miércoles, 22 de noviembre de 2023

LA DERROTA


La derrota, artículo de Manuel Vicent
EL PAÍS, 19 de noviembre de 2023
Fotografía: Pedro Delgado

A veces, uno se encuentra con un artículo que merece la pena recortar y conservar entre las páginas de algún libro. En este caso, por la referencia que hace el escritor Manuel Vicent a la derrota dentro del mundo deportivo. Un texto que estos días también funciona como metáfora del mar perder de tantos agitadores.

MANUEL VICENT
La derrota

A un jugador de póquer muy avezado que había perdido una cifra exorbitante en una partida, al día siguiente sus compañeros de garito le preguntaron qué tal había dormido esa noche y él contestó que había dormido como un bebé, porque cada cinco minutos se despertaba y lloraba. Añadió que para un jugador que sabe perder las derrotas cicatrizan enseguida. En ese momento estaba sentado de nuevo a la mesa y tenía dos ases en la mano. El mundo se creaba de nuevo y la suerte volvía a rodar. Un monje del monasterio del Nido del Tigre de Bután me dijo un día que ante cualquier fracaso repitiera 100 veces como si fuera una oración: "He sido derrotado, algo he hecho mal, no importa, mañana empezaré de nuevo". Es más elegante aceptar una derrota que celebrar una victoria, hay más estética en el fracaso que en el éxito, tiene más literatura el perdedor que el ganador.

El Nido del Tigre (Bután)
Fotografía: Revista Esquire / Getty Images

 Por mi parte, prefiero a Van Gogh con una sola oreja que con dos y al Picasso de la época azul, muerto de hambre, en calzoncillos que al triunfador con esmoquin y pajarita. En todos los colegios anglosajones el deporte está considerado como una asignatura fundamental porque en la cancha se aprende todas las reglas que luego hay que aplicar a los negocios, a la política y a la moral ciudadana, el juego limpio, el respeto al adversario, pelear hasta la extenuación sin rendirse nunca, valorar el triunfo y aceptar la derrota como una lección. Aunque el tenista rompa la raqueta contra el suelo, por muy bronco que haya sido el partido al final deberá subir a la red para felicitar y abrazar al ganador. Sería expulsado del circuito si no cumpliera estas reglas.

Novak Djokovic en la Final del US Open
Fotografía: Reuters

Pero nadie es más detestable que el jugador que tiene mal perder, que está dispuesto a cometer cualquier trampa, a romper la baraja o a dar una patada al tablero con tal de no admitir la derrota. Es como quien tiene mal vino y encima no sabe beber.

EL PAÍS. Domingo 19 de noviembre de 2023

 

https://elpais.com/opinion/2023-11-19/la-derrota.html

domingo, 19 de noviembre de 2023

BREVIARIO DEL VIEJO CORREDOR


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado

La primera vez que me presenté a las pruebas del INEF, que hacían media con la nota de selectividad, no conseguí entrar (lo logré al segundo intento). Había estado entrenando para un campeonato de España y apenas había tenido tiempo de prepararlas. A pesar de ello, no arrojé la toalla, y al año siguiente compaginé mis entrenamientos de atletismo con la preparación de las pruebas; con más rigor, sobre todo, los meses previos. Además, como plan B, me matriculé ese año (1985-86) en la Escuela de Arte de San Telmo y en un monográfico de dibujo en el que encajábamos estatuas helenísticas con carboncillo y lápiz de grafito en grandes pliegos de papel Ingres o en cartulinas de colores.

Dibujos de estatuas a lápiz y carboncillo, de Pedro Delgado
Taller monográfico de dibujo en la Escuela de Arte de Málaga (1985-1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tenía claro que si, a la segunda, no entraba en el INEF, entraría en la facultad de Bellas Artes, que recién abría sus puertas también en Granada.

 Y es que, junto al atletismo, yo sentía desde mi época de escolar una gran pasión por el arte, que me llevó con 14 años a cursar un año de estudio de dibujo en la Escuela de Arte, ubicada por entonces en la plaza de la Constitución, donde se encuentra ahora el Ateneo. Allí, en la misma sala donde impartió docencia el padre de Picasso, me daba clases Don Luis, un señor mayor y entrañable del que guardo un grato recuerdo. El otro profesor era Don Mariano, un hombre pelirrojo más joven que el anterior, con el que aprendían dos vecinos de mi mismo barrio (uno de ellos, José Ruiz Blanco, llegaría a ser un excelente pintor realista). Ellos ya llevaban allí algún que otro curso, y dibujaban con increíble facilidad y suma pericia las estatuas de escayola que adornaban la sala. Yo tuve que conformarme con empezar por los moldes de las figuras geométricas, las hojas de plantas, los ramilletes de cerezas y los detalles de la cabeza: un ojo, una oreja, una nariz..., cosas que luego también haría, pero en barro, en la asignatura de modelado en San Telmo.

Dibujos a carboncillo de Pedro Delgado
Antigua Escuela de Arte de Málaga, curso 1980-1981
Fotografía: Pedro Delgado

Trabajos de modelado de Pedro Delgado
Escuela de Arte de San Telmo de Málaga, curso 1985-1986
Fotografía: Pedro Delgado

 Aquellos estudios los dejé al año siguiente para matricularme de Inglés en la Escuela de Idiomas, pues en el instituto siempre arrastraba esa asignatura, junto a las Matemáticas, de un curso para otro. Aunque al inicio empecé estudiando (aquellos famosos Do you / Would you like a cup of coffe? y Where's the Kent Road?) y aprobando los exámenes, luego, concentrado en el arreón final del bachillerato, descuidé aquel libro de inglés de tapas rojas (¿dónde andará?) y suspendí.

 Lamentablemente, no volví a mis clases de dibujo, aunque siempre mantuve la afición a través de libros, fascículos y probaturas por mi cuenta con lápices de colores, grafitos, ceras y acuarelas.

Estación de mercancías en el puerto, acuarela de Pedro Delgado (1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras las pruebas de acceso a la universidad del año 1986, me encontré con que había conseguido entrar en el INEF y en Bellas Artes, y que en cuestión de días debía decidir con qué carta quedarme. En un primer momento, mi reacción fue optar por las dos: matricularme de todas las asignaturas del INEF y de una o dos de Bellas Artes, pero eso no era posible: debías matricularte de todas las asignaturas y en clase era obligatoria la presencialidad. Yo ya era muy conocido en Málaga en el mundo del atletismo, e intuía que me resultaría más fácil encontrar un trabajo relacionado con el deporte al terminar mis estudios. Además, pensaba que aquella carrera me iba a permitir compaginar mejor los estudios con los entrenamientos. Así que, con todo el dolor de mi corazón, tuve que despedirme de mis estudios de Bellas Artes, del sueño adolescente de ser uno de esos pintores bohemios de Montmartre. Por supuesto, guardo aquella carta de admisión con cariño, sabedor de que mi vida seguramente habría sido otra muy distinta de haber tomado aquel camino.

 Estudié la carrera de Educación Física en el INEF, aprobé mis oposiciones, seguí corriendo y no volví a dibujar ni a pintar nada. Y si lo hice años más tarde, fue a través de Lucía, viendo en ella, en sus bodegones y sus cuadros de temática marroquí y en sus escenas de Nueva York, una proyección del pintor que me hubiera gustado ser.

Óleos de Lucía Rodríguez Vicario
http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/p/obra-grafica.html

 Y por qué les hablo de todo esto, se preguntarán ustedes, si voy a reseñarles un libro, un librito por sus reducidas dimensiones, que lleva por título Breviario del viejo corredor.

 Pues porque su autor, Lluís Alabern (Barcelona, 1968), se ha pasado toda la vida compaginando esas dos pasiones: dibujar y correr.

Siempre quise una vida desmesurada, bohemia, artística, hedonista. una vida comprometida con mi tiempo, con los paisajes, una vida, también, heróica.
 Empecé a correr a los trece años en las pistas universitarias de Ciudad Central. Todos los niños corren y dibujan, quieren ser exploradores, aventureros, pero en la adolescencia muchos paran. Yo no paré. Ya he cumplido los sesenta, sigo corriendo, dibujando, aún sin rumbo, motivado por la aventura, pero sin horizontes. No tengo una vida desmesurada, pero sí comprometida con los montes, campiñas, bosques, acantilados y mares.
 Mi cuerpo ha cambiado. Quiero seguir corriendo. Conozco a unos cuantos corredores ancianos, maestros de la prudencia, el esfuerzo y la gestión del dolor. Casi todos corrían cuando eran jóvenes y siguen haciéndolo a edades en las que no es fácil encontrar motivación. Ancianos de cuerpo nervudo que aman zambullirse en un río helado, pedalear por senderos y carreteras secundarias, correr casi a diario por caminos de grava, subir montañas.

 Pero ojo, como ya nos advierte LLuís Alabern en la introducción, no busquen en este libro una guía con métodos, consejos y preceptos para alcanzar meta alguna.

 [...] no habla tampoco de técnicas ni de equipamientos ni de fisioterapias.

 No. Lluís nos habla aquí del correr como identidad, como refugio, como acto sagrado, como parte de la historia. Lo que encontrará aquí el lector serán «fragmentos hilvanados, reflexiones de un viejo corredor en las que se mezcla el correr con el dibujar y la orografía con la vida».

 Puedes imaginar una línea de puntos cada vez que encuentres el verbo correr. Puedes imaginar, entonces, que escribes sobre esa línea la palabra dibujar. Puedes hacer el ejercicio inverso. Correr y dibujar han devenido, con el paso de los años, dos de mis actividades nucleares.

 Porque como yo, como tantos otros niños, Lluís empezó a dibujar casi al mismo tiempo que a correr; aunque al contrario que muchos de nosotros, él no ha dejado de dibujar. Y es por eso que en esta epístola en forma de breviario abundan las referencias al arte, y nombres como Àngel Jové, Milton Glaser, John Ruskin, Jan Fabre, Ana Mendieta, Zong Bing, Fa Kuan, Ma Yuan, Xia Gui, Félicien Rops, Ricard Opisso, Caspar David Friedrich o Rockwell Kent salpican sus páginas. Y junto a ellos, grandes naturalistas o viajeros de la talla de Thoreau, Gary Snyder, Vladímir Arséniev, Tim Ingold, Robert Macfarlane, Sylvain Tesson, Claudio Magris, Werner Herzog o Bruce Chatwin.

 Hablamos, poeta anciano, de un hombre que rompe con el orden natural que lo empuja a la pereza. Thoreau, en su tratado Caminar (1861), comenta: «A medida que el hombre envejece aumenta su disposición para la inmovilidad y las ocupaciones caseras». El corredor de caminos anciano rompe con ese postulado tan humano, vuelve al estado salvaje que lo obliga a estar siempre alerta, siempre moviéndose. Se adentra en el camino que no conoce para llegar al lugar desconocido. «Cuando quiero relajarme, busco el bosque más oscuro, o el pantano que, a ojos de mis conciudadanos, resulta más impenetrable y lúgubre. Camino por allí como por un lugar sagrado, un sanctasanctórum. «Allí está la fuerza, la médula de la naturaleza», concluye Thoreau.
 Trotar adentrándose en el bosque pone en funcionamiento los resortes de la atención. Nos conecta de nuevo con la naturaleza. Solo si dibujamos sin rumbo, solo si nos adentramos en la densa vegetación de lo desconocido, el dibujo nos llevará a un nuevo sitio. «Vivir es dejar que las cosas pasen», comentaba el artista catalán Àngel Jové hace bastantes años a propósito de una exposición en el Centre d'Art Santa Monica (La Vanguardia, 1 de febrero de 1991). Esa frase le ha venido muy bien a mi cotidianidad no pocas veces. Se ha convertido en un catalizador que cultivo. Se trata, pasados los sesenta todavía me lo recuerdo a menudo, en efecto, de dejar que las cosas pasen. Olvidar este axioma se convierte en el germen de la angustia. No hay nada que buscar. Nada hay que forzar en el camino. Se trata de permitir que las cosas pasen. Hay que observar con detalle. Condescender con la naturaleza para que sea salvaje, pues, como escribió Thoreau, solo nos renueva la presencia de la naturaleza no sometida al hombre: «La vida coincide con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje».

 Lluís Alabern comenzó a correr en competiciones escolares a los trece años, en la prueba reina del atletismo, los 1.500 metros, y lo hizo de la mano de Luis Miguel Landa, el que fuera campeón de España de maratón en el año 1973.

 A los treces años, corría en las pistas universitarias, competía. Modulaba a lo largo de 1.500 metros los límites, las fuerzas. Aprendí a correr forzando, a esprintar antes que mis compañeros de carrera, a hipertrofiar las zancadas, para ganar.
***
 Mi entrenador, en el colegio de la infancia, fue el atleta Luis Miguel Landa. Un hombre serio que me instó a correr medias distancias y me enseñó a gestionar el dolor y a aprovechar el extraño recurso, para un niño de trece años, del esprint para ganar. Salvo en aquellas competiciones de atletismo escolar, nunca más he vuelto a utilizar el esprint para ganar. Aprendí que, cuando parece que ya no quedan fuerzas, el cuerpo, inyectado de adrenalina, encuentra potencias inesperadas. Me prohibió fumar y fue el primero que señaló el correr como algo natural, algo intrínseco a la actividad humana.

Lluís Alabern con catorce años, cuando quería arañar segundos al crono
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern (Polaroid de 1982)

 Aquel mundillo quedó atrás, pero Lluís siempre siguió corriendo, trotando por los alrededores de su hogar o por los lugares a los que viajaba. También por el Montseny o la Costa Brava cuando descubrió el placer de correr por la naturaleza. En el año 2012, lejos de la forma y del tipo que tenía cuando corría de adolescente en las pistas universitarias de la Ciudad Central, quiso poner a prueba sus límites y se inscribió en algunas carreras de montaña, participando, entre otras competiciones, en varias ediciones de la Trail Sant Esteve y de la Marató del Montseny.

Lluís Alabern con M. (Marató del Montseny 2012)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

Lluís Alabern en la Trail Sant Esteve 2013
Fotografía: Carmen de Tena

Lluís Alabern en su última competición (Marató del Montseny 2015)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 Sin embargo, después de su última maratón alpina, la edición de 2015 del Montseny, Lluís Alabern decidió dejar de competir.

 Ahora corre por correr. Sigue haciéndolo por la naturaleza, pero lo hace sin dorsales, sin cronómetros ni entrenamientos. Corre despacio, cada vez más despacio, «como un topógrafo que utilizara sus pies para acotar los montes». A veces duda de por qué lo hace, si por el disfrute del paisaje, porque cuando corre todo es instante y sólo hay el aquí y el ahora, o por vaya usted a saber.

No sé por qué corremos y dibujamos. Poco importa a estas alturas. Sé que seguiremos haciéndolo, y eso me basta.

 Si sus carreras alpinas me traen a la mente mi participación en la maratón del Aneto*, sus dudas me recuerdan la entrada que escribí en mi blog al respecto: ¿Por qué seguimos corriendo?**

Pedro Delgado Fernández
Mini Maratón Peña el Bastón, 28 de marzo de 1981

**https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/05/por-que-seguimos-corriendo_26.html

Pedro Delgado en la cumbre del Aneto
Nike Aneto X - Treme Marathon 1999

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/de-ultra-trails-maratones-alpinas-y.html

 Lluís Alabern nos habla de muchos cosas en su breviario. Entre ellas, de la disposición innata del hombre para correr largas distancias, herencia de nuestros ancestros cazadores; de escuchar a nuestro cuerpo y no sobrepasarnos; del anciano corredor Pep de les Aigües, anarquista y pacifista; del campeón del mundo de ultramaratón (a los cincuenta y ocho años) Marco Olmo; de Murakami y Christopher McDougall; de la leyenda de la bella Pirene y la creación de los Pirineos; del camino de Ronda de la Costa Brava; de la momia Ötzi, «el hombre de los hielos», que hallaron unos alpinistas en los Alpes suizos; y, poniéndonos un nudo en la garganta, de José, su abuelo de los veranos montañeses.

En la posguerra, el que vivía en la montaña era sospechoso. Topo, maqui, contrabandista, brujo, lobo, cuélebre, terrorista. Todo eso es el montañés. Pesa en Asturias la revuelta del 34. No la olvidan los Nacionales. Hay que expurgar cerros, andanadas, cada cueva, los bosques y sus musgos. Se persigue a todos. Primero se sacude y luego se pregunta, y, como alguien rechiste, se le descerraja un tiro en el rostro y se le quema la casa. Atan a José al parachoques del Land Rover y lo arrastran varios kilómetros por los pedregales que unen los pastos superiores con el pueblo. Se lo llevan a una celda y lo hostian hasta aplastarle el carácter tosco que tiene. José no es nadie, se han equivocado, no esconde nada, lleva un jornal a su familia, solo es un minero curtido que camina muchos kilómetros todos los días para cuidar los rebaños de los pastos superiores cuando sale de la mina. José jamás perdonará. No podrá perdonar nunca a nadie con uniforme.

Mi gato Tom, acuarela de Lluís Alabern
https://performanceconpdeperdedor.blogspot.com/2012/03/tom-nuestro-gato

 Lluís Alabern trabajaba en los años ochenta como delineante mientras estudiaba arquitectura. Más tarde estudió arte, y al acabar la carrera comenzó a trabajar como técnico en varios museos. Actualmente es jefe de Museografía del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

Lluís Alabern (Barcelona, 1968)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern, 2013

 Y como ven en la fotografía, le gusta el arte de la performance.

«¿Hay algo más bello que saber que nadie puede poseerte? Por eso el arte de la performance es un medio tan importante. Pone en cuestión la esencia del arte. Y conforma al artista con sus propios límites físicos y mentales», escribe el artista y dramaturgo Jan Fabre en sus diarios. Correr, viejo corredor, es una forma de ser libre. Cuántas veces habré roto las cadenas de la cotidianidad calzándome unas zapatillas y saliendo a los montes.
 Cuando estudiaba en la Facultad de Arte, me preguntaba a menudo, cómo hacer arte sin apenas arte, un arte vacío, limpio y preciso, directo, libre, un arte transparente para un mundo lleno de ruido. Corría y dibujaba por aquel entonces, pero no era consciente de que ahí, justo ahí, se encontraba todo el arte del que yo era capaz. Buscaba un arte de actitud, un arte donde verter ideas más allá de las formas. Tardé años en descubrir los vacíos del correr en los grandes espacios en blanco del papel, un lugar en el que ser, un espacio de libertad. Corredor anciano, más allá de los sesenta años, eso es todo a lo que aspiro: al silencio del trote, a los espacios en blanco.

Moleskine de Lluís Alabern, 2009 (con Christiaan Barnard)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 «A quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física», dice Murakami. A esos corredores viejos, va dedicado este libro.

 Un día llegará en el que los pies no puedan correr. Un día, muy lejano, confío, quizás las manos ya no sirvan para dibujar. Viejo trota caminos, no desfallezcas. Correr y dibujar son actividades mentales. Mientras queden sentidos con los que sentir, mientras huelas el humus de los bosques, recuerdes las curvas de nivel, sientas el viento azotar el rostro, puedas rememorar el rumor del lápiz sobre la fibra de papel, la poesía será posible.
***
 Ahora sé, anciano corredor, que dibujo montañas por la añoranza que sentiré el día que no pueda correr por ellas.

 Correr, como viajar, tiene que ver con la muerte. «Sólo la muerte frena el trote. Pero ahí donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes».

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado 

Nota: Les invito a visitar mi otro blog, Carta desde el Toubkal, para conocer otros aspectos de este ensayo, en un artículo que lleva por título Viajar tiene que ver con la muerte.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/11/viajar-tiene-que-ver-con-la-muerte.html


viernes, 3 de noviembre de 2023

LA MEJOR FOTO DE LA MEDIA MARATÓN DE MÁLAGA 2023


Geoffrey Toroitich, ganador de la XXXII TotalEnergies Media Maratón de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado (29 de octubre de 2023)

Me topé con ellas al entrar en el vagón del metro. Estaban sentadas juntas, vestidas de atletismo. Iban a juego, con pantalón corto y camiseta de tirantes del mismo azul turquesa, calcetines rosas y unas Nike blancas de las buenas. Ocupé el asiento de al lado, quedando el pasillo en medio. Por el acento, debían ser del norte. Parecían preocupadas, atentas al reloj y a la pantalla donde anunciaban las paradas que faltaban para llegar al final de la línea. Íbamos demasiado ajustados de tiempo. A las 8:24, cuando aún quedaban tres paradas, se giraron para preguntarle a una chica a qué hora era la salida de la carrera. Les adelanté la respuesta: «A las ocho y media». Resoplaron contrariadas. «No os va a dar tiempo de calentar», añadí, sorprendido porque alguien pudiera ir a una prueba sin saber la hora de la salida. Yo también estaba apurado, recriminándome a mí mismo no haberme levantado de la cama diez minutos antes. Quería ver el pistoletazo de salida, y ya sospechaba que no me iba a dar tiempo.

 El metro se detuvo en Palacio de los Deportes a las 8:29. «Salid, girad a la derecha y corred hacia el estadio», les dije a las dos corredoras antes de que se abrieran las puertas. Luego salimos disparados hacia la superficie.

 A la altura del cruce con la avenida Alicia de Larrocha, le pregunté a un policía local si ya habían dado la salida. «No corras, que los de élite acaban de salir», me dijo. Mientras hablaba con el policía, me alcanzaron. Les señalé la montonera de corredores que había al fondo, detrás de las vallas. «¡Corred, que os va a dar tiempo!», les dije. Y luego seguí corriendo hacia la salida.

 Había seis mil corredores inscritos, y aunque la carretera era ancha los atletas estaban tan amontonados que sólo podían avanzar los primeros metros caminando. Desde la valla saludé a algunos conocidos, y cuando pasaron las dos mujeres del metro les grité «¡Suerte!».

 Cuando hubo salido el último corredor, con la ambulancia detrás, me fui a desayunar. Las cafeterías cercanas al estadio estaban abarrotadas, con colas en las puertas para entrar, y tuve que caminar en dirección al paseo marítimo. Por suerte, conseguí mesa en La Casita 33. Tras dar cuenta de una nube en vaso largo y de un pitufo con mantequilla y jamón york, regresé al estadio. Me había perdido la salida, pero no estaba dispuesto a perderme la llegada. Como no tenía ningún pase Vip o de Prensa (no quise marear en esos momentos a José Luis Hernández, que es el único que queda en la organización tras la salida de Juan Sarria, Manolo Sarria y Rafael Morales), me aposté en la puerta de la pista de atletismo, desde donde podría hacer algunas fotos de los corredores. Mi tío Pepe, que tiene 77 años, había quedado segundo de su categoría (M75) en la edición pasada, y quería aplaudirle, por su pundonor, en esos metros finales.

 Al poco, anunciaron por megafonía que se acercaban los primeros corredores, lo hacían a ritmo de récord, por lo que era probable que bajaran de la hora y 22 segundos que hizo el keniata Josphat Kiptoo Chumo en 2022.

 El primero que se plantó en las puertas del estadio fue el también keniano Geoffrey Toroitich, que detuvo el crono en unos impresionantes 59:13. Y tras él, a tan sólo diez segundos, su compatriota Boniface Kibiwott. El noruego Sondre Nordstad Moen, con 1h.00:20, completó el podio masculino.

 La primera mujer en llegar, la keniata Caroline Nyaguthii, detuvo el reloj en 1h.07:36, pulverizando la mejor marca de la prueba que estaba en 1h.10:20.

Caroline Nyaguthii, campeona de la XXXII TotalEnergies Media Maratón de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado (29 de octubre de 2023)

 La segunda clasificada, Verónica Loelo, hizo 1h.08:03, y la tercera, la checa Moira Stewartova, 1h.10:44.

 No me moví del sitio esperando a mi tío, así fue que a las dos horas y poco vi aparecer a las dos corredoras del metro. «¡Venga, venga, que lo habéis conseguido!», les dije antes de tomarles esta instantánea. Quizá para ellas, por lo que tiene de anecdótico, sea la mejor imagen de la carrera (2h.11:37).

Esther Samaniego y Maica Soria, «las chicas del metro»
XXXII Media Maratón de Málaga 2023. Fotografía: Pedro Delgado

 A las dos horas y mucho (2h.56:18) llegó mi tío, y ya sí, pude colarme en el estadio para felicitarlo y hacerle unas fotografías. Quizá para él, estas sean las mejores fotos de la XXXII Media Maratón de Málaga.

José Fernández Quintana, 5º clasificado M75
XXXII Media Maratón de Málaga 2023
Fotografía: Pedro Delgado

Pepe Fernández Quintana en la 32 Media Maratón de Málaga 2023
Fotografía: Pedro Delgado

José Fernández Quintana en la Media Maratón de Málaga 2023
5º clasificado M75. Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado y Pepe Fernández en la XXXII Media Maratón de Málaga 2023