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sábado, 18 de abril de 2026

LA GRAPA, DE MARYLINE DESBIOLLES, LA NOVELA MÁS ATLÉTICA DE LAS AFUERAS


La grapa, de Maryline Desbiolles (Editorial Las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

En la vida todo sucede inesperadamente. Como en esta novela de la francesa Maryline Desbiolles (Ugine, 1959). Una cría que, como un mandamiento divino, ama correr sobre todas las cosas, entra en casa de un amigo, y el perro de la familia de ese amigo la ataca de manera inmisericorde destrozándole una pierna.

 Uno no cuenta con ella, pero la fatalidad siempre esta ahí, al acecho. En esta novela lo está por partida doble, pues al ataque le siguen las palabras del padre de su amigo, que si no le rajan la piel como los colmillos del perro, le rajan el alma: «A mi perro no le gustan los árabes».

 «Y esa frase la atormenta más que el perro». ¿Por qué ese odio?, ¿por qué ese racismo?, se preguntará la joven durante su dolorosa, lenta y larga rehabilitación, que la llevará a bucear en la historia de la familia de su madre, porque la suya es una familia harki, la comunidad argelina que durante la guerra de la independencia de su país luchó al lado de las fuerzas coloniales francesas. La derrota francesa conllevó la huida de los harkis a Francia, donde pronto se convirtieron en una presencia molesta, un recordatorio de la humillación sufrida en el Magreb –al igual que las cicatrices de su pierna herida, las de la guerra de Argelia también estaban mal curadas–, por eso Emma Fulconis, nuestra corredora adolescente, vive a este lado del Mediterráneo, en el interior de Niza, en L'Escarène, muy cerca de la frontera con Italia.

Vista del pueblo de L'Escarène. Fotografía: Quentin2018 (Wikimedia)

 Es La grapa (Editorial Las afueras, 2025) una novela luminosa y emotiva en la que la carrera y la resiliencia juegan un papel muy especial desde el inicio, desde la primera página, desde este primer capítulo:

Solo la vemos a ella. Incluso tan pequeña, de lejos, insignificante, al ataque de la cuesta. Un latido minúsculo en la tarde reluciente del mes de enero. Este inicio de tarde, prendido con alfileres de luz, que podría no terminar nunca. Colinas plateadas cuya marga gris se desmorona bajo los zapatos, hierbas secas mordidas por las heladas que crepitan en el prado, arroyo brillante como una aguja al fondo del barranco: durante la víspera, como excepción, llovió un poco. Solo la vemos a ella. La hemos visto tantas veces corriendo por estos lares que al principio la vemos correr, aunque eso sea imposible. Se mueve, claro que sí, y bastante rápido, pero como a sacudidas, saltarina. Ahora una verdadera cabra y no el caballo que fue hace no tanto tiempo; por extraño que parezca, más armónica así, coja, en este territorio entrecortado de bruscos desniveles.
 Aquí visto desde arriba, todo el paisaje converge hacia ella, puntito renqueante, azogue, como si el resplandor de este inicio de tarde estuviera ahí condensado, llevado a la incandescencia. El puntito renqueante podría fundirse con el paisaje si no lo perturbara; si no lo hiriera, estaríamos tentados a decir, pues sabemos de qué desgracia procede esa cojera.
 Siempre la hemos conocido corriendo. La memoria nos juega malas pasadas, exageramos, pero nos parece que nunca caminaba como usted y como yo, que solo lograba desplazarse a toda velocidad, que no podía sino irrumpir de improviso, ya fuera mediante la aparición de unas sandalias aladas o, directamente, de unas alitas atornilladas a los tendones de Aquiles. No eran alas de familia, pues su hermano no estaba provisto de ellas; su hermano pequeño, que había sido un bebé bueno y gordo y luego un niño tranquilo que la miraba con los ojos muy abiertos. No es que ella sea seca ni angulosa, sino más bien resuelta, vivaz, presta a la pirueta incluso después del accidente. Decía que le gustaba el viento. A menudo se encabritaba, pero al viento le consentía. Esta no es una región de viento. Solo de remanentes ventosos, vientos modestos, un breve siroco, una leve brisa del sur, un mistral de nada, a veces un poco de levante, como mucho una tramontana, raras veces pero helada, capaz de traer nieve. No es una región de viento. Aun así, ella lo esperaba. El viento la hacía reír. Al menor roce en los postigos, salía de casa como una exhalación, sacudía sus crines de caballo y relinchaba al viento. Quizá fue el viento lo que forjó su afición por galopar. Aún conserva ese gusto, aún conserva ese ardor, se afana entre los matorrales, se abre camino como quien tala leña incluso cuando le duele, lo cual no soporta; se enfurece, no tiene paciencia con sus males, el dolor no la lleva a ganarse ningún cielo, el dolor no ha hecho más que arrancarle las alas con que nació, y se la oye maldecir y proferir unos gruñidos que nada tienen de angelicales, se parecen más bien a los de esas bestias con cerdas y pezuñas que hozan el suelo. Los ángeles están en la iglesia de Sant-Pierre-ès-Liens, una bandada de ángeles azules del belén que sigue expuesta mucho después de Navidad y Reyes, como olvidada en un rincón, pero que se ilumina aún más cuando nos acercamos, no muy a menudo; la iglesia está vacía, desmesuradamente vacía, desmesuradamente barroca, y es que ya estamos en Italia. La iglesia es suntuosa, pero no corona el pueblo que es todo viaducto, puentes y salientes; la frontera está suspendida, vacila mucho más que las obras de arte. La iglesia no corona nada, está en el hueco que podría imaginarse como el purgatorio o, cuando menos, la tregua de L'Escarène. Un topónimo que le sienta como un guante, muy extendido por el sudeste, que designa la arista, la parte más escarpada de la montaña, a la que se accede como por los peldaños de una escalera. Scala, scarena, Escarène. El camino hacia el paso de Niza es aquí una escalera. Las numerosas curvas y luego el desvío hacia el pueblo.
 Solo la vemos a ella, pero ella no oculta nada, ni devuelve nada a la confusión del fondo. Ella es el puntito que se agita entre los matorrales y contiene no solo los destellos del paisaje, sino también los golpes torcidos. Ella es Emma Fulconis, aunque ese nombre tan de aquí no la arraiga, nunca, cada vez menos, ella que parece salir de un atolladero a cada paso, la joven Emma Fulconis, vieja por la herida y los meses eternos pasados en el hospital, la que fue nuestra gloria local, conocida como la atleta, un mote que aún podría servirle, y hasta con mayor motivo, por la palabra griega de la que viene, athlos, que significa lucha, combate, prueba; pero ahora ya nadie se atreve a decírsela, como mucho le lanzan una mirada o un vistazo furtivo. Cómo volver a ver lo que fue casi transparente, casi invisible, el cuerpo perfecto de la atleta, de toda atleta, el cuerpo que en nada la distinguía del conjunto de atletas. Cómo ver lo que ahora la convierte en singular, en dolorosamente singular, la pierna que no oculta, cuya visión no nos ahorra porque sigue llevando pantalones y faldas cortas, la pierna cosida de cicatrices, reducida a su más simple expresión, piel y huesos, tibia y grapa*, fíbula también llamada peroné, la pierna destrozada y el caminar que resulta, el paso ladeado, si se quiere, si se quiere poner palabras aceptables a lo que es tan torpe, tan contrahecho.
 Solo la vemos a ella. El puntito donde se focaliza el paisaje o, depende, se extiende el paisaje, lo llena, de manera que bastaría gritar en la hondonada o pronunciar, sin más, el nombre de Emma Fulconis,
EMMA FULCONIS
para que apareciera el pequeño mundo, ese rincón de territorio en general y en particular, en bloque y en detalle, heridas, luz, centelleos del monte bajo, árboles esqueléticos, trinos, susurros de los insectos. Luz creciente, muy pronto insoportable, mientras se marchitan los árboles y disminuye la cantidad de insectos.
*Nota del editor: en francés la palabra agrafe tiene varias acepciones, pudiendo hacer referencia tanto a un broche, a una grapa o al peroné (también llamado fíbula). La autora juega con ellas a lo largo del texto.

 Hay algo hipnótico en la escritura de Maryline Desbiolles que nos hace querer seguir leyendo. Aunque la autora ha sido laureada con el Premio Femina –otorgado anualmente por un jurado exclusivamente femenino– por Anchise en 1999, y con el Premio Franz Hessel por Charbons Ardents en 2022, es esta, La grapa (L'agrafe), su primera obra traducida al español, con la que también obtuvo el Premio Literario Le Monde en 2024.

La escritora Maryline Desbiolles
Fotografía: Alchetron

 Hay muchos manuales de Atletismo, pero cuesta encontrar novelas en las que aparezca este deporte, por eso es de agradecer que la autora lo eligiera, entre tantos como hay, para componer al personaje principal de esta obra. ¿Practicó el atletismo Maryline Desbiolles en su etapa escolar al igual que su protagonista? Muchos escritores le otorgan vivencias propias a sus personajes –fraguados en el horno autobiográfico de sus autores–, así que es factible que a Desbiolles, en algún momento de su vida, también la llamaran atleta (Maryline, s'il te plâit, confirmez-le ou infirmez-le).

¿Desde cuándo la llamaban la atleta? Estaríamos tentados a decir: desde siempre, pero la palabra siempre consume toda el agua, o la que queda. Sin duda desde la escuela, porque el profesor de gimnasia la llamó así, un poco porque se le había olvidado su nombre y un poco para celebrar sus marcas, sobre todo en lanzamiento de peso y salto de altura, disciplinas que no gozan del favor de los alumnos y no desatan grandes esfuerzos, pero ella, Emma Fulconis, se empleaba a fondo. El mote se le quedó.
***
Nunca le ha interesado la competición; lo cual, según su entrenador, sin duda le habría impedido lograr cualquier hazaña. Correr lo más rápido posible, eso estaba claro, pero correr más rápido que los demás sobrepasaba su entendimiento. No corría de forma relativa, sino absoluta. ¿Acaso no se podían lograr hazañas en absoluto? Corría más rápido que los demás, los adelantaba sin verlos, estaba en otra parte. Nuestra gloria local ganaba competiciones que no le gustaban. Ganaba contra su voluntad, pero de todo corazón. Corría de todo corazón. Los demás no existían o, si existían, estaban en la misma categoría que los árboles o los pájaros, no eran rivales.
***
 Corría en cualquier ocasión. Para comprar el pan, para ir y venir de la escuela, para cruzar el puente bajo el que fluye el Paillon, aún fogoso como un torrente antes de derramarse por el valle; corría para cruzar el puente en uno y otro sentido, corría para nada. Sobre todo, para nada. Corría cada vez más, empezó a entrenar. Voy a entrenar, decía. En un camino de tierra por ahí detrás. Hacía puntas de velocidad. Diez veces, veinte veces, cien veces, en una distancia que señalizaba con ramas o piedras. Cien metros, doscientos metros, media en zancadas de un metro a ojo. No era muy alta, exageraba las zancadas todo lo que podía y sacaba un poco la lengua. Diez veces, veinte veces, cien veces, mil veces, sin cronómetro. No buscaba establecer un récord, es decir, registrar sus marcas y superarlas. Siempre estaba empezando. Siempre corría por primera vez.
***
 La madre inscribe a Emma Fulconis en un club de atletismo al este de Niza. Se desvive por llevar a su hija en coche, esperarla, ir a buscarla, hacer malabarismos con su horario de cajera en el hipermercado del valle. Dos entrenos por semana en el estadio Vauban, los miércoles por la tarde y los viernes por la noche; Emma Fulconis destaca en la pista, en el sprint, los cien metros, doscientos metros y cuatrocientos metros, en infantiles y luego en cadetes, entrenos, competiciones, podio, que viene del griego podion, pie pequeño, donde Emma Fulconis deposita su piececito alado mientras nosotros, que ya sabemos, vemos su otro pie, el izquierdo, pronto invadido por la sombra, y vemos, porque sabemos, cómo su rostro se aleja bajo la luz de las fotos que aparecen en el periódico local, las mejillas rebosantes de infancia, la melena morena recogida en una cola de caballo, los ojos brillantes, negros, opacos, sin reflejo, la sonrisa reacia.
***
Corre de todo corazón. Aunque destaca en el sprint, desplegaría mucho mejor el arte de la carrera fuera de pista, por los senderos y caminos, lo desplegaría en esa disciplina llamada carrera de montaña, pero está claro que no quiere entregar su deseo a la disciplina, y aún menos a la competición. No le importa gran cosa catalogar su deseo. Nombrarlo es otra historia, tal vez la historia de una vida. Atraviesa los paisajes corriendo. Atraviesa los paisajes sin verlos, los traspasa y se inmiscuye en ellos. Va como el viento, pero ese viento que no mueve nada de sitio, ni una rama, ni una hoja. Va como el viento, vuela como una flecha, eso es, es una flecha. Atleta. Bicho raro. Flecha.
***
Corre en estadios ovalados. Se pone al frente o sola, en cabeza, más que delante de los demás; pero no hay mayor felicidad que correr por los campos de L'Escarène bajo la mirada del paso del Chat, el monte Gardeion, los picos de l'Erbossiera o del Farguet, los puertos de Braus o de Faravel. Este mes de mayo sopla un poco de viento, un viento delicioso que acompaña sus andaduras, sus últimas andaduras, porque antes de que llegue el verano tendrá la pierna destrozada.

 La novela contiene también pequeñas piezas de historia, como la de los olvidados de la 1ª DFL, la primera división francesa libre, esos centenares de hombres que respondieron desde todos los rincones del mundo a la llamada del general De Gaulle; vencedores de la última batalla de los Alpes en 1945.

Mausoleo a los héroes de la 1ª DFL en L'Escarène
Caídos en los combates del macizo de Authion
Fotografía: Mairie de L'Escarène

 O la del abuelo de Emma, François Fulconis (Lalin), héroe de la región que se enfrentó al ejército de ocupación francesa que quería integrar el Condado de Niza a la Francia revolucionaria en 1972.

Billete de 50 nissarts de la República de Nissa con la figura de Lalin Fulconis

 O la de Bobbi Gibb, Roberta Louise Gibb, la primera mujer en correr el maratón de Boston. Fue en 1966, un año antes que Kathrine Switzer. Y lo hizo sin dorsal, sin estar inscrita entre los participantes, «como una clandestina», pues a las mujeres aún no se les estaba permitido correr esa distancia.

Bobbi Gibb instantes antes de cruzar la meta
Maratón de Boston del año 1966

Bobbi Gibb tras cruzar la meta de la maratón de Boston 1966

Bobbi Gibb tras correr la maratón de Boston (1966)

 Y por supuesto, la historia de los harkis que tuvieron que arreglárselas como pudieron para refugiarse en Francia al final de la guerra de independencia argelina.

Un regimiento harki marchando bajo el Arco del Triunfo
Fotografía: The News In Pictures

 Es esta una novela que necesita de una segunda lectura para poder apreciar todos sus detalles, pues, una vez conocemos la historia, la voz del narrador –su «lenguaje torrencial y danzante» en palabras de los editores, Magda Anglès y Francisco Llorca– cobra otra prestancia. Incluso le pone luz a esas palabras de Emily Dickinson, extraídas de sus Poesías completas, que actúan de cita en las páginas previas al inicio de la novela.

No puedo bailar de puntillas,
nadie me enseñó,
pero a veces, en mi mente,
me posee una melodía.

 Y llegados a este punto, solo puedo acordarme del vídeo Run, run, run! que montó en 2016 Luca Salri con el Modern Love de mi querido y añorado David Bowie de fondo; un trabajo para la asignatura de diseño y montaje, impartida por la profesora Cristiana Parente en el curso de Cine y Audiovisual (UFC).

 O este otro, hecho por Cinedimi, con la misma canción interpretada por Zaho de Sagazan y más escenas de películas en las que se ve a gente corriendo.

 Nada más que añadir. Corran, lean, ¡y larga vida a Las afueras!





La grapa, de Maryline Desbiolles

Premio Literario Le Monde

Traducción de Blanca Gago

Editorial Las afueras, 2025

martes, 16 de septiembre de 2025

'LA FINAL DE LOS MIL QUINIENTOS' EN EL CERTAMEN DE MICRORRELATOS PABLO ARANDA


La final de los mil quinientos, un microrrelato de Pedro Delgado
V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

Leyendo la prensa atrasada me he llevado la alegría de ver que mi microrrelato La final de los mil quinientos se publicó en el diario SUR este verano, más concretamente el 9 de agosto. Llevaba un par de ediciones participando con escaso éxito, de ahí la alegría que despertó en mí el hecho de que mi texto fuese seleccionado para aparecer en el periódico y poder así optar a los premios finales de este V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda que organiza el diario SUR con el patrocinio de la Fundación Cajasol. Un premio que se fallará el 6 de octubre en la sede de Cervezas Victoria.

V Certamen de Microrrelatos del diario SUR en homenaje a Pablo Aranda

 El texto es un claro guiño a Pablo, con el que solía hablar de atletismo y de viajes. Y en él aúno el humor fino que le caracterizaba con la prueba atlética que más le gustaba: los 1500 metros.

 Desde aquí les invito a leerlo y a compartirlo, y a volver a la obra de Pablo, un escritor con una voz personalísima al que nunca vamos a olvidar.

LA FINAL DE LOS MIL QUINIENTOS
Sabía que sus rivales en aquella carrera iban a ser duros de roer, así que los días previos los fue desmembrando, fileteó la carne, que puso a la plancha, vuelta y vuelta, e hizo un caldo con los huesos. Al mediodía tiraba de hidratos, y a la noche de aquellas proteínas.
 Cuando dieron el disparo de salida el día señalado, no hubo quien le acompañara.
Pedro Delgado Fernández
V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda

La final de los mil quinientos, microrrelato de Pedro Delgado
V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

viernes, 14 de junio de 2024

15 LIBROS DE LITERATURA DEPORTIVA PARA BUSCAR EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID


La Feria del Libro de Madrid le hace un guiño al deporte
Fotografía: Pedro Delgado

Desde la capital me llega el eco de la Feria del Libro de Madrid. El rumor se cuela todos los días en el salón de casa a través de la televisión, con esos minutos que le brinda el telediario al evento, dedicado este año de Eurocopa y Juegos Olímpicos a la relación de la literatura con el deporte. El cartel de Mikel Casal encarna a la perfección el lema de este año: «Entrena tu mente, lee tu cuerpo».

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2024
"Entrena tu mente, lee tu cuerpo"
Autor: Mikel Casal

 Y como en este blog la literatura deportiva juega un papel muy importante, quiero anotarles aquí 15 libros para buscar en la Feria del Libro antes de que esta eche el cierre este domingo.

La carrera del siglo

el-ingenuo-salvaje

breviario-del-viejo-corredor

el-comic-y-la-fotografia

bruce-lee-una-vida

curtiss-hill

el-partido-de-la-muerte

La soledad del corredor de fondo

el-nadador-como-heroe

el-gusto-del-cloro

el-gran-libro-de-las-bicicletas

nacidos-para-correr

bocetos-de-natacion

Correr es una filosofía

prefiero-que-me-trates-de-tu

 15 libros para ponerte en forma este verano.

jueves, 1 de febrero de 2024

DEL DON DEL CORRER


Del Don del  Correr, de José Luis Conde Caveda
Fotografía: Pedro Delgado

Me reencontré con José Luis Conde en el 40 aniversario del INEF de Granada. Él era de la 1ª promoción, y yo de la 5ª, por lo que sólo coincidimos un año en la facultad; sin embargo, durante muchos años nos vimos en las carreras, tanto de pista como de campo a través, pues ambos pertenecíamos al mundo del atletismo. Me comentó que acababa de publicar un libro sobre el acto de correr y, al decirle que tenía un blog deportivo en el que escribía reseñas, fue a su coche a traerme un ejemplar. Le dejé un bolígrafo para que me lo dedicara y me anotó su correo para que le diera mi opinión.

Dedicatoria de José Luis Conde (Del Don del Correr)
Fotografía: Pedro Delgado

 El libro se titula Del Don del Correr, y lo he estado leyendo estos días. Es así como me he enterado de que José Luis sufrió un ictus, una urgente operación de corazón, una infección hospitalaria y una profunda depresión que lo tuvo apartado de todo algo más de un año; y es por ello que estemos ante una historia de superación.

 Del Don del Correr comienza con un pistoletazo de salida, y termina con la llegada a meta. «El transcurso de la narración está contenido en los escasos 2 minutos –segundos arriba, segundos abajo– que un disciplinado y voluntarioso amateur puede tardar en recorrer la distancia de 800 metros lisos», que es la distancia en la que compitió José Luis Conde durante más de veinte años.

José Luis Conde Caveda (Cádiz, 1963)
Fotografía: solapa Del Don del Correr

 Conde hizo sus primeros pinitos en el mundo del atletismo en el instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, pero no fue hasta el verano de sus diecisiete cumpleaños que quiso empezar a entrenar con regularidad, cuando contempló por televisión la final de 5.000 metros de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, ganada por el marroquí Said Aouita.

[...] así que pensé: "Yo quiero ser como ese, ese que despertó mi corazón aquella tarde-noche estival del mes de agosto, ese admirado por su tribu allá en el África del Norte, agasajado y venerado por su pueblo cuando volvía de las contiendas atléticas, el primer héroe con el que yo había vibrado en esta existencia". Su memorable nombre, Said Aouita, apodo con el que más tarde me nombrarían cariñosamente mis amigos, no porque corriese ni mucho menos tanto como él, ni porque me colgara medallas en ilustres campeonatos, sino porque teníamos una tez y un semblante que nos hacía parecer pertenecer a la misma honorable tribu.
Said Aouita, oro en 5.000 m
Juegos Olímpicos Los Ángeles 1984
 Así que, sin saberlo, esa tarde de emociones desbordadas iba a cambiar probablemente la trayectoria de mi vida. De ser un chico normal al que le podrían gustar las mismas cosas que a casi todos los chicos normales de esa edad, me convertí en un chaval un poco raro, al que a partir de ese momento le gustaría experimentar con poner el cuerpo al límite de sus posibilidades, o dicho más coloquialmente, un chico al que le gustaría sufrir hasta el extremo de forma gratuita y experimentar con las más que incómodas y boicoteadoras sensaciones del nerviosismo precompetitivo, la extenuación de una de las pruebas más exigentes del atletismo; pero por otro lado, disfrutar del éxtasis de los momentos posteriores, del placer del descanso del guerrero al concluir las hazañas deportivas con las mejores duchas, comidas, siestas y compañías que uno jamás pudiese haber imaginado.
***
 Por todo lo anterior, he ido comprobando, que en este deporte no se puede jugar a ganar, ya que las probabilidades de éxito en este nivel de realidad son una entre todos los que participen, haciendo que el grado de frustración se multiplique exponencialmente en tanto en cuanto nos limitemos exclusivamente a la premisa de ganar. Por lo tanto, y por todas estas ideas expuestas, soy de la opinión de que en este noble deporte hay que jugar a superarse, a divertirse, a crecer como personas, a relacionarse, a ayudarse, a conocer los límites y aprender a convivir con ellos, a disfrutar por el esfuerzo y no tratar de engañarnos ni de engañar a otros que son parte de nosotros mismos, a disfrutar de los paisajes y los pasajes, a disfrutar del buen tiempo y buenas caras, de los encuentros, de los viajes y de las celebraciones y comidas en tan gratas compañías... y cuando somos capaces de valorar todas estas cualidades, es posible que no ganemos "la carrera", pero es seguro, que ganaremos en otras muchas cosas, sobre todo, en cada aspecto que valoremos y disfrutemos, ya que en este disfrute, nos ganaremos a nosotros mismos, que por ende, es de lo único que trata este juego de la vida; de disfrutar, como bien dijo el poeta Neruda en su gran obra: Confieso que he vivido.

 Pero José Luis Conde ha querido ir más allá de lo deportivo en estas páginas autobiográficas, cargadas de evocaciones y anécdotas que van desde su infancia y adolescencia a su vida adulta, y, como nos dice David Cárdenas en el prólogo, salpica el texto de «profundas reflexiones existencialistas que acarician lo filosófico». En el texto de la contracubierta, extraído de ese prólogo, el profesor de la Facultad de Ciencias del Deporte nos apunta lo siguiente:

Este libro es una oda a la carrera más difícil de cubrir, la propia vida. Relata la transformación de una persona sencilla que debió superar situaciones complicadas, tanto físicas como emocionales, y que encontró en el deporte una forma de llegar a conocerse a sí mismo y a las personas que le marcarían para siempre. Un ensayo de introspección íntima que seduce al lector y lectora, y los invita a meditar sobre su propio camino.

 José Luis Conde, en la difícil tarea de exponer su propia corriente interna, ha escrito, sin rencor ni pudor, un texto muy personal y honesto, lástima que, no siendo José Luis un literato, los editores no hayan cuidado la edición y realizado una revisión a fondo del texto. Es algo que se agradecería en una segunda edición.

 Por lo demás, me alegra comprobar que, como diría su padre, «por encima de las nubes, siempre luce el sol». Un sol al que, por cierto, les recomiendo no mirar directamente a ninguna hora del día. Y si van a correr bajo sus rayos, usen protección. Que el cáncer de piel es una cosa muy seria.


domingo, 19 de noviembre de 2023

BREVIARIO DEL VIEJO CORREDOR


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado

La primera vez que me presenté a las pruebas del INEF, que hacían media con la nota de selectividad, no conseguí entrar (lo logré al segundo intento). Había estado entrenando para un campeonato de España y apenas había tenido tiempo de prepararlas. A pesar de ello, no arrojé la toalla, y al año siguiente compaginé mis entrenamientos de atletismo con la preparación de las pruebas; con más rigor, sobre todo, los meses previos. Además, como plan B, me matriculé ese año (1985-86) en la Escuela de Arte de San Telmo y en un monográfico de dibujo en el que encajábamos estatuas helenísticas con carboncillo y lápiz de grafito en grandes pliegos de papel Ingres o en cartulinas de colores.

Dibujos de estatuas a lápiz y carboncillo, de Pedro Delgado
Taller monográfico de dibujo en la Escuela de Arte de Málaga (1985-1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tenía claro que si, a la segunda, no entraba en el INEF, entraría en la facultad de Bellas Artes, que recién abría sus puertas también en Granada.

 Y es que, junto al atletismo, yo sentía desde mi época de escolar una gran pasión por el arte, que me llevó con 14 años a cursar un año de estudio de dibujo en la Escuela de Arte, ubicada por entonces en la plaza de la Constitución, donde se encuentra ahora el Ateneo. Allí, en la misma sala donde impartió docencia el padre de Picasso, me daba clases Don Luis, un señor mayor y entrañable del que guardo un grato recuerdo. El otro profesor era Don Mariano, un hombre pelirrojo más joven que el anterior, con el que aprendían dos vecinos de mi mismo barrio (uno de ellos, José Ruiz Blanco, llegaría a ser un excelente pintor realista). Ellos ya llevaban allí algún que otro curso, y dibujaban con increíble facilidad y suma pericia las estatuas de escayola que adornaban la sala. Yo tuve que conformarme con empezar por los moldes de las figuras geométricas, las hojas de plantas, los ramilletes de cerezas y los detalles de la cabeza: un ojo, una oreja, una nariz..., cosas que luego también haría, pero en barro, en la asignatura de modelado en San Telmo.

Dibujos a carboncillo de Pedro Delgado
Antigua Escuela de Arte de Málaga, curso 1980-1981
Fotografía: Pedro Delgado

Trabajos de modelado de Pedro Delgado
Escuela de Arte de San Telmo de Málaga, curso 1985-1986
Fotografía: Pedro Delgado

 Aquellos estudios los dejé al año siguiente para matricularme de Inglés en la Escuela de Idiomas, pues en el instituto siempre arrastraba esa asignatura, junto a las Matemáticas, de un curso para otro. Aunque al inicio empecé estudiando (aquellos famosos Do you / Would you like a cup of coffe? y Where's the Kent Road?) y aprobando los exámenes, luego, concentrado en el arreón final del bachillerato, descuidé aquel libro de inglés de tapas rojas (¿dónde andará?) y suspendí.

 Lamentablemente, no volví a mis clases de dibujo, aunque siempre mantuve la afición a través de libros, fascículos y probaturas por mi cuenta con lápices de colores, grafitos, ceras y acuarelas.

Estación de mercancías en el puerto, acuarela de Pedro Delgado (1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras las pruebas de acceso a la universidad del año 1986, me encontré con que había conseguido entrar en el INEF y en Bellas Artes, y que en cuestión de días debía decidir con qué carta quedarme. En un primer momento, mi reacción fue optar por las dos: matricularme de todas las asignaturas del INEF y de una o dos de Bellas Artes, pero eso no era posible: debías matricularte de todas las asignaturas y en clase era obligatoria la presencialidad. Yo ya era muy conocido en Málaga en el mundo del atletismo, e intuía que me resultaría más fácil encontrar un trabajo relacionado con el deporte al terminar mis estudios. Además, pensaba que aquella carrera me iba a permitir compaginar mejor los estudios con los entrenamientos. Así que, con todo el dolor de mi corazón, tuve que despedirme de mis estudios de Bellas Artes, del sueño adolescente de ser uno de esos pintores bohemios de Montmartre. Por supuesto, guardo aquella carta de admisión con cariño, sabedor de que mi vida seguramente habría sido otra muy distinta de haber tomado aquel camino.

 Estudié la carrera de Educación Física en el INEF, aprobé mis oposiciones, seguí corriendo y no volví a dibujar ni a pintar nada. Y si lo hice años más tarde, fue a través de Lucía, viendo en ella, en sus bodegones y sus cuadros de temática marroquí y en sus escenas de Nueva York, una proyección del pintor que me hubiera gustado ser.

Óleos de Lucía Rodríguez Vicario
http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/p/obra-grafica.html

 Y por qué les hablo de todo esto, se preguntarán ustedes, si voy a reseñarles un libro, un librito por sus reducidas dimensiones, que lleva por título Breviario del viejo corredor.

 Pues porque su autor, Lluís Alabern (Barcelona, 1968), se ha pasado toda la vida compaginando esas dos pasiones: dibujar y correr.

Siempre quise una vida desmesurada, bohemia, artística, hedonista. una vida comprometida con mi tiempo, con los paisajes, una vida, también, heróica.
 Empecé a correr a los trece años en las pistas universitarias de Ciudad Central. Todos los niños corren y dibujan, quieren ser exploradores, aventureros, pero en la adolescencia muchos paran. Yo no paré. Ya he cumplido los sesenta, sigo corriendo, dibujando, aún sin rumbo, motivado por la aventura, pero sin horizontes. No tengo una vida desmesurada, pero sí comprometida con los montes, campiñas, bosques, acantilados y mares.
 Mi cuerpo ha cambiado. Quiero seguir corriendo. Conozco a unos cuantos corredores ancianos, maestros de la prudencia, el esfuerzo y la gestión del dolor. Casi todos corrían cuando eran jóvenes y siguen haciéndolo a edades en las que no es fácil encontrar motivación. Ancianos de cuerpo nervudo que aman zambullirse en un río helado, pedalear por senderos y carreteras secundarias, correr casi a diario por caminos de grava, subir montañas.

 Pero ojo, como ya nos advierte LLuís Alabern en la introducción, no busquen en este libro una guía con métodos, consejos y preceptos para alcanzar meta alguna.

 [...] no habla tampoco de técnicas ni de equipamientos ni de fisioterapias.

 No. Lluís nos habla aquí del correr como identidad, como refugio, como acto sagrado, como parte de la historia. Lo que encontrará aquí el lector serán «fragmentos hilvanados, reflexiones de un viejo corredor en las que se mezcla el correr con el dibujar y la orografía con la vida».

 Puedes imaginar una línea de puntos cada vez que encuentres el verbo correr. Puedes imaginar, entonces, que escribes sobre esa línea la palabra dibujar. Puedes hacer el ejercicio inverso. Correr y dibujar han devenido, con el paso de los años, dos de mis actividades nucleares.

 Porque como yo, como tantos otros niños, Lluís empezó a dibujar casi al mismo tiempo que a correr; aunque al contrario que muchos de nosotros, él no ha dejado de dibujar. Y es por eso que en esta epístola en forma de breviario abundan las referencias al arte, y nombres como Àngel Jové, Milton Glaser, John Ruskin, Jan Fabre, Ana Mendieta, Zong Bing, Fa Kuan, Ma Yuan, Xia Gui, Félicien Rops, Ricard Opisso, Caspar David Friedrich o Rockwell Kent salpican sus páginas. Y junto a ellos, grandes naturalistas o viajeros de la talla de Thoreau, Gary Snyder, Vladímir Arséniev, Tim Ingold, Robert Macfarlane, Sylvain Tesson, Claudio Magris, Werner Herzog o Bruce Chatwin.

 Hablamos, poeta anciano, de un hombre que rompe con el orden natural que lo empuja a la pereza. Thoreau, en su tratado Caminar (1861), comenta: «A medida que el hombre envejece aumenta su disposición para la inmovilidad y las ocupaciones caseras». El corredor de caminos anciano rompe con ese postulado tan humano, vuelve al estado salvaje que lo obliga a estar siempre alerta, siempre moviéndose. Se adentra en el camino que no conoce para llegar al lugar desconocido. «Cuando quiero relajarme, busco el bosque más oscuro, o el pantano que, a ojos de mis conciudadanos, resulta más impenetrable y lúgubre. Camino por allí como por un lugar sagrado, un sanctasanctórum. «Allí está la fuerza, la médula de la naturaleza», concluye Thoreau.
 Trotar adentrándose en el bosque pone en funcionamiento los resortes de la atención. Nos conecta de nuevo con la naturaleza. Solo si dibujamos sin rumbo, solo si nos adentramos en la densa vegetación de lo desconocido, el dibujo nos llevará a un nuevo sitio. «Vivir es dejar que las cosas pasen», comentaba el artista catalán Àngel Jové hace bastantes años a propósito de una exposición en el Centre d'Art Santa Monica (La Vanguardia, 1 de febrero de 1991). Esa frase le ha venido muy bien a mi cotidianidad no pocas veces. Se ha convertido en un catalizador que cultivo. Se trata, pasados los sesenta todavía me lo recuerdo a menudo, en efecto, de dejar que las cosas pasen. Olvidar este axioma se convierte en el germen de la angustia. No hay nada que buscar. Nada hay que forzar en el camino. Se trata de permitir que las cosas pasen. Hay que observar con detalle. Condescender con la naturaleza para que sea salvaje, pues, como escribió Thoreau, solo nos renueva la presencia de la naturaleza no sometida al hombre: «La vida coincide con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje».

 Lluís Alabern comenzó a correr en competiciones escolares a los trece años, en la prueba reina del atletismo, los 1.500 metros, y lo hizo de la mano de Luis Miguel Landa, el que fuera campeón de España de maratón en el año 1973.

 A los treces años, corría en las pistas universitarias, competía. Modulaba a lo largo de 1.500 metros los límites, las fuerzas. Aprendí a correr forzando, a esprintar antes que mis compañeros de carrera, a hipertrofiar las zancadas, para ganar.
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 Mi entrenador, en el colegio de la infancia, fue el atleta Luis Miguel Landa. Un hombre serio que me instó a correr medias distancias y me enseñó a gestionar el dolor y a aprovechar el extraño recurso, para un niño de trece años, del esprint para ganar. Salvo en aquellas competiciones de atletismo escolar, nunca más he vuelto a utilizar el esprint para ganar. Aprendí que, cuando parece que ya no quedan fuerzas, el cuerpo, inyectado de adrenalina, encuentra potencias inesperadas. Me prohibió fumar y fue el primero que señaló el correr como algo natural, algo intrínseco a la actividad humana.

Lluís Alabern con catorce años, cuando quería arañar segundos al crono
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern (Polaroid de 1982)

 Aquel mundillo quedó atrás, pero Lluís siempre siguió corriendo, trotando por los alrededores de su hogar o por los lugares a los que viajaba. También por el Montseny o la Costa Brava cuando descubrió el placer de correr por la naturaleza. En el año 2012, lejos de la forma y del tipo que tenía cuando corría de adolescente en las pistas universitarias de la Ciudad Central, quiso poner a prueba sus límites y se inscribió en algunas carreras de montaña, participando, entre otras competiciones, en varias ediciones de la Trail Sant Esteve y de la Marató del Montseny.

Lluís Alabern con M. (Marató del Montseny 2012)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

Lluís Alabern en la Trail Sant Esteve 2013
Fotografía: Carmen de Tena

Lluís Alabern en su última competición (Marató del Montseny 2015)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 Sin embargo, después de su última maratón alpina, la edición de 2015 del Montseny, Lluís Alabern decidió dejar de competir.

 Ahora corre por correr. Sigue haciéndolo por la naturaleza, pero lo hace sin dorsales, sin cronómetros ni entrenamientos. Corre despacio, cada vez más despacio, «como un topógrafo que utilizara sus pies para acotar los montes». A veces duda de por qué lo hace, si por el disfrute del paisaje, porque cuando corre todo es instante y sólo hay el aquí y el ahora, o por vaya usted a saber.

No sé por qué corremos y dibujamos. Poco importa a estas alturas. Sé que seguiremos haciéndolo, y eso me basta.

 Si sus carreras alpinas me traen a la mente mi participación en la maratón del Aneto*, sus dudas me recuerdan la entrada que escribí en mi blog al respecto: ¿Por qué seguimos corriendo?**

Pedro Delgado Fernández
Mini Maratón Peña el Bastón, 28 de marzo de 1981

**https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/05/por-que-seguimos-corriendo_26.html

Pedro Delgado en la cumbre del Aneto
Nike Aneto X - Treme Marathon 1999

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/de-ultra-trails-maratones-alpinas-y.html

 Lluís Alabern nos habla de muchos cosas en su breviario. Entre ellas, de la disposición innata del hombre para correr largas distancias, herencia de nuestros ancestros cazadores; de escuchar a nuestro cuerpo y no sobrepasarnos; del anciano corredor Pep de les Aigües, anarquista y pacifista; del campeón del mundo de ultramaratón (a los cincuenta y ocho años) Marco Olmo; de Murakami y Christopher McDougall; de la leyenda de la bella Pirene y la creación de los Pirineos; del camino de Ronda de la Costa Brava; de la momia Ötzi, «el hombre de los hielos», que hallaron unos alpinistas en los Alpes suizos; y, poniéndonos un nudo en la garganta, de José, su abuelo de los veranos montañeses.

En la posguerra, el que vivía en la montaña era sospechoso. Topo, maqui, contrabandista, brujo, lobo, cuélebre, terrorista. Todo eso es el montañés. Pesa en Asturias la revuelta del 34. No la olvidan los Nacionales. Hay que expurgar cerros, andanadas, cada cueva, los bosques y sus musgos. Se persigue a todos. Primero se sacude y luego se pregunta, y, como alguien rechiste, se le descerraja un tiro en el rostro y se le quema la casa. Atan a José al parachoques del Land Rover y lo arrastran varios kilómetros por los pedregales que unen los pastos superiores con el pueblo. Se lo llevan a una celda y lo hostian hasta aplastarle el carácter tosco que tiene. José no es nadie, se han equivocado, no esconde nada, lleva un jornal a su familia, solo es un minero curtido que camina muchos kilómetros todos los días para cuidar los rebaños de los pastos superiores cuando sale de la mina. José jamás perdonará. No podrá perdonar nunca a nadie con uniforme.

Mi gato Tom, acuarela de Lluís Alabern
https://performanceconpdeperdedor.blogspot.com/2012/03/tom-nuestro-gato

 Lluís Alabern trabajaba en los años ochenta como delineante mientras estudiaba arquitectura. Más tarde estudió arte, y al acabar la carrera comenzó a trabajar como técnico en varios museos. Actualmente es jefe de Museografía del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

Lluís Alabern (Barcelona, 1968)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern, 2013

 Y como ven en la fotografía, le gusta el arte de la performance.

«¿Hay algo más bello que saber que nadie puede poseerte? Por eso el arte de la performance es un medio tan importante. Pone en cuestión la esencia del arte. Y conforma al artista con sus propios límites físicos y mentales», escribe el artista y dramaturgo Jan Fabre en sus diarios. Correr, viejo corredor, es una forma de ser libre. Cuántas veces habré roto las cadenas de la cotidianidad calzándome unas zapatillas y saliendo a los montes.
 Cuando estudiaba en la Facultad de Arte, me preguntaba a menudo, cómo hacer arte sin apenas arte, un arte vacío, limpio y preciso, directo, libre, un arte transparente para un mundo lleno de ruido. Corría y dibujaba por aquel entonces, pero no era consciente de que ahí, justo ahí, se encontraba todo el arte del que yo era capaz. Buscaba un arte de actitud, un arte donde verter ideas más allá de las formas. Tardé años en descubrir los vacíos del correr en los grandes espacios en blanco del papel, un lugar en el que ser, un espacio de libertad. Corredor anciano, más allá de los sesenta años, eso es todo a lo que aspiro: al silencio del trote, a los espacios en blanco.

Moleskine de Lluís Alabern, 2009 (con Christiaan Barnard)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 «A quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física», dice Murakami. A esos corredores viejos, va dedicado este libro.

 Un día llegará en el que los pies no puedan correr. Un día, muy lejano, confío, quizás las manos ya no sirvan para dibujar. Viejo trota caminos, no desfallezcas. Correr y dibujar son actividades mentales. Mientras queden sentidos con los que sentir, mientras huelas el humus de los bosques, recuerdes las curvas de nivel, sientas el viento azotar el rostro, puedas rememorar el rumor del lápiz sobre la fibra de papel, la poesía será posible.
***
 Ahora sé, anciano corredor, que dibujo montañas por la añoranza que sentiré el día que no pueda correr por ellas.

 Correr, como viajar, tiene que ver con la muerte. «Sólo la muerte frena el trote. Pero ahí donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes».

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado 

Nota: Les invito a visitar mi otro blog, Carta desde el Toubkal, para conocer otros aspectos de este ensayo, en un artículo que lleva por título Viajar tiene que ver con la muerte.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/11/viajar-tiene-que-ver-con-la-muerte.html