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lunes, 18 de mayo de 2026

PUES ES VERDAD


Molestar a los otros, de Flavita Banana
EL PAÍS, domingo 23 de febrero de 2025

Quitando papeles de en medio me ha aparecido esta página de EL PAÍS que guardé por la píldora de realidad de Flavita Banana. Ya hace mucho que no voy a nadar a la piscina, pero cuando iba, siempre elegía la calle con esa pregunta en la cabeza. Menos mal que las mujeres tienen otra sensibilidad.

domingo, 9 de noviembre de 2025

NO RESISTE NI EL HIMNO DEL MADRID


No resiste ni el himno del Madrid. La punta de la lengua-Aléx Grijelmo
Fotografía: Pedro Delgado

Hay artículos de Álex Grijelmo en el diario EL PAÍS que son ideales para que los profesores de lengua y literatura los usen en sus clases. Por ejemplo, este sobre la diferencia entre porque y por qué. En él está el Real Madrid de por medio, motivo de más para que los alumnos lo retengan mejor.

LA PUNTA DE LA LENGUA

ÁLEX GRIJELMO

NO RESISTE NI EL HIMNO DEL MADRID

El estadio Bernabéu alberga cada jornada a unos 80.000 espectadores, entre los que se hallarán algunas decenas de miles que habrán acabado el bachillerato, o como se llame ese tramo de la enseñanza cuando usted lea estas líneas. A ellos se suman millones de hispanohablantes que ven por televisión los prolegómenos del partido. Todos asisten una fecha tras otra a una notoria incongruencia ortográfica.

 La diferencia entre porque y por qué se explica en el colegio. La conjunción átona se escribe en una sola palabra y sin tilde ("porque"); es decir, cuando puede sustituirse por a causa de que: "Lo hago porque es necesario" ("a causa de que es necesario"). Y, por el contrario, usamos dos vocablos cuando se combinan la preposición por y el pronombre interrogativo qué, elementos que forman una locución tónica (pues se lleva la fuerza del acento de toda la oración); es decir, cuando transmite una carga interrogativa: "¿Por qué lo hizo?" (aunque no siempre figure entre interrogaciones: "No sé por qué lo hizo").

 Además –lo explicamos de paso para que nadie lo eche en falta– se escribe "porqué" todo junto y con tilde cuando va precedido de artículo y equivale a "motivo" o "causa": "Nadie sabe el porqué de su proceder". Y, finalmente, se pone separado y sin tilde cuando la preposición por y la conjunción que tienen valores independientes, de modo que la formación resultante se puede sustituir con la locución "por eso" (y no "a causa de eso"). Véase la diferencia entre "se caracteriza por que es actor" y "se caracteriza porque es actor"; o "Yo apuesto por que ganaré" frente a "Yo apuesto porque ganaré".

 Pues bien, llevo 10 años escuchando en mi asiento del Bernabéu el último himno madridista (el tercero por orden de creación), en el que la voz cantante, que en esta ocasión no es la de Florentino Pérez, interpreta a todo volumen los versos escritos por mi compañero Manuel Jabois; y dice en un momento dado: "Historia que tú hiciste, historia por hacer. / Por qué nadie resiste tus ganas de vencer". Sin embargo, cuando se oye "por qué" el rótulo electrónico dice "porque": "Porque nadie resiste tus ganas de vencer".

 ¿Cuál de las dos opciones plasmó el autor? Recordé una famosa escena de Woody Allen en Annie Hall (1977). En esa película, Allen contradecía en la ola del cine a un petulante profesor a quien había estado oyendo pontificar en voz alta, justo detrás de él, sobre la obra del famoso teórico de la comunicación Marshall McLuhan. De repente, descubría que el ensayista canadiense se hallaba a unos metros de ambos y que por tanto podía sumarlo a la conversación para que desautorizase al docente pelmazo, como así ocurrió para gran satisfacción de los espectadores. Pues bien, yo le pregunté al mismísimo Jabois, que también me quedaba cerca, qué había escrito él exactamente y me respondió que "porque nadie resiste" pero el intérprete del himno alteró la intensidad prosódica para acomodarla a la intensidad melódica.

 El asunto es que llevamos diez años en el estadio escuchando una cosa y leyendo otra. Esta incongruencia me desconcentra en el comienzo de cada partido, y me quedo cinco minutos pensando en eso; cinco minutos en los que el equipo se pierde mi imprescindible aliento.

 Así que tenemos un problema gordo: o Jabois cambia su letra, o se graba de nuevo el himno o se cambia la ortografía. Estando el Madrid de por medio, habrá quien se tema más bien esto último.

BABELIA, diario EL PAÍS. Sábado 1 de noviembre de 2025

lunes, 11 de agosto de 2025

QUE NO TE ROBEN LA INFANCIA


Yu Zidi, la patria es la infancia, artículo de Pérez Treviño en EL PAÍS
Fotografía: Pedro Delgado

Hace unos días leí en el diario EL PAÍS un artículo de opinión de José Luis Pérez Triviño, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra y director de Fair Play, revista que versa sobre filosofía, ética y derecho del deporte.

 En el texto, José Luis Pérez hacía alusión a la nadadora china Yu Zidi, que a sus 12 años ha asombrado a propios y extraños en el reciente mundial de natación celebrado en Singapur entre el 11 de julio y el 3 de agosto de este año.

 La precocidad de la nadadora ha despertado todas las alarmas y vuelve a abrir el debate sobre lo adecuado de que una niña tan joven compita en un evento de élite con la presión mediática y física que conlleva. El entrenamiento de alto nivel en edades tempranas es algo que llevamos tiempo observando, pero creo que es un error normalizarlo pues, como dice José Luis Pérez, el precio a pagar es demasiado alto. Los niños solo tienen una infancia, y no debemos dejar que se la roben.

Yu Zidi, la patria es la infancia
Opinión
José Luis Pérez Triviño
"La verdadera patria es la infancia". La frase de Rilke resuena como un eco en un mundo que parece haber olvidado su significado. Su sentido no remite solo a la nostalgia, sino a una verdad más profunda: que en esa etapa es donde se fragua el compañerismo, el sentido del asombro, la espontaneidad del juego y los lazos afectivos genuinos. La infancia debería ser tiempo sin cronómetros ni rendimientos. De ocio, no de negocio.
 Yu Zidi, nadadora china de tan solo 12 años, se ha convertido en un símbolo de esta tensión contemporánea. En los Campeonatos Mundiales de Natación celebrados en Singapur, su brillante actuación –incluida una medalla de bronce en el relevo 4x200 metros libres– ha generado una oleada de admiración internacional. Pero también ha encendido una controversia: ¿es adecuado que una niña tan joven compita en un evento de élite con semejante presión mediática y física?
 Es más, esta controversia debe dejar paso a una reflexión más profunda: el cuestionamiento del sentido de la infancia y de cómo el deporte, especialmente en su versión más profesionalizada, debe respetar ese ámbito sagrado de la vida. No todo lo que es posible es deseable, y no todo lo que despierta admiración debe ser imitado. La infancia no es una antesala del rendimiento y del éxito, sino una etapa con valor en sí misma, que exige cuidado, límites y protección frente a las lógicas externas que amenazan con invadirla.
 No se trata de negar el valor del deporte en la vida infantil. Bien concebido, el deporte puede ser fuente de alegría, salud, cooperación y aprendizaje. Pero no debe confundirse con el juego. Lo característico de la infancia no es la competición, sino el juego, sin finalidad externa, sin cálculo ni escrutinio. Cuando el deporte se convierte en obsesión pro el rendimiento, cuando se desdibuja la línea entre formación y profesionalización, entonces deja de ser una actividad saludable para convertirse en una amenaza, no solo física, también para el desarrollo mental.
 El problema no radica en el deporte en sí, sino en la colonización de la infancia por intereses que le son ajenos: intereses económicos, cuando se convierte en contenido monetizable; e intereses políticos, cuando los cuerpos infantiles son movilizados como instrumentos al servicio de proyectos nacionales. En China, esta lógica adquiere un cariz especialmente preocupante. La reforma de su Ley del Deporte en 2023 ha reforzado un modelo estatalista en el que el deportista –incluso el menor– queda subordinado al interés nacional. No se trata simplemente de formar atletas, sino de construir símbolos que encarnen la grandeza de la patria. El sujeto, incluso siendo un niño, se transforma en medio, no en un fin. La patria, en vez de proteger la infancia, la reclama para sí.
 Este contexto se agrava con decisiones recientes en el ámbito mundial. La Federación Internacional de Natación, World Aquatics, se está planteando revisas sus normativas sobre la edad mínima para participar en competiciones oficiales. Actualmente, los menores de 14 años pueden competir si alcanzan las marcas mínimas tipo A. Pero, ¿es ético permitir que niños de 12 años compitan a ese nivel?
 Reducir aún más los límites de edad no sería una medida progresista, sino una concepción peligrosa a la lógica del mercado y de la heroína nacional. Implicaría normalizar la exposición de menores a dinámicas físicas, psicológicas y mediáticas para las que no están necesariamente preparados. Y mandaría un mensaje perverso: que lo importante es ganar, aunque el precio sea renunciar a la infancia.
 Yu Zidi no pidió convertirse en emblema de nada. Y si pudiera hablar, mucho nos tememos que sería para sentirse orgullosa de sus medallas y de su servicio a la patria. Pero quedará la duda de si esto es lo que en otras circunstancias políticas hubiera expresado. Y a pesar de que su aparición en los medios de comunicación sea para mostrarla como modelo, su historia debería servir como una advertencia.
 Las autoridades deportivas no deben caer en el encantamiento de los logros deportivos. En lugar de eso deben focalizar su interés en las personas detrás de los deportistas. No basta con garantizar su seguridad física. Es necesario preservar también su salud mental y el crecimiento psicológico sin cambios disruptivos. Proteger la infancia es resistirse a la tentación de adelantar la edad adulta, aunque aquella traiga éxitos. Es saber decir no, aunque el talento deslumbre, aunque los récords caigan, aunque las medallas brillen.
José Luis Pérez Triviño
EL PAÍS, domingo 3 de agosto de 2025

viernes, 2 de mayo de 2025

¿POR QUÉ NO SE INCLUYE EL AJEDREZ EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS?


El campeón del mundo de ajedrez Borís Spassky
Fotografía: Portada revista Peón de Rey

 

«Hoy más que nunca necesitamos el ajedrez. Mover esas piezas de madera y pensar en su estrategia nos permite olvidar las desgracias de este mundo».
Borís Spassky, campeón del mundo de ajedrez 1969-1972


No hay duda de que el ajedrez es una excelente herramienta transversal para los docentes en las aulas, pues, entre otras cosas, desarrolla la atención y el pensamiento crítico y estratégico. Por supuesto que, como dijo el pasado verano en una entrevista el excampeón del mundo de ajedrez Garri Kaspárov, «el ajedrez no es una solución mágica, pero sirve para que los niños comprendan que cada acción está conectada con otras y tiene sus consecuencias, así como el valor relativo de cada pieza en una posición».

Garri Kaspárov con 11 años (1974)
Fotografía: Wikimedia Commons

 Decía recientemente el científico y periodista Javier Sampedro «que acaso deba considerarse también un arte». El COI (Comité Olímpico Internacional) lo considera un deporte, y yo me preguntaba durante la pasada Olimpiada de París, viendo la inclusión de nuevos e inesperados deportes, cómo era posible que nadie hubiera abogado por su introducción en los Juegos.

 Como suele suceder, las sincronías que se dan en la vida sacaron a la palestra mi pregunta unos días más tarde, en forma de artículo de opinión en el diario EL PAÍS. Guardé aquel texto para escribir una entrada, pero más adelante lo di por perdido al no lograr recordar dónde lo había dejado; hasta que estos días lo encontré removiendo unos papeles en la mesa de la cocina.

¿Por qué no hay sitio en los Juegos Olímpicos para el ajedrez?
Fotografía: Pedro Delgado

El debate. ¿Por qué no hay sitio en los Juegos Olímpicos para el ajedrez?
En estos Juegos de París hay 329 pruebas y más de mil medallas a repartir. Con cada vez más deportes con el marchamo de olímpicos, como el 'skateboarding' o el 'breakdance', ¿por qué no se incluye el ajedrez?

 Así que con muchísimos meses de retraso, les anoto las dos opiniones que, bien expuestas y razonadas, aparecen en el artículo: la del periodista especializado en ajedrez Leontxo García y la del periodista y escritor Paco Cerdà. Después de leerlas, no me cabe duda de que el ajedrez debería de incluirse en los Juegos Olímpicos.

El cerebro también es físico
Leontxo García
Juan Antonio Samaranch (1920-2010), presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) de 1980 a 2001, explicó a EL PAÍS en 1998 por qué iba a proponer a la siguiente Asamblea General que se aceptara como miembro a la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE): "En nuestros archivos no tenemos una definición oficial de lo que es deporte. El ajedrez es el deporte mental por excelencia, y está organizado como tal en todo el mundo. Encaja perfectamente con el lema Mens sana in corpore sano (mente sana en cuerpo sano, en latín) y nos dará una imagen ligada a la inteligencia". La Asamblea aprobó su propuesta por aclamación en 1999. Y el ajedrez fue deporte de exhibición en los Juegos de Sídney, en 2000.
 La FIDE cuenta hoy con 201 países miembros (no todos son independientes; por ejemplo Escocia, Gales o Islas Feroe). Sólo el fútbol, baloncesto y atletismo tienen más. El ajedrez tiene sus propias Olimpiadas (bienales), desde 1927. Y ha entrado ya o lo hará pronto en los Juegos de Centroamérica y el Caribe, los Suramericanos, los Asiáticos y los Africanos, con el objetivo de formar parte algún día de los JJ OO, de Verano o de Invierno.
 Cuando Samaranch me recibió en su despacho de Lausana (Suiza), sobre su mesa estaba un informe de varios cientos de folios que contenía un experimento médico de la Universidad de Lovaina (Bélgica) en el que se demuestra que el desgaste físico (nervioso, hormonal y cardiovascular, principalmente) de un ajedrecista de alta competición no es inferior al de varios deportes olímpicos.
 Al ajedrez como pasatiempo puede jugar cualquiera, aunque su salud sea horrible. Pero el de alta competición, con partidas que duran cuatro o cinco horas, exige una preparación física esmerada. Es normal que un ajedrecista pierda varios kilos en un torneo (o duelo) de dos o tres semanas. Entre los 50 primeros del escalafón actual solo hay siete que hayan cumplido los 40; y sólo uno –el pentacampeón indio Viswanathan Anand– con más de 50. Cabe preguntarse si Lionel Messi jugaría igual de bien al fútbol con un cerebro distinto. Y la respuesta obvia es no. El cerebro también es físico, y actúa como sala de máquinas del resto del cuerpo. Diversos estudios científicos indican que los ajedrecistas utilizan mucho algunas partes del cerebro poco ejercitadas por el resto de la gente, y también que usan intensamente ambos hemisferios a la vez, de forma coordinada.
 Buena parte de lo explicado en los párrafos anteriores sirve para afirmar que el mus o el dominó están a años luz del ajedrez para reivindicar su entrada en los JJ OO. Conviene subrayar una cuestión pragmática, señalada por Samaranch: el ajedrez está organizado como un deporte incluso en los países que no lo han reconocido todavía oficialmente como tal (sobre todo, algunos anglosajones); cambiar eso provocaría serios problemas en cuanto a subvenciones de dinero público y ubicación en los medios de comunicación. Por ejemplo, si yo ofrezco un reportaje sobre ajedrez y cine (o literatura) a la sección de Cultura de EL PAÍS tendría pleno sentido, porque hay muchas películas y novelas sobre ajedrez. Pero si es sobre la Olimpiada de Ajedrez de Budapest, la respuesta sería: "No, eso es para Deportes".
 Y está el argumento histórico. Muy pocas actividades humanas –y menos aún deportivas, excepto el maratón– tienen más de 1.500 años de historia documentada. El ajedrez nació probablemente en algún lugar cercano a la actual India y los musulmanes lo trajeron a España, donde se creó el ajedrez moderno (prácticamente con las reglas actuales); se extendió de inmediato por América y buena parte de lo que hoy es la UE. El primer campeón del mundo oficioso fue el clérigo español Ruy Lopez de Segura, patrocinado por Felipe II.
 Dos jugadores murieron durante la Olimpiada de Ajedrez de Tromso (Noruega) de 2014. Kurt Meier (Seychelles, 67 años) por infarto en plena partida. El uzbeko Anisher Anarkúlov, de 46, en su habitación "por causas naturales", según la policía. Los análisis demostraron que sus arterias coronarias no eran apropiadas para la alta competición, que consiste en llevar el cuerpo y la mente al límite. Todo ajedrecista de élite ha sufrido eso en propia carne.
Leontxo García es periodista especializado en ajedrez

 ***

Sobran pruebas y faltan deportes
Paco Cerdà
Comencé los Juegos comprándome un libro de cuatro mil páginas: Le siècle olympique, una maravillosa locura donde Pierre Lagrue reconstruye el día a día de todos los Juegos de la Historia. En sus páginas laten las vidas y milagros de los santos laicos de este siglo: los deportistas. Por ejemplo, Alain Mimoun. Siempre vio las suelas del gran Emil Zátopek delante de sus narices. Fue plata en Londres 48 y logró dos platas en Helsinki 52: siempre por detrás de Zátopek. Pero en Melbourne 56 pasó lo inesperado. La noche anterior al maratón, Mimoun recibió una llamada: había nacido su hija Olimpia. Ese caluroso sábado corrió como nunca y ganó. Zátopek, que llegó sexto, se descubrió ante él y abrazó a su eterno poulidor. Es una historia preciosa. Contiene el peso de la tradición, el aura del maratón: la pureza de un humano persiguiendo el horizonte y sus límites. ¿Puede levantar esa poesía el breakdance?
 Los primeros Juegos empezaron con nueve deportes: atletismo, ciclismo, esgrima, gimnasia, tiro deportivo, natación, tenis, halterofilia y lucha grecorromana. Entre todos, 43 pruebas. Citius, altius, fortius. Ahí estaba la esencia olímpica: correr, saltar, lanzar, levantar, tumbar, nadar, tirar, pedalear, y conectar con la Antigüedad.
 Pero los Juegos comenzaron a crecer de una forma desigual. En la segunda edición ya había 19 deportes y se llegó con 21 hasta Los Ángeles 1984. Fue ahí, con el muro de Berlín resquebrajado y el capitalismo ganando el oro mundial sin control antidopaje, cuando todo se disparó. En París hay 32 disciplinas. Pero en el número de deportes no está la gran transformación. Criticar a los monopatines o a la danza urbana es lo fácil. Solo un espejismo.
 La verdadera mutación atañe al número de competiciones. Aquellas 43 pruebas de Atenas 1896 pronto se doblaron en número. En 1908 se superaron las 100. En 1960 se rebasaron las 150. En 1980 se saltaron las 200. Solo veinte años después se produjo el gran salto: 300 pruebas en 2000. Así pues, aunque parezca lo contrario, el aumento ha sido tenue en este siglo: 300 en Sídney, 301 en Atenas, 302 en Pekín, 302 en Londres, 306 en río, 324 en Tokio y 329 en París. En estos Juegos hay 10.500 atletas y más de mil medallas en juego. Pero algunas son de pruebas por equipos. Así, en los Juegos de Tokio, hubo 2.175 medallistas. Una medalla por cada cinco deportistas no parece la media de la excelencia.
 Tras los datos vienen las preguntas. ¿Tiene sentido que el ciclismo olímpico compita en pista, en ruta, en montaña y en cross hasta llegar a las 22 pruebas? ¿Es proporcional que 91 pruebas –el 28% del total– se disputen en el agua? ¿Es sensato que la natación se subdivida en libres, braza, espalda, mariposa, estilos, aguas abiertas, relevos, 50 metros, 100, 200, 400, 800, 1.500, 10 kilómetros, relevos, mixto y así hasta repartir 111 medallas? ¿Es pertinente que el piragüismo tenga 16 pruebas, el remo 14 y la vela 10? ¿Es lógico que los saltos acuáticos tengan ocho pruebas, como si sumáramos todas las de balonmano, hockey, waterpolo o voleibol? Parece indiscutible que el atletismo alcance las 48 competiciones: es el origen olímpico. Más cuestionable es que el combate reúna 66 pruebas entre lucha, judo, boxeo, esgrima y taekwondo. Porque lo que sobran son pruebas, más que deportes.
 Uno preferiría ver incluso más deportes alineados con el espíritu olímpico y su poética. Por ejemplo la pelota a mano en frontón, que ya fue olímpica; el ajedrez en su versión relámpago; el alpinismo, con montañistas ascendiendo cumbres, como quiso el barón de Coubertin; algunos juegos populares que fueron olímpicos, como el tira y afloja con una cuerda. Para ello deberían reducirse pruebas. Y si el COI no lo hace, que al menos no nos dé gato por liebre con baloncesto 3x3, ni descafeinado de sobre con fútbol amateur. Que los Juegos coronen a los mejores. Al mejor corriendo, luchando, nadando, saltando; no a los dos mil mejores en cada microespecialidad.
 De todos modos, la poética del olimpismo no solo brilla en los mejores. También late en la tragedia de Carolina Marín. También en la derrota sin final feliz de Rafa Nadal. También en la evocadora historia de Mimoun: sin sus amargas platas, nadie recordaría su oro.
Paco Cerdà es periodista y escritor
Emil Zátopek y Alain Mimoun (Helsinki, 1952)

 ¿Y usted, qué opina?

Nota: La fotografía de Leontxo García es de Diego Díaz, y la de Paco Cerdà es obra del fotógrafo Mikel Ponce.

domingo, 2 de febrero de 2025

EL UNIVERSO DE LA SENCILLEZ


La pasión infinita de un escalador de 99 años
Fotografía: Pedro Delgado

Esta mañana desayuné leyendo uno de los artículos que tengo amontonados en la mesa de la cocina –ya saben que a veces los recorto del periódico y los dejo allí a la espera de su momento– . Este lo saqué de la parte de abajo, de ahí su fecha: Domingo, 6 de marzo de 2022.

 Debí guardarlo por la foto que lo ilustra, por el titular y porque lo firma Óscar Gogorza.

Marcel Rémy escalando con 99 años en el rocódromo suizo de Villeneuve
Fotografía: Hannes Tell / Claude Rémy

 El texto, publicado en el diario EL PAÍS, dice lo siguiente:

El suizo Marcel Rémy espera cumplir un siglo de vida haciendo lo que siempre ha deseado hacer: moverse por las paredes
La pasión infinita de un escalador de 99 años
Marcel Rémy cumplió el pasado 6 de febrero 99 años y lo celebró escalando en un rocódromo una vía vertical de 16 metros de longitud y dificultad 4c, algo que un adolescente en forma pero sin experiencia en escalada no sería capaz de hacer teniendo en cuenta que la graduación de la escalada empieza en el cuarto grado y acaba en el noveno. Además, escaló como a él le gusta, de forma auténtica: en paredes cortas, se puede escalar como primero de cuerda o en polea. La diferencia es sustancial. Escalar de primero de cuerda, como le gusta a Marcel, implica caídas serias, mientras que el que escala con la cuerda pasada por el descuelgue apenas notará nada si cae. El matiz es sumamente importante, porque aquel que escala de primero ha de aceptar un componente psicológico que puede ser tanto o más determinante que lo estrictamente físico.
 Si no llueve y no arrecia el frío, este suizo nacido en 1923 sigue animándose a escalar en roca, al aire libre, acompañado por sus hijos Yves y Claude, dos leyendas de la escalada en pared que aprendieron a amar la vida en vertical observando la pasión desmedida de su progenitor. Los padres de Marcel, en cambio, nunca tuvieron en buena estima a esos personajes que se bajaban del tren, junto a su asa, y cargaban pesadas mochilas al encuentro de las montañas para escalarlas atados a una cuerda. Pero el pequeño Marcel, apenas siete años de edad, ya se había envenenado: soñaba que los perseguía, se unía a ellos, se ataba a ellos. Pero de momento, tenía que conformarse con una cuerda de ocho o nueve metros hecha de retales de las que se usaban para amarrar a las vacas y con la que un amigo y él imitaban sin saber bien cómo a los alpinistas.
 Esta historia es bien conocida y ha sido repetida hasta la saciedad por los medios suizos. Pero su idilio con las montañas casi se borró para siempre cuando una avalancha barrió su casa y mató a su madre y su hermana. Su padre, su hermano y él se salvaron porque ese día trabajaron limpiando de nieve el ferrocarril del Oberland. Los sueños de alpinista de Marcel también fallecieron sepultados por el mismo alud. Años después, en 1945, la montaña le concede una segunda oportunidad: su amigo se bloquea en una pared, es incapaz de pasar y pide a Marcel que lo intente, que los saque a ambos del atolladero en el que se encuentran. Marcel tiene pánico: no está preparado aún, pero pasa y, juntos, alcanzan la cima. ¿Cómo explicar lo que siente un escalador cuando supera su miedo, cuando se revela mejor de lo que creía? Todo se juega en un momento, y en los inicios suele ser un cara o cruz. El mismo día que convirtió a Marcel en alpinista pudo haber sido el día de su adiós al alpinismo. Todo está en la cabeza, mucho más que en los antebrazos.
 Hace pocos días, el rocódromo de la localidad suiza de Villeneuve se vistió de gala para celebrar el reciente cumpleaños de Marcel, a un paso de los 100 años de vida. Hubo una tarta y muchas ganas de alcanzar a entender de dónde nace la ilusión, la motivación y la dedicación de este señor. Hay enamoramientos que duran una vida, y el idilio que este anciano mantiene con su pasión es uno de ellos, la única justificación posible para entender algo difícilmente asumible. "Mientras el cuerpo aguante y tenga salud, pienso seguir escalando al menos dos días a la semana en el rocódromo y aprovecho para dar las gracias a esta sala indoor que me permite mantener mi estado de forma. Y es que para seguir así necesito mantener la regularidad en el esfuerzo y alimentar el cuerpo y la mente", aclaró Marcel poco después de soplar las velas.
 Hace cinco años, Marcel Rémy fue capaz de escalar una pared de 450 metros con dificultades de hasta 5c. Bien apoyado por sus hijos, logró superar todas las dificultades en libre, es decir, sin agarrarse a nada que no fuese la roca para progresar. Sus hijos, que le flanquearon, no se lo pusieron fácil: tenía que seguir un entrenamiento serio antes de acceder a la pared. Durante semanas, escaló en roca y en interior simulando la longitud del reto en cuestión, caminó por las montañas y si no le pusieron a dieta fue porque no le sobra un gramo de grasa. Como premio a su implicación, los hijos le regalaron un descenso en parapente desde la cima.
 La escalada, ahora tan de moda, incluso olímpica, ha conocido una evolución tan lenta como fantástica: cuando Marcel Rémy nació, la muerte solía puntuar el valor de los más arrojados. Hoy en día, la escalada deportiva es tan lúdica que alcanza a todo tipo de público. Si algo no ha cambiado, y puede ser el hilo conductor de la trayectoria de Marcel desde el periodo entre guerras hasta la invasión de Ucrania, es la capacidad de abstracción que regala la escalada. Desde el momento en el que uno se aferra a una pared, la vida es sencilla y se reduce a un único pensamiento: no caer. Y uno desea regresar una y otra vez al universo de la sencillez.
Óscar Gogorza, EL PAÍS

 Al terminar de leer el texto, no he podido evitar trasladar esas palabras finales a la carrera a pie y recordar a esos octogenarios que van a los campeonatos de España y de Andalucía de atletismo en compañía de sus hijos. Después, he buscado a Marcel en Google. Allí, con cierta tristeza, me he encontrado con que murió el 10 de julio de 2022. Es decir, apenas tres meses después de que Óscar publicara su artículo. También me he topado con un emotivo vídeo que recoge su vida y su inquebrantable pasión por la montaña. Unas imágenes que sirven de ejemplo y homenaje.

 Y por si se quedan con ganas de más, les dejo otro vídeo donde pueden ver a Marcel con 94 años escalando en el macizo calizo Miroir de l'Argentine –Espejo de Argentina, por lo lisa y brillante que resulta su pared noroeste– en el oeste de Suiza.

 Lo de este hombre, con esa edad, era realmente increíble.

lunes, 18 de diciembre de 2023

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (IV)


Lo progresista es dar dos pasos atrás
Fotografía: Pedro Delgado

Porque es una verdad como una casa, y no se puede contar mejor ni más claro, quiero compartir con todos ustedes este artículo de la periodista y escritora Ana Iris Simón donde habla del uso de las tablets y el aprendizaje por competencias basado en la gamificación y el trabajo por proyectos en nuestros colegios e institutos.

Lo progresista es dar dos pasos atrás

En el aula del colegio en el que estudió mi madre en los setenta había un crucifijo sobre la pizarra. En la del mío, en los noventa, un retrato de Juan Carlos y Sofía. Si llevara a mis hijos al único concertado laico de mi localidad, en los pasillos habría logos de Apple. Resulta que es un Apple Distinguished School, un centro que "refleja la visión de Apple en cuanto al papel de la tecnología en la educación". Que supongo que es, ni más ni menos, la de colocar sus cachivaches hasta en clase de gimnasia (Ed. Física, please, Ana Iris).

 Recuerdo la impresión que me dio ver propaganda de una multinacional en un colegio mientras leo el informe PISA, que nos muestra que la educación en España es hoy peor que hace 20 años. Un dato que seguramente sorprenderá a muchos padres, que se estarán preguntando cómo es eso posible, si sus críos van a un centro bilingüe, usan tabletas y hacen los deberes por el aula virtual. Además, el director les contó que estaban probando un programa pedagógico innovador, en el que la memorización quedaba en un segundo plano para potenciar el aprendizaje por competencias basado en la gamificación y el trabajo por proyectos. La explicación que algunos expertos dan a este fracaso educativo sorprenderá a algunos aún más que los terribles resultados del informe PISA: la educación en España es hoy peor que hace 20 años precisamente por todo eso.

 A lo que llevan tiempo advirtiéndonos de ello se les ha llamado rancios y antiguos. En España, Catherine L'Ecuyer, Gregorio Luri o Pascual Gil llevan años diciéndonos que "la escuela no es un parque de atracciones", señalando lo anómalo de un modelo educativo que enseña quiénes eran los Reyes Católicos en inglés, explicándonos que algunos de los modernos paradigmas pedagógicos generan que nuestros hijos sepan cada vez menos y refuerzan la brecha de clase entre alumnos. L'Ecuyer incide en el uso de dispositivos electrónicos; se pregunta, como nos preguntamos muchos, por qué el pediatra nos recomienda que no expongamos a nuestros hijos a pantallas, pues generan problemas –de atención, de conducta, de sueño–, mientras que en el colegio nos venden como la panacea tener a los niños seis horas con la tablet.

 Enfrente tienen a los que conciben el cambio como un fin en sí mismo, a los que piensan que el dos es mejor que el uno solo por el hecho de venir después, a los que no saben explicarnos qué clase de magia opera para que los dispositivos electrónicos dejen de generar perjuicios si se usan con fines educativos. ¿Qué cara creen que me pondría el pediatra si, cuando me pregunta que si mis críos ven demasiada tele, le respondo que sí, que ocho horas diarias, pero que como es Barrio Sésamo no pasa ni media?

 Escribía C. S. Lewis que cuando uno está al borde de un acantilado, lo más progresista es dar dos pasos para atrás. Los poderosos lo saben, por eso los CEO de Silicon Valley llevan a sus niños a colegios sin pantallas ni dispositivos, siguiendo esa máxima de los traficantes por la cual uno no consume la mierda que pasa, y haciéndola extensiva a su prole. Ahora solo falta que tomemos conciencia el resto. Que nos demos cuenta de lo grave que es que nuestros hijos estén formándose peor que nosotros. Y de lo ridículo que resulta que nos quieran seguir vendiendo las causas de ese fracaso como signos de progreso.

Ana Iris Simón. EL PAÍS, 9 de diciembre de 2023

 Otras entradas de la sección La importancia de la educación en España:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/01/la-importancia-de-la-educacion-en-espana.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/09/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2022/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html


miércoles, 22 de noviembre de 2023

LA DERROTA


La derrota, artículo de Manuel Vicent
EL PAÍS, 19 de noviembre de 2023
Fotografía: Pedro Delgado

A veces, uno se encuentra con un artículo que merece la pena recortar y conservar entre las páginas de algún libro. En este caso, por la referencia que hace el escritor Manuel Vicent a la derrota dentro del mundo deportivo. Un texto que estos días también funciona como metáfora del mar perder de tantos agitadores.

MANUEL VICENT
La derrota

A un jugador de póquer muy avezado que había perdido una cifra exorbitante en una partida, al día siguiente sus compañeros de garito le preguntaron qué tal había dormido esa noche y él contestó que había dormido como un bebé, porque cada cinco minutos se despertaba y lloraba. Añadió que para un jugador que sabe perder las derrotas cicatrizan enseguida. En ese momento estaba sentado de nuevo a la mesa y tenía dos ases en la mano. El mundo se creaba de nuevo y la suerte volvía a rodar. Un monje del monasterio del Nido del Tigre de Bután me dijo un día que ante cualquier fracaso repitiera 100 veces como si fuera una oración: "He sido derrotado, algo he hecho mal, no importa, mañana empezaré de nuevo". Es más elegante aceptar una derrota que celebrar una victoria, hay más estética en el fracaso que en el éxito, tiene más literatura el perdedor que el ganador.

El Nido del Tigre (Bután)
Fotografía: Revista Esquire / Getty Images

 Por mi parte, prefiero a Van Gogh con una sola oreja que con dos y al Picasso de la época azul, muerto de hambre, en calzoncillos que al triunfador con esmoquin y pajarita. En todos los colegios anglosajones el deporte está considerado como una asignatura fundamental porque en la cancha se aprende todas las reglas que luego hay que aplicar a los negocios, a la política y a la moral ciudadana, el juego limpio, el respeto al adversario, pelear hasta la extenuación sin rendirse nunca, valorar el triunfo y aceptar la derrota como una lección. Aunque el tenista rompa la raqueta contra el suelo, por muy bronco que haya sido el partido al final deberá subir a la red para felicitar y abrazar al ganador. Sería expulsado del circuito si no cumpliera estas reglas.

Novak Djokovic en la Final del US Open
Fotografía: Reuters

Pero nadie es más detestable que el jugador que tiene mal perder, que está dispuesto a cometer cualquier trampa, a romper la baraja o a dar una patada al tablero con tal de no admitir la derrota. Es como quien tiene mal vino y encima no sabe beber.

EL PAÍS. Domingo 19 de noviembre de 2023

 

https://elpais.com/opinion/2023-11-19/la-derrota.html

domingo, 9 de octubre de 2022

EL ADIÓS DE FEDERER


Roger Federer y Rafa Nadal, en la retirada del tenista suizo
Fotografía: GTRES (Vanity Fair)

A veces, el mejor periodismo deportivo lo generan los escritores:

Lágrimas

Manuel Vicent

La pelea entre Apolo y Dionisos, origen de la tragedia griega, ha sido representada ante nuestros ojos en las canchas de tenis. En la mitología clásica Apolo encarna el lado platónico del espíritu, el equilibrio, la elegancia, la precisión, la medida, la contención, el límite. Dionisos representa la pasión, el exceso, el instinto, el esfuerzo, el desgarro, las lágrimas. Desde la tribuna de una cancha de tenis, mientras Federer y Nadal disputaban cualquier final agónica de un Grand Slam, Nietzsche hubiera podido explicar ese partido como una lección de filosofía moral. Federer manejaba la raqueta como si el tenis fuera un deporte matemático, mental, equilibrado. La pelota salía de su brazo con una velocidad ingrávida hacia un punto de la línea con la fuerza precisa. No sudaba, no gritaba, podía haber jugado con esmoquin. En cambio, Nadal, frente a Federer, daba a entender que el tenis era un deporte explosivo, crispado, sobrehumano. Cada golpe imposible, más allá de toda medida, iba acompañado de un grito tal vez de dolor o de placer orgiástico. Nadal sudaba. El sudor de Nadal era su corona. En sus inicios, Federer rompía la raqueta cuando la pelota no obedecía al impulso de su mente. A la derrota le seguía la cólera. Este desequilibrio fue corregido a tiempo hasta alcanzar la serenidad del héroe apolíneo, frío, incapaz de mostrar ninguna emoción. Al principio de su carrera el adolescente Nadal vestía en la pista pantalones de bucanero y tenía una mirada obsesiva de guerrero apache. Sus ojos concentrados expresaban una disposición a resistir la adversidad a cualquier precio hasta la agonía. El mito de Apolo y Dionisos representado por estos dos tenistas alcanzó su culminación el pasado día 23 con la despedida de Federer cuando estos dos héroes de la mitología moderna, cogidos de la mano, juntaron sus lágrimas. Venció la emoción, venció Dionisos.

Artículo aparecido en el EL PAÍS del 2 de octubre de 2022


lunes, 3 de octubre de 2022

KIPCHOGE, UN RÉCORD NADA INCREÍBLE


El keniata Eliud Kipchoge tras cruzar la meta en la maratón de Berlín 2022
Fotografía: AFP

Hace apenas una semana, el keniata Eliud Kipchoge, doble campeón olímpico, volvió a batir el récord del mundo de maratón, marcando un crono de 2:01:09 en la maratón de Berlín, medio minuto menos que su anterior plusmarca, conseguida también en la capital alemana.

 "Increíble" ha sido el comentario más oído estos días a cuenta de esa marca, y muchos más increíbles volverán a oírse el día que vuelva a bajar de las dos horas sin ayudas externas (en 2019 hizo 1:59:41 en Viena, pero el récord no fue homologado por haber sido ayudado por cuarenta y una liebres que se dieron relevos en grupos de siete cada cinco kilómetros). Sin embargo, no deberíamos emplear el adjetivo "increíble" cuando nos estamos refiriendo a un hecho totalmente creíble, pues si había alguien preparado para batir esa marca era el propio Kipchoge. Sí habría resultado increíble si el ganador hubiese sido uno de mis vecinos o yo mismo. Por eso, será mejor adjetivar al atleta, su triunfo o su récord con formidable, magnífico, espléndido, sobresaliente, inolvidable, impresionante, enorme o fabuloso.

 Y toda esta retahíla viene porque el mismo día en que Kipchoge atravesaba la línea de meta, el escritor y periodista Álex Grijelmo publicaba en su sección La punta de la lengua,  del diario EL PAÍS, un artículo sobre el uso inadecuado de la palabra "increíble" al comentar ante el micrófono un gran éxito deportivo. Y supongo que en su libro Con la lengua fuera –Críticas, chascarrillos y explicaciones sobre el léxico deportivo– (Editorial Taurus, 2021) se podrán encontrar ejemplos parecidos a éste.

Con la lengua fuera (Ed. Taurus, 2021)

LA PUNTA DE LA LENGUA

Increíble pobreza de adjetivos

Por Álex Grijelmo

Increíble, increíble. Veinte veces increíble. Treinta veces increíble. Es el adjetivo preferido por deportistas, cantantes, cocineros, artistas en general y demás familia cuando han de comentar ante el micrófono un gran éxito. Primero dicen "la verdad que" y luego repiten "increíble" en cada frase. Increíble el apoyo del público, increíble el ambiente en el concierto, increíble haber recibido ese premio. Increíble que digan tantas veces increíble.
 Muchas celebridades que hablan en público no tienen por oficio la palabra y, por tanto, no cabe exigirles nada. Otro asunto es lo que cada uno se exija a sí mismo y la imagen que desee mostrar ante los demás. Las palabras son baratas, y su pobreza o su variedad retratan las carencias del pensamiento o sus caudales. Vale la pena prestarles atención.
 El adjetivo "increíble" ofrece expresividad, no digo que no. Es rotundo, señala algo que sobreviene, que llega de súbito. Por ejemplo, la repentina herencia de un tío en América; algo increíble, ya se ve. O sea: "lo que no puede creerse", como dice el Diccionario en la primera acepción; o lo que es "muy difícil de creer", según matiza la segunda, abriendo la mano.
 Pero habrá quien vea raros estos increíbles "increíbles" de esas declaraciones cuando se refieren a hechos creíbles una vez que han sucedido, como un triunfo deportivo o un éxito musical de quienes estaban dotados para ello (por eso los consiguieron). Sí resultará increíble que el vecino del quinto vaya a ganar el US Open o que la empleada del banco sea aclamada de repente en el Liceu. Ahí estaríamos de acuerdo.
 Para mejorar su léxico, a los entrevistados de urgencia tras una jornada estelar les sería de utilidad memorizar una breve relación de adjetivos, elaborada con la misma intención con que se suelen preparar los discursos ante una entrega de premios: para pronunciarlos en caso de obtener el galardón y para dejarlos en el bolsillo si el jurado ha elegido a otro. Mediante esa escueta relación de palabras adecuadas, deslumbrarían al público, mejorarían su efecto como referentes sociales y recibirían más propuestas de patrocinio por su mayor crédito y prestigio.
 Un adjetivo posible para esas ocasiones sería, por ejemplo, "formidable", y así lo rescatarían de su camino hacia el desuso. De hecho, aquel programa de radio legendario que presentó Alberto Oliveras en la Cadena SER entre 1960 y 1997 no se llamaría hoy Ustedes son formidables, sino Ustedes son increíbles.
 "Formidable" vale, como "increíble", para muchas situaciones. Podemos hallarnos frente a un ser formidable ("muy temible, que infunde asombro y miedo), como un gran rival deportivo; o ante algo "excesivamente grande en su línea" ("un triunfo formidable"). También equivale a "magnífico", sinónimo que se puede unir a la serie: "El apoyo del público ha sido magnífico", "qué magnífica remontada".
 Además de "magnífico", el español ofrece a campeones y narradores algunos adjetivos cuyas definiciones los hacen similares entre sí: "espléndido", "excelente", "sobresaliente"... Todos ellos nos sirven a la hora de expresar admiración, gratitud, sorpresa; pero también disponemos de otros, como "inolvidable", "inenarrable", "maravilloso", "impresionante", "enorme", "fabuloso", "gigantesco", "descomunal", "impensable", "inesperado".
 No alargaremos más la lista, a fin de facilitar que los entrevistados de urgencia la memoricen y escojan de entre sus elementos alguno que les plazca, con el inusual propósito de hacer tan admirables sus palabras como sus triunfos.
Artículo aparecido en EL PAÍS, el domingo 25 de septiembre de 2022