sábado, 4 de julio de 2026

ORFANDAD FUTBOLÍSTICA, 'EL PARTIDO' DE PIERO TRELLINI Y NOTAS SOBRE EL MUNDIAL DE FÚTBOL 2026


El partido, de Piero Trellini y noticias del Mundial 2026
Fotografía: Pedro Delgado

Los que nos hicimos de la selección italiana en el mundial patrio del 82, asistimos a esta edición –y ya es la tercera vez– con un tremendo sentimiento de orfandad, preguntándonos quién volverá a sacarle lustre a la tetracampeona –si yo fuese un directivo de la federación transalpina, no me cabe duda de que ya estaría hablando con Didier Deschamps para que después de dirigir a Les Bleus hiciera las maletas y retornara a Italia, donde ya vivió sus mejores años futbolísticos con la Juventus, para tomar los mandos de la azzurri–.

 Mientras tanto, para suplir esa orfandad, he sacado del estante de los libros pendientes de lectura El partido, de Piero Trellini, y lo voy leyendo entre una retransmisión y otra.

 El libro hace referencia al último encuentro del grupo C del Mundial 82 –el de Rossi, Platini, Zico, Rummenigge, Boniek y Maradona–, el que enfrentó a Italia contra Brasil con el pase a semifinales en juego. Italia llegó a ese partido tras una fase de grupos decepcionante, en la que rascó tres empates con Polonia, Perú y Camerún, mostrando un fútbol anodino. Aquellos resultados la llevaron a encuadrarse, en la segunda ronda, con Argentina y Brasil. Aquel era el grupo más difícil, con los campeones del mundo y los mejores del mundo. «Nadie, lo que se dice nadie, pensaba que pudiéramos tener la menor posibilidad». Sin embargo, el equipo de Enzo Bearzot comenzó a funcionar como una banda de jazz, música por la que el seleccionador italiano sentía pasión. En un equipo jazzista hay un gran trabajo de conjunto, una cohesión enorme y, de repente, la entrada del solista: Paolo Rossi, que se convirtió en el goleador del mundial.

 Italia y Brasil ganaron sus respectivos encuentros contra Argentina, y midieron sus fuerzas la tarde del 5 de julio en el Estadio de Sarriá. Barcelona y el mundo entero asistió a los mejores 90 minutos de la historia del fútbol.

 Antes de abrir el libro uno se pregunta cómo un partido puede dar para 510 páginas. Luego uno descubre que el texto de Trellini es muchísimo más que eso, y que no quisieras que se acabara.

Piero Trellini tenía solo doce años el 5 de julio de 1982, cuando Brasil e Italia se disputaron el pase a la semifinal del Mundial de España. El resultado parecía decidido: los brasileños poseían la belleza de la técnica y la ejecución; las apuestas estaban con ellos. Para los italianos, sumidos en un silencio tácito de años y en una guerra con el mundo y consigo mismos, el reto era imposible. Sin embargo, tras ese día, el fútbol nunca volvió a ser lo mismo. Ganó un país que no se atrevía a soñar con una victoria.
 Este libro es el relato de una pasión narrado con la pulcritud de un historiador, la curiosidad de un reportero y el entusiasmo de un aficionado. En él caben desde los anteriores Mundiales hasta la trayectoria política de los países implicados, desde las figuras de los jugadores hasta el análisis del minuto a minuto. Es una crónica apasionante con un elenco de personajes inolvidables (Rossi, Sócrates, Falcao, Junior, Conti, Tardelli, Zoff) del que quizá fue el mejor partido de fútbol de la historia. Pero no es solamente una oda al juego, es también la recreación del ambiente político, social y económico de los años setenta y ochenta, un recorrido que trasciende el ensayo deportivo para entender lo que fuimos y tal vez nunca volveremos a ser.
«Será un partido que recordaremos, del que hablaremos todavía cuando hayan pasado muchos años y sus principales protagonistas sean sólo nombres vinculados a la mitología del fútbol».
Mario Vargas Llosa

 Por supuesto, les prometo una reseña cuando llegue a esa última página.

 Del Mundial actual, decirles que, de lo visto hasta ahora, me quedo con el juego de Francia y Argentina. Es un gusto comprobar que, como en el último campeonato, ahí sigue Messi haciéndonos celebrar sus goles y con ellos los de la albiceleste. Si España no lo remedia –ojalá que podamos añadir otra estrella a la camisola–, creo que vamos camino de reeditar la final del último mundial –Qatar 2022–.

Messi sigue en racha en el Mundial 2026 (EFE)

 De entre las novedades de esta edición, rechazar categóricamente la de las pausas para hidratación cuando las condiciones de calor y humedad no lo requieren, pues alargan innecesariamente el tiempo que permanecemos delante de la televisión. Más que para los futbolistas, parece que estén pensadas para esas generaciones jóvenes que son incapaces de mantener la concentración en algo durante mucho tiempo o para el norteamericano medio que es ajeno a este deporte y corre el riesgo de aburrirse. Lo único positivo de ellas es que nos permite ir a la nevera a por otra cerveza –eleven la proporción de las sin alcohol si no quieren dejar muy tocado su hígado, pues el Mundial es muy largo– sin perdernos nada del partido. Por supuesto, ya sé que esto de los cuatro cuartos es una estrategia de la FIFA para que los operadores televisivos metan más publicidad y hagan más caja, pero, como dijo Deschamps, «esos tres minutos cambian por completo el fútbol», le hace perder su naturaleza y lo convierte en algo que no es. Aunque los entrenadores pueden hacer ajustes y cambiar la dinámica de sus equipos, le corta el ritmo al equipo que va dominando y permite un alivio físico al que está más castigado.

Ilustración de Eva Vázquez para EL PAÍS
El fútbol y sus mercachifles (Juan Gabriel Vásquez)

Ahora asistimos a partidos divididos en cuatro cuartos –como en el básquetbol– y no en las dos mitades de siempre, y llamarlas pausas de hidratación no alcanza a disimular que son en realidad pausas de consumo: para que las publicidades puedan llenar esos minutos en las transmisiones internacionales. Según nos cuentan, la final de esta Copa del Mundo tendrá un intermedio de 30 minutos y no de 15, y en él habrá un show y se cantarán canciones y bailará la gente para que el fútbol se parezca a la Super Bowl: no importa que mientras tanto los jugadores se enfríen y la tensión se disperse. Cada vez que interviene el VAR para anular un gol porque un computador detectó la punta de una bota al otro lado de una línea, porque un brazo está fuera de juego aunque las piernas partan de más atrás, me digo lo mismo: en un deporte que nació en la calle y en los descampados, lo que no puedan detectar los cuatro pares de ojos de cuatro árbitros bien entrenados no debería existir. El VAR nos ha robado emoción, espontaneidad, picardía; a cambio sólo ha enriquecido a los fabricantes de una tecnología que le hubiera quitado al mundo el gol de Maradona en 1986.
Juan Gabriel Vásquez, El fútbol y sus mercachifles
EL PAÍS, domingo 21 de junio de 2026

 Lo que sí me gustó es la ampliación de los equipos participantes. Con 48 equipos en liza, de países tan diversos, la sensación de que asistimos a un Mundial es mucho mayor. Y encima muchas de esas nuevas selecciones han dado la sorpresa y se han metido en dieciseisavos, como Cabo Verde y República Democrática del Congo, a punto ambas incluso de clasificarse para octavos.

Cabo Verde - Mundial de Fútbol 2026

República Democrática del Congo-Mundial 2026
Fotografía: Imago images / Anadolu Stringer

 Además, todos los equipos han rendido a buen nivel y ningún partido ha carecido de emoción, con los grandes espadas –Messi, Mbappé, Haaland, Kane, Dembélé, Vinícius, Oyarzabal, Cristiano– inspirados de cara al gol, que es la salsa de todos los partidos.

Oyarzabal goleador de la selección española en el Mundial 2026 (EFE)

 Otra cuestión que quiero destacar, más allá del tema de las arrugas que se hacen en el hombro de las de una determinada marca, es el diseño de algunas de las camisetas que se están viendo en este Mundial.

Pedri con la segunda equipación de España (Mundial 2026)
Fotografía: Pedro Delgado

 La segunda equipación de España, México y Arabia Saudí bien podrían lucir en las mejores pasarelas de moda. Al igual que la segunda de Italia, que lamentablemente no veremos en el Mundial.

Segunda equipación de Italia 2026
Fotografía: Pedro Delgado

 Y qué decir de la camiseta de Colombia, cuyas mariposas amarillas homenajean al Premio Nobel Gabriel García Márquez. El fútbol dándole una vez más la mano a la literatura.

Mariposas amarillas en honor de García Márquez
Camiseta Colombia Mundial 2026
Fotografía: Pedro Delgado

Durante décadas las mariposas amarillas han sido uno de los símbolos más representativos de la obra de Gabriel García Márquez. Aparecieron por primera vez en la novela Cien años de soledad, en la trama de amor rebelde entre Renata Remedios Buendía y Mauricio Babilonia. En aquel noviazgo furtivo, las mariposas amarillas juegan un papel fundamental porque son los insectos que revolotean constantemente, como por arte de magia, alrededor de Mauricio Babilonia. Nunca lo abandonan. Tanto así que Renata Remedios sabe que su Mauricio está cerca sólo con ver que la casa se va llenando de ellas.
Centro Gabo

 Feromonas aparte, otro tema que llama la atención es la porosidad de la que hablaba Jorge Valdano en su artículo Una bandera para cuarenta días, donde entre otras cosas hace referencia a cómo las migraciones han transformado el mapa del planeta.

Nunca hubo tantos futbolistas defendiendo una bandera distinta a la del lugar donde nacieron. Son 287 los que competirán representando a otro país. Actúa como símbolo el primer gol del Mundial: lo marcó el colombiano Julián Quiñones, para México.
 El Mundial sigue invocando una emoción antigua: sentirse parte de una comunidad. Quizás la última pregunta sea qué significa hoy representar a un país. Las fronteras son cada vez más porosas. Nunca hubo tantas identidades compartidas, tantos pasaportes, tantas vidas repartidas entre varios lugares. Pero cada cuatro años seguimos necesitando una camiseta detrás de la cual reconocernos.
Jorge Valdano, El juego infinito
EL PAÍS, sábado 13 de junio de 2026

 Uno de los casos más destacados de esa porosidad, porque su historia le permitía jugar con tres selecciones distintas, es el del jugador de la selección marroquí Ayoube Amaimouni-Echghouyab. Nacido en Vic, Barcelona, hace 21 años, se marchó con 10 a Alemania por motivos laborales del padre, y allí se formó futbolísticamente alcanzando a jugar en la Bundesliga. Finalmente, como muchos de sus compañeros de selección, entre ellos el malagueño Brahim, eligió representar al país de sus progenitores. Algo tan respetable como si hubiese elegido jugar con España, pues todos esos hijos de inmigrantes que llegan a España, o a cualquier otro país, buscando una vida mejor, que han nacido o se han criado aquí, son, por mucho que les pese a algunos, tan españoles como el que más.

Ayoube Amaimouni-Echghouyab (Mundial 2026)

 Otro ejemplo de esta porosidad aquí en España es el caso de los hermanos Williams, en el que Iñaki ha decidido representar a Ghana, el país de sus padres y abuelos, y Nico a España. Dos elecciones diferentes e igual de legítimas.

Los hermanos Iñaki y Nico Williams
Fotografía:Warren Little and Richard Pelham (Getty)

 Parecidos a ellos tenemos a los hermanos Doué, nacidos de padre marfileño y madre francesa. Mientras Guéla decidió jugar por Costa de Marfil, Désiré optó por Francia.

Los hermanos Guéla y Désiré Doué
Fotografía: Gonzalo Fuentes y Hannah Foslien (Reuters / Getty)

 Y qué decir de Michael Olise que, al ser hijo de padre anglo-nigeriano y de madre franco-argelina, tenía cuatro opciones para jugar. Al final, aunque nació y se crió en Inglaterra, decidió defender los colores de Francia acogiéndose al origen de su madre.

Michael Olise. Imagen: Panini

 Hasta ahí nada anormal, como el scouting de algunas selecciones en busca de jugadores nacidos fuera del país, pero con raíces, por ancestros, dentro. Esto es tan antiguo como el mundo, y me lo muestra Pietro Trellini en uno de los capítulos de El partido. Trellini cuenta que en 1894, los estados brasileños comenzaron a fomentar la inmigración subsidiada de familias italianas, llegando un millón de almas a los puertos de Santos y Río de Janeiro entre 1887 y 1902, y que en el equipo de Brasil que ganó el Mundial de 1958 había siete jugadores de sangre italobrasileña. También que algunos jugadores nacidos en Brasil –como Guarisi, Mazola (no confundir con Mazzola) o Dino da Costa– nutrirían la selección italiana, acogiéndose para ello al origen de sus padres o ancestros.

Cuando los Pastorin desembarcan en Brasil, un tercio de los vecinos de São Paulo son italianos. Su condición mejora con el paso de los años hasta formar una clase media que empieza a hacer grande el país. [...] Y si Charles Miller es el fundador, en los años posteriores a su labor pionera son justamente los inmigrantes de Italia quienes difunden el fútbol con la creación de clubes por todo el país. [...]
La sangre púrpura italobrasileña tiñe mucha historia del fútbol. Si en 1958 Brasil es campeón del mundo por primera vez se lo debe por lo menos a siete «italianos». Al frente de la selección está Vicente Italo Feola, hijo de un artesano y de una campesina de Castellabate, en la región de Cilento. El capitán del equipo es Hideraldo Bellini, hijo de un inmigrante de Comacchio, que también será campeón del mundo en 1962. Cuando le entregan la copa, los fotógrafos locales, tapados por sus colegas suecos, más altos, le gritan que la levante, Él los oye y hace ese gesto de alzarla sobre su cabeza que a partir de entonces se vuelve ritual. Sus compañeros de equipo son: Dino Sani, hijo de italianos, verdadero faro del centro del campo y habilísimo en los pases rápidos; Mário Jorge Lobo Zagallo, nacido en Brasil pero de orígenes italianos, que también gana el Mundial posterior y, como entrenador, el de 1970, junto con el extremo izquierdo Roberto Rivellino, llamado Rivelino, nacido en São Pauo de una familia italiana del Molise, y el defensa José de Anchieta Fontana. Feola, por sorpresa, saca a jugar en ese equipo a dos muchachos de diecisiete y diecinueve años. El primero se llama Pelé. El otro, José. El padre del segundo, Gioacchino, que cosecha caña de azúcar, le había impuesto a su hijo que alternase la escuela con el trabajo hasta conseguir un diploma de mecánico. Con el papel en la mano, José João Altafini ficha por el Palmeiras, donde tienen expuesta una foto del gran Torino. Sus compañeros de equipo lo encuentran igualito que Mazzola y lo llaman así, aunque con una sola zeta. Y Mazola es el nombre con que pasará a la historia (naturalizado italiano, el Mundial posterior lo disputa  con la camiseta azzurra y después juega en la liga italiana como compañero de equipo de Zoff).
 En ese Mundial de 1958 Italia queda fuera de la fase final después de perder 2-1 contra Irlanda del Norte el 15 de enero de 1958. El único gol italiano lo marca Dino da Costa, nacido en Río de Janeiro, hijo de un conductor italiano de trolebús, que con catorce años había entrado en el equipo juvenil del Botafogo y luego se había naturalizado italiano, después de haber formado, junto con el crac Garrincha y Luís Vinício, casi de su misma edad, un formidable trío de ataque para el equipo carioca.
 Antes que él, Amphilóquio Marques Guarisi, también conocido con el nombre italianizado de Anfilogino Guarisi y en Brasil como Filó, juega en el Corinthians y en la seleção a mediados de los años veinte hasta ser transferido a la Lazio (llamada en aquellos años Brasilazio por la presencia masiva de jugadores italobrasileños: nada menos que 14) y convertirse en campeón del mundo con la selección italiana en 1934.
 Un destino opuesto es el de José Oscar Bernardi, quien en 1982 defiende el área sagrada del Brasil de Santana contra los azzurri. Su familia es oriunda de Lucia, provincia de Rovigo. Por eso de pequeño lo llamaban el Italiano. De no haber sido futbolista probablemente habría trabajado en Monte Sião, la pequeña ciudad del estado de Minas Gerais que vive del sector textil (pero sin aguja, solo ganchillo: es la tradición). Su madre ha sido una de las pioneras. Su padre Dino forma parte de una familia de zapateros emigrada a Brasil desde Italia. Un ejemplo para Oscar. En su familia nadie ha conocido la riqueza, todos han trabajado. Esto le ha enseñado mucho. La humildad por encima de todo. Tradicionalistas (seis hijos) y religiosos (a misa los domingos, a las procesiones en las fiestas, en peregrinación a la Aparecida todos los años), los Bernardi son los primeros italianos que se han instalado en la zona.
 Angelo Benedicto Sormani tiene los mismos orígenes: abuelos paternos de Garfagnana y maternos de Rovigo. Apodado Pelé Blanco, compañero de equipo del O Rei original en el Santos, termina su brillante carrera en el equipo italiano Lanerossi Vicenza cuando el club compra a un joven desconocido de nombre demasiado corriente: Paolo Rossi.

 Lo que no me parece bien ni termino de entender, en este y en todos los deportes, es que se nacionalice a deportistas que ya han representado a otros países en categorías juveniles o absolutas. Eso ya me parece un doping administrativo, detrás del cual hay un beneficio para el jugador, que de otra forma no podría acceder a un evento de este tipo, y para la federación, que ve así reforzado el potencial deportivo de su equipo, desvirtuando la competición. En algunos casos, incluso hay una transacción económica importante de por medio, lo que me parece todavía peor. Difícil controlar esto si los organismos deportivos que tienen que tomar medidas hacen la vista gorda. «Es la globalización», dirán algunos. La globalización haciendo su trabajo...

 ¡Que siga rodando el balón! Y ojalá que España vaya de menos a más y esté el domingo 19 en Nueva York. Un España-Argentina sería increíble. El campeón de Europa contra el de América. La Finalissima, que no se jugó, en el marco de un Mundial. ¡Qué poco cuesta soñar!

miércoles, 1 de julio de 2026

FÚTBOL CALLEJERO


Fútbol callejero en Tánger
Fotografía: Yassine Alaoui, Yoriyas

Decía hace unos días el psicólogo estadounidense Jonathan Haidt, acerca de los menores y las redes, que es esencial mandar a los niños a jugar a la calle, darles independencia. Y que, como en Australia, se prohiba el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. Qué suerte tuvimos los de mi generación, que pudimos criarnos sin internet, jugando a mil cosas en la calle o en nuestras casas, sin un teléfono inteligente que nos robase el tiempo ni la supervisión continua de los adultos. Cuando había Mundial, recuerdo bajar a la calle con alguno de mis hermanos para darle patadas a un balón. La puerta de un garaje que había junto a mi bloque era la portería, y allí estábamos hasta que bajaba algún vecino a regañarnos por el ruido que provocaba el impacto de la pelota sobre el cierre metálico de la puerta cada vez que conseguíamos hacer un gol.

Pregunta: Viene a España a presentar su nuevo libro y a hablar de un problema que estamos viendo nosotros con nuestros hijos, sobrinos y, en general con los jóvenes de la generación Z. ¿Por qué da la vuelta al mundo para hablar sobre un tema así?
Respuesta: Soy profesor en la Universidad de Nueva York y ahí doy clases desde 1995. Me encanta ser pedagogo, enseñar, estar con mis alumnos y observé un cambio en 2015. Porque vi que había cada vez más alumnos retraídos, deprimidos, angustiados, y pensé: '¿Qué es lo que está pasando?'. Bueno, en parte puede que sea una sobreprotección, que les estemos protegiendo demasiado, pero pensándolo bien, me he dado cuenta, y está además avalado por investigaciones científicas, que es una adicción a las redes sociales, que se da además en todo el mundo, no solamente en Estados Unidos, sino en el mundo occidental en general. ¿Por qué en 2015? Es porque ese es el momento cuando los jóvenes pasan de un tipo de teléfono más antiguo a los teléfonos llamados inteligentes.
P: ¿Un problema que no afecta igual a los chicos que a las chicas?
R: Afecta de manera distinta. Empezamos a ver, más o menos por el 2012, que a las niñas les afectaba muchísimo y a los niños parecía que menos, pero fue pasando el tiempo y fuimos comprendiendo que, en realidad, no es que fuera más o menos, sino que afectaba de forma distinta. A las niñas, por ejemplo, sí, hay muchas instancias de depresión, de angustia, de ansiedad, la comparación constante, la necesidad de estar en forma, de ser guapa, de ser bella, la obsesión con el cuerpo. Mientras que a los chicos, más bien lo que les hace es atraerles a llevar a cabo acciones muy peligrosas. Es un poco adictivo parece que tiene que ver con niveles de dopamina, que los chicos se entregan más a las adicciones tipo pornografía o juego en línea, como si fuera más fácil que la red social absorba la personalidad del chico. Quizás sean más disfuncionales.
P: ¿Podemos sentirnos afortunados los millennial (nacidos entre 1881 y 1996)?
R: Pues la verdad es que sí. Tenéis mucha suerte los millennial y deberíais ser conscientes de ello. Sois la generación más inteligente hasta ahora en la historia, o sea, ha ido subiendo el cociente intelectual hasta llegar a vuestra generación. Sois, además, la última en haber podido jugar en la calle, ir a la plaza del pueblo y jugar allí con los amigos, en vez de estar jugando con el teléfono en casa. Así que sí, tenéis esa enorme suerte de no haberos entregado a lo que llaman el entretenimiento, el ocio, que bloquea todo lo demás, porque ¿qué vas a hacer si al día estás dedicándole cinco horas a TikTok? No hay tiempo para hacer absolutamente nada más.
P: Habla de sobreprotección en el mundo real e infraprotección en el digital. ¿Cuáles son sus principales consejos para las familias?
R: El objetivo en principio que debería animar a todos los padres es, de alguna manera, asegurar que el entorno en el que viven, en el que juegan, en el que existen los niños, sea uno que sea autosupervisor, es decir, que no necesiten estar en todo momento con padres, con madres que les estén sobreprotegiendo. Hasta más o menos los años 90 así funcionaba la vida en Estados Unidos. Los niños salían, jugaban, estaban por ahí en los parques, pero en los años 90 algo sucedió y, de pronto, la sociedad americana pensó: 'Es demasiado peligroso, los niños no pueden estar solos en la calle'. Y es absolutamente esencial darles esa rienda suelta, que vivan su infancia de forma independiente. Hay que mandar a jugar a la calle con amigos sin supervisión directa constante de los padres.
[...]
P: [Tras hablar de que España quiere seguir los pasos de Australia y prohibir las redes sociales a los menores de 16 años] Para el Gobierno lo correcto son estas iniciativas pero parte de la oposición cree que son las familias las que tienen que decidir qué hacer con el acceso a los medios digitales de sus hijos.
R: La verdad es que, como norteamericano, tengo que decir que, en general, somos libertarios y no nos gusta depender del Gobierno que nos esté preparando la papilla y obligándonos a tragárnosla. O sea, nos gusta a nosotros tomar las riendas de las decisiones que tenemos que tomar. Pero es que las familias, los padres, las madres, llevan peleándose con esta realidad desde hace ya más de 15 años y tenemos que ser conscientes de que los chicos, los niños, las niñas, a quienes se enfrentan son a auténticos gigantes, a empresas que son enormes y que consiguen los éxitos que buscan. Los padres sencillamente nos hemos dado cuenta de que no estamos en disposición, no podemos hacer ese seguimiento, no podemos controlar como querríamos controlar. Estas empresas podemos incluso denominarlas depredadoras, son peligrosas y los padres nos hemos dado cuenta de que carecemos del poder necesario. No podemos por nuestra cuenta, necesitamos ese apoyo.
P: Si no cambia esto, ¿qué podemos esperar de la sociedad dentro de 10 o 20 años?
R: Pues si no tenemos cuidado, vamos a ver que las máquinas cada vez van a ir haciendo más y más cosas, porque lo que estamos viendo de momento son mayores niveles de angustia, de ansiedad, de depresión, resultados pedagógicos cada vez peores, cada vez la atención de nuestros chicos se va desperdigando más y más fácilmente. Vemos que hay un bloqueo, podemos decir. La gente joven ve que no puede centrarse, no puede fijar la atención en un punto y mantenerla ahí durante un tiempo largo. Entonces, esto es absolutamente desastroso para el momento actual y luego si pensamos también en el futuro, porque es una generación que va a tener muchísimas dificultades a la hora de encontrar pareja, decidir formar una familia, decidir tener hijos, decidirse al compromiso... Lo único que cabe pensar que vaya a resolver el problema es que los seres humanos nos unamos para conseguir una cierta vuelta a la felicidad por parte de los jóvenes.
Jonathan Haidt entrevistado por Rodrigo García Melero
RTVE Noticias, 27 de junio de 2026

Pueden leer la entrevista completa clicando en el siguiente enlace:

https://www.rtve.es/noticias/20260627/jonathan-haidt-sobre-menores-redes-esencial-mandarlos-a-jugar-a-calle-darles-independencia/17132432.shtml

domingo, 21 de junio de 2026

EL MÁLAGA C. F. YA ES EQUIPO DE PRIMERA


Leonardo, mi agapornis, celebrando el ascenso a 1º del Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

Muchos alumnos me preguntan si soy del Real Madrid o del Barcelona, y cuando les digo que de ninguno de los dos, siempre se interesan por saber de qué equipo soy. Invariablemente, les digo que soy del Málaga, la Real Sociedad y la Juventus de Turín. Lo primero es comprensible y no necesito explicarlo, pues el sentimiento malaguista se ha ido extendiendo a lo largo de los años entre los alumnos y está bien anidado en sus corazones, pero lo segundo y lo tercero ya es más complejo y largo de explicar –aunque creo que ya lo he contado en alguna ocasión en este blog–.

 Como ven en la fotografía de arriba, Leonardo, mi agapornis, viste los colores de mis dos equipos patrios, y está tan contento como yo y mis alumnos por el ascenso del Málaga C. F. a la Primera División.

 Gracias a los jugadores y al entrenador por creer hasta el final en sus posibilidades.

sábado, 20 de junio de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (IX)


Defensa de la escuela rural (Cartas al Director de EL PAÍS)
Fotografía: Pedro Delgado 

 

Defensa de la escuela rural
El miércoles, el señor Núñez Feijóo fue a divertirse a cierto programa de televisión. En un momento de la entrevista, dijo que no sabe inglés porque "esto de haber estudiado en la escuela rural tiene algún problema". Como maestro rural, no pude evitar sentir decepción y vergüenza ajena. No tanto por mi experiencia, sino por el mensaje que transmite sobre una institución educativa que ha desempeñado y sigue desempeñando un papel fundamental. La escuela rural no es un problema ni una desventaja. Para miles de niños y niñas es la garantía de acceso a una educación de calidad sin que tengan que abandonar sus pueblos. Es un espacio donde la cercanía entre docentes, alumnado y familias favorece una atención personalizada; donde la convivencia entre alumnos de distintas edades fomenta la autonomía y la cooperación. Asociar el dominio de un idioma a haber estudiado en una pequeña localidad hace un flaco favor a la escuela rural, que merece reconocimiento y apoyo, no convertirse en la excusa de las carencias de nadie.
Héctor González Mayorga. Toral de los Guzmanes (León)
Cartas al Director. EL PAÍS, sábado 20 de junio de 2026


 Of course, Mr. Feijóo! Como bien dice Héctor González, sus palabras dan vergüenza ajena.

lunes, 18 de mayo de 2026

PUES ES VERDAD


Molestar a los otros, de Flavita Banana
EL PAÍS, domingo 23 de febrero de 2025

Quitando papeles de en medio me ha aparecido esta página de EL PAÍS que guardé por la píldora de realidad de Flavita Banana. Ya hace mucho que no voy a nadar a la piscina, pero cuando iba, siempre elegía la calle con esa pregunta en la cabeza. Menos mal que las mujeres tienen otra sensibilidad.

sábado, 18 de abril de 2026

LA GRAPA, DE MARYLINE DESBIOLLES, LA NOVELA MÁS ATLÉTICA DE LAS AFUERAS


La grapa, de Maryline Desbiolles (Editorial Las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

En la vida todo sucede inesperadamente. Como en esta novela de la francesa Maryline Desbiolles (Ugine, 1959). Una cría que, como un mandamiento divino, ama correr sobre todas las cosas, entra en casa de un amigo, y el perro de la familia de ese amigo la ataca de manera inmisericorde destrozándole una pierna.

 Uno no cuenta con ella, pero la fatalidad siempre esta ahí, al acecho. En esta novela lo está por partida doble, pues al ataque le siguen las palabras del padre de su amigo, que si no le rajan la piel como los colmillos del perro, le rajan el alma: «A mi perro no le gustan los árabes».

 «Y esa frase la atormenta más que el perro». ¿Por qué ese odio?, ¿por qué ese racismo?, se preguntará la joven durante su dolorosa, lenta y larga rehabilitación, que la llevará a bucear en la historia de la familia de su madre, porque la suya es una familia harki, la comunidad argelina que durante la guerra de la independencia de su país luchó al lado de las fuerzas coloniales francesas. La derrota francesa conllevó la huida de los harkis a Francia, donde pronto se convirtieron en una presencia molesta, un recordatorio de la humillación sufrida en el Magreb –al igual que las cicatrices de su pierna herida, las de la guerra de Argelia también estaban mal curadas–, por eso Emma Fulconis, nuestra corredora adolescente, vive a este lado del Mediterráneo, en el interior de Niza, en L'Escarène, muy cerca de la frontera con Italia.

Vista del pueblo de L'Escarène. Fotografía: Quentin2018 (Wikimedia)

 Es La grapa (Editorial Las afueras, 2025) una novela luminosa y emotiva en la que la carrera y la resiliencia juegan un papel muy especial desde el inicio, desde la primera página, desde este primer capítulo:

Solo la vemos a ella. Incluso tan pequeña, de lejos, insignificante, al ataque de la cuesta. Un latido minúsculo en la tarde reluciente del mes de enero. Este inicio de tarde, prendido con alfileres de luz, que podría no terminar nunca. Colinas plateadas cuya marga gris se desmorona bajo los zapatos, hierbas secas mordidas por las heladas que crepitan en el prado, arroyo brillante como una aguja al fondo del barranco: durante la víspera, como excepción, llovió un poco. Solo la vemos a ella. La hemos visto tantas veces corriendo por estos lares que al principio la vemos correr, aunque eso sea imposible. Se mueve, claro que sí, y bastante rápido, pero como a sacudidas, saltarina. Ahora una verdadera cabra y no el caballo que fue hace no tanto tiempo; por extraño que parezca, más armónica así, coja, en este territorio entrecortado de bruscos desniveles.
 Aquí visto desde arriba, todo el paisaje converge hacia ella, puntito renqueante, azogue, como si el resplandor de este inicio de tarde estuviera ahí condensado, llevado a la incandescencia. El puntito renqueante podría fundirse con el paisaje si no lo perturbara; si no lo hiriera, estaríamos tentados a decir, pues sabemos de qué desgracia procede esa cojera.
 Siempre la hemos conocido corriendo. La memoria nos juega malas pasadas, exageramos, pero nos parece que nunca caminaba como usted y como yo, que solo lograba desplazarse a toda velocidad, que no podía sino irrumpir de improviso, ya fuera mediante la aparición de unas sandalias aladas o, directamente, de unas alitas atornilladas a los tendones de Aquiles. No eran alas de familia, pues su hermano no estaba provisto de ellas; su hermano pequeño, que había sido un bebé bueno y gordo y luego un niño tranquilo que la miraba con los ojos muy abiertos. No es que ella sea seca ni angulosa, sino más bien resuelta, vivaz, presta a la pirueta incluso después del accidente. Decía que le gustaba el viento. A menudo se encabritaba, pero al viento le consentía. Esta no es una región de viento. Solo de remanentes ventosos, vientos modestos, un breve siroco, una leve brisa del sur, un mistral de nada, a veces un poco de levante, como mucho una tramontana, raras veces pero helada, capaz de traer nieve. No es una región de viento. Aun así, ella lo esperaba. El viento la hacía reír. Al menor roce en los postigos, salía de casa como una exhalación, sacudía sus crines de caballo y relinchaba al viento. Quizá fue el viento lo que forjó su afición por galopar. Aún conserva ese gusto, aún conserva ese ardor, se afana entre los matorrales, se abre camino como quien tala leña incluso cuando le duele, lo cual no soporta; se enfurece, no tiene paciencia con sus males, el dolor no la lleva a ganarse ningún cielo, el dolor no ha hecho más que arrancarle las alas con que nació, y se la oye maldecir y proferir unos gruñidos que nada tienen de angelicales, se parecen más bien a los de esas bestias con cerdas y pezuñas que hozan el suelo. Los ángeles están en la iglesia de Sant-Pierre-ès-Liens, una bandada de ángeles azules del belén que sigue expuesta mucho después de Navidad y Reyes, como olvidada en un rincón, pero que se ilumina aún más cuando nos acercamos, no muy a menudo; la iglesia está vacía, desmesuradamente vacía, desmesuradamente barroca, y es que ya estamos en Italia. La iglesia es suntuosa, pero no corona el pueblo que es todo viaducto, puentes y salientes; la frontera está suspendida, vacila mucho más que las obras de arte. La iglesia no corona nada, está en el hueco que podría imaginarse como el purgatorio o, cuando menos, la tregua de L'Escarène. Un topónimo que le sienta como un guante, muy extendido por el sudeste, que designa la arista, la parte más escarpada de la montaña, a la que se accede como por los peldaños de una escalera. Scala, scarena, Escarène. El camino hacia el paso de Niza es aquí una escalera. Las numerosas curvas y luego el desvío hacia el pueblo.
 Solo la vemos a ella, pero ella no oculta nada, ni devuelve nada a la confusión del fondo. Ella es el puntito que se agita entre los matorrales y contiene no solo los destellos del paisaje, sino también los golpes torcidos. Ella es Emma Fulconis, aunque ese nombre tan de aquí no la arraiga, nunca, cada vez menos, ella que parece salir de un atolladero a cada paso, la joven Emma Fulconis, vieja por la herida y los meses eternos pasados en el hospital, la que fue nuestra gloria local, conocida como la atleta, un mote que aún podría servirle, y hasta con mayor motivo, por la palabra griega de la que viene, athlos, que significa lucha, combate, prueba; pero ahora ya nadie se atreve a decírsela, como mucho le lanzan una mirada o un vistazo furtivo. Cómo volver a ver lo que fue casi transparente, casi invisible, el cuerpo perfecto de la atleta, de toda atleta, el cuerpo que en nada la distinguía del conjunto de atletas. Cómo ver lo que ahora la convierte en singular, en dolorosamente singular, la pierna que no oculta, cuya visión no nos ahorra porque sigue llevando pantalones y faldas cortas, la pierna cosida de cicatrices, reducida a su más simple expresión, piel y huesos, tibia y grapa*, fíbula también llamada peroné, la pierna destrozada y el caminar que resulta, el paso ladeado, si se quiere, si se quiere poner palabras aceptables a lo que es tan torpe, tan contrahecho.
 Solo la vemos a ella. El puntito donde se focaliza el paisaje o, depende, se extiende el paisaje, lo llena, de manera que bastaría gritar en la hondonada o pronunciar, sin más, el nombre de Emma Fulconis,
EMMA FULCONIS
para que apareciera el pequeño mundo, ese rincón de territorio en general y en particular, en bloque y en detalle, heridas, luz, centelleos del monte bajo, árboles esqueléticos, trinos, susurros de los insectos. Luz creciente, muy pronto insoportable, mientras se marchitan los árboles y disminuye la cantidad de insectos.
*Nota del editor: en francés la palabra agrafe tiene varias acepciones, pudiendo hacer referencia tanto a un broche, a una grapa o al peroné (también llamado fíbula). La autora juega con ellas a lo largo del texto.

 Hay algo hipnótico en la escritura de Maryline Desbiolles que nos hace querer seguir leyendo. Aunque la autora ha sido laureada con el Premio Femina –otorgado anualmente por un jurado exclusivamente femenino– por Anchise en 1999, y con el Premio Franz Hessel por Charbons Ardents en 2022, es esta, La grapa (L'agrafe), su primera obra traducida al español, con la que también obtuvo el Premio Literario Le Monde en 2024.

La escritora Maryline Desbiolles
Fotografía: Alchetron

 Hay muchos manuales de Atletismo, pero cuesta encontrar novelas en las que aparezca este deporte, por eso es de agradecer que la autora lo eligiera, entre tantos como hay, para componer al personaje principal de esta obra. ¿Practicó el atletismo Maryline Desbiolles en su etapa escolar al igual que su protagonista? Muchos escritores le otorgan vivencias propias a sus personajes –fraguados en el horno autobiográfico de sus autores–, así que es factible que a Desbiolles, en algún momento de su vida, también la llamaran atleta (Maryline, s'il te plâit, confirmez-le ou infirmez-le).

¿Desde cuándo la llamaban la atleta? Estaríamos tentados a decir: desde siempre, pero la palabra siempre consume toda el agua, o la que queda. Sin duda desde la escuela, porque el profesor de gimnasia la llamó así, un poco porque se le había olvidado su nombre y un poco para celebrar sus marcas, sobre todo en lanzamiento de peso y salto de altura, disciplinas que no gozan del favor de los alumnos y no desatan grandes esfuerzos, pero ella, Emma Fulconis, se empleaba a fondo. El mote se le quedó.
***
Nunca le ha interesado la competición; lo cual, según su entrenador, sin duda le habría impedido lograr cualquier hazaña. Correr lo más rápido posible, eso estaba claro, pero correr más rápido que los demás sobrepasaba su entendimiento. No corría de forma relativa, sino absoluta. ¿Acaso no se podían lograr hazañas en absoluto? Corría más rápido que los demás, los adelantaba sin verlos, estaba en otra parte. Nuestra gloria local ganaba competiciones que no le gustaban. Ganaba contra su voluntad, pero de todo corazón. Corría de todo corazón. Los demás no existían o, si existían, estaban en la misma categoría que los árboles o los pájaros, no eran rivales.
***
 Corría en cualquier ocasión. Para comprar el pan, para ir y venir de la escuela, para cruzar el puente bajo el que fluye el Paillon, aún fogoso como un torrente antes de derramarse por el valle; corría para cruzar el puente en uno y otro sentido, corría para nada. Sobre todo, para nada. Corría cada vez más, empezó a entrenar. Voy a entrenar, decía. En un camino de tierra por ahí detrás. Hacía puntas de velocidad. Diez veces, veinte veces, cien veces, en una distancia que señalizaba con ramas o piedras. Cien metros, doscientos metros, media en zancadas de un metro a ojo. No era muy alta, exageraba las zancadas todo lo que podía y sacaba un poco la lengua. Diez veces, veinte veces, cien veces, mil veces, sin cronómetro. No buscaba establecer un récord, es decir, registrar sus marcas y superarlas. Siempre estaba empezando. Siempre corría por primera vez.
***
 La madre inscribe a Emma Fulconis en un club de atletismo al este de Niza. Se desvive por llevar a su hija en coche, esperarla, ir a buscarla, hacer malabarismos con su horario de cajera en el hipermercado del valle. Dos entrenos por semana en el estadio Vauban, los miércoles por la tarde y los viernes por la noche; Emma Fulconis destaca en la pista, en el sprint, los cien metros, doscientos metros y cuatrocientos metros, en infantiles y luego en cadetes, entrenos, competiciones, podio, que viene del griego podion, pie pequeño, donde Emma Fulconis deposita su piececito alado mientras nosotros, que ya sabemos, vemos su otro pie, el izquierdo, pronto invadido por la sombra, y vemos, porque sabemos, cómo su rostro se aleja bajo la luz de las fotos que aparecen en el periódico local, las mejillas rebosantes de infancia, la melena morena recogida en una cola de caballo, los ojos brillantes, negros, opacos, sin reflejo, la sonrisa reacia.
***
Corre de todo corazón. Aunque destaca en el sprint, desplegaría mucho mejor el arte de la carrera fuera de pista, por los senderos y caminos, lo desplegaría en esa disciplina llamada carrera de montaña, pero está claro que no quiere entregar su deseo a la disciplina, y aún menos a la competición. No le importa gran cosa catalogar su deseo. Nombrarlo es otra historia, tal vez la historia de una vida. Atraviesa los paisajes corriendo. Atraviesa los paisajes sin verlos, los traspasa y se inmiscuye en ellos. Va como el viento, pero ese viento que no mueve nada de sitio, ni una rama, ni una hoja. Va como el viento, vuela como una flecha, eso es, es una flecha. Atleta. Bicho raro. Flecha.
***
Corre en estadios ovalados. Se pone al frente o sola, en cabeza, más que delante de los demás; pero no hay mayor felicidad que correr por los campos de L'Escarène bajo la mirada del paso del Chat, el monte Gardeion, los picos de l'Erbossiera o del Farguet, los puertos de Braus o de Faravel. Este mes de mayo sopla un poco de viento, un viento delicioso que acompaña sus andaduras, sus últimas andaduras, porque antes de que llegue el verano tendrá la pierna destrozada.

 La novela contiene también pequeñas piezas de historia, como la de los olvidados de la 1ª DFL, la primera división francesa libre, esos centenares de hombres que respondieron desde todos los rincones del mundo a la llamada del general De Gaulle; vencedores de la última batalla de los Alpes en 1945.

Mausoleo a los héroes de la 1ª DFL en L'Escarène
Caídos en los combates del macizo de Authion
Fotografía: Mairie de L'Escarène

 O la del abuelo de Emma, François Fulconis (Lalin), héroe de la región que se enfrentó al ejército de ocupación francesa que quería integrar el Condado de Niza a la Francia revolucionaria en 1972.

Billete de 50 nissarts de la República de Nissa con la figura de Lalin Fulconis

 O la de Bobbi Gibb, Roberta Louise Gibb, la primera mujer en correr el maratón de Boston. Fue en 1966, un año antes que Kathrine Switzer. Y lo hizo sin dorsal, sin estar inscrita entre los participantes, «como una clandestina», pues a las mujeres aún no se les estaba permitido correr esa distancia.

Bobbi Gibb instantes antes de cruzar la meta
Maratón de Boston del año 1966

Bobbi Gibb tras cruzar la meta de la maratón de Boston 1966

Bobbi Gibb tras correr la maratón de Boston (1966)

 Y por supuesto, la historia de los harkis que tuvieron que arreglárselas como pudieron para refugiarse en Francia al final de la guerra de independencia argelina.

Un regimiento harki marchando bajo el Arco del Triunfo
Fotografía: The News In Pictures

 Es esta una novela que necesita de una segunda lectura para poder apreciar todos sus detalles, pues, una vez conocemos la historia, la voz del narrador –su «lenguaje torrencial y danzante» en palabras de los editores, Magda Anglès y Francisco Llorca– cobra otra prestancia. Incluso le pone luz a esas palabras de Emily Dickinson, extraídas de sus Poesías completas, que actúan de cita en las páginas previas al inicio de la novela.

No puedo bailar de puntillas,
nadie me enseñó,
pero a veces, en mi mente,
me posee una melodía.

 Y llegados a este punto, solo puedo acordarme del vídeo Run, run, run! que montó en 2016 Luca Salri con el Modern Love de mi querido y añorado David Bowie de fondo; un trabajo para la asignatura de diseño y montaje, impartida por la profesora Cristiana Parente en el curso de Cine y Audiovisual (UFC).

 O este otro, hecho por Cinedimi, con la misma canción interpretada por Zaho de Sagazan y más escenas de películas en las que se ve a gente corriendo.

 Nada más que añadir. Corran, lean, ¡y larga vida a Las afueras!





La grapa, de Maryline Desbiolles

Premio Literario Le Monde

Traducción de Blanca Gago

Editorial Las afueras, 2025

jueves, 2 de abril de 2026

OTRA VICTORIA DE CAROLINA MARÍN


Tablón de anuncios del pabellón deportivo del I.E.S. Isaac Albéniz (Málaga)
Fotografía: Pedro Delgado

La noticia de la retirada de Carolina Marín, que ha sido un ejemplo de resiliencia para todos, ya está en el tablón del pabellón deportivo del instituto. Junto a ella, el artículo deportivo que mejor refleja lo que supone dar este paso atrás. Apareció en la sección de Opinión de EL PAÍS del sábado 28 de marzo, dos días después del anuncio de su retirada del bádminton. Tras de sí deja esos tres oros mundiales, sus siete europeos, el oro olímpico de Río 2016 y el durísimo episodio que vivió en las semifinales de los Juegos de París, cuando tuvo que retirarse de la competición tras sufrir una grave lesión de rodilla.

Otra victoria de Carolina Marín
CAROLINA MARÍN se ha retirado convertida en leyenda. Con un impresionante palmarés deportivo, la campeona onubense deja las pistas, con 32 años, siendo mucho más que una colosal jugadora de bádminton: es un "ejemplo de superación, fuente de inspiración y transmisora de valores, dentro y fuera de la pista", en palabras de la Fundación Princesa de Asturias al concederle el premio de los Deportes en 2024.
 Pero más allá de lo simbólico, su gran logro fue mantenerse en la cima mundial en una disciplina que resultaba exótica para la tradición deportiva de España: la Federación de Bádminton no se constituyó hasta diciembre de 1983. La volantista logró reinar en el podio en un juego históricamente dominado por las jugadoras asiáticas, en cuyos países se ha convertido en una celebridad.
 Sus 10 años de carrera profesional son una sucesión de títulos que han hecho historia: fue tres veces campeona del mundo –en 2014, 2015 y 2018– y plata mundial en 2023; además, ganó siete campeonatos de Europa y conquistó el oro olímpico en los Juegos de Río, en 2016. Siempre será un referente deportivo por su coraje en la pista, su mentalidad competitiva y su audacia en los momentos decisivos.
 No en vano lleva tatuada en el costado izquierdo la palabra "resiliencia": su carrera ha sido también una exhibición de esta capacidad suya para adaptarse a las dificultades y levantarse tras duros reveses, como sus tres gravísimas lesiones en los ligamentos cruzados. La última y definitiva, en los Juegos de París de 2024: su juego volaba hacia la final olímpica cuando, de repente, la rodilla derecha se quebró, abatiéndola sobre la pista en un quejido de dolor que dejó petrificados a los espectadores.
 Le hacía ilusión terminar su carrera desde la pista de juego en su tierra natal, participando en el campeonato europeo que comienza este 6 de abril en el pabellón deportivo que lleva su nombre en Huelva. No ha podido ser. "No quiero poner en riesgo mi cuerpo", explicaba en el vídeo que publicó el jueves en las redes sociales para anunciar su retirada. Otra muestra de su inteligencia y carácter en un entorno como el deporte de élite, en el que predomina la épica de las carreras construidas sobre el dolor y el sacrificio llevado a niveles extremos, incluso a costa de la salud.
 Marín fue un ejemplo de lucha y fiereza en este ambiente de presión. Pero ha vuelto a convertirse en referente para las nuevas generaciones de deportistas al priorizar su bienestar físico y mental por encima de la competición. Ha enseñado que escuchar al propio cuerpo no es rendirse, sino una muestra de madurez y autocuidado. Eso también forma parte del aprendizaje del deporte. Otra victoria de Carolina Marín.

 Mis alumnos de 3º y 4º de la ESO, que ya han disfrutado del bádminton en las clases de Ed. Física, y un servidor, le deseamos lo mejor en esta nueva etapa que comienza.

Carolina Marín anuncia su retirada del bádminton
Fotografía: Pedro Delgado

jueves, 12 de marzo de 2026

CORRER COMO UNA NIÑA


Corre como una niña
Fotografía: TheRunHome

La semana pasada me tocó asistir con los alumnos a una charla en la biblioteca del instituto, organizada por el Área de Igualdad del Ayuntamiento de Málaga. La impartía un antiguo alumno, Miguel García Heredia, de la promoción 2007/2011, quien nos habló sobre feminismo e igualdad, términos que van unidos, pues el feminismo –por más que ciertos sectores hayan tergiversado en las redes sociales la palabra para darle otra significación y denostarla– no es más que el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

 Miguel García, con su charla sobre Vivir en igualdad, venía a clarificar el término, porque no es normal que sean pocas las manos que se levanten cuando se les pregunta quién se considera feminista, y que se levanten todas cuando se les pregunta si creen en la igualdad. Si creemos en la igualdad, tenemos que ser feminista, porque ambas cosas significan lo mismo.

 En un momento de su intervención, Miguel García, que es maestro de Educación Física (estoy seguro de que pronto conseguirá su plaza), barrió para casa y puso un vídeo relacionado con nuestra asignatura. ¿Qué quiere decir hacer algo "como una niña"? forma parte de la campaña publicitaria Like a girl, encargada por la compañía de productos de higiene íntima femenina Always a la agencia creativa Leo Burnett de Chicago. Es un magnífico alegato contra los estereotipos de género. Uno de esos vídeos que no dejan lugar a más palabras.

viernes, 13 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (VIII)


La educación que tenemos, artículo de José Luis Raya (Diario SUR)
Fotografía: Pedro Delgado

José Luis Raya Pérez es un profesor jubilado de instituto y escritor granadino –malagueño de adopción–, del que tengo algunos artículos suyos sobre educación recortados y clavados con chinchetas en el tablón de mi despacho. A ellos sumé recientemente otra pieza, que lleva por título La educación que tenemos, artículo aparecido en el diario SUR del sábado 24 de enero de este año. Por lo certero de su reflexión y por la claridad con la que explica un problema que es una realidad en muchísimos institutos, he querido compartir su reflexión con ustedes.

La educación que tenemos

Por José Luis Raya Pérez

Recuerdo cómo inicié mi modesto recorrido como articulista de este diario en 2008, cuando reflexioné sobre la precaria situación de la enseñanza pública tras asistir al estreno de 'La clase', de Laurent Cantet, una lúcida simbiosis entre docudrama y cine testimonial. Aunque ya me haya jubilado, sé de primera mano que la situación no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado curso tras curso. Muchos docentes se sienten profundamente insatisfechos con su labor; las bajas por depresión aumentan de manera alarmante y los más veteranos cuentan, con ansiedad, los días que les restan para jubilarse. Así no se puede trabajar, ni siquiera con una mínima solvencia emocional. Aprobar unas oposiciones certifica que tus conocimientos son superiores a los de otros aspirantes. Sin embargo, esa preparación cultural e intelectual resulta estéril cuando en determinadas aulas se concentra un porcentaje elevado de alumnos que carecen del más mínimo interés por aprender. En ocasiones, el profesor termina conformándose con que el alumno duerma y no moleste. Es duro admitirlo, pero cuando se busca el bien de la mayoría, se acaban tolerando determinadas actitudes, sobre todo si los padres ya han sido informados. La verdadera desazón profesional surge cuando un número significativo de alumnos disruptivos impide el desarrollo normal de una clase. Y por 'normal' entendemos algo tan básico como que el docente pueda transmitir conocimientos y, al mismo tiempo, contagiar entusiasmo e interés por aprender. Ambas cosas se vuelven prácticamente imposibles cuando uno o varios alumnos interrumpen de forma constante. Precisamente eso retrata 'La clase': una sucesión ininterrumpida de adolescentes boicoteando la enseñanza hasta la extenuación. El resultado es asfixiante. Avanzamos ya hacia la segunda década de aquel docudrama y, sin embargo, en muchos centros la realidad es aún peor. A la disrupción se suman faltas de respeto, insultos y agresiones verbales o físicas, a menudo con la connivencia –explícita o tácita– de padres y madres. Este despropósito no se limita a la educación obligatoria: también se reproduce en bachillerato. Hoy, los profesores que logran trabajar con normalidad pueden considerarse afortunados. Lo que antes era una excepción se ha convertido en norma. Los centros periféricos ya no son los únicos conflictivos; el problema se ha extendido a cualquier enclave. También conviene analizar la inversión en educación en los últimos años. Aunque ha aumentado, resulta evidente que o bien es insuficiente o bien se gestiona de forma deficiente. Probablemente ambas cosas. Se ha puesto el foco –y los recursos– en el alumnado con mayores dificultades, lo cual es loable, pero se ha abandonado al alumnado con mayor predisposición. Se ha igualado siempre desde abajo. Las adaptaciones curriculares han funcionado en algunos aspectos, pero no se ha trabajado para que los alumnos más aventajados puedan desarrollarse plenamente. El resultado es un descenso generalizado del nivel curricular. Además, muchas de estas adaptaciones se han aplicado a alumnos que antes deberían haber sido educados en normas básicas de comportamiento. Recuerdo a estudiantes cuya actitud en clase era indistinguible de la que se tiene en un concierto de rock. Si gritaban al profesor era porque en casa gritaban a sus padres. Todo apunta a que en el ámbito familiar se gesta gran parte de esta falta de respeto, disciplina y consideración. Muchos progenitores carecen de valores educativos y, ni saben, ni pueden inculcarlos; algunos, incluso, han llegado a amenazar o agredir a los docentes. Hoy, reprender a un alumno, retirarle el móvil o castigarlo sin recreo puede desencadenar reacciones absolutamente desproporcionadas por parte de sus padres. Es cierto que estos casos aún son minoritarios, y que muchos padres delegan en los docentes una educación que ellos no han sabido proporcionar. Pero esa delegación pervierte la función del profesor, que deja de enseñar para dedicarse a educar en lo más elemental. Se invierte más tiempo en inculcar normas básicas de respeto que en explicar las oraciones de relativo, las ecuaciones o la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, entonces, que muchos estudiantes lleguen a la universidad con una formación cultural deplorable. Las redes sociales, internet y buena parte de la televisión no fomentan la cultura ni la educación; al contrario, imponen la grosería, el griterío y la violencia verbal o física. Si las nuevas metodologías educativas no están funcionando, quizá haya llegado el momento de replantearse aquello que sí lo hacía: disciplina, rigor, puntualidad y respeto a la autoridad. A ello habría que añadir medidas como limitar la interferencia de padres problemáticos, restringir el acceso a redes sociales y frenar el veneno que se inocula a través de programas basura, youtubers o influencers violentos.

 Solo así los centros educativos podrían aspirar a transformar la sociedad. Pero me temo que está ocurriendo justo lo contrario: es esta sociedad perniciosa la que ha penetrado en colegios e institutos. Si no aunamos fuerzas, todo esto acabará irremediablemente yéndose al gareteracteres con espacios.

 Afortunadamente, en mi instituto no tenemos esa problemática tan marcada, pues se optó hace muchísimos años por la disciplina, el rigor y el respeto a la autoridad, y tenemos un aula de convivencia para esos alumnos que impiden reiteradamente el desarrollo de la clase. Pero me consta, por muchos amigos y compañeros del gremio, que somos una parte de la excepción, y que la norma es la que nos retrata José Luis Raya en su artículo.

 Tengo en la videoteca de casa el DVD de La clase, que vi hace muchos años, cuando los periódicos casi regalaban las películas. Si no han visto el film de Laurent Cantet que menciona José Luis en su texto, les animo a ello.

 Pueden ver otras entradas sobre La educación en España clicando sobre los siguiente enlaces:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/01/la-importancia-de-la-educacion-en-espana.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/09/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2022/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2024/06/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/10/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html