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jueves, 5 de mayo de 2016

MI PADRE, EL LANZADOR DE PESO DE LA RDA



En la sección Cortometrajes Panorama de la 19 edición del Festival de Cine de Málaga, se proyectó un corto con el sugerente título de Mi padre, el lanzador de peso de la RDA.

Derrick Vopelka como el lanzador

Corto de Diego Postigo

 Los diez minutos de metraje están dirigidos por Diego Postigo, y en el mismo intervienen Nina Nell, Mario Zorrilla, Cesar Sarachu, Derrick Vopelka y Gabriel Ignacio. En la sinopsis, podemos leer lo siguiente:
El lanzador de peso profesional lanza la bola o bala de acero, de 7 kilos 260 gramos, una media de 200.000 veces en toda su carrera. De estos, sólo unos 30 lanzamientos son considerados perfectos.
Y por eso de que en la repetición está la perfección, hace falta también dar muchas guantás para dar la guantá* perfecta. No se lo pierdan. Pueden verlo en el siguiente enlace. Son sólo diez minutos... y unos cuantos bofetones.
*como se le llama en Andalucía a un buen tortazo en toda la cara.


"El 9 de noviembre de 1989 los ciudadanos de las dos Alemanias derribaron el muro de Berlín. Ese mismo día el equipo de atletismo de la RDA preparaba las Olimpiadas de Barcelona en el Centro de Alto Rendimiento de Leizpig. La Alemania unificada ganaría 82 medallas en los juegos españoles. Ninguna en lanzamiento de peso".

 Las dos estrellas alemanas de la especialidad eran por entonces Udo Beyer (Stalinstadt, 1955) y Ulf Timmermann (Belín Este, 1962). El primero, que había ostentado el récord del mundo tres veces -la última vez con 22.64- y había sido Campeón Olímpico en 1976 y bronce en los Juegos de 1982 (también fue dos veces Campeón de Europa en 1978 y 1982), llegó a la cita barcelonesa con 37 años, lejos ya de su plenitud física, por lo que fue eliminado durante la calificación.

Udo Beyer

 Y el segundo, Ulf Timmermann, que batió dos veces el récord del mundo y fue Campeón Olímpico en Seúl 1988 y Campeón del Mundo en pista cubierta en 1987 y 1989, se metió casi con 30 años en la final de los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde consiguió un meritorio quinto puesto.


 Ninguno de ellos estuvo aquella noche en Berlín, por lo que ninguno pudo ser el padre de la hija de Anika. Pero... ¿y tú?, ¿estuviste allí la noche en que cayó el muro?

Bandera de la antigua República Democrática Alemana (RDA)

Nota: Esta entrada está dedicada al lanzador de peso malagueño Borja Vivas, quien en breve se enfrentará a sus segundas Olimpiadas, y es también un guiño a ese amigo que amaba el cine y nos dejó un día como éste hace ya tres años.

sábado, 22 de marzo de 2014

LA HORA DE LOS TRAMPOSOS

Como si de una pantomima se tratase, el presidente de la Real Federación Española de Atletismo, José María Odriozola, se cisca en el pasaporte biológico y, junto a su Comité de Disciplina Deportiva, absuelve a Marta Domínguez de las acusaciones de dopaje por anomalías en su Pasaporte Biológico. Y todo ello contra el criterio de la Federación Internacional de Atletismo, la Agencia Mundial Antidopaje y el Consejo Superior de Deportes. La primera de ellas, la IAAF, que pidió cuatro años de sanción para la atleta palentina y la devolución de sus medallas de oro y plata del Mundial de Berlín 2009 y el Europeo de Barcelona 2010, ya anunció que en el caso de que la Federación Española no la sancionase recurriría al Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) de Lausana, con lo que el culebrón promete ir para largo.

 En Málaga, que hay mucha guasa y mucho arte, ya le sacaron punta al tema de Marta cuando la Operación Galgo.

Atletas disfrazados de la Operación Galgo, con Marta Dopinguez en la 9ª San Silvestre de la Salud de Málaga, 2010

 Yo creo que esto no lo arregla ni la Operación Dragón de mi querido Bruce Lee, pues la cinta rosa del pelo de Marta la tiene ahora Odriozola en los ojos a modo de venda, así que de nada sirven Operaciones Galgo, Puerto o Skype, ni las investigaciones de la Guardia Civil vinculando a la atleta con el médico Eufemiano Fuentes y con el nombre Urco en el listado de las bolsas de sangre. En el colmo de los colmos, ante las irregularidades en el Pasaporte Biológico, que reflejan indicios de consumo de EPO o empleo de transfusiones de sangre, no es que no las vea, es que dice que el método no es fiable. ¡Toma ya!
 La directora general de Deportes y anteriormente de la Agencia Antidopaje Española, Ana Muñoz, le ha recordado al Sr. Odriozola que el pasaporte biológico es un instrumento fiable desde el punto de vista científico y jurídico, contrastado por expertos y en laboratorios de referencia, que es fiable jurídicamente, y que aparte de estar recogido en una ley de nuestro ordenamiento y del Código Mundial, ha sido aprobado por unanimidad por los gobiernos, las agencias antidopaje y los Comités Olímpicos.
 Pero como si nada.

 A mí todo esto me recuerda un capítulo del libro que corona estos días la pila de ejemplares que tengo sobre la mesita de noche. Se titula Reyes del asfalto (prometo una crítica literaria para el mes que viene). En el capítulo 9, titulado La hora de los tramposos, el autor Cameron Stracher, habla de como el maratoniano estadounidense Frank Shorter quiso igualar la gesta de Abebe Bikila ganando dos maratones olímpicas consecutivas. Frank Shorter se hizo con el oro en aquellos juegos trágicos de Munich en 1972 y cuatro años después lo intentó en Montreal 76, donde sólo pudo ser segundo. El atleta alemán oriental Cierpinski ganó aquella maratón con un nuevo récord olímpico.

Frank Shorter le da la mano a Waldemar Cierpinski
tras la llegada de la maratón olímpica de Montreal 76
Ap Photo/Gtresonline

 "Muchos años después, cuando los archivos de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana, quedaron abiertos al público, salió a la luz el Plan Estatal 14:25, un programa de dopaje oficial destinado a atletas olímpicos. Uno de los nombres que figuraban en el plan, en la página 105, con el número de código 62, era el de Waldemar Cierpinski".

martes, 12 de noviembre de 2013

EL DERECHO A DESTRUIRSE


"Nadie está libre de decir estupideces. Lo grave es decirlas con énfasis".
Montaigne


En estos tiempos tan turbios para el deporte, quiero empezar este blog mostrando cuales son mis principios, posicionándome ante esa panda de golfos apandadores que pululan por este bello deporte, indeseables tramposos que deberían ser sancionados a perpetuidad.

 La carta que aquí les muestro tiene ya sus años. La misiva estaba dirigida a la sección Cartas de El País Semanal y hacía referencia a un artículo (El derecho a destruirse) del escritor Javier Cercas, publicado en dicho suplemento el día 4 de diciembre de 2005 en su sección Palos de ciego (título, ahora me doy cuenta, de lo más elocuente), en el que lamentablemente el escritor hacía apología del doping.

 Mi carta de respuesta no fue publicada en la revista. Es por ello que la traigo a colación. Mi carta y el artículo de Javier Cercas, para que puedan posicionarse ustedes mismo.
 Groucho Marx decía aquello de "Estos son mis principios, y si no le gustan... bien, tengo otros". Yo no puedo decir lo mismo. Esto son mis principios y si no les gustan no se hagan seguidores de este blog.

Leo en el suplemento del 4 de diciembre el artículo El derecho a destruirse, sobre el dopaje, y me quedo anonadado. En él, Javier Cercas dice que el primer argumento usado contra el dopaje (quién se dopa hace trampas, pues mejora artificialmente su rendimiento y coloca a sus competidores en situación de desventaja) carece de la menor consistencia, pues, según él, "si todos los deportistas pudieran doparse todos estarían en igualdad de condiciones y nadie se hallaría en desventaja".
 Sr. Cercas, ante tamaña barbaridad, yo le pregunto: ¿Por qué hemos de vernos obligados a hacer trampas para igualarnos con los tramposos? ¿Por qué hemos de usar drogas, dañinas para el organismo, para igualarnos a ellos?
 Que unos atletas -que no merecerían llamarse así- decidan darle la espalda al juego limpio del barón de Coubertin, no debe invitar al resto de deportistas a contravenirlo. La legitimidad absoluta que atribuye al récord de las atletas alemanas dopadas de su época, es un fraude contra las atletas de los otros países y de otros tiempos.

Pedro Delgado Fernández



PALOSDECIEGO
El derecho a destruirse
Por Javier Cercas

Leí en una crónica de Juan José Fernández que Inés Geipel, velocista de la extinta República Democrática Alemana, ha solicitado que se borren de los ránkings oficiales sus récords, entre ellos la plusmarca alemana de clubes en la prueba de 4 x 100 metros libres. El motivo de esta petición insólita es conocido: al parecer, durante años, los deportistas de la RDA -así como los de otros países gobernados por regímenes comunistas- fueron obligados a ingerir sustancias prohibidas con el fin de mejorar su rendimiento, lo que por lo visto explicaría que algunas marcas mundiales conseguidas hace veinte años (entre 1983 y 1988 se establecieron 12 de los actuales récords mundiales femeninos) hoy día ni siquiera se rocen, igual que explicaría el hecho de que algunos países, entre ellos la propia Alemania, se hayan visto obligados a indemnizar a antiguos deportistas de élite que contrajeron graves enfermedades a causa de esos programas de dopaje forzado.

Inés Geipel

 A primera vista, el gesto de Inés Geipel, además de un tanto aparatoso -por no decir teatral-, parece encomiable; no hay que descartar que sea de una necedad perfecta. No diré que el hecho de que Geipel, que al retirarse como atleta padeció bulimia y serios problemas de obesidad, sea en la actualidad profesora universitaria y presidenta del Círculo de Autores Alemán avala esta sospecha, pero tampoco la elimina. Confieso que nunca he entendido todo el asunto del dopaje, un asunto que, sobra decirlo, no afecta sólo a los antiguos países comunistas, sino que está a la orden del día en todas partes y en casi todos los deportes. Por supuesto, es inaceptable que a los deportistas, como a cualquier otra persona, se les obligue a drogarse, o que se les drogue sin que tengan conocimiento de ello, y de las consecuencias que acarrea. Pero ¿y si son ellos los que, como ocurre casi siempre (como ocurría también en los países comunistas), deciden drogarse para mejorar sus marcas? Conocemos los argumentos usuales contra el dopaje. Uno: quien se dopa hace trampas, pues mejora artificialmente su rendimiento y coloca a sus competidores en situación de desventaja. Dos: quien se dopa pone en peligro su salud y hasta su vida. El primer argumento carece de la menor consistencia: si todos los deportistas pudieran doparse -es decir, ingerir las sustancias que más convienen a su organismo para que éste dé lo mejor de sí mismo-, todos estarían en igualdad de condiciones y nadie se hallaría en desventaja; por eso el gesto de Geipel es una necedad: todas las atletas alemanas de su época se dopaban, así que todas corrían en las mismas condiciones, y por tanto su récord es de una legitimidad absoluta. En cuanto al segundo argumento -el que atañe a la salud de los deportistas-, es irrefutable, pero también rigurosamente insuficiente, porque en una sociedad libre todo el mundo debe tener derecho a poner en peligro su salud, o incluso a destruirse, como le plazca, siempre y cuando no destruya a nadie con él. Claro que hay razones menos estúpidas para poner en peligro la propia salud que rebajar una marca de atletismo en medio segundo, pero ése no es motivo suficiente para impedir que alguien lo haga si así lo ha decidido.
No se escandalicen. Piensen en lo que ocurriría si elimináramos los logros obtenidos con la ayuda de las drogas por políticos, por periodistas, por empresarios, por artistas. De los escritores, ni hablemos. Cuenta Graham Greene que a finales de los años treinta se sometió a una dieta salvaje de bencedrina para forzar su ritmo de escritura. El resultado fue que en ese tiempo escribió El agente confidencial y terminó El poder y la gloria; también, que se vio sumido en una depresión sin fondo que acabó destruyendo su matrimonio y a punto estuvo de destruirle a él. El caso de Greene no es, como se sabe, insólito. De hecho, la historia de la literatura apenas registra el nombre de algún escritor que no se dopase del modo que fuese, y yo sólo conozco a dos novelistas -J.M.Coetzee y Kazuo Ishiguro- capaces de aguantar a pie firme un cóctel literario entero sin embriagarse. De acuerdo, Ishiguro y Coetzee son dos de los mejores, pero ¿qué hacemos con los demás? ¿Obligamos a que desaparezcan de las librerías El agente confidencial y El poder y la gloria porque fueron escritas con la ayuda de la bencedrina? ¿Prohibimos las obras completas de James Joyce y Ernest Hemingway y Samuel Beckett y Scott Fitzgerald y William Faulkner porque fueron escritas con la ayuda masiva del alcohol? ¿Y qué ocurriría si sometiéramos a controles antidopaje a políticos, periodistas, empresarios y artistas?
 ¿Cuántas constituciones y tratados, cuántos periódicos, cuántas empresas, cuántos cuadros y esculturas superarían la prueba? En too este asunto del dopaje en el deporte, el fariseísmo y la hipocrecía alcanzan cotas fabulosas. Y, por favor, no nos vengan con la pamema de que los deportistas deben ser un ejemplo para la juventud: si ellos lo son, con mayor motivo deberían serlo políticos, periodistas, empresarios, artistas y escritores. Vivir es un deporte de riesgo, y hemos construido la civilización a base de destruirnos, con las drogas y con lo que teníamos a mano. Excluir las drogas del deporte es excluirlo de la civilización.


Javier Cercas, en El País Semanal, núm. 1.523, 4 de diciembre de 2005, pág.12.