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jueves, 30 de mayo de 2024

EL CÓMIC Y LA FOTOGRAFÍA SE DAN LA MANO EN 'MUHAMMAD ALI. KINSASA 1974'


Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

El boxeo, como los toros, está en decadencia. No tiene el relumbre que tenía hace unas cuantas décadas, no mueve las masas que movía ni las pocas veladas que retransmiten rompen índices de audiencia. Sin embargo, el boxeo sin golpes está más de moda que nunca y todos los días tengo que regañar a algún alumno en el instituto porque pretende moler a golpes las colchonetas grandes del gimnasio. Algunos profesores también se quejan de que hacen sombras en los pasillos, y de que alternan sus manos, a modo de manoplas, para dirigir sus puños. Supongo que detrás de esta moda están cadenas deportivas como Brooklyn Fitboxing y algunos clubes de boxeo de barrio que han cambiado los golpes con sangre por esta nueva forma de boxear sin tener que subir a un ring ni hacerse daño. En lugar de golpear la cara o el cuerpo de un compañero, le pegan al saco o al aire. Una forma válida y divertida de liberar el estrés y de ponerse en forma, que aúna fuerza y resistencia y ha quitado una pátina de agresividad a este deporte o no-deporte, como decía Joyce Carol Oates en On Boxing y nos recordaba José Luis Garci en una de sus columnas hace años.

Fue Joyce –su padre la llevaba de niña al Garden– quien dio con la clave cuando escribió que se juega al fútbol, al tenis, al baloncesto o al béisbol, pero nadie «juega» al boxeo. Se lucha.

 El mundo del cine descubrió muy pronto que no había espectáculo más cinematográfico que el del ring, y el listado de películas no ha dejado de aumentar desde entonces: Battling Butler, de Buster Keaton; El campeón y Luces de la ciudad, de Chaplin; Cuerpo y alma, de Robert Rossen; The Set-up, de Robert Wise; Más dura será la caída, de Mark Robson; Réquiem por un campeón, de Ralph Nelson; Fat City, de Huston; El ídolo de barro, de Mark Robson, Marcado por el odio, de Robert Wise; Gentleman Jim, de Raoul Walsh; Toro Salvaje, de Scorsese; Rocky, de Sylvester Stallone; El luchador, de Ron Howard, The Boxer, de Jim Sheridan o Million Dollar Baby, de Eastwood, la responsable, según Garci, de que se consolidara el boxeo femenino y de que «los gimnasios de todo el mundo se hayan llenado de chicas».

Rocío, una de mis alumnas, con el cómic de Muhammad Ali
Fotografía: Pedro Delgado

 En el mundo literario la producción ha ido a la par, pues muchas de esas películas parten de excelentes novelas. Pero no me voy a detener hoy en ellas, ni en los extraordinarios ensayos que se han escrito sobre este «no-deporte de las doce cuerdas –ahora dieciséis–». Me voy a centrar en un cómic, un medio en el que, desde hace un tiempo, el boxeo también se está ganando su espacio. Un medio gráfico atractivo que sirve de imán para esos alumnos aficionados a los puños que no suelen visitar bibliotecas ni librerías. Y que, de paso, les va a permitir conocer parte de la historia y de los grandes nombres del pugilismo.

 Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones) recoge la pelea de boxeo más famosa del siglo XX. Bautizada como The Rumble in the Jungle, enfrentó a Muhammad Ali, que quería volver a ser campeón del mundo de los pesos pesados, y al entonces campeón "Big George" Foreman, invicto en los últimos 40 combates con 37 victorias por K.O, entre ellas las dos últimas, en las que dejó tumbados en la lona a los dos únicos boxeadores que habían derrotado a Ali.

 La cita fue el 30 de octubre de 1974 en Kinsasa, la capital de Zaire, en el Estadio 20 de mayo. Así que la primera viñeta del cómic es una fotografía en la que se ve a Muhammad Ali entrar en el cuadrilátero. Son las cuatro de la madrugada, hora local e intempestiva para que el combate se retransmita en horario de máxima audiencia en los Estados Unidos, y apretujado entre el público se encuentra el autor de esa imagen, el fotógrafo Abbas de la agencia Magnum. No es un forofo del boxeo y apenas dispone de cuarenta centímetros cuadrados para inmortalizar con su cámara este encuentro.

Página de inicio de Muhammad Ali. Kinsasa 1974
Fotografía: Pedro Delgado

 El combate tenía que haberse celebrado el 25 de septiembre, pero el sparring de Foreman le había abierto una ceja entrenando y si peleaba antes de un mes, su ceja podía volver a abrirse. Por ello, el promotor del encuentro, el exconvicto Don King decidió aplazar el combate.

Cartel del Campeonato del Mundo de los pesos pesados
Kinshasa (Zaire), 1974

 Era el primero que organizaba como promotor profesional y había montado un espectáculo a lo grande. En los tres días previos al combate tendría lugar un festival de música que pretendía hacer palidecer Woodstock, con B. B. King, las Pointer Sisters, Celia Cruz, Etta James, The Spinners, Manu Dibango, Ray Barretto, Miriam Makeba y el mítico James Brown.

James Brown live in Kinshasa (Zaire), 1974

 Ali luchaba por reconquistar el título que había detentado hasta 1970, y George Foreman, campeón titular, necesitaba un combate espectacular para consolidar su reputación. Don King les había ofrecido a cada uno la friolera cifra de cinco millones de dólares, y había volado al Zaire para entrevistarse con el presidente Mobutu y amarrar el escenario.

Pág. 26 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974
Fotografía: Pedro Delgado

 Preside las gradas el retrato de Mobutu, que ha rebautizado el Congo como "República del Zaire" y a la antigua Lóopoldville como Kinsasa. El presidente también había cambiado su nombre y el mariscal Joseph Désiré Mobutu era ahora Mobutu Sese Seko KuKu Ngbendu Wa Zabanga (El guerrero todopoderoso que va de conquista en conquista y deja fuego a su paso).

Nunca pude comprobarlo, pero me dijeron que, de hecho, significaba «El gallo que no deja salir a ninguna gallina del corral». 

El retrato de Mobutu preside las gradas del Estadio 20 de Mayo
Kinsasa (Zaire), 1974. Fotografía: Abbas

 El dinero no cambió de nombre, pero sí de manos, y «el país, de los más ricos de África gracias a sus recursos, se hundió poco a poco en la crisis... mientras su presidente y allegados se enriquecían».

 Ali aterrizó el primero en el país y se ganó rápidamente la simpatía del pueblo, más cuando Foreman llegó con su pastor alemán, el perro que utilizaban los colonos belgas para reprimir las insurrecciones populares. De ahí el «¡Ali, bomayé!» (¡Ali, mátalo!) que le gritaban en lengua lingala. Aun así, para los especialistas el mejor era George Foreman.

Pág 28 y 29 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 Igual que el escritor estadounidense Norman Mailer describió con palabras aquella pelea en El Combate, el fotógrafo iraní Abbas recogió aquel enfrentamiento en imágenes, usando dos cámaras: una para el blanco y negro y otra con carrete a color. Para él cada instantánea era un momento en suspenso, congelado, detenido, «como cuando le damos al pause en un vídeo».

Lo que me interesaba era dar la impresión de que la gente a la que fotografiaba después seguía haciendo lo que hacía. Como si yo no les hubiese molestado.

 Aunque a Abbas no le gustaba hablar de sí mismo, Muhammad Ali. Kinsasa 1974 nos da ciertas pinceladas sobre su vida. Yo ya lo conocía: en 2002 visité la exposición Abbas. Visiones del Islam, que organizó Fundación "la Caixa" en Málaga y, rendido ante su arte, salí de allí con el catálogo de la exposición bajo el brazo. Junto a él irá en la estantería este libro, mezcla de documental, fotorreportaje y novela gráfica.

Catálogo de la exposición fotográfica de Abbas en Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Por supuesto, el guión de Jean-David Morvan, que conjuga las instantáneas de Abbas con los dibujos de Rafael Ortiz, también se detiene en la historia de los protagonistas del campeonato.

Páginas 38 y 39 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 40 y 41 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Pág 53 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974
Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 54 y 55 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 Ali había jurado que iba a bailar sin parar alrededor de aquel bloque de mármol que era Big George, pero me van a permitir que no les hable más del combate, por si son ajenos a él y desconocen el desarrollo y el resultado del mismo.

Fotografía a doble página del combate tomada por Abbas (Magnum Photos)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tampoco les hablaré de la anécdota que vivió Abbas al final de aquella pelea. Mejor que se sorprendan ustedes al descubrirla.

Pág 89 de Muhammad Ali. Kinsasa 1974
Fotografía: Pedro Delgado

 Una vez leído el cómic, podrán sumergirse en los valiosos extras que contiene el libro: una detallada narración de Jean-David Morvan sobre cómo surgió el proyecto Magnum Photos; pruebas de otros dibujantes para las diferentes propuestas; las 20 páginas que ya había dibujado el argentino Horacio Altuna de este cómic antes de retirarse del proyecto por motivos personales; más fotos de las que tomó Abbas en aquel combate y la cronología y el palmarés de Muhammad Ali.

Narración del guionista Jean-David Morvan sobre cómo surgió el proyecto
Fotografía: Pedro Delgado

Una de las páginas dibujadas por Horacio Altuna
Fotografía: Pedro Delgado

Contenido extra de Muhammad Ali. Kinsasa 1974 (Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Cronología de Muhammad Ali (Magnum Photos / Diábolo Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras dejarlo en la estantería será el momento de sumergirse en las filmaciones que pululan por internet de aquel mítico combate. Una vuelta a los 70.

 Y a los que no ven apropiado el boxeo para los estudiantes o el público en general, les recordaré lo que dijo una vez el escritor y cineasta Gonzalo Suárez, que estudió filosofía y fue boxeador, cuando le preguntaron cómo casaban ambas disciplinas. Su respuesta fue que no sólo casaban, sino que lo hacían muchísimo pues ambas se unían en el paso atrás. En verlas venir y, a poder ser, esquivarlas.

 Me parece muy buen consejo para estos tiempos que corren.

Nota: Si les gustó la reseña, los animo a compartirla y a hacerse seguidores del blog.

miércoles, 27 de junio de 2018

SOBRE MUHAMMAD ALI Y ALGO QUE NO VAN A CREER PERO QUE ES COMPLETAMENTE CIERTO


Al poco de fallecer Mohamed Ali, un alumno vino a clase con una camiseta en la que se veía al boxeador con los brazos alzados en señal de victoria, así que aproveché el momento para hablar del deceso y de lo que aquel deportista de Kentucky significó para los jóvenes que no querían ir a la guerra de Vietnam, los negros que eran discriminados en su propio país y los musulmanes estadounidenses a los que dio visibilidad con su conversión al Islam –un hecho que le llevó a abandonar el nombre de Cassius Clay–.
 Recuerdo que era uno de esos calurosos días de junio. El mes todavía no había llegado a su mediación y los alumnos estaban agitados por la inminencia de los exámenes de recuperación y el final del curso. Han pasado dos años, y tampoco se me olvida el momento en el que una alumna levantó el brazo tímidamente para decir que una tía de su madre había estado casada con aquel boxeador. “¡¿Cómo?!”, exclamé con los ojos como platos. “¿No me estarás tomando el pelo, no?”, le pregunté. “Que no, maestro, que es de verdad. Que me lo contó mi madre el otro día", me dijo apurada. 
 Habían visto en el televisor las imágenes del cortejo fúnebre por las calles de Louisville, cuando miles de personas salieron a despedirlo coreando su nombre. Y mientras veían pasar la comitiva, su madre rescató aquella historia que ellas desconocían. Y digo ellas porque son tres las hermanas Moussaid, nacidas en España de padres marroquíes y alumnas modélicas. "¿Y la tía de tu madre está todavía viva?" "Sí, pero vive en Londres". "¿Y cómo se llama?" "Zohoor". "¿Y tienes alguna foto de ellos juntos?" "No sé, tengo que preguntarle a mi madre".
 Durante el recreo estuve hurgando un poco en el asunto. Google me decía que Muhammad se había casado cuatro veces: con Sonji Roi, Belinda Boyd, Veronica Porsche y Yolanda Lonnie Williams. Ninguna era marroquí. A la clase siguiente se lo hice saber a Maroua, y ella me dijo que le preguntaría a su madre. La respuesta fue que no habían estado casados, sino a punto de casarse. Y tenía algunas fotos de ellos. "Maroua, me parece a mí que el trabajo de esta evaluación me lo vas a hacer sobre la vida de Mohamed Ali y todo esto". "Pero, ¿puedo hacerlo a mano o tiene que ser a ordenador?" "Como quieras, mientras me cuentes la historia...".
 Y he aquí parte de ese trabajo.
Al margen de sus relaciones formales, Alí, que tuvo fama de mujeriego e infiel, tuvo relaciones con otras mujeres, algunas furtivas y otras más duraderas. Zohoor, mi tía abuela de parte de madre, fue una de sus amantes. Tuvieron una relación pero nunca se llegaron a casar, aunque lo planearon muchas veces. Su encuentro fue en Las Vegas, en los antiguos casinos. Ella era una fanática de los casinos, le volvían loca, y siempre estaba allí. Se entendieron pronto: compartían religión, y a ella le apasionaba el boxeo y siempre iba a sus combates. 
 A parte, ella tenía su propia vida llena de riquezas, ya que jugaba mucho en los casinos y era una excelente jugadora. También tenía sus propios negocios en Londres por las calles de Harrods.  Ella es de origen marroquí, nacida en Rabat la capital de Marruecos. Salió muy joven de su casa en busca de aventuras. Londres es donde reside actualmente, pero por desgracia se encuentra ingresada en un hospital porque tiene Alzheimer.
Zohoor Bouhsina y Muhammad Ali durante su noviazgo

 Maroua irá este verano a Marruecos, y me ha prometido buscar más fotos y hablar con más familiares para profundizar en la historia. "Aún no he tenido el placer de conocerla, pero sigue viva".

 El pasado viernes aproveché que era el último día de clases y que llegan las vacaciones de verano –que es cuando más tiempo libre hay– para recomendarles un par de libros a los alumnos. Sé que muchos llegan a la literatura a través de los cómics, así que les mostré dos novedades de tapa dura con el empaque que tienen ahora las novelas gráficas. Una de ellas es la biografía de Muhammad Ali con guión de Sybille Tiyeux de la Croix y dibujos de Amazing Améziane (editado por Flow Press) y la otra es la historia de Zátopek, uno de los mejores corredores de la Historia, con guión de Jan Novák y dibujos de Jaromír 99 (editado por Aloha! Editorial).


 En clase tengo un alumno de Mali al que le vuelven loco las artes marciales y el boxeo. Se llama Harouna Doumbia, y el solo hecho de verlo me recuerda lo mucho que me gustó su país. "Muhammad Ali es negro y musulmán, como yo. Es mi héroe", me dijo tras lanzar un par de jab al aire. Después me pidió que le prestase el cómic y se sentó en la grada a verlo. Incluso quiso posar con él para la foto. "Luego me la manda, eh, maestro". Amagué un gancho, y me sonrió dejando ver sus dientes blancos. Este verano vuelve a su país por vacaciones. "Doumbia, algún verano voy a ir a África a verte". "Sí, sí, maestro. Tiene que venir. África es increíble". "¿Increíble como Ali?" "Ja, ja, increíble como Ali".

Harouna Doumbia con el cómic de Muhammad Ali, editado por Flow Press
Fotografía: Pedro Delgado

Harouna Doumbia con el cómic de Muhammad Ali, editado por Flow Press
Fotografía: Pedro Delgado



https://flowpress.media/producto/muhammad-ali/

viernes, 4 de mayo de 2018

LA DULCE CIENCIA


La dulce ciencia de A. J. Liebling (Capitán Swing)
Fotografía: Pedro Delgado

"Aún hay taxistas en Madrid que me recuerdan por las crónicas de boxeo. Fíjate", decía el otro día Manuel Alcántara –tras recibir en Málaga la Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio– salpicando la conversación con una sarta de nombres y el recuerdo de míticas veladas pugilísticas.
 Y traigo a colación al poeta, periodista y articulista del diario SUR porque he estado estos días enfrascado en La dulce ciencia de su homólogo estadounidense A. J. Liebling.

A. J. Liebling

 Como Alcántara para el diario Marca, Liebling fue el cronista de los cuadriláteros para The New Yorker; igual que Pierce Egan lo fue del boxeo inglés del siglo XIX. Un Egan que da título al libro, pues así fue como éste denominó al boxeo ("La dulce ciencia de los moratones") en su libro Boxiana o Escenas del pugilismo antiguo y moderno desde los días de Broughton y Slack hasta los héroes de la época actual de la molienda (1812).
Uno de los mayores encantos de Boxiana es que no se limita a ser una mera compilación de resúmenes de combates. Las historias asalto a asalto de Egan, con detalles incidentales como las fluctuaciones de las apuestas, son obras maestras del periodismo técnico, pero Egan también veía el cuadrilátero como un pedazo jugoso de la vida inglesa en ningún modo separable del resto. Sus descripciones del día a día lejos de la lona de los héroes (chicos que cargaban carbón, aguadores y carniceros) son una panorámica de la Inglaterra rastrera, sucia, feliz, brutal y sentimental de la Regencia que no encontrarán jamás en Jane Austen. 
Introducción de A. J. Liebling (La dulce ciencia) 
 Lo mismo ocurre en La dulce ciencia. Liebling, que como Camus o Hemingway también boxeó, recoge en sus páginas las crónicas que escribió entre junio de 1951 y septiembre de 1955, la época dorada del ring estadounidense, pero lo hace deteniéndose no sólo en los momentos culminantes de los combates, sino también en el ambiente previo y posterior a estos, dejando que hablen los boxeadores, los entrenadores y segundos, los empleados de las salas, los representantes..., incluso los taxistas; convirtiendo cada historia en un soberbio retrato gráfico en el que Liebling actúa como si estuviera haciendo una investigación, como esos detectives del noir que no se fían de nadie. El escritor, que "siempre busca la historia humana detrás de la pelea", asoma la cabeza en los textos, que parecen relatos, y eso hace que tengamos la sensación de estar acompañándolo en todo momento. Cuando estuve en New York en enero de 2009 me alojé en el Hotel Pennsylvania, frente al Madison Square Garden; el mismo pabellón al que he vuelto una y otra vez estos días de la mano de Liebling para ver boxear a Rocky Marciano, Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Cassius Clay y tantos otros.

Cartel velada de boxeo en el Madison Square Garden

 Y como si los editores de Capitán Swing hubiesen querido lanzarle un guiño a Manuel Alcántara, cierran el tomo con dos artículos que no estaban incluidos en la edición de 1956 (pues fueron escritos posteriormente) y que a modo de apéndice han querido incluir en esta edición bajo el título Versos y guantes: Poeta y pedagogo –sobre el combate en el Garden entre el bardo de Kentucky Cassius Clay y Sonny Banks en 1962– y Velada antipoética –en el que los protagonistas son el mismo Cassius Clay y Doug Jones, enfrentados también en el Garden en 1963–, narraciones que estoy seguro serán del agrado del poeta malagueño.

Cassius Clay boxeando con Sonny Banks, 10 de febrero de 1962
Fotografía: Bettmann / Getty

Cuando Floyd Patterson recuperó el título mundial de los pesos pesados después de noquear a Ingemar Johansson, en junio de 1960, emocionó en tal medida a Cassius Clay, un adolescente de Louisville (Kentucky), que Clay, que era un buen semipesado amateur, compuso una balada en honor de la victoria. [...] En aquel entonces Clay estaba demasiado ocupado con sus entrenamientos para la competición olímpica que se celebraría en Roma ese verano para fijar en el papel su oda, pero la memorizó, como Homero y Gregson debieron hacer con sus versos, y luego la pulió en su cabeza. 
Poeta y pedagogo (La dulce ciencia) 
 La carrera de Cassius Marcellus Clay como poeta comenzó de manera inocente, cuando, en confianza, recitó a un par de periodistas la balada que había compuesto en honor de Floyd Patterson.
Los periodistas llevaron la balada al papel y después otros compañeros animaron al chico a reincidir. A continuación se produjo un rápido declive en la calidad de los versos de Cassius, en paralelo a un fatal incremento de su volumen. Se convirtió a sí mismo en su temática favorita... 
*** 
Empezó a predecir el asalto en el que despacharía a cada oponente, y a veces acertaba. 
*** 
"Cambio lo que dije hace un rato, / en lugar de en seis, Doug cae en cuatro".
 ***
Cuanto más fanfarroneaba en verso, más atractivo se hacía para el público. 
Velada antipoética (La dulce ciencia) 
 Si en su debut como profesional contra Sonny Banks no consiguió llevar a espectadores de pago al Garden (la retransmisión de los combates por televisión habían hundido las taquillas en todos los Estados Unidos), su siguiente visita al pabellón, para enfrentarse a Doug Jones, agotó las entradas; algo que no se había visto desde el enfrentamiento entre Joe Louis y Rocky Marciano en 1951. Lo que no esperaba Clay, esa noche, es que el público se pusiese de parte de su rival.
Un espeluznante e inicialmente inexplicable ruido acompañó la llegada de Clay, pero mucho antes de que alcanzara al ring, su significado era ya inconfundible: la multitud lo estaba abucheando. Solo después, cuando subía los escalones hasta su rincón dando saltitos, comprendimos tanto él como yo por qué habían acudido esas diecinueve mil personas a ver actuar al alegre trovador. Querían verlo muerto. Un amplio "¡buuu!" corrió desde las gradas y el entresuelo, otro se elevó desde los asientos de pista y los situados en primera fila; se encontraron en el aire y se fundieron. Era la más enfática manifestación antipoética de la historia de los Estados Unidos. 
Velada antipoética (La dulce ciencia)

Doug Jones Vs. Cassius Clay (Madison Square Garden, 1963)

 A pesar de que al principio el público pensara que era un engreído, insolente y arrogante, Cassius Clay no tardaría en sacar al boxeo del invierno en que se hallaba metido con el ocaso de sus estrellas, fue un soplo de aire fresco que vino a "animar las cosas". El para mí mejor boxeador de la historia, el campeón mundial de peso pesado durante 6 años (1964-1970), 3 años y 4 meses (1974-1978) y 1 año (1978-1979), constituye un verdadero mito del deporte, no solo estadounidense sino mundial, de ahí que su imagen colgase de las paredes del gimnasio Farouk en El boxeador, uno de los relatos que escribí para Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015), obra con la que fui finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura.
El gimnasio Farouk olía a linimento y a sudor. Las paredes, manchadas de humedad, estaban forradas con pósters de Mohamed Alí, de Tyson y de Foreman, junto a los que había algunas fotos y diplomas de los pupilos del señor Farouk. Los boxeadores y los aspirantes frecuentaban el local a la última hora de la tarde, después de sus largas jornadas laborales. Llegaban con el estómago vacío, pero llenos de ilusiones, deseosos de que el míster los señalase para el siguiente combate. El señor Farouk los animaba a dejarse los nudillos contra las sacas de arena que colgaban del techo, les hacía saltar la comba y, sin perder la paciencia, les corregía sus desplazamientos en los pequeños cuadriláteros, marcados sobre el suelo con tiza. En una esquina del gimnasio se amontonaban, junto a tres espalderas y un viejo plinto, las barras y los discos de las pesas. El centro del salón lo ocupaba un ring de los de verdad, con su lona y sus cuerdas. Allí estaba aquella tarde, haciendo guantes, Rachid, su discípulo aventajado, su preferido, el que le hacía recordar sus tardes de gloria. 
El boxeador (Carta desde el Toubkal)
Pedro Delgado Fernández
 La dulce ciencia, nombrado mejor libro de deportes de todos los tiempos por la revista Sports Illustrated en 2002, acaba de publicarse por primera vez en castellano –con traducción de Enrique Maldonado– en una cuidada edición de Capitán Swing. Si les gusta la literatura deportiva, o la literatura a secas, sumérjanse en sus páginas.
La nota de Archie Moore me dejó claro que estaba afilando su arpón para la Ballena Blanca [Hace referencia a su próximo enfrentamiento con Rocky Marciano].
 Cuando leía noticias sobre Moore y su victoria por puntos ante un gran cachalote juguetón, el peso pesado cubano Niño Valdés, o metiendo en su red a un pececillo como Bobo Olson, el campeón de los pesos medios (dos combates de preparación), lo veía como un solitario capitán Ahab entrenándose para rebelarse contra Herman Melville, Pierce Egan y las apuestas. No creía que pudiera salirse con la suya, pero quería estar allí cuando lo intentara. ¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca. Lo que la hace eternamente entretenida es la lucha del ser humano contra la historia, o lo que Albert Camus, que combatió como aficionado en los pesos medios, ha llamado el mito de Sísifo. 
Ahab y Némesis (La dulce ciencia)

http://capitanswing.com/libros/la-dulce-ciencia/


jueves, 16 de julio de 2015

EL TOUR DE FRANCIA, GALLO NERO Y LOS DOS PEDRO DELGADO




Precisamente ahora que se corre la ronda gala, he terminado de leer El Tour de Francia de Mario Fossati. Comparto con el periodista de Monza (fallecido hace un año y medio) el gusto por los mitos y las gestas deportivas, así que ha sido para mí un placer leer cómo fue el día a día de la prueba hace 63 años, pues el Tour que Mario Fossati nos narra, con ese minimalismo estilístico que le caracteriza, es el de 1952: el segundo Tour de Francia que ganó Fausto Coppi, el gran expreso italiano.

 Imagino lo que tuvo que ser para Mario Fossati viajar a Francia como cronista de La Gazzetta dello Sport, tras sobrevivir, unos años antes, a la campaña rusa en la Segunda Guerra Mundial. La alegría de vivir la fiesta ciclista junto a la joie de vivre la vida después de casi perderla pues, como cuenta Enrico Curró en la introducción, "de los catorce amigos de la taberna Robbiati llamados como soldados a la estepa para servir de parapeto en la retirada de los alemanes, él fue el único que volvió del río Don".


Mario Fossati


 En aquel Tour de 1952, que Fausto Coppi estuvo a punto de no correr por un problema de ego con Bartali, el italiano cambió la maglia rosa del último Giro por el maillot amarillo del líder de la prueba francesa. Y lo hizo en la décima etapa, la que afrontaba el Alpe d'Huez.


Fausto Coppi en la ascensión al Alpe d'Huez en el Tour de Francia de 1952

 El Alpe d'Huez no es una colina, sino una montaña. La colina, en las carreras ciclistas, representa algo cóncavo, algo local (por expresarlo de alguna manera), el paisaje. El Alpe d'Huez tenía la plenitud de la montaña. Es la subida, la ascensión total.

 Por entonces, el director técnico del equipo italiano era el excampeón Alfredo Binda. Un Binda que tuvo que lidiar con los egos y los intereses de unos y otros a la hora de confeccionar el equipo, y desplegar su táctica sobre las carreteras francesas, moviendo sus piezas, como si de una  partida de ajedrez se tratara, en función de las innumerables y no siempre previsibles circunstancias que se iban presentando.

 -¿Qué adversarios pueden estar a nuestro nivel? Faltan Bobet, Kübler y Koblet. Su ausencia no nos beneficia. La igualdad no ayuda a los mejores, premia a los peores. Dado que temen a Coppi y a Bartali en las subidas (y al primero también en la contrarreloj), tratarán de atacar y batir a los nuestros en las etapas supuestamente fáciles, que de fácil no tienen nada: en las etapas llanas.

 Mario Fossati seguía la carrera "desde el espejo retrovisor de una enorme motocicleta que pilotaba Alippi, un probador de coches de Moto Guzzi", y después visitaba el hotel de la delegación italiana para tomar una copa e intercambiar impresiones con Alfredo Binda. Luego escribe, pero sin "transformar en fantásticos a los personajes de su historia".

 La tienda del guerrero es el hotel, el lugar en el que el campeón desvela a sus más íntimos los misterios de la carrera, manifiesta sus dudas, confía sus temores y lanza sus desafíos.

 Por supuesto, en un deporte como el ciclismo, en el que las rivalidades "no se apaciguan ni después de la línea de meta", y en ese equipo nacional con Coppi, Bartali y Magni como primeras figuras y un destacado elenco de gregarios, se vivirá la tensión entre sus dos primeras espadas,

 Incluso una entrevista, una palabra o una idea pueden ser utilizadas o falseadas por quienes quieren sembrar cizaña. Y la cizaña, como dicen en Cittiglio, no hace falta sembrarla, porque ya crece sola.

pero también la reconciliación entre ambos corredores cuando Coppi le dé su bote de agua a Bartali en el Galibier (aunque aún hoy muchos siguen discutiendo quién cedió la botella) o, sobre todo, cuando Gino Bartali le pase su rueda a Coppi en la etapa Sestriere-Mónaco.


Fausto Coppi y Gino Bartali en la ascensión al Galibier
Fotografía: Carlo Martini

  Agitaba un ejemplar de L' Équipe. Señalaba el rótulo de una ilustración (el cambio de rueda entre Gino y Fausto): Coppi, que ya ha quitado su rueda, agachado, con su cabeza contra la de Gino, en el momento en el que coge la rueda que le ha cedido Gino. La amistad entre estos dos hombres tal vez (¡!) haya nacido justo en este preciso instante.

Bicicleta Bianchi con la que Fausto Coppi ganó el Tour de 1952


 La proeza de ganar Giro y Tour en el mismo año ya la había conseguido Coppi en 1949. Un Giro que ganaría por quinta vez en 1953, año en el que también fue Campeón del Mundo. Desgraciadamente, el Campionissimo murió prematuramente en 1960, a los 40 años de edad, después de contraer la malaria en una prueba que disputó en el antiguo Alto Volta (actual Burkina Faso), un país que visité, ajeno a este detalle, allá por 1997.

 Miro a Fausto y pienso en una máxima ciclista según la cual la grandiosa facilidad del estilo no consiste más que en un esfuerzo, en cierto modo, poco manifiesto.  
 *** 
 Coppi vuela: las llantas de sus ruedas no pesan. Fausto escala, como levitando. La bicicleta de Le Guilly está pegada al asfalto. 
 *** 
 Como sabemos, un campeón es aquel que, durante la carrera, afronta ritmos prohibitivos cuando es necesario, pero va despacio siempre que puede. Fausto lo bordaba. 

 Por edad, Coppi me pilla tan lejos como Anquetil, Bahamontes, Eddy Merckx o Luis Ocaña. Mi ciclismo está emparentado con los franceses Bernard Hinault y Laurent Fignon, el escocés Robert Millar, los colombianos Enrique Parra y Lucho Herrera, los italianos Claudio Chiappucci y Gianni Bugno, el americano Greg LeMond, el suizo Tony Rominger y, por supuesto, los españoles Ángel Arroyo, Marino Lejarreta, Álvaro Pino, Pedro Delgado y Miguel Induráin (seguramente me olvido de algunos nombres ahora).

 Como ven, hace mucho tiempo que dejé de seguir las retransmisiones ciclistas, tras tantísimos y sonados casos de dopaje. Por eso me ha gustado leer la crónica de aquel Tour del 52 que nos brinda la editorial Gallo Nero (http://www.gallonero.es/), pues siento ese ciclismo en blanco y negro, más próximo al de los ochenta y noventa que al ciclismo actual. Es como cuando uno ve en algún documental las imágenes de Cassius Clay bailando sobre el cuadrilátero. Cualquier combate de Mohamed Ali contra Sonny Liston, Frazier, Foreman o Norton es cien veces más memorable que el último y cacareado enfrentamiento del siglo entre Mayweather y Pacquiao. No hay color. Y no sólo porque las retransmisiones fuesen en blanco y negro, sino porque la calidad de los púgiles es bien diferente.

  A mí, el ciclista que más me gustaba de todos era Pedro Delgado. Por tocayo y por levantarme del asiento como ninguno: memorable su descenso a tumba abierta en los Pirineos en su debut en el Tour de 1983; su caída en el de 1984; su abandono por el fallecimiento de su madre en el de 1986; su pugna con el irlandés Stephen Roche, no apta para cardíacos, en el de 1987; su victoria en el de 1988; su despiste y tercer puesto en el de 1989; su cuarto puesto en 1990...


Pedro Delgado Robledo (Fotografía: Graham Watson)


 Debido a esa coincidencia en el nombre y el primer apellido, he compartido curiosas anécdotas con el ciclista a lo largo de toda mi carrera deportiva, la ultimísima durante la Feria del Libro de Madrid, cuando algunos seguidores del ciclista se acercaron a buscarlo a la caseta de Desnivel, en la que yo firmaba esa tarde. Venían con un ejemplar de A golpe de micrófono (las peripecias de un ciclista de élite reconvertido en periodista deportivo) bajo el brazo, y se encontraban conmigo y con mi Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015).

 En un post titulado La primera vez*, del 26 de octubre de 2014, ya les hablé sobre la primera vez que nos confundieron, pero, sin duda, la que más repercusión tuvo, llegando a salir incluso en el informativo de Telecinco, fue la que voy a mostrarles ahora:


El País, miércoles 6 de febrero de 2002


Diario As, miércoles 6 de febrero de 2002


Diario Málaga, febrero 2002


Contraportada As Andalucía, 22 de octubre de 2002


 Ya ven que la anécdota es de las buenas. Por cierto, y como no podría ser de otra manera, esta entrada está dedicada a mi tocayo, el ciclista Pedro Delgado Robledo (a ver si vuelvo a engancharme a sus retransmisiones), y a la editora de Gallo Nero, Donatella Ianuzzi, a la que felicito por su proyecto editorial.


*http://pedrodelgadofernandez.blogspot.com.es/2014/10/la-primera-vez.html