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viernes, 20 de diciembre de 2024

CORRER ES UNA FILOSOFÍA. POR QUÉ CORREMOS (II)


Correr es una filosofía. Por qué corremos
Gaia de Pascale (Duomo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Como ya les adelanté, continúo aquí la reseña de Correr es una filosofía. Por qué corremos, de Gaia De Pascale, editado por Duomo Ediciones en una traducción de Elena del Amo y Beatriz Galán Echevarría.

 Si no leyeron la primera parte de la reseña, donde comentaba los cinco capítulos iniciales, les animo a hacerlo ahora clicando sobre el siguiente enlace:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2024/11/correr-es-una-filosofia-el-por-que.html

 Y si ya lo hicieron, pueden continuar con la lectura por donde nos quedamos.

 El capítulo sexto de Correr es una filosofía. Por qué corremos lleva por título La vid y la llama, y en él la autora nos habla de carrera y locura. ¿Carrera y locura? Pues sí, porque a veces hay que estar un poco cuerdo para correr desnudo tal cual los antiguos corredores griegos, como hacen los participantes de la Bare Buns Fun Run, «La carrera de los traseros desnudos», que se celebra en una zona boscosa de Washington el último domingo de julio sobre una distancia de 5 kilómetros.

Camiseta de la Bare Buns Fun Run

 Esa es una de las muchísimas carreras locas que existen en el mundo. Como la retrorunning, en la que se corre hacia atrás.

Andar como los cangrejos no es nada fácil: no sólo requiere una buena dosis de equilibrio, sino que además los músculos empiezan a doler mucho antes de lo acostumbrado. De hecho, se exige la acción de puntos del cuerpo distintos respecto a los que son llamados a cumplir con su deber en las carreras clásicas, y para hacerlo conviene estar lo más posible de puntillas, cosa que, a la larga, provoca calambres.

 De esta forma de correr podría hablarnos largo y tendido el granadino Jorge Herrera, que participó en un programa de televisión en el que el reto era correr hacia atrás. He intentado buscar las imágenes, sin éxito. Seguramente se parecería a ver rebobinar la cinta de una película.

 En Sondershausen, en el estado de Turingia (Alemania), se corre en una vieja mina de sal, a 1.600 metros de profundidad, la Crystal Mine Marathon.

Crystal Mine Marathon, Sondershausen (Alemania)

 Pero para estrambótica y loca la Krispy Kreme Challenge, la K2C Run, que se celebra en Carolina del Norte: la distancia a recorrer es de 8 kilómetros, pero en el cuarto hay que detenerse para comer ¡doce donuts!

Krispy Kreme Challenge (K2C Run), Carolina del Norte (EE. UU.)

 De esta y otras carreras nos habla Gaia De Pascale. Pero no hace falta participar en ellas para que nos tomen por dementes –de hecho, durante mucho tiempo, antes de que las carreras se pusieran de moda, ya fuimos vistos como locos por el común de los mortales–. Incluso hoy día, para muchos, el mundo sigue dividiéndose en dos categorías: los que corren y los que no. Los locos y los cuerdos. Aunque para los primeros los locos puedan ser los segundos. 

No hay nada que hacer, el mundo se divide en dos categorías: los que corren y los que no. Para los que nunca han experimentado la embriaguez de la carrera, todos los corredores parecen un poco tocados. Los motivos son muchos: los apasionados por la carrera se entrenan bajo cualquier condición atmosférica, en cualquier lugar y a cualquier hora. Por eso no es raro ver personas que corren por las calles al amanecer, bajo el diluvio, en la pausa de la comida en pleno calor del verano...

 Bendita locura la mía. Bendita locura la nuestra. La autora también nos habla en este capítulo de los efectos terapéuticos de la carrera para la curación de algunas enfermedades mentales, como la depresión. El psiquiatra americano Thaddeus Kostrubala, autor del libro El placer de correr, «no se limitaba a hablar con sus pacientes: se ponía las zapatillas de deporte y salía a correr con ellos, convencido de que esta práctica podía aportar más beneficios que muchas píldoras». Casi cuarenta años después los controvertidos estudios de Kostrubala, podemos afirmar «la capacidad de la carrera para actuar de manera positiva en la psique. La carrera ayuda a eliminar la angustia y el estrés, favorece el desarrollo de un ritmo más regular del sueño y mejora el humor».

 La carrera no es solamente un paréntesis de la vida. Es un modo de entender la vida misma. Ella misma es una vida y sus «normas fuera de la norma» se vuelven borrosas, se exponen, hasta anular la distinción entre lo que es normal y lo que no lo es: cada individuo, en cada momento de su existencia, independientemente de su edad, estatus social, forma física, puede decidir empezar a correr y saltar así a la otra parte de la línea de la normalidad.

 Saltemos nosotros ahora al séptimo capítulo, Casi animales (Carrera y cuerpo).

 Aquí asoma la famosa frase que Salvador Moreno López tenía en el reverso de su tarjeta de visita, la de la añorada página web El loco que corre y su You'll never run alone:

Reverso de la tarjeta de visita de Salvador Moreno (El loco que corre)
Fotografía: Pedro Delgado

La carrera está inscrita en el ADN de los humanos por razones de pura supervivencia.
 Cuando la caza era el único medio de subsistencia, no quedaba más remedio que ser más rápidos que las propias presas para procurarse el alimento.
 «Cada mañana, en África, una gacela se despierta. Sabe que debe correr más deprisa que el león o acabará muerta. Cada mañana, en África, un león se despierta. Sabe que deberá correr más deprisa que la gacela o morirá de hambre. Cuando sale el sol, no importa si eres un león o una gacela; lo importante es que empieces a correr».
***
 Un artículo aparecido en la revista Nature en 2004, firmado por Dennis Bramble y Daniel Lieberman, ambos biólogos evolucionistas, analiza con detalle el paso del Australopithecus al Homo habilis, llegando a considerar la carera un elemento fundamental en la evolución humana. Para ellos no fue la adquisición de la posición erguida la que hizo del ser humano lo que es. El Australopithecus era capaz de sostenerse sobre dos piernas ya desde hace más de cuatro millones de años y, sin embargo, el aspecto de este homínido aún era totalmente semejante al de un simio. Fue solamente en el momento en que «aprendió» a correr cuando pudo dar comienzo a su evolución a Homo habilis.
 Es verdad, dicen los estudiosos, que lo mismo que los simios, el hombre no está estructurado para carreras rápidas comparables a las de muchos cuadrúpedos, pero puede contar con características anatómicas que se prestan perfectamente a carreras de resistencia.
 Para los estudiosos, en resumen, hemos nacido para correr: no como velocistas, sino como corredores de resistencia.

 Gaia De Pascale nos habla en este capítulo de nuestros ancestros, pero también menciona tribus antiguas, como los tarahumaras o los hopi, grupos nativos americanos que tuvieron que arreglárselas sin la ayuda de los caballos durante un periodo mucho más largo que las poblaciones europeas.

 Los hopi siempre han sido pacíficos y se han dedicado a la agricultura más que a la caza. Y, sin embargo, para ellos la carrera es una verdadera y auténtica panacea, un tratamiento para el humor y para la salud, hasta el punto de ser ritualizada en uno de los momentos más álgidos de su contacto con lo divino: la Danza de la Serpiente. Se trata de un ritual que dura varios días, entre baños ceremoniales, reuniones amistosas para fumar y caza de serpientes. El propósito es congraciarse con los dioses de modo que hagan llorar al cielo todas sus lágrimas, apagando la sed de sus áridas tierras. El octavo día de la danza se celebra una carrera en la que los participantes deben demostrar su velocidad y su resistencia física. El ganador recibe como premio un don de gran valor simbólico: un vaso de agua, el bien más preciado, y los palos necesarios para la oración.

Corredores Hopi en la línea de salida de una carrera en Oraibi Pueblo
Arizona, 1902. Fotografía: Jesse H. Bratley

***
 Y, sin embargo, hay algo que actúa dentro de nosotros exactamente con la fuerza de un reclamo atávico. Es el deseo de recuperar nuestro cuerpo corriendo, saliendo ahí afuera haga el tiempo que haga, escuchando solamente a nuestras necesidades primarias: tengo hambre, tengo sed, qué recorrido será el más apropiado para dosificar lo mejor posible las fuerzas, adónde me llevará esta cuesta, cómo debo desplazar las rodillas para afrontar esa bajada. El mundo entonces se convierte solamente en el espacio que tenemos enfrente, el universo entero encerado en un trecho de camino, un sendero, una pista que, por muy angosta que sea, puede encerrar en sí misma los vastos horizontes de la sabana.

 La suiza Gabriela Andersen-Schiess, con la que tanto sufrimos viéndola caminar hacia la línea de meta en la primera maratón femenina de los Juegos Olímpicos, en Los Ángeles 1984, también aparece en este capítulo. Su tesón y determinación para completar el recorrido en unas condiciones extremas de calor, exhausta y deshidratada, hace que no podamos olvidarnos de ella. Imposible no volver a emocionarnos al ver de nuevo las imágenes de su entrada al estadio.

 El capítulo octavo lleva por título La soledad del corredor de fondo, y el subtítulo Carrera y soledad. Como no podría ser de otra manera, la autora nos habla aquí de la novela de Alan Sillitoe, llevada al cine por Tony Richardson en 1962. Por ese motivo y porque tengo pensado escribir una reseña sobre el libro de relatos de Alan Sillitoe, me van a permitir que me salte cualquier referencia a este capítulo y deje los comentarios de De Pascale para ese momento.

Portada de la edición de Impedimenta

 Igualmente, tampoco les hablaré de la película Carros de fuego, que también aparece en este capítulo, y de la que algún día espero hablarles largo y tendido.

Carátula DVD Carros de fuego

 Llegamos así al penúltimo capítulo, el noveno: La carrera de la pereza (Correr y sufrir), donde se habla del castigo que les espera a los perezosos, los «que no escogen nunca entre el bien y el mal, los que no toman partido y que, tras haberse comportado como villanos durante toda su vida, se convierten también en parias tras su muerte». El castigo para ellos es correr detrás de una insignia blanca, una bandera que corre veloz sin cesar, a la que están obligados a seguir.

Pero esta insignia no hace más que girar sobre sí misma, sin ir a ninguna parte, como hicieron estos pecadores cuando aún estaban en el mundo.

 Todo eso lo recoge Dante en la Divina Comedia, en el canto III del Infierno.

Los perezosos corriendo por toda la eternidad
Óleo de Giovanni Stradano

En el canto III del Infierno, Dante abre la puerta de la «ciudad doliente» y empieza su viaje por el reino del «eterno dolor».
 La primera imagen de castigo ejemplar que encontramos en la Divina Comedia es la de una carrera. Los perezosos han quedado al margen de toda gracia, ya divina ya demoniaca, y merecen la peor de las suertes.
 La pena corporal que estos individuos deben sufrir es relativamente blanda respecto a la gran cantidad de cuerpos desgarrados, rotos, destrozados o quemados que Dante encontrará a continuación. Aquí el castigo viene de las picaduras de unos insectos que «estimulan» a los desgraciados y les dejan el rostro ensangrentado, pero sin mutilarles el cuerpo como sucede en otros lugares.
 El verdadero dolor de los perezosos es otro. Lo que les martiriza no es tanto la mortificación del cuerpo cuanto la obligación de seguir corriendo siempre, sin detenerse, tras un icono sin significado. Los perezosos deben correr y punto. Para ellos no habrá meta ni descanso.
 En un paisaje confuso, a su vez incapaz de mostrar una apariencia clara, envuelto en una atmósfera que no permite reconocer siquiera si la escena tiene lugar de día o de noche, los condenados hacen esto: afanarse sin descanso tras la nada.
 Aquí, en este antiinfierno rechazado incluso por Lucifer, no sólo correr provoca dolor o asume el dolor que provoca; aquí la carrera es el dolor en sí, el castigo dado a los hombres de la peor calaña.

Quizás de aquí venga esa idea compartida de que cuando correr no es una elección voluntaria, se convierte en un castigo.

El vínculo entre la carrera y el castigo es histórico. En todas las universidades y centros deportivos, en todas las estructuras de adiestramiento militar, en todas las escuelas en cuyos campos de fútbol se reúnen varios grupos de chavales, siempre hay alguno que vive bajo esta eterna amenaza: «Si no haces esto, si no alcanzas los objetivos del grupo... Diez, veinte, treinta vueltas a la pista».
***
 Y es que el acto de correr implica un sufrimiento, y el sufrimiento toca todas las teclas del ser humano. Sufre el físico por la fatiga implícita en la carrera, que es tanto más rigurosa cuanto menos entrenado está el individuo, o cuanto más alto pone sus objetivos, y sufre la mente porque ejecutar un ejercicio que en apariencia no tiene ninguna finalidad puede resultar de lo más desalentador.

 Lo que sí podemos corroborar es que el sufrimiento está intensamente relacionado con la actividad del corredor, tanto si queremos llegar el primero a la meta como si somos de los últimos. Y para la mayoría, si no lo han dado todo y no han sufrido es que no han corrido de verdad.

 En este capítulo, De Pascale menciona a algunos ultramaratonianos, como Francesco Prossen que narró en La grande corsa sus vivencias personales en el Tor des Géants, que con sus 330 kilómetros de recorrido y un desnivel total de 24.000 metros está considerada la carrera más dura del mundo. En estas pruebas, «la carrera es la caja de Pandora que saca a la luz los miedos y las angustias enterrados en la cotidianidad. Se corre también contra estos espectros. Siempre más lejos. Siempre más rápido. No para huir de ellos, sino para atravesarlos».

 ***
 El tiempo tiene una presencia eterna en las carreras y simboliza el arco de toda una existencia: se empieza a correr de niño, se crece zancada a zancada para encontrarse viejo y agotado en los últimos kilómetros.
 Y se muere, al alcanzar la meta.

 El famoso muro de la maratón también asoma en estas páginas:

Los músculos se endurecen. Las piernas empiezan a pesar como bloques de mármol. La cabeza, hasta hace poco clara y ligera, se llena de pensamientos confusos. Con un poco de suerte, sólo una parte del cuerpo estará tentada de tirar la toalla. Ora al cerebro, ora las articulaciones o el aparato digestivo. Aunque lo normal es que se vea afectado todo.
 Es lo que se conoce como «el muro del maratoniano». Se presente hacia el kilómetro treinta y cinco y es la bestia negra de cualquier corredor.
 Desde el punto de vista técnico, es una crisis metabólica fruto del agotamiento del glucógeno. A menudo sucede de repente y con tanta violencia que la expresión «chocar contra el muro» resulta perfecta para dar una idea del tipo de conmoción física que provoca.

 Un muro que hay que romper, que hay que atravesar si queremos llegar a meta.

 El último capítulo del libro lleva por título Alicia se seca las lágrimas, y hace referencia a la novela Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, al capítulo III, cuando el pájaro Dodo propone una carrera para que Alicia y los animales puedan secarse con el aire, pues el llanto de la niña, que ha creado una balsa de agua, los ha empapado a todos. La carrera de Comité o carrera loca.

Carrera de Comité, capítulo III Alicia en el País de las Maravillas
Fotografía: Pedro Delgado

 Llegados a este punto el dodo traza una pista, quizá circular o quizá no. Eso no es lo importante. Después, todos empiezan a correr cuando les parece, ya que no hay nadie que diga «¡Preparados, listos, ya!». Al cabo de media hora aproximadamente, cuando el dodo anuncia que la carrera ha terminado, algunos de los participantes ya estaban descansando tan tranquilos.
 En resumen, cada uno ha hecho lo que le ha venido en gana, y en el momento en que se plantea la más obvia de las preguntas («¿Pero quién ha ganado?»), al dodo no le queda más remedio que responder que no ha ganado nadie, o, mejor dicho, que han ganado todos y que por eso todos merecen un premio.
 Alicia y el resto de los animales ya están secos, y ésta es su verdadera victoria. Han conseguido su objetivo: drenar la balsa de agua y continuar su viaje por el País de las Maravillas.
***
 La carrera ayuda a Alicia y al resto de los animales porque encarna el enfrentamiento al dolor y, por ende, su superación. Es así como se secan las lágrimas y se aparta el llanto.

 No se trata de ignorar el dolor, sino de asumirlo y superarlo. Atravesar el muro de sufrimiento del que hablábamos en el capítulo anterior para salir renovado del trance.

 Gaia De Pascale nos habla aquí de la historia de Adriano Berton y de los obstáculos que tuvo que superar con una alta dosis de resiliencia, una palabra que parece haberse puesto de moda en los últimos años. Antes decíamos «Tienes que adaptarte a esa situación o afrentar y superar ese problema u obstáculo». Ahora decimos «Tienes que ser resiliente».

El término resiliencia viene de la metalurgia. Se llama resilientes a los metales capaces de resistir cualquier fuerza sin romperse.
 Si nos quedamos en las imágenes de carreras, que son las que aquí nos interesan, podríamos decir que los resilientes son todos aquellos que logran salir indemnes del golpe contra el muro. Que se trate del muro del corredor de maratones y de su implicación física, o bien de un muro exclusivamente psicologico no supone ninguna diferencia: en ambos casos, para superar los obstáculos con los que se encuentran debe tenerse una gran voluntad y una mente fuerte y sana.
 La palabra resiliencia deriva del latín resalio, iterativo de salio, que significa «pasar de dentro a fuera» o «sobrevenir». En esta acepción la palabra resiliencia mantiene el sentido de un cuerpo que choca contra un muro pero es lo suficientemente fuerte para sobreponerse al golpe y seguir avanzando sin desintegrarse.

 Es obvio, que el deporte implica un ejercicio de resiliencia.

 Correr magnifica el estrés y obliga al individuo a reestructurarse y redefinirse continuamente. Es imposible correr sin haber ejercitado también una actitud lo suficientemente templada para afrontar las dificultades. En muchos deportes, poseer una técnica óptima puede ser suficiente; para correr, simplemente, no basta.
 [...] no se puede recorrer todo el camino sin sufrir. Es decir, esto sólo puede suceder si el trayecto es demasiado breve o si lo hemos recorrido sin esforzarnos.

 La importancia de la resiliencia en las carreras es que nos ayuda a reforzar la resiliencia de la vida. «La resistencia de los maratonianos va más allá de lo que parece humanamente lógico, del mismo modo que la vida misma va poniéndonos obstáculos que a la mayoría les parecen insoportables». Como decía el escritor japonés Haruki Murakami: «El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional».

 Cierra el libro un epílogo titulado Correr no sirve para nada (o la felicidad del correr), donde la autora recopila todas las respuestas a la pregunta de por qué corremos. Y ese cierre, magnífico, me lleva a pensar en aquel artículo que escribí hace casi diez años, y que titulé ¿Por qué seguimos corriendo?  Me alegra saber que coincido con la autora.

[...] y la mayoría acaba respondiendo la verdad más simple: «Porque me gusta».
 Esto es. Corremos porque nos gusta.

Pedro Delgado Fernández
Mini Maratón Peña el Bastón
Málaga, 28 de marzo de 1981

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/05/por-que-seguimos-corriendo_26.html

 Como ven, el libro toca tantos palos que merecía la pena dedicarle dos entradas. Lean, corran y vuelvan a leer.

Nota: Esta entrada está dedicada a Gaia De Pascale, a la que desde aquí le agradezco el tiempo que dedicó a escribir este libro y le envío un afectuoso saludo.

Gaia De Pascale (Génova, 1975)

sábado, 9 de julio de 2022

¿PERO POR QUÉ DIANTRES NO SALTA POR CUBA?


España nacionaliza a la mayor promesa del atletismo mundial: Jordan Díaz
Fotografía: Diario de Cuba (Deportes Andy Lans/Twitter)

El otro día, zapeando, me enteré de la polémica que había con la nacionalización exprés del estadounidense Lorenzo Brown para que pueda jugar el Eurobasket con la selección española de baloncesto. El jugador no tiene ningún tipo de arraigo con España, y la Asociación de baloncestistas profesionales (ABP) había emitido un comunicado en el que consideraba éticamente reprobable la medida. Empezaba con la siguiente pregunta: «¿Es creíble que la actual selección campeona del mundo no encuentre jugadores españoles con los que competir en las citas de máximo nivel internacional?».

Lorenzo Brown con la camiseta de los Toronto Raptors
Fotografía: Twitter Toronto Raptors

 Yo me hago otra pregunta: ¿Qué razones excepcionales hay para la nacionalización en el acto de un deportista que no tiene ningún tipo de arraigo con España? Porque el asunto podrá ser legal, pero es discutible. Para mí es otro ejemplo más del doping administrativo que llevan a cabo las federaciones para aumentar el número de medallas en los campeonatos. No sé si más medallas da más visibilidad, y eso se traduce en más dinero en subvenciones del Consejo Superior de Deportes, pero para mí este no es el camino.

Se frustra la ilusión de cualquier jugador cuando la FEB y el CSD favorecen la concesión de pasaportes legales, pero éticamente reprobables. Este tipo de acciones lejos de ayudar, dinamitan las expectativas de los jugadores, alejan al aficionado y eliminan el mérito deportivo que permite soñar con jugar en la selección nacional. [...] El jugador español tiene talento y lo lleva demostrando muchos años, pero para desarrollarlo y explotarlo necesita oportunidades en sus clubes y desde luego en la Federación Española. Nos resistimos a que se condene de esta manera el futuro de muchos jugadores que aspiran a poder jugar en la selección.
Nota de la ABP

 En atletismo recientemente hemos tenido otro ejemplo. Estoy algo cansado del tema y lo dejé pasar (a veces uno se siente Quijote luchando con molinos), pero, tras lo de Lorenzo Brown no me queda otra que traerlo a la palestra. Se trata del cubano Jordan Díaz, el flamante campeón y plusmarquista de España de triple salto en el Campeonato de España que se celebró del 24 al 26 de junio en Nerja (Málaga).

Jordan Díaz, después de mejorar el récord de España de triple salto en Nerja
Fotografía: Agencia EFE

 Después de lo de Orlando Ortega, poca gracia tienen que hacer estas cosas en Cuba.

 Ya saben mi postura sobre el tema:

–Atletas que se han criado o se han formado aquí desde niños: Sí.

–Atletas que ya vienen criados y han competido con sus países de origen: No.

 Los segundos solo pueden competir por su país de origen, no por el de adopción. Si no, estaríamos adulterando la competición, convirtiéndola en una engañifa; el doping administrativo del que les hablaba. Algo poco ético, se tire o no de chequera.

 Dicho esto, me parece igualmente vergonzoso que Mohamed Katir, que sí llegó de niño a España, haya tenido que esperar cinco años su nacionalización. El propio Katir se quejaba de ello tras ganar el Campeonato de España de 5.000 metros en Nerja (que por cierto, menudo carrerón se marcó): «Gracias a Dios hoy soy campeón absoluto, que eso no lo diría hace cuatro años cuando ganaba y no me daban el título por no ser español. Creo que soy el primer atleta que lleva ganando crosses desde juveniles hasta promesas. Gané cuatro años seguidos el campeonato nacional, pero no me daban la medalla. Llegaba a mi casa y me daba la enhorabuena mi padre por haber ganado, pero no me daban la medalla y me sentía fatal. Me quedaba horas llorando».

Mohamed Katir, Campeón de España de 5.000 metros (Nerja, 2022)
Fotografía: RFEA (Miguelez Team)

 Katir, que nació en Alcazarquivir, Marruecos, en 1998, llegó con cinco años a Mula, Murcia, donde la familia estableció su residencia. En 2015, a los 17 años, solicitó la llamada nacionalidad exprés, pero su solicitud se quedó en un cajón. Mientras seguía ganando carreras, inició también los trámites para solicitar la nacionalidad por residencia, un proceso mucho más lento en el que la mayoría de peticiones se topan con el muro de la burocracia. Fue por este segundo método como la consiguió a finales de 2019. A partir de ahí, en 2021, el primer año que pudo competir como español después del parón por la pandemia, batió los récords nacionales de 1.500, 3.000 y 5.000 metros. «Me he perdido Europeos y Mundiales, pero soy joven y es mejor tarde que nunca», apuntó Katir conciliador. Yo me habría cagado en la leche que les dieron.

 Y otro caso muy parecido al de Katir es el del también fondista Abdessamad Oukhelfen, que llegó a España con cinco años. A pesar de estar todos estos años afincado con su familia en Reus, no consiguió la nacionalidad española hasta enero de 2019, casi tres años después de solicitarla.

Abdessamad Oukhelfen, también afincado en España desde los cinco años
Fotografía: Pablo García

 Ambos son buenos ejemplos de atletas que habría que haber nacionalizado rápido, porque se han criado y formado aquí desde niños y han optado competir por su país de adopción.

 Como ven, ambos casos son muy distintos al de Jordan Díaz que, según la prensa, se escapó de una concentración de la selección cubana en Valencia en junio de 2021, y en ocho meses consiguió la nacionalidad. En una entrevista de El País doy con la respuesta al titular de mi entrada.

'Tú tienes que irte, tienes que irte si quieres ser grande', ¿sabes? Si quieres coger los beneficios que te corresponden...*

*https://elpais.com/deportes/2022-06-04/jordan-diaz-el-atleta-que-cambio-cuba-por-espana-mis-padres-me-dijeron-tienes-que-irte-si-quieres-ser-grande.html

 En 2017, el presidente de la IAAF, Sebastian Coe, viendo cómo proliferaban las nacionalizaciones exprés sin que mediase un arraigo, trató de poner un poco de orden en el asunto, y tras exclamar eso de «¡order, order!», al modo del speaker John Bercow en la Cámara de los Comunes del Parlamento de Londres, paralizó todas las solicitudes exprés. Por lo que veo, se ha vuelto a abrir la veda. Quizás la IAAF debería volver a controlar el tema. Un poquito de order, please.


Sebastian Coe avisa: La IAAF estudiará caso por caso las nacionalizaciones de atletas:

jueves, 30 de junio de 2022

CIUDADES Y MARATONES: CALLE 1 CON LA MARATÓN DE GRANADA

El atletismo es un deporte para personas con vida interior; algo de lo que suelen ir sobrados los atletas que se dedican a las pruebas de resistencia, y más todavía si nos referimos a la maratón, que sigue siendo el desafío supremo para muchos.

 Son muchísimas las ciudades, grandes y pequeñas, que con un gran esfuerzo organizan todos los años su maratón. En mis tiempos de maratoniano corrí en Sevilla, Barcelona, Bilbao (3º clasificado), Badajoz (1º clasificado), Valencia, Vic y de nuevo en Barcelona, en la edición que fue campeonato de España (5º nacional, 1º por equipos con el club Jimesa Maracena de Granada).

 Pero mucho antes de participar en todas esas carreras, cuando estudiaba en el INEF de Granada (la actual Facultad de Ciencias del Deporte) y preparaba el campo a través y los 3.000 metros obstáculos, corrí la maratón de Granada, o mejor dicho, los primeros 20 kilómetros de la prueba. Lo hice sin dorsal, para hacer una tirada larga, un entrenamiento con puestos de avituallamiento. Creo que fui con el grupo de cabeza hasta el kilómetro 14, cuando tuve que parar en el arcén a orinar y ya no pude cogerlos. Luego, al volver a casa, por aquel entonces vivía en la urbanización La Rosaleda, junto al estadio de la Juventud, los vi pasar camino de la meta. Era el año 1986, y en la nebulosa de mi cabeza tengo la imagen de José Esteban Montiel, que a la postre ganó la prueba –también se alzó con el triunfo en la edición anterior–, seguido a cierta distancia por otro atleta; quizás fuera, por que no estoy seguro de ello, Francisco Medina, que en 1983 se impuso en la maratón de Madrid.

José Esteban Montiel

 La última maratón de Granada se celebró en 1994. Aquella X edición fue organizada por Juan Carlos de la Cruz (profesor mío de Anatomía en el INEF y destacado obstaculista en su época) y Jesús Rubio Cámara. Han pasado muchos años desde entonces, y la verdad es que no se concibe que una ciudad como Granada, con la tradición de fondistas que tiene esa tierra, no cuente con sus propios 42.195 metros.

 Actualmente, es la Asociación Maratón de Granada, con su presidente, Rafael García, a la cabeza, quien reclama la vuelta de la prueba. Para ello se necesita que las instituciones públicas de la ciudad se entusiasmen con la idea, que comprendan que invertir en una maratón es invertir en la salud y la felicidad de sus ciudadanos. Aquí en Málaga, ciudad vecina, tienen un buen ejemplo; y aunque lamentablemente la maratón llegó tarde para algunos de nosotros, la ilusión que transmite la cita desde el año 2010 es palpable, habiéndose convertido en pocos años en un signo de convivencia y modernidad que atrae a corredores y familiares de todas las partes de España y del mundo, un escaparate turístico para la ciudad, una apuesta por un futuro mejor.

Carta de Miguel Ángel Delgado Noguera* en el diario Ideal de Granada
*ex director del INEF de Granada y excelente profesor mío de Didáctica

 Desde Calle 1 quiero transmitir mi apoyo a la Asociación Maratón de Granada y a cuantos atletas, clubes y personas afines al deporte apoyan la iniciativa. Ojalá más pronto que tarde, los corredores, con sus coloridas indumentarias, vuelvan a emular a Filípides por las calles nazaríes. Y para aunar belleza y deporte, recomendaría incluir en la bolsa del corredor una entrada para visitar la Alhambra, de forma que desde el primero hasta el último todos tuvieran oportunidad de visitar –y luego pregonar– esa joya monumental de la ciudad.

Patio de los Leones de la Alhambra (Granada)
Fotografía: Patronato de la Alhambra y Generalife


domingo, 25 de abril de 2021

OVERBOOKING EN LA PISTA DE ATLETISMO


Overbooking en la pista de atletismo
Fotografía: Pelle Cass

La imagen, con la salvedad de que se trata de una pista cubierta, me ha recordado a la Ciudad Deportiva de Carranque, a los tiempos en los que los atletas teníamos que compartir la pista de atletismo con los opositores. Como no hubieses terminado de hacer las series para la hora a la que ellos entraban, ya sabías que te esperaba el caos. Como en botica, había de todo; pero sobre todo muchos que no respetaban la calle 1 –corrían en grupo por ella ocupando también la calle 2, y por mucho que te desgañitaras no se apartaban para dejarte pasar pegado a la cuerda–, que se te cruzaban por delante o se quedaban parados en medio de la pista.

Detalle de la fotografía anterior (Pelle Cass)

 Por fortuna para los atletas, la imagen es solo un montaje del fotógrafo Pelle Cass (Brooklyn, NY, 1954). Una composición no apta para minimalistas que crea el estadounidense mediante la superposición de imágenes. «Su método se basa en disparar hasta 5.000 veces desde un trípode situado en un punto fijo y eliminar las superposiciones con Photoshop».

Salto de pértiga. Fotografía: Pelle Cass

Salto de longitud. Fotografía: Pelle Cass

 Al bichear en internet, en busca de más fotos, me he topado con la serie completa, titulada Crowded Fields, en la que también toman protagonismo otras disciplinas deportivas.

Atletismo en pista cubierta. Fotografía: Pelle Cass

Carrera de campo a través. Fotografía: Pelle Cass

Salto de trampolín. Fotografía: Pelle Cass

Tenis. Fotografía: Pelle Cass

Baloncesto. Fotografía: Pelle Cass

 ¿A que viéndolas se les ha venido a la cabeza el ¿Dónde está Wally? del británico Martin Handford?

 Si quieren saber más sobre Pelle Cass y su trabajo, incluso comprar alguna de sus fotografías, pueden visitar su página web:

https://pellecass.com/


miércoles, 2 de diciembre de 2020

PREMIOS DE CONSOLACIÓN


Paquito, Pedro y Enzo. Carranque, 24 de junio de 2009
Fotografía: Pedro Delgado

No hace mucho leí en EL PAÍS un extracto de Contra la igualdad de oportunidades*, del sociólogo César Rendueles. En él se hacía una referencia al atletismo y a los premios de consolación que se entregan en algunas escuelas deportivas al final de la temporada atlética.

En los años ochenta los ideólogos de Margaret Thatcher difundieron la historia de que algunas escuelas públicas británicas prohibían a los miembros de sus equipos de atletismo ganar más de una carrera al año con el fin de fomentar el igualitarismo y evitar que ningún niño se sintiera agraviado. Sospecho que es una historia falsa pero, curiosamente, me resulta familiar. Cuando era niño formé parte de un equipo infantil de atletismo. Lo entrenaba Rufino Carpena, que de joven había sido un gran atleta.

Rufino Carpena Ramos** (Gijón, 1929) 
 Carpena nació en el barrio de pescadores de Gijón, comenzó a trabajar a los once años y la leyenda decía que en los años cincuenta su entrenamiento consistía en ir y volver corriendo todos los días a la empresa siderúrgica donde estaba empleado. Como era de esperar, en nuestro equipo infantil siempre ganaban las competiciones oficiales los mismos niños: concretamente, los que corrían más rápido. A final de curso, Carpena organizaba una entrega de premios para nivelar las cosas y que ningún niño se quedara sin medalla. Los premios eran completamente surrealistas, con categorías inventadas: "niña de primer año de benjamines nacida en el primer semestre que no haya faltado a ninguna carrera de campo a través", y cosas así. Creo que aquella ceremonia tan loca y bastante divertida no sólo era un reparto de premios de consolación para los perdedores, sino que también era una manera de que los ganadores entendieran que la competición es sólo una parte de la práctica deportiva, incluso en un deporte individual como el atletismo. En realidad, si sólo se trataba de saber quién era el niño que corría más rápido, todo aquel esfuerzo era absurdo: los entrenamientos, los viajes, las carreras en las que participaban cientos de niños… Todo el mundo sabía desde el inicio de la temporada quiénes eran los mejores. Así que la entrega de premios de consolación de aquel equipo de atletismo también servía para decirle a la gente más rápida que, en realidad, tampoco era para tanto y evitar que se le subieran los humos. El resto de los atletas no son una comparsa de los mejores, una decorado pintoresco para que muestren su superioridad.

Como no podía ser de otra manera, tras leer esto me acordé de Yasti y de Francis, de Juani y de Carmeli, de Pepe y de todos los que no menciono, y de los premios que entregaban al final de la temporada en la escuela de atletismo del Club Nerja en Málaga. Nadie se quedaba sin una medalla.

Entrega de premios en la escuela de Málaga del Club Nerja de Atletismo
Ciudad Deportiva de Carranque, 24 de junio de 2009
Fotografía: Pedro Delgado


*https://elpais.com/ideas/2020-09-12/la-igualdad-como-objetivo-final.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

**http://www.estadiogijon.es/2020/05/15/rufino-carpena-un-playu-campeon-que-domino-una-epoca/

**http://www.estadiogijon.es/2019/12/15/hoy-cumplio-90-anos-rufino-carpena-felicidades/


viernes, 13 de noviembre de 2020

EL ORO OLÍMPICO QUE LE BIRLARON A JOÃO CARLOS DE OLIVEIRA


João Carlos de Oliveira en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko
Fotografía: Valeriy Shustov (Sputnik)

La velocidad y las curvas, cuando vas a pedales, combinan mal con el asfalto mojado, y si encima hay sobre él hojas y semillas caídas de los árboles, la combinación resulta aún más nefasta, como pude comprobar el pasado miércoles 21 de octubre cuando me dirigía al instituto.

 Resultado: visita a Urgencias de El Ángel y unos cuantos hematomas y heridas provocadas por el golpe y la erosión que me obligaron a guardar reposo durante unos días; tiempo que aproveché para terminar un libro y empezar otro, y para leer un buen montón de suplementos dominicales –El País Semanal– que acumulo, a la espera de su lectura, en uno de los peldaños de la escalera.

Efectos de la velocidad en el cuerpo humano

 Pues bien, en uno de ellos, me topé con un artículo escrito por Carlos Arribas, ese Píndaro de las gestas deportivas, que tan bien utiliza las técnicas narrativas en sus crónicas. El oro robado a João Carlos de Oliveira se titulaba, y hacía referencia a la final de triple salto que se celebró el 25 de julio de 1980 en los Juegos Olímpicos de Moscú, y que quedó marcada por las trampas arbitrales en favor de dos de los tres atletas soviéticos que estaban en competición, Jaak Uudmäe y Viktor Saneyev (oro y plata a la postre con 17,35 y 17,24), y en contra del brasileño João Carlos de Oliveira (bronce con 17,22) y del australiano Ian Campbell, a los que los jueces dieron nulos intentos válidos por encima de los de sus rivales. John Boas, el entrenador de Campbell se fue furioso del estadio. «No podía creer lo que acababa de ver. Ian estaba completamente devastado». Y João Carlos, que ya había sido bronce en los anteriores Juegos (Montreal, 1976) lloraba desconsolado.

«Me han robado el oro, me han robado el oro», se lamentaba Oliveira en el autobús después de la final de triple, y Pedrão (su entrenador) le daba la razón. «Nunca le había visto llorar en mi vida», declaró después Pedrão. Ramón Cid en el autobús observaba y lamentaba. «Como no me clasifiqué para la final, vi la competición desde las gradas, y vi clarísimo un salto gigantesco de Oliveira. Saltó 18 metros o 17,90 como poco, récord del mundo, y era válido seguro, pero el juez del paso intermedio después de dudar un poco y de comprobar que era larguísimo, levantó la bandera roja para darlo nulo. Y ordenó enseguida borrar las marcas de la arena para que no pudiera reclamar. João levantó al cielo brazos estirados y mirada incrédula, como clamando una justicia que no llegó. Nadie le escuchó. Y lo mismo le hicieron a Ian Campbell, un australiano, al que dieron nulo un intento válido de 17.50. Eran nulos de raspado del pie libre, el izquierdo, en el segundo impulso del salto, el step, de los que no puede haber prueba porque son de apreciación, y en 1990 los borró la IAAF de su reglamento. Son nulos que se cantaban por ruido, indemostrables, una posibilidad maravillosa de putear a alguien».
 Las marcas de los falsos nulos le habrían proporcionado el oro a Oliveira, a quien le dieron como válidos solo dos de los seis intentos de la final, y se quedó en bronce con 17,22 metros, y la plata a Campbell, a quien solo dieron como bueno uno de seis, que fue quinto con 16,72 metros. El oro, sin embargo, no fue para el atleta designado, Saneyev, que estaba tocado, y solo pudo llegar a 17,24 metros, y en su sexto intento, sino para su compatriota Jaak Uudmäe, estonio, que sorprendió a todos con un salto de 17,35 metros. Fue una victoria soviética y una derrota del sistema.

Viktor Saneyev en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko

Jack Uudmäe en la final de triple salto de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980
El árbitro sentado a la izquierda de la imagen es Robert Zotko

 Uudmäe no tardó en volver al anonimato de una carrera en la que sus únicos éxitos habían sido un par de medallas en campeonatos de Europa. «Todo estaba preparado para que ganara Saneyev, pero saltó lesionado y no pudo batirme», explicó luego Uudmäe en una entrevista.
[…] Harry Seinberg, el entrenador de Uudmäe, solo tuvo ocasión de hablar con João do Pulo (João del Salto, apodo de Oliveira) en 1992, cuando el mundo era otro, cuando el campeón brasileño se preparaba para participar en los Juegos Paralímpicos de Barcelona. «Todo fue un fraude, te robaron con falsos nulos», se disculpó Seinberg ante Oliveira, y habló también con un periodista del Jornal do Brasil. «Solo con la caída del telón de acero podemos decir la verdad: João había llegado a los 18 metros. En su momento pensé en denunciarlo ante el COI, pero di marcha atrás. Ahora estoy aliviado, al menos puedo pedir disculpas en mi nombre, en el de Uudmäe y en el del pueblo de Estonia». «Ya lo sabía», respondió Oliveira. «Ya sabía que yo había vencido en la prueba y, probablemente, alcanzado un nuevo récord mundial. No creí que hubiera hecho nulo y por esa injusticia lloré por primera vez en la vida».
 Año y medio después de Moscú, en las Navidades de 1981, la vida le siguió dando motivos para llorar. Y a Pedrão, para tomar una decisión que nunca habría deseado tener que tomar.
 «Pedrão, no hay otra, o la pierna o la vida», me dijo el doctor en el hospital», explicó años después el entrenador, quien también sabía que era un falso dilema. ¿La pierna o la vida?; no, era la pierna y era la vida. Cuando le amputaran la pierna derecha, João do Pulo moriría, aunque João Carlos de Oliveira siguiera respirando y su corazón latiera. «Su mundo se derrumbó, y el nuestro. Todo lo que le hacía ser João do Pulo era la pierna. Para él fue el fin, ¿no?», dijo su hermana Ana María, para quien también el mundo se hundió la noche del 21 de diciembre de 1981. João conducía su Passat por una autopista de São Paulo cuando un automovilista borracho perseguido por la policía chocó de frente. Oliveira entró en coma en el hospital. El parte señalaba fractura craneal, dos fracturas abiertas en la pierna derecha, la pelvis destrozada y la mandíbula fracturada. La pierna se gangrenó y se le amputó por encima de la rodilla. Tenía 27 años. Murió 18 años más tarde, alcoholizado y solo.

 Ramón Cid, nuestro ilustre triplista, conoció a Viktor Saneyev cuando visitó Sujumi (Georgia) en 1989. También al técnico Robert Zotko, que fue el árbitro que anuló todos aquellos saltos en aquella final de triple.

Ramón Cid extriplistay director técnico de la RFEA entre 2013 y 2018
Fotografía: Diario As

«Entonces era el centro del atletismo soviético, que organizaba allí concentraciones de tres meses con los mejores atletas y los mejores técnicos, solo la élite», cuenta el entrenador español, entonces responsable nacional de saltos. «En Sujumi había nacido Saneyev y allí le conocí, en un viaje con varios técnicos españoles más. Los rusos querían entrenarse en España con vistas a Barcelona 92 y a cambio nos permitieron ver a sus técnicos y sus sistemas de preparación. Y allí me encontré también con Robert Zotko, que era el director técnico nacional de saltos. Saneyev, a quien se homenajeaba en un festival atlético, héroe nacional 10 años antes, tímido y coloradote, nos pidió trabajo. Zotko, que había aprendido español en Cuba, simplemente nos dijo: «Me habéis caído bien», y se entregó a nosotros. Ordenó a los grandes técnicos, Vitaly Petrov y compañía, ponerse a nuestra disposición el tiempo que necesitáramos. Nosotros los interrogábamos y Zotko hacía de intérprete. Por la noche se bebía dos vodkas y, melancólico, nos recitaba poesías rusas que nos traducía al castellano».

Robert Zotko, entrenador de saltos ruso
Fotografía: Paulo Calado, 2000 (Jornal Record)

 Con la llegada al poder de Yeltsin, que no era de los que creían que las medallas reflejaban el poder de un país, Robert Zotko y muchos otros técnicos perdieron sus trabajos de funcionarios del estado. Zotko ejerció entonces de entrenador en Italia, y después en Portugal, adonde llegó en el año 2000 de la mano de José Barros, director técnico de la Federación Portuguesa de Atletismo, quien lo nombró responsable de saltos de la selección. De esa manera, Robert Zotko puso las bases de la revolución técnica del atletismo portugués, impartiendo cursos y seminarios a entrenadores y atletas.

José Barros, técnico de la Federación Portuguesa de Atletismo

 A José Barros, que trabó bastante amistad con él, y compartían cenas, tragos y confidencias, le confesó un día que él había traicionado al atletismo en los Juegos de Moscú. «Yo fui al infierno, y no volví», le aseveró.

«Esas explosiones», recuerda Barros, «ocurrieron un máximo de dos, tres veces. No añadía más. Era algo tóxico que le estaba matando. No era alcohólico. Bebía mucho, pero sabía cuándo parar. Necesitaba olvidar. Sin decir el motivo. Él sabía que yo sabía. Llevé su cuerpo a Moscú cuando murió y su hijo me lo reconoció: 'Has sido una de las personas más importantes en la vida de mi padre'. Ha sido uno de los momento más duros de mi vida». Zotko murió el 12 de febrero de 2004, a los 67 años.
 A Cid le llamó Barros para decírselo, y Cid inmediatamente echó de menos las llamadas a cualquier hora de la madrugada que siempre sabía que eran de un Zotko emocionado e impaciente por contarle algo y que él hacía como que le fastidiaban. También se acordó, sobre todo, de una noche cenando en Madrid con Zotko. «Cuando estábamos ya con el café, Roberto sacó una foto vieja de la cartera, ya arrugada, y nos la mostró. Era él con 20 años menos, camisa clara de árbitro de atletismo, sentado en una silla junto a una pista y levantando un banderín rojo para anular un salto durante los Juegos de Moscú. A su lado, una silla vacía, y empezó a explicarnos por qué siempre llevaba un velo de pena, un faro que no era melancolía sino arrepentimiento. 'Yo fui el que le dio los nulos a Oliveira en la final de los Juegos. Yo impedí que ganara. En la Unión Soviética, el triple solo lo podía ganar un soviético, y preferiblemente Saneyev'. Y yo creo que llevaba la foto en la cartera como quien lleva un cilicio, para mortificarse, para decirse constantemente, 'soy un cabrón'. Y me deja perdido ver al verdugo sufriendo. Le veo como víctima y verdugo […]».
 Solo cuatro días después de la muerte de Zotko, Nelson Évora, un chaval portugués que no ha cumplido aún los 20, compite en Moscú. Salta 16,85 metros. Consigue la mínima olímpica para los Juegos de Atenas. Su entrenador, João Ganço, pide que el locutor de la competición anuncie por los altavoces del pabellón que dedican este resultado a Robert Zotko, maestro y amigo.

Nelson Évora campeón olímpico en Pekín. Fotografía: Fabrice Coffrini

 Robert Zotko ya había puesto sus esperanzas en Nelson Évora cuando este tenía 17 años, y le animó a trabajar duro para demostrarle que no se había equivocado. En 2007, Nelson Évora se proclamó campeón del mundo de triple en Osaka, y al año siguiente, campeón olímpico en Pekín. "El ruso que privó a un brasileño de un oro olímpico había sentado las bases para que un portugués lo lograra 28 años más tarde".

«Toda acción en la vida tiene un precio que hay que pagar», le decía Zotko a Barros, y quién sabe si el oro de Évora, la gloria del rapaz de Odivelas, le hubiera parecido un pago por la deuda que contrajo en Moscú. Su redención. El punto final de sus búsquedas».

 Pero como muy bien apunta Ramón Cid, ese no debe de ser el punto final de todo. «Este solo llegará cuando el COI le devuelva a Oliveira el oro que le robaron».

Clasificación de la final de triple salto en los Juegos Olímpìcos de Moscú 1980

Nota. Pueden leer el artículo completo de Carlos Arribas en el siguiente enlace:

https://elpais.com/elpais/2020/08/27/eps/1598525636_433644.html