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martes, 8 de julio de 2025

LA SAUNA FINLANDESA DE PIRO MILKANI


Increíble, pero cierto de Piro Milkani (La Tortuga Búlgara Ediciones)
Fotografía: Enrique Sánchez

La sauna finlandesa
Checoslovaquia, Estado independiente desde 1918, logró históricamente una espléndida reputación mundial en el terreno deportivo. El atletismo, el hockey, el fútbol y los deportes de invierno la situaron, a nivel internacional, en el grupo de los países punteros, y ello a pesar de no haber superado nunca los quince millones de habitantes. Para los jóvenes checoslovacos de posguerra, la pareja formada por Emil Zátopek y Dana Zátopková se convirtieron en símbolo de inspiración. Zátopek con cuatro plusmarcas olímpicas y Zátopková récord mundial de lanzamiento de jabalina. Nacieron casualmente el mismo día, un 23 de noviembre de 1922. Era una pareja de atletas que, en términos de popularidad, superaban a cualquiera de las figuras políticas, académicas o artísticas de su tiempo. Zátopek, el símbolo de la juventud checoslovaca, fue aún más querido cuando en 1968 denunció públicamente la invasión rusa y, como resultado, fue privado de cualquier función y actividad deportiva y terminó de modesto trabajador en una empresa de pozos de agua, y ello hasta 1990, cuando estalló la Revolución de Terciopelo. Tras el disidente Václav Havel, era el segundo en popularidad, posición que conservó hasta el día de su muerte en el año 2000.
Emil Zátopek y Dana Zátopková hacia 1955
Fotografía: e-Sbírky, Národní Muzeum 
 ¿Y por qué sucedía algo así? Porque tanto en la Primera República de 1918 a 1938, como en la Segunda, de 1945 a 1990, el movimiento deportivo era absolutamente masivo. Su punto culminante fueron los Juegos gimnásticos Sokol (halcón) de la Primera República y la Espartaquiada Nacional de la Segunda, en la que participaron más de medio millón de deportistas.
 Cabía ser estudiante de arte, medicina o ciencias exactas, pero los programas deportivos, en los ciclos medio o superior, eran completos e iguales. El voleibol, la natación, el esquí en las montañas nevadas eran programas de cada facultad.
 Tras haber participado en las disciplinas deportivas que se podían practicar en las instalaciones de la ciudad, en el verano de 1958 y en el marco del programa deportivo, a los alumnos de la Academia de las Artes, juntos con los de la facultad de Agricultura, nos iban a desplazar a Trebon, ciudad medieval del sur de Chequia, en la que también estaban las mejores instalaciones deportivas para preparar las competiciones internacionales.
 Practicaríamos allí las disciplinas deportivas que no era posible ejercitar en Praga. Bádminton, béisbol, tenis, remo y natación en lagos eran parte del programa de quince días. Condiciones ideales. Villas en el interior del bosque y, un poco más allá, un lago.
 El profesor de educación física, un hombre de mediana edad, macizo y encantador, en las horas de descanso nos enseñó muchas cosas, si bien no nos hablara de deporte.
 A mitad del periodo de entrenamiento deportivo nos indicó que fuéramos bien de mañana al bosque a recoger troncos. ¿El motivo?
 –Esta tarde probaremos una verdadera sauna finlandesa.
 Al borde del lago había una barraca de madera. En su interior, en medio del habitáculo, grandes bloques de piedra. Colocamos allí los troncos y les prendimos fuego uno tras otro. Por la tarde, las piedras estaban recalentadas. Cuando comenzó a oscurecer, el profesor nos invitó a la barraca. Solo los chicos. El primero en desnudarse fue el profesor. Y tras él, todos nosotros. Nos indicó que podíamos sentarnos en los escalones de madera. ¡Pero cuidado! Cuanto más arriba nos sentáramos, más tórrido nos llegaría el vapor. Vació sobre la piedra el primero de los bidones de agua y en un instante se evaporó. Después el segundo y el tercero. Entre las nubes de vapor apenas nos distinguíamos unos a otros. Y a través del vapor oíamos al profesor decirnos que la sauna era el deporte más popular de Finlandia, pero no solo, también de Suecia y Noruega. Y que era su deporte favorito sobre todo en invierno. Y que una vez los cuerpos se caldeaban al máximo y sudaban por cada uno de los poros, salían de la barraca y se tendían en la nieve.
 Media hora después estábamos bañados en sudor. En determinado momento, el profesor nos ordenó que saliéramos de allí y que, a través del puente que unía la barraca con el lago, corriéramos a zambullirnos en el agua. Claro que, estrictamente, dicho puente no existía. Sobre unos postes hincados en el blando terreno, había dos listones de madera rodeados de juncos, a ambos lados, de más de tres metros de altura. Corrimos en fila y después, plaf, plaf, nos tiramos al lago. Alegría sin igual.
 Y ocurrió el milagro. Al regresar a las villas, no sentíamos el menor peso corporal. Nos sentíamos tan ligeros como si camináramos por la luna. Después de una ducha caliente y de vestirme con un chándal azul, dispuesto a encaminarme al comedor, oigo a Vašek decirme que me busca Šofr. Salí de mi villa y fui a la de al lado. Lo llamé, pero no había nadie. Lo llamé por segunda vez, nada. Pero poco después oí algo así como un susurro:
 –¡Pirooo! ¡Pirooo!
 El susurro venía de otro lado. De los altos juncos a orillas del lago. Me fui acercando y encontré a Šofr escondido detrás.
 –¿Qué haces aquí?
 –Han ido las chicas a la sauna. Dentro de un momento saldrán. Cúbrete las manos con las mangas del chándal y sígueme bajo el puente.
 –¿Estás en tus cabales? ¡Qué vergüenza!
 –¿Por qué vergüenza? Somos cineastas. Quizás un día debamos rodar una escena parecida en alguna película. ¿Para qué rompernos la cabeza en cómo hacerla cuando podemos observar en vivo cómo se desarrolla?
 Me convenció. Al final yo acabaría siendo cineasta. Nos arrastramos bajo los listones, que estaban separados de cinco a diez centímetros entre sí, y nos tumbamos boca arriba. Desde la barraca nos llegaban los cuchicheos de las muchachas. Sin tardar mucho, la puerta se abrió. Y como nosotros, media hora antes, corrían en fila las futuras cineastas y agrónomas. Y pudimos verlas pasar a través de la abertura. Algo oscuro se distinguía borrosamente entre sus piernas. Después nos levantamos para observar las siluetas de sus cabezas en el lago y para escuchar los gritos de alegría que les proporcionaba el agua.
 En tercer curso de la especialidad de cámara éramos seis estudiantes. Cinco checos y yo. Jaromír Šofr era, sin la menor duda, el más polémico y destacado de los seis. En cualquier práctica, su forma de iluminar y componer el encuadre era siempre diferente a la nuestra, la tradicional.
 Tras finalizar los estudios, lo poco que podía saber de mis compañeros me llegaba a través de la revista Film a doba, que recibía regularmente la biblioteca de los Estudios Cinematográficos. Y hete aquí que, inesperadamente, en 1967, la película Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky), con guion de Bohumil Hrabal, dirección de Jiri Menzel y fotografía de Jaromír Šofr, ganó en Hollywood el oscar a la mejor película extranjera. Menzel tenía veintiocho años y Šofr veintisiete.
Cartel película Trenes rigurosamente vigilados
 En los años noventa y después, cada vez que tenía la oportunidad de regresar a la ciudad donde había estudiado, veía una y otra vez las películas de Menzel y Šofr, quienes, desde 1967, no interrumpieron nunca su colaboración, comenzada en la facultad. Mas en ninguna de sus películas vi nunca un episodio relacionado con la sauna finlandesa y la acechanza bajo el puente de las muchachas desnudas. Escenas eróticas todas las que quieras, pero sin incluir la sauna.
 Cuando hice de actor en la película Lamerica, de Gianni Amelio, concluida la jornada, casi siempre cenaba con el productor ejecutivo Enzo Porcelli. Sea por nuestra edad similar, o por el placer que sentíamos al referirnos nuestras respectivas «aventuras» estudiantiles, las mías de Praga, las suyas de Roma, el caso es que nos sentimos muy próximos. Fue él quien me animó a plasmarlas en papel con vistas a un futuro guion cinematográfico. Puesto que me llevaría demasiado tiempo narrar cómo llegué al guion y al rodaje de la película La tristeza de la señora Schneider (Smutek paní Šnajderové/Trishtimi i zonjës Shanjder), paso sin más dilación al momento de la conversación con la señora Jany Tomsové sobre la coproducción de la misma. Le gustó el guion ya en la primera lectura, de modo que me recomendó la colaboración con un guionista checo para que quizá ganara con ello la película. Sin la menor vacilación acepté. Unos días después se presentó en la oficina de Tomsové un joven, mi coguionista. Se llamaba Radek Šofr. Radek era el hijo de mi compañero Jaromír. ¡Oh, ancho mundo, qué pequeño eres a veces...! Le entregué el guion y le advertí:
 –Ten cuidado con el episodio de la sauna finlandesa, porque quien alienta a Lekë Seriani a acechar a las muchachas desnudas, no es otro que tu propio padre Jaromír.
 Y así fue. Tras cuarenta y siete años, recreé lo que nos sucedió a Šofr y a mí en Trebon. Šofr había tenido razón. No tenía por qué fantasear, bastaba con hacer lo que ya había hecho cuando aún no había cumplido los veintiún años.
 El estreno de la película en Praga fue en el cine Lucerna con seiscientos espectadores, entre ellos, cómo no, el mismísimo Jaromír Šofr. Vino a ver el trabajo de su hijo y de su compañero de clase.
 Ignoro si le gustó la película, pero al abrazarme me dijo:
 –¡Te felicito, compañero! Resultaste ser el más capaz de los seis de la especialidad de cámara.
 –¡Mira quién habla! ¡El compañero que ha ganado un oscar! ¡Qué ironía!
 –¡Oscar, sí, pero como camarógrafo, mientras que tú has llegado a director!
 –Es decir, el único traidor al oficio inicial.
 –No eres el único. Lo han hecho muchos otros.
 Pero si la acechanza valió la pena en Trebon, también le ha aportado poesía a la película.
Cartel película La tristeza de la señora Schneider 

 Este texto pertenece a Increíble, pero cierto, del cineasta albanés Piro Milkani, libro en el que, con aparente sencillez, recoge recuerdos, anécdotas y apuntes de toda una vida.

Escribí este libro de memorias con el anhelo de legar determinados recuerdos que podrían haber sido llevados al cine, pero, sobremanera, para mostrar que la vida de cualquier ser humano es mucho más hermosa cuando está plagada de sueños, retos, deseos, coraje y amor.
Piro Milkani

 Pueden leer mi reseña de Increíble, pero cierto clicando sobre el siguiente enlace:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2025/07/increible-pero-cierto.html

 Y a todos los alumnos del I.E.S. Isaac Albéniz de Málaga –sobre todo a los que estudian la asignatura de Cine–, decirles que esperamos tener este libro en la biblioteca del instituto el próximo curso.

Taller de cine del I.E.S. Isaac Albéniz de Málaga
Fotografía: Enrique Sánchez

viernes, 2 de mayo de 2025

¿POR QUÉ NO SE INCLUYE EL AJEDREZ EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS?


El campeón del mundo de ajedrez Borís Spassky
Fotografía: Portada revista Peón de Rey

 

«Hoy más que nunca necesitamos el ajedrez. Mover esas piezas de madera y pensar en su estrategia nos permite olvidar las desgracias de este mundo».
Borís Spassky, campeón del mundo de ajedrez 1969-1972


No hay duda de que el ajedrez es una excelente herramienta transversal para los docentes en las aulas, pues, entre otras cosas, desarrolla la atención y el pensamiento crítico y estratégico. Por supuesto que, como dijo el pasado verano en una entrevista el excampeón del mundo de ajedrez Garri Kaspárov, «el ajedrez no es una solución mágica, pero sirve para que los niños comprendan que cada acción está conectada con otras y tiene sus consecuencias, así como el valor relativo de cada pieza en una posición».

Garri Kaspárov con 11 años (1974)
Fotografía: Wikimedia Commons

 Decía recientemente el científico y periodista Javier Sampedro «que acaso deba considerarse también un arte». El COI (Comité Olímpico Internacional) lo considera un deporte, y yo me preguntaba durante la pasada Olimpiada de París, viendo la inclusión de nuevos e inesperados deportes, cómo era posible que nadie hubiera abogado por su introducción en los Juegos.

 Como suele suceder, las sincronías que se dan en la vida sacaron a la palestra mi pregunta unos días más tarde, en forma de artículo de opinión en el diario EL PAÍS. Guardé aquel texto para escribir una entrada, pero más adelante lo di por perdido al no lograr recordar dónde lo había dejado; hasta que estos días lo encontré removiendo unos papeles en la mesa de la cocina.

¿Por qué no hay sitio en los Juegos Olímpicos para el ajedrez?
Fotografía: Pedro Delgado

El debate. ¿Por qué no hay sitio en los Juegos Olímpicos para el ajedrez?
En estos Juegos de París hay 329 pruebas y más de mil medallas a repartir. Con cada vez más deportes con el marchamo de olímpicos, como el 'skateboarding' o el 'breakdance', ¿por qué no se incluye el ajedrez?

 Así que con muchísimos meses de retraso, les anoto las dos opiniones que, bien expuestas y razonadas, aparecen en el artículo: la del periodista especializado en ajedrez Leontxo García y la del periodista y escritor Paco Cerdà. Después de leerlas, no me cabe duda de que el ajedrez debería de incluirse en los Juegos Olímpicos.

El cerebro también es físico
Leontxo García
Juan Antonio Samaranch (1920-2010), presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) de 1980 a 2001, explicó a EL PAÍS en 1998 por qué iba a proponer a la siguiente Asamblea General que se aceptara como miembro a la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE): "En nuestros archivos no tenemos una definición oficial de lo que es deporte. El ajedrez es el deporte mental por excelencia, y está organizado como tal en todo el mundo. Encaja perfectamente con el lema Mens sana in corpore sano (mente sana en cuerpo sano, en latín) y nos dará una imagen ligada a la inteligencia". La Asamblea aprobó su propuesta por aclamación en 1999. Y el ajedrez fue deporte de exhibición en los Juegos de Sídney, en 2000.
 La FIDE cuenta hoy con 201 países miembros (no todos son independientes; por ejemplo Escocia, Gales o Islas Feroe). Sólo el fútbol, baloncesto y atletismo tienen más. El ajedrez tiene sus propias Olimpiadas (bienales), desde 1927. Y ha entrado ya o lo hará pronto en los Juegos de Centroamérica y el Caribe, los Suramericanos, los Asiáticos y los Africanos, con el objetivo de formar parte algún día de los JJ OO, de Verano o de Invierno.
 Cuando Samaranch me recibió en su despacho de Lausana (Suiza), sobre su mesa estaba un informe de varios cientos de folios que contenía un experimento médico de la Universidad de Lovaina (Bélgica) en el que se demuestra que el desgaste físico (nervioso, hormonal y cardiovascular, principalmente) de un ajedrecista de alta competición no es inferior al de varios deportes olímpicos.
 Al ajedrez como pasatiempo puede jugar cualquiera, aunque su salud sea horrible. Pero el de alta competición, con partidas que duran cuatro o cinco horas, exige una preparación física esmerada. Es normal que un ajedrecista pierda varios kilos en un torneo (o duelo) de dos o tres semanas. Entre los 50 primeros del escalafón actual solo hay siete que hayan cumplido los 40; y sólo uno –el pentacampeón indio Viswanathan Anand– con más de 50. Cabe preguntarse si Lionel Messi jugaría igual de bien al fútbol con un cerebro distinto. Y la respuesta obvia es no. El cerebro también es físico, y actúa como sala de máquinas del resto del cuerpo. Diversos estudios científicos indican que los ajedrecistas utilizan mucho algunas partes del cerebro poco ejercitadas por el resto de la gente, y también que usan intensamente ambos hemisferios a la vez, de forma coordinada.
 Buena parte de lo explicado en los párrafos anteriores sirve para afirmar que el mus o el dominó están a años luz del ajedrez para reivindicar su entrada en los JJ OO. Conviene subrayar una cuestión pragmática, señalada por Samaranch: el ajedrez está organizado como un deporte incluso en los países que no lo han reconocido todavía oficialmente como tal (sobre todo, algunos anglosajones); cambiar eso provocaría serios problemas en cuanto a subvenciones de dinero público y ubicación en los medios de comunicación. Por ejemplo, si yo ofrezco un reportaje sobre ajedrez y cine (o literatura) a la sección de Cultura de EL PAÍS tendría pleno sentido, porque hay muchas películas y novelas sobre ajedrez. Pero si es sobre la Olimpiada de Ajedrez de Budapest, la respuesta sería: "No, eso es para Deportes".
 Y está el argumento histórico. Muy pocas actividades humanas –y menos aún deportivas, excepto el maratón– tienen más de 1.500 años de historia documentada. El ajedrez nació probablemente en algún lugar cercano a la actual India y los musulmanes lo trajeron a España, donde se creó el ajedrez moderno (prácticamente con las reglas actuales); se extendió de inmediato por América y buena parte de lo que hoy es la UE. El primer campeón del mundo oficioso fue el clérigo español Ruy Lopez de Segura, patrocinado por Felipe II.
 Dos jugadores murieron durante la Olimpiada de Ajedrez de Tromso (Noruega) de 2014. Kurt Meier (Seychelles, 67 años) por infarto en plena partida. El uzbeko Anisher Anarkúlov, de 46, en su habitación "por causas naturales", según la policía. Los análisis demostraron que sus arterias coronarias no eran apropiadas para la alta competición, que consiste en llevar el cuerpo y la mente al límite. Todo ajedrecista de élite ha sufrido eso en propia carne.
Leontxo García es periodista especializado en ajedrez

 ***

Sobran pruebas y faltan deportes
Paco Cerdà
Comencé los Juegos comprándome un libro de cuatro mil páginas: Le siècle olympique, una maravillosa locura donde Pierre Lagrue reconstruye el día a día de todos los Juegos de la Historia. En sus páginas laten las vidas y milagros de los santos laicos de este siglo: los deportistas. Por ejemplo, Alain Mimoun. Siempre vio las suelas del gran Emil Zátopek delante de sus narices. Fue plata en Londres 48 y logró dos platas en Helsinki 52: siempre por detrás de Zátopek. Pero en Melbourne 56 pasó lo inesperado. La noche anterior al maratón, Mimoun recibió una llamada: había nacido su hija Olimpia. Ese caluroso sábado corrió como nunca y ganó. Zátopek, que llegó sexto, se descubrió ante él y abrazó a su eterno poulidor. Es una historia preciosa. Contiene el peso de la tradición, el aura del maratón: la pureza de un humano persiguiendo el horizonte y sus límites. ¿Puede levantar esa poesía el breakdance?
 Los primeros Juegos empezaron con nueve deportes: atletismo, ciclismo, esgrima, gimnasia, tiro deportivo, natación, tenis, halterofilia y lucha grecorromana. Entre todos, 43 pruebas. Citius, altius, fortius. Ahí estaba la esencia olímpica: correr, saltar, lanzar, levantar, tumbar, nadar, tirar, pedalear, y conectar con la Antigüedad.
 Pero los Juegos comenzaron a crecer de una forma desigual. En la segunda edición ya había 19 deportes y se llegó con 21 hasta Los Ángeles 1984. Fue ahí, con el muro de Berlín resquebrajado y el capitalismo ganando el oro mundial sin control antidopaje, cuando todo se disparó. En París hay 32 disciplinas. Pero en el número de deportes no está la gran transformación. Criticar a los monopatines o a la danza urbana es lo fácil. Solo un espejismo.
 La verdadera mutación atañe al número de competiciones. Aquellas 43 pruebas de Atenas 1896 pronto se doblaron en número. En 1908 se superaron las 100. En 1960 se rebasaron las 150. En 1980 se saltaron las 200. Solo veinte años después se produjo el gran salto: 300 pruebas en 2000. Así pues, aunque parezca lo contrario, el aumento ha sido tenue en este siglo: 300 en Sídney, 301 en Atenas, 302 en Pekín, 302 en Londres, 306 en río, 324 en Tokio y 329 en París. En estos Juegos hay 10.500 atletas y más de mil medallas en juego. Pero algunas son de pruebas por equipos. Así, en los Juegos de Tokio, hubo 2.175 medallistas. Una medalla por cada cinco deportistas no parece la media de la excelencia.
 Tras los datos vienen las preguntas. ¿Tiene sentido que el ciclismo olímpico compita en pista, en ruta, en montaña y en cross hasta llegar a las 22 pruebas? ¿Es proporcional que 91 pruebas –el 28% del total– se disputen en el agua? ¿Es sensato que la natación se subdivida en libres, braza, espalda, mariposa, estilos, aguas abiertas, relevos, 50 metros, 100, 200, 400, 800, 1.500, 10 kilómetros, relevos, mixto y así hasta repartir 111 medallas? ¿Es pertinente que el piragüismo tenga 16 pruebas, el remo 14 y la vela 10? ¿Es lógico que los saltos acuáticos tengan ocho pruebas, como si sumáramos todas las de balonmano, hockey, waterpolo o voleibol? Parece indiscutible que el atletismo alcance las 48 competiciones: es el origen olímpico. Más cuestionable es que el combate reúna 66 pruebas entre lucha, judo, boxeo, esgrima y taekwondo. Porque lo que sobran son pruebas, más que deportes.
 Uno preferiría ver incluso más deportes alineados con el espíritu olímpico y su poética. Por ejemplo la pelota a mano en frontón, que ya fue olímpica; el ajedrez en su versión relámpago; el alpinismo, con montañistas ascendiendo cumbres, como quiso el barón de Coubertin; algunos juegos populares que fueron olímpicos, como el tira y afloja con una cuerda. Para ello deberían reducirse pruebas. Y si el COI no lo hace, que al menos no nos dé gato por liebre con baloncesto 3x3, ni descafeinado de sobre con fútbol amateur. Que los Juegos coronen a los mejores. Al mejor corriendo, luchando, nadando, saltando; no a los dos mil mejores en cada microespecialidad.
 De todos modos, la poética del olimpismo no solo brilla en los mejores. También late en la tragedia de Carolina Marín. También en la derrota sin final feliz de Rafa Nadal. También en la evocadora historia de Mimoun: sin sus amargas platas, nadie recordaría su oro.
Paco Cerdà es periodista y escritor
Emil Zátopek y Alain Mimoun (Helsinki, 1952)

 ¿Y usted, qué opina?

Nota: La fotografía de Leontxo García es de Diego Díaz, y la de Paco Cerdà es obra del fotógrafo Mikel Ponce.

martes, 13 de abril de 2021

DÍA INTERNACIONAL DEL BESO

Me he enterado por el telediario que hoy se celebra el Día internacional del beso –ya ven que hay días para todo–, y me ha venido a la cabeza la fotografía del beso entre Dana Zátopková y Emil Zátopek*.

Beso entre Dana Zátopková y Emil Zátopek
Fotografía: © 1952 Keystone-France

 Bésense amigos, y si tienen reparos, por aquello del virus, hagan como Usain Bolt: besen la pista.

Usain Bolt en los Juegos Olímpicos de Rio 2016

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/01/correr-el-libro-acerca-de-zatopek.html

martes, 14 de enero de 2020

ZÁTOPEK: LA NOVELA GRÁFICA


Zátopek, Aloha! Editorial, la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez 

Aunque Zátopek se retiró de la competición en 1958 y murió hace 19 años, sus logros permanecen entre nosotros y nos siguen impresionando como el primer día. La sola mención de su nombre evoca el genio de ese atleta, sus cabalgadas y sus medallas. La discusión saldada con esas tres sílabas rotundas y sonoras al dilucidar quién es el mejor atleta de la historia. En esto reside la magia de los más grandes deportistas. Eternos mientras haya quien los admire. Inmortales cada vez que alguien escribe sobre sus gestas: Jean Echenoz en Correr o Jan Novák y Jaromír 99 en la novela gráfica Zátopek.
 De la novela del francés ya les hablé en 2014, así que hoy voy a hablarles del cómic de los checos, publicado por Aloha! Editorial hace dos veranos. Un volumen que se abre con un excelente prólogo del atleta olímpico Juan Carlos Traspaderne (Logroño, 1956), campeón de España de maratón en 1983. Ese mismo año, el español corrió sobre el asfalto de Helsinki en 2h.11.34, su mejor marca personal y récord nacional en la época.

Juan Carlos Traspaderne

Es libertad
Juan Carlos Traspaderne, corredor olímpico. 
 La tarde del catorce de agosto de 1983, entré en el Estadio Olímpico de Helsinki para terminar la prueba de maratón del primer Campeonato del Mundo de Atletismo. Algo menos de un minuto transcurrió desde la entrada al estadio hasta cruzar la línea de meta, pero puedo decir que ese escaso minuto fue, sin duda, el más intenso que he vivido en mi vida. 
 Entraba en un estadio olímpico repleto de amantes del atletismo que ovacionaban a todos los participantes por la gesta que estaban a punto de finalizar. 
 Abajo, en la pista, me sentía pequeño ante las dimensiones de la emoción colectiva y me sentía grande ante la emoción que me embargaba. 
 Entraba con la incredulidad de quien todavía no se cree lo que está haciendo, pero la realidad me esperaba en la línea de meta: dos horas once minutos treinta y cuatro segundos en la prueba de la maratón. 
 Entraba también con miedo: ¿Y si me lesiono? ¿Y si no llego a la meta? Eso no debía ocurrir, pero era una posibilidad, y quizás fue por ese temor que no esprinté lo suficiente y dejé que me adelantaran dos participantes en el estadio. Entraba recordando todo lo realizado para llegar a este momento. Esos entrenamientos a las once de la noche o a las seis de la mañana, siempre en función de mis horarios de trabajo. Ese sacrificio impuesto a la familia. Esos fines de semana en los cuales no me movía más que para entrenar, ya que el resto del tiempo lo necesitaba para recuperarme de la fatiga acumulada. Recordaba esos desprecios de la gente al verme entrenar por las calles… Eran otros tiempos. 
 Entraba por la misma puerta por la que el tres de agosto de 1952 entró un tal Emil Zátopek para proclamarse campeón de maratón en la Olimpiada de Helsinki, con dos horas veintitrés minutos y tres segundos. Fue su primera maratón, y en aquella misma olimpiada ya había ganado los cinco mil y los diez mil metros. Logró pues una hazaña única, y quizás irrepetible, en la historia olímpica. 
 Sentí un gran honor por poder compartir el mismo espacio en la distancia con uno de los grandes mitos de la historia del atletismo. 
 Entraba cuando Robert de Castella, con dos horas diez minutos y tres segundos, se proclamaba como primer campeón del mundo. 
 Al final de ese minuto, crucé la meta en el puesto doce. ¡Qué lástima esos dos puestos que perdí, por pecar de prudente! Vi la marca que había conseguido y me dije: "Sí, sí, esto merece la pena". No porque ahora me lo fueran a reconocer y todo serían adulaciones por lo conseguido. No, no por eso. Merece la pena porque te has llevado al límite, porque te has demostrado a dónde te pueden llevar la determinación, el trabajo, la humildad, la confianza, la constancia y el apoyo de las personas: a lograr objetivos que redundan en tu mejora personal. ¿Y todo esto por hacer una marca en una maratón? 
 Sí, por una maratón. 
 ¿Pero qué es una maratón? Desde luego, es mucho más que correr cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. 
 Es llevar tu determinación de lograr un objetivo para el que es necesario explorar tus límites físicos y psíquicos. 
 Es libertad. ¿Qué mayor grado de libertad se puede sentir cuanto tu elección te lleva al límite? 
 Es encontrarte contigo mismo, mediante el diálogo que se establece entre tus deseos conscientes y tu instinto de protección. 
 Es ser consciente de que el primer límite es el tuyo propio; no importan tanto tus rivales, porque el primer rival eres tú mismo. 
 Es demostrarte tu capacidad para superar sentimientos negativos que se producen en la prueba y en los entrenamientos. 
 Es persistir en el esfuerzo cuando tu cuerpo y tu mente te dicen "para". En ese momento solo te queda la voluntad. 
 Todos esos sentimientos provocan una emoción que te recorre a lo largo de la prueba y que explota cuando has terminado. Cuando el resultado es negativo o lo conseguido no cumple con tus expectativas, te queda la satisfacción de haberlo intentado, y de haberte encontrado contigo mismo. La primera vez que oí hablar de Emil Zátopek fue el veintiséis de enero de 1975 en mi debut en el Cross de Lasarte. Recuerdo escuchar a mi entrenador, Iluminado Corcuera, decir que este cross había sido ganado por gente de la importancia de Emil. Efectivamente, Zátopek ganó la prueba ese mismo día en 1958, en su última carrera como atleta. Entonces hice poco caso a aquel comentario. Hoy puedo decir que, gracias a Emil Zátopek, yo soy un poco como soy y he podido tener el honor de escribir estas líneas en su recuerdo y tributo. 
 La maratón es una prueba que está llena de ejemplos de vida, de humildes personas y grandes atletas que, como Emil Zátopek, son capaces de decir: "Sí quieres correr, corre la milla. Si quieres cambiar tu vida, corre la maratón". 
 Gracias, Emil.

 Aloha! Editorial ha tirado la casa por la ventana para ofrecernos una edición de lujo, con tapas duras y sobrecubierta; una portada que da gusto ver de cara en la estantería, con el personalísimo dibujo de Jaromír 99, en mate y a cuatro tintas: salmón, beige, azul y negro.

Pedro Delgado hojeando la novela gráfica Zátopek en la Ciudad Deportiva de Carranque
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El tomo comienza en 1952, cuando Emil y Stanislav Jungwirth, un prometedor corredor de la milla, entrenan juntos en el parque forestal Houstka, en la ciudad de Stará Boleslav, en las inmediaciones de Praga. Ambos pertenecen al Club Deportivo o Unidad de Educación Física Dukla Praga, perteneciente a las Fuerzas Armadas de Checoslovaquia, un club que aún existe. Y Emil trata de enseñarle al joven Jungwirth (al que llama cariñosamente Yogur) sus peculiares métodos de entrenamiento mientras se preparan para los juegos olímpicos de ese año. Ideas novedosas y métodos nunca antes probados. Algunos poco heterodoxos:
–¡Venga! ¡Ahora solo con una inspiración! 
–¿Cómo con una inspiración? 
–Fácil, ¡cogemos aire y vemos quién llega más lejos!
 Luego Jan Novák, el guionista, da un salto en el tiempo y se va a 1922, año de nacimiento del atleta, y a 1929, para mostrarnos la infancia del hijo del carpintero. También su entrada en la fabrica de calzado Bata con tan solo quince años; la invasión alemana en 1939; sus carreras con el equipo de la fábrica; su primeros planes de entrenamiento de la mano del doctor Haluza, también corredor de fondo; sus primeros récords; el fin de la guerra en 1945; su primer campeonato de Checoslovaquia y su ingreso en el ejército.
–Entonces, allá en Zlin, ¿quién te entrena? Nadie, ¿verdad? Con nosotros en el ejército vas a tener los mejores entrenadores, los mejores médicos, ¡los mejores masajistas! 
 Ahora ya no será como en la guerra, ahora se viajará al extranjero, ¡ahora vas a representar a la patria! ¡Y fuera hay otra competencia! 
 ¡No puedes vencer a esos tipos siendo un zapatero de Zlin!
 En febrero de 1948, los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, y su vida se vio alterada de nuevo. Mientras prepara los cinco mil y diez mil metros de los Juegos Olímpicos de Londres, conoce en las pistas de atletismo a la lanzadora Dana Ingrová. Ambos nacieron el mismo día, del mismo mes y del mismo año, así que parecen predestinados a casarse. Juntos formarán una de las parejas más bonitas del atletismo mundial. Emil la ayuda y anima a mejorar en los entrenamientos, y Dana consigue la mínima olímpica en lanzamiento de jabalina.

Zátopek (Aloha! Editorial), la novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En Londres Emil gana el oro en los 10.000 metros –le saca 200 metros al segundo clasificado marcando un nuevo récord olímpico con un tiempo de 29:59,6– y la plata en los 5.000 metros. Dana lanzó cerca de su mejor marca y se clasificó en el séptimo puesto.

Zátopek, Aloha! Editorial, novela gráfica de Jan Novák y Jaromír 99
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la página 137, las viñetas de Jaromír 99 nos devuelven al inicio de la novela. Tras el entrenamiento, mientras se asean y se cambian de ropa en el vestuario, nos enteramos de los problemas políticos que tiene Jungwirt para ir a la siguiente olimpiada (Helsinki 1952), pues su padre está preso en un campo de trabajo por subversión al estado –en realidad por largar contra el gobierno en un bar–. Emil se tomará el caso como algo personal, y a riesgo de ser juzgado y castigado por desacato, llegará a tensar la cuerda hasta el punto de renunciar a los Juegos.
 Si Jungwirt consiguió correr los 1.500 metros en Helsinki es algo que deberán averiguar ustedes leyendo esta novela gráfica; lo que sí sabemos, porque es historia, es que Dana se hará con el oro en jabalina, y Emil se colgará al cuello lo que parece imposible: tres medallas de oro, en los cinco mil, los 10.000 mil metros y la maratón –siendo éste su estreno en la distancia de Filípides–, que lo mantienen como el mejor atleta de fondo de todos los tiempos.

Zátopek, de Aloha! Editorial, sobre el tartán de la pista de atletismo de Carranque
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Lo que no recogen las viñetas, potentes y algo expresionistas de Jaromír 99, es algo que sucedió diez años después de su retirada del atletismo y que lo honra todavía más como persona. Ocurrió durante la Primavera de Praga, cuando el líder del país, Alexander Dubcek, trataba de reformar el régimen comunista; algo que no fue bien visto por la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia, que enviaron sus tropas a ocupar el país. Cuando los tanques aparecieron por la ciudad, el pueblo, y con él Zátopek,  salió a la calle a protestar por la injerencia soviética, algo por lo que sufriría represalias. Se le expulsó del ejército, donde tenía el grado de coronel, y lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Luego lo pondrían a barrer las calles de Praga. Cuentan que la gente salía a barrer las aceras antes de que él pasara para ahorrarle tamaña humillación.


 Personalmente, me siento identificado en algunas cosas con Zátopek, al que empezaron a llamar la Locomotora Humana tras su paso por Helsinki.
–Tenía dos opciones: una, desgastar a los otros corredores durante la carrera, o dos, perder al final. Elegí la primera opción. 
***
–¿Por qué corre tan rápido? Le hubiera bastado con un tiempo normal para ganar. 
–Porque quiero aprender a correr, y no ir de listo. No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno. 
–El respondió: "Correr lento, ¿para qué?"
 Y como estos, hay otros detalles que compartimos y de los que ya les hablé en el artículo que le dediqué a la novela Correr de Jean Echenoz.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/01/correr-el-libro-acerca-de-zatopek.html

 Por último, comentar que en las últimas páginas figura un apartado de notas, apuntes interesantes que te hacen volver a repasar las viñetas del libro. Unas son de Carlos Traspaderne y otras de la traductora, Ester Vignolles Podhradska, a la que desde aquí le doy las gracias por verter por primera vez la obra al español. También se las doy a Adriana Bañares, fundadora y directora de la editorial Aloha!, por apostar por este proyecto.

Nota: Gracias a Juan Sarria hijo, que se prestó a mostrarnos su gemelaco en la fotografía que abre este artículo.

sábado, 18 de enero de 2014

CORRER, EL LIBRO ACERCA DE ZÁTOPEK



En las pocas semanas de vida que tiene este blog ya ha salido a relucir varias veces el apellido Zátopek, un apellido mítico, pues pertenece al único atleta del mundo capaz de ganar en unos mismos Juegos Olímpicos tres medallas de oro en las pruebas de fondo; una gesta que el corredor checoslovaco Emil Zátopek (1922-2000) consiguió en la Olimpiada de Helsinki de 1952, cuando en diez días consiguió ganar los 5.000 metros, los 10.000 y la maratón.

 A mí Emil Zátopek me acompañó en muchas tardes de entrenamientos extenuantes, en intervals infinitos que el checo había llevado hasta límites exagerados. Así que, para darme ánimos, me acordaba de él cada vez que tenía que hacer un interval training de 200 o 400 metros. Si Emil hacía 40 o 70 repeticiones, cómo no iba a acabar yo mis entrenamientos. Recuerdo, hablando de intervals de 400, que una tarde, cuando estudiaba y entrenaba en Granada, el amigo Miguel Leiva se pasó un buen rato cronometrándome el entrenamiento para comprobar que, efectivamente, no iba de farol y era capaz de hacer 20x400 a 1'02" recuperando 1'30". Y lo que son las cosas, movido por este recuerdo me he tomado la molestia de buscar en las agendas de aquellos años hasta dar con aquel día, y he descubierto algo que me ha dejado, ahora que escribo sobre Zátopek, con la boca abierta:

 5 de febrero de 1987
[...] y después, a las siete, me fui a entrenar: los 20 cuatrocientos. Leiva se puso conmigo y tan sólo aguantó 10. Yo las hice con clavos, todas a 1'02" menos varias a 1'03". Aquí dicen que estoy "corgao", que eso es lo que hacía Zátopek. Ya quisieran ellos llegar a ser 1/4 parte de lo que fue Zátopek, La locomotora humana.


 Si el fartlek (la carrera continua por la naturaleza con cambios de ritmo) fue el "sistema panacéa" para los finlandeses, Zátopek abrazó el interval training: dividir una distancia en otras más pequeñas para correrlas a más velocidad, con una pequeña recuperación entre ellas que Emil hacía corriendo a menor velocidad. Quizás eso fue lo que lo convirtió en plusmarquista en aquella época. Ese correr sin parar, agónico, que no se centraba en la técnica ni en el estilo, sino en sus ansias de correr más rápido que nadie.


Emil Zátopek, en una fotografía de 1954. Foto: Keystone / Getty Images

 A finales de 2010, el escritor francés Jean Echenoz publicó Correr, un libro sobre Zátopek que fue muy recomendado por los libreros y los críticos literarios (Babelia la eligió como una de las mejores novelas de 2010).




            




 De Echenoz yo había leído Me voy, obra con la que obtuvo el Premio Goncourt en 1999, una novela corta o nouvelle que dicen los franceses que me había gustado bastante. Quizás ese hecho, junto a tantas recomendaciones, ha jugado en su contra a la hora de enfrentarme estos días a Correr, pues las expectativas que tenía eran demasiado altas.
 Echenoz no corre, y eso es algo que notamos los que lo hacemos habitualmente. Y luego está el estilo que ha elegido para narrarnos la vida de Zátopek, como si fuese un notario el que apuntase la crónica deportiva del atleta, lejano a sus sentimientos, a sus pensamientos e ideas.
 A pesar de esa pequeña decepción, ésta es una novela que debemos leer todos aquellos lectores a los que nos gusta calzarnos las zapatillas de correr, entre otras cosas porque creo que los que amamos este bello deporte estamos necesitados de novelas que hablen de él. Hay mucha narrativa ambientada en el mundo del fútbol o del boxeo, pero muy poca en el del atletismo.


Zapatilla adidas de Emil Zatopek. Fotografía: Zac Allan

 La novela arranca cuando Emil tiene 17 años y los alemanes acaban de invadir Moravia (Bohemia) y Checoslovaquia. Por entonces Emil trabaja en la fábrica de calzado Bata, un Emil al que le horroriza el deporte: primero las carreras del circuito de Zlin que organiza la fábrica para publicitar sus zapatillas y luego las exhibiciones atléticas que organizan los alemanes para los jóvenes con carácter obligatorio.
"La primera carrera en la que participa Emil es un cross-country de nueve kilómetros montado por la Wehrmacht en Brno y que enfrentará a una selección alemana atlética, espigada, arrogante, impecablemente equipada, todos igualitos a lo übermensch, con una cuadrilla de famélicos y astrosos checos, jóvenes campesinos, montaraces con calzón largo o dudosos futbolistas amateurs mal afeitados. Emil no participa de buen grado en esa prueba pero es un muchacho concienzudo, se entrega y da de sí todo lo que puede. Comoquiera que acaba segundo, sin darse cuenta y no sin vivo despecho por parte de los arios, un entrenador del club local se interesa por él. Corres raro pero no corres nada mal, le dice. Lo cierto es que corres muy raro, insiste el entrenador con cara de incredulidad, pero, bueno, no corres mal. De ambas aserciones, Emil sólo escucha y oye distraídamente la segunda".
 Aún así, Emil no termina de cogerle el gusto a eso de correr hasta que un buen día sucede lo inesperado: empieza a gustarle correr; al principio por propio placer, luego por el gusto de medir sus fuerzas en la competición.
 Mientras los alemanes comienzan a sembrar el terror en el protectorado con su política de deportaciones y exterminio, Emil Zátopek, ya con 20 años, se vuelca en el atletismo. Además, Emil se obstina en no trabajar el estilo. A Emil no le importa correr raro, para él el estilo es una gilipollez. Puestos a correr lo que quiere es correr lo más rápido posible.
"De modo que se obstina en no trabajar más que la resistencia, como quienes preparan sólo los trayectos largos de fondo o de semifondo. Él, invirtiendo el sistema, se entrena cada vez más en la velocidad, en pequeñas distancias indefinidamente repetidas, gracias a lo cual comienza a experimentar claros progresos". 
 Emil descubre también a sus competidores el sprint final.
"Doscientos metros antes de la llegada, intensifica la velocidad, sabedor de que puede hacerlo pues se ha preparado para ello: gana.
 Por aquella época no se conoce el sprint final, los corredores procuran espaciar el esfuerzo, repartirlo a lo largo de una prueba. En su afán de escatimar fuerzas hasta el final, no se creen capaces y sobre todo no se atreven a reservar la velocidad para desplegarla en la última recta, para dar lo máximo de sí mismos al final de la carrera. De ahí la inmensa utilidad de entrenar también con pequeñas distancias: el sprint final, que acaba de inventar Emil".
 Cuando el frente de batalla avanza y llegan las sirenas y los bombardeos y el tableteo de las ametralladoras y con ello los rusos, los alemanes, entre refriegas, se apresuran a retirarse. Termina la guerra y Checoslovaquia recupera sus fronteras. El país reorganiza su ejército y Emil es llamado a filas. La vida militar le gusta más que la vida de peón en la fábrica de Bata.
"Y además puede seguir corriendo: como se han organizado campeonatos militares en la República liberada, los oficiales de estado mayor, que tienen puesto el ojo en el deporte, autorizan a Emil a presentarse. Éste establece tranquilamente dos nuevos récords y, a su regreso, es citado en el orden del día por haber representado con honor a su unidad. Lo cierto es que con el uniforme no todo va tan mal, así que Emil se plantea matricularse en la Academia donde se forma a los oficiales de carrera. Además, cualquier cosa antes de volver a trabajar en la empresa Bata".
 Estando en la Academia se enfrenta al sueco Sundin en su primera competición internacional y, aunque no consigue ganarle, bate el récord de Checoslovaquia de los dos mil metros. Luego mejora el de 3.000 llegando detrás del holandés Slijkhuis. El sueco y el holandés son corredores elegantes cuyo estilo contrasta con el de Zátopek.
"Hay corredores que parecen volar, otros bailar, otros desfilar, otros parecen avanzar como sentados sobre las piernas. Algunos dan tan sólo la impresión de ir lo más rápido posible a donde acaban de llamarlos. Emil nada de eso. Emil parece que se encoja y desencoja como si cavara, como en trance. Lejos de los cánones académicos y de cualquier prurito de elegancia, Emil avanza de manera pesada, discontinua, torturada, a intermitencias. No oculta la violencia de su esfuerzo, que se trasluce en su rostro crispado, tetanizado, gesticulante, continuamente crispado por un rictus que resulta ingrato a la vista. Sus rasgos se distorsionan, como desgarrados por un horrible sufrimiento, la lengua fuera intermitentemente, como si tuviera un escorpión alojado en cada zapatilla de deporte. Está como ausente cuando corre, tremendamente ausente, tan concentrado que ni parece estar cuando está ahí más que nadie, y su cabeza, encogida entre los hombros, sobre el cuello siempre inclinado hacia el mismo lado, se balancea sin cesar, se bambolea y oscila de derecha a izquierda. 
 Puños cerrados, contorsionando caóticamente el tronco, Emil hace también todo tipo de cosas con los brazos. Cuando todo el mundo os dirá que se corre con los brazos. A fin de propulsar mejor el cuerpo, los miembros superiores deben utilizarse para aligerar las piernas de su propio peso: en las pruebas de fondo, el mínimo de movimientos con cabeza y brazos mejora el rendimiento. Pues Emil hace exactamente lo contrario, parece correr sin que le importen los brazos, cuya impulsión convulsiva arranca de demasiado arriba, describiendo curiosos desplazamientos, a ratos alzados o proyectados hacia atrás, colgando o abandonando a una absurda gesticulación, y sacude también los hombros levantando exageradamente los codos como si transportase una carga demasiado pesada. Mientras corre parece un boxeador luchando contra su sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad". 
  En los primeros Campeonatos de Europa de posguerra, en Oslo, Emil queda quinto en los cinco mil metros, mejorando de nuevo el récord checoslovaco, y ya en los Juegos Olímpicos de Londres, en 1948, se gana el apodo de La Locomotora Humana al lograr en los diez mil metros la primera medalla de oro del atletismo checo y obtener una plata en los cinco mil.


Emil Zátopek en los 10.000 metros de los Juegos Olímpicos de Londres en 1948
Emil ganaría el oro y el francés Alain Mimoun la plata

 Luego llegará el récord del mundo de los diez mil y el ascenso a capitán, pero con ello comienzan los problemas.
"Se reúnen los altos mandos. Todos convienen en que Emil, cómo no, es un fenómeno del socialismo real. Pero por eso mismo es preferible guardárselo, economizarlo y no enviarlo demasiado al extranjero. Cuanto menos se lo vea, mejor. Porque sería una auténtica lástima que por una cabezonada, durante algunos de esos viajes, se pasara al otro bando, al inmundo bando de las fuerzas imperiales y del gran capital. Por consiguiente convocan a Emil, que acaba de ser invitado a participar en una prueba internacional de cinco mil metros en Los Ángeles. 
 Camarada, le dicen, el comité militar ha decidido que, en lo sucesivo, no podrás participar en ninguna competición deportiva sin previa autorización. Conforme, dice Emil, pero eso no cambia nada. Hasta ahora se me han concedido esas autorizaciones. Pues ahí está, camarada, a partir de ahora ya no las recibirás. Puedes retirarte. Y el comité se descuelga con un comunicado en el que anuncia dicha medida, alegando que las invitaciones demasiado numerosas a encuentros de escasa importancia apartan a Emil de sus deberes militares, impidiéndole proseguir su perfeccionamiento deportivo".
 Temen que en una de esas no regrese a Praga, que pida asilo político en uno de esos países capitalistas. En aras del partido se suceden las purgas como cuando estaban los alemanes. La única alegría del momento es su boda con Dana, futura campeona olímpica de Jabalina. 



 En el extranjero se preguntan qué habrá sido de Emil, si sigue entrenando, si estará lesionado o habrá dejado de correr. Emil les responde batiendo dos récords del mundo, el de los 20 kilómetros y el de la hora. Luego llegarán los Juegos de Helsinki, donde conseguirá lo que nadie ha vuelto a conseguir hasta la fecha, ganar las tres pruebas de fondo: el 5.000, el 10.000 y la maratón.

Emil Zátopek (oro) seguido por el francés Mimoun (plata) y el alemán Herbert Schade (bronce) 
Fotografía coloreada de la final de 5.000 metros de los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952

La imagen anterior desde otra perspectiva, donde se aprecia la caída del inglés Chris Chataway

 A la vuelta a Emil lo ascienden de capitán a comandante y se convierte "en el hombre de los ocho récords del mundo en distancias superiores a cinco mil metros: seis, diez y quince millas; diez, veinte, veinticinco y treinta kilómetros; por no hablar del récord de la hora". A ellos añadirá pronto un noveno, el de los cinco mil metros.
 Muere Stalin y el presidente checoslovaco Gottwald y en el país se producen minúsculos cambios. Lo dejan correr en Sao Paulo, donde gana, igual que en el Cross de L'Humanité (lo que ahora son los Campeonatos del Mundo de Cross). A partir de ahí empieza lentamente su declive, sus altibajos, las derrotas y la decisión de retirarse tras los Juegos de Melbourne, donde sólo disputará la maratón, quisiera hacerlo con un pódium pero sólo alcanza a ser sexto en una prueba que gana el francés Alain Mimoun, la sombra de Zátopek, pues había sido plata en los 10.000 metros de los juegos de Londres y en los 5.000 de los de Helsinki por detrás, en ambas ocasiones, del checo.
 Al volver de Australia, como premio al final de su carrera, lo ascienden a coronel y lo nombran director de deportes en el ministerio de defensa; aunque el punto final no lo pondrá hasta el Cross de San Sebastián, en Lasarte, donde Emil se planta definitivamente tras su victoria.


Emil Zátopek tirando del grupo en el Cross Internacional de San Sebastián, Lasarte 1958

 Zátopek sigue corriendo a diario, pero ya sólo lo hace para mantenerse en forma no para ganar ninguna carrera.
"Y como se entrena menos, le queda más tiempo para interesarse en lo que sucede en su país".
¿Qué pudo ocurrir en su país para que Emil fuese destituido de su cargo en el ministerio y se le enviase a barrer las calles de la capital?  Lean el libro y salgan de dudas, y, si quieren profundizar en lo que ocurrió en Checoslovaquia en 1968, lean también La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, una de mis novelas favoritas, llevada también al cine por Philip Kaufman con Daniel Day-Lewis, Juliette Binoche y Lena Olin en el papel de Tomás, Teresa y Sabina.


 


 Por último, quisiera recoger aquí una anécdota entrañable que leí en la página de la RFEA, y que muestra el gran corazón que siempre tuvo Emil Zátopek. El artículo, firmado por Miguel Villaseñor cuenta que Ron Clarke (Australia, 1937), un gran fondista que poseyó los récords del mundo de 5.000 y 10.000 metros pero que, por cosas del destino, nunca pudo ganar un oro olímpico, viajó después de los Juegos Olímpicos de México 1968 a Praga a ver a Zátopek, a quien admiraba mucho. Entabló con él amistad y cuando fue a abandonar la capital para volver a Australia, Zátopek fue a despedirlo al aeropuerto. Allí, en el último momento y de manera disimulada, le dio un pequeño paquete. "Clarke creyó que era algo de contrabando o quizá un mensaje que Emil quería comunicar al mundo exterior, dadas las circunstancias políticas. Al dárselo le había dicho "porque te lo mereces", frase que el australiano en ese momento no entendió. Ya en el avión abrió el paquete y con gran sorpresa vio que en él estaba la medalla de oro olímpica que Zátopek había ganado en los 10.000 metros de Helsinki en 1952. De esta manera se la regalaba. La admiración era, obviamente mutua. Ahora sí que su amigo Ron Clarke tenía su propia medalla de oro". 


Ron Clarke











Nota: Los párrafos de Correr, novela de Jean Echenoz, están extraídos de la edición española, publicada por Anagrama en septiembre de 2010, con traducción de Javier Albiñana.