonio en un altar, y cuando alguien me comenta cualquier lesión, a San Antonio Jurado que lo mando.
 Yo he vuelto a él ahora para tratarme un rebrote de mis fascitis plantar, y hablando con él de libros (es lo que tiene que nos guste leer) me enteré de que había publicado una novela: El árbol de la cucaña (Letrame Editorial). Sus páginas se ambientan en  el Torremolinos de los años sesenta, cuando ese pequeño pueblo de pescadores se convirtió en la meca de la modernidad, "refugio de un nomadismo cosmopolita"; de ahí que Alfredo Taján se la hubiese presentado hacía unos días en La Térmica, pues el argentino afincado en Málaga desde hace un decalustro ya dirigió la edición de un número especial de la revista Litoral sobre el municipio: Torremolinos, de pueblo a mito, donde firmó un artículo en el que aseveraba que "Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, Torremolinos ya existía y se comunicaba con los dioses del Olimpo". Amén de ser autor de Pez Espada, donde el famoso hotel de Torremolinos es el eje principal de la novela.


Presentación del último libro del escritor y fisioterapeuta Antonio Jurado, El árbol de la cucaña, junto al poeta y escritor Alfredo Taján. Fotografía: @latermicamlg, 13 de diciembre de 2018.

 Antonio me regaló un ejemplar de El árbol de la cucaña, y mientras me ponía ondas de choque para tratar mi fascitis plantar, comencé su lectura. Ya no lo pude soltar.

Pedro Delgado leyendo la última novela de Antonio Jurado en el Centro de Rehabilitación Larios
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Durante la historia acompañamos a Falito Aranda desde Peñarrubia (hoy día cubierta por las aguas del embalse de Guadalteba) a La Tralla, y de allí a Torremolinos.

Peñarrubia, Málaga
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

Peñarrubia, Málaga
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

 El barrio de la Tralla era una herida abierta sobre aquella tierra olvidada de Dios desde tiempo inmemorial. Perdido en el recuerdo, su caótico origen al calor de las fábricas cercanas, surgió como un aluvión de chamizos y casas bajas habitadas por menesterosos obreros y pescadores de boliche, que sobrevivirían al tiempo encajonados entre el mar y las vías del tren. La fortuna esquiva los sometió a una realidad que aceptarían primero con asombro, con rabia más tarde y al final con la sumisión con que se soporta un destino imprevisto e inevitable. Algo indescriptible los anclaba a lo largo de la ancha orilla para compartir parejos un sentimiento cotidiano de fracaso, también la compartida frustración los igualó –todos los hombres se asemejaban en algún punto a su fracaso– y apretó como gavillas, hombro con hombro, para hacer más fácil eso del vivir.
La barriada El Perro, entre el mar y las fábricas la Cros y los Guindos
Fotografía: La Opinión de Málaga
 La Tralla en los primeros sesenta era una cadena de casas que, partiendo del lado de Levante, corría paralela al mar, hasta quebrarse por la parte de poniente donde entroncaba con otra doble fila más corta, ambas hileras se unían en vertical formando una gran L. A espaldas del brazo corto de la L estaba la factoría de Los Guindos, un complejo metalúrgico dedicado a la obtención del plomo. Desguaces del infierno semejaban sus enormes hornos donde se fundía la galena, cuyos líquidos residuos, color rojo incandescente, se vertían directamente al mar por medio de una grúa con forma de cono. Cuando la piedra fundida se enfriaba, el rojo magma se concretaba en azarosos trozos de escoria. La playa con el paso del tiempo se llenó de curiosas figuras de color oscuro. El resto de las fábricas eran químicas y, entre todas, delinearon un horizonte poblado de chimeneas muy altas, así diseñadas para que sus venenosos gases aterrizaran más diluidos.
Chimenea de la fundición "Los Guindos"
Fotografía: Blog Málaga en Blanco y Negro

 Con la ayuda de Antonio, al darme los nombres de la Estación del Perro y el Carril de la Chupa, localicé mentalmente La Tralla, en la que el propio Antonio se crió.

El tren a su paso por La Tralla, Málaga. Fotografía: Suburbio, conciencia social y militancia (Ediciones del Genal, 2018), de Pedro Andrés González.

 De entre los personajes que vivieron en ese lugar, Antonio nos recuerda a Doña María Terrón, quien "siguiendo el modelo ateniense", había hecho de la antepuerta de la casa de su hija una escuela.
 Muchas veces me he sorprendido a lo largo de mi vida recordando la mirada de María Terrón. A pesar de mis seis o siete años, siempre encontré algo de misterio en los ojos de aquella anciana, parca de palabras y de gesto adusto, pero había algo en ella, cuando se quitaba las gafas y miraba al mar, la ropa flameada por la brisa, que transmitía a la vez cansancio y paz interior. Creo que ella esperaba justa probidad al otro lado del viento, sabía que su justicia no la encontraría en este mundo.Con los años descubrí que María Terrón había sido directora de una escuela de la Institución Libre de Enseñanza, en tiempos de la república, y que en 1941 su marido fue fusilado por confundir los símbolos y ella apartada del magisterio. Nunca se supo más. Nunca ella quiso que más se supiera. Cuando murió, de su baúl sacaron libros que eran verdaderas joyas y de un pozo, excavado en el patio de su casa, seco y olvidado desde muchos años atrás, un arsenal de pistolas, fusiles y munición: obsoletos despojos de una guerra perdida. Su yerno una noche cargó aquella herrumbre en un bote y la arrojó al mar. Un turista de Madrid compró todos los libros al peso en el verano de 1969.
Pescadores del barrio de la Tralla, Málaga. Fotografía: Suburbio, conciencia social y militancia (Ediciones del Genal, 2018), de Pedro Andrés González. 
[...] En invierno las cosas en La Tralla eran muy distintas, el color del cielo se tornaba en gris espeso y las levantaras no era raro que durasen semanas, con olas grandes y marrones que alcanzaban las casas, rodeándolas a veces. El viento ululaba, soplando con tal fuerza que era capaz de arrancar los anuncios de chapa clavados en las paredes. Al presagio de levante duro con mar gruesa, las casas defendían sus puertas del mar sobreponiendo compuertas de madera por fuera del marco, las cuáles se sellaban con pegotes de yeso, mientras tanto, se habilitaba la puerta trasera, que daba a la vía del tren. Los inviernos en La Tralla tenían olor a salitre y a caldillo de pintarroja, y se sobrevivía del fiado en alguna de las dos tiendas del barrio. El fiado era un acuerdo tácito entre el tendero y el cliente, una promesa de pago sin más sustento que la palabra dada, que suponía aval suficiente. [...] El levante, a menudo, obligaba a que los marineros estuvieran en tierra tres o cuatro días y como este descanso se alargara, en cuanto el oleaje se amansaba un poco, empujados por la precisa hambre, de noche, se echaban a la mar, manteniendo al barrio en vilo. Al atardecer, el tenue sol abandonaba a La Tralla a su suerte, guiñándole en su huida un destello de terror. Principiaban largas noches de mariposas encendidas y trasiego de escapularios de la Virgen del Carmen.
 Describe Antonio en la página 55 un corralón perchelero que me trajo recuerdos del corralón de la calle Cerrojo en el que vivía mi abuela paterna, detrás de la Iglesia de Santo Domingo, unos corralones que podían haber quedado como vestigio de la arquitectura de una época y que fueron echados abajo en los años noventa para construir esa mole fea que constituye el edificio del Conservatorio Superior de Danza, un pegote incomprensible adherido a un templo del siglo XV.

Corralón de Calle Cerrojo, Málaga
 El 20 de febrero de 1965, Falito comenzó a trabajar con cinco hombres más y una reata de veinte burros en la extracción de arena del inmenso playazo virgen existente en el margen izquierdo del río Guadalhorce. La demanda del preciado material se disparó de tal manera que el descuaje de arena de la playa se hizo mucho más intensivo, de modo que, poco tiempo después, se incorporaron ingenios mecánicos y cintas transportadoras para dar abasto. En aquellos años Málaga entró en una espiral de desarrollo y las viviendas, hasta entonces un bien escaso, se multiplicaron como por milagro bíblico, creando colmenas humanas en una ciudad acostumbrada a las casas de una sola altura. El cielo de repente se llenó de grúas y andamiajes que no cesaban de parir cemento y ladrillos, creando colmenas verticales que cambiarían por completo el horizonte y la manera de convivir. La aclimatación de los vecinos conllevó una nueva convivencia de puertas cerradas y tabiques de cemento que acabó con la vecindad altruista y solidaria, además los nuevos pisos había que llenarlos de objetos y la publicidad trabajó a destajo para saturarlos de modernidad: fue la primera invasión de los electrodomésticos, indefectiblemente comprados a plazos, que hicieron algunas tareas más fáciles, pero que también llevaban dentro un caramelo envenenado: encerró a la gente cada vez más en su casa y a las puertas, antes abiertas, se les pusieron cerraduras dobles. Por primera vez los vecinos de toda una vida tuvieron, en no pocos casos, la consideración de ladrones en potencia. Ya había un baluarte al que proteger: por primera vez se tenía algo y había miedo a perderlo.
***
 Durante los años que duró la extracción de arena se retiraron miles de metros cúbicos, creando enormes socavones en la playa, que los levantes de invierno rellenaban en parte. Los daños que se perpetraron sobre el ecosistema que poblaba los humedales del Guadalhorce fueron irreparables con la desaparición para siempre de muchos animales. Se perdieron las colonias de nutrias, se esquilmaron las anguilas que cada noche de invierno se cogían por baldes –los pescadores las mataban con tabaco: simplemente le desliaban un par de Ideales en el cubo– y desaparecieron multitud de especies de aves. Nadie dijo nada al respecto, el pastel era demasiado goloso, se vislumbraba demasiado de todo como para pensar que la extinción de cuatro bichos podría poner freno a aquella orgía. Al tiempo comenzó a florecer el turismo en la vecina Torremolinos, cuyos huertos junto al mar se fueron sembrando sin descanso de hormigón, sometiendo a sus playas a una sobreexplotación que a la larga le darían gloria y muerte.
 También aparecen por sus páginas locales o establecimientos emblemáticos de Torremolinos: el Pedro's, bar de copas pionero en una de las esquinas de la plaza de la Costa del Sol; la Vaca Sentada, en plena Nogalera; el Top-Ten del Pasaje Pizarro; el Bossanova; el Pasaje Begoña; el Blue Note; el Harry's; el Pussycat; Le Petit Bilboquet, por donde pasaron la Bardot, la Cardinale, la Montiel y otros personajes del papel couché.

Pedro's bar, Torremolinos
 La Nacional 340 partía Torremolinos en dos, en el lado sur quedaban los barrios pesqueros y la calle San Miguel que desde la carretera se prolongaba en vertical hacia la playa. En aquel cruce se levantaba la plaza de la Costa del Sol y en una de sus esquinas estaba el Pedro's, bar de copas pionero, con amplio interior y dos filas de mesas en la terraza dispuestas como observatorios del ir y venir, era un lugar para ver y dejarse ver. Desde la esquina de la barra que daba a la plaza, Paco Corpas llevaba el control del establecimiento, siempre con un vaso y una bayeta entre las manos pendiente del detalle, mientras con la mirada y sutiles movimientos de cabeza dirigía a su cuadrilla de camareros, todos con casaquilla granate y palomita negra. Llevaba allí desde 1958 y ya era todo un referente en Torremolinos. Paco Corpas era un ilustrado de la barra, se manejaba con soltura en varios idiomas, conocía los códigos del grupo jaranero y el tempo del trago solitario, a ambos les daba el toque exacto y, más aún, sabía cuando convenía el palique o el mutis. En temas de algún compromiso siempre callaba y, si era interpelado, era maestro en desinflar el asunto con vacuas palabras rematadas con algún agudo comentario que desataba la risa de la concurrencia. Era infalible en fechas y onomásticas y capaz de dar razón con cierta solvencia sobre las cuestiones más peregrinas que pudieran plantearle.
 Y junto a ellos el Frankie's; el Madrigal, sala de fiesta de referencia de la Costa del Sol; el King's Club; el night club El Lago Rojo; el hotel Stella Polaris; El Clavo Ardiendo o el Casablanca, club de ambiente gay en la zona alta de Montemar que dirigió el escocés Peter Langley.
Langley había dirigido una sala de fiestas en la bella Agadir de finales de los cincuenta. En aquellos años, la ciudad marroquí era la meca del turismo homosexual llegado de cualquier rincón del globo, con una tolerancia desconocida en otros lugares del mundo. El 28 de febrero de 1960, la ciudad sufrió un devastador terremoto. La intolerancia encontró su momento y de inmediato difundió el suceso como una anunciada maldición bíblica: la tierra se abrió como una granada expiatoria, las deudas de la carne debieron ser incalculables, pues Agadir quedó totalmente destruida. A la vista del desastre, la comunidad gay se trasladó a Torremolinos, un pueblecito del sur de España, que les ofrecía la suficiente discreción.
 También menciona la crepería El Goloso, con sus crepes de frambuesa y azúcar, que dio nombre al pasaje que une la Plaza Costa del Sol con la Plaza de la Gamba Alegre. Recuerdo que nos gustaban mucho aquellos crepes a mí y a mis hermanos, y que después mis padres nos llevaban a pasear por la calle San Miguel, aunque el recuerdo es de otra década (los setenta).

Abierta en 1963, la crepería El Goloso daría nombre al pasaje que unía las dos plazas, Torremolinos
Fotografía: www.aqueltorremolinos.es

Calle San Miguel, años sesenta. Fotografía: www.aqueltorremolinos.es
 Un poco más abajo resistía el barrio de La Carihuela, reducto de los últimos pescadores, donde la mayoría de sus vecinos habían desertado de la dureza de la barca para reciclarse en camareros. Ya entonces eran las mujeres quienes marcaban el pulso de aquella amalgama de casas bajas, mientras respiraban con el estigma del luto encima, combinando el negro de mil formas distintas durante toda una vida. Los días se sucedían implacables, sin dejarles tiempo para tener clara conciencia de la irreversibilidad de los cambios. Confundido por el estupor del calor y sin oponer resistencia, aquel Torremolinos transmutó mansamente del blanco y negro al color y, cuando quisieron saber qué pasaba –si alguien quiso saberlo–, la veda ya estaba abierta al hedonismo. Los nativos de repente fueron invitados, como mano de obra, a la gran metamorfosis, e improvisaron lo que no pudieron aprender, bien es verdad que tampoco los pilotos de aquel cambio tenían claro a dónde querían llegar ni cómo hacerlo, todo se reducía a caminar hacia delante con un sentido único, económico para unos, voluptuoso para otros. 

*** 
 ¿Cómo pudieron conjugar una vida que se iniciaba de madrugada yendo por agua a la fuente, salpicada de rezos y partes en la radio, con aquella perenne e impía verbena? 

*** 
 El roce producido por el trasiego entre unos y otros, nativos y forasteros, iba dejando arañazos en el existir de aquellas gentes. Las heridas en muchas ocasiones tuvieron doble sentido, como el alambre de espino. A cuántos escandinavos pasados los años los asalta un recuerdo, aunque sea mínimo, de aquellas estancias en España, cuando el viento de poniente les empujaba en largos paseos con los pies desnudos por la inacabable playa. Entonces les invade la nostalgia del sueño imposible, de revivir lo que una vez conocieron en aquel país extraño, de raras costumbres, salpicado de cal y de sal marina, aquel lejano pedazo de tierra, de calles recónditas y plazuelas con latas de geranios, de estrechas calles llenas de pregones, de pozos hondos, de cuadras y aparejos, de pinos con tablillas con el nombre de sus ahorcados, de sandías abiertas como enormes corazones, de olor a pan caliente y a pescado frito.
 Antonio Jurado mezcla en su novela personajes reales (Rafael Aranda lo es) con ficticios, como Dino Galarza o el pintor Maxence Ceulemans de Villa Theo ("Aunque conocí a muchos pintores como ese que exponían en la galería de arte que había en el Pasaje Zacatín", me apunta Antonio). Y hablando de pintores, comentar que en las páginas de El árbol de la cucaña aparece la célebre anécdota del Pedo de Dalí, pintor y personaje, a partes iguales, que también pasó por Torremolinos. Y, como no, el episodio de la famosa redada en el Pasaje Begoña la noche en que la dictadura quiso acabar con el ambiente gay de Torremolinos, un hecho que tuvo eco hasta en la prensa extranjera.
 Quien no sepa lo que es una cucaña y de dónde viene el título de la novela, tendrá que esperar a la página 219.
[...] Le pareció extraño la original situación de un viejo tronco de árbol, cuyo extremo coincidía con el centro de la alberca. Giró la cabeza y Palomeque, que procesaba tras él, le explicó que había aprovechado aquel madero, que llevaba años junto a la tapia del patio, para hacer una cucaña. 
 El pintor no supo con certeza a qué se refería, entonces Palomeque le completó el relato: se unta el tronco de jabón y aceite y se coloca una banderita en la punta del mismo, los contendientes han de andar descalzos sobre el tronco hasta coger la bandera. Si resbalan, van al agua.
 Además de fisioterapeuta, Antonio es un gran amante de la música, con una colección de discos inmensa y un libro escrito sobre el tema: Historia de la música pop a través de sus canciones (Siníndice Editorial, 2017).


 Quizás por ello, la música aparece por las páginas de su primera novela a modo de banda sonora. Aquí les dejo algunas de esas canciones.

Vino Amargo (Rafael Farina)


Le falta un clavo a mi cruz (La Consentida)


Espérame en el cielo (Antonio Machín)


Capullito de alhelí (Nat King Cole)


El Pirata (Ennio Sanguino)


Sapore di sale (Filippo Carletti y su orquesta)


Sympathy (Rare Bird)


Achilipú (Dolores Vargas)


Windmills of your mind (Alison Moyet)


La Pared (Bambino)


Puro teatro (La Lupe)


Tú me acostumbraste ( Frank Domínguez)


Strangers in the night (Frank Sinatra)


You really got me (The Kinks)


Aquarius (Hair)


Good Morning Starshine (Hair)


Hallelujah (Leonard Cohen)


Blowind in the wind (Bob Dylan)


Let the sunshine in (Hair)


 Por último, quiero dejarles aquí el enlace a Librerías Proteo y Prometeo por si no encuentran el libro en su librería habitual.

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/2264551/titulo/el-arbol-de-la-cucana.html

Y cuando lo tengan pásense por calle Pinzón, 10 para que se lo dedique.

Antonio Jurado con su novela El árbol de la cucaña (Letrame Editorial)
Fotografía: Lucía Rodríguez

martes, 2 de abril de 2019

HOMENAJE A TOMÁS CHINCOA GALLEGO


Tomás Chincoa Gallego

Desde hace un año me sorprendo viendo los partidos de fútbol que televisan del Betis, incluso sufro cuando el equipo no logra clasificarse para una final que merecía y que se va a jugar en su propio estadio, como ocurrió hace un mes en Valencia –y mira que jugaron bien Joaquín, Sergio Canales y compañía, pero cuando la pelota no quiere entrar...–. Y muchas veces, al cruzarme en el instituto con algún alumno que lleva la camiseta verdiblanca, se me escapa un "¡Viva er Beti manque pierda!". Al principio me resultó insólito todo esto, y qué decir a mis amigos, quienes me preguntaban cómo era posible que hubiese sumado un nuevo equipo a los de siempre (Málaga, Real Sociedad y Juventus), pero en cuanto me puse a pensar encontré la explicación. No había nada de extraño en ella, era simplemente mi forma de honrar al amigo fallecido, a Tomás Chincoa, con el que antaño tantas horas había compartido en la pista de atletismo de la Ciudad Deportiva de Carranque. Chincoa, que además de buena gente era policía municipal, hacía muchos años que no corría por su enfermedad, pero cuando nos veíamos era como si volviésemos atrás en el tiempo. Los años habían caído como losas, pero nosotros seguíamos viéndonos como aquellos dos chiquillos que daban vueltas sin parar en pos de un récord o una medalla, de la gloria que ya sabemos es efímera. Tomás, como su padre Gabriel, era muy bético, y yo había empezado a guardarle las chapas del Betis que me iban saliendo en los paquetes de pipas de Grefusa.

Chapas del Betis de las pipas Grefusa (GrefuLiga 2017-2018)
Fotografía Lucía Rodríguez

 Me las eché al bolsillo la última tarde que fui a visitarlo al hospital. Esa mañana le habían dado el alta, así que las guardé en el cajón del escritorio pensando en llevárselas el día que fuese a verlo a su casa, pero entre no querer molestar y la vorágine diaria, la visita no se produjo. "El tiempo encuentra formas peculiares de pagar deudas", así que cada vez que el Betis juega algo importante me acuerdo de Tomás y me siento frente al televisor con unas cañas. Durante casi dos horas es como si estuviese a mi lado, como cuando corríamos por Carranque, por el circuito del Scalextric o por los terrenos de la feria o de la Laboral.
 Hoy, que se cumple un año de su fallecimiento –el tiempo siempre pasa más rápido de lo que parece–, he querido escribir estas líneas y acompañarlas de esta fotografía que me ha conseguido el amigo Manuel Espárraga. "La fotografía se tomó en una academia militar de Toledo en el año 1985. En las camisetas pone F.M.A (Federación Malagueña de Atletismo), por lo que no era un campeonato por autonomías, pero sí que estaban representadas las provincias*. Tenía que ser de un campeonato de España. Teníamos todos 16 y 17 añitos y unas ganas de correr y unos cojones como toros".
*En esta época no había campeonatos autonómicos y se competía por federaciones provinciales.

Arriba a la izq. Salvador de Coín, y los malagueños Jorge y Tomás Chincoa
Abajo a la izq. Manuel Espárraga de Antequera, Diego López de Coín y Carlos Salcedo de Nerja
Campeonato de España de cross en Toledo, 1985

 Junto a la fotografía, le envío un abrazo a su familia y a sus amigos.


“¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?”. 
El corazón es un cazador solitario -Carson McCullers-

sábado, 30 de marzo de 2019

HAZTE SEGUIDOR DE CALLE 1 EN BLOGGER


Sándor Iharos junto a Emil Zàtopek en 1955
Fotografía: Komlós Tibor (intervenida por Pedro Delgado)

Como sabéis la cuenta de Google+ dejará de estar disponible a partir del día 2 de abril, y uno de los efectos colaterales de ello es que desaparecerán todos mis seguidores de Google+. Sois muchos los que estabais al tanto de mis entradas en el blog por ese canal, por lo que desde aquí quiero animaros a migrar a Blogger, desde donde podréis haceros seguidores de Calle 1, un blog de atletismo y de todo lo que está relacionado con él, y en el que, a veces, también se tocan otros deportes.
 Es bien sencillo. En la columna de la derecha encontraréis los "cuadraditos" de los seguidores, y bajo ellos un rectángulo azul con la palabra Seguir dentro. Sólo tenéis que pinchar en él.


 No os llevará nada de tiempo, y de esa forma continuaréis recibiendo mis artículos; además de ser una buena forma de apoyar al blog y de crear una comunidad en torno a él.
 Un saludo, y espero veros pronto de vuelta por aquí.

lunes, 25 de marzo de 2019

DE MÉXICO 68, GUADALUPE NETTEL Y RAYMOND DEPARDON

Ojeando viejos recortes de prensa, que se han ido acumulando en la mesa de la cocina este último año, me he topado con un artículo de la mexicana Guadalupe Nettel sobre los Juegos Olímpicos de 1968 que se celebraron en su país. Lleva por título “Encima de Villa Olímpica”, y tiene una anotación mía a bolígrafo con la fecha (14 de octubre de 2018) y el nombre del diario en el que apareció (El País).

Artículo de Guadalupe Nettel sobre la revista de fotos de Raymond Depardon
Fotografía: Pedro Delgado

 En febrero de ese mismo año compré una revista de Raymond Depardon que recopilaba las fotografías que el francés había realizado durante las olimpiadas de Tokyo 64, México 68, Munich 72, Montreal 76 y Moscú 80, así que guardé el recorte con la idea de escribir una entrada que aunase el texto de Nettel, sobre la poco alumbrada matanza de Tlatelolco, con las bellas imágenes en blanco y negro de Depardon de los juegos de México. Pero el tiempo pasó, el recorte pronto quedó apilado entre otros y el libro varado en la sección de fotografía de la estantería. Hasta hoy, que con el recorte en la mano he ido a rescatarlo de la librería para mostrárselo a ustedes; intercalando el texto de  la ganadora del Premio Herralde de Novela 2014 con las fotografías del de la Magnum. ¡Que ambos me perdonen! Por el atraso y por el atrevimiento.


ENCIMA DE LA VILLA OLÍMPICA
Por Guadalupe Nettel

Durante los primeros años de mi infancia viví con mi familia en un conjunto habitacional situado al suroeste de la Ciudad de México. La Villa Olímpica había sido construida en 1968 para hospedar a los atletas participantes en las Olimpiadas que tuvieron lugar en México durante ese año, a las delegaciones de los distintos países y a la prensa internacional. Fue el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz quien inauguró el conjunto con un discurso que anunciaba su intención de "cobijar a la juventud del mundo", mientras vetaba a Sudáfrica por su política de apartheid, como habría hecho un presidente humanitario con ideas progresistas. Según el gobierno mexicano, esos juegos debían servir para afianzar la imagen internacional de nuestro país. Sin embargo, las protestas estudiantiles, inspiradas en los diversos movimientos sociales que tuvieron lugar en el mundo a lo largo de ese año*, contagiaron a la sociedad civil. Díaz Ordaz temía que esas protestas opacaran a las Olimpiadas dando una impresión de un México demasiado rebelde y desordenado.
 El 2 de octubre, a tan sólo 10 días del inicio de los Juegos Olímpicos, en la Plaza de las Tres Culturas tuvo lugar una de las manifestaciones más concurridas de nuestra historia. A diferencia de otros presidentes, como De Gaulle o el propio Nixon, que nunca recurrieron a la violencia contra los estudiantes, al presidente de México le pareció que la mejor manera de atajar el movimiento era aplastarlo con un brutal despliegue de fuerza militar, conocido como la matanza de Tlatelolco, en la que murieron cerca de 200 personas. En sólo un par de meses el presidente había pasado de querer cobijar a la juventud del mundo a masacrarla.

A la izq. un tanque en la plaza de las Tres Culturas después de la masacre perpetrada por la policía mexicana el 2 de octubre, diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos. Arriba a la dcha. se puede ver cómo después de la matanza de estudiantes el ejército esta en todas partes durante los Juegos. La fotografía inferior de Depardon pertenece a los Juegos de Munich 72, y en ella se ve a la gimnasta soviética Olga Korbut ganadora de tres medallas de oro y una de plata. Fotografía: Lucía Rodríguez.

A la dcha. se puede ver un blindado en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, México, en octubre de 1968. En la página izq. se puede ver a la atleta de la antigua República Democrática Alemana Margitta Gummel, medalla de oro en lanzamiento de peso, y al estadounidense James "Randy" Matson, medalla de plata en lanzamiento de peso. Ambos fotografiados por Depardon en el Estadio olímpico universitario de México. Fotografía: Lucía Rodríguez.

 Los Juegos Olímpicos de México 68 –probablemente los más tristes de la historia moderna– se inauguraron el día previsto, en un clima de absoluta represión. Mientras en los estadios los atletas competían por el oro y la plata, en las calles y en las universidades se llevaba a cabo una verdadera cacería de brujas.

Fotografías de Depardon de la inauguración de los Juegos en el estadio olímpico de México el 12 de octubre de 1968, los primeros Juegos organizados en un país en vías de desarrollo. Fotografía: Lucía Rodríguez.

 A lo largo de los años setenta la Villa Olímpica fue vendida en régimen de condominio a familias mexicanas, pero sobre todo argentinas, uruguayas y chilenas, exiliadas tras los golpes militares ocurridos en Sudamérica a principio de los setenta.
 Crecer junto a esos niños de tan diversos acentos y vocabularios fue muy enriquecedor. También lo fue escuchar sus historias, con frecuencia dramáticas, que involucraban la desaparición y tortura de sus padres o de sus abuelos.
 En Villa, como nosotros la llamábamos, había árboles de muy diversas especies, también aves, caracoles, ardillas, zarigüeyas, lagartijas que perseguir con la reportera, y miles de rincones para esconderse. El club deportivo incluía canchas profesionales de basquetbol y de fútbol, un gimnasio olímpico, una pista de tartán, una alberca de 100 metros. También había una explanada muy amplia en la que era posible patinar o andar en bicicleta. Los niños hacíamos uso de todos esos espacios soñando que éramos tan atletas como sus primeros ocupantes, y que en un futuro no muy lejano participaríamos en las olimpiadas.

El famoso salto de altura de Dick Fosbury fotografiado por Raymond Depardon. Estadio Olímpico de México, 20 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

 De todos los rincones de aquel lugar, mi preferido era un árbol situado justo frente a mi edificio y cuyas ramas alcanzaban el apartamento en el que vivía. Una tarde, mientras jugábamos en una de las áreas verdes, mis amigos y yo destapamos una alcantarilla, nos metimos en el hueco y comenzamos a caminar por el túnel del desagüe. Después de avanzar en la oscuridad durante varios minutos, encontramos la salida. Cuando emergimos de ahí descubrimos un jardín inmenso donde se alzaba una pirámide circular. Se trataba de las ruinas de Cuicuilco, un centro ceremonial de la cultura olmeda, ubicado del otro lado de la avenida. Por increíble que parezca ninguno de nosotros lo había visitado jamás. Ni siquiera sabíamos de su existencia. El lugar, lo leímos esa tarde, había sido devastado por un volcán en erupción. Junto a la pirámide sentimos olor a copal e incienso, y vimos a los habitantes de esa ciudad ir y venir por las calzadas de piedra. Esa tarde comprendimos que el pasado glorioso de este país está más cerca de los que suponemos, y que no importa cuán aterradores o viles sean los orígenes de un lugar, lo que cuenta es lo que hacemos con él. Como el árbol que había logrado crecer en medio de la piedra volcánica, encima de aquel episodio de muerte y represión, nosotros crecíamos libres y estábamos escribiendo nuestra propia historia.

Fotografía de Raymond Depardon de la prueba de los 3.000 metros obstáculos en el Estadio Olímpico Universitario de México, 14-16 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

El americano Bob Beamon (a la dcha.) estoico bajo la lluvia después de haber batido de largo el récord del mundo y olímpico de salto de longitud. Estadio Olímpico de México, 18 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

Fotografías de Raymond Depardon de la final de los 200 metros ganada por el americano Tommie Smith. Estadio Olímpico de México, 16 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

* El 68 fue un año de conmociones sociales y políticas que dejó imágenes icónicas, entre otras, la ejecución a sangre fría de un prisionero del Vietcong por parte del jefe de Policía de Saigón en febrero; el asesinato de Martin Luther King en abril; las revueltas del mayo francés; el asesinato en junio de Robert Kennedy cuando acababa de ser nominado candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos; la invasión de Praga por los rusos en agosto; la cristalización del movimiento hippie en el festival de Rock de Venice Beach, California, en septiembre; o los puños negros en alto de México 68 en agosto, de los que ya les hablé en otra entrada. Si  no la vieron en aquella ocasión, pinchen sobre el enlace. Merece la pena.
https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/10/llueve-sobre-mojado.html

A la dcha. fotografía de Depardon del ganador de los 400 metros lisos, el americano Lee Evans, con el puño en alto en el podio. A la izq. el podio de salto de longitud con Bob Beamon también puño en alto. Estadio Olímpico de México, 18 de octubre de 1968. Fotografía: Lucía Rodríguez.

jueves, 21 de marzo de 2019

EL FÚTBOL COMO PELIGRO Y COMO ESPERANZA


Jorge Valdano en la final del Mundial entre Argentina y Alemania
México, 29 de junio de 1986

Me gusta leer los microartículos que escribe Jorge Valdano en El juego infinito, su columna de opinión en la sección de Deportes de El País. Algunos no tengo más remedio que pincharlos con una chincheta en el corcho del tablón que tengo en el pasillo de los vestuarios del pabellón polideportivo del instituto. Como un aviso para navegantes.


El fútbol como peligro
Por Jorge Valdano

"Las imágenes que conmocionan al mundo", tituló hace un tiempo la web de un periódico deportivo para presentar un vídeo donde un equipo escuchaba la arenga guerrera de su capitán antes de un partido. Ocurrió en Rosario, Argentina. Maxi, el capitán de tan fascinante historia, tenía trece años y se desgañitaba mientras sus compañeros lo escuchaban abrazados, como si los esperara el patíbulo. Maxi hablaba del escudo, mientras lo sacudía como bandera que los inspiraría durante la batalla en el ya delirante duelo entre Newell's y Central. Ni una sola palabra sobre el placer y el orgullo bien entendido puestos al servicio del juego. ¡13 años! Las imágenes, difundidas como ejemplo de competitividad, eran la prueba del despropósito formativo que compromete desde entrenadores hasta padres. El fútbol, así entendido, es una droga cutre que deberíamos prohibir a menores de edad.


El fútbol como esperanza
Por Jorge Valdano

Se celebró La Liga Promises en Arona (Tenerife), prestigioso Torneo de fútbol 7 para menores de 12 años. Me reconcilié con la pureza de un fútbol lleno de ilusión donde se ríe y se llora mientras los ganadores abrazan a los perdedores. Solo dejan de ser inocentes cuando copian a los mayores (simulan faltas con una exageración sospechosa; gritan gol dibujando un corazón con la mano). Pero salí reconfortado porque vi algo auténtico en el patrón creativo de estos chicos que aún no fueron formateados por entrenamientos igualadores. Me dieron ganas de gritar: "¡No los toquen, déjenlos ser!". Aunque no es necesario. Cuando alguno de estos chicos atraviese victorioso las dificultades y llegue a Primera División, cruzaremos las imágenes de su debut con la de estos días para comprobar que, hagamos lo que hagamos, son como son.


Nota: Ambos artículos son del sábado 5 de enero de 2019.

viernes, 15 de marzo de 2019

40 ANIVERSARIO DEL CROSS DE SONSECA (III)


Juan José Rosario, Paco Caballero y Paco Fernández López
24 de febrero de 2019, Linares (Jaén)

El otro día recibí una fotografía de mi amigo Paco Caballero tomada en Linares, Jaén, donde se disputaba el LIV Campeonato de España de Clubes de Campo a Través. Y en ella aparecía escoltado por dos atletas jienenses veteranos: Juan José Rosario y Paco Fernández López, que dieron mucho que hablar en su momento, más el primero que el segundo, que llegó a ganar algún campeonato de España de campo a través y de 10.000 metros en pista y fue internacional.
 Pues bien, viendo la imagen me he retrotraído al toledano Cross de Sonseca, pues ambos protagonizaron dos momentos icónicos de dicha carrera en los años ochenta. Dos fogonazos grabados en blanco y negro en la memoria de mi ordenador.
 La primera imagen corresponde al año 1983, cuando Juan José Rosario ganó el Cross San Juan Evangelista de Sonseca, también conocido como el Cross del mazapán, pues, como ya saben, el ganador recibía su peso en dicho producto navideño.

Juan José Rosario levanta los brazos exultante antes de entrar en meta como campeón en la edición del Cross de Sonseca del año 1983. Fotografía enviada por Paco Caballero.

 La segunda corresponde al año 1984, año en el que ganó ese pequeño gran hombre que es Antonio Prieto, "el taca", y en ella se puede ver el sprint final (no sé por qué puesto) entre el incombustible toledano Fernando Fernández Gaytán y el jienense Paco Fernández López, también conocido como Coloro o Colorín, quien llegó a ganar la carrera en 1982.

Fernández Gaytán (izqda. de la imagen) y Paco Fernández López en el Cross de Sonseca de 1984
Fotografía enviada por Paco Caballero

 Y quiero aprovechar esta entrada para enviarles un gran abrazo a los tres. ¡Qué digo a los tres! ¡A los cuatro! Aunque no sé si el veteranísimo Gaytán se acordará de mí.

viernes, 8 de marzo de 2019

MUJERES EN EL DEPORTE


"La lucha por la justicia social a menudo empieza en un terreno de juego o en una pista deportiva".

Atleta en el Centro de Alto Rendimiento de Granada, 26 de septiembre de 2016
 Fotografia: Lucía Rodríguez Vicario

En el Día de la Mujer quiero recomendarles el libro Mujeres en el Deporte, escrito e ilustrado por la estadounidense Rachel Ignotofsky. Editado al alimón por Nørdicacómic y Capitán Swing –para quien no lo sepa apuntar que ambos editores son hermanos–, viene a visibilizar a las atletas, con un compendio de 50 intrépidas deportistas que van desde la década de 1800 hasta la actualidad, mujeres que, como dice el subtítulo, jugaron para ganar. Desde la patinadora artística Madge Syers a la gimnasta Simone Biles, pasando por nombres tan conocidos como la también gimnasta Nadia Comaneci, la tenista Serena Williams, la alpinista Junko Tabel, la velocista Wilma Rudolph, la esquiadora Lindsey Vonn o la nadadora Katie Ledecky.

La velocista Wilma Rudolph. Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

 Rachel Ignotofsky ha prestado además atención a esas deportistas que tienen algún tipo de discapacidad física, mental o sensorial, y que todavía lo han tenido más difícil en el mundo deportivo. Ahí están la paratriatleta Melissa Stockwell o la corredora en silla de ruedas Chantal Petitclerc.

La corredora en silla de ruedas Chantal Petitclerc. Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

La paratriatleta Melissa Stockwell en el libro Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

"Tenemos el poder de elegir nuestra historia [...]. Quiero ser conocida como alguien que convirtió algo muy trágico en un triunfo".
Melissa Stockwell

 Es un libro tremendamente gráfico que convendría tener en todas las bibliotecas de los institutos de enseñanza secundaria, como fuente de inspiración para esas alumnas que les gusta la actividad física y quieren llegar a ser deportistas. Y aún sería más necesario en las bibliotecas de los colegios, pues todavía hay padres –afortunadamente cada vez menos– que consideran que el ejercicio físico no es apropiado para sus hijas, como si el deporte las fuera a masculinizar. Fíjense en los críos cuando vayan al parque. A los niños se les deja hacer libremente, pero las niñas todavía tienen que oír eso de "no corras", "no saltes", "no te subas ahí"..., que te vas a caer o a ensuciar. Por eso me encanta cuando veo a las niñas en las escuelas deportivas de iniciación.
"Este libro está lleno de historias de niñas que crecieron para lograr sus mayores sueños..., historias de mujeres que llegaron hasta el límite, hicieron lo imposible y se convirtieron en leyendas".
 Estas páginas también desmienten el absurdo mito de que el cuerpo de la mujer es débil, algo que se consideró durante mucho tiempo y que llevó a vetar la participación femenina en muchas pruebas. En atletismo, por ejemplo, los últimos vetos, ya hoy por fin superados, estaban en las pruebas de los 3.000 metros obstáculos (que no apareció en el programa olímpico hasta el año 2008 en Pekín), y los 50 kilómetros marcha (en los Juegos de Rio 2016 sólo pudieron marchar sobre la distancia de los 20 Km, pero al año siguiente, en el Mundial de Londres, ya pudieron hacerlo sobre la misma distancia que los hombres).
 Imaginaros que pruebas que hoy vemos tan normales, como el salto de pértiga y el lanzamiento de martillo femenino, no tuvieron cabida en el programa atlético hasta el año 2000.
 Por otra parte, desde el año 2004 las mujeres pueden participar en la prueba del Decatlón, aunque en los grandes campeonatos su prueba oficial sigue siendo el Heptatlón.

La heptatleta Jackie Joyner-Kersee en Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

 Hoy día, la única prueba que solo se disputa en la modalidad masculina son los 110 metros vallas, corriéndose 100 metros vallas en la categoría femenina.
"Este es uno de los libros que estábamos esperando: un compendio de grandes mujeres deportistas y las dificultades a las que tuvieron que hacer frente. Tal como nos enseñó Billie Jean King, "la presión es un privilegio".

La tenista Billie Jean King en Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
Editado por N
ørdicacómic y Capitán Swing. Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

jueves, 7 de marzo de 2019

ASí Sí: ESPAÑA TERCERA EN EL MEDALLERO DE GLASGOW

Si en su día critiqué al adulterado equipo nacional de cross que quedó campeón de Europa en el 2015, hoy no puedo más que alabar la actuación de los españoles en el europeo de atletismo en pista cubierta celebrado el pasado fin de semana en la ciudad escocesa de Glasgow. Desde Ana Peleteiro a Jorge Ureña, Álvaro Arriba, Jesús Gómez, Óscar Husillos y todo el equipo de 4x400 (Husillos, Guijarro, Búa y Erta). Tres oros, dos platas y un bronce. Seis medallas sin trampa ni cartón de las que sentirnos orgullosos.

La gallega Ana Peleteiro, oro en triple salto en el Europeo de atletismo en pista cubierta
Fotografía: Chema Rey (Diario Marca)

El alicantino Jorge Ureña, campeón de Europa de heptatlón en pista cubierta, Glasgow 2019
Fotografía: Real Federación Española de Atletismo

El salmantino Álvaro Arriba, Campeón de Europa de 800 metros en pista cubierta, Glasgow 2019
Fotografía: Chema Rey (Diario Marca)

El burgalés Jesús Gómez, bronce en los 1.500 metros en el Europeo de pista cubierta
Fotografía: Diario Marca (AFP)

El palentino Óscar Husillos, plata en los 400 metros lisos en el Europeo de Glasgow 2019
Fotografía: Chema Rey (Diario Marca)

Equipo de 4 x 400 metros subcampeón en el Europeo de pista cubierta (Glasgow 2019)
Fotografía: Diario As (Getty Images)

 Desgraciadamente en este europeo hemos vuelto a ver a algún mercenario del atletismo, gente que tras competir con sus países de origen han cambiado de nacionalidad por motivos económicos, como el jamaicano Winston Barnes, nacionalizado por Turquía con el nombre de Emre Zafer Barnes, que fue segundo en los 60 metros. Por el mismo motivo, no me importó nada que no sumásemos una medalla más en los 60 metros vallas con Orlando Ortega.

El jamaicano Winston Barnes

El turco Emre Zafer Barnes plata en los 60 metros lisos en el Europeo de pista cubierta
Glasgow 2019

 Por si alguien quiere curiosear en este blog sobre el polémico tema de los nacionalizados, les dejo los siguientes enlaces:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2015/01/are-you-qatari-zi-picha-zi.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2015/12/espana-arrasa-en-el-europeo-de-cross.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2015/12/no-querias-caldo-pues-toma-dos-tazas-el.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/esto-es-para-mear-y-no-echar-gota.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/02/por-fin-un-poco-de-cordura.html