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sábado, 4 de julio de 2026

ORFANDAD FUTBOLÍSTICA, 'EL PARTIDO' DE PIERO TRELLINI Y NOTAS SOBRE EL MUNDIAL DE FÚTBOL 2026


El partido, de Piero Trellini y noticias del Mundial 2026
Fotografía: Pedro Delgado

Los que nos hicimos de la selección italiana en el mundial patrio del 82, asistimos a esta edición –y ya es la tercera vez– con un tremendo sentimiento de orfandad, preguntándonos quién volverá a sacarle lustre a la tetracampeona –si yo fuese un directivo de la federación transalpina, no me cabe duda de que ya estaría hablando con Didier Deschamps para que después de dirigir a Les Bleus hiciera las maletas y retornara a Italia, donde ya vivió sus mejores años futbolísticos con la Juventus, para tomar los mandos de la azzurri–.

 Mientras tanto, para suplir esa orfandad, he sacado del estante de los libros pendientes de lectura El partido, de Piero Trellini, y lo voy leyendo entre una retransmisión y otra.

 El libro hace referencia al último encuentro del grupo C del Mundial 82 –el de Rossi, Platini, Zico, Rummenigge, Boniek y Maradona–, el que enfrentó a Italia contra Brasil con el pase a semifinales en juego. Italia llegó a ese partido tras una fase de grupos decepcionante, en la que rascó tres empates con Polonia, Perú y Camerún, mostrando un fútbol anodino. Aquellos resultados la llevaron a encuadrarse, en la segunda ronda, con Argentina y Brasil. Aquel era el grupo más difícil, con los campeones del mundo y los mejores del mundo. «Nadie, lo que se dice nadie, pensaba que pudiéramos tener la menor posibilidad». Sin embargo, el equipo de Enzo Bearzot comenzó a funcionar como una banda de jazz, música por la que el seleccionador italiano sentía pasión. En un equipo jazzista hay un gran trabajo de conjunto, una cohesión enorme y, de repente, la entrada del solista: Paolo Rossi, que se convirtió en el goleador del mundial.

 Italia y Brasil ganaron sus respectivos encuentros contra Argentina, y midieron sus fuerzas la tarde del 5 de julio en el Estadio de Sarriá. Barcelona y el mundo entero asistió a los mejores 90 minutos de la historia del fútbol.

 Antes de abrir el libro uno se pregunta cómo un partido puede dar para 510 páginas. Luego uno descubre que el texto de Trellini es muchísimo más que eso, y que no quisieras que se acabara.

Piero Trellini tenía solo doce años el 5 de julio de 1982, cuando Brasil e Italia se disputaron el pase a la semifinal del Mundial de España. El resultado parecía decidido: los brasileños poseían la belleza de la técnica y la ejecución; las apuestas estaban con ellos. Para los italianos, sumidos en un silencio tácito de años y en una guerra con el mundo y consigo mismos, el reto era imposible. Sin embargo, tras ese día, el fútbol nunca volvió a ser lo mismo. Ganó un país que no se atrevía a soñar con una victoria.
 Este libro es el relato de una pasión narrado con la pulcritud de un historiador, la curiosidad de un reportero y el entusiasmo de un aficionado. En él caben desde los anteriores Mundiales hasta la trayectoria política de los países implicados, desde las figuras de los jugadores hasta el análisis del minuto a minuto. Es una crónica apasionante con un elenco de personajes inolvidables (Rossi, Sócrates, Falcao, Junior, Conti, Tardelli, Zoff) del que quizá fue el mejor partido de fútbol de la historia. Pero no es solamente una oda al juego, es también la recreación del ambiente político, social y económico de los años setenta y ochenta, un recorrido que trasciende el ensayo deportivo para entender lo que fuimos y tal vez nunca volveremos a ser.
«Será un partido que recordaremos, del que hablaremos todavía cuando hayan pasado muchos años y sus principales protagonistas sean sólo nombres vinculados a la mitología del fútbol».
Mario Vargas Llosa

 Por supuesto, les prometo una reseña cuando llegue a esa última página.

 Del Mundial actual, decirles que, de lo visto hasta ahora, me quedo con el juego de Francia y Argentina. Es un gusto comprobar que, como en el último campeonato, ahí sigue Messi haciéndonos celebrar sus goles y con ellos los de la albiceleste. Si España no lo remedia –ojalá que podamos añadir otra estrella a la camisola–, creo que vamos camino de reeditar la final del último mundial –Qatar 2022–.

Messi sigue en racha en el Mundial 2026 (EFE)

 De entre las novedades de esta edición, rechazar categóricamente la de las pausas para hidratación cuando las condiciones de calor y humedad no lo requieren, pues alargan innecesariamente el tiempo que permanecemos delante de la televisión. Más que para los futbolistas, parece que estén pensadas para esas generaciones jóvenes que son incapaces de mantener la concentración en algo durante mucho tiempo o para el norteamericano medio que es ajeno a este deporte y corre el riesgo de aburrirse. Lo único positivo de ellas es que nos permite ir a la nevera a por otra cerveza –eleven la proporción de las sin alcohol si no quieren dejar muy tocado su hígado, pues el Mundial es muy largo– sin perdernos nada del partido. Por supuesto, ya sé que esto de los cuatro cuartos es una estrategia de la FIFA para que los operadores televisivos metan más publicidad y hagan más caja, pero, como dijo Deschamps, «esos tres minutos cambian por completo el fútbol», le hace perder su naturaleza y lo convierte en algo que no es. Aunque los entrenadores pueden hacer ajustes y cambiar la dinámica de sus equipos, le corta el ritmo al equipo que va dominando y permite un alivio físico al que está más castigado.

Ilustración de Eva Vázquez para EL PAÍS
El fútbol y sus mercachifles (Juan Gabriel Vásquez)

Ahora asistimos a partidos divididos en cuatro cuartos –como en el básquetbol– y no en las dos mitades de siempre, y llamarlas pausas de hidratación no alcanza a disimular que son en realidad pausas de consumo: para que las publicidades puedan llenar esos minutos en las transmisiones internacionales. Según nos cuentan, la final de esta Copa del Mundo tendrá un intermedio de 30 minutos y no de 15, y en él habrá un show y se cantarán canciones y bailará la gente para que el fútbol se parezca a la Super Bowl: no importa que mientras tanto los jugadores se enfríen y la tensión se disperse. Cada vez que interviene el VAR para anular un gol porque un computador detectó la punta de una bota al otro lado de una línea, porque un brazo está fuera de juego aunque las piernas partan de más atrás, me digo lo mismo: en un deporte que nació en la calle y en los descampados, lo que no puedan detectar los cuatro pares de ojos de cuatro árbitros bien entrenados no debería existir. El VAR nos ha robado emoción, espontaneidad, picardía; a cambio sólo ha enriquecido a los fabricantes de una tecnología que le hubiera quitado al mundo el gol de Maradona en 1986.
Juan Gabriel Vásquez, El fútbol y sus mercachifles
EL PAÍS, domingo 21 de junio de 2026

 Lo que sí me gustó es la ampliación de los equipos participantes. Con 48 equipos en liza, de países tan diversos, la sensación de que asistimos a un Mundial es mucho mayor. Y encima muchas de esas nuevas selecciones han dado la sorpresa y se han metido en dieciseisavos, como Cabo Verde y República Democrática del Congo, a punto ambas incluso de clasificarse para octavos.

Cabo Verde - Mundial de Fútbol 2026

República Democrática del Congo-Mundial 2026
Fotografía: Imago images / Anadolu Stringer

 Además, todos los equipos han rendido a buen nivel y ningún partido ha carecido de emoción, con los grandes espadas –Messi, Mbappé, Haaland, Kane, Dembélé, Vinícius, Oyarzabal, Cristiano– inspirados de cara al gol, que es la salsa de todos los partidos.

Oyarzabal goleador de la selección española en el Mundial 2026 (EFE)

 Otra cuestión que quiero destacar, más allá del tema de las arrugas que se hacen en el hombro de las de una determinada marca, es el diseño de algunas de las camisetas que se están viendo en este Mundial.

Pedri con la segunda equipación de España (Mundial 2026)
Fotografía: Pedro Delgado

 La segunda equipación de España, México y Arabia Saudí bien podrían lucir en las mejores pasarelas de moda. Al igual que la segunda de Italia, que lamentablemente no veremos en el Mundial.

Segunda equipación de Italia 2026
Fotografía: Pedro Delgado

 Y qué decir de la camiseta de Colombia, cuyas mariposas amarillas homenajean al Premio Nobel Gabriel García Márquez. El fútbol dándole una vez más la mano a la literatura.

Mariposas amarillas en honor de García Márquez
Camiseta Colombia Mundial 2026
Fotografía: Pedro Delgado

Durante décadas las mariposas amarillas han sido uno de los símbolos más representativos de la obra de Gabriel García Márquez. Aparecieron por primera vez en la novela Cien años de soledad, en la trama de amor rebelde entre Renata Remedios Buendía y Mauricio Babilonia. En aquel noviazgo furtivo, las mariposas amarillas juegan un papel fundamental porque son los insectos que revolotean constantemente, como por arte de magia, alrededor de Mauricio Babilonia. Nunca lo abandonan. Tanto así que Renata Remedios sabe que su Mauricio está cerca sólo con ver que la casa se va llenando de ellas.
Centro Gabo

 Feromonas aparte, otro tema que llama la atención es la porosidad de la que hablaba Jorge Valdano en su artículo Una bandera para cuarenta días, donde entre otras cosas hace referencia a cómo las migraciones han transformado el mapa del planeta.

Nunca hubo tantos futbolistas defendiendo una bandera distinta a la del lugar donde nacieron. Son 287 los que competirán representando a otro país. Actúa como símbolo el primer gol del Mundial: lo marcó el colombiano Julián Quiñones, para México.
 El Mundial sigue invocando una emoción antigua: sentirse parte de una comunidad. Quizás la última pregunta sea qué significa hoy representar a un país. Las fronteras son cada vez más porosas. Nunca hubo tantas identidades compartidas, tantos pasaportes, tantas vidas repartidas entre varios lugares. Pero cada cuatro años seguimos necesitando una camiseta detrás de la cual reconocernos.
Jorge Valdano, El juego infinito
EL PAÍS, sábado 13 de junio de 2026

 Uno de los casos más destacados de esa porosidad, porque su historia le permitía jugar con tres selecciones distintas, es el del jugador de la selección marroquí Ayoube Amaimouni-Echghouyab. Nacido en Vic, Barcelona, hace 21 años, se marchó con 10 a Alemania por motivos laborales del padre, y allí se formó futbolísticamente alcanzando a jugar en la Bundesliga. Finalmente, como muchos de sus compañeros de selección, entre ellos el malagueño Brahim, eligió representar al país de sus progenitores. Algo tan respetable como si hubiese elegido jugar con España, pues todos esos hijos de inmigrantes que llegan a España, o a cualquier otro país, buscando una vida mejor, que han nacido o se han criado aquí, son, por mucho que les pese a algunos, tan españoles como el que más.

Ayoube Amaimouni-Echghouyab (Mundial 2026)

 Otro ejemplo de esta porosidad aquí en España es el caso de los hermanos Williams, en el que Iñaki ha decidido representar a Ghana, el país de sus padres y abuelos, y Nico a España. Dos elecciones diferentes e igual de legítimas.

Los hermanos Iñaki y Nico Williams
Fotografía:Warren Little and Richard Pelham (Getty)

 Parecidos a ellos tenemos a los hermanos Doué, nacidos de padre marfileño y madre francesa. Mientras Guéla decidió jugar por Costa de Marfil, Désiré optó por Francia.

Los hermanos Guéla y Désiré Doué
Fotografía: Gonzalo Fuentes y Hannah Foslien (Reuters / Getty)

 Y qué decir de Michael Olise que, al ser hijo de padre anglo-nigeriano y de madre franco-argelina, tenía cuatro opciones para jugar. Al final, aunque nació y se crió en Inglaterra, decidió defender los colores de Francia acogiéndose al origen de su madre.

Michael Olise. Imagen: Panini

 Hasta ahí nada anormal, como el scouting de algunas selecciones en busca de jugadores nacidos fuera del país, pero con raíces, por ancestros, dentro. Esto es tan antiguo como el mundo, y me lo muestra Pietro Trellini en uno de los capítulos de El partido. Trellini cuenta que en 1894, los estados brasileños comenzaron a fomentar la inmigración subsidiada de familias italianas, llegando un millón de almas a los puertos de Santos y Río de Janeiro entre 1887 y 1902, y que en el equipo de Brasil que ganó el Mundial de 1958 había siete jugadores de sangre italobrasileña. También que algunos jugadores nacidos en Brasil –como Guarisi, Mazola (no confundir con Mazzola) o Dino da Costa– nutrirían la selección italiana, acogiéndose para ello al origen de sus padres o ancestros.

Cuando los Pastorin desembarcan en Brasil, un tercio de los vecinos de São Paulo son italianos. Su condición mejora con el paso de los años hasta formar una clase media que empieza a hacer grande el país. [...] Y si Charles Miller es el fundador, en los años posteriores a su labor pionera son justamente los inmigrantes de Italia quienes difunden el fútbol con la creación de clubes por todo el país. [...]
La sangre púrpura italobrasileña tiñe mucha historia del fútbol. Si en 1958 Brasil es campeón del mundo por primera vez se lo debe por lo menos a siete «italianos». Al frente de la selección está Vicente Italo Feola, hijo de un artesano y de una campesina de Castellabate, en la región de Cilento. El capitán del equipo es Hideraldo Bellini, hijo de un inmigrante de Comacchio, que también será campeón del mundo en 1962. Cuando le entregan la copa, los fotógrafos locales, tapados por sus colegas suecos, más altos, le gritan que la levante, Él los oye y hace ese gesto de alzarla sobre su cabeza que a partir de entonces se vuelve ritual. Sus compañeros de equipo son: Dino Sani, hijo de italianos, verdadero faro del centro del campo y habilísimo en los pases rápidos; Mário Jorge Lobo Zagallo, nacido en Brasil pero de orígenes italianos, que también gana el Mundial posterior y, como entrenador, el de 1970, junto con el extremo izquierdo Roberto Rivellino, llamado Rivelino, nacido en São Pauo de una familia italiana del Molise, y el defensa José de Anchieta Fontana. Feola, por sorpresa, saca a jugar en ese equipo a dos muchachos de diecisiete y diecinueve años. El primero se llama Pelé. El otro, José. El padre del segundo, Gioacchino, que cosecha caña de azúcar, le había impuesto a su hijo que alternase la escuela con el trabajo hasta conseguir un diploma de mecánico. Con el papel en la mano, José João Altafini ficha por el Palmeiras, donde tienen expuesta una foto del gran Torino. Sus compañeros de equipo lo encuentran igualito que Mazzola y lo llaman así, aunque con una sola zeta. Y Mazola es el nombre con que pasará a la historia (naturalizado italiano, el Mundial posterior lo disputa  con la camiseta azzurra y después juega en la liga italiana como compañero de equipo de Zoff).
 En ese Mundial de 1958 Italia queda fuera de la fase final después de perder 2-1 contra Irlanda del Norte el 15 de enero de 1958. El único gol italiano lo marca Dino da Costa, nacido en Río de Janeiro, hijo de un conductor italiano de trolebús, que con catorce años había entrado en el equipo juvenil del Botafogo y luego se había naturalizado italiano, después de haber formado, junto con el crac Garrincha y Luís Vinício, casi de su misma edad, un formidable trío de ataque para el equipo carioca.
 Antes que él, Amphilóquio Marques Guarisi, también conocido con el nombre italianizado de Anfilogino Guarisi y en Brasil como Filó, juega en el Corinthians y en la seleção a mediados de los años veinte hasta ser transferido a la Lazio (llamada en aquellos años Brasilazio por la presencia masiva de jugadores italobrasileños: nada menos que 14) y convertirse en campeón del mundo con la selección italiana en 1934.
 Un destino opuesto es el de José Oscar Bernardi, quien en 1982 defiende el área sagrada del Brasil de Santana contra los azzurri. Su familia es oriunda de Lucia, provincia de Rovigo. Por eso de pequeño lo llamaban el Italiano. De no haber sido futbolista probablemente habría trabajado en Monte Sião, la pequeña ciudad del estado de Minas Gerais que vive del sector textil (pero sin aguja, solo ganchillo: es la tradición). Su madre ha sido una de las pioneras. Su padre Dino forma parte de una familia de zapateros emigrada a Brasil desde Italia. Un ejemplo para Oscar. En su familia nadie ha conocido la riqueza, todos han trabajado. Esto le ha enseñado mucho. La humildad por encima de todo. Tradicionalistas (seis hijos) y religiosos (a misa los domingos, a las procesiones en las fiestas, en peregrinación a la Aparecida todos los años), los Bernardi son los primeros italianos que se han instalado en la zona.
 Angelo Benedicto Sormani tiene los mismos orígenes: abuelos paternos de Garfagnana y maternos de Rovigo. Apodado Pelé Blanco, compañero de equipo del O Rei original en el Santos, termina su brillante carrera en el equipo italiano Lanerossi Vicenza cuando el club compra a un joven desconocido de nombre demasiado corriente: Paolo Rossi.

 Lo que no me parece bien ni termino de entender, en este y en todos los deportes, es que se nacionalice a deportistas que ya han representado a otros países en categorías juveniles o absolutas. Eso ya me parece un doping administrativo, detrás del cual hay un beneficio para el jugador, que de otra forma no podría acceder a un evento de este tipo, y para la federación, que ve así reforzado el potencial deportivo de su equipo, desvirtuando la competición. En algunos casos, incluso hay una transacción económica importante de por medio, lo que me parece todavía peor. Difícil controlar esto si los organismos deportivos que tienen que tomar medidas hacen la vista gorda. «Es la globalización», dirán algunos. La globalización haciendo su trabajo...

 ¡Que siga rodando el balón! Y ojalá que España vaya de menos a más y esté el domingo 19 en Nueva York. Un España-Argentina sería increíble. El campeón de Europa contra el de América. La Finalissima, que no se jugó, en el marco de un Mundial. ¡Qué poco cuesta soñar!

domingo, 14 de febrero de 2021

ME ACUERDO (DE 2020)


Ahora que hemos consumido el primer mes de 2021, miro atrás y me acuerdo del 2020:

 Me acuerdo de empezar el año con el reto de volver a correr con regularidad, sin que se me volviese a activar la fascitis plantar, de caminar cuatro minutos y medio y correr treinta segundos durante media hora, y de ir aumentando cada día treinta segundos el tiempo de carrera en detrimento del de andar. También me acuerdo del devastador incendio de Australia.

Bombero rescatando a un koala en Australia

 Me acuerdo de ver ese mismo mes de enero la retransmisión de los Premios Forqué por  televisión, y de los botes que di cuando le dieron a Pablo Barce el premio al mejor cortometraje por El nadador; de hacer cola en familia en el cine Albéniz para ver gratis las películas nominadas a los Goya; y de la celebración de dicho premio en Málaga, donde también estaba nominado El nadador.

César Martínez, Pablo Barce y Antonio Hens
Premio Forqué al Mejor Cortometraje por El nadador
Fotografía: Carlos R. Alvarez (Getty Images)

Sergio, Ana, Pablo, Lola, César y Charo
34 edición de los Premio Goya (Málaga, 25 de enero de 2020)

 Me acuerdo del homenaje de Laika, Belka y Strelka a David Bowie en La Térmica en el mes de febrero; de cómo se extendió por el mundo desde China la epidemia del coronavirus; de los 15,43 metros (récord mundial de triple salto en pista cubierta) de la venezolana Yulimar Rojas en el mitin de Madrid; de la vuelta de Borja Vivas a lo más alto del podio en el campeonato de España de peso en pista cubierta; y de la alegría de volver a correr treinta minutos seguidos sin que me doliese el talón.

Homenaje a Bowie por Laika, Belka y Strelka

Yulimar Rojas, meeting de Madrid 2020

Borja Vivas, Campeón de España de peso 2020 en Pista Cubierta

 Me acuerdo de la suspensión de la Media Maratón Ciudad de Málaga por la pandemia de coronavirus en el mes de marzo; del presidente del Gobierno anunciando el estado de alarma; del cierre de los centros de enseñanza; de los estantes vacíos del Carrefour; del encierro en casa y los aplausos en los balcones; y de no haber podido sacar para adelante a las dos crías de paloma que nacieron en una de las macetas de la terraza. Y, cómo no, de la suspensión de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.



Primeros pichones 15 de marzo de 2020
Fotografía: Lucía Rodríguez


Pichón, 17 de marzo de 2020
Fotografía: Lucía Rodríguez

Se suspenden los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (AFP)

 Me acuerdo del placer de la quietud en el mes de abril; de la prórroga del estado de alarma; de seguir todas las mañanas el programa Muévete en casa para mantener la forma y no coger kilos; de las clases virtuales con mis alumnos a través del blog; de los dos huevos que volvió a poner la paloma, esta vez al pie de la maceta, y de los cinco que puso mi agapornis. También de la muerte de Michael Robinson y su eterna sonrisa.

Cesc Escolá presenta Muévete en casa en La 2 de RTVE

queridos-alumnos-toca-moverse.html
Blog Calle 1 pedrodelgadofernandez.blogspot.com

Michael Robinson (1958-2020)

 Me acuerdo de volver a ver a mis padres, hermanos y sobrinos tras el levantamiento del confinamiento en el mes de mayo, y de salir a montar en bicicleta y volver a andar-correr; de llegar a correr seguido treinta minutos a los doce días y de los dos pichones que salieron del huevo y, esta vez sí, lograron sobrevivir. También me acuerdo del asesinato de George Floyd y el Black Lives Matter.

Tríptico 2ª puesta pichones (9 de mayo-25 de mayo)
Fotografía: Lucía Rodríguez


 Me acuerdo de junio, de ese final de curso tan atípico, sin vuelta a clases, y de ser, junto a mi hijo Pedro, los primeros en entrar al cine Albeniz en la apertura tras la pandemia (La rosa púrpura de El Cairo).

Apertura del cine Albéniz tras el confinamiento
Junio 2020. Diario Málaga Hoy

En la apertura del cine Albéniz tras el confinamiento
Fotografía: Javier Albiñana (Diario Málaga Hoy)

 Me acuerdo de celebrar en julio, en un chiringuito del Palo, el 86 cumpleaños de mi madre, y de que mi hijo Enzo aprobase su último examen para obtener la licencia de piloto comercial. También de la tercera pareja de pichones que nacieron en la terraza.

2 de julio de 2020

 Me acuerdo del mazazo de la muerte de Pablo Aranda en agosto.

el-ultimo-viaje-de-pablo-aranda.html
Fotografía: Miguel Fernández (Diario Sur)

 Me acuerdo de la vuelta a las aulas en el mes de septiembre: del caos  organizativo y de la incertidumbre que uno podía ver en la cara de los alumnos. Me acuerdo de volver a disfrutar del atletismo televisado en su edición número 100.






 Me acuerdo de vibrar con el desenlace del Tour de Francia en octubre, y de la caída que tuve con la bicicleta el día 21 de ese mes al dar una curva más rápido de la cuenta con el asfalto mojado por la lluvia y con restos de semillas y hojas de los árboles. También del adiós a Bond, James Bond.

Primoz Roglic y Tadej Pogacar en el Tour de Francia 2020
Fotografía: Kenzo Tribouillard / AFP (Diario As)
niebla-en-el-mont-ventoux-y-otras.html


Sean Connery, el mejor James Bond

 Me acuerdo de celebrar en noviembre la primera medalla de oro de mi sobrino Juan Carlos en el Campeonato de España de Clubes Sub 16, y que el virus no se cebase con mi hermano mayor y pudiera pasar la enfermedad sin secuelas. También de que ese mismo hermano aplicase un novedoso método para combatir la Covid de manera efectiva. Y me acuerdo de celebrar la derrota de Donald Trump; de los horarios tan atípicos del Fancine y de los dos tontos muy tontos de Mandibules tratando de amaestrar a su mosca gigante (Mandíbulas de Quentin Dupieux. Premio del público, y Premio al mejor guión en el Fancine de Málaga). Y cómo no, de la muerte de Maradona.

Juan Carlos Delgado en el centro de la imagen (©asaez.com)
2º clasificado en los 1.000 metros / Campeón de España por equipos
Cto. de España de Clubes Sub 16. Madrid, 7 de noviembre de 2020

Medalla de Campeón de España de Clubes Sub 16
Juan Carlos Delgado / Club Nerja de Atletismo
Madrid, 7 de noviembre de 2020

Mi hermano, el Doctor Marcial Delgado
Fotografía: Lucía Rodríguez

Facine Málaga 2020

Trailer Mandibules, de Quentin Dupieux


 Me acuerdo de volver a correr en diciembre; de la muerte de mi admirado Paolo Rossi, alma mater de aquella selección italiana que ganó el Mundial del 82; de la llegada de la vacuna, y de ver a mi hermana en el periódico por ese motivo. Y sobre todo me acuerdo de celebrar con alivio el hecho de llegar al final del año sin sufrir ninguna baja en la familia.

Mille grazie, Paolo
Paolo Rossi (1956-2020)

Mi hermana, la Doctora Inmaculada Delgado
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Me acuerdo de los libros leídos durante el año:

Mis lecturas del 2020 (leídas de arriba abajo)*
Fotografía: Pedro Delgado

*El tercer libro, al que no se le ve el lomo, sustituye a Togo, del jugador del Athletic Óscar de Marcos. Me lo perdió uno de mis alumnos durante el confinamiento, algo que me fastidia un montón pues había lista de espera para leerlo.

jueves, 12 de junio de 2014

EQUIPOS DE ADOPCIÓN

Mi albúm de cromos de Danone del Mundial 82
(lástima que le falten un montón de estampas)

Antes de que llegaran los triunfos de la selección española de fútbol en las dos últimas eurocopas y el mundial, casi todos los españoles de cierta edad teníamos una segunda opción de equipo para el campeonato; pues eran tiempos en los que España no lograba alcanzar las semifinales (a veces no pasaba ni de la primera ronda). Para paliar aquellas decepciones, uno adoptaba otra selección. Se podía ir con Portugal, Francia, Argentina, Holanda, Brasil... por aquello de la vecindad o de la presencia de algún determinado jugador en sus filas.


 Yo, como supongo tantos españoles de mi generación, me hice de la selección italiana en aquel Mundial 82 que se celebró en España bajo los auspicios del Naranjito.


Selección Italiana que ganó la final del Mundial 82
De pie: Dino Zoff, Francesco Graziani, Giuseppe Bergomi, Scirea, Collovati y Claudio Gentile.
Agachados: Bruno Conti, Paolo Rossi, Oriali, Antonio Cabrini y Marco Tardelli.
En aquella final también intervinieron Altobelli y Causio.


 Razones hubo varias: Primero las ganas de llevar la contraria a mis hermanos que iban con Brasil; segundo el magnífico juego desplegado por los italianos (tras superar la primera fase sin ganar un solo partido derrotó a todos los grandes equipos del campeonato: la Argentina de Maradona, el Brasil de Sócrates, la Polonia de Boniek, y la Alemania de Rummenigge); tercero ese bambino de oro, un Paolo Rossi veloz e intuitivo que fue el máximo goleador del torneo; cuarto que vengasen la agresión del portero alemán Shumacher al francés Battiston (lo dejó en coma en la otra semifinal); y quinto ese presidente italiano, Sandro Pertini, celebrando en la final, como un niño, a sus 86 años, los goles de la mejor Italia de todos los tiempos. 




 La base de aquella selección italiana, dirigida por Enzo Bearzott, era la Juventus, en la que también jugaba el francés Platini y el polaco Boniek, así que eso, unido a la tragedia de Heysel en la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus, me hizo ser también de la Juve, a la que desde aquí le doy mi enhorabuena por el último scudetto conseguido.


Pedro Delgado Fernández (1996)

 En fin, empieza a rodar el balón en Brasil. Ahora toca disfrutar del espectáculo y animar a nuestros equipos: ¡Vamos España!, y ¡Forza Italia!