jueves, 14 de junio de 2018

LAS 24 HORAS DE LE MANS VISTAS POR MI HIJO


Mi Scalextric (Fotografía: Pedro Delgado)

Ahora que Fernando Alonso afronta las míticas 24 horas de Le Mans, les muestro aquí el texto que escribí sobre la prueba. Forma parte del manuscrito No subestimes el poder de Santa Claus, en el que narro, con la voz de mi hijo Enzo, el entrañable viaje que hicimos en noviembre-diciembre de 2009 a Rovaniemi, Finlandia, en el Círculo Polar Ártico. Esa tarde noche, en la que volvíamos a París, el tren se detuvo por una avería en la estación de Le Mans. Veníamos de seguirle la pista a Julio Verne en Nantes, y todavía teníamos los pantalones húmedos por el tormentón que nos había caído esa mañana.
Por algún problema técnico, el tren se detuvo en Le Mans. Aquella demora le sirvió a papá para hablarme de la más mítica de las carreras automovilísticas que se celebran en Europa: las 24 horas de Le Mans. Papá tenía un tío en París, un hermano de su madre, y, de pequeño, por alguna extraña razón, siempre se lo imaginaba en las gradas del circuito siguiendo la prueba. A la noche, el tío Antonio sostenía una taza de café en la mano, con los ojos clavados en la oscuridad de la pista, tan solo iluminada por los faros potentes de los coches, cuyos haces de luz le recordaban a los de su linterna. Hasta el Scalextric que le trajeron los Reyes traía dos Porsches de los que competían en esa carrera de resistencia, en la que vencía aquel vehículo que cubriese la mayor distancia en dichas 24 horas. El tío Antonio le había contado a mi padre, y él me lo contaba a mí, que al principio las carreras se disputaban por carreteras normales, las de toda la vida, pero que luego, por seguridad, las habían confinado a circuitos cerrados, como aquel de Le Mans, carreteras que no llevaban a ningún lado, pistas que morían en el mismo punto del que salían sin haber llegado a ninguna parte. "Como las pistas de atletismo", dijo papá. Al tío Antonio le gustaba aquel trazado. A papá también. Igual que los de Imola y Mónaco. Aunque al principio sólo se permitía un único piloto, ahora son tres los que conforman los equipos. Precisamente, fue el año pasado cuando venció por primera vez un español, Marc Gené, acompañado de un australiano y un austriaco de los que papá no recordaba los nombres.

Los Porsches de mi Scalextric (Fotografía: Pedro Delgado)

 Cierro la entrada deseándole mucha suerte a Fernando Alonso, y les invito a pinchar sobre el siguiente enlace si quieren saber más acerca de No subestimes el poder de Santa Claus.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

viernes, 4 de mayo de 2018

LA DULCE CIENCIA


La dulce ciencia de A. J. Liebling (Capitán Swing)
Fotografía: Pedro Delgado

"Aún hay taxistas en Madrid que me recuerdan por las crónicas de boxeo. Fíjate", decía el otro día Manuel Alcántara –tras recibir en Málaga la Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio– salpicando la conversación con una sarta de nombres y el recuerdo de míticas veladas pugilísticas.
 Y traigo a colación al poeta, periodista y articulista del diario SUR porque he estado estos días enfrascado en La dulce ciencia de su homólogo estadounidense A. J. Liebling.

A. J. Liebling

 Como Alcántara para el diario Marca, Liebling fue el cronista de los cuadriláteros para The New Yorker; igual que Pierce Egan lo fue del boxeo inglés del siglo XIX. Un Egan que da título al libro, pues así fue como éste denominó al boxeo ("La dulce ciencia de los moratones") en su libro Boxiana o Escenas del pugilismo antiguo y moderno desde los días de Broughton y Slack hasta los héroes de la época actual de la molienda (1812).
Uno de los mayores encantos de Boxiana es que no se limita a ser una mera compilación de resúmenes de combates. Las historias asalto a asalto de Egan, con detalles incidentales como las fluctuaciones de las apuestas, son obras maestras del periodismo técnico, pero Egan también veía el cuadrilátero como un pedazo jugoso de la vida inglesa en ningún modo separable del resto. Sus descripciones del día a día lejos de la lona de los héroes (chicos que cargaban carbón, aguadores y carniceros) son una panorámica de la Inglaterra rastrera, sucia, feliz, brutal y sentimental de la Regencia que no encontrarán jamás en Jane Austen. 
Introducción de A. J. Liebling (La dulce ciencia) 
 Lo mismo ocurre en La dulce ciencia. Liebling, que como Camus o Hemingway también boxeó, recoge en sus páginas las crónicas que escribió entre junio de 1951 y septiembre de 1955, la época dorada del ring estadounidense, pero lo hace deteniéndose no sólo en los momentos culminantes de los combates, sino también en el ambiente previo y posterior a estos, dejando que hablen los boxeadores, los entrenadores y segundos, los empleados de las salas, los representantes..., incluso los taxistas; convirtiendo cada historia en un soberbio retrato gráfico en el que Liebling actúa como si estuviera haciendo una investigación, como esos detectives del noir que no se fían de nadie. El escritor, que "siempre busca la historia humana detrás de la pelea", asoma la cabeza en los textos, que parecen relatos, y eso hace que tengamos la sensación de estar acompañándolo en todo momento. Cuando estuve en New York en enero de 2009 me alojé en el Hotel Pennsylvania, frente al Madison Square Garden; el mismo pabellón al que he vuelto una y otra vez estos días de la mano de Liebling para ver boxear a Rocky Marciano, Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Cassius Clay y tantos otros.

Cartel velada de boxeo en el Madison Square Garden

 Y como si los editores de Capitán Swing hubiesen querido lanzarle un guiño a Manuel Alcántara, cierran el tomo con dos artículos que no estaban incluidos en la edición de 1956 (pues fueron escritos posteriormente) y que a modo de apéndice han querido incluir en esta edición bajo el título Versos y guantes: Poeta y pedagogo –sobre el combate en el Garden entre el bardo de Kentucky Cassius Clay y Sonny Banks en 1962– y Velada antipoética –en el que los protagonistas son el mismo Cassius Clay y Doug Jones, enfrentados también en el Garden en 1963–, narraciones que estoy seguro serán del agrado del poeta malagueño.

Cassius Clay boxeando con Sonny Banks, 10 de febrero de 1962
Fotografía: Bettmann / Getty

Cuando Floyd Patterson recuperó el título mundial de los pesos pesados después de noquear a Ingemar Johansson, en junio de 1960, emocionó en tal medida a Cassius Clay, un adolescente de Louisville (Kentucky), que Clay, que era un buen semipesado amateur, compuso una balada en honor de la victoria. [...] En aquel entonces Clay estaba demasiado ocupado con sus entrenamientos para la competición olímpica que se celebraría en Roma ese verano para fijar en el papel su oda, pero la memorizó, como Homero y Gregson debieron hacer con sus versos, y luego la pulió en su cabeza. 
Poeta y pedagogo (La dulce ciencia) 
 La carrera de Cassius Marcellus Clay como poeta comenzó de manera inocente, cuando, en confianza, recitó a un par de periodistas la balada que había compuesto en honor de Floyd Patterson.
Los periodistas llevaron la balada al papel y después otros compañeros animaron al chico a reincidir. A continuación se produjo un rápido declive en la calidad de los versos de Cassius, en paralelo a un fatal incremento de su volumen. Se convirtió a sí mismo en su temática favorita... 
*** 
Empezó a predecir el asalto en el que despacharía a cada oponente, y a veces acertaba. 
*** 
"Cambio lo que dije hace un rato, / en lugar de en seis, Doug cae en cuatro".
 ***
Cuanto más fanfarroneaba en verso, más atractivo se hacía para el público. 
Velada antipoética (La dulce ciencia) 
 Si en su debut como profesional contra Sonny Banks no consiguió llevar a espectadores de pago al Garden (la retransmisión de los combates por televisión habían hundido las taquillas en todos los Estados Unidos), su siguiente visita al pabellón, para enfrentarse a Doug Jones, agotó las entradas; algo que no se había visto desde el enfrentamiento entre Joe Louis y Rocky Marciano en 1951. Lo que no esperaba Clay, esa noche, es que el público se pusiese de parte de su rival.
Un espeluznante e inicialmente inexplicable ruido acompañó la llegada de Clay, pero mucho antes de que alcanzara al ring, su significado era ya inconfundible: la multitud lo estaba abucheando. Solo después, cuando subía los escalones hasta su rincón dando saltitos, comprendimos tanto él como yo por qué habían acudido esas diecinueve mil personas a ver actuar al alegre trovador. Querían verlo muerto. Un amplio "¡buuu!" corrió desde las gradas y el entresuelo, otro se elevó desde los asientos de pista y los situados en primera fila; se encontraron en el aire y se fundieron. Era la más enfática manifestación antipoética de la historia de los Estados Unidos. 
Velada antipoética (La dulce ciencia)

Doug Jones Vs. Cassius Clay (Madison Square Garden, 1963)

 A pesar de que al principio el público pensara que era un engreído, insolente y arrogante, Cassius Clay no tardaría en sacar al boxeo del invierno en que se hallaba metido con el ocaso de sus estrellas, fue un soplo de aire fresco que vino a "animar las cosas". El para mí mejor boxeador de la historia, el campeón mundial de peso pesado durante 6 años (1964-1970), 3 años y 4 meses (1974-1978) y 1 año (1978-1979), constituye un verdadero mito del deporte, no solo estadounidense sino mundial, de ahí que su imagen colgase de las paredes del gimnasio Farouk en El boxeador, uno de los relatos que escribí para Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015), obra con la que fui finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura.
El gimnasio Farouk olía a linimento y a sudor. Las paredes, manchadas de humedad, estaban forradas con pósters de Mohamed Alí, de Tyson y de Foreman, junto a los que había algunas fotos y diplomas de los pupilos del señor Farouk. Los boxeadores y los aspirantes frecuentaban el local a la última hora de la tarde, después de sus largas jornadas laborales. Llegaban con el estómago vacío, pero llenos de ilusiones, deseosos de que el míster los señalase para el siguiente combate. El señor Farouk los animaba a dejarse los nudillos contra las sacas de arena que colgaban del techo, les hacía saltar la comba y, sin perder la paciencia, les corregía sus desplazamientos en los pequeños cuadriláteros, marcados sobre el suelo con tiza. En una esquina del gimnasio se amontonaban, junto a tres espalderas y un viejo plinto, las barras y los discos de las pesas. El centro del salón lo ocupaba un ring de los de verdad, con su lona y sus cuerdas. Allí estaba aquella tarde, haciendo guantes, Rachid, su discípulo aventajado, su preferido, el que le hacía recordar sus tardes de gloria. 
El boxeador (Carta desde el Toubkal)
Pedro Delgado Fernández
 La dulce ciencia, nombrado mejor libro de deportes de todos los tiempos por la revista Sports Illustrated en 2002, acaba de publicarse por primera vez en castellano –con traducción de Enrique Maldonado– en una cuidada edición de Capitán Swing. Si les gusta la literatura deportiva, o la literatura a secas, sumérjanse en sus páginas.
La nota de Archie Moore me dejó claro que estaba afilando su arpón para la Ballena Blanca [Hace referencia a su próximo enfrentamiento con Rocky Marciano].
 Cuando leía noticias sobre Moore y su victoria por puntos ante un gran cachalote juguetón, el peso pesado cubano Niño Valdés, o metiendo en su red a un pececillo como Bobo Olson, el campeón de los pesos medios (dos combates de preparación), lo veía como un solitario capitán Ahab entrenándose para rebelarse contra Herman Melville, Pierce Egan y las apuestas. No creía que pudiera salirse con la suya, pero quería estar allí cuando lo intentara. ¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca. Lo que la hace eternamente entretenida es la lucha del ser humano contra la historia, o lo que Albert Camus, que combatió como aficionado en los pesos medios, ha llamado el mito de Sísifo. 
Ahab y Némesis (La dulce ciencia)

http://capitanswing.com/libros/la-dulce-ciencia/


sábado, 7 de abril de 2018

LA MILLA PERFECTA


http://www.melusina.com/libro.php?idg=52424

Tres atletas, un objetivo 
y menos de cuatro minutos para alcanzarlo...

José Antonio me salió al paso nada más entrar en la librería Luces, me cogió del brazo y con un “Tienes que ver esto” me llevó con urgencia a la mesa de novedades. “Acabo de leerla y es buenísima“, me dijo señalando el ejemplar de La Milla Perfecta que coronaba una de las torres de libros.

La Milla Perfecta en la mesa de novedades de la librería Luces
Fotografía: Pedro Delgado

 “Te va a encantar”, añadió. Lo cogí y me quedé unos instantes embelesado con la portada: una fotografía coloreada en tonos pasteles de Roger Bannister tras correr la milla en menos de cuatro minutos y batir el récord del mundo. Luego lo hojeé. En las páginas centrales había un buen montón de fotografías en blanco y negro. Además de a Bannister, Landy y Zátopek reconocí a Chataway, del que ya hablé en Calle 1 hace tiempo. “Hubo un tiempo no muy lejano”, leí en la contraportada, “en el que se creía que correr una milla en menos de cuatro minutos estaba más allá de los límites del ser humano y, en el mundo del deporte, lograrlo se consideraba una gesta sin parangón. En 1952, tres hombres en tres continentes distintos –Europa, Australia y América– se empeñaron en conseguir lo imposible. La Milla Perfecta es un clásico de la literatura deportiva que captura todo el drama humano y el espíritu de competición de este acontecimiento legendario”.

Pedro Delgado y José Antonio con sus ejemplares de La Milla Perfecta en la librería Luces

 La cosa prometía, y esa misma tarde en el autobús, de vuelta a casa, mientras los pasajeros se ensimismaban en sus móviles, me sumergí en su lectura.
 Neal Bascomb, un escritor hasta ese momento desconocido para mí, me contaba desde el prólogo el porqué del título. Tras llevarse Bannister el gato al agua en Inglaterra, "quedaba una última pregunta: ¿quién sería el mejor de los tres cuando se colocasen codo con codo en la línea de salida? La respuesta llegó en la milla perfecta, una carrera en la que no compitieron contra el reloj, sino entre ellos. El británico Roger Bannister, el australiano John Landy y el estadounidense Wes Santee "ante un público que abarcaba el mundo entero".
 Por supuesto, el libro nos narra mucho más que eso. Las primeras ochenta y cuatro páginas discurren bajo el epígrafe "Un motivo para correr", y están distribuidas en cinco capítulos. El primero está dedicado a Roger Bannister, que se prepara para la final olímpica de los 1.500 metros en Helsinki 1952.

Roger Bannister

 El segundo se centra en Wes Santee, en cómo empieza a correr y a destacar en Kansas y en por qué va a correr en los Juegos el 5.000 en lugar del 1.500 como él quería.

Wes Santee sonríe en la línea de meta de los Campeonatos Nacionales de California, en 1952
El primer puesto le permite asistir a los Juegos Olímpicos de 1952 en Helsinki
Bettmann/Corbis

 En el tercero el protagonista es John Landy, clasificado para los 1.500 y 5.000 metros, apareciendo en esas páginas la figura del controvertido entrenador Percy Cerutty.

John Landy en 1954

 El cuarto capítulo da cuenta de las series clasificatorias de cada uno de ellos en Helsinki, de la mítica final de 5.000 metros que ganó Emil Zátopek –aquella carrera en la que Chataway pisó el anillo de la pista y se fue de bruces al suelo– y de la final de los 1.500 metros en la que Bannister era el favorito.
Roger Bannister estaba tan cansado que no podía dormirse. Por mucho que se revolviese y cambiase de postura, por más vueltas y patadas que diese a las sábanas no había forma de que se durmiera. Cada minuto que pasaba, cada segundo, le acercaba más a la final de los 1.500 metros; con cada hora le invadía una nueva ola de ansiedad. A las cuatro y media de la tarde del día siguiente se colocaría en la línea de salida junto a once de los mejores mediofondistas del mundo. El haber tenido que correr dos carreras en lugar de una, como esperaba, para clasificarse para la final había minado su confianza. Tenía miedo de estar ya demasiado cansado.
[...] Era imposible no ensayar en su cabeza una y otra vez la carrera que se avecinaba. ¿A qué ritmo debía empezar? ¿Era mejor quedarse en la cuerda o pasar al exterior? ¿En qué posición debía estar colocado en la tercera vuelta? ¿A qué distancia de la meta debía arrancar su esprint final?
 El quinto capítulo tiene maneras de ensayo, y en él se nos cuenta el origen de la milla y cómo los corredores fueron reduciendo sus registros poco a poco a lo largo de los años; incluyendo el duelo entre el caballero amateur Walter George y el atleta profesional William Cummings.

Imagen de la Milla del siglo en la que se enfrentaron William Cummings y Walter George
Foto: Racing Past
Para poder medirse con Cummings, George se vio obligado a abandonar su estatus de amateur, pese a que ofreció los honorarios que obtuviera en las carreras a un hospital de caridad. Tras una serie de carreras preliminares en las que ambos obtuvieron varias victorias, el 23 de agosto de 1886 Cummins y George se enfrentaron en la "Milla del siglo". Veinticinco mil espectadores se apiñaron alrededor de una pista de carreras de ciclistas para ver a George correr a tal velocidad que en la última vuelta dejó a Cummings tan rezagado que este cayó inconsciente. Su récord de 4:12,8 permaneció imbatido durante tres décadas y sentó las bases para que Paavo Nurmi presentase la milla de cuatro minutos al mundo, estableciendo un reto irresistible para los atletas que deseasen hacerse un hueco en la historia. 
Walter George
[...] El mundo del atletismo no se puso patas arriba cuando, en 1915, el estadounidense Norman Taber batió el récord de George por menos de dos décimas de segundo. Era una diferencia demasiado exigua para merecer algo más que una nota rápida en los libros de récords.
Norman Taber. 26 de junio de 1915, Cambridge
Fotografía: Beltmam (Gettyimages)
Entonces, el 23 de agosto de 1923, Paavo Nurmi, un ingeniero agrícola finlandés de Turku, se vio arrastrado por el mediofondista sueco Edvin Wide a una primera vuelta más rápida de lo que le habría gustado. Nurmi, que siempre corría con un gran cronómetro en la mano y prefería marcar un ritmo de carrera más regular, decidió seguir el ritmo de salida rápido que había marcado Wide. Al llegar a la tercera vuelta, Wide se vino abajo y Nurmi continuó con el ritmo. Batió el récord de Taber por dos segundos, con una marca de 4:10,4. Fue un salto adelante enorme, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que había tardado Taber en reducir la marca de Walter George en solo una fracción de segundo. De pronto el récord de la milla volvía a estar en disputa y cuando, en las Olimpiadas de París 1924, Nurmi ganó el oro en los 1.500 y los 5.000 metros en el plazo de cuarenta y dos minutos, parecía capaz de cualquier cosa. Joseph Binks, destacado periodista británico y antiguo corredor de la milla, le sugirió a Nurmi que la barrera de la milla estaba al alcance de los dedos, a lo que Nurmi replicó: "No. ¡Si acaso cuatro minutos y cuatro segundos!. Fuese aquello modestia innecesaria o no, lo cierto es que el finés había puesto sobre el tapete la posibilidad de correr la milla en cuatro minutos.
Paavo Nurmi fotografiado por Granger
 Inspirada por Nurmi, surgió en los años treinta una nueva generación de dotados mediofondistas cuyas carreras llenaban hasta la bandera los estadios de todo el mundo. Las carreras del Madison Square Garden rivalizaban con los modernos combates de boxeo con grandes bolsas. El aire estaba saturado de humo, el público devoto y entregado a sus corredores favoritos, y las gradas tan cerca de la pista que los aficionados sentían la corriente de aire que seguía al paso veloz del pelotón.
 El francés Jules Ladoumegue marcó en 1931 un tiempo de 4:09,2; el británico de origen neozelandés Jack Lovelock (que ganaría el oro olímpico en los 1.500 metros de 1936) lo rebajó en 1933 a 4:07,6 y en 1934 el estadounidense Glenn Cunningham detuvo el cronómetro en 4:06,8. Habría que esperar hasta 1937 para que el británico Sydney Wooderson lo rebajase mínimamente a 4:06,4. Los suecos Gunder Hägg y Arne Andersson se fueron pasando del uno al otro el récord de la milla durante tres años y medio, entre 1942 y 1945, hasta dejarlo en 4:01,4.

Gunder Hägg (derecha) y Arne Andersson en 1942
Muchos estaban deseando que se acabase con aquella obsesión con la marca, entre ellos el campeón olímpico de los 1.500 metros de 1912, el coronel Strode Jackson, quien, en el apogeo de la rivalidad entre Hägg y Andersson, escribió: "Cuando nos dejemos de estas tonterías de correr como metrónomos y con el reloj siempre en la cabeza, volveremos a las auténticas carreras: el triunfo de un corredor sobre el otro. Esta es la esencia original del atletismo y lo que volverá a ser cuando nos quitemos del medio el mito de los cuatro minutos.
 Sin embargo, para la mayoría el mito seguía creciendo. Como apuntó el periodista Frank Deford, en 1952, habíamos alcanzado los polos, encontrado las fuentes del Nilo, cartografiado los océanos más profundos y recorrido las junglas más impenetrables, pero la distancia de terreno que mide una milla seguía resistiéndose a todos los esfuerzos por cubrirla, a pie, en menos de cuatro minutos.
 Ese mismo año, menos de cuarenta y ocho horas después de clausurarse los Juegos Olímpicos de Helsinki, se celebró un encuentro entre el equipo del Imperio Británico y los Estadounidenses.
En los relevos de 4 x 1 milla, en los que cuatro corredores de cada equipo corren una milla, Roger Bannister les dio la ventaja a los británicos en el primer relevo, pero el segundo miembro de su equipo la perdió. Parecía que Wes Santee, que corría el tercer relevo para los estadounidenses, podría estirar esa ventaja lo suficiente para que los ingleses no pudieran recuperarla, sin embargo John Landy, que corría el mismo relevo en el equipo del Imperio, consiguió acortar distancias con Santee en las últimas 440 yardas. Los corredores del último relevo de cada equipo intercambiaron el liderato, pero al final ganaron los estadounidenses. Era la primera vez que Bannister, Santee y Landy competían juntos en una carrera. Ninguno de los tres recordaría gran cosa de los otros dos en aquella carrera, ni conservaría ningún recuerdo de una conversación ni impresión alguna de las capacidades de los demás. Sin embargo, cuando aquellos tres atletas se separaron (Bannister regresó a su vida en el hospital de Saint Mary, a solo un corto trayecto en metro; y Landy y Santee tomaron largos vuelos a sus respectivos países), cada uno estaba trazando una ruta para los días venideros que acabaría reuniéndolos. Sería una lucha que ni ellos ni decenas de millones de personas olvidarían jamás.
 El segundo acto del libro lleva por título La barrera, y abarca desde el capítulo sexto al catorce. En ese sexto se nos muestra a un Landy que compagina el atletismo con sus estudios en la Universidad de Melbourne, y que inspirado en los métodos de entrenamiento de Zátopek, con el que había departido en Helsinki, se acerca en Melbourne al récord del mundo de la milla parando el cronómetro en 4:02,1.
 En el séptimo volvemos a Roger Bannister, quien también tiene que compaginar los exigentes estudios de Medicina con los no menos duros entrenamientos que se ha marcado para llegar a su objetivo, algo que, junto a la conquista del Everest, ya es una cuestión de estado.
Desde que, en 1924, Irving y Mallory subieron el noventa y seis por ciento del monte Everest, y el año anterior Paavo Nurmi se quedó a 10,4 segundos de la milla en cuatro minutos, ambas metas han espoleado las mentes de los hombres. El año de 1953 será testigo del mayor asalto hasta el momento a ambas cumbres.
 En el capítulo ocho volvemos a Santee, que, como los otros, reparte su tiempo entre las competiciones y sus estudios en la Universidad de Kansas. En esas páginas conocemos a su entrenador Bill Easton, quien desea tanto como su pupilo adelantarse a sus dos rivales.

Bill Easton cronometra a Wes Santee
Fotografía: Duke D'Ambra

 Los infructuosos intentos de los tres conforman el siguiente capítulo: 4:04,2 Landy, 4:03,6 Bannister y 4:02,4 Santee.
Se recordó a los cronometrados que pusieran en marcha los relojes en cuanto vieran el humo salir de la pistola, no al sonido del disparo, para tener en cuenta el retraso entre el disparo y el sonido.
 Con Santee acercándose rápidamente al récord, podemos sentir en el capítulo 10 la presión a la que estaba sometido Bannister, y más cuando Santee, en su gira de verano por Europa, batió en Suecia el récord estadounidense de los 1.500 metros.
El público británico quería otro gran logro para igualar la reciente conquista del Everest y la coronación de la reina Isabel. Cualquier cosa que fuera menos que eso no sería suficiente.
 Roger Bannister marcó un tiempo de 4:02 en un intento con liebres  (Macmilan y Brasher) en Motspur Park, pero que una de las liebres utilizadas se dejase doblar para tirar en la última vuelta no fue bien visto, ni por sus rivales ni por la prensa.
 En los capítulos 11 y 12 se habla del obstaculista Chris Brasher, del fondista Chris Chataway y del entrenador austriaco y residente en Inglaterra Franz Stampfl; así como de los progresos de los protagonistas para tratar de romper la barrera. A veces, en lucha no sólo contra el cronómetro sino también contra las condiciones atmosféricas.

El atleta británico Roger Bannister cruza la línea de meta
Meeting entre Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda en el White City Stadium de Londres
5 de septiembre de 1952. Fotografía: Tropical Press Agency/Getty Images
En el exterior, un banco de nubes oscuras que cubría el cielo rompió de repente en un torrente de lluvia. Los paraguas que momentos antes protegían del sol desviaban ahora el mar de lluvia, que luego se convirtió en granizo, del aguacero. Ráfagas de viento soplaban por la pista y las personas expuestas se agacharon. Pero tan de repente como vino la tormenta pasó. Las nubes se abrieron y el sol regresó. A excepción de unos cuantos paraguas boca arriba, todo volvía a estar como antes. Pero no la pista, que estaba cubierta de charcos y hoyos en la ceniza donde había caído el granizo. 
 ***
Tenía un buen sentido de su ritmo, al igual que un jugador de golf experimentado sabe hasta dónde llegará una pelota por la fuerza que aplica a su swing. Sin embargo, no se trataba de una ciencia exacta. Landy sabía que había condiciones –nivel de relajación, viento, temperatura, estado de la pista, la presión de la competencia y una multitud favorable– que incidían en su velocidad. Era imposible distinguir entre una segunda vuelta a 59,5 o 60 segundos, al igual que la multitud no podía distinguirlo simplemente mirando. Lo único que Landy podía hacer era correr al cien por cien con la esperanza de que fuera suficiente. Si se daban los demás factores, batiría el récord.
 En el capítulo 13 se narran los preparativos de Roger Bannister para el día D marcado en el calendario.
Estaba decidido. La intención del jueves 6 de mayo era seguir adelante. A Bannister le quedaban menos de tres semanas para afinar la velocidad para el gran día. Los McWhirter le habían dejado bien claro que Landy competía en Escandinavia a principios de mayo y que Santee tenía la vista puesta en el torneo de Compton de principios de junio, así que la carrera en la pista de Iffley Road podría ser su última oportunidad.
 Y en el siguiente llegamos a tan esperada fecha, acompañando al británico a lo largo de la jornada. La angustia por lo ventoso del día, la preparación de los clavos, la conversación con su entrenador, el viaje en tren a Oxford, el almuerzo previo a la carrera, el encuentro con los compañeros (Chataway y Brasher) que iban a hacerle de liebres...

Chris Brasher, Roger Bannister y Chris Chataway
Oxford (Inglaterra), 6 de mayo de 1954
Getty Images
A las once en punto, bajó al laboratorio del hospital a afilar los clavos y frotarlos con grafito. Dadas las posibles condiciones, esto evitaría que las cenizas se le acumularan en la suela de los zapatos, lo que podía significar ganar unas cuantas yardas de milla. Cuando alguien se asomó al laboratorio y lo vio en la piedra de afilar, le preguntó: "No creerás que eso cambiará nada, ¿verdad?". Bannister sabía muy bien que en la batalla sobre décimas de segundos y medios segundos sí cambiaría algo. Además, había encargado los zapatos con los que pensaba correr a un zapatero especialista de Londres. "Deben ser ligeros", le había dicho Bannister al hombre que en una ocasión le proporcionó zapatos a Jack Lovelock. "Los necesito solo para tres carreras, para doce vueltas". El par resultante pesaba cien gramos, dos menos [sic] que los zapatos normales. Esto formaba parte de su plan cuidadosamente calculado. Cualquier ventaja contaba.
Zapatillas de clavos y piel de canguro utilizada por Roger Bannister para bajar de los cuatro minutos en la milla. Un comprador anónimo pagó por ellas 365.000 euros en la subasta celebrada en la casa Christie's en septiembre de 2015. Bannister donó ese dinero a distintas asociaciones y fundaciones, entre ellas una dedicada a la investigación neurológica, pues hacía tres años que había sido diagnosticado del mal de Parkinson.

 Gracias a esas páginas nos colamos en el estadio de Iffley Road junto a miles de espectadores.
Bannister, que llevaba una camiseta con tres rayas –verde, dorada y azul– y el dorsal 41, observó la pista, con los brazos colgando a los costados y el pie derecho ligeramente avanzado. Sentía el aire húmedo y fresco en la piel. Estaba en la cuarta posición desde el interior, con Chataway justo a su derecha y Brasher a dos posiciones a la izquierda. La multitud se quedó muda. Bannister se tensó y se preparó para la salida. Antes del disparo, Brasher saltó; salida nula. Después de que Brasher recibiese un aviso oficial del juez de salida, los corredores volvieron a la línea. Bannister estaba molesto porque pensaba que se habían perdido unos segundos preciosos durante los cuales el viento había dejado de soplar y que podía volver a hacerlo en cualquier momento.
 Volvió a reinar el silencio. Bannister aguardaba clavando los tacos en la ceniza para lograr una mejor tracción. Inspiró profundamente; esta podía ser su última oportunidad para ser el primero en romper la barrera de los cuatro minutos. 
Roger Bannister atravesando la cinta de meta en la histórica milla del 6 de mayo de 1954
Pista de atletismo de Iffley Road, Oxford (Inglaterra)


 Una vez conseguido el honor de bajar de los cuatro minutos en la milla, le quedaba enfrentarse a Landy y Santee, dirimir quién sería mejor en un encuentro cara a cara y sin liebres, algo que leeremos en la tercera parte del libro, subtitulada La milla perfecta, que engloba los cuatro últimos capítulos y un epílogo, abarcando el definitivo enfrentamiento en una misma carrera de los tres protagonistas, en la que fue llamada "la milla del siglo".

 Pocos días antes de que Santee parase el crono en 4:00,6
Estaba dolorosamente cerca. A seis décimas de segundo. No era nada, un parpadeo, una salida un instante más rápida, media zancada, una inclinación mayor en la línea de meta. No era nada, y lo era todo.
y 46 días después de la hazaña de Bannister, John Landy corrió en Finlandia, en la ciudad de Turku, en 3:58,5, estableciendo un nuevo récord del mundo de la milla. En dicha carrera también tomó la salida Chris Chataway, estando así involucrado en las dos millas más rápidas de la historia hasta ese momento.

John Landy bate el récord mundial de la milla (3:58,5)
21 de junio de 1954, Turku (Finlandia)
La carrera de la milla era una forma de arte creada con velocidad y resistencia. Bannister y Landy, ilustrando el hecho de que ambos elementos se podían aplicar de modos muy diferentes, tenían estilos diametralmente opuestos. Por lo que Bannister había leído y oído sobre el australiano, Landy era un "corredor en cabeza", la clase de deportista que, en la jerga del atletismo, marca un ritmo vertiginoso desde el principio y deja a sus enemigos atrás, mordiendo el polvo, incapaces de atraparlo en la última vuelta. Landy confiaba en su capacidad para juzgar el ritmo y en su nivel de forma superior para aplastar a sus rivales. Bannister era un "corredor posicional", que se mantenía atrás, dejando que atletas como Landy le llevasen alrededor de la pista, asegurándose de mantenerse lo bastante cerca –o "en contacto"– para, al sonar la campana, poder lanzar un veloz ataque final. Ambos estilos tenían ventajas e inconvenientes y, en la milla, todas las decisiones sobre el ritmo, el momento de romper el contacto y el momento de iniciar el ataque final debían tomarse rápidamente en las brumas del agotamiento. Pero los atletas pueden mejorar sus posibilidades si se preparan con antelación. Sencillamente, tenía que iniciar la carrera con la idea de que, al igual que los artistas que esbozan las líneas maestras de un cuadro, no podía saber los colores y las tonalidades que funcionarían mejor hasta después de dar las primeras pinceladas.

 Les dejo aquí el vídeo y una bonita fotografía de aquel mítico enfrentamiento en los Juegos del Imperio Británico y la Commonwealth de 1954. Wes Santee, que cumplía el servicio militar con los Marines en Estados Unidos, no recibió el permiso para viajar a Vancouver, Canadá, pero no por ello perdió emoción la prueba, con uno de los adelantamientos más icónicos de la historia.


Juegos del Imperio Británico y de la Commonwealth en Vancouver, Canadá
7 de agosto de 1954
Fotografía: Getty Images

 Ahora mismo no recuerdo si corrí alguna milla en pista, pero sí que disputé la distancia numerosas veces en circuitos urbanos. Incluso gané alguna que otra.

Pedro Delgado gana la II Milla Urbana de Navidad de Nerja
Diario Sur, 7 de enero de 1987

II Milla Urbana de Navidad
Nerja, enero de 1987
Diario Sur


Diario Ideal de Granada (Deportes) 22-10-1990
Pedro Delgado gana la IV Milla Urbana "Villa de la Zubia"

 Era una prueba que me gustaba y en la que me sentía cómodo, bueno, lo más cómodo que uno puede sentirse cuando va corriendo a toda pastilla. A veces –tuve esa suerte–, corrí junto a rivales de la talla de Steve Ovett o Steve Cram, que junto a Coe son para mi generación lo que Bannister, Chataway, Landy o Santee a la anterior; de ahí que haya disfrutado leyendo estas páginas.

Steve Ovett y Pedro Delgado en la V Milla Día de Andalucía
Granada, 28 de febrero de 1989

 Volviendo al libro, comentarles que les resumí vagamente lo capítulos para que vean que la novela no se ciñe a una sola carrera. El epílogo no tiene desperdicio, y a él volveré en otra ocasión para resaltar la talla humana de John Landy. Ahora, que recientemente falleció Bannister, no se me ocurre mejor homenaje al británico que recomendar esta lectura. Pónganse las zapatillas de casa, arrellánense en sus sillones y dispónganse a tomar la salida. ¡Lectores a sus puestos! ¡Listos!
El resto del anuncio quedó ahogado por los gritos de alegría de las mil doscientas personas que habían sido testigos de una ocasión histórica. Bannister había corrido la milla en 3:59,4; la barrera, por fin, se había roto. 
–¡Tres hurras por Roger Bannister!– gritó un joven estudiante. La multitud respondió: "Hip, hip ¡hurra! Hip, hip ¡hurra!".
Roger Bannister
(Harrow, Londres, 23 de marzo de 1929 - Oxford, 3 de marzo de 2018)

The Perfect Mile, de Neal Bascomb, editada en 2001
La Milla Perfecta, editada en castellano en 2017 por Melusina


Esta entrada está dedicada a Tomás Chincoa Gallego, quien falleció el pasado 2 de abril. Aun a sabiendas del poder del rival y de lo desproporcionado del encuentro, se midió a él con la misma entereza y coraje con la que se enfrentaba a cada carrera en su juventud. Ejemplo para todos, siempre permanecerá en nuestro recuerdo. Allá donde estés, amigo, un fuerte abrazo.



Nota: Todos los párrafos a color están extraídos de la primera edición de La Milla Perfecta de Neal Bascomb, editada por Melusina en octubre de 2017 con traducción de Blanca Rodríguez y Carlos Gual Marqués.

lunes, 26 de marzo de 2018

UN MALAGUEÑO EN BIRMINGHAM


Banderín de la Copa de las Naciones I.S.F.
Birmingham (Inglaterra) 1981

Ahora que se han apagado los ecos del Mundial de Birmingham -con el gran salto de Ana Peleteiro, la magnífica carrera de Saúl Ordóñez y la descalificación de Óscar Husillos-, voy a volver a la ciudad inglesa para hablarles de un atleta malagueño que hace la friolera de 37 años participó allí en otro mundial, aunque en ese caso fuera al aire libre y en categoría escolar. Su nombre es Tristán González Franco, y me acordé de él mientras seguía por televisión el pasado campeonato. Como nos conocemos y tengo amistad con su hermano Ignacio, le pedí a este su correo para que me contase de viva voz cómo fue aquella experiencia.
"Aquello fue poco antes de que se casara Lady Di..., pero poco te puedo contar de aquella competición que ya queda lejos en el recuerdo. Fue mi primera convocatoria con la selección nacional escolar de atletismo tras una muy buena temporada en la que conseguí el campeonato de España juvenil federado en Barcelona, corriendo 300 m.v. en 39"5 con vallas a 0,91 m. Igualmente conseguí el campeonato de España escolar de pruebas combinadas (octalón) y 300 m.v. con vallas a 0,84 m. en la pista de la Blume en Madrid. La competición de Birmingham empezó cuando recibí en casa un telegrama que confirmaba mi participación".

Encuentro Internacional de Atletismo Escolar Birmingham 1981 

"Recuerdo que en aquella expedición todos éramos campeones nacionales, y algunos luego tuvieron especial renombre, como fue Martín Fiz. Igualmente en el Alexander Stadium se vieron otros que en categoría absoluta brillaron a nivel mundial. Recuerdo un francés que en 110 m.v. consiguió alguna chapa en Juegos Olímpicos. Mi participación pasó por una semifinal fácil y una final en la que recuerdo que corrí por la calle 1. El día fue lluvioso pero no me perjudicó. Tuve una salida algo lenta y fui recuperando puestos hasta que después de la 9º valla me puse tercero, y así entré en meta. La marca fue 55"44, que según mis datos fue mejor marca personal de año en esa distancia que, por otro lado, no estaba acostumbrado a correr, pues mi prueba era 300 m.v."

Cuaderno de atleta de Tristán González Franco
Copa de las Naciones, Birmingham 1981

Copa de las Naciones
Campeonato de la I.S.F.
400 metros vallas
Birmingham (England) 19 - Julio - 1981

"No hubo muchas más medallas en el equipo español. Que yo recuerde un madrileño en 110 m.v. y algún fondista, que imagino que sería Martín Fiz".
 Creía recordar que Tristán dejó el atletismo al poco de lo de Birmingham, por lo que aproveché para interrogarle sobre ese particular:
"Después de Birmingham se complicaron un poco las cosas. Ese invierno tuve una lesión en el bíceps femoral cuando corría un 200 en la pista de la Universidad Laboral, y la recuperación no fue buena. Tampoco tuve mucho apoyo del club y como la pista de Carranque cada vez estaba peor los entrenamientos se me hacían muy complicados. A la vez empecé a estudiar turismo por las tardes y eso me llevó a tener que entrenar a solas por las mañanas, lo que me fue desmotivando más. También me iba atrayendo la idea de hacer largas distancias por aquello de entrenar por sitios diferentes sin necesidad de pista, de ahí que al tiempo acabase convertido en triatleta.
 En definitiva, cuando a un chaval de 17 años no lo observas de cerca y lo motivas, se corre el riesgo de que se pierda la ilusión. Recuerdo que en mi época de atleta las competiciones eran muy escasas y no terminaba de adaptarme y coger el ritmo de carrera, aún más cuando se trataba de una prueba tan técnica".

Tristán González Franco entrenando en la Ciudad Deportiva de Carranque
 Málaga, 1980?

 En el recorte de prensa que me adjunta Tristán se puede leer sobre otros dos atletas malagueños: José Francisco Vera, subcampeón escolar de España en lanzamiento de jabalina, y Eva Rivera Bonilla*, clasificada en tercera posición en salto de altura en aquellos escolares. Al igual que Tristán, ambos militaban en el equipo de atletismo del colegio Santa Rosa de Lima, de donde salieron tantos buenos atletas.

Diario Sur, Juegos Nacionales Escolares 1981

 *Ni José Francisco ni Eva fueron a Birmingham, al no haber ganado los nacionales de aquel año.

 Como no podía ser de otra manera, quiero dedicarle esta entrada a  su protagonista, Tristán González Franco, agradeciéndole que se haya tomado la molestia de rebuscar en su memoria y en los cajones los detalles que ilustran este post.

sábado, 17 de marzo de 2018

LA ÚLTIMA ESCAPADA: HOMENAJE A MANUEL CAMPOS LORCA


Manuel Campos Lorca (Málaga, 1943 – Málaga, 2018)
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Como en una de esas sacudidas que daba al pelotón, uno de esos tirones llenos de electricidad con los que conseguía escaparse en solitario, Manuel Campos Lorca se nos ha ido.

 Este histórico del ciclismo malagueño, profesional en la década de los sesenta, tenía una tienda de bicicletas en el nº 26 de la calle Alcalde Díaz Zafra, casi en el cruce con la avenida de José Ortega y Gasset, un local muy pequeño lleno de bicis de carreras, con recortes de prensa, fotografías y pósters de las grandes figuras del pedal en las paredes. Un sitio al que acudíamos mis hermanos y yo cada vez que se nos pinchaba la bicicleta. Normalmente había que dejarla allí y recogerla después, pero otras veces te la arreglaban al momento delante tuya. Entonces, Manuel Campos Lorca, que era un hombre parco en palabras y en gestos, sacaba la cámara con la ayuda de una cuchara y la metía dentro de un cubo de agua. Las burbujas que salían del caucho delataban el pinchazo, y sobre él venía a pegarle un parche. Luego insuflaba aire a la cámara, la metía dentro de la cubierta y volvía a colocar la rueda en su sitio. Las nuestras eran unas Peugeot plegables de paseo -la de mi hermano Marcial era azul y la mía roja, pero no recuerdo ahora mismo la marca ni el color de las de mis otros hermanos-, algo sin duda poco motivante para Manuel, que trabajaba en silencio, con la mente enredada en algún final en alto o en un esprint ya lejano en el tiempo. Cuando entraba en la tienda algún ciclista de los de verdad, a Manuel se le iluminaba la cara y podías escucharlo hablar de entrenamientos o competiciones, como la Subida Ciclista a la Fuente de la Reina o la Vuelta Ciclista a Málaga que él organizó durante varios años; en su conversación también había palabras que en aquel tiempo me resultaban extrañas, como bielas, o difíciles de relacionar con una bicicleta, como piñones, platos o coronas..., por no hablar de tantas cifras de dientes. Todos esos recuerdos me asaltaron de nuevo el pasado día 19 de febrero al leer en el diario Sur el artículo escrito por Antonio Ortín, uno de esos chaveas a los que Manuel entrenó. Difícil no emocionarse.

Manuel Campos Lorca
18 de junio de 1959
(Archivo fotográfico de la familia)

FUGA

Por Antonio Ortín


Hay domingos en los que un simple telefonazo transforma la calma de la tarde en un doloroso silencio. Ayer nos dejó Manuel Campos Lorca, un histórico del ciclismo en Málaga: excorredor, exdirector deportivo e impulsor de carreras como la Subida Ciclista a la Reina o la Vuelta a Málaga, en esta ciudad tan dada a pasar de largo del ciclismo. Y sé que a muchos de quienes en la década de los ochenta aprendimos los fundamentos de este deporte que amamos, ayer se nos heló el corazón. Nadie deja más huella en la vida que unos padres, unos amigos y un maestro. Y 'El Fuga', su popular apodo de juventud, tuvo, sin saberlo, algo de los tres para muchos de nosotros. Hoy son todo conocimientos técnicos de biomecánica, nutrición o fisiología; y estrategia y tecnología en carrera. Lo suyo, no. Lo de Campos Lorca era gramática parda aprendida a fuerza de fatiga incrustada en las piernas; intuición de un viejo lobo de carretera que cada vez que abría la boca, de su habla atropellada salía una lección irrefutable de ciclismo. 
 Y mucho más. Porque Campos Lorca no sólo nos enseñó a montar en bicicleta, a rodar en pelotón o a buscar la posición correcta antes de afrontar un puerto. De él aprendimos la importancia del trabajo gregario; del sacrificio del ego por el grupo. Desde las instrucciones que nos daba desde aquel Mirafiori que hacía las veces de coche de equipo nos fue también moldeando la capacidad de ensanchar el sufrimiento cuando quieres luchar por algo. Y ese manual de tenacidad, perseverancia y constancia es parte de nuestro prontuario, que aquel hombre menudo nos ayudó a forjar. 
 Por el inexorable avance del tiempo, tengo cada vez más recorrido a mis espaldas al que, de vez en cuando, vuelvo la vista. Y ayer, cuando me comunicaron la noticia, regresó a mi memoria ese tiempo feliz en el que mientras soñaba con parecerme algún día a Hinault, a Perico o a Ruiz Cabestany, 'El Fuga' me iba inculcando que para soñar había que abrir los ojos y trabajar duro en la dirección que dicta la intuición del corazón, la misma que alimentaba a tantos que desde ayer le lloramos: Melgar, Luque, Barranco... Varias generaciones que, eso sí, comparten con sus hijos, José Manuel, Francis y María del Mar, una orfandad que necesitaremos un tiempo para asimilar. 
 Probablemente, desde algún lugar nos estará abroncando para que no nos vengamos abajo y mañana, o pasado, salgamos a rodar unos kilómetros hacia nuestros sueños. Pero hoy no, querido 'Fuga'. No encuentro las fuerzas para pedalear. Pero no te quepa duda de que, cuando hayamos digerido tu ausencia, volveré a subirme a una bici y, quizá cuando nadie me vea, deje brotar una lágrima mientras imagino que, desde el coche del equipo, de nuestro equipo, retumba aún tu voz en mis oídos: "Mete un piñón, Ortín. ¡Aguanta!" 

Manuel Campos Lorca. Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

 Desde aquellos tiempos remotos he seguido llevando a reparar mi bicicleta -una Swatch que me regaló Lucía- a Campos Lorca, por lo que desde aquí quiero transmitirle mi más sentido pésame a familiares y amigos.

 Sus hijos, que habían cogido el testigo del padre en noviembre de 2012, cuando la tienda se trasladó a un local cercano muchísimo más amplio en el número 96 de la avenida José Ortega y Gasset, me han permitido acceder a una parte del archivo gráfico de su padre para ilustrar esta entrada; imágenes en blanco y negro o sepia que reflejan otra época, un tiempo que ya pasó pero que gracias a la magia de la fotografía permanecerá con nosotros.

Manuel Campos Lorca con Pepe Torres
(Archivo fotográfico de la familia)

Manuel Campos Lorca. Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (iq.) junto a Francisco Castaño "El Liga" y un compañero
Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca
Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca ganando una prueba
(Archivo fotográfico familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca felicitado por Don José Torres Palomino, presidente de la Federación Malagueña de Ciclismo y organizador de las carreras ciclistas que se celebraban en el Parque de Málaga, entre ellas la Vuelta a Málaga. Fotografía: Elías Jiménez Pérez (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Sello del reportero gráfico Elías Jiménez Pérez detrás de la fotografía

El juez árbitro de la carrera, Sr. Torres Palomino, entrega la copa en el Parque de Málaga al nuevo campeón en pista aficionado Manuel Campos Lorca. (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca en plena competición (Cruce de Churriana, 31 enero 1965)
Fotos Medias (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (izq.) con un compañero del VeloSolex Orbea
Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Campos Lorca en Coín con el equipo de Málaga de Educación y Deporte (Selección malagueña de ciclismo) en una de sus últimas carreras. Fotografía: Elías Jiménez Pérez (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (Málaga, 1943 - Málaga, 2018)
(Archivo fotográfico familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (a la derecha de la imagen) en Coín, Málaga
(Archivo fotográfico familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (izq.) recibiendo un trofeo. A su lado, Pepe Torres Palomino
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Campeonato de Málaga (Marbella, 14 de diciembre de 1958)
Fotografía: Elías Jiménez Pérez
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Campeonato de Málaga de Ciclismo (Marbella, 14 de diciembre de 1958)
Sello de Reportajes Gráficos Elías Jiménez Pérez

Manuel Campos Lorca
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca recibe un trofeo de manos de Pepe Torres, presidente de la Federación Malagueña de Ciclismo, en presencia de José Martín (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)


Entrega de trofeos de la Federación Malagueña de Ciclismo. El segundo a la izq. es Don Jesús Barrientos, delegado de ciclismo de la Obra Sindical Educación y Descanso. En el centro Don José Martín Pérez, delegado en Málaga de la Federación Andaluza Oriental de Ciclismo. Junto a él Don José Torres Palomino y el ciclista Luciano Palomino. A la dcha., Manuel Campos Lorca. (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca recibe un trofeo de manos de Pepe Torres Palomino, presidente de la Federación Malagueña de Ciclismo y organizador de las carreras ciclistas en el Parque de Málaga.  A la izq., con gafas, el Delegado en Málaga de la Federación Andaluza Oriental de Ciclismo, Don José Martín Pérez. (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (izq.)
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca (izq.), Paco Valverde (dcha.) y otro compañero de Educación y Descanso de Málaga (especie de selección malagueña de ciclismo) en la Vuelta a Sevilla (al fondo la Giralda). (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Manuel Campos Lorca
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Entrega de premios en Carranque del I Trofeo San José Artesano (Circuito)
Málaga, 29 de abril de 1962. Manuel Campos Lorca (izq.)
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Momentos previos a la salida de una Vuelta ciclista a Málaga
Manuel Campos Lorca le sonríe a la madrina de la Vuelta
(Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)


Momentos previos a la salida de la IV Vuelta a Málaga en el Parque de Málaga (1964). El equipo malagueño del Askar Radio T-V lo componen, de izq. a dcha., Manuel Campos Lorca, José Capel Fernández, Luciano Palomino López, Manuel Corral García y Eduardo Provencio Hernández. Fotografía: Elías Jiménez Pérez. (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

Sebastián Fernández Dueñas, grandísimo ciclista de su época, entra vencedor en la meta en el Campeonato de Málaga de 1964. (Archivo fotográfico de la familia Campos Lorca)

http://www.diariosur.es/deportes/ciclismo/muere-anos-manuel-20180218193840-nt.html

Bicicletas Campos Lorca
Avda. José Ortega y Gasset 96, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Se agradecería información sobre las fotografías: nombres de personas o lugares que aparecen, etc. Para ello pueden dejar un comentario en el blog o ponerse en contacto conmigo.

Entradas sobre ciclismo aparecidas en Calle 1:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com.es/2015/07/el-tour-de-francia-gallo-nero-y-los-dos.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/11/que-te-jodan.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com.es/2017/09/comienza-la-ascension.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com.es/2015/08/de-vuelta-casa.html