¡Pista!, ¡Calle! o ¡Calle 1! es lo que se grita al corredor que ocupa dicha calle de la pista, cuando hace series a un ritmo menor que otro que viene por detrás, con la intención de que se aparte.
Calle 1 es también un blog sobre atletismo, una remembranza de aquellos tiempos en los que uno podía gritar esa especie de contraseña. Un blog en el que relacionar el atletismo con la literatura, el cine, el arte y los viajes; en definitiva, con todo aquello que nos hace más agradable la vida.
Kipchoge, Murakami y Meryl Streep en la entrega de los Premios Princesa de Asturias Teatro Campoamor de Oviedo, 2023. Fotografía: Ballesteros (EFE)
El pasado viernes se entregaron los Premios Princesa de Asturias, y aunque el protagonismo se lo llevó la siempre brillante Meryl Streep, por allí andaban el maratoniano Eliud Kipchoge y el escritor Haruki Murakami. El premio de los Deportes y el premio de las Letras sentados uno al lado del otro, elegantemente vestidos y sin zapatillas deportivas en los pies. El japonés no pronunció ningún discurso, debido a su tremenda timidez y su aversión a los actos públicos, mientras que el keniata leyó desde el estrado un texto en el que celebró los valores del deporte.
Todos sabemos que Murakami es un corredor aficionado al que le gusta medirse con la distancia de la maratón, una prueba que domina el bicampeón olímpico Kipchoge, el único atleta que ha logrado bajar de las 2 horas en una prueba no homologada por la federación, y al que hace unos días le arrebataron su oficioso récord del mundo (2:01:09, Berlín 2022). Murakami nos contó en su célebre De qué hablo cuando hablo de correr, libro ya reseñado* en este blog, que solía ejercitarse a diario para dejar descansar la cabeza y movilizar el cuerpo como contraposición al pausado acto de escribir. Sin embargo, al japonés, que aprovecha sus viajes para conocer a zancadas las ciudades, no se le ha visto correr en Oviedo. Tampoco se le ha visto entrenar al keniata.
Pero... ¿y si resulta que sí lo hicieron pero ninguna cámara los captó?, ¿y si corrieron a alguna hora intempestiva de la madrugada?, ¿y si Murakami venció su timidez y le pidió a Kipchoge salir a trotar juntos 30 o 60 minutos?
Me gusta imaginar la escena: los despertadores de ambos sonando en sus habitaciones a las cuatro y media de la mañana (que es la hora a la que se suele levantar cada día Murakami), el agua fría que corre en el lavabo, la camiseta de atletismo y el chándal de algodón dispuesto sobre la silla en la que se sientan tras vestirse para calzarse las zapatillas deportivas. Murakami que golpea suavemente con los nudillos la puerta de Kipchoge, o viceversa. La puerta que se abre, los dos que se estrechan la mano tras intercambiar una sonrisa y unos «buenos días». El ascensor que les deja en la recepción, silenciosa y apenas iluminada a esa hora. El recepcionista que los mira con cara de asombro y apenas atina a saludarlos, los dos hombres que salen del hotel y echan a trotar por las calles de Oviedo, solitarias a esa hora.
En su discurso, Kipchoge dijo que correr no era solo un movimiento físico. «Correr es un vehículo que tiene el poder de unirnos». Ese mismo fin de semana pude comprobarlo en la carrera urbana de Málaga (la del Corte Inglés, que gané en los años 1987** y 1989), donde pude saludar a muchos amigos.
Los hermanos Escalera, Agustín Molina, Dani Pérez y Pedro Delgado Carrera Urbana Ciudad de Málaga (El Corte Inglés) 2023 Fotografía: Lucía Rodríguez
Con mi tío Pepe y mis primas Milagros y Ángela Carrera Urbana Ciudad de Málaga 2023 Fotografía: Lucía Rodríguez
Juan Gómez Panduro y Pedro Delgado Carrera Urbana Ciudad de Málaga (El Corte Inglés) 2023 Fotografía: Lucía Rodríguez
El keniata Eliud Kipchoge tras cruzar la meta en la maratón de Berlín 2022 Fotografía: AFP
Hace apenas una semana, el keniata Eliud Kipchoge, doble campeón olímpico, volvió a batir el récord del mundo de maratón, marcando un crono de 2:01:09 en la maratón de Berlín, medio minuto menos que su anterior plusmarca, conseguida también en la capital alemana.
"Increíble" ha sido el comentario más oído estos días a cuenta de esa marca, y muchos más increíbles volverán a oírse el día que vuelva a bajar de las dos horas sin ayudas externas (en 2019 hizo 1:59:41 en Viena, pero el récord no fue homologado por haber sido ayudado por cuarenta y una liebres que se dieron relevos en grupos de siete cada cinco kilómetros). Sin embargo, no deberíamos emplear el adjetivo "increíble" cuando nos estamos refiriendo a un hecho totalmente creíble, pues si había alguien preparado para batir esa marca era el propio Kipchoge. Sí habría resultado increíble si el ganador hubiese sido uno de mis vecinos o yo mismo. Por eso, será mejor adjetivar al atleta, su triunfo o su récord con formidable, magnífico, espléndido, sobresaliente, inolvidable, impresionante, enorme o fabuloso.
Y toda esta retahíla viene porque el mismo día en que Kipchoge atravesaba la línea de meta, el escritor y periodista Álex Grijelmo publicaba en su sección La punta de la lengua, del diario EL PAÍS, un artículo sobre el uso inadecuado de la palabra "increíble" al comentar ante el micrófono un gran éxito deportivo. Y supongo que en su libro Con la lengua fuera–Críticas, chascarrillos y explicaciones sobre el léxico deportivo– (Editorial Taurus, 2021) se podrán encontrar ejemplos parecidos a éste.
Con la lengua fuera (Ed. Taurus, 2021)
LA PUNTA DE LA LENGUA
Increíble pobreza de adjetivos
Por Álex Grijelmo
Increíble, increíble. Veinte veces increíble. Treinta veces increíble. Es el adjetivo preferido por deportistas, cantantes, cocineros, artistas en general y demás familia cuando han de comentar ante el micrófono un gran éxito. Primero dicen "la verdad que" y luego repiten "increíble" en cada frase. Increíble el apoyo del público, increíble el ambiente en el concierto, increíble haber recibido ese premio. Increíble que digan tantas veces increíble.
Muchas celebridades que hablan en público no tienen por oficio la palabra y, por tanto, no cabe exigirles nada. Otro asunto es lo que cada uno se exija a sí mismo y la imagen que desee mostrar ante los demás. Las palabras son baratas, y su pobreza o su variedad retratan las carencias del pensamiento o sus caudales. Vale la pena prestarles atención.
El adjetivo "increíble" ofrece expresividad, no digo que no. Es rotundo, señala algo que sobreviene, que llega de súbito. Por ejemplo, la repentina herencia de un tío en América; algo increíble, ya se ve. O sea: "lo que no puede creerse", como dice el Diccionario en la primera acepción; o lo que es "muy difícil de creer", según matiza la segunda, abriendo la mano.
Pero habrá quien vea raros estos increíbles "increíbles" de esas declaraciones cuando se refieren a hechos creíbles una vez que han sucedido, como un triunfo deportivo o un éxito musical de quienes estaban dotados para ello (por eso los consiguieron). Sí resultará increíble que el vecino del quinto vaya a ganar el US Open o que la empleada del banco sea aclamada de repente en el Liceu. Ahí estaríamos de acuerdo.
Para mejorar su léxico, a los entrevistados de urgencia tras una jornada estelar les sería de utilidad memorizar una breve relación de adjetivos, elaborada con la misma intención con que se suelen preparar los discursos ante una entrega de premios: para pronunciarlos en caso de obtener el galardón y para dejarlos en el bolsillo si el jurado ha elegido a otro. Mediante esa escueta relación de palabras adecuadas, deslumbrarían al público, mejorarían su efecto como referentes sociales y recibirían más propuestas de patrocinio por su mayor crédito y prestigio.
Un adjetivo posible para esas ocasiones sería, por ejemplo, "formidable", y así lo rescatarían de su camino hacia el desuso. De hecho, aquel programa de radio legendario que presentó Alberto Oliveras en la Cadena SER entre 1960 y 1997 no se llamaría hoy Ustedes son formidables, sino Ustedes son increíbles.
"Formidable" vale, como "increíble", para muchas situaciones. Podemos hallarnos frente a un ser formidable ("muy temible, que infunde asombro y miedo), como un gran rival deportivo; o ante algo "excesivamente grande en su línea" ("un triunfo formidable"). También equivale a "magnífico", sinónimo que se puede unir a la serie: "El apoyo del público ha sido magnífico", "qué magnífica remontada".
Además de "magnífico", el español ofrece a campeones y narradores algunos adjetivos cuyas definiciones los hacen similares entre sí: "espléndido", "excelente", "sobresaliente"... Todos ellos nos sirven a la hora de expresar admiración, gratitud, sorpresa; pero también disponemos de otros, como "inolvidable", "inenarrable", "maravilloso", "impresionante", "enorme", "fabuloso", "gigantesco", "descomunal", "impensable", "inesperado".
No alargaremos más la lista, a fin de facilitar que los entrevistados de urgencia la memoricen y escojan de entre sus elementos alguno que les plazca, con el inusual propósito de hacer tan admirables sus palabras como sus triunfos.
Artículo aparecido en EL PAÍS, el domingo 25 de septiembre de 2022
El atletismo es un deporte para personas con vida interior; algo de lo que suelen ir sobrados los atletas que se dedican a las pruebas de resistencia, y más todavía si nos referimos a la maratón, que sigue siendo el desafío supremo para muchos.
Son muchísimas las ciudades, grandes y pequeñas, que con un gran esfuerzo organizan todos los años su maratón. En mis tiempos de maratoniano corrí en Sevilla, Barcelona, Bilbao (3º clasificado), Badajoz (1º clasificado), Valencia, Vic y de nuevo en Barcelona, en la edición que fue campeonato de España (5º nacional, 1º por equipos con el club Jimesa Maracena de Granada).
Pero mucho antes de participar en todas esas carreras, cuando estudiaba en el INEF de Granada (la actual Facultad de Ciencias del Deporte) y preparaba el campo a través y los 3.000 metros obstáculos, corrí la maratón de Granada, o mejor dicho, los primeros 20 kilómetros de la prueba. Lo hice sin dorsal, para hacer una tirada larga, un entrenamiento con puestos de avituallamiento. Creo que fui con el grupo de cabeza hasta el kilómetro 14, cuando tuve que parar en el arcén a orinar y ya no pude cogerlos. Luego, al volver a casa, por aquel entonces vivía en la urbanización La Rosaleda, junto al estadio de la Juventud, los vi pasar camino de la meta. Era el año 1986, y en la nebulosa de mi cabeza tengo la imagen de José Esteban Montiel, que a la postre ganó la prueba –también se alzó con el triunfo en la edición anterior–, seguido a cierta distancia por otro atleta; quizás fuera, por que no estoy seguro de ello, Francisco Medina, que en 1983 se impuso en la maratón de Madrid.
José Esteban Montiel
La última maratón de Granada se celebró en 1994. Aquella X edición fue organizada por Juan Carlos de la Cruz (profesor mío de Anatomía en el INEF y destacado obstaculista en su época) y Jesús Rubio Cámara. Han pasado muchos años desde entonces, y la verdad es que no se concibe que una ciudad como Granada, con la tradición de fondistas que tiene esa tierra, no cuente con sus propios 42.195 metros.
Actualmente, es la Asociación Maratón de Granada, con su presidente, Rafael García, a la cabeza, quien reclama la vuelta de la prueba. Para ello se necesita que las instituciones públicas de la ciudad se entusiasmen con la idea, que comprendan que invertir en una maratón es invertir en la salud y la felicidad de sus ciudadanos. Aquí en Málaga, ciudad vecina, tienen un buen ejemplo; y aunque lamentablemente la maratón llegó tarde para algunos de nosotros, la ilusión que transmite la cita desde el año 2010 es palpable, habiéndose convertido en pocos años en un signo de convivencia y modernidad que atrae a corredores y familiares de todas las partes de España y del mundo, un escaparate turístico para la ciudad, una apuesta por un futuro mejor.
Carta de Miguel Ángel Delgado Noguera* en el diario Ideal de Granada *ex director del INEF de Granada y excelente profesor mío de Didáctica
Desde Calle 1 quiero transmitir mi apoyo a la Asociación Maratón de Granada y a cuantos atletas, clubes y personas afines al deporte apoyan la iniciativa. Ojalá más pronto que tarde, los corredores, con sus coloridas indumentarias, vuelvan a emular a Filípides por las calles nazaríes. Y para aunar belleza y deporte, recomendaría incluir en la bolsa del corredor una entrada para visitar la Alhambra, de forma que desde el primero hasta el último todos tuvieran oportunidad de visitar –y luego pregonar– esa joya monumental de la ciudad.
Patio de los Leones de la Alhambra (Granada) Fotografía: Patronato de la Alhambra y Generalife
Cartel de la película Vivir sin parar, dirigida por Kilian Riedhof
Ayer hacía una de esas tardes desapacibles en las que lo único que apetece es sentarte en el sofá a ver una buena película con una mantita sobre las piernas y una taza humeante entre las manos.
Busqué en el catálogo de Filmin un título que llevaba años queriendo ver y que me parece mentira que todavía no haya llegado a España en Blu-ray. ¡Y bingo! Allí estaba. Se trataba de Vivir sin parar, del director alemán Kilian Riedhof, que bien podría llevar de subtítulo: «Porque si te detienes, pierdes», una frase que entronca con aquello que decía en la entrada anterior (Juventud sin límites), eso de que uno no deja de correr porque se hace viejo, sino que uno se hace viejo porque deja de correr.
La vida entera es una maratón. Los primeros pasos te resultan sencillos, piensas que nada te puede parar, pero después llegan los dolores, tus fueras disminuyen metro a metro, crees que ya no puedes más, pero sigues adelante, siempre adelante, hasta acabar extenuado. Y al final está la victoria. Sin duda, la victoria.
El protagonista de este emotivo drama, con tintes de comedia, sobre la superación y la vejez, es el maratoniano Paul Averhoff, interpretado en la pantalla por el actor Dieter Hallervorden, que obtuvo por su papel el galardón al mejor actor protagonista en los German Film Awards en 2014.
Cartel alemán de Vivir sin parar (Sein Letztes Rennen)
Paul Averhoff es un personaje de ficción, y me resulta increíble la de páginas que hay en internet que dan por cierta la historia. Por mucho que en la película se diga que es una autentica leyenda del atletismo en Alemania, y que venció en las maratones de Londres, Boston y Berlín y en los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956 (también que participó en Helsinki 1952), basta mirar en las hemerotecas para comprobar que esos datos forman parte de la historia que han creado el director y su coguionista Marc Blöbaum. En Australia venció el francés Alain Mimoun, segundo fue el yugoslavo Franjo Mihalić y tercero el finlandés Veikko Karvonen. En esa carrera, el primer alemán fue Lothar Beckert, de la República Democrática Alemana, que entró en el puesto 19 con una marca de 2h42'10", y el segundo, Kurt Hartung, de la Alemania Federal, en el puesto 28 con 2h52'05".
Al margen de que Alain Mimoun se habrá removido en su tumba, nada de esto le resta valor a la película, cuya fuente de inspiración nos la explica el propio director en la entrevista que acompaña las notas de producción de Karma Films:
P: ¿Cómo surgió la idea para Vivir sin parar?
R: Hace muchos años leí en la prensa una noticia sobre un hombre mayor con carácter depresivo. A este hombre su mujer le puso las pilas diciéndole: ¡o corres o te abandono! Y el hombre corrió realmente una maratón. Es verdad que durante el proceso de desarrollo del guión hemos cambiado la historia mucho y le hemos dado otro empaque, pero la cuestión fundamental, que surgía desde el inicio, se ha mantenido. ¿Cómo manejo el hecho de que las cosas pasan y llego al final? ¿Me abandono y capitulo o lucho por mí y por mi dignidad? Para mí se trata de un tema muy sentimental. No sólo desde el momento en el que uno envejece, sino mucho antes, en muchas situaciones de la vida.
Fotograma donde se ve a la actriz Tatja Seibt en el papel de Margot Averhoff Vivir sin parar, de Kilian Riedhof
La verdad es que el personaje de Paul es totalmente creíble en la película, y más después de leer la sinopsis:
«Paul Averhoff es un corredor de clase mundial, ex campeón olímpico en Melbourne en 1956. Ahora vive en un hogar de ancianos en Berlín, junto a su esposa Margot. Para escapar de su deprimente rutina, se propone una meta: entrenar para participar en la maratón de Berlín. A pesar de algunos recelos, su esposa es de nuevo –como siempre– su entrenadora. Le esperan muchos contratiempos para llegar a recorrer los 42,195 kilómetros de distancia que le separan de la meta».
La foto antigua de Paul corriendo, que conserva firmada uno de los ancianos de la residencia, acrecienta esa realidad; sin embargo, el germen de la duda me lo crearon las imágenes del principio, cuando una voz en off nos habla de los Juegos de Helsinki mientras se mezclan escenas en blanco y negro de una maratón con otras de uno de los duelos del británico Roger Bannister con el australiano John Landy en la milla.
Las imágenes que sí se corresponden con la realidad son las de la maratón de Berlín, rodadas in situ en 2012, con el actor corriendo en distintos tramos de la prueba.
P: ¿Ha corrido alguna vez una maratón?
R (de Dieter Hallervorden): No. Pero he jugado mucho al tenis y practico vela y surf. Además, mi hijo tiene ahora 14 años, así que siempre tengo acción en casa. Fue mi mejor entrenador en los últimos años. ¡Nada de poner las piernas en alto y ver la tele!
P: Pero al menos ha corrido parte de la maratón de Berlín durante el rodaje de Vivir sin parar. ¿Qué sensación tuvo? ¿Cómo lo vivió?
R: Lo más difícil fue evitar que los otros corredores me reconocieran como Dieter Hallervorden. Incluso mas difícil todavía fue hacer que los espectadores que se encontraban en la orilla del recorrido no saludaran a la cámara. Y después de todo eso, también era importante mantener la velocidad y el buen humor. Ha habido días de rodaje más sencillos.
P: ¿Qué le ha aportado su trabajo en Vivir sin parar?
R: [...] Cumpliré 78 años cuando se estrene la película en septiembre y ya he sacado provecho de Vivir sin parar ya que he mantenido bastantes partes de mi programa de entrenamiento. Sigo corriendo todos los días. Muchos no empiezan a apreciar su salud hasta que ya casi la han perdido. Pero uno debería alegrarse cada día por poder moverse libremente.
Notas de producción de Karma Films
Dieter Hallervorden en el papel de Paul Averhoff en Vivir sin parar
Sobre la grabación en Berlín, el productor Boris Schönfelder cuentan lo siguiente:
«La maratón se realizó en un día soleado a finales de septiembre de 2012. Para que el equipo de rodaje se pudiera mezclar entre los aproximadamente 40.000 corredores, con el fin de filmar a Dieter Hallervorden, alias Paul Averhoff, "en acción", se realizaron previamente acuerdos con los organizadores del evento de este tipo más grande en Alemania. Tanto la producción como la dirección fijaron tres tramos del recorrido en los que se filmaría a Dieter Hallervorden en el pelotón de los corredores. Después de iniciar la carrera con el disparo de salida, el primer tramo fue el puente Kottbusser en el distrito de Kreuzberg. Aquí, Dieter Hallervorden, se encontraba todavía entre miles de corredores y la cámara, Judith Kaufmann, sólo le reconocía a través de un acompañante que corría con él y que mantenía contacto con el equipo a través de radiocomunicación. Dicho acompañante corría con una bandera al lado de Dieter Hallervorden y sólo se retiraba del campo de visión cuando se realizaban las tomas. En los puentes de York el pelotón ya era más pequeño, por lo que se pudo trabajar aquí con comparsas y con una cámara en un coche. También se rodó en la calle Leipziger, cerca de la Plaza Potsdam, así como desde una segunda unidad, que grababa durante toda la carrera en la orilla las reacciones de los espectadores, a otros corredores o bandas musicales que animaban el ambiente y a los corredores con su música.
A pesar de lo complejo de la logística, el rodaje funcionó sin problemas y Dieter Hallervorden superó su "debut en una maratón por trozos" con maestría. El único obstáculo era el tiempo, porque la producción sólo disponía de cinco horas para todo el rodaje. Porque entonces ya había pasado el último corredor la meta y se limpiaban las calles y se abrían al tráfico. Es decir, se trataba realmente de una carrera contra el tiempo. Los cineastas pudieron entender ese día cómo se debió sentir Paul Averhoff durante su última carrera».
El actor Dieter Hallervorden corriendo en la maratón de Berlín 2012 Vivir sin parar, de Kilian Riedhof
«[la carrera de maratón] finaliza en un estadio olímpico totalmente lleno de espectadores y en el que entran casi 80.000 personas. Para la película "hemos realizado algunos trucos", cuenta Boris Schönfelder. Sólo hemos cubierto pequeñas tomas con espectadores, el resto se rellenó virtualmente o se combinó con material ya existente. En agosto de 2012 pudimos rodar durante la competición de atletismo ISTAF. El estadio estaba a rebosar y hemos integrado esas tomas. Al final ha encajado todo perfectamente».
Paul y su esposa Margot solían decir que eran como el viento y el mar, de ahí que suene La mer, de Charles Trenet, durante los créditos de la película. Con ella cierro esta reseña.
Nota: Esta entrada está dedicada a mi tío José Fernández Quintana, que a sus 75 años sigue dando zancadas.
José Fernández Quintana, mi tío Pepe
Esa señora tiene un extraño sentido del humor. ¿Cómo va a prohibirme correr? Eso es imposible. No se le puede prohibir nadar a un pez, ¿no?
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Propósitos de año nuevo: escribir un libro, correr una maratón Fotografía (Maratón Málaga 2021): Pedro Delgado
En estas fechas, son muchos los que hacen una lista con los propósitos de año nuevo; listas en las que siempre se añade lo que tenemos pendiente del año anterior.
Dos cosas por hacer que figuran en la mayoría de ellas son: escribir un libro y correr una maratón.
Durante el confinamiento, todo el mundo se reenganchó a la lectura. Y muchos fueron más allá y quisieron escribir su propio libro. Igualmente, la gente intentó mantenerse enforma haciendo ejercicio en sus hogares –incluso hubo quienes corrieron una maratón en el balcón de sus casas–, y cuando levantaron el encierro salieron en masa e inundaron de zapatillas deportivas las aceras y los parques. Luego volvieron las competiciones, y se apresuraron a inscribirse en ellas. El reto mayúsculo, palabras mayores, sigue siendo correr una maratón: 42.195 metros. Para llevarlo a cabo, hacen falta tres cosas: fuerza de voluntad, constancia y un cuidadoso plan de entrenamiento.
Mark Korir (1º clasificado en meta), Amlosom Tesfaldet (3º) y Kirwa Yego (2º) Al paso por el kilómetro 36 (Maratón de Málaga 2021) Fotografía: Pedro Delgado
Aunque a simple vista no lo parezca, correr una maratón tiene mucho en común con escribir un libro. Para ello también se necesita fuerza de voluntad, constancia y un cuidadoso plan de lecturas. Aún a riesgo de que no haya papel para tanto libro, les voy a recomendar encarecidamente un manual que les resultará imprescindible en la tarea, y que de paso les llevará a revisitar o descubrir –en función de su edad– un montón de películas.
Se titula El viaje del escritor, y lleva por subtítulo Las estructuras míticas para escritores, guionistas, dramaturgos y novelistas. Yo tengo una edición del año 2002 del sello Ma non troppo, de Redbook Ediciones, pero en 2020 el mismo sello publicó una edición ampliada y revisada de este autentico clásico, obra de referencia entre escritores, cineastas y guionistas.
Ma non troppo-Redbook Ediciones
Sin duda, este es un libro que no debería de faltar en todos esos talleres de escritura que desde hace unos años proliferan por el país. Sus páginas, traducidas por Jorge Conde, van «más allá del mero consejo para el diseño y la resolución de historias y hablan a cada escritor de una manera diferente».
Partiendo del concepto antropológico y mitológico del «viaje del héroe» (desarrollado por Joseph Campbell y Carl G. Jung), Christopher Vogler relaciona las estructuras míticas y sus mecanismos con el arte de escribir obras narrativas y guiones de probada eficacia. Con El viaje del escritor, los escritores descubrirán, paso a paso, las líneas maestras necesarias para la estructuración de los argumentos y la concepción de personajes realistas. Además, los innovadores ejercicios que propone el autor facilitan la detección y superación de escollos, lo que redunda en una mejora de la calidad de los trabajos. Estas ideas, que han sido testadas y refinadas por guionistas profesionales, dramaturgos, novelistas, etc., robustecerán el poder del narrador de historias dotándolo con la sabiduría ancestral propia de los mitos.
De la contraportada de El viaje del escritor
A su vez, Christopher Vogler llegó a la conclusión de que el viaje del héroe es también un manual de instrucciones para vivir, una guía de aquellas lecciones de la vida que han sido meticulosamente construidas y reflejadas en las narraciones de todos los tiempos.
[Otros] podrían haber extraído un mayor y más hondo conocimiento de su propia vida, hallando un modo o una metáfora de gran utilidad para la percepción de las cosas que los rodean, incluso un lenguaje o principio que define sus problemas y sugiere cómo resolverlos. Así las cosas, reconocen sus problemas en el calvario que padecen los héroes míticos y literarios, y obtienen sosiego de las historias, que les proporcionan abundantes estrategias (cuya eficacia demuestra el paso del tiempo) para la supervivencia, la consecución del éxito y la dicha.
Del prefacio de El viaje del escritor
Y es que los mitos «no son teorías abstractas ni las peculiares creencias de los pueblos de la Antigüedad, sino modelos prácticos de los que podemos extraer valiosas enseñanzas para vivir», algo que siempre viene bien, y más cuando estamos al inicio de un nuevo año: un 2022 que a muchos nos parece una aventura.
En una ocasión, durante una conferencia en Roma, Christopher Vogler halló una manera alternativa para representar gráficamente el viaje del héroe, no ya como un círculo, sino como un diamante. «Estaba explicando que cada acto conducía al héroe por un cierto camino con un objetivo o destino específico, y que cada clímax de cada uno de los actos variaba la dirección del periplo del héroe como resultado de asignarle un nuevo objetivo».
La metáfora del béisbol El viaje del escritor, de Christopher Vogler (Ma non troppo-Redbook Ediciones) Fotografía: Pedro Delgado
Me divirtió constatar que acababa de trazar un diamante semejante a una cancha de béisbol. A menudo he tenido la sensación de que el trazado de los campos de juego genera diagramas que se solapan con el diseño de la estructura del viaje del héroe. El béisbol bien puede leerse como otra metáfora de la vida, siendo los jugadores que corren entre las bases como los héroes que cubren diversas etapas en pos del objetivo final del viaje.
Fotografía: Flickr
En el apéndice extendido del libro, Christopher Vogler nos enseña a transformar los deseos en fuerza de voluntad, algo que necesitaremos, tanto si queremos escribir un libro como correr una maratón.
La voluntad es un deseo concentrado y continuamente enfocado en la intención firme de alcanzar un objetivo paso a paso. Los deseos pueden desvanecerse ante la primera dificultad, pero la voluntad perdura.
La fuerza de voluntad es una suerte de filtro que distingue a aquellos individuos que meramente desean de aquéllos que asumen la responsabilidad de perfeccionarse y pagar el precio que exige el cambio verdadero. (…) Como formular un deseo, realizar un acto de la voluntad pone en funcionamiento toda una serie de fuerzas. Un acto surgido de la voluntad emite señales al mundo. He aquí una persona que quiere algo y está dispuesta a pagar un alto precio para conseguirlo.
¿Quién sabe? Quizás sea usted este año uno de esos corredores que cruzan la línea de meta, extenuados pero felices, tras recorrer esos 42.195 metros, o uno de esos escritores que firman ejemplares en las ferias del libro o ven su obra en la mesa de novedades de la librería de su ciudad. Pero por favor, pulan sus escritos y denles tiempo. No se conviertan en uno de esos vanity writer que tanto abundan en lo que los anglohablantes llaman vanity printing* (el término me lo descubrió Manuel Rodríguez Rivero en Babelia). No quieran sacar sus libros de cualquier manera. Al igual que no debemos correr más de una o dos maratones en la temporada, tampoco deberíamos querer escribir un libro todos los años.
Y para terminar esta reseña, e iniciar sus propósitos de año nuevo, les recuerdo una frase de la película Dune, la de David Lynch, basada en la novela de Frank Herbert: «Un principio es un tiempo muy delicado».
Nota: Por si les interesa la comparativa entre escribir un libro y correr una maratón, les dejo aquí el enlace a otra entrada del blog:
Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez
Empecé a leer Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima, el día antes de que los atletas pisaran la pista sintética del Estadio Olímpico de Tokio y Selemon Barega se llevara el oro para Etiopía en los 10.000 metros; y lo terminé el día en que las tres jamaicanas surcaron como un cohete la recta de meta en la segunda jornada atlética.
La elección de un autor japonés me pareció un guiño a los Juegos. Luego, al ver el sentimiento antiimperialista y anticapitalista que impregna su obra, pensé que el guiño, a la vista de los motivos económicos del COI para no aplazar o cancelar la cita olímpica, me lo hacía el autor a mí.
Este libro no tiene nada que ver con la literatura deportiva, pero intuyo que Denji Kuroshima (1898-1943) tuvo que ser un ferviente admirador de los maratonianos Sohn Kee-chung y Nam Sung-yong, primer y tercer clasificado con 2h29'19" y 2h31'42" en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.
Nam Sung-yong, Tamao Shiwaku, Fusashige Suzuki y Sohn Kee-chung Berlín, Alemania, 19 de junio de 1936
Y estoy seguro de que apoyaría el gesto de esos dos atletas en el podio. Para los que no conozcan la historia, decirles que ambos eran en realidad coreanos pero tuvieron que correr bajo bandera japonesa y con los nombres niponizados –Son Kitei y Nan Shoryu–, ya que tras la guerra ruso-japonesa de 1905, Corea fue ocupada y declarada protectorado japonés, siendo anexionada en 1910 a Japón, que se propuso borrar todo signo de identidad coreana. Durante la entrega de medallas y el izado de las banderas, ambos atletas se mostraron cabizbajos, avergonzados de oír el himno de Japón. Y cuando los entrevistó la prensa, declararon ser coreanos y no japoneses, aunque los traductores nipones se negaron a traducir ese comentario a la prensa internacional. El diario coreano Dong-a Ilbo se atrevió a publicar la noticia con una fotografía en la que habían borrado la bandera del Imperio del Sol Naciente de la camiseta de Sohn Kee-chung, a consecuencia de lo cual fueron detenidas ocho personas y cerrada la publicación durante nueve meses.
Podio de la maratón de los Juegos Olímpicos de Berlin en 1936 1º Sohn Kee-chung, 2º Ernest Harper, 3º Nam Sung-yong
Imagen de Sohn Kee-chung en el diario coreano Dong-a Ilbo
En 1945, a consecuencia de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Corea se liberó del yugo nipón, a la vez que se partía en dos. Pero esa ya es otra historia. Para concluir la de Sohn Kee-chung, decirles que como ganador de la prueba de maratón, las autoridades berlinesas le iban a entregar un casco griego, una verdadera antigüedad descubierta por un arqueólogo alemán en Olimpia, pero los entrenadores japoneses descontentos con la actitud de Sohn Kee-chung le impidieron recibir el premio, y el casco fue guardado en el Museo de Berlín. Cincuenta años más tarde, en 1986, dicho casco fue entregado a Sohn Kee-chung, quien a su vez lo donó al Museo Nacional de Corea.
Casco griego donado por el atleta Sohn Kee-chung al Museo Nacional de Corea Catalogado como Tesoro Nacional
En 1948, Sohn Kee-chung tuvo el honor de ser el abanderado de Corea del Sur en las Olimpiadas de Londres, pero el mayor homenaje se le hizo en 1988, ya con 76 años, cuando fue el último relevista que entró con la antorcha olímpica al estadio en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl, donde recibió la mayor ovación de su vida.
Sohn Kee-chung porta la antorcha olímpica en los Juegos de Seúl 1988
Considerado héroe nacional, Sohn fue también homenajeado en la ceremonia de apertura del Campeonato Mundial de Atletismo de Daegu, Corea, en 2001, un año antes de su muerte, ocurrida el 15 de noviembre de 2002, a los 90 años.
Lamentablemente el COI, obtuso en este tema, no reconocería la nacionalidad coreana de Sohn Kee-chung hasta el año 2011, cuando el atleta ya no estaba vivo para verlo. Y aquí no puede uno más que enarcar las cejas.
Permítanme que, sin abandonar la prueba de los 42.195 metros, volvamos al libro del antiimperialista Denji Kuroshima, pues en la página 85, en el relato que da título al libro, se menciona la palabra maratón.
Matsuki, un explorador que avanza delante de una columna de soldados, regresa corriendo con dificultad desde la cumbre de una pequeña colina y sin resuello, porque la nieve redobla el esfuerzo, se planta delante del comandante y adopta la posición de saludo, pero tiene las manos tan congeladas que no le obedecen y no consigue levantar el arma hasta la posición reglamentaria.
El comandante le miró con desaprobación. Su gesto denotaba desdén por aquel soldado incapaz de saludar como era debido. Matsuki no pudo decir nada durante un tiempo. No le entraba aire en los pulmones. De las fosas nasales hasta la laringe, todo estaba rígido y reseco, como si acabara de correr un maratón. Se esforzaba en producir algo de saliva para humedecerse la garganta, sin ningún resultado. Quería tirarse en la nieve, descansar.
Pero hay otro relato, Siberia bajo la nieve, en el que asistimos a una carrera de velocidad –de doscientos metros– que en el texto apenas dura ocho líneas, y que no dejo de proyectar en mi cabeza como si fuera una película.
Sitúense primero:
Elescenario es la fría Siberia, donde se enfrentan las tropas japonesas y el recién creado Ejército Rojo en la llamada «Intervención siberiana» de 1918. Yoshida y Komura son dos pobres desgraciados, soldados del ejército nipón, que tras aguardar un año el reemplazo de su promoción ven como todos sus compañeros son devueltos a casa menos ellos, obligados a quedarse un año más en el hospital militar al que los asignaron para ayudar en la formación de los nuevos reclutas. Sus superiores acordaron quitarse de en medio a los hombres más problemáticos, a los más complicados de manejar, y dispusieron que se quedaran ellos dos, más fáciles de llevar.
Y observen a continuación la escena tal como yo la veo:
Yoshida y Komura, que pensaban que siendo diligentes y obedientes volverían antes a casa, acaban de despedir en la estación a sus compañeros de promoción, y les pesa el desaliento y la rabia. Hace un frío de mil demonios y el aire que expulsan por sus anchos orificios nasales y por la boca los envuelve en nubes de vapor.
Deben regresar al hospital, y para atajar las lágrimas que asoman en los ojos de Komura, Yoshida le propone echar una carrera hasta el puente. Con dificultad, por lo grueso de sus abrigos, adoptan una posición de salida, apoyando las manos en la nieve, que parece azúcar en polvo, y el silencio, que reina por todas partes, se ve interrumpido por un «Preparado: uno, dos, tres…». Empiezan a correr. Al principio se les hunden las botas en la nieve hasta las rodillas, y el aire que exhalan se adhiere en forma de escarcha a sus gorros y abrigos.
Tras algunos metros, la nieve se muestra más compacta y dura, cruje bajo el peso de sus apoyos, y sus movimientos se vuelven menos torpes y pesados. Yoshida saca ventaja en seguida, y Komura siente que el corazón se le desboca: necesita más oxígeno, pero el aire helado que inhala le está reventando los pulmones. Yoshida gira la cabeza para mirar atrás, y ve cómo su compañero se desfonda y se hinca de rodillas. Apenas han corrido cien metros, la mitad del trayecto, y ya se han parado. Komura llega arrastrando las piernas hasta Yoshida. Aún jadean, y les lleva un buen rato recuperar el ritmo del corazón. Luego, vencidos por el desánimo, siguen caminando hasta el hospital sin mediar palabra.
¿Qué les parece?
Y si quieren ver más imágenes espectaculares, les dejo un vídeo de la maratón de la que les hablaba al principio, la de los Juegos de 1936 en Berlín, que incluye la entrega de medallas.
Nota: el texto a color pertenece a la primera edición de Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima. Editado por Ardicia en octubre de 2014 en una traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.
Zátopek, Aloha! Editorial, la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99 Fotografía: Lucía Rodríguez
Aunque Zátopek se retiró de la competición en 1958 y murió hace 19 años, sus logros permanecen entre nosotros y nos siguen impresionando como el primer día. La sola mención de su nombre evoca el genio de ese atleta, sus cabalgadas y sus medallas. La discusión saldada con esas tres sílabas rotundas y sonoras al dilucidar quién es el mejor atleta de la historia. En esto reside la magia de los más grandes deportistas. Eternos mientras haya quien los admire. Inmortales cada vez que alguien escribe sobre sus gestas: Jean Echenoz en Correr o Jan Novák y Jaromír 99 en la novela gráfica Zátopek. De la novela del francés ya les hablé en 2014, así que hoy voy a hablarles del cómic de los checos, publicado por Aloha! Editorial hace dos veranos. Un volumen que se abre con un excelente prólogo del atleta olímpico Juan Carlos Traspaderne (Logroño, 1956), campeón de España de maratón en 1983. Ese mismo año, el español corrió sobre el asfalto de Helsinki en 2h.11.34, su mejor marca personal y récord nacional en la época.
Juan Carlos Traspaderne
Es libertad
Juan Carlos Traspaderne, corredor olímpico.
La tarde del catorce de agosto de 1983, entré en el Estadio Olímpico de Helsinki para terminar la prueba de maratón del primer Campeonato del Mundo de Atletismo. Algo menos de un minuto transcurrió desde la entrada al estadio hasta cruzar la línea de meta, pero puedo decir que ese escaso minuto fue, sin duda, el más intenso que he vivido en mi vida.
Entraba en un estadio olímpico repleto de amantes del atletismo que ovacionaban a todos los participantes por la gesta que estaban a punto de finalizar.
Abajo, en la pista, me sentía pequeño ante las dimensiones de la emoción colectiva y me sentía grande ante la emoción que me embargaba.
Entraba con la incredulidad de quien todavía no se cree lo que está haciendo, pero la realidad me esperaba en la línea de meta: dos horas once minutos treinta y cuatro segundos en la prueba de la maratón.
Entraba también con miedo: ¿Y si me lesiono? ¿Y si no llego a la meta? Eso no debía ocurrir, pero era una posibilidad, y quizás fue por ese temor que no esprinté lo suficiente y dejé que me adelantaran dos participantes en el estadio. Entraba recordando todo lo realizado para llegar a este momento. Esos entrenamientos a las once de la noche o a las seis de la mañana, siempre en función de mis horarios de trabajo. Ese sacrificio impuesto a la familia. Esos fines de semana en los cuales no me movía más que para entrenar, ya que el resto del tiempo lo necesitaba para recuperarme de la fatiga acumulada. Recordaba esos desprecios de la gente al verme entrenar por las calles… Eran otros tiempos.
Entraba por la misma puerta por la que el tres de agosto de 1952 entró un tal Emil Zátopek para proclamarse campeón de maratón en la Olimpiada de Helsinki, con dos horas veintitrés minutos y tres segundos. Fue su primera maratón, y en aquella misma olimpiada ya había ganado los cinco mil y los diez mil metros. Logró pues una hazaña única, y quizás irrepetible, en la historia olímpica.
Sentí un gran honor por poder compartir el mismo espacio en la distancia con uno de los grandes mitos de la historia del atletismo.
Entraba cuando Robert de Castella, con dos horas diez minutos y tres segundos, se proclamaba como primer campeón del mundo.
Al final de ese minuto, crucé la meta en el puesto doce. ¡Qué lástima esos dos puestos que perdí, por pecar de prudente! Vi la marca que había conseguido y me dije: "Sí, sí, esto merece la pena". No porque ahora me lo fueran a reconocer y todo serían adulaciones por lo conseguido. No, no por eso. Merece la pena porque te has llevado al límite, porque te has demostrado a dónde te pueden llevar la determinación, el trabajo, la humildad, la confianza, la constancia y el apoyo de las personas: a lograr objetivos que redundan en tu mejora personal. ¿Y todo esto por hacer una marca en una maratón?
Sí, por una maratón.
¿Pero qué es una maratón? Desde luego, es mucho más que correr cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros.
Es llevar tu determinación de lograr un objetivo para el que es necesario explorar tus límites físicos y psíquicos.
Es libertad. ¿Qué mayor grado de libertad se puede sentir cuanto tu elección te lleva al límite?
Es encontrarte contigo mismo, mediante el diálogo que se establece entre tus deseos conscientes y tu instinto de protección.
Es ser consciente de que el primer límite es el tuyo propio; no importan tanto tus rivales, porque el primer rival eres tú mismo.
Es demostrarte tu capacidad para superar sentimientos negativos que se producen en la prueba y en los entrenamientos.
Es persistir en el esfuerzo cuando tu cuerpo y tu mente te dicen "para". En ese momento solo te queda la voluntad.
Todos esos sentimientos provocan una emoción que te recorre a lo largo de la prueba y que explota cuando has terminado. Cuando el resultado es negativo o lo conseguido no cumple con tus expectativas, te queda la satisfacción de haberlo intentado, y de haberte encontrado contigo mismo. La primera vez que oí hablar de Emil Zátopek fue el veintiséis de enero de 1975 en mi debut en el Cross de Lasarte. Recuerdo escuchar a mi entrenador, Iluminado Corcuera, decir que este cross había sido ganado por gente de la importancia de Emil. Efectivamente, Zátopek ganó la prueba ese mismo día en 1958, en su última carrera como atleta. Entonces hice poco caso a aquel comentario. Hoy puedo decir que, gracias a Emil Zátopek, yo soy un poco como soy y he podido tener el honor de escribir estas líneas en su recuerdo y tributo.
La maratón es una prueba que está llena de ejemplos de vida, de humildes personas y grandes atletas que, como Emil Zátopek, son capaces de decir: "Sí quieres correr, corre la milla. Si quieres cambiar tu vida, corre la maratón".
Gracias, Emil.
Aloha! Editorial ha tirado la casa por la ventana para ofrecernos una edición de lujo, con tapas duras y sobrecubierta; una portada que da gusto ver de cara en la estantería, con el personalísimo dibujo de Jaromír 99, en mate y a cuatro tintas: salmón, beige, azul y negro.
Pedro Delgado hojeando la novela gráfica Zátopek en la Ciudad Deportiva de Carranque Fotografía: Lucía Rodríguez
El tomo comienza en 1952, cuando Emil y Stanislav Jungwirth, un prometedor corredor de la milla, entrenan juntos en el parque forestal Houstka, en la ciudad de Stará Boleslav, en las inmediaciones de Praga. Ambos pertenecen al Club Deportivo o Unidad de Educación Física Dukla Praga, perteneciente a las Fuerzas Armadas de Checoslovaquia, un club que aún existe. Y Emil trata de enseñarle al joven Jungwirth (al que llama cariñosamente Yogur) sus peculiares métodos de entrenamiento mientras se preparan para los juegos olímpicos de ese año. Ideas novedosas y métodos nunca antes probados. Algunos poco heterodoxos:
–¡Venga! ¡Ahora solo con una inspiración!
–¿Cómo con una inspiración?
–Fácil, ¡cogemos aire y vemos quién llega más lejos!
Luego Jan Novák, el guionista, da un salto en el tiempo y se va a 1922, año de nacimiento del atleta, y a 1929, para mostrarnos la infancia del hijo del carpintero. También su entrada en la fabrica de calzado Bata con tan solo quince años; la invasión alemana en 1939; sus carreras con el equipo de la fábrica; su primeros planes de entrenamiento de la mano del doctor Haluza, también corredor de fondo; sus primeros récords; el fin de la guerra en 1945; su primer campeonato de Checoslovaquia y su ingreso en el ejército.
–Entonces, allá en Zlin, ¿quién te entrena? Nadie, ¿verdad? Con nosotros en el ejército vas a tener los mejores entrenadores, los mejores médicos, ¡los mejores masajistas!
Ahora ya no será como en la guerra, ahora se viajará al extranjero, ¡ahora vas a representar a la patria! ¡Y fuera hay otra competencia!
¡No puedes vencer a esos tipos siendo un zapatero de Zlin!
En febrero de 1948, los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, y su vida se vio alterada de nuevo. Mientras prepara los cinco mil y diez mil metros de los Juegos Olímpicos de Londres, conoce en las pistas de atletismo a la lanzadora Dana Ingrová. Ambos nacieron el mismo día, del mismo mes y del mismo año, así que parecen predestinados a casarse. Juntos formarán una de las parejas más bonitas del atletismo mundial. Emil la ayuda y anima a mejorar en los entrenamientos, y Dana consigue la mínima olímpica en lanzamiento de jabalina.
Zátopek (Aloha! Editorial), la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99 Fotografía: Lucía Rodríguez
En Londres Emil gana el oro en los 10.000 metros –le saca 200 metros al segundo clasificado marcando un nuevo récord olímpico con un tiempo de 29:59,6– y la plata en los 5.000 metros. Dana lanzó cerca de su mejor marca y se clasificó en el séptimo puesto.
Zátopek, Aloha! Editorial, novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99 Fotografía: Lucía Rodríguez
En la página 137, las viñetas de Jaromír 99 nos devuelven al inicio de la novela. Tras el entrenamiento, mientras se asean y se cambian de ropa en el vestuario, nos enteramos de los problemas políticos que tiene Jungwirt para ir a la siguiente olimpiada (Helsinki 1952), pues su padre está preso en un campo de trabajo por subversión al estado –en realidad por largar contra el gobierno en un bar–. Emil se tomará el caso como algo personal, y a riesgo de ser juzgado y castigado por desacato, llegará a tensar la cuerda hasta el punto de renunciar a los Juegos. Si Jungwirt consiguió correr los 1.500 metros en Helsinki es algo que deberán averiguar ustedes leyendo esta novela gráfica; lo que sí sabemos, porque es historia, es que Dana se hará con el oro en jabalina, y Emil se colgará al cuello lo que parece imposible: tres medallas de oro, en los cinco mil, los 10.000 mil metros y la maratón –siendo éste su estreno en la distancia de Filípides–, que lo mantienen como el mejor atleta de fondo de todos los tiempos.
Zátopek, de Aloha! Editorial, sobre el tartán de la pista de atletismo de Carranque Fotografía: Lucía Rodríguez
Lo que no recogen las viñetas, potentes y algo expresionistas de Jaromír 99, es algo que sucedió diez años después de su retirada del atletismo y que lo honra todavía más como persona. Ocurrió durante la Primavera de Praga, cuando el líder del país, Alexander Dubcek, trataba de reformar el régimen comunista; algo que no fue bien visto por la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia, que enviaron sus tropas a ocupar el país. Cuando los tanques aparecieron por la ciudad, el pueblo, y con él Zátopek, salió a la calle a protestar por la injerencia soviética, algo por lo que sufriría represalias. Se le expulsó del ejército, donde tenía el grado de coronel, y lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Luego lo pondrían a barrer las calles de Praga. Cuentan que la gente salía a barrer las aceras antes de que él pasara para ahorrarle tamaña humillación.
Personalmente, me siento identificado en algunas cosas con Zátopek, al que empezaron a llamar la Locomotora Humana tras su paso por Helsinki.
–Tenía dos opciones: una, desgastar a los otros corredores durante la carrera, o dos, perder al final. Elegí la primera opción.
***
–¿Por qué corre tan rápido? Le hubiera bastado con un tiempo normal para ganar.
–Porque quiero aprender a correr, y no ir de listo. No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno.
–El respondió: "Correr lento, ¿para qué?"
Y como estos, hay otros detalles que compartimos y de los que ya les hablé en el artículo que le dediqué a la novela Correr de Jean Echenoz. https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/01/correr-el-libro-acerca-de-zatopek.html Por último, comentar que en las últimas páginas figura un apartado de notas, apuntes interesantes que te hacen volver a repasar las viñetas del libro. Unas son de Carlos Traspaderne y otras de la traductora, Ester Vignolles Podhradska, a la que desde aquí le doy las gracias por verter por primera vez la obra al español. También se las doy a Adriana Bañares, fundadora y directora de la editorial Aloha!, por apostar por este proyecto. Nota: Gracias a Juan Sarria hijo, que se prestó a mostrarnos su gemelaco en la fotografía que abre este artículo.