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jueves, 1 de febrero de 2024

DEL DON DEL CORRER


Del Don del  Correr, de José Luis Conde Caveda
Fotografía: Pedro Delgado

Me reencontré con José Luis Conde en el 40 aniversario del INEF de Granada. Él era de la 1ª promoción, y yo de la 5ª, por lo que sólo coincidimos un año en la facultad; sin embargo, durante muchos años nos vimos en las carreras, tanto de pista como de campo a través, pues ambos pertenecíamos al mundo del atletismo. Me comentó que acababa de publicar un libro sobre el acto de correr y, al decirle que tenía un blog deportivo en el que escribía reseñas, fue a su coche a traerme un ejemplar. Le dejé un bolígrafo para que me lo dedicara y me anotó su correo para que le diera mi opinión.

Dedicatoria de José Luis Conde (Del Don del Correr)
Fotografía: Pedro Delgado

 El libro se titula Del Don del Correr, y lo he estado leyendo estos días. Es así como me he enterado de que José Luis sufrió un ictus, una urgente operación de corazón, una infección hospitalaria y una profunda depresión que lo tuvo apartado de todo algo más de un año; y es por ello que estemos ante una historia de superación.

 Del Don del Correr comienza con un pistoletazo de salida, y termina con la llegada a meta. «El transcurso de la narración está contenido en los escasos 2 minutos –segundos arriba, segundos abajo– que un disciplinado y voluntarioso amateur puede tardar en recorrer la distancia de 800 metros lisos», que es la distancia en la que compitió José Luis Conde durante más de veinte años.

José Luis Conde Caveda (Cádiz, 1963)
Fotografía: solapa Del Don del Correr

 Conde hizo sus primeros pinitos en el mundo del atletismo en el instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, pero no fue hasta el verano de sus diecisiete cumpleaños que quiso empezar a entrenar con regularidad, cuando contempló por televisión la final de 5.000 metros de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, ganada por el marroquí Said Aouita.

[...] así que pensé: "Yo quiero ser como ese, ese que despertó mi corazón aquella tarde-noche estival del mes de agosto, ese admirado por su tribu allá en el África del Norte, agasajado y venerado por su pueblo cuando volvía de las contiendas atléticas, el primer héroe con el que yo había vibrado en esta existencia". Su memorable nombre, Said Aouita, apodo con el que más tarde me nombrarían cariñosamente mis amigos, no porque corriese ni mucho menos tanto como él, ni porque me colgara medallas en ilustres campeonatos, sino porque teníamos una tez y un semblante que nos hacía parecer pertenecer a la misma honorable tribu.
Said Aouita, oro en 5.000 m
Juegos Olímpicos Los Ángeles 1984
 Así que, sin saberlo, esa tarde de emociones desbordadas iba a cambiar probablemente la trayectoria de mi vida. De ser un chico normal al que le podrían gustar las mismas cosas que a casi todos los chicos normales de esa edad, me convertí en un chaval un poco raro, al que a partir de ese momento le gustaría experimentar con poner el cuerpo al límite de sus posibilidades, o dicho más coloquialmente, un chico al que le gustaría sufrir hasta el extremo de forma gratuita y experimentar con las más que incómodas y boicoteadoras sensaciones del nerviosismo precompetitivo, la extenuación de una de las pruebas más exigentes del atletismo; pero por otro lado, disfrutar del éxtasis de los momentos posteriores, del placer del descanso del guerrero al concluir las hazañas deportivas con las mejores duchas, comidas, siestas y compañías que uno jamás pudiese haber imaginado.
***
 Por todo lo anterior, he ido comprobando, que en este deporte no se puede jugar a ganar, ya que las probabilidades de éxito en este nivel de realidad son una entre todos los que participen, haciendo que el grado de frustración se multiplique exponencialmente en tanto en cuanto nos limitemos exclusivamente a la premisa de ganar. Por lo tanto, y por todas estas ideas expuestas, soy de la opinión de que en este noble deporte hay que jugar a superarse, a divertirse, a crecer como personas, a relacionarse, a ayudarse, a conocer los límites y aprender a convivir con ellos, a disfrutar por el esfuerzo y no tratar de engañarnos ni de engañar a otros que son parte de nosotros mismos, a disfrutar de los paisajes y los pasajes, a disfrutar del buen tiempo y buenas caras, de los encuentros, de los viajes y de las celebraciones y comidas en tan gratas compañías... y cuando somos capaces de valorar todas estas cualidades, es posible que no ganemos "la carrera", pero es seguro, que ganaremos en otras muchas cosas, sobre todo, en cada aspecto que valoremos y disfrutemos, ya que en este disfrute, nos ganaremos a nosotros mismos, que por ende, es de lo único que trata este juego de la vida; de disfrutar, como bien dijo el poeta Neruda en su gran obra: Confieso que he vivido.

 Pero José Luis Conde ha querido ir más allá de lo deportivo en estas páginas autobiográficas, cargadas de evocaciones y anécdotas que van desde su infancia y adolescencia a su vida adulta, y, como nos dice David Cárdenas en el prólogo, salpica el texto de «profundas reflexiones existencialistas que acarician lo filosófico». En el texto de la contracubierta, extraído de ese prólogo, el profesor de la Facultad de Ciencias del Deporte nos apunta lo siguiente:

Este libro es una oda a la carrera más difícil de cubrir, la propia vida. Relata la transformación de una persona sencilla que debió superar situaciones complicadas, tanto físicas como emocionales, y que encontró en el deporte una forma de llegar a conocerse a sí mismo y a las personas que le marcarían para siempre. Un ensayo de introspección íntima que seduce al lector y lectora, y los invita a meditar sobre su propio camino.

 José Luis Conde, en la difícil tarea de exponer su propia corriente interna, ha escrito, sin rencor ni pudor, un texto muy personal y honesto, lástima que, no siendo José Luis un literato, los editores no hayan cuidado la edición y realizado una revisión a fondo del texto. Es algo que se agradecería en una segunda edición.

 Por lo demás, me alegra comprobar que, como diría su padre, «por encima de las nubes, siempre luce el sol». Un sol al que, por cierto, les recomiendo no mirar directamente a ninguna hora del día. Y si van a correr bajo sus rayos, usen protección. Que el cáncer de piel es una cosa muy seria.


domingo, 19 de noviembre de 2023

BREVIARIO DEL VIEJO CORREDOR


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado

La primera vez que me presenté a las pruebas del INEF, que hacían media con la nota de selectividad, no conseguí entrar (lo logré al segundo intento). Había estado entrenando para un campeonato de España y apenas había tenido tiempo de prepararlas. A pesar de ello, no arrojé la toalla, y al año siguiente compaginé mis entrenamientos de atletismo con la preparación de las pruebas; con más rigor, sobre todo, los meses previos. Además, como plan B, me matriculé ese año (1985-86) en la Escuela de Arte de San Telmo y en un monográfico de dibujo en el que encajábamos estatuas helenísticas con carboncillo y lápiz de grafito en grandes pliegos de papel Ingres o en cartulinas de colores.

Dibujos de estatuas a lápiz y carboncillo, de Pedro Delgado
Taller monográfico de dibujo en la Escuela de Arte de Málaga (1985-1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tenía claro que si, a la segunda, no entraba en el INEF, entraría en la facultad de Bellas Artes, que recién abría sus puertas también en Granada.

 Y es que, junto al atletismo, yo sentía desde mi época de escolar una gran pasión por el arte, que me llevó con 14 años a cursar un año de estudio de dibujo en la Escuela de Arte, ubicada por entonces en la plaza de la Constitución, donde se encuentra ahora el Ateneo. Allí, en la misma sala donde impartió docencia el padre de Picasso, me daba clases Don Luis, un señor mayor y entrañable del que guardo un grato recuerdo. El otro profesor era Don Mariano, un hombre pelirrojo más joven que el anterior, con el que aprendían dos vecinos de mi mismo barrio (uno de ellos, José Ruiz Blanco, llegaría a ser un excelente pintor realista). Ellos ya llevaban allí algún que otro curso, y dibujaban con increíble facilidad y suma pericia las estatuas de escayola que adornaban la sala. Yo tuve que conformarme con empezar por los moldes de las figuras geométricas, las hojas de plantas, los ramilletes de cerezas y los detalles de la cabeza: un ojo, una oreja, una nariz..., cosas que luego también haría, pero en barro, en la asignatura de modelado en San Telmo.

Dibujos a carboncillo de Pedro Delgado
Antigua Escuela de Arte de Málaga, curso 1980-1981
Fotografía: Pedro Delgado

Trabajos de modelado de Pedro Delgado
Escuela de Arte de San Telmo de Málaga, curso 1985-1986
Fotografía: Pedro Delgado

 Aquellos estudios los dejé al año siguiente para matricularme de Inglés en la Escuela de Idiomas, pues en el instituto siempre arrastraba esa asignatura, junto a las Matemáticas, de un curso para otro. Aunque al inicio empecé estudiando (aquellos famosos Do you / Would you like a cup of coffe? y Where's the Kent Road?) y aprobando los exámenes, luego, concentrado en el arreón final del bachillerato, descuidé aquel libro de inglés de tapas rojas (¿dónde andará?) y suspendí.

 Lamentablemente, no volví a mis clases de dibujo, aunque siempre mantuve la afición a través de libros, fascículos y probaturas por mi cuenta con lápices de colores, grafitos, ceras y acuarelas.

Estación de mercancías en el puerto, acuarela de Pedro Delgado (1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras las pruebas de acceso a la universidad del año 1986, me encontré con que había conseguido entrar en el INEF y en Bellas Artes, y que en cuestión de días debía decidir con qué carta quedarme. En un primer momento, mi reacción fue optar por las dos: matricularme de todas las asignaturas del INEF y de una o dos de Bellas Artes, pero eso no era posible: debías matricularte de todas las asignaturas y en clase era obligatoria la presencialidad. Yo ya era muy conocido en Málaga en el mundo del atletismo, e intuía que me resultaría más fácil encontrar un trabajo relacionado con el deporte al terminar mis estudios. Además, pensaba que aquella carrera me iba a permitir compaginar mejor los estudios con los entrenamientos. Así que, con todo el dolor de mi corazón, tuve que despedirme de mis estudios de Bellas Artes, del sueño adolescente de ser uno de esos pintores bohemios de Montmartre. Por supuesto, guardo aquella carta de admisión con cariño, sabedor de que mi vida seguramente habría sido otra muy distinta de haber tomado aquel camino.

 Estudié la carrera de Educación Física en el INEF, aprobé mis oposiciones, seguí corriendo y no volví a dibujar ni a pintar nada. Y si lo hice años más tarde, fue a través de Lucía, viendo en ella, en sus bodegones y sus cuadros de temática marroquí y en sus escenas de Nueva York, una proyección del pintor que me hubiera gustado ser.

Óleos de Lucía Rodríguez Vicario
http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/p/obra-grafica.html

 Y por qué les hablo de todo esto, se preguntarán ustedes, si voy a reseñarles un libro, un librito por sus reducidas dimensiones, que lleva por título Breviario del viejo corredor.

 Pues porque su autor, Lluís Alabern (Barcelona, 1968), se ha pasado toda la vida compaginando esas dos pasiones: dibujar y correr.

Siempre quise una vida desmesurada, bohemia, artística, hedonista. una vida comprometida con mi tiempo, con los paisajes, una vida, también, heróica.
 Empecé a correr a los trece años en las pistas universitarias de Ciudad Central. Todos los niños corren y dibujan, quieren ser exploradores, aventureros, pero en la adolescencia muchos paran. Yo no paré. Ya he cumplido los sesenta, sigo corriendo, dibujando, aún sin rumbo, motivado por la aventura, pero sin horizontes. No tengo una vida desmesurada, pero sí comprometida con los montes, campiñas, bosques, acantilados y mares.
 Mi cuerpo ha cambiado. Quiero seguir corriendo. Conozco a unos cuantos corredores ancianos, maestros de la prudencia, el esfuerzo y la gestión del dolor. Casi todos corrían cuando eran jóvenes y siguen haciéndolo a edades en las que no es fácil encontrar motivación. Ancianos de cuerpo nervudo que aman zambullirse en un río helado, pedalear por senderos y carreteras secundarias, correr casi a diario por caminos de grava, subir montañas.

 Pero ojo, como ya nos advierte LLuís Alabern en la introducción, no busquen en este libro una guía con métodos, consejos y preceptos para alcanzar meta alguna.

 [...] no habla tampoco de técnicas ni de equipamientos ni de fisioterapias.

 No. Lluís nos habla aquí del correr como identidad, como refugio, como acto sagrado, como parte de la historia. Lo que encontrará aquí el lector serán «fragmentos hilvanados, reflexiones de un viejo corredor en las que se mezcla el correr con el dibujar y la orografía con la vida».

 Puedes imaginar una línea de puntos cada vez que encuentres el verbo correr. Puedes imaginar, entonces, que escribes sobre esa línea la palabra dibujar. Puedes hacer el ejercicio inverso. Correr y dibujar han devenido, con el paso de los años, dos de mis actividades nucleares.

 Porque como yo, como tantos otros niños, Lluís empezó a dibujar casi al mismo tiempo que a correr; aunque al contrario que muchos de nosotros, él no ha dejado de dibujar. Y es por eso que en esta epístola en forma de breviario abundan las referencias al arte, y nombres como Àngel Jové, Milton Glaser, John Ruskin, Jan Fabre, Ana Mendieta, Zong Bing, Fa Kuan, Ma Yuan, Xia Gui, Félicien Rops, Ricard Opisso, Caspar David Friedrich o Rockwell Kent salpican sus páginas. Y junto a ellos, grandes naturalistas o viajeros de la talla de Thoreau, Gary Snyder, Vladímir Arséniev, Tim Ingold, Robert Macfarlane, Sylvain Tesson, Claudio Magris, Werner Herzog o Bruce Chatwin.

 Hablamos, poeta anciano, de un hombre que rompe con el orden natural que lo empuja a la pereza. Thoreau, en su tratado Caminar (1861), comenta: «A medida que el hombre envejece aumenta su disposición para la inmovilidad y las ocupaciones caseras». El corredor de caminos anciano rompe con ese postulado tan humano, vuelve al estado salvaje que lo obliga a estar siempre alerta, siempre moviéndose. Se adentra en el camino que no conoce para llegar al lugar desconocido. «Cuando quiero relajarme, busco el bosque más oscuro, o el pantano que, a ojos de mis conciudadanos, resulta más impenetrable y lúgubre. Camino por allí como por un lugar sagrado, un sanctasanctórum. «Allí está la fuerza, la médula de la naturaleza», concluye Thoreau.
 Trotar adentrándose en el bosque pone en funcionamiento los resortes de la atención. Nos conecta de nuevo con la naturaleza. Solo si dibujamos sin rumbo, solo si nos adentramos en la densa vegetación de lo desconocido, el dibujo nos llevará a un nuevo sitio. «Vivir es dejar que las cosas pasen», comentaba el artista catalán Àngel Jové hace bastantes años a propósito de una exposición en el Centre d'Art Santa Monica (La Vanguardia, 1 de febrero de 1991). Esa frase le ha venido muy bien a mi cotidianidad no pocas veces. Se ha convertido en un catalizador que cultivo. Se trata, pasados los sesenta todavía me lo recuerdo a menudo, en efecto, de dejar que las cosas pasen. Olvidar este axioma se convierte en el germen de la angustia. No hay nada que buscar. Nada hay que forzar en el camino. Se trata de permitir que las cosas pasen. Hay que observar con detalle. Condescender con la naturaleza para que sea salvaje, pues, como escribió Thoreau, solo nos renueva la presencia de la naturaleza no sometida al hombre: «La vida coincide con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje».

 Lluís Alabern comenzó a correr en competiciones escolares a los trece años, en la prueba reina del atletismo, los 1.500 metros, y lo hizo de la mano de Luis Miguel Landa, el que fuera campeón de España de maratón en el año 1973.

 A los treces años, corría en las pistas universitarias, competía. Modulaba a lo largo de 1.500 metros los límites, las fuerzas. Aprendí a correr forzando, a esprintar antes que mis compañeros de carrera, a hipertrofiar las zancadas, para ganar.
***
 Mi entrenador, en el colegio de la infancia, fue el atleta Luis Miguel Landa. Un hombre serio que me instó a correr medias distancias y me enseñó a gestionar el dolor y a aprovechar el extraño recurso, para un niño de trece años, del esprint para ganar. Salvo en aquellas competiciones de atletismo escolar, nunca más he vuelto a utilizar el esprint para ganar. Aprendí que, cuando parece que ya no quedan fuerzas, el cuerpo, inyectado de adrenalina, encuentra potencias inesperadas. Me prohibió fumar y fue el primero que señaló el correr como algo natural, algo intrínseco a la actividad humana.

Lluís Alabern con catorce años, cuando quería arañar segundos al crono
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern (Polaroid de 1982)

 Aquel mundillo quedó atrás, pero Lluís siempre siguió corriendo, trotando por los alrededores de su hogar o por los lugares a los que viajaba. También por el Montseny o la Costa Brava cuando descubrió el placer de correr por la naturaleza. En el año 2012, lejos de la forma y del tipo que tenía cuando corría de adolescente en las pistas universitarias de la Ciudad Central, quiso poner a prueba sus límites y se inscribió en algunas carreras de montaña, participando, entre otras competiciones, en varias ediciones de la Trail Sant Esteve y de la Marató del Montseny.

Lluís Alabern con M. (Marató del Montseny 2012)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

Lluís Alabern en la Trail Sant Esteve 2013
Fotografía: Carmen de Tena

Lluís Alabern en su última competición (Marató del Montseny 2015)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 Sin embargo, después de su última maratón alpina, la edición de 2015 del Montseny, Lluís Alabern decidió dejar de competir.

 Ahora corre por correr. Sigue haciéndolo por la naturaleza, pero lo hace sin dorsales, sin cronómetros ni entrenamientos. Corre despacio, cada vez más despacio, «como un topógrafo que utilizara sus pies para acotar los montes». A veces duda de por qué lo hace, si por el disfrute del paisaje, porque cuando corre todo es instante y sólo hay el aquí y el ahora, o por vaya usted a saber.

No sé por qué corremos y dibujamos. Poco importa a estas alturas. Sé que seguiremos haciéndolo, y eso me basta.

 Si sus carreras alpinas me traen a la mente mi participación en la maratón del Aneto*, sus dudas me recuerdan la entrada que escribí en mi blog al respecto: ¿Por qué seguimos corriendo?**

Pedro Delgado Fernández
Mini Maratón Peña el Bastón, 28 de marzo de 1981

**https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/05/por-que-seguimos-corriendo_26.html

Pedro Delgado en la cumbre del Aneto
Nike Aneto X - Treme Marathon 1999

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/de-ultra-trails-maratones-alpinas-y.html

 Lluís Alabern nos habla de muchos cosas en su breviario. Entre ellas, de la disposición innata del hombre para correr largas distancias, herencia de nuestros ancestros cazadores; de escuchar a nuestro cuerpo y no sobrepasarnos; del anciano corredor Pep de les Aigües, anarquista y pacifista; del campeón del mundo de ultramaratón (a los cincuenta y ocho años) Marco Olmo; de Murakami y Christopher McDougall; de la leyenda de la bella Pirene y la creación de los Pirineos; del camino de Ronda de la Costa Brava; de la momia Ötzi, «el hombre de los hielos», que hallaron unos alpinistas en los Alpes suizos; y, poniéndonos un nudo en la garganta, de José, su abuelo de los veranos montañeses.

En la posguerra, el que vivía en la montaña era sospechoso. Topo, maqui, contrabandista, brujo, lobo, cuélebre, terrorista. Todo eso es el montañés. Pesa en Asturias la revuelta del 34. No la olvidan los Nacionales. Hay que expurgar cerros, andanadas, cada cueva, los bosques y sus musgos. Se persigue a todos. Primero se sacude y luego se pregunta, y, como alguien rechiste, se le descerraja un tiro en el rostro y se le quema la casa. Atan a José al parachoques del Land Rover y lo arrastran varios kilómetros por los pedregales que unen los pastos superiores con el pueblo. Se lo llevan a una celda y lo hostian hasta aplastarle el carácter tosco que tiene. José no es nadie, se han equivocado, no esconde nada, lleva un jornal a su familia, solo es un minero curtido que camina muchos kilómetros todos los días para cuidar los rebaños de los pastos superiores cuando sale de la mina. José jamás perdonará. No podrá perdonar nunca a nadie con uniforme.

Mi gato Tom, acuarela de Lluís Alabern
https://performanceconpdeperdedor.blogspot.com/2012/03/tom-nuestro-gato

 Lluís Alabern trabajaba en los años ochenta como delineante mientras estudiaba arquitectura. Más tarde estudió arte, y al acabar la carrera comenzó a trabajar como técnico en varios museos. Actualmente es jefe de Museografía del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

Lluís Alabern (Barcelona, 1968)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern, 2013

 Y como ven en la fotografía, le gusta el arte de la performance.

«¿Hay algo más bello que saber que nadie puede poseerte? Por eso el arte de la performance es un medio tan importante. Pone en cuestión la esencia del arte. Y conforma al artista con sus propios límites físicos y mentales», escribe el artista y dramaturgo Jan Fabre en sus diarios. Correr, viejo corredor, es una forma de ser libre. Cuántas veces habré roto las cadenas de la cotidianidad calzándome unas zapatillas y saliendo a los montes.
 Cuando estudiaba en la Facultad de Arte, me preguntaba a menudo, cómo hacer arte sin apenas arte, un arte vacío, limpio y preciso, directo, libre, un arte transparente para un mundo lleno de ruido. Corría y dibujaba por aquel entonces, pero no era consciente de que ahí, justo ahí, se encontraba todo el arte del que yo era capaz. Buscaba un arte de actitud, un arte donde verter ideas más allá de las formas. Tardé años en descubrir los vacíos del correr en los grandes espacios en blanco del papel, un lugar en el que ser, un espacio de libertad. Corredor anciano, más allá de los sesenta años, eso es todo a lo que aspiro: al silencio del trote, a los espacios en blanco.

Moleskine de Lluís Alabern, 2009 (con Christiaan Barnard)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 «A quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física», dice Murakami. A esos corredores viejos, va dedicado este libro.

 Un día llegará en el que los pies no puedan correr. Un día, muy lejano, confío, quizás las manos ya no sirvan para dibujar. Viejo trota caminos, no desfallezcas. Correr y dibujar son actividades mentales. Mientras queden sentidos con los que sentir, mientras huelas el humus de los bosques, recuerdes las curvas de nivel, sientas el viento azotar el rostro, puedas rememorar el rumor del lápiz sobre la fibra de papel, la poesía será posible.
***
 Ahora sé, anciano corredor, que dibujo montañas por la añoranza que sentiré el día que no pueda correr por ellas.

 Correr, como viajar, tiene que ver con la muerte. «Sólo la muerte frena el trote. Pero ahí donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes».

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado 

Nota: Les invito a visitar mi otro blog, Carta desde el Toubkal, para conocer otros aspectos de este ensayo, en un artículo que lleva por título Viajar tiene que ver con la muerte.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/11/viajar-tiene-que-ver-con-la-muerte.html


sábado, 11 de marzo de 2023

BOCETOS DE NATACIÓN, QUE BIEN PODRÍAN SER DE ATLETISMO


Bocetos de natación, de Leanne Shapton (Blatt & Ríos, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez


"No mees en nuestra piscina, nosotros no nadamos en tu baño".


Hace unos años recurrí a la natación para superar unos problemas de espalda, y volví a reconciliarme con esta disciplina. Me había peleado con ella en el INEF de Granada, cuando estudiaba para convertirme en el profesor de Ed. Física que hoy soy. Por aquel entonces, estaba preseleccionado para los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 en la prueba de los 3.000 metros obstáculos, y muchos días tenía doble sesión de entrenamiento. En el horario figuraba la natación a primera hora de la mañana, lo que significaba que yo me había levantado temprano, había corrido para acumular kilómetros por los alrededores del barrio y me había duchado y desayunado algo apresuradamente antes de meterme en un vestuario que olía a pies y cloro a ponerme un bañador ajustado, un gorrito ridículo y unas gafas de Rompetechos a las que tenía que escupir en los cristales para que no se me empañaran. Al principio, los juegos de familiarización, de respiración y flotabilidad me relajaban, pero cuando empezamos con la propulsión y a hacer un largo tras otro, con la tablita de corcho y sin ella, aquello empezó a pesarme. Salía de clase agarrotado, con los músculos hinchados como si fuese el muñeco de Michelin (Bibendum), y no rendía bien a la tarde en la pista de atletismo. Así que empecé a faltar a la clase de natación algunas mañanas, cuando a la tarde tenía un entrenamiento de los fuertes: miles o interval de cuatrocientos. Luego, al cruzarme con el profesor en el recreo o en algún intercambio de clase, éste me miraba con severidad y yo quería que me tragara la tierra.

Concentración RFEA - Especialidad Obstáculos "Plan 92"

 La autora y protagonista de Bocetos de natación, Leanne Shapton (Mississauga, Canadá, 1973), también estuvo a punto de ser olímpica.

Supongamos que estoy nadando con otras personas, en el mar, un lago, una piscina, y una de ellas sabe que fui nadadora y comenta: "Leanne es nadadora olímpica". Yo aclaro: "No, no, sólo llegué a las clasificatorias nacionales, no fui a los Juegos Olímpicos". Pero el alarde ya subió a la superficie, como un globo: a algunos les divierte, les da curiosidad; a mí me hace sentir expuesta y me produce nostalgia.
 Si me insisten, en general basta con decir que fui a las clasificatorias de Canadá en 1988 y 1992. Que alguna vez, brevemente, quedé octava a nivel nacional. Explico que para ir a los Juegos Olímpicos hay que lograr el primer o el segundo puesto en las clasificatorias. Y ahí termina la conversación. Después de nadar un rato vamos hacia la orilla o nos subimos al bote o al muelle, y pasamos a hablar de comida o a contarnos algún chisme.
 No tengo recuerdos vívidos de las clasificaciones nacionales ni de cuando ganaba medallas; casi no recuerdo la primera vez que lo dejé en 1989, ni cómo se lo dije a Mitch, mi entrenador. Seguramente habrá sido después de un entrenamiento nocturno. Junto a la piscina, cuando los demás habían ido a cambiarse. Habré estado ahí de pie en bañador, con la mochila y la toalla. Él me habrá preguntado "¿Qué pasa?". Y entonces se lo debo haber dicho. Que mi familia se mudaba al campo, que no quería quedarme a vivir con otra familia para poder seguir entrenando... así que había decidido abandonar la natación.
 Tal vez se lo dije mientras me ponía hielo en las rodillas. Los que nadan crol, mariposa o espalda suelen tener problemas del hombro, pero la mayoría de los que nadan braza tienen problemas de rodilla, y se les aconseja ponerse hielo con regularidad y tomar una aspirina diaria. Después de entrenar o de competir, me sentaba en las gradas con un vaso de telgopor lleno de agua congelada y hacía girar el hielo contra la parte interna de mis rodillas hasta que se ponían de un rosa intenso y perdían sensibilidad. Recortaba el vaso desde los bordes para que no chirriara contra la piel adormecida. El hielo se volvía resbaladizo, afinándose a medida que se derretía.
 Pero no me acuerdo de cuando le hablé. Sí recuerdo haber hablado con Dawn, su asistente, a la mañana siguiente. Mitch no estaba. Nos sentamos en unas sillas plegables al borde de la piscina, mirando al equipo que entrenaba. Dawn me dijo que Mitch se había enfadado. Me preguntó qué pensaba hacer. Creo que le dije que iba a estudiar piano y arte, aunque sabía que no lo entendería. Que incluso tal vez yo no lo entendía. Recuerdo haber mirado a los nadadores, que empezaban con la serie más fuerte, y haber pensado: crucé la línea. Ya no tengo que hacerlo nunca más. Recuerdo estar ahí sentada y aliviada.
 Una vez Mitch me dijo: "Vas a ser excelente". Después Dawn me dijo: "Mitch no quiere hablarte".
 Los nadadores ponemos al entrenador por encima de todo. Lo admiramos, somos vulnerables, estamos desnudos y mojados frente a él. El entrenador nos ve débiles, nos debilita, cuenta con nuestra confianza, hacemos lo que nos dice. Es una relación como de guardián, padre, madre, jefe, mentor, carcelero, médico, psicólogo y maestro. Mitch me rompió el corazón.
***
Bocetos de natación, de Leanne Shapton (Blatt & Ríos)
Fotografía: Lucía Rodríguez
***
Me autodefiní, en privado y en abstracto, por mis breves e intensos diez años como atleta, como nadadora. Entrenaba cinco o seis horas al día, seis días a la semana, y en el medio comía y dormía todo lo que podía. Los fines de semana los pasaba entrenando o compitiendo. No era la mejor; era relativamente rápida. Entrenaba, comía, viajaba y me duchaba con los mejores del país, pero no era la mejor; era bastante buena.
 Me gustaba lo dura que era la natación a ese nivel: saber que podía hacer algo difícil e inusual. Que mi disciplina fuera reconocida, respetada; que tal vez no encajara en los grupos ni dijera las cosas correctas pero había algo que sí hacía bien. Quería creer que tenía talento; ser rápida era una prueba de mi talento. Aunque me encantaba competir, no me motivaba la idea de ser la más veloz, de ser la número uno, de los Juegos Olímpicos.
 Todavía sueño con el entrenamiento, con las carreras, los entrenadores y las competidoras desdibujadas. Me atraen las piscinas, todas, no importa lo pequeñas que sean o lo sucias que estén. Ahora, cuando nado, entro al agua como si tocara distraídamente una cicatriz. Mi nado recreativo es un fantasma de mi nado competitivo.

Leyendo Bocetos de natación en la exposición de Maria Svarbova
La Térmica, Málaga, enero de 2023. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leí Bocetos de natación (Blatt & Ríos, 2022) a final de año con un lápiz en la oreja, como los antiguos carpinteros, y sus páginas quedaron llenas de subrayados y anotaciones.

Le escribo a uno de mis viejos entrenadores, Byron MacDonald, y le pregunto si puedo ir a ver un entrenamiento matutino en la piscina de la Universidad de Toronto. Cuando llego, Byron y su asistente, Linda, están de pie junto al bordillo en la parte honda, cada cual con una fotocopia de la rutina. Están tal cual los recordaba. Byron sigue caminando con ese pavoneo contenido estilo Roy Scheider. Linda sigue pasando rápidamente de la cara de póker a la risa.
 También la piscina está igual. Tiene una paleta rara para una piscina de competición: naranja, marrón y beige con estallidos de azul en los banderines, los bordes y las siete letras de TORONTO distribuidas equitativamente entre los ocho carriles. Cuando nadaba con Byron solía preguntarme cómo sería la vida desde el bordillo, estar ahí arriba seco y sin frío, en pantalones cortos y zapatillas. Siempre había pensado en el tedio que debían sentir los entrenadores mientras nosotros, en el agua hacíamos esos miles de metros de calentamiento, series principales y vuelta a la calma. En un entrenamiento el tiempo pasa con precisión; cada minuto –cada segundo– se siente y se reconoce. En otras palabras, el tiempo pasa despacio.
 Me sorprende, entonces, descubrir que desde afuera el tiempo pasa rápido.
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El agua está a temperatura bañera. Hago unos pocos largos, después decido hacer cien. Es mi entrenamiento básico, cien repeticiones de lo que sea. En verdad cien no es mucho pero suena bien, como "una hora"; aunque hacer cien largos de una piscina tan corta no lleva una hora, lleva unos veinte minutos. En cada extremo cuento para mis adentros. Si pierdo la cuenta vuelvo al último número que recuerdo. Mientras nado mi mente divaga. Hablo sola. Lo que llego a ver por las gafas de natación es difuso y aburrido, la misma vista largo tras largo. Van apareciendo al azar recuerdos triviales e inconexos, una vívida sucesión fotográfica de pensamientos. Se encienden y se desvanecen, como esas ideas flotantes, periféricas, previas al sueño, que a veces son intrascendentes y otras cobran impulso y producen ansiedad para finalmente disolverse. Cada pensamiento dura un cuarto de largo o medio largo, o como mucho un par de largos. Mis reacciones a esos pensamientos burbujean en el agua, contra mis labios: correcciones a la historia, cosas que me gustaría haber dicho o haber podido decir.

 Aquel libro hacía referencia a la natación, pero, conforme lo leía, mi mente, de manera automática, establecía un paralelismo con el atletismo. Bastaba cambiar un deporte por otro para verme reflejado.

Pedro Delgado con Bocetos de natación en la exposición de Maria Svarbova
La Térmica, Málaga, enero de 2023. Fotografía: Lucía Rodríguez

El único entrenamiento formal que tuve fue la natación. Me doy cuenta de que me apoyo en ese entrenamiento para trabajar; que sé cuándo esforzarme y cuándo descansar; que descubrí la equivalencia entre las rutinas y el entrenamiento intermitente y el rendimiento ante una fecha de entrega o la concreción de un proyecto.
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Cuando decido superar estos conflictos y unirme al equipo de másters de Nueva York, recupero el entrenamiento como quien vuelve a una vieja costumbre, a una antigua amistad o a un abrigo que se le había quedado pequeño. Es un territorio familiar (...).
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Me explica que a algunos nadadores les va bien porque aman el deporte y a otros porque tienen talento; que aunque él tenía un talento natural –se decía que su brazada era "casi perfecta"– en realidad pertenecía al primer grupo. Insiste en que es el amor por el deporte y por el entrenamiento lo que ubica a algunos nadadores por encima de otros. Le gusta parafrasear lo que dijo alguna vez un entrenador de béisbol: "La natación es mi alma. La vivo veinticuatro horas al día y me encanta".

 Incluso encontré un pasaje que me recordó lo que me contó hace poco el exatleta y escritor Daniel Azcona en el ciclo Leyendo a la carrera*, cuando quedó 3º en el campeonato de España de 1.500 m junior y ya se hacía en Atenas, en la concentración del equipo nacional. "Solo van los dos primeros", le dijo secamente el seleccionador cuando se acercó feliz a preguntarle las fechas.

Para cuando terminó la noche del domingo el equipo olímpico ya había sido seleccionado. De mis compañeros lo lograron Marianne, Gary y Marcel; Beth, Kevin y Mojca quedaron descalificados. Beth no alcanzó el tiempo estándar de calificación por una centésima de segundo. Una centésima. Recuerdo su cara, vidriosa, estoica, sobre el podio de metal. Era como ver a alguien que hubiera perdido a un familiar querido. Kevin había logrado el tiempo de clasificación pero había quedado tercero, y el equipo sólo admitía a los dos primeros.

 Y también líneas que me retrotraían a mi infancia, a esos veranos en Casarabonela, jugando en la alberca.

Derek tiene nueve años y yo siete. Estamos jugando a algo que llamamos "Naufragio": tras naufragar en medio del mar, hace días que nadamos y nos debatimos entre la vida y la muerte. Hay una isla a la vista, pero nuestra energía se agota. Empezamos el juego a tres metros del bordillo de la piscina de Serson.
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La escala entre él y la boya me hace pensar en esa escena del principio de Tiburón en la que una chica está flotando y de pronto algo tira de ella desde abajo, después la arrastra con violencia por el agua oscura. (...) (Derek y yo hemos representado la escena en varias piscinas públicas cuando nos aburríamos del Naufragio).

 Es probable que Leanne veraneara y jugara en la piscina de un pueblo de Málaga, porque en el capítulo Piscinas aparece pintado con guache o acuarela azul el vaso de una de Gaucín.

(...) encuentro una zona seca en el suelo claro y me siento con las rodillas contra el pecho, y a cada rato cambio de lugar para mirar la mancha con forma de mariposa que deja mi bañador húmedo sobre el pecho.

  Me volví a sentir identificado con Leanne cuando recuerda que le robaron en el vestuario de la piscina Clarkson una sudadera de color coral en la que ponía "Club Mónaco", pues a mí me hurtaron una mochila y un chaquetón azul y negro de la marca Mizuno mientras hacía series en la pista de atletismo de Carranque.

Detalle de la exposición de Maria Svarbova en La Térmica
This is my swim lane (07.10.22 - 12.02.23)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En las páginas de Bocetos de natación, Leanne Shapton deja caer algunos nombres de nadadores, como los campeones olímpicos Alex Baumann, Victor Davis (un ídolo para ella de trágico final), Michael Phelps, Anne Ottenbrite o Janet Evans.

El medallista olímpico Alex Baumann
Fotografía: olympic.ca


El medallista olímpico Victor Davis
Fotografía: Ted Grant (Canadian Olympic Committee)

En el póster Baumann parece un héroe de película: bueno, dulce y guapo. Luke Skywalker. Pero en realidad venero a Victor Davis. Han Solo. Una vez lo vi en un encuentro muy grande; yo tenía catorce. Recuerdo un torso enorme y musculoso y un pelo oscuro y enrulado. Era como contemplar un león, la iluminación de la fuerza física; emanaba algo furioso y contenido a la vez.
 Victor Davis fue criado por su padre en Guelph, Ontario. Toda su vida nadó con un mismo entrenador, Cliff Barry, un exjugador olímpico de waterpolo, robusto y de voz suave. Davis era indiscutiblemente guapo, fuerte, disciplinado y conocido por su marcada naturaleza competitiva. Antes de las carreras ejercía el terrorismo psicológico con sus oponentes, les clavaba la mirada. Iba hasta la plataforma con una toalla sobre los hombros, haciendo sombras de boxeo, y a veces escupía en el carril de al lado. Su momento más celebre fue en los Juegos del Commonwealth de 1982 cuando, furioso por una descalificación en relevos, dio una patada a una silla de plástico frente a la Reina Isabel. Es lo más cercano a John McEnroe que tuvo Canadá.
 Un documental de 1983 llamado The Fast and the Furious ("El rápido y el furioso") presenta a Baumman como el rápido y a Davis como el furioso. [...]
 En 1989, en una calle de Montreal, Davis, como peatón, le tiró una botella de gaseosa a un Honda Civic negro conducido por un hombre que había estado molestando a su novia. El Honda aceleró, lo atropelló y se alejó a toda velocidad. Davis tenía veinticinco años; estuvo en coma durante dos días antes de morir en el hospital. El conductor estuvo cuatro meses preso.

Documental The fast and the Furious

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Al final de Michael Phelps: Inside Story of the Beijing Games ("Michael Phelps: Historia secreta de los Juegos de Pekín"), un documental sobre cómo Phelps ganó ocho medallas olímpicas, hay tres episodios extra. Se llaman "Michael habla sobre su perro Herman", "Michael habla sobre cómo le gusta mandar mensajes de texto" y "Michael habla sobre lo mucho que come". En esas imágenes –que contrastan drásticamente con las de las carreras y el análisis periodístico– Phelps, descalzo y en pantalones de gimnasia, se recuesta en su sofá y le rasca la cabeza a su bulldog, Herman.

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La  nadadora canadiense Anne Ottenbrite
Fotografía: Toronto Star Photograph Archive

Cuando Derek y yo empezamos a tomar clases de natación, en 1984, nos obsesionamos con las gafas de natación. Mi heroína era la campeona canadiense Anne Ottenbrite, una rubia que nadaba braza y usaba unas Speedo grandes y redondas. Yo quería unas como esas. Cuando por fin las conseguí pensé que parecía más rápida.
 En las Olimpíadas de 1984, en Los Ángeles, Ottenbrite ganó la medalla de oro en los doscientos metros braza y la de plata en los cien metros braza con unas Arena negras medio cuadradas, con lentes negras y bordes blancos, opacos. Alex Baumann ganó los doscientos y cuatrocientos metros medley individual con unas Arena. Hacia el final del verano cambié a unas Arena medio cuadradas que enjuagaba regularmente con agua corriente como aconsejaban las instrucciones.
 Para 1988, cuando ya nadaba en serio, habían llegado al sur de Ontario las minúsculas gafas de natación suecas. Eran unos adminículos oculares de plástico moldeado que encajaban con precisión en la cuenca del ojo, sin necesidad de goma o gomaespuma alrededor de los bordes. En las Olimpíadas de Seúl, en 1988, Janet Evans ganó medallas de oro en los cuatrocientos y ochocientos metros libres y los cuatrocientos metros medley individual con unas verdes. En los encuentros en Ontario, había un entrenador que vendía gafas de natación suecas al costado de la piscina. Las cobraba a doce dólares. Me compré dos, unas rojas y unas marrones; venían desarmadas en bolsitas Ziploc. Las marrones para entrenar, las rojas para competir. Esas gafas de natación marcaron un ascenso en mi carrera como nadadora: de lo aceptable a lo bueno. Fue el comienzo de mi lealtad al equipamiento y a los rituales. Esas gafas de natación son como un saludo masónico. Aun ahora, si veo que alguien las usa, sé que sabe.

La nadadora estadounidense Jane Evans

 Acompaño esta reseña de las fotografías que la checa Maria Svarbova expuso estos últimos meses en Málaga, en La Térmica, bajo el título This is my swim lane. Y sé que desde su Mississauga natal, Leanne apreciará este detalle, pues ella ama el arte en todas sus manifestaciones. Prueba de ello son las acuarelas, las fotografías y las múltiples referencias que jalonan las páginas de su libro.

Exposición This is my swim lane, de Maria Svarbova
La Térmica, Málaga. 07.10.22 - 12.02.23
Fotografía: Lucía Rodríguez

Exposición de fotografías de Maria Svarbova en La Térmica
Fotografía Lucía Rodríguez

Exposición de fotografías de Maria Svarbova en La Térmica
Fotografía: Lucía Rodríguez

Exposición de Maria Svarbova en La Térmica (Málaga)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Exposición de Maria Svarbova en La Térmica de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez



Páginas de Bocetos de natación, de Leanne Shapton
Fotografía: Lucía Rodriguez

Capítulo 'Tallas' de Bocetos de natación
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leanne Shapton estudió arte y sus ilustraciones han aparecido en The New York Times y The Glove and Mail. Realizó sus prácticas en el departamento de arte de Harper's Magazine y después trabajó en el diario canadiense National Post, donde edita y diseña la sección de cultura. También dirige la revista dominical, Saturday Night.

Un amigo me manda por e-mail un link a unas fotos que le parece que me van a gustar. El fotógrafo es George Silk y retrata a Kathy Flicker, una saltadora de trampolín de catorce años, en la piscina de la Universidad de Princeton, en 1962. Las imágenes en blanco y negro tienen algo de fotografía espiritual: la superficie del agua desplaza la cabeza de Flicker y refracta su cuerpo, incrementando horriblemente su tamaño. Lo que queda bajo la superficie está exento de nuestra comprensión habitual de la física. Las fotos producen algo que rara vez logra articularse sobre el estado metafísico de la natación: el cuerpo, sumergido, se siente ampliado, más pesado y más liviano a la vez. Pesa menos y sin embargo es más fuerte.

Kathy Flicker
Fotografía: George Silk

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En mi estudio, trabajo junto a un póster que hizo David Hockney para los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972. Un hombre tirándose de cabeza, el agua de la piscina en una rejilla movediza, la luz en tonos de aguamarina y blanco.

Póster David Hockney
Juegos Olímpicos de Múnich 1972

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En mi oficina, enganchada detrás de una foto de James –a los veinticuatro, remando en el Central Park–, tengo una postal de la serie de nadadores olímpicos que hizo Ryan McGinley, originalmente por encargo de The New York Times Magazine. En la foto está Natalie Coughlin en mitad de una brazada de crol, con los dedos extendidos, intentando asir el agua que tiene adelante. Me recuerda que las manos de los nadadores, aunque pasan horas extendiéndose y ahuecándose para atrapar el agua de la manera más eficiente, siempre están relajadas; en una posición sensible pero decidida –como un agarre de escalada– en la que el agua pueda entrar y pasar.

La nadadora olímpica Natalie Coughlin
Fotografía: Ryan McGinley for The New York Times Magazine

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Bajé al escritorio de mi ordenador un diminuto jpg de Laura Knight, una acuarela llamada Girl Bathing. La vi solamente así, en baja resolución: una mujer en traje de baño violeta, sacándose un zapato antes de nadar. Me gusta ese tipo de posturas: pequeños momentos introspectivos de atención al cuerpo; la esposa hipocondríaca de Bonnard en la bañera; las variaciones de Fedele, "El fiel", una escultura grecorromana de un muchacho que, después de entregar un mensaje, se detiene pasa sacarse una espina del pie.

Fedele o El niño de la espina
Fotografía: Wikipedia

 La primera vez que vi una foto de esa escultura fue en la clase de historia del arte, en el tercer año de instituto. Recuerdo que me emocionó la historia del deber por sobre el dolor. Es una postura que todos identificamos: la tensión en la cadera y en la columna cuando levantamos el pie para examinarnos la planta.

 También hay referencias literarias, como la de La montaña mágica, de Thomas Mann o Gold in the Water: The True Story of Ordinary Men and Their Dream of Olympic Glory ("Oro en el agua: la verdadera historia de unas personas comunes que soñaron con la gloria olímpica"), de P. H. Mullen.

Durante el último tercio de La montaña mágica empiezo a pensar en esa condición de "especial" que el cuerpo les otorga a la proeza y a la enfermedad. Ambas implican soportar alguna clase de dolor.

 Y ya que esas líneas vuelven a tocar el tema del dolor, no puedo pasar por alto este fragmento que hace referencia a Rafael Nadal y su lucha con esa sensación.

El tenista Rafael Nadal tratado por su fisioteapeuta

Una mañana, mientras miro el Roland Garros por televisión, me levanto para poner la tetera en el fuego. Está comentando John McEnroe, y desde la cocina le oigo mencionar que Rafael Nadal está jugando con un tobillo esguinzado. Pienso en la contundencia de la idea de que, en mis tiempos de nadadora, estaba constantemente dolorida. No sólo el dolor agudo en las rodillas, del cual nos ocupábamos, sino también un dolor sordo y uniforme en los brazos, la espalda, los hombros. Dolor al sentarme, dolor al levantarme, dolor al reclinarme en un sillón, dolor al estirarme para agarrar la sal o sacarle punta a un lápiz. El estoico Nadal me recuerda cómo ignoraba (y a la larga olvidaba) el dolor durante las carreras, e incluso, hasta cierto punto, durante los entrenamientos. Era como si el dolor que sentía fuera del agua sirviera para recordarme que me volviera a meter en la piscina donde, después de cruzar cierto umbral, las molestias desaparecían. Para un deportista el dolor no es un elemento disuasorio, porque el único momento en que el dolor será eclipsado es cuando practica o cuando compite.

 A Leanne, como a tantísimos nadadores de competición, no le gusta nadar en aguas abiertas, se siente incómoda en ellas. A su naturaleza controladora le gusta tener unos límites.

Consulto a otros nadadores de competición y a la mayoría les pasa lo mismo con las aguas abiertas. Por ejemplo a Byron, mi exentrenador. Su primera objeción es el frío, la segunda tener que mirar por dónde va, la tercera la enuncia como el factor "qué mierdas es eso que hay ahí abajo". Me cuenta que en un campus de entrenamiento en Barbados uno de los nadadores, que venía de la Isla de Terranova, se negaba a alejarse más de diez metros de la costa por temor a los tiburones.

 Y ese último hecho y la palabra tiburones, me recuerda que a mí me ocurre igual, y que no me gusta bañarme de noche ni a más de cien metros de la orilla. La culpa la tiene Steven Spielberg y su película Tiburón, que vi con 9 años. La escena de la película de la que Leanne nos hablaba más arriba.

Tiburón, la película, es sobre un monstruo que come personas. Tiburón, la novela, es sobre el matrimonio. El tiburón es una metáfora de la infidelidad en la figura de Matt Hooper, un oceanógrafo con mucho dinero que gusta de comer vieiras. Mientras la gran sombra blanca se desliza a lo largo de la costa en busca de alimento, el oceanógrafo seduce a la esposa de Brody, el jefe de policía. (...) Mientras que el Tiburón de Spielberg podría definirse como "el hombre frente a la bestia" –ningún personaje tiene un papel romántico (a la chica guapa se la engullen en los primeros cinco minutos)–, la versión de Benchley se desarrolla alrededor del "hombre frente a la bestia sexy". En el libro, el tiburón amenaza al pueblo prosaico de la misma manera en que la infidelidad amenaza nuestras ideas cuidadosamente enmarcadas sobre el matrimonio. Es parte de la naturaleza, es doloroso, está siempre subyacente.

 Y ya que volvemos a hablar de tiburones, decir que Leanne también menciona los cuadros con escualos de Winslow Homer y John Singleton Copley y el tiburón en formaldehído de Damien Hirst. Más motivos para no estar cómodos en las aguas abiertas.

La corriente del golfo, de Winslow Homer

Tiburones, de Winslow Homer

Watson y el tiburón, de John Singleton Copley

La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo
Damien Hirst

 Si ustedes también son más de piscina, háganse con este libro.

Mirar a alguien que nada bien es el equivalente visual de acariciarle la cabeza a un perro de pelaje suave: algo natural y maravillosamente dulce, perfecto.

Bocetos de natación con una fotografía de Maria Svarbova de fondo
Fotografía: Lucía Rodríguez

Diarios de natación, traducido por Laura Wittner, con una revisión y adaptación de la traducción a cargo de Paula Pérez Rodríguez, fue editado en España por Blatt & Ríos en julio de 2022.


*Leyendo a la carrera: con Daniel Azcona.

https://www.youtube.com/watch?v=iJAbZt9SJgw