¡Pista!, ¡Calle! o ¡Calle 1! es lo que se grita al corredor que ocupa dicha calle de la pista, cuando hace series a un ritmo menor que otro que viene por detrás, con la intención de que se aparte.
Calle 1 es también un blog sobre atletismo, una remembranza de aquellos tiempos en los que uno podía gritar esa especie de contraseña. Un blog en el que relacionar el atletismo con la literatura, el cine, el arte y los viajes; en definitiva, con todo aquello que nos hace más agradable la vida.
Deporte + Literatura= Literatura deportiva Fotografía: Pedro Delgado
Si los Reyes no acertaron con sus regalos o simplemente tuvo mala suerte y le trajeron el premio Planeta de Juan del Val o ese ensayo sobre la supraconciencia que le garantiza que la vida existe después de la muerte. Si usted pensó en tirárselo a la cabeza al rey correspondiente, o en encestarlo en una canasta, no se preocupe, ahora está a tiempo de devolverlo a la librería y escoger otro de su gusto.
Para los más viajeros y aventureros de la casa ya hice mi recomendación en mi otro blog*, pero para los que frecuentan este, y les gusta la literatura deportiva, les voy a recomendar una serie de títulos en los que el deporte tiene todo o algo de protagonismo.
Para los amantes de la literatura deportiva en general:
Para los amantes del atletismo:
Para los amantesdel tenis o de los deportes de raqueta:
Para los amantes del boxeo:
Para los amantes del fútbol:
Para los amantes de la natación:
Para los amantes del ciclismo:
El listón ya ha subido un año más. Y tal como están las cosas, sólo me atrevo a desear que sobrepasemos la nueva altura.
Desde Calle 1 les deseo salud para este 2026 que recién empezó.
El Peñón del Cuervo en Desprendimiento de rutina, de Pablo Aranda Fotografía: Lucía Rodríguez
Desprendimiento de rutina es una novela de Pablo Aranda, con la que obtuvo el Premio Diario Sur de Novela Corta en el año 2003, y sus páginas, divertidísimas, vienen cargadas del humor fino, irónico e inteligente de Pablo.
La novela es una comedia de enredo con situaciones disparatadas, y a la vez una parodia de la novela de detectives. En este caso el detective se llama Isidro, aunque el protagonista de la obra es Luis, un tipo pasota y caradura que acabará por caernos simpático.
Luis no practica ningún deporte, de ahí que esté fondón, pero como verán leyendo estas líneas, a Isidro le gusta la natación.
En una esquina de la mesa descubrió unas gafas de natación que Isidro, el detective, apartó. Luis pensó que un detective tiene que cuidar su forma, y el detalle de las gafas le satisfizo.
***
Isidro, temblando, dejó su coche en los aparcamientos del hospital civil y caminó hasta su casa. Al llegar a la altura del bar de Luis dudó y entró.
–Hombre, Isidro. Pero qué cara traes, parece que vienes de un entierro.
–Ponme una tila. ¿Te has encontrado un paraguas esta mañana?
–¿Uno de señoras, pequeño y de flores?
–Sí.
–Pues se lo ha llevado un policía.
–¿Un policía?
–Sí, un policía local, tú lo tienes que conocer: desayuna siempre aquí, uno que viene sin afeitar y con un chicle en la boca. Me han dicho que el paraguas era suyo.
–Era mío.
–Eso ya lo arreglas tú con él. Yo no quiero follones con la autoridad competente, que después empiezan a pedirme licencias y permisos.
–Pero era mío.
–Tú lo has dicho: era. Aquí tienes tu tila.
Más tranquilo, fue hasta su casa. Le preguntó al portero si había ido alguien a buscarle o si había visto a alguna persona sospechosa merodeando por el portal.
–Negativo –respondió el portero–, pero yo no quiero líos por aquí. Mira que en cuanto vea algo raro llamo a la policía. La gente sospechosa para los periódicos o el cine. Yo no quiero líos.
En su casa, buscó la bolsa de deportes y las gafas de nadar. Necesitaba desahogarse de alguna manera, pensó que nadar una hora a tope le sentaría bien. Sacó de la bolsa de deportes el bañador de competición y se lo acercó a la cara, estaba húmedo, igual que la toalla. Las gafas estaban en el despacho. Al ir a cogerlas se topó con la foto del restaurante.
–Así que te llamas Marta –le habló a la fotografía.
El rostro de Marta le evocó lo sucedido esa mañana y le conectó con su miedo. Hizo una llamada a la Guardia Civil de Tráfico y se enteró del lugar exacto donde había sido atropellado el directivo de Cutresa. Antes de nadar se pasaría por allí. Tenía una corazonada.
Les invito a leer mi reseña de Desprendimiento de rutina clicando en el siguiente enlace:
La Feria del Libro de Madrid le hace un guiño al deporte Fotografía: Pedro Delgado
Desde la capital me llega el eco de la Feria del Libro de Madrid. El rumor se cuela todos los días en el salón de casa a través de la televisión, con esos minutos que le brinda el telediario al evento, dedicado este año de Eurocopa y Juegos Olímpicos a la relación de la literatura con el deporte. El cartel de Mikel Casal encarna a la perfección el lema de este año: «Entrena tu mente, lee tu cuerpo».
Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2024 "Entrena tu mente, lee tu cuerpo" Autor: Mikel Casal
Y como en este blog la literatura deportiva juega un papel muy importante, quiero anotarles aquí 15 libros para buscar en la Feria del Libro antes de que esta eche el cierre este domingo.
El gusto del cloro, de Bastien Vivés (Diábolo Ediciones) Fotografía: Lucía Rodríguez
La novela gráfica de Bastien Vivés (París, 1984) llegó a mis manos por la recomendación y el préstamo de mi amiga Carmen Guerra. A su vez, yo le dejé Bocetos de natación, de Leanne Shapton, pues Carmen fue nadadora en su juventud y no se ha desprendido del hábito de nadar.
El gusto del cloro (Diábolo Ediciones) también empieza con una recomendación, la que le hace su fisioterapeuta al joven protagonista, aquejado de contracturas en la espalda (mi Talón de Aquiles cuando corría). Nada mejor que la natación para relajar y fortalecer al mismo tiempo los músculos de la espalda. La insistencia de ese fisio porque vaya a nadar, terminará por romper la reticencia o la pereza del joven, del que, dado el minimalismo de Bastien Vivés, no llegaremos a saber ni el nombre.
No hace falta ser un nadador consumado para sumergirse en El gusto del cloro, aunque sin duda apreciarán mejor la historia los asiduos a las piscinas. Para mí, que anduve unos meses nadando en la cubierta de la UMA, fue como volver a ese tiempo pasado: el ticket; el vestuario con la taquilla; la ducha de antes y la de después; las calles de nado libre, a veces libres de verdad y otras con varios nadadores con los que era imposible no tropezar (esos «perdona» al chocar con alguien); y los largos de ida y vuelta (los intentos por no desfallecer al principio y los evidentes progresos con el paso de las semanas). No sé el gusto, pero el olor a cloro sí que lo he sentido.
¿Qué nos cuenta esta novela gráfica? Pues la típica historia de chico conoce a chica, pero bajo el prisma de Vivés. En ese menos es más, característico del autor francés, la narrativa se desarrolla prácticamente en un único escenario (la piscina cubierta, apenas tres o cuatro páginas en la consulta del fisio), con pocos personajes y escasos diálogos. Y aún así, o quizá por ello, uno también termina, como el joven introvertido, enamorándose de esa chica espigada con bañador y gorro de baño de la marca Arena.
Página 26 de El gusto del cloro, de Bastien Vivés Diábolo Ediciones
Página a página, viñeta a viñeta y de miércoles a miércoles, veremos cómo se va estableciendo una relación entre ellos, mientras, de paso, le vamos cogiendo de nuevo el gusto a la natación.
Página 52 de El gusto del Cloro, de Bastien Vivés Diábolo Ediciones
Y todo ello aderezado con esas pinceladas filosóficas a las que son tan dados el cine y la literatura francesa.
–¿Por qué no has seguido con la natación?
–No era lo mío.
–Entonces, ¿qué crees que es lo tuyo?
–No sé.
–¿Y tú?
–Eh... No sé si estamos hechos para algo en concreto.
–¿Eso crees?
–¿Te has preguntado alguna vez por qué cosas estás dispuesta a morir o cuáles no abandonarías nunca?
–...
–Dime...
–Estoy pensando...
–Dime.
–Creo que hay cosas que no abandonaría, pero no estaría dispuesta a morir por ellas.
–¿Cómo qué?
–Todavía no sé.
Tras varios años agotado, Diábolo Ediciones ha vuelto a reeditar este cómic en la que ya es su cuarta edición. ¿Qué tal si lo leen, cogen el bañador, el gorro y las gafas de natación del armario y se dan un chapuzón? El agua sobre la piel no estará salada como la del mar, pero les aseguro que no le harán ascos al cloro. Y quién sabe, igual ustedes también encuentran allí el amor.
Página 92 de El gusto del cloro, de Bastien Vivés Diábolo Ediciones
El nadador como héroe, de Charles Sprawson (Ediciones Siruela) Fotografía: Pedro Delgado
El día de la travesía a nado del Faro de Torrox, viendo el cielo encapotado y la amenaza de que el mar se picase, pensé en la dimensión homérica que tiene la natación y en El nadador como héroe, el erudito ensayo de Charles Sprawson (Karachi, 1941-2020) sobre el arte de nadar.
Las semillas de aquel libro las sembraron los cuatro años que el autor trabajó impartiendo clases de cultura clásica en una universidad árabe.
Había solicitado el puesto tras toparme con un anuncio escrito en latín en la columna de anuncios por palabras del diario The Times, cuando trabajaba como guarda en una antigua piscina pública, de la época victoriana, en Paddington, tan deprimente y tan sucia que nadie la visitaba. En Arabia, al igual que en la piscina de Paddington, leer era la única diversión, de modo que durante aquellas largas tardes, mientras la ciudad al completo dormía, yo devoraba libro tras libro entre las sombras del patio de nuestra casa de adobe, en el barrio árabe, y luego una vez más, bien entrada la noche, bajo las estrellas que se extendían sobre nuestro techo almenado. Como no había otra cosa que hacer, tomaba abundantes notas acerca de todo cuanto leía. El calor, la atmósfera reseca y la ausencia de piscinas me volvieron dolorosamente sensible al más ligero indicio de agua, a cualquier efímera referencia a la natación. Repasando ahora esas notas raídas veo que en la página 180 de Fiesta, de Hemingway, un personaje «nadó con los ojos abiertos y todo era verde y oscuro», que el Babbitt de Sinclair Lewis era «uno de los mejores nadadores de la clase», y cuando se dio un chapuzón, «las sombras de las burbujas de aire que se le aferraban al vello se reproducían como un extraño musgo de la jungla». Todavía recuerdo el hipnótico efecto de los versos de Coleridge que describían un estanque de piedra bajo una catarata, donde el agua se reagrupaba continuamente en su «obstinada resurrección» para adoptar la forma de una rosa. En el extraño y antinatural clima que yo habitaba, detalles semejantes se me antojaban extraordinariamente significativos. Dedicaba párrafos enteros a la importancia de las fuentes en Nathaniel Hawthorne, a la variable profundidad del mar en Melville, a la pesca de Thoreau en el lago Walden, al tiburón en la literatura americana. Novelas y poemas parecían girar en torno al agua y la natación, de una forma bastante desproporcionada respecto a las intenciones del autor. Puedo simpatizar ahora, al confesar la demencial irrelevancia de esas notas, con cierto cronista del siglo XIX de los primeros años de la natación, que dedicó toda su vida a historiar tal asunto y que en sus viajes por Inglaterra y Francia a la caza de libros se sentía sempiternamente «avergonzado al preguntar a libreros, con harta vacilación, si tenían algún libro sobre la natación».
Viendo a los nadadores dispuestos en la línea de salida, pensé en el entrenamiento que había detrás, en esas largas horas sumergidos en solitario en un estado de introspección que requiere de una particular psicología y de una extrema «sensibilidad al agua», la misma sensibilidad que muestra Charles Sprawson en las páginas de su ensayo, traducido por Lorenzo Luengo para Ediciones Siruela.
El nadador, buceador y escritor Charles Sprawson (1941-2020) Fotografía: The Guardian
Cuando dieron la salida por el megáfono, todos corrieron a zambullirse en pos de la primera boya. Cuenta Sprawson en su libro que en el siglo XIX se consideraba a los ingleses los mejores nadadores del mundo, «en una época en que la pasión por los deportes atléticos y los juegos se convirtió en su rasgo distintivo, y les hizo objeto de la fascinación del resto de Europa».
Incluso a los suizos nos han enseñado a escalar nuestras propias montañas –observa Jung– y a convertir tal cosa en un deporte.
Era cuando se tenía a Londres por la capital de la natación mundial. Sin embargo, en la prueba de Torrox apenas participan 4 británicos, probablemente turistas o veraneantes más que atletas que han viajado hasta aquí ex profeso. Me pregunto si alguno de ellos sabrá quién fue el capitán Matthew Webb –ahogado en los remolinos que se forman en los rápidos inferiores de las cataratas del Niágara– o Annette Kellermann –la primera mujer en cruzar a nado el canal de la Mancha–, las figuras alrededor de las cuales gira la historia de la natación, pues «como resultado de su ejemplo la natación se convirtió en una moda popular por toda Europa y América».
Los nadadores rompen la superficie del agua y, tras un crescendo de espuma, se desplazan a crol, un estilo inspirado en los nativos del Orinoco y de los mares del Sur que se impuso hacia finales del siglo XIX. Algunos, conforme avanza la prueba, y debido al cansancio, alternan el crol con la braza.
Durante años los nadadores habían adoptado como modelo de estilo los movimientos de la rana, que habían desplazado a los del perro, su inspiración hasta la época isabelina.
¿Por qué no estoy yo entre esos esforzados nadadores? Pues seguramente porque para mí los baños en el mar están más relacionados con la salud que con la actividad física. Mi madre tenía muy claro que una quincena de baños diarios en la playa eran el mejor antídoto para los resfriados del invierno. Además de que mejoraban el apetito, la piel, el pelo, él ánimo y cualquier otra cosa que se terciase. De ahí que el cuidado de la salud, convertido en algo hedonista, imperase frente al reto de nadar hasta la boya y lo agónico de la competición en el mar. Aunque a veces nadaba mar adentro con mi hermano mayor para traer a la orilla los pulpos que el marido de una sobrina de mi madre cogía del fondo pedregoso del mar (aún recuerdo cómo me apretaban el brazo y las marcas que dejaban las ventosas), a lo único que me enfrentaba con mis hermanos era a las olas. Tan divertido era saltarlas como dejarnos revolcar por ellas. Otra cosa distinta era la piscina, ahí sí recuerdo retarnos de niño a ver quién cubría más rápido el largo o el ancho de la piscina, quién cogía más monedas del fondo o quién era capaz de bucearla entera sin sacar la cabeza del agua. Después, de adolescente, llegó el atletismo, y le llevé la contraria a Aristófanes, quien «se lamentaba de que los jóvenes estuvieran abandonando las pistas de atletismo para llenar las piscinas». Para competir tenía las carreras, y con eso me bastaba y sobraba.
Los nadadores que se han atrevido a participar en esta travesía nadan un kilómetro y medio en dirección a Málaga, dejando atrás el faro de Torrox y los restos arqueológicos de unas termas romanas. Ese emplazamiento seguramente habría sido del agrado de Sprawson, que dedica el segundo capítulo del libro a la civilización griega y romana. Si la primera parecía girar alrededor del agua, la segunda heredó de los griegos su pasión por el agua.
«Los romanos lo llamaban acqua felice», musita una niña en una de las películas de Fellini, mientras escucha el murmullo del agua en una gruta pagana, y en otro filme una reencarnación de Afrodita o de Venus alarga el brazo para acariciar las antiguas aguas del acueducto de Virgo que se vierten desde la Fontana di Trevi.
Tras la caída de Roma, declinó progresivamente el atractivo del agua.
Con la llegada del cristianismo, Occidente comenzó a perder interés en el mar y en la tradición que se había extendido progresivamente desde Grecia y el Egeo. Por toda la costa del Mediterráneo, las villas que tiempo atrás habían puesto su mirada en el mar comenzaron a volcar sus energías tierra adentro. El labrador de Brueghel ignoraba al Ícaro a punto de ahogarse. Lo que había sido una civilización marítima pasó a cultivar la tierra, y el islam se apoderó del Mediterráneo. De los cuatrocientos baños de vapor construidos por los árabes entre las fuentes de Granada solo uno sobrevivió tras los primeros cien años de la cristiandad.
El choque entre la Iglesia cristiana y la natación no tardó en llegar: (...) El nado, como el placer sexual, llegó a estar de alguna forma asociado al diablo, y casi fue suprimido durante el dominio de la cristiandad en Europa. No fue hasta comienzos del siglo XIX cuando volvió a ser popular.
Por el capítulo 3 aparecen antiguos estudiantes de Eton, etonianos ilustres como el poeta y crítico literario Algernon Charles Swinburne o el escritor y poeta romántico Percy Bysshe Shelley, –marido de la autora de Frankenstein, Mary Shelley–, quien murió ahogado en las costas del mar Tirreno en Italia. Charles Sprawson nos habla en esas páginas de los «vínculos entre la natación y la literatura clásica, la sociedad civilizada, la inocencia y la amistad» en el colegio de Eton.
La natación, de hecho, llegó a estar tan organizada que se publicó un libro, El arte de nadar al estilo Eton, escrito por el entrenador de natación de la escuela, el sargento Leahy, ex-campeón del mar Rojo. El estilo Eton era una brazada particularmente elegante (...)
Por allí también aparece el gran escalador Geoffrey Winthrop Young, profesor en Eton, quien justo antes de la Primera Guerra Mundial pasó unas vacaciones cabalgando por Asia Menor.
Geoffrey Winthrop Young, escalador y escritor, en 1898
En la guerra perdería una pierna, y su hermano, que había sido un formidable saltador, un brazo. (...) El tour de Geoffrey tenía como finalidad visitar los grandes ríos de Homero. En las cercanías de Troya estuvo a punto de pisar la triste corriente del Simois sin siquiera reparar en ello: «Pero entonces detuve en seco a mi rucio y conseguí que metiera sus cuatro patas a la vez en el agua, y nos detuvimos allí por puro respeto».
Al inmortal poeta romántico y aventurero Lord Byron, cuyo nombre ya ha aparecido en los capítulos previos, le reserva Charles Spawson el cuarto capítulo, que lleva por título La tradición byroniana y que abre con esta cita de Byron al cruzar a nado el Helesponto: «Me vanaglorio de esta hazaña más de lo que me fuera posible hacerlo de gloria alguna, política, poética o retórica». «Allí donde Byron nadaba, el lugar se convertía poco menos que en un enclave sagrado».
Lord Byron vestido a la usanza típica albanesa Óleo de Thomas Phillips, 1835 National Portrait Gallery, Londes
Escribo este capítulo entre las sombras de una taberna con techo de rota, cubierto de buganvillas, junto a una piscina azul situada en lo alto de un acantilado que asoma a las olas del Egeo, un lugar inmejorable para describir a Byron. Si Shelley era el más patético de los nadadores, a Byron se le suele contar entre los mejores de su época. En un lugar de la costa del golfo de La Spezia, donde Shelley se ahogó, se alza un zócalo dedicado a «Lord Byron, Famoso Nadador Inglés y Poeta». Su paso del Helesponto impresionó de tal manera a un médico de Bolonia que insistió en probar las fuerzas físicas de resistencia del «celebrado genio acuático». Era una de las cualidades que le convirtieron en una leyenda en Europa, y que le permitieron distanciarse de esa sociedad literaria a la que tanto despreciaba, aquellos que se limitaban a ser «solamente autores», «los ingenios de postín que nunca llegarán a caballeros: ahí se quedan con su diario "el té está servido", su acogedor circulito y sus eruditas damiselas».
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Al ser cojo, nadar le brindaba algunos de los más jubilosos momentos de su vida, aunque nunca se quitaba los pantalones para así ocultar su deformidad. Únicamente cuando nadaba podía experimentar una completa libertad de movimientos, un principio al que había consagrado su vida. Tenía contraído el tendón de Aquiles, lo que le obligaba a caminar de puntillas, produciendo una manera de andar entre amanerada y afectada.
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Nadar es una de esas «actividades que uno siente en lo más profundo» cuyo principal atractivo era la «agitación inseparable de sus logros», y que, como el juego y el viaje, satisfacía el «devorador vacío» que Byron sentía tan a menudo.
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La más célebre de sus hazañas venecianas fue la competición de nado a la que le desafió el caballero Angelo Mengaldo, un hombre de similar temple romántico y egotístico que, durante la retirada de Napoleón en Moscú, había cruzado a nado los ríos Danubio y Berézina bajo fuego ruso. Se les unió quien para Byron era uno de sus más íntimos amigos de correrías, Alexander Scott. La carrera comenzó en el Lido y los tres nadaron hacia Venecia. En la entrada del Gran Canal, Scott y Byron marchaban muy por delante de Mengaldo, y esa fue la última vez que le vieron. Mengaldo se subió a una góndola cuando había recorrido la mitad de la laguna. Lo habían dejado «reducido a burbujas», en palabras de Byron. Los ingleses continuaron la carrera. Scott se retiró tras el puente de Rialto, mientras que Byron siguió todo el recorrido hasta el Gran Canal, para terminar en las escalinatas de su palacio, habiendo nadado a lo largo de tres horas y cuarenta y cinco minutos. Los venecianos lo apodaron «el pez inglés».
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Byron había cruzado el Helesponto junto a un tal míster Ekenhead el 3 de mayo de 1810. El estrecho tiene poco más de kilómetro y medio de anchura, pero la corriente lo hace tan arduo que el propio Byron dudaba si «los poderes conyugales de Leandro no se habrían visto extenuados en su pasaje al paraíso: probé a intentarlo la semana pasada, y fracasé debido al viento del norte y a la maravillosa rapidez de la corriente, aunque desde niño he sido un nadador enérgico, pero esta mañana, al encontrarse el agua más en calma, tuve éxito y crucé el "ancho Helesponto" en una hora y diez minutos».
El mito de Hero y Leandro, óleo de William Etty The Art Book Phaidon Press
Otro que compartía con Byron la fascinación por el mar y las olas era el escritor, poeta y dramaturgo Alexander Pushkin, que en medio del invierno ruso se levantaba temprano para bajar al río, romper el hielo y zambullirse en aquellas aguas heladas.
Un incidente en el Dniéper, cuando Pushkin observaba a dos prisioneros encadenados entre sí, nadando a través del río para conseguir la libertad, fue la inspiración para su poema Hermanos ladrones, y le hizo imitar su acción y cruzar por su cuenta el río. Acabó sacudido por la fiebre «en la casucha de un judío, delirando, sin un médico a mano y con una jarra de limonada como único remedio».
Es tal la exhibición cultural de Sprawson, la retahíla de mitos, nombres –Horacio, Alma-Tadema, Henry Scott Tuke, Paul Valéry, Flaubert, George Borrow, Coleridge, Kingsley, Denton Welch, Frederick Rolfe "Barón Corbo", Rupert Brooke, Trelawny, Hart Crane, Saki, Fitzgerald, Ernest Raymond, André Gide, David Hockney y un larguísimo etcétera– y citas, que uno se ve abrumado en la lectura. Es cierto que uno no deja de aprender cosas interesantes, como que «la pasión que Edgar Allan Poe sentía por Byron le llevó incluso a plantearse tomar un barco rumbo a Europa para luchar por la independencia griega», pero a veces uno echa de menos más vivencias personales del propio autor, como las que nos cuenta cuando él mismo imitó a Byron en el cruce del Helesponto, cuando intentó cruzar el estuario del Tajo en Lisboa o cuando se bañó en las piscinas romanas de Gafsa, al borde del Sáhara.
Hace cuatro años volé a Turquía para cruzar el Helesponto. Lo dejé para muy tarde. No quedaban ni dos días para que acabasen nuestras vacaciones, cuando tomamos la curva del camino que partía de Troya, y allí estaba, ante nosotros, a la luz de la tarde, como un gran lago italiano, con las colinas de Galípoli al norte y un estrecho afluente que lo comunicaba con el mar. Los perpetuos cielos azules se hallaban, por primera vez, veteados de nubes. Un viento crudo rizaba la superficie, y la corriente, que siempre es intensa, obligaba ahora al agua a pasar con fuerza por el estrecho. Muy pocas horas después, desesperado porque se agotaba el tiempo, caminé sobre los guijarros y me metí en el agua en el punto más estrecho del canal, donde el ferri abandona la península de Galípoli para regresar a Çanakkale. Enseguida me di cuenta de mi error.
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A mi regreso a Inglaterra me decepcionó leer que, para Byron, cruzar el estuario del Tajo en Lisboa había supuesto una aventura mucho más peligrosa, de modo que el verano siguiente me sentí en la obligación de reservar nuestras vacaciones en Portugal. A Byron le desconcertó su poderosa corriente y contracorriente, el fresco soplo del viento, y aunque la distancia es más o menos la misma que la del Helesponto, tardó en hacer el paso casi el doble de tiempo. Allí las condiciones pueden ser muy traicioneras. (...) La primera noche que pasamos allí nos robaron nuestros pasaportes junto con muchas otras cosas, así que cuando informé de nuestras pérdidas en la embajada británica pregunté al agregado naval por las condiciones. Me advirtió que por varios motivos era mejor no nadar, y me aconsejó visitar el instituto marino para estudiar las direcciones de las distintas corrientes. Decidí no hacerlo porque aquello me estaba acobardando por momentos. Si actuaba de manera demasiado racional y ahondaba más de la cuenta en las complejidades de las corrientes, nunca llevaría a cabo mi intento. Sin duda, en el caso de Byron debió de tratarse de un gesto instintivo, impulsivo. Tomé, no obstante, la decisión de nadar aprovechando la marea entrante, pues prefería ser arrastrado corriente arriba que, en la dirección opuesta, hacia el Atlántico, y estudié las horas de las mareas en el periódico local.
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Poco después, un árabe asomó, deslizándose desde un agujero que había bajo el agua. Me llevó por esas partes de las piscinas en donde emergían las fuentes y buceé con él para tocar los lugares en los que unas pequeñas nubes de arena suelta temblaban y flotaban sobre las aberturas. El árabe actuaba como si fuera el guardián de la piscina, un sacerdote de Nemi resuelto a proteger su bosquecillo sagrado de cualquier desafío extranjero. Esbelto y sinuoso, me propuso una carrera, luego se afanó en una serie de saltos desde diferentes alturas del pretil que yo, supuestamente, debía hacer tras él. Eso hice, hasta que señaló lo alto de las palmeras que oscilaban muy por encima del agua. El árabe ejecutó un salto del ángel con la elegancia de aquel pobre egipcio que perdió la cabeza en las islas Salomón, y lo único que pude hacer fue mirarlo desde abajo. Yo había saltado a menudo, cuando estuve aislado en Oriente medio, desde lo alto de un acantilado a un estanque circular, transparente, sin fondo, como una reacción romántica a la aridez de la vida en el desierto, carente entonces de las Bathshebas y Susanas que en el pasado se habían dejado ver en las verdosas aguas de sus baños de mármol. Pero aquí, en Gafsa, el hombre aquel saltaba a apenas un metro de profundidad, y a mí me faltaba valor para seguirle.
Charles Sprawson dedica otros capítulos al Romanticismo alemán –entre otras cosas, el arte del salto, las filmaciones de Leni Riefenstahl, las experiencias natatorias de Goethe y la figura del nadador en las novelas de Thomas Mann–, el sueño americano –el amor de los indios americanos por el nado, cómo estos inspiraron a Johnny Weissmuller, lo que simboliza El abrevadero de Thomas Eakins, los baños de Walt Whitman y Jack London, las estrellas de la natación que triunfaron en Hollywood, una disertación sobre el relato El nadador de John Cheever o el nadador como símbolo de evasión en la imaginación sureña: las novelas de Mark Twain, Tennessee Williams, James Leo Herlihy, Walker Percy, Fitzgerald o James Dickey– y la década japonesa –¿Cómo aparecieron de la nada los japoneses para ganar cinco de las seis pruebas en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932?, las llamadas ama que saltaban al mar en busca de mariscos y algas comestibles, la incorporación de la natación al código samurai, de cómo la victoria de Masaru Furukawa en los 200 metros estilo braza de los Juegos de Melbourne 1956 obligó a un cambio en el reglamento o el papel que tuvo la natación en las vidas de Yukio Mishima y Akira Kurosawa–.
La tradición de la natación de competición tuvo su origen en Japón muchos siglos antes que en cualquier otra parte del mundo. Las grandes competiciones tuvieron lugar en el 36 a. C., durante el reinado del emperador Sugiu, en el mismo siglo en que se originó el arte de la lucha sumo. Las primeras carreras en Europa se realizaron en 1837, en Inglaterra. Los japoneses organizaron a nivel nacional la natación mucho antes que los ingleses. Un edicto imperial de 1603 obligaba a que la natación fuera parte integrante del currículum escolar (...).
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Pescadoras japonesas ama fotografiadas por Fosco Maraini (1954) L'incanto delle Donne del Mar (Museo delle Culture Lugano) Fotografía: Fosco Maraini
Nadar nunca fue en modo alguno una actividad exclusivamente masculina. Durante dos mil años, las llamadas ama, mujeres del mar enormemente reverenciadas, han saltado a las aguas en busca de mariscos y algas comestibles. Recluidas, en su mayoría, en las costas occidentales y orientales de la isla de Honshu, la más grande del archipiélago japonés, las ama comienzan a nadar a los diez años –se sabe que algunas han continuado haciéndolo hasta los ochenta–, y se sumergen durante un periodo máximo de tres minutos a veinte metros de profundidad. Las saltadoras más jóvenes, las kachido, o «caminantes», pescan frente a la costa, pero las mayores y más experimentadas, las funado, o «navegantes», saltan mar adentro desde botes anclados.
Llegados a estas alturas, sólo me queda decirles: lean, desvistanse y corran a bañarse.
T. E. Lawrence como cadete en la playa de Newporth, cerca de Falmouth Óleo de Henry Scott Tuke. Fotografía: Bridgeman Art Library
Su retrato de un T. E. Lawrence adolescente cambiándose para nadar en la playa estuvo colgado en el salón de música de Clouds Hill durante los últimos años de la vida de Lawrence, en las fechas en que tomaba cada tarde su motocicleta para acudir a Southampton y probar su resistencia nadando aplicadamente en la piscina pública.
Y disculpen, pues con tanto libro olvidé seguir hablándoles de la Travesía. Lo mejor será que vean el magnífico vídeo que ha realizado Lucía Rodríguez sobre la prueba. Una competición que, recordemos, es solidaria, y en la que se recaudaron 2.000 euros a beneficio de Amigos de Anzaldo, un dinero que irá a programas de desarrollo relacionados con el agua en dicha población boliviana.
Nota: Esta entrada está dedicada a Carlos Moreno y a todos los que hacen posible esta prueba.
Bocetos de natación, de Leanne Shapton (Blatt & Ríos, 2022) Fotografía: Lucía Rodríguez
"No mees en nuestra piscina, nosotros no nadamos en tu baño".
Hace unos años recurrí a la natación para superar unos problemas de espalda, y volví a reconciliarme con esta disciplina. Me había peleado con ella en el INEF de Granada, cuando estudiaba para convertirme en el profesor de Ed. Física que hoy soy. Por aquel entonces, estaba preseleccionado para los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 en la prueba de los 3.000 metros obstáculos, y muchos días tenía doble sesión de entrenamiento. En el horario figuraba la natación a primera hora de la mañana, lo que significaba que yo me había levantado temprano, había corrido para acumular kilómetros por los alrededores del barrio y me había duchado y desayunado algo apresuradamente antes de meterme en un vestuario que olía a pies y cloro a ponerme un bañador ajustado, un gorrito ridículo y unas gafas de Rompetechos a las que tenía que escupir en los cristales para que no se me empañaran. Al principio, los juegos de familiarización, de respiración y flotabilidad me relajaban, pero cuando empezamos con la propulsión y a hacer un largo tras otro, con la tablita de corcho y sin ella, aquello empezó a pesarme. Salía de clase agarrotado, con los músculos hinchados como si fuese el muñeco de Michelin (Bibendum), y no rendía bien a la tarde en la pista de atletismo. Así que empecé a faltar a la clase de natación algunas mañanas, cuando a la tarde tenía un entrenamiento de los fuertes: miles o interval de cuatrocientos. Luego, al cruzarme con el profesor en el recreo o en algún intercambio de clase, éste me miraba con severidad y yo quería que me tragara la tierra.
La autora y protagonista de Bocetos de natación, Leanne Shapton (Mississauga, Canadá, 1973), también estuvo a punto de ser olímpica.
Supongamos que estoy nadando con otras personas, en el mar, un lago, una piscina, y una de ellas sabe que fui nadadora y comenta: "Leanne es nadadora olímpica". Yo aclaro: "No, no, sólo llegué a las clasificatorias nacionales, no fui a los Juegos Olímpicos". Pero el alarde ya subió a la superficie, como un globo: a algunos les divierte, les da curiosidad; a mí me hace sentir expuesta y me produce nostalgia.
Si me insisten, en general basta con decir que fui a las clasificatorias de Canadá en 1988 y 1992. Que alguna vez, brevemente, quedé octava a nivel nacional. Explico que para ir a los Juegos Olímpicos hay que lograr el primer o el segundo puesto en las clasificatorias. Y ahí termina la conversación. Después de nadar un rato vamos hacia la orilla o nos subimos al bote o al muelle, y pasamos a hablar de comida o a contarnos algún chisme.
No tengo recuerdos vívidos de las clasificaciones nacionales ni de cuando ganaba medallas; casi no recuerdo la primera vez que lo dejé en 1989, ni cómo se lo dije a Mitch, mi entrenador. Seguramente habrá sido después de un entrenamiento nocturno. Junto a la piscina, cuando los demás habían ido a cambiarse. Habré estado ahí de pie en bañador, con la mochila y la toalla. Él me habrá preguntado "¿Qué pasa?". Y entonces se lo debo haber dicho. Que mi familia se mudaba al campo, que no quería quedarme a vivir con otra familia para poder seguir entrenando... así que había decidido abandonar la natación.
Tal vez se lo dije mientras me ponía hielo en las rodillas. Los que nadan crol, mariposa o espalda suelen tener problemas del hombro, pero la mayoría de los que nadan braza tienen problemas de rodilla, y se les aconseja ponerse hielo con regularidad y tomar una aspirina diaria. Después de entrenar o de competir, me sentaba en las gradas con un vaso de telgopor lleno de agua congelada y hacía girar el hielo contra la parte interna de mis rodillas hasta que se ponían de un rosa intenso y perdían sensibilidad. Recortaba el vaso desde los bordes para que no chirriara contra la piel adormecida. El hielo se volvía resbaladizo, afinándose a medida que se derretía.
Pero no me acuerdo de cuando le hablé. Sí recuerdo haber hablado con Dawn, su asistente, a la mañana siguiente. Mitch no estaba. Nos sentamos en unas sillas plegables al borde de la piscina, mirando al equipo que entrenaba. Dawn me dijo que Mitch se había enfadado. Me preguntó qué pensaba hacer. Creo que le dije que iba a estudiar piano y arte, aunque sabía que no lo entendería. Que incluso tal vez yo no lo entendía. Recuerdo haber mirado a los nadadores, que empezaban con la serie más fuerte, y haber pensado: crucé la línea. Ya no tengo que hacerlo nunca más. Recuerdo estar ahí sentada y aliviada.
Una vez Mitch me dijo: "Vas a ser excelente". Después Dawn me dijo: "Mitch no quiere hablarte".
Los nadadores ponemos al entrenador por encima de todo. Lo admiramos, somos vulnerables, estamos desnudos y mojados frente a él. El entrenador nos ve débiles, nos debilita, cuenta con nuestra confianza, hacemos lo que nos dice. Es una relación como de guardián, padre, madre, jefe, mentor, carcelero, médico, psicólogo y maestro. Mitch me rompió el corazón.
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Bocetos de natación, de Leanne Shapton (Blatt & Ríos) Fotografía: Lucía Rodríguez
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Me autodefiní, en privado y en abstracto, por mis breves e intensos diez años como atleta, como nadadora. Entrenaba cinco o seis horas al día, seis días a la semana, y en el medio comía y dormía todo lo que podía. Los fines de semana los pasaba entrenando o compitiendo. No era la mejor; era relativamente rápida. Entrenaba, comía, viajaba y me duchaba con los mejores del país, pero no era la mejor; era bastante buena.
Me gustaba lo dura que era la natación a ese nivel: saber que podía hacer algo difícil e inusual. Que mi disciplina fuera reconocida, respetada; que tal vez no encajara en los grupos ni dijera las cosas correctas pero había algo que sí hacía bien. Quería creer que tenía talento; ser rápida era una prueba de mi talento. Aunque me encantaba competir, no me motivaba la idea de ser la más veloz, de ser la número uno, de los Juegos Olímpicos.
Todavía sueño con el entrenamiento, con las carreras, los entrenadores y las competidoras desdibujadas. Me atraen las piscinas, todas, no importa lo pequeñas que sean o lo sucias que estén. Ahora, cuando nado, entro al agua como si tocara distraídamente una cicatriz. Mi nado recreativo es un fantasma de mi nado competitivo.
Leyendo Bocetos de natación en la exposición de Maria Svarbova La Térmica, Málaga, enero de 2023. Fotografía: Lucía Rodríguez
Leí Bocetos de natación (Blatt & Ríos, 2022) a final de año con un lápiz en la oreja, como los antiguos carpinteros, y sus páginas quedaron llenas de subrayados y anotaciones.
Le escribo a uno de mis viejos entrenadores, Byron MacDonald, y le pregunto si puedo ir a ver un entrenamiento matutino en la piscina de la Universidad de Toronto. Cuando llego, Byron y su asistente, Linda, están de pie junto al bordillo en la parte honda, cada cual con una fotocopia de la rutina. Están tal cual los recordaba. Byron sigue caminando con ese pavoneo contenido estilo Roy Scheider. Linda sigue pasando rápidamente de la cara de póker a la risa.
También la piscina está igual. Tiene una paleta rara para una piscina de competición: naranja, marrón y beige con estallidos de azul en los banderines, los bordes y las siete letras de TORONTO distribuidas equitativamente entre los ocho carriles. Cuando nadaba con Byron solía preguntarme cómo sería la vida desde el bordillo, estar ahí arriba seco y sin frío, en pantalones cortos y zapatillas. Siempre había pensado en el tedio que debían sentir los entrenadores mientras nosotros, en el agua hacíamos esos miles de metros de calentamiento, series principales y vuelta a la calma. En un entrenamiento el tiempo pasa con precisión; cada minuto –cada segundo– se siente y se reconoce. En otras palabras, el tiempo pasa despacio.
Me sorprende, entonces, descubrir que desde afuera el tiempo pasa rápido.
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El agua está a temperatura bañera. Hago unos pocos largos, después decido hacer cien. Es mi entrenamiento básico, cien repeticiones de lo que sea. En verdad cien no es mucho pero suena bien, como "una hora"; aunque hacer cien largos de una piscina tan corta no lleva una hora, lleva unos veinte minutos. En cada extremo cuento para mis adentros. Si pierdo la cuenta vuelvo al último número que recuerdo. Mientras nado mi mente divaga. Hablo sola. Lo que llego a ver por las gafas de natación es difuso y aburrido, la misma vista largo tras largo. Van apareciendo al azar recuerdos triviales e inconexos, una vívida sucesión fotográfica de pensamientos. Se encienden y se desvanecen, como esas ideas flotantes, periféricas, previas al sueño, que a veces son intrascendentes y otras cobran impulso y producen ansiedad para finalmente disolverse. Cada pensamiento dura un cuarto de largo o medio largo, o como mucho un par de largos. Mis reacciones a esos pensamientos burbujean en el agua, contra mis labios: correcciones a la historia, cosas que me gustaría haber dicho o haber podido decir.
Aquel libro hacía referencia a la natación, pero, conforme lo leía, mi mente, de manera automática, establecía un paralelismo con el atletismo. Bastaba cambiar un deporte por otro para verme reflejado.
Pedro Delgado con Bocetos de natación en la exposición de Maria Svarbova La Térmica, Málaga, enero de 2023. Fotografía: Lucía Rodríguez
El único entrenamiento formal que tuve fue la natación. Me doy cuenta de que me apoyo en ese entrenamiento para trabajar; que sé cuándo esforzarme y cuándo descansar; que descubrí la equivalencia entre las rutinas y el entrenamiento intermitente y el rendimiento ante una fecha de entrega o la concreción de un proyecto.
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Cuando decido superar estos conflictos y unirme al equipo de másters de Nueva York, recupero el entrenamiento como quien vuelve a una vieja costumbre, a una antigua amistad o a un abrigo que se le había quedado pequeño. Es un territorio familiar (...).
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Me explica que a algunos nadadores les va bien porque aman el deporte y a otros porque tienen talento; que aunque él tenía un talento natural –se decía que su brazada era "casi perfecta"– en realidad pertenecía al primer grupo. Insiste en que es el amor por el deporte y por el entrenamiento lo que ubica a algunos nadadores por encima de otros. Le gusta parafrasear lo que dijo alguna vez un entrenador de béisbol: "La natación es mi alma. La vivo veinticuatro horas al día y me encanta".
Incluso encontré un pasaje que me recordó lo que me contó hace poco el exatleta y escritor Daniel Azcona en el ciclo Leyendo a la carrera*, cuando quedó 3º en el campeonato de España de 1.500 m junior y ya se hacía en Atenas, en la concentración del equipo nacional. "Solo van los dos primeros", le dijo secamente el seleccionador cuando se acercó feliz a preguntarle las fechas.
Para cuando terminó la noche del domingo el equipo olímpico ya había sido seleccionado. De mis compañeros lo lograron Marianne, Gary y Marcel; Beth, Kevin y Mojca quedaron descalificados. Beth no alcanzó el tiempo estándar de calificación por una centésima de segundo. Una centésima. Recuerdo su cara, vidriosa, estoica, sobre el podio de metal. Era como ver a alguien que hubiera perdido a un familiar querido. Kevin había logrado el tiempo de clasificación pero había quedado tercero, y el equipo sólo admitía a los dos primeros.
Y también líneas que me retrotraían a mi infancia, a esos veranos en Casarabonela, jugando en la alberca.
Derek tiene nueve años y yo siete. Estamos jugando a algo que llamamos "Naufragio": tras naufragar en medio del mar, hace días que nadamos y nos debatimos entre la vida y la muerte. Hay una isla a la vista, pero nuestra energía se agota. Empezamos el juego a tres metros del bordillo de la piscina de Serson.
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La escala entre él y la boya me hace pensar en esa escena del principio de Tiburón en la que una chica está flotando y de pronto algo tira de ella desde abajo, después la arrastra con violencia por el agua oscura. (...) (Derek y yo hemos representado la escena en varias piscinas públicas cuando nos aburríamos del Naufragio).
Es probable que Leanne veraneara y jugara en la piscina de un pueblo de Málaga, porque en el capítulo Piscinasaparece pintado con guache o acuarela azul el vaso de una de Gaucín.
(...) encuentro una zona seca en el suelo claro y me siento con las rodillas contra el pecho, y a cada rato cambio de lugar para mirar la mancha con forma de mariposa que deja mi bañador húmedo sobre el pecho.
Me volví a sentir identificado con Leanne cuando recuerda que le robaron en el vestuario de la piscina Clarkson una sudadera de color coral en la que ponía "Club Mónaco", pues a mí me hurtaron una mochila y un chaquetón azul y negro de la marca Mizuno mientras hacía series en la pista de atletismo de Carranque.
Detalle de la exposición de Maria Svarbova en La Térmica This is my swim lane (07.10.22 - 12.02.23) Fotografía: Lucía Rodríguez
En las páginas de Bocetos de natación, Leanne Shapton deja caer algunos nombres de nadadores, como los campeones olímpicos Alex Baumann, Victor Davis (un ídolo para ella de trágico final), Michael Phelps, Anne Ottenbrite o Janet Evans.
El medallista olímpico Alex Baumann Fotografía: olympic.ca
El medallista olímpico Victor Davis Fotografía: Ted Grant (Canadian Olympic Committee)
En el póster Baumann parece un héroe de película: bueno, dulce y guapo. Luke Skywalker. Pero en realidad venero a Victor Davis. Han Solo. Una vez lo vi en un encuentro muy grande; yo tenía catorce. Recuerdo un torso enorme y musculoso y un pelo oscuro y enrulado. Era como contemplar un león, la iluminación de la fuerza física; emanaba algo furioso y contenido a la vez.
Victor Davis fue criado por su padre en Guelph, Ontario. Toda su vida nadó con un mismo entrenador, Cliff Barry, un exjugador olímpico de waterpolo, robusto y de voz suave. Davis era indiscutiblemente guapo, fuerte, disciplinado y conocido por su marcada naturaleza competitiva. Antes de las carreras ejercía el terrorismo psicológico con sus oponentes, les clavaba la mirada. Iba hasta la plataforma con una toalla sobre los hombros, haciendo sombras de boxeo, y a veces escupía en el carril de al lado. Su momento más celebre fue en los Juegos del Commonwealth de 1982 cuando, furioso por una descalificación en relevos, dio una patada a una silla de plástico frente a la Reina Isabel. Es lo más cercano a John McEnroe que tuvo Canadá.
Un documental de 1983 llamado The Fast and the Furious ("El rápido y el furioso") presenta a Baumman como el rápido y a Davis como el furioso. [...]
En 1989, en una calle de Montreal, Davis, como peatón, le tiró una botella de gaseosa a un Honda Civic negro conducido por un hombre que había estado molestando a su novia. El Honda aceleró, lo atropelló y se alejó a toda velocidad. Davis tenía veinticinco años; estuvo en coma durante dos días antes de morir en el hospital. El conductor estuvo cuatro meses preso.
Documental The fast and the Furious
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Al final de Michael Phelps: Inside Story of the Beijing Games ("Michael Phelps: Historia secreta de los Juegos de Pekín"), un documental sobre cómo Phelps ganó ocho medallas olímpicas, hay tres episodios extra. Se llaman "Michael habla sobre su perro Herman", "Michael habla sobre cómo le gusta mandar mensajes de texto" y "Michael habla sobre lo mucho que come". En esas imágenes –que contrastan drásticamente con las de las carreras y el análisis periodístico– Phelps, descalzo y en pantalones de gimnasia, se recuesta en su sofá y le rasca la cabeza a su bulldog, Herman.
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La nadadora canadiense Anne Ottenbrite Fotografía: Toronto Star Photograph Archive
Cuando Derek y yo empezamos a tomar clases de natación, en 1984, nos obsesionamos con las gafas de natación. Mi heroína era la campeona canadiense Anne Ottenbrite, una rubia que nadaba braza y usaba unas Speedo grandes y redondas. Yo quería unas como esas. Cuando por fin las conseguí pensé que parecía más rápida.
En las Olimpíadas de 1984, en Los Ángeles, Ottenbrite ganó la medalla de oro en los doscientos metros braza y la de plata en los cien metros braza con unas Arena negras medio cuadradas, con lentes negras y bordes blancos, opacos. Alex Baumann ganó los doscientos y cuatrocientos metros medley individual con unas Arena. Hacia el final del verano cambié a unas Arena medio cuadradas que enjuagaba regularmente con agua corriente como aconsejaban las instrucciones.
Para 1988, cuando ya nadaba en serio, habían llegado al sur de Ontario las minúsculas gafas de natación suecas. Eran unos adminículos oculares de plástico moldeado que encajaban con precisión en la cuenca del ojo, sin necesidad de goma o gomaespuma alrededor de los bordes. En las Olimpíadas de Seúl, en 1988, Janet Evans ganó medallas de oro en los cuatrocientos y ochocientos metros libres y los cuatrocientos metros medley individual con unas verdes. En los encuentros en Ontario, había un entrenador que vendía gafas de natación suecas al costado de la piscina. Las cobraba a doce dólares. Me compré dos, unas rojas y unas marrones; venían desarmadas en bolsitas Ziploc. Las marrones para entrenar, las rojas para competir. Esas gafas de natación marcaron un ascenso en mi carrera como nadadora: de lo aceptable a lo bueno. Fue el comienzo de mi lealtad al equipamiento y a los rituales. Esas gafas de natación son como un saludo masónico. Aun ahora, si veo que alguien las usa, sé que sabe.
La nadadora estadounidense Jane Evans
Acompaño esta reseña de las fotografías que la checa Maria Svarbova expuso estos últimos meses en Málaga, en La Térmica, bajo el título This is my swim lane. Y sé que desde su Mississauga natal, Leanne apreciará este detalle, pues ella ama el arte en todas sus manifestaciones. Prueba de ello son las acuarelas, las fotografías y las múltiples referencias que jalonan las páginas de su libro.
Exposición This is my swim lane, de Maria Svarbova La Térmica, Málaga. 07.10.22 - 12.02.23 Fotografía: Lucía Rodríguez
Exposición de fotografías de Maria Svarbova en La Térmica Fotografía Lucía Rodríguez
Exposición de fotografías de Maria Svarbova en La Térmica Fotografía: Lucía Rodríguez
Exposición de Maria Svarbova en La Térmica (Málaga) Fotografía: Lucía Rodríguez
Exposición de Maria Svarbova en La Térmica de Málaga Fotografía: Lucía Rodríguez
Páginas de Bocetos de natación, de Leanne Shapton Fotografía: Lucía Rodriguez
Capítulo 'Tallas' de Bocetos de natación Fotografía: Lucía Rodríguez
Leanne Shapton estudió arte y sus ilustraciones han aparecido en The New York Times y The Glove and Mail. Realizó sus prácticas en el departamento de arte de Harper's Magazine y después trabajó en el diario canadiense National Post, donde edita y diseña la sección de cultura. También dirige la revista dominical, Saturday Night.
Un amigo me manda por e-mail un link a unas fotos que le parece que me van a gustar. El fotógrafo es George Silk y retrata a Kathy Flicker, una saltadora de trampolín de catorce años, en la piscina de la Universidad de Princeton, en 1962. Las imágenes en blanco y negro tienen algo de fotografía espiritual: la superficie del agua desplaza la cabeza de Flicker y refracta su cuerpo, incrementando horriblemente su tamaño. Lo que queda bajo la superficie está exento de nuestra comprensión habitual de la física. Las fotos producen algo que rara vez logra articularse sobre el estado metafísico de la natación: el cuerpo, sumergido, se siente ampliado, más pesado y más liviano a la vez. Pesa menos y sin embargo es más fuerte.
Kathy Flicker Fotografía: George Silk
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En mi estudio, trabajo junto a un póster que hizo David Hockney para los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972. Un hombre tirándose de cabeza, el agua de la piscina en una rejilla movediza, la luz en tonos de aguamarina y blanco.
Póster David Hockney Juegos Olímpicos de Múnich 1972
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En mi oficina, enganchada detrás de una foto de James –a los veinticuatro, remando en el Central Park–, tengo una postal de la serie de nadadores olímpicos que hizo Ryan McGinley, originalmente por encargo de The New York Times Magazine. En la foto está Natalie Coughlin en mitad de una brazada de crol, con los dedos extendidos, intentando asir el agua que tiene adelante. Me recuerda que las manos de los nadadores, aunque pasan horas extendiéndose y ahuecándose para atrapar el agua de la manera más eficiente, siempre están relajadas; en una posición sensible pero decidida –como un agarre de escalada– en la que el agua pueda entrar y pasar.
La nadadora olímpica Natalie Coughlin Fotografía: Ryan McGinley for The New York Times Magazine
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Bajé al escritorio de mi ordenador un diminuto jpg de Laura Knight, una acuarela llamada Girl Bathing. La vi solamente así, en baja resolución: una mujer en traje de baño violeta, sacándose un zapato antes de nadar. Me gusta ese tipo de posturas: pequeños momentos introspectivos de atención al cuerpo; la esposa hipocondríaca de Bonnard en la bañera; las variaciones de Fedele, "El fiel", una escultura grecorromana de un muchacho que, después de entregar un mensaje, se detiene pasa sacarse una espina del pie.
Fedele o El niño de la espina Fotografía: Wikipedia
La primera vez que vi una foto de esa escultura fue en la clase de historia del arte, en el tercer año de instituto. Recuerdo que me emocionó la historia del deber por sobre el dolor. Es una postura que todos identificamos: la tensión en la cadera y en la columna cuando levantamos el pie para examinarnos la planta.
También hay referencias literarias, como la de La montaña mágica, de Thomas Mann o Gold in the Water: The True Story of Ordinary Men and Their Dream of Olympic Glory ("Oro en el agua: la verdadera historia de unas personas comunes que soñaron con la gloria olímpica"), de P. H. Mullen.
Durante el último tercio de La montaña mágica empiezo a pensar en esa condición de "especial" que el cuerpo les otorga a la proeza y a la enfermedad. Ambas implican soportar alguna clase de dolor.
Y ya que esas líneas vuelven a tocar el tema del dolor, no puedo pasar por alto este fragmento que hace referencia a Rafael Nadal y su lucha con esa sensación.
El tenista Rafael Nadal tratado por su fisioteapeuta
Una mañana, mientras miro el Roland Garros por televisión, me levanto para poner la tetera en el fuego. Está comentando John McEnroe, y desde la cocina le oigo mencionar que Rafael Nadal está jugando con un tobillo esguinzado. Pienso en la contundencia de la idea de que, en mis tiempos de nadadora, estaba constantemente dolorida. No sólo el dolor agudo en las rodillas, del cual nos ocupábamos, sino también un dolor sordo y uniforme en los brazos, la espalda, los hombros. Dolor al sentarme, dolor al levantarme, dolor al reclinarme en un sillón, dolor al estirarme para agarrar la sal o sacarle punta a un lápiz. El estoico Nadal me recuerda cómo ignoraba (y a la larga olvidaba) el dolor durante las carreras, e incluso, hasta cierto punto, durante los entrenamientos. Era como si el dolor que sentía fuera del agua sirviera para recordarme que me volviera a meter en la piscina donde, después de cruzar cierto umbral, las molestias desaparecían. Para un deportista el dolor no es un elemento disuasorio, porque el único momento en que el dolor será eclipsado es cuando practica o cuando compite.
A Leanne, como a tantísimos nadadores de competición, no le gusta nadar en aguas abiertas, se siente incómoda en ellas. A su naturaleza controladora le gusta tener unos límites.
Consulto a otros nadadores de competición y a la mayoría les pasa lo mismo con las aguas abiertas. Por ejemplo a Byron, mi exentrenador. Su primera objeción es el frío, la segunda tener que mirar por dónde va, la tercera la enuncia como el factor "qué mierdas es eso que hay ahí abajo". Me cuenta que en un campus de entrenamiento en Barbados uno de los nadadores, que venía de la Isla de Terranova, se negaba a alejarse más de diez metros de la costa por temor a los tiburones.
Y ese último hecho y la palabra tiburones, me recuerda que a mí me ocurre igual, y que no me gusta bañarme de noche ni a más de cien metros de la orilla. La culpa la tiene Steven Spielberg y su película Tiburón, que vi con 9 años. La escena de la película de la que Leanne nos hablaba más arriba.
Tiburón, la película, es sobre un monstruo que come personas. Tiburón, la novela, es sobre el matrimonio. El tiburón es una metáfora de la infidelidad en la figura de Matt Hooper, un oceanógrafo con mucho dinero que gusta de comer vieiras. Mientras la gran sombra blanca se desliza a lo largo de la costa en busca de alimento, el oceanógrafo seduce a la esposa de Brody, el jefe de policía. (...) Mientras que el Tiburón de Spielberg podría definirse como "el hombre frente a la bestia" –ningún personaje tiene un papel romántico (a la chica guapa se la engullen en los primeros cinco minutos)–, la versión de Benchley se desarrolla alrededor del "hombre frente a la bestia sexy". En el libro, el tiburón amenaza al pueblo prosaico de la misma manera en que la infidelidad amenaza nuestras ideas cuidadosamente enmarcadas sobre el matrimonio. Es parte de la naturaleza, es doloroso, está siempre subyacente.
Y ya que volvemos a hablar de tiburones, decir que Leanne también menciona los cuadros con escualos de Winslow Homer y John Singleton Copley y el tiburón en formaldehído de Damien Hirst. Más motivos para no estar cómodos en las aguas abiertas.
La corriente del golfo, de Winslow Homer
Tiburones, de Winslow Homer
Watson y el tiburón, de John Singleton Copley
La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo Damien Hirst
Si ustedes también son más de piscina, háganse con este libro.
Mirar a alguien que nada bien es el equivalente visual de acariciarle la cabeza a un perro de pelaje suave: algo natural y maravillosamente dulce, perfecto.
Bocetos de natación con una fotografía de Maria Svarbova de fondo Fotografía: Lucía Rodríguez
Diarios de natación, traducido por Laura Wittner, con una revisión y adaptación de la traducción a cargo de Paula Pérez Rodríguez, fue editado en España por Blatt & Ríos en julio de 2022.