miércoles, 22 de noviembre de 2023

LA DERROTA


La derrota, artículo de Manuel Vicent
EL PAÍS, 19 de noviembre de 2023
Fotografía: Pedro Delgado

A veces, uno se encuentra con un artículo que merece la pena recortar y conservar entre las páginas de algún libro. En este caso, por la referencia que hace el escritor Manuel Vicent a la derrota dentro del mundo deportivo. Un texto que estos días también funciona como metáfora del mar perder de tantos agitadores.

MANUEL VICENT
La derrota

A un jugador de póquer muy avezado que había perdido una cifra exorbitante en una partida, al día siguiente sus compañeros de garito le preguntaron qué tal había dormido esa noche y él contestó que había dormido como un bebé, porque cada cinco minutos se despertaba y lloraba. Añadió que para un jugador que sabe perder las derrotas cicatrizan enseguida. En ese momento estaba sentado de nuevo a la mesa y tenía dos ases en la mano. El mundo se creaba de nuevo y la suerte volvía a rodar. Un monje del monasterio del Nido del Tigre de Bután me dijo un día que ante cualquier fracaso repitiera 100 veces como si fuera una oración: "He sido derrotado, algo he hecho mal, no importa, mañana empezaré de nuevo". Es más elegante aceptar una derrota que celebrar una victoria, hay más estética en el fracaso que en el éxito, tiene más literatura el perdedor que el ganador.

El Nido del Tigre (Bután)
Fotografía: Revista Esquire / Getty Images

 Por mi parte, prefiero a Van Gogh con una sola oreja que con dos y al Picasso de la época azul, muerto de hambre, en calzoncillos que al triunfador con esmoquin y pajarita. En todos los colegios anglosajones el deporte está considerado como una asignatura fundamental porque en la cancha se aprende todas las reglas que luego hay que aplicar a los negocios, a la política y a la moral ciudadana, el juego limpio, el respeto al adversario, pelear hasta la extenuación sin rendirse nunca, valorar el triunfo y aceptar la derrota como una lección. Aunque el tenista rompa la raqueta contra el suelo, por muy bronco que haya sido el partido al final deberá subir a la red para felicitar y abrazar al ganador. Sería expulsado del circuito si no cumpliera estas reglas.

Novak Djokovic en la Final del US Open
Fotografía: Reuters

Pero nadie es más detestable que el jugador que tiene mal perder, que está dispuesto a cometer cualquier trampa, a romper la baraja o a dar una patada al tablero con tal de no admitir la derrota. Es como quien tiene mal vino y encima no sabe beber.

EL PAÍS. Domingo 19 de noviembre de 2023

 

https://elpais.com/opinion/2023-11-19/la-derrota.html

domingo, 19 de noviembre de 2023

BREVIARIO DEL VIEJO CORREDOR


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado

La primera vez que me presenté a las pruebas del INEF, que hacían media con la nota de selectividad, no conseguí entrar (lo logré al segundo intento). Había estado entrenando para un campeonato de España y apenas había tenido tiempo de prepararlas. A pesar de ello, no arrojé la toalla, y al año siguiente compaginé mis entrenamientos de atletismo con la preparación de las pruebas; con más rigor, sobre todo, los meses previos. Además, como plan B, me matriculé ese año (1985-86) en la Escuela de Arte de San Telmo y en un monográfico de dibujo en el que encajábamos estatuas helenísticas con carboncillo y lápiz de grafito en grandes pliegos de papel Ingres o en cartulinas de colores.

Dibujos de estatuas a lápiz y carboncillo, de Pedro Delgado
Taller monográfico de dibujo en la Escuela de Arte de Málaga (1985-1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tenía claro que si, a la segunda, no entraba en el INEF, entraría en la facultad de Bellas Artes, que recién abría sus puertas también en Granada.

 Y es que, junto al atletismo, yo sentía desde mi época de escolar una gran pasión por el arte, que me llevó con 14 años a cursar un año de estudio de dibujo en la Escuela de Arte, ubicada por entonces en la plaza de la Constitución, donde se encuentra ahora el Ateneo. Allí, en la misma sala donde impartió docencia el padre de Picasso, me daba clases Don Luis, un señor mayor y entrañable del que guardo un grato recuerdo. El otro profesor era Don Mariano, un hombre pelirrojo más joven que el anterior, con el que aprendían dos vecinos de mi mismo barrio (uno de ellos, José Ruiz Blanco, llegaría a ser un excelente pintor realista). Ellos ya llevaban allí algún que otro curso, y dibujaban con increíble facilidad y suma pericia las estatuas de escayola que adornaban la sala. Yo tuve que conformarme con empezar por los moldes de las figuras geométricas, las hojas de plantas, los ramilletes de cerezas y los detalles de la cabeza: un ojo, una oreja, una nariz..., cosas que luego también haría, pero en barro, en la asignatura de modelado en San Telmo.

Dibujos a carboncillo de Pedro Delgado
Antigua Escuela de Arte de Málaga, curso 1980-1981
Fotografía: Pedro Delgado

Trabajos de modelado de Pedro Delgado
Escuela de Arte de San Telmo de Málaga, curso 1985-1986
Fotografía: Pedro Delgado

 Aquellos estudios los dejé al año siguiente para matricularme de Inglés en la Escuela de Idiomas, pues en el instituto siempre arrastraba esa asignatura, junto a las Matemáticas, de un curso para otro. Aunque al inicio empecé estudiando (aquellos famosos Do you / Would you like a cup of coffe? y Where's the Kent Road?) y aprobando los exámenes, luego, concentrado en el arreón final del bachillerato, descuidé aquel libro de inglés de tapas rojas (¿dónde andará?) y suspendí.

 Lamentablemente, no volví a mis clases de dibujo, aunque siempre mantuve la afición a través de libros, fascículos y probaturas por mi cuenta con lápices de colores, grafitos, ceras y acuarelas.

Estación de mercancías en el puerto, acuarela de Pedro Delgado (1986)
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras las pruebas de acceso a la universidad del año 1986, me encontré con que había conseguido entrar en el INEF y en Bellas Artes, y que en cuestión de días debía decidir con qué carta quedarme. En un primer momento, mi reacción fue optar por las dos: matricularme de todas las asignaturas del INEF y de una o dos de Bellas Artes, pero eso no era posible: debías matricularte de todas las asignaturas y en clase era obligatoria la presencialidad. Yo ya era muy conocido en Málaga en el mundo del atletismo, e intuía que me resultaría más fácil encontrar un trabajo relacionado con el deporte al terminar mis estudios. Además, pensaba que aquella carrera me iba a permitir compaginar mejor los estudios con los entrenamientos. Así que, con todo el dolor de mi corazón, tuve que despedirme de mis estudios de Bellas Artes, del sueño adolescente de ser uno de esos pintores bohemios de Montmartre. Por supuesto, guardo aquella carta de admisión con cariño, sabedor de que mi vida seguramente habría sido otra muy distinta de haber tomado aquel camino.

 Estudié la carrera de Educación Física en el INEF, aprobé mis oposiciones, seguí corriendo y no volví a dibujar ni a pintar nada. Y si lo hice años más tarde, fue a través de Lucía, viendo en ella, en sus bodegones y sus cuadros de temática marroquí y en sus escenas de Nueva York, una proyección del pintor que me hubiera gustado ser.

Óleos de Lucía Rodríguez Vicario
http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/p/obra-grafica.html

 Y por qué les hablo de todo esto, se preguntarán ustedes, si voy a reseñarles un libro, un librito por sus reducidas dimensiones, que lleva por título Breviario del viejo corredor.

 Pues porque su autor, Lluís Alabern (Barcelona, 1968), se ha pasado toda la vida compaginando esas dos pasiones: dibujar y correr.

Siempre quise una vida desmesurada, bohemia, artística, hedonista. una vida comprometida con mi tiempo, con los paisajes, una vida, también, heróica.
 Empecé a correr a los trece años en las pistas universitarias de Ciudad Central. Todos los niños corren y dibujan, quieren ser exploradores, aventureros, pero en la adolescencia muchos paran. Yo no paré. Ya he cumplido los sesenta, sigo corriendo, dibujando, aún sin rumbo, motivado por la aventura, pero sin horizontes. No tengo una vida desmesurada, pero sí comprometida con los montes, campiñas, bosques, acantilados y mares.
 Mi cuerpo ha cambiado. Quiero seguir corriendo. Conozco a unos cuantos corredores ancianos, maestros de la prudencia, el esfuerzo y la gestión del dolor. Casi todos corrían cuando eran jóvenes y siguen haciéndolo a edades en las que no es fácil encontrar motivación. Ancianos de cuerpo nervudo que aman zambullirse en un río helado, pedalear por senderos y carreteras secundarias, correr casi a diario por caminos de grava, subir montañas.

 Pero ojo, como ya nos advierte LLuís Alabern en la introducción, no busquen en este libro una guía con métodos, consejos y preceptos para alcanzar meta alguna.

 [...] no habla tampoco de técnicas ni de equipamientos ni de fisioterapias.

 No. Lluís nos habla aquí del correr como identidad, como refugio, como acto sagrado, como parte de la historia. Lo que encontrará aquí el lector serán «fragmentos hilvanados, reflexiones de un viejo corredor en las que se mezcla el correr con el dibujar y la orografía con la vida».

 Puedes imaginar una línea de puntos cada vez que encuentres el verbo correr. Puedes imaginar, entonces, que escribes sobre esa línea la palabra dibujar. Puedes hacer el ejercicio inverso. Correr y dibujar han devenido, con el paso de los años, dos de mis actividades nucleares.

 Porque como yo, como tantos otros niños, Lluís empezó a dibujar casi al mismo tiempo que a correr; aunque al contrario que muchos de nosotros, él no ha dejado de dibujar. Y es por eso que en esta epístola en forma de breviario abundan las referencias al arte, y nombres como Àngel Jové, Milton Glaser, John Ruskin, Jan Fabre, Ana Mendieta, Zong Bing, Fa Kuan, Ma Yuan, Xia Gui, Félicien Rops, Ricard Opisso, Caspar David Friedrich o Rockwell Kent salpican sus páginas. Y junto a ellos, grandes naturalistas o viajeros de la talla de Thoreau, Gary Snyder, Vladímir Arséniev, Tim Ingold, Robert Macfarlane, Sylvain Tesson, Claudio Magris, Werner Herzog o Bruce Chatwin.

 Hablamos, poeta anciano, de un hombre que rompe con el orden natural que lo empuja a la pereza. Thoreau, en su tratado Caminar (1861), comenta: «A medida que el hombre envejece aumenta su disposición para la inmovilidad y las ocupaciones caseras». El corredor de caminos anciano rompe con ese postulado tan humano, vuelve al estado salvaje que lo obliga a estar siempre alerta, siempre moviéndose. Se adentra en el camino que no conoce para llegar al lugar desconocido. «Cuando quiero relajarme, busco el bosque más oscuro, o el pantano que, a ojos de mis conciudadanos, resulta más impenetrable y lúgubre. Camino por allí como por un lugar sagrado, un sanctasanctórum. «Allí está la fuerza, la médula de la naturaleza», concluye Thoreau.
 Trotar adentrándose en el bosque pone en funcionamiento los resortes de la atención. Nos conecta de nuevo con la naturaleza. Solo si dibujamos sin rumbo, solo si nos adentramos en la densa vegetación de lo desconocido, el dibujo nos llevará a un nuevo sitio. «Vivir es dejar que las cosas pasen», comentaba el artista catalán Àngel Jové hace bastantes años a propósito de una exposición en el Centre d'Art Santa Monica (La Vanguardia, 1 de febrero de 1991). Esa frase le ha venido muy bien a mi cotidianidad no pocas veces. Se ha convertido en un catalizador que cultivo. Se trata, pasados los sesenta todavía me lo recuerdo a menudo, en efecto, de dejar que las cosas pasen. Olvidar este axioma se convierte en el germen de la angustia. No hay nada que buscar. Nada hay que forzar en el camino. Se trata de permitir que las cosas pasen. Hay que observar con detalle. Condescender con la naturaleza para que sea salvaje, pues, como escribió Thoreau, solo nos renueva la presencia de la naturaleza no sometida al hombre: «La vida coincide con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje».

 Lluís Alabern comenzó a correr en competiciones escolares a los trece años, en la prueba reina del atletismo, los 1.500 metros, y lo hizo de la mano de Luis Miguel Landa, el que fuera campeón de España de maratón en el año 1973.

 A los treces años, corría en las pistas universitarias, competía. Modulaba a lo largo de 1.500 metros los límites, las fuerzas. Aprendí a correr forzando, a esprintar antes que mis compañeros de carrera, a hipertrofiar las zancadas, para ganar.
***
 Mi entrenador, en el colegio de la infancia, fue el atleta Luis Miguel Landa. Un hombre serio que me instó a correr medias distancias y me enseñó a gestionar el dolor y a aprovechar el extraño recurso, para un niño de trece años, del esprint para ganar. Salvo en aquellas competiciones de atletismo escolar, nunca más he vuelto a utilizar el esprint para ganar. Aprendí que, cuando parece que ya no quedan fuerzas, el cuerpo, inyectado de adrenalina, encuentra potencias inesperadas. Me prohibió fumar y fue el primero que señaló el correr como algo natural, algo intrínseco a la actividad humana.

Lluís Alabern con catorce años, cuando quería arañar segundos al crono
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern (Polaroid de 1982)

 Aquel mundillo quedó atrás, pero Lluís siempre siguió corriendo, trotando por los alrededores de su hogar o por los lugares a los que viajaba. También por el Montseny o la Costa Brava cuando descubrió el placer de correr por la naturaleza. En el año 2012, lejos de la forma y del tipo que tenía cuando corría de adolescente en las pistas universitarias de la Ciudad Central, quiso poner a prueba sus límites y se inscribió en algunas carreras de montaña, participando, entre otras competiciones, en varias ediciones de la Trail Sant Esteve y de la Marató del Montseny.

Lluís Alabern con M. (Marató del Montseny 2012)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

Lluís Alabern en la Trail Sant Esteve 2013
Fotografía: Carmen de Tena

Lluís Alabern en su última competición (Marató del Montseny 2015)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 Sin embargo, después de su última maratón alpina, la edición de 2015 del Montseny, Lluís Alabern decidió dejar de competir.

 Ahora corre por correr. Sigue haciéndolo por la naturaleza, pero lo hace sin dorsales, sin cronómetros ni entrenamientos. Corre despacio, cada vez más despacio, «como un topógrafo que utilizara sus pies para acotar los montes». A veces duda de por qué lo hace, si por el disfrute del paisaje, porque cuando corre todo es instante y sólo hay el aquí y el ahora, o por vaya usted a saber.

No sé por qué corremos y dibujamos. Poco importa a estas alturas. Sé que seguiremos haciéndolo, y eso me basta.

 Si sus carreras alpinas me traen a la mente mi participación en la maratón del Aneto*, sus dudas me recuerdan la entrada que escribí en mi blog al respecto: ¿Por qué seguimos corriendo?**

Pedro Delgado Fernández
Mini Maratón Peña el Bastón, 28 de marzo de 1981

**https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/05/por-que-seguimos-corriendo_26.html

Pedro Delgado en la cumbre del Aneto
Nike Aneto X - Treme Marathon 1999

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2016/03/de-ultra-trails-maratones-alpinas-y.html

 Lluís Alabern nos habla de muchos cosas en su breviario. Entre ellas, de la disposición innata del hombre para correr largas distancias, herencia de nuestros ancestros cazadores; de escuchar a nuestro cuerpo y no sobrepasarnos; del anciano corredor Pep de les Aigües, anarquista y pacifista; del campeón del mundo de ultramaratón (a los cincuenta y ocho años) Marco Olmo; de Murakami y Christopher McDougall; de la leyenda de la bella Pirene y la creación de los Pirineos; del camino de Ronda de la Costa Brava; de la momia Ötzi, «el hombre de los hielos», que hallaron unos alpinistas en los Alpes suizos; y, poniéndonos un nudo en la garganta, de José, su abuelo de los veranos montañeses.

En la posguerra, el que vivía en la montaña era sospechoso. Topo, maqui, contrabandista, brujo, lobo, cuélebre, terrorista. Todo eso es el montañés. Pesa en Asturias la revuelta del 34. No la olvidan los Nacionales. Hay que expurgar cerros, andanadas, cada cueva, los bosques y sus musgos. Se persigue a todos. Primero se sacude y luego se pregunta, y, como alguien rechiste, se le descerraja un tiro en el rostro y se le quema la casa. Atan a José al parachoques del Land Rover y lo arrastran varios kilómetros por los pedregales que unen los pastos superiores con el pueblo. Se lo llevan a una celda y lo hostian hasta aplastarle el carácter tosco que tiene. José no es nadie, se han equivocado, no esconde nada, lleva un jornal a su familia, solo es un minero curtido que camina muchos kilómetros todos los días para cuidar los rebaños de los pastos superiores cuando sale de la mina. José jamás perdonará. No podrá perdonar nunca a nadie con uniforme.

Mi gato Tom, acuarela de Lluís Alabern
https://performanceconpdeperdedor.blogspot.com/2012/03/tom-nuestro-gato

 Lluís Alabern trabajaba en los años ochenta como delineante mientras estudiaba arquitectura. Más tarde estudió arte, y al acabar la carrera comenzó a trabajar como técnico en varios museos. Actualmente es jefe de Museografía del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

Lluís Alabern (Barcelona, 1968)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern, 2013

 Y como ven en la fotografía, le gusta el arte de la performance.

«¿Hay algo más bello que saber que nadie puede poseerte? Por eso el arte de la performance es un medio tan importante. Pone en cuestión la esencia del arte. Y conforma al artista con sus propios límites físicos y mentales», escribe el artista y dramaturgo Jan Fabre en sus diarios. Correr, viejo corredor, es una forma de ser libre. Cuántas veces habré roto las cadenas de la cotidianidad calzándome unas zapatillas y saliendo a los montes.
 Cuando estudiaba en la Facultad de Arte, me preguntaba a menudo, cómo hacer arte sin apenas arte, un arte vacío, limpio y preciso, directo, libre, un arte transparente para un mundo lleno de ruido. Corría y dibujaba por aquel entonces, pero no era consciente de que ahí, justo ahí, se encontraba todo el arte del que yo era capaz. Buscaba un arte de actitud, un arte donde verter ideas más allá de las formas. Tardé años en descubrir los vacíos del correr en los grandes espacios en blanco del papel, un lugar en el que ser, un espacio de libertad. Corredor anciano, más allá de los sesenta años, eso es todo a lo que aspiro: al silencio del trote, a los espacios en blanco.

Moleskine de Lluís Alabern, 2009 (con Christiaan Barnard)
Fotografía: Archivo personal de Lluís Alabern

 «A quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física», dice Murakami. A esos corredores viejos, va dedicado este libro.

 Un día llegará en el que los pies no puedan correr. Un día, muy lejano, confío, quizás las manos ya no sirvan para dibujar. Viejo trota caminos, no desfallezcas. Correr y dibujar son actividades mentales. Mientras queden sentidos con los que sentir, mientras huelas el humus de los bosques, recuerdes las curvas de nivel, sientas el viento azotar el rostro, puedas rememorar el rumor del lápiz sobre la fibra de papel, la poesía será posible.
***
 Ahora sé, anciano corredor, que dibujo montañas por la añoranza que sentiré el día que no pueda correr por ellas.

 Correr, como viajar, tiene que ver con la muerte. «Sólo la muerte frena el trote. Pero ahí donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes».

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado 

Nota: Les invito a visitar mi otro blog, Carta desde el Toubkal, para conocer otros aspectos de este ensayo, en un artículo que lleva por título Viajar tiene que ver con la muerte.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/11/viajar-tiene-que-ver-con-la-muerte.html


viernes, 3 de noviembre de 2023

LA MEJOR FOTO DE LA MEDIA MARATÓN DE MÁLAGA 2023


Geoffrey Toroitich, ganador de la XXXII TotalEnergies Media Maratón de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado (29 de octubre de 2023)

Me topé con ellas al entrar en el vagón del metro. Estaban sentadas juntas, vestidas de atletismo. Iban a juego, con pantalón corto y camiseta de tirantes del mismo azul turquesa, calcetines rosas y unas Nike blancas de las buenas. Ocupé el asiento de al lado, quedando el pasillo en medio. Por el acento, debían ser del norte. Parecían preocupadas, atentas al reloj y a la pantalla donde anunciaban las paradas que faltaban para llegar al final de la línea. Íbamos demasiado ajustados de tiempo. A las 8:24, cuando aún quedaban tres paradas, se giraron para preguntarle a una chica a qué hora era la salida de la carrera. Les adelanté la respuesta: «A las ocho y media». Resoplaron contrariadas. «No os va a dar tiempo de calentar», añadí, sorprendido porque alguien pudiera ir a una prueba sin saber la hora de la salida. Yo también estaba apurado, recriminándome a mí mismo no haberme levantado de la cama diez minutos antes. Quería ver el pistoletazo de salida, y ya sospechaba que no me iba a dar tiempo.

 El metro se detuvo en Palacio de los Deportes a las 8:29. «Salid, girad a la derecha y corred hacia el estadio», les dije a las dos corredoras antes de que se abrieran las puertas. Luego salimos disparados hacia la superficie.

 A la altura del cruce con la avenida Alicia de Larrocha, le pregunté a un policía local si ya habían dado la salida. «No corras, que los de élite acaban de salir», me dijo. Mientras hablaba con el policía, me alcanzaron. Les señalé la montonera de corredores que había al fondo, detrás de las vallas. «¡Corred, que os va a dar tiempo!», les dije. Y luego seguí corriendo hacia la salida.

 Había seis mil corredores inscritos, y aunque la carretera era ancha los atletas estaban tan amontonados que sólo podían avanzar los primeros metros caminando. Desde la valla saludé a algunos conocidos, y cuando pasaron las dos mujeres del metro les grité «¡Suerte!».

 Cuando hubo salido el último corredor, con la ambulancia detrás, me fui a desayunar. Las cafeterías cercanas al estadio estaban abarrotadas, con colas en las puertas para entrar, y tuve que caminar en dirección al paseo marítimo. Por suerte, conseguí mesa en La Casita 33. Tras dar cuenta de una nube en vaso largo y de un pitufo con mantequilla y jamón york, regresé al estadio. Me había perdido la salida, pero no estaba dispuesto a perderme la llegada. Como no tenía ningún pase Vip o de Prensa (no quise marear en esos momentos a José Luis Hernández, que es el único que queda en la organización tras la salida de Juan Sarria, Manolo Sarria y Rafael Morales), me aposté en la puerta de la pista de atletismo, desde donde podría hacer algunas fotos de los corredores. Mi tío Pepe, que tiene 77 años, había quedado segundo de su categoría (M75) en la edición pasada, y quería aplaudirle, por su pundonor, en esos metros finales.

 Al poco, anunciaron por megafonía que se acercaban los primeros corredores, lo hacían a ritmo de récord, por lo que era probable que bajaran de la hora y 22 segundos que hizo el keniata Josphat Kiptoo Chumo en 2022.

 El primero que se plantó en las puertas del estadio fue el también keniano Geoffrey Toroitich, que detuvo el crono en unos impresionantes 59:13. Y tras él, a tan sólo diez segundos, su compatriota Boniface Kibiwott. El noruego Sondre Nordstad Moen, con 1h.00:20, completó el podio masculino.

 La primera mujer en llegar, la keniata Caroline Nyaguthii, detuvo el reloj en 1h.07:36, pulverizando la mejor marca de la prueba que estaba en 1h.10:20.

Caroline Nyaguthii, campeona de la XXXII TotalEnergies Media Maratón de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado (29 de octubre de 2023)

 La segunda clasificada, Verónica Loelo, hizo 1h.08:03, y la tercera, la checa Moira Stewartova, 1h.10:44.

 No me moví del sitio esperando a mi tío, así fue que a las dos horas y poco vi aparecer a las dos corredoras del metro. «¡Venga, venga, que lo habéis conseguido!», les dije antes de tomarles esta instantánea. Quizá para ellas, por lo que tiene de anecdótico, sea la mejor imagen de la carrera (2h.11:37).

Esther Samaniego y Maica Soria, «las chicas del metro»
XXXII Media Maratón de Málaga 2023. Fotografía: Pedro Delgado

 A las dos horas y mucho (2h.56:18) llegó mi tío, y ya sí, pude colarme en el estadio para felicitarlo y hacerle unas fotografías. Quizá para él, estas sean las mejores fotos de la XXXII Media Maratón de Málaga.

José Fernández Quintana, 5º clasificado M75
XXXII Media Maratón de Málaga 2023
Fotografía: Pedro Delgado

Pepe Fernández Quintana en la 32 Media Maratón de Málaga 2023
Fotografía: Pedro Delgado

José Fernández Quintana en la Media Maratón de Málaga 2023
5º clasificado M75. Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado y Pepe Fernández en la XXXII Media Maratón de Málaga 2023


viernes, 27 de octubre de 2023

¿CORRIERON JUNTOS KIPCHOGE Y MURAKAMI EN OVIEDO?


Kipchoge, Murakami y Meryl Streep en la entrega de los Premios Princesa de Asturias
Teatro Campoamor de Oviedo, 2023. Fotografía: Ballesteros (EFE)

El pasado viernes se entregaron los Premios Princesa de Asturias, y aunque el protagonismo se lo llevó la siempre brillante Meryl Streep, por allí andaban el maratoniano Eliud Kipchoge y el escritor Haruki Murakami. El premio de los Deportes y el premio de las Letras sentados uno al lado del otro, elegantemente vestidos y sin zapatillas deportivas en los pies. El japonés no pronunció ningún discurso, debido a su tremenda timidez y su aversión a los actos públicos, mientras que el keniata leyó desde el estrado un texto en el que celebró los valores del deporte.

 Todos sabemos que Murakami es un corredor aficionado al que le gusta medirse con la distancia de la maratón, una prueba que domina el bicampeón olímpico Kipchoge, el único atleta que ha logrado bajar de las 2 horas en una prueba no homologada por la federación, y al que hace unos días le arrebataron su oficioso récord del mundo (2:01:09, Berlín 2022). Murakami nos contó en su célebre De qué hablo cuando hablo de correr, libro ya reseñado* en este blog, que solía ejercitarse a diario para dejar descansar la cabeza y movilizar el cuerpo como contraposición al pausado acto de escribir. Sin embargo, al japonés, que aprovecha sus viajes para conocer a zancadas las ciudades, no se le ha visto correr en Oviedo. Tampoco se le ha visto entrenar al keniata.

 Pero... ¿y si resulta que sí lo hicieron pero ninguna cámara los captó?, ¿y si corrieron a alguna hora intempestiva de la madrugada?, ¿y si Murakami venció su timidez y le pidió a Kipchoge salir a trotar juntos 30 o 60 minutos?

 Me gusta imaginar la escena: los despertadores de ambos sonando en sus habitaciones a las cuatro y media de la mañana (que es la hora a la que se suele levantar cada día Murakami), el agua fría que corre en el lavabo, la camiseta de atletismo y el chándal de algodón dispuesto sobre la silla en la que se sientan tras vestirse para calzarse las zapatillas deportivas. Murakami que golpea suavemente con los nudillos la puerta de Kipchoge, o viceversa. La puerta que se abre, los dos que se estrechan la mano tras intercambiar una sonrisa y unos «buenos días». El ascensor que les deja en la recepción, silenciosa y apenas iluminada a esa hora. El recepcionista que los mira con cara de asombro y apenas atina a saludarlos, los dos hombres que salen del hotel y echan a trotar por las calles de Oviedo, solitarias a esa hora.

 En su discurso, Kipchoge dijo que correr no era solo un movimiento físico. «Correr es un vehículo que tiene el poder de unirnos». Ese mismo fin de semana pude comprobarlo en la carrera urbana de Málaga (la del Corte Inglés, que gané en los años 1987** y 1989), donde pude saludar a muchos amigos.

Los hermanos Escalera, Agustín Molina, Dani Pérez y Pedro Delgado
Carrera Urbana Ciudad de Málaga (El Corte Inglés) 2023
Fotografía: Lucía Rodríguez

Con mi tío Pepe y mis primas Milagros y Ángela
Carrera Urbana Ciudad de Málaga 2023
Fotografía: Lucía Rodríguez

Juan Gómez Panduro y Pedro Delgado
Carrera Urbana Ciudad de Málaga (El Corte Inglés) 2023
Fotografía: Lucía Rodríguez

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2013/11/el-libro-de-murakami.html

**https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/10/la-primera-vez.html

miércoles, 18 de octubre de 2023

EL NADADOR COMO HÉROE


El nadador como héroe, de Charles Sprawson (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado

El día de la travesía a nado del Faro de Torrox, viendo el cielo encapotado y la amenaza de que el mar se picase, pensé en la dimensión homérica que tiene la natación y en El nadador como héroe, el erudito ensayo de Charles Sprawson (Karachi, 1941-2020) sobre el arte de nadar.

 Las semillas de aquel libro las sembraron los cuatro años que el autor trabajó impartiendo clases de cultura clásica en una universidad árabe.

Había solicitado el puesto tras toparme con un anuncio escrito en latín en la columna de anuncios por palabras del diario The Times, cuando trabajaba como guarda en una antigua piscina pública, de la época victoriana, en Paddington, tan deprimente y tan sucia que nadie la visitaba. En Arabia, al igual que en la piscina de Paddington, leer era la única diversión, de modo que durante aquellas largas tardes, mientras la ciudad al completo dormía, yo devoraba libro tras libro entre las sombras del patio de nuestra casa de adobe, en el barrio árabe, y luego una vez más, bien entrada la noche, bajo las estrellas que se extendían sobre nuestro techo almenado. Como no había otra cosa que hacer, tomaba abundantes notas acerca de todo cuanto leía. El calor, la atmósfera reseca y la ausencia de piscinas me volvieron dolorosamente sensible al más ligero indicio de agua, a cualquier efímera referencia a la natación. Repasando ahora esas notas raídas veo que en la página 180 de Fiesta, de Hemingway, un personaje «nadó con los ojos abiertos y todo era verde y oscuro», que el Babbitt de Sinclair Lewis era «uno de los mejores nadadores de la clase», y cuando se dio un chapuzón, «las sombras de las burbujas de aire que se le aferraban al vello se reproducían como un extraño musgo de la jungla». Todavía recuerdo el hipnótico efecto de los versos de Coleridge que describían un estanque de piedra bajo una catarata, donde el agua se reagrupaba continuamente en su «obstinada resurrección» para adoptar la forma de una rosa. En el extraño y antinatural clima que yo habitaba, detalles semejantes se me antojaban extraordinariamente significativos. Dedicaba párrafos enteros a la importancia de las fuentes en Nathaniel Hawthorne, a la variable profundidad del mar en Melville, a la pesca de Thoreau en el lago Walden, al tiburón en la literatura americana. Novelas y poemas parecían girar en torno al agua y la natación, de una forma bastante desproporcionada respecto a las intenciones del autor. Puedo simpatizar ahora, al confesar la demencial irrelevancia de esas notas, con cierto cronista del siglo XIX de los primeros años de la natación, que dedicó toda su vida a historiar tal asunto y que en sus viajes por Inglaterra y Francia a la caza de libros se sentía sempiternamente «avergonzado al preguntar a libreros, con harta vacilación, si tenían algún libro sobre la natación».

 Viendo a los nadadores dispuestos en la línea de salida, pensé en el entrenamiento que había detrás, en esas largas horas sumergidos en solitario en un estado de introspección que requiere de una particular psicología y de una extrema «sensibilidad al agua», la misma sensibilidad que muestra Charles Sprawson en las páginas de su ensayo, traducido por Lorenzo Luengo para Ediciones Siruela.

El nadador, buceador y escritor Charles Sprawson (1941-2020)
Fotografía: The Guardian

 Cuando dieron la salida por el megáfono, todos corrieron a zambullirse en pos de la primera boya. Cuenta Sprawson en su libro que en el siglo XIX se consideraba a los ingleses los mejores nadadores del mundo, «en una época en que la pasión por los deportes atléticos y los juegos se convirtió en su rasgo distintivo, y les hizo objeto de la fascinación del resto de Europa».

Incluso a los suizos nos han enseñado a escalar nuestras propias montañas –observa Jung– y a convertir tal cosa en un deporte.

 Era cuando se tenía a Londres por la capital de la natación mundial. Sin embargo, en la prueba de Torrox apenas participan 4 británicos, probablemente turistas o veraneantes más que atletas que han viajado hasta aquí ex profeso. Me pregunto si alguno de ellos sabrá quién fue el capitán Matthew Webb –ahogado en los remolinos que se forman en los rápidos inferiores de las cataratas del Niágara– o Annette Kellermann –la primera mujer en cruzar a nado el canal de la Mancha–, las figuras alrededor de las cuales gira la historia de la natación, pues «como resultado de su ejemplo la natación se convirtió en una moda popular por toda Europa y América».

 Los nadadores rompen la superficie del agua y, tras un crescendo de espuma, se desplazan a crol, un estilo inspirado en los nativos del Orinoco y de los mares del Sur que se impuso hacia finales del siglo XIX. Algunos, conforme avanza la prueba, y debido al cansancio, alternan el crol con la braza. 

Durante años los nadadores habían adoptado como modelo de estilo los movimientos de la rana, que habían desplazado a los del perro, su inspiración hasta la época isabelina.

 ¿Por qué no estoy yo entre esos esforzados nadadores? Pues seguramente porque para mí los baños en el mar están más relacionados con la salud que con la actividad física. Mi madre tenía muy claro que una quincena de baños diarios en la playa eran el mejor antídoto para los resfriados del invierno. Además de que mejoraban el apetito, la piel, el pelo, él ánimo y cualquier otra cosa que se terciase. De ahí que el cuidado de la salud, convertido en algo hedonista, imperase frente al reto de nadar hasta la boya y lo agónico de la competición en el mar. Aunque a veces nadaba mar adentro con mi hermano mayor para traer a la orilla los pulpos que el marido de una sobrina de mi madre cogía del fondo pedregoso del mar (aún recuerdo cómo me apretaban el brazo y las marcas que dejaban las ventosas), a lo único que me enfrentaba con mis hermanos era a las olas. Tan divertido era saltarlas como dejarnos revolcar por ellas. Otra cosa distinta era la piscina, ahí sí recuerdo retarnos de niño a ver quién cubría más rápido el largo o el ancho de la piscina, quién cogía más monedas del fondo o quién era capaz de bucearla entera sin sacar la cabeza del agua. Después, de adolescente, llegó el atletismo, y le llevé la contraria a Aristófanes, quien «se lamentaba de que los jóvenes estuvieran abandonando las pistas de atletismo para llenar las piscinas». Para competir tenía las carreras, y con eso me bastaba y sobraba.

 Los nadadores que se han atrevido a participar en esta travesía nadan un kilómetro y medio en dirección a Málaga, dejando atrás el faro de Torrox y los restos arqueológicos de unas termas romanas. Ese emplazamiento seguramente habría sido del agrado de Sprawson, que dedica el segundo capítulo del libro a la civilización griega y romana. Si la primera parecía girar alrededor del agua, la segunda heredó de los griegos su pasión por el agua.

«Los romanos lo llamaban acqua felice», musita una niña en una de las películas de Fellini, mientras escucha el murmullo del agua en una gruta pagana, y en otro filme una reencarnación de Afrodita o de Venus alarga el brazo para acariciar las antiguas aguas del acueducto de Virgo que se vierten desde la Fontana di Trevi.

 Tras la caída de Roma, declinó progresivamente el atractivo del agua.

Con la llegada del cristianismo, Occidente comenzó a perder interés en el mar y en la tradición que se había extendido progresivamente desde Grecia y el Egeo. Por toda la costa del Mediterráneo, las villas que tiempo atrás habían puesto su mirada en el mar comenzaron a volcar sus energías tierra adentro. El labrador de Brueghel ignoraba al Ícaro a punto de ahogarse. Lo que había sido una civilización marítima pasó a cultivar la tierra, y el islam se apoderó del Mediterráneo. De los cuatrocientos baños de vapor construidos por los árabes entre las fuentes de Granada solo uno sobrevivió tras los primeros cien años de la cristiandad.
 El choque entre la Iglesia cristiana y la natación no tardó en llegar: (...) El nado, como el placer sexual, llegó a estar de alguna forma asociado al diablo, y casi fue suprimido durante el dominio de la cristiandad en Europa. No fue hasta comienzos del siglo XIX cuando volvió a ser popular.

 Por el capítulo 3 aparecen antiguos estudiantes de Eton, etonianos ilustres como el poeta y crítico literario Algernon Charles Swinburne o el escritor y poeta romántico Percy Bysshe Shelley, –marido de la autora de Frankenstein, Mary Shelley–, quien murió ahogado en las costas del mar Tirreno en Italia. Charles Sprawson nos habla en esas páginas de los «vínculos entre la natación y la literatura clásica, la sociedad civilizada, la inocencia y la amistad» en el colegio de Eton.

 La natación, de hecho, llegó a estar tan organizada que se publicó un libro, El arte de nadar al estilo Eton, escrito por el entrenador de natación de la escuela, el sargento Leahy, ex-campeón del mar Rojo. El estilo Eton era una brazada particularmente elegante (...)

 Por allí también aparece el gran escalador Geoffrey Winthrop Young, profesor en Eton, quien justo antes de la Primera Guerra Mundial pasó unas vacaciones cabalgando por Asia Menor.

Geoffrey Winthrop Young, escalador y escritor, en 1898

En la guerra perdería una pierna, y su hermano, que había sido un formidable saltador, un brazo. (...) El tour de Geoffrey tenía como finalidad visitar los grandes ríos de Homero. En las cercanías de Troya estuvo a punto de pisar la triste corriente del Simois sin siquiera reparar en ello: «Pero entonces detuve en seco a mi rucio y conseguí que metiera sus cuatro patas a la vez en el agua, y nos detuvimos allí por puro respeto».

 Al inmortal poeta romántico y aventurero Lord Byron, cuyo nombre ya ha aparecido en los capítulos previos, le reserva Charles Spawson el cuarto capítulo, que lleva por título La tradición byroniana y que abre con esta cita de Byron al cruzar a nado el Helesponto: «Me vanaglorio de esta hazaña más de lo que me fuera posible hacerlo de gloria alguna, política, poética o retórica». «Allí donde Byron nadaba, el lugar se convertía poco menos que en un enclave sagrado».

Lord Byron vestido a la usanza típica albanesa
Óleo de Thomas Phillips, 1835
National Portrait Gallery, Londes

Escribo este capítulo entre las sombras de una taberna con techo de rota, cubierto de buganvillas, junto a una piscina azul situada en lo alto de un acantilado que asoma a las olas del Egeo, un lugar inmejorable para describir a Byron. Si Shelley era el más patético de los nadadores, a Byron se le suele contar entre los mejores de su época. En un lugar de la costa del golfo de La Spezia, donde Shelley se ahogó, se alza un zócalo dedicado a «Lord Byron, Famoso Nadador Inglés y Poeta». Su paso del Helesponto impresionó de tal manera a un médico de Bolonia que insistió en probar las fuerzas físicas de resistencia del «celebrado genio acuático». Era una de las cualidades que le convirtieron en una leyenda en Europa, y que le permitieron distanciarse de esa sociedad literaria a la que tanto despreciaba, aquellos que se limitaban a ser «solamente autores», «los ingenios de postín que nunca llegarán a caballeros: ahí se quedan con su diario "el té está servido", su acogedor circulito y sus eruditas damiselas».
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Al ser cojo, nadar le brindaba algunos de los más jubilosos momentos de su vida, aunque nunca se quitaba los pantalones para así ocultar su deformidad. Únicamente cuando nadaba podía experimentar una completa libertad de movimientos, un principio al que había consagrado su vida. Tenía contraído el tendón de Aquiles, lo que le obligaba a caminar de puntillas, produciendo una manera de andar entre amanerada y afectada.
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Nadar es una de esas «actividades que uno siente en lo más profundo» cuyo principal atractivo era la «agitación inseparable de sus logros», y que, como el juego y el viaje, satisfacía el «devorador vacío» que Byron sentía tan a menudo.
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 La más célebre de sus hazañas venecianas fue la competición de nado a la que le desafió el caballero Angelo Mengaldo, un hombre de similar temple romántico y egotístico que, durante la retirada de Napoleón en Moscú, había cruzado a nado los ríos Danubio y Berézina bajo fuego ruso. Se les unió quien para Byron era uno de sus más íntimos amigos de correrías, Alexander Scott. La carrera comenzó en el Lido y los tres nadaron hacia Venecia. En la entrada del Gran Canal, Scott y Byron marchaban muy por delante de Mengaldo, y esa fue la última vez que le vieron. Mengaldo se subió a una góndola cuando había recorrido la mitad de la laguna. Lo habían dejado «reducido a burbujas», en palabras de Byron. Los ingleses continuaron la carrera. Scott se retiró tras el puente de Rialto, mientras que Byron siguió todo el recorrido hasta el Gran Canal, para terminar en las escalinatas de su palacio, habiendo nadado a lo largo de tres horas y cuarenta y cinco minutos. Los venecianos lo apodaron «el pez inglés».
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 Byron había cruzado el Helesponto junto a un tal míster Ekenhead el 3 de mayo de 1810. El estrecho tiene poco más de kilómetro y medio de anchura, pero la corriente lo hace tan arduo que el propio Byron dudaba si «los poderes conyugales de Leandro no se habrían visto extenuados en su pasaje al paraíso: probé a intentarlo la semana pasada, y fracasé debido al viento del norte y a la maravillosa rapidez de la corriente, aunque desde niño he sido un nadador enérgico, pero esta mañana, al encontrarse el agua más en calma, tuve éxito y crucé el "ancho Helesponto" en una hora y diez minutos».

El mito de Hero y Leandro, óleo de William Etty
The Art Book Phaidon Press

 Otro que compartía con Byron la fascinación por el mar y las olas era el escritor, poeta y dramaturgo Alexander Pushkin, que en medio del invierno ruso se levantaba temprano para bajar al río, romper el hielo y zambullirse en aquellas aguas heladas.

 Un incidente en el Dniéper, cuando Pushkin observaba a dos prisioneros encadenados entre sí, nadando a través del río para conseguir la libertad, fue la inspiración para su poema Hermanos ladrones, y le hizo imitar su acción y cruzar por su cuenta el río. Acabó sacudido por la fiebre «en la casucha de un judío, delirando, sin un médico a mano y con una jarra de limonada como único remedio».

 Es tal la exhibición cultural de Sprawson, la retahíla de mitos, nombres –Horacio, Alma-Tadema, Henry Scott Tuke, Paul Valéry, Flaubert, George Borrow, Coleridge, Kingsley, Denton Welch, Frederick Rolfe "Barón Corbo", Rupert Brooke, Trelawny, Hart Crane, Saki, Fitzgerald, Ernest Raymond, André Gide, David Hockney y un larguísimo etcétera– y citas, que uno se ve abrumado en la lectura. Es cierto que uno no deja de aprender cosas interesantes, como que «la pasión que Edgar Allan Poe sentía por Byron le llevó incluso a plantearse tomar un barco rumbo a Europa para luchar por la independencia griega», pero a veces uno echa de menos más vivencias personales del propio autor, como las que nos cuenta cuando él mismo imitó a Byron en el cruce del Helesponto, cuando intentó cruzar el estuario del Tajo en Lisboa o cuando se bañó en las piscinas romanas de Gafsa, al borde del Sáhara.

 Hace cuatro años volé a Turquía para cruzar el Helesponto. Lo dejé para muy tarde. No quedaban ni dos días para que acabasen nuestras vacaciones, cuando tomamos la curva del camino que partía de Troya, y allí estaba, ante nosotros, a la luz de la tarde, como un gran lago italiano, con las colinas de Galípoli al norte y un estrecho afluente que lo comunicaba con el mar. Los perpetuos cielos azules se hallaban, por primera vez, veteados de nubes. Un viento crudo rizaba la superficie, y la corriente, que siempre es intensa, obligaba ahora al agua a pasar con fuerza por el estrecho. Muy pocas horas después, desesperado porque se agotaba el tiempo, caminé sobre los guijarros y me metí en el agua en el punto más estrecho del canal, donde el ferri abandona la península de Galípoli para regresar a Çanakkale. Enseguida me di cuenta de mi error.
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 A mi regreso a Inglaterra me decepcionó leer que, para Byron, cruzar el estuario del Tajo en Lisboa había supuesto una aventura mucho más peligrosa, de modo que el verano siguiente me sentí en la obligación de reservar nuestras vacaciones en Portugal. A Byron le desconcertó su poderosa corriente y contracorriente, el fresco soplo del viento, y aunque la distancia es más o menos la misma que la del Helesponto, tardó en hacer el paso casi el doble de tiempo. Allí las condiciones pueden ser muy traicioneras. (...) La primera noche que pasamos allí nos robaron nuestros pasaportes junto con muchas otras cosas, así que cuando informé de nuestras pérdidas en la embajada británica pregunté al agregado naval por las condiciones. Me advirtió que por varios motivos era mejor no nadar, y me aconsejó visitar el instituto marino para estudiar las direcciones de las distintas corrientes. Decidí no hacerlo porque aquello me estaba acobardando por momentos. Si actuaba de manera demasiado racional y ahondaba más de la cuenta en las complejidades de las corrientes, nunca llevaría a cabo mi intento. Sin duda, en el caso de Byron debió de tratarse de un gesto instintivo, impulsivo. Tomé, no obstante, la decisión de nadar aprovechando la marea entrante, pues prefería ser arrastrado corriente arriba que, en la dirección opuesta, hacia el Atlántico, y estudié las horas de las mareas en el periódico local.
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 Poco después, un árabe asomó, deslizándose desde un agujero que había bajo el agua. Me llevó por esas partes de las piscinas en donde emergían las fuentes y buceé con él para tocar los lugares en los que unas pequeñas nubes de arena suelta temblaban y flotaban sobre las aberturas. El árabe actuaba como si fuera el guardián de la piscina, un sacerdote de Nemi resuelto a proteger su bosquecillo sagrado de cualquier desafío extranjero. Esbelto y sinuoso, me propuso una carrera, luego se afanó en una serie de saltos desde diferentes alturas del pretil que yo, supuestamente, debía hacer tras él. Eso hice, hasta que señaló lo alto de las palmeras que oscilaban muy por encima del agua. El árabe ejecutó un salto del ángel con la elegancia de aquel pobre egipcio que perdió la cabeza en las islas Salomón, y lo único que pude hacer fue mirarlo desde abajo. Yo había saltado a menudo, cuando estuve aislado en Oriente medio, desde lo alto de un acantilado a un estanque circular, transparente, sin fondo, como una reacción romántica a la aridez de la vida en el desierto, carente entonces de las Bathshebas y Susanas que en el pasado se habían dejado ver en las verdosas aguas de sus baños de mármol. Pero aquí, en Gafsa, el hombre aquel saltaba a apenas un metro de profundidad, y a mí me faltaba valor para seguirle.

 Charles Sprawson dedica otros capítulos al Romanticismo alemán –entre otras cosas, el arte del salto, las filmaciones de Leni Riefenstahl, las experiencias natatorias de Goethe y la figura del nadador en las novelas de Thomas Mann–, el sueño americano –el amor de los indios americanos por el nado, cómo estos inspiraron a Johnny Weissmuller, lo que simboliza El abrevadero de Thomas Eakins, los baños de Walt Whitman y Jack London, las estrellas de la natación que triunfaron en Hollywood, una disertación sobre el relato El nadador de John Cheever o el nadador como símbolo de evasión en la imaginación sureña: las novelas de Mark Twain, Tennessee Williams, James Leo Herlihy, Walker Percy, Fitzgerald o James Dickey– y la década japonesa –¿Cómo aparecieron de la nada los japoneses para ganar cinco de las seis pruebas en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932?, las llamadas ama que saltaban al mar en busca de mariscos y algas comestibles, la incorporación de la natación al código samurai, de cómo la victoria de Masaru Furukawa en los 200 metros estilo braza de los Juegos de Melbourne 1956 obligó a un cambio en el reglamento o el papel que tuvo la natación en las vidas de Yukio Mishima y Akira Kurosawa–.

La tradición de la natación de competición tuvo su origen en Japón muchos siglos antes que en cualquier otra parte del mundo. Las grandes competiciones tuvieron lugar en el 36 a. C., durante el reinado del emperador Sugiu, en el mismo siglo en que se originó el arte de la lucha sumo. Las primeras carreras en Europa se realizaron en 1837, en Inglaterra. Los japoneses organizaron a nivel nacional la natación mucho antes que los ingleses. Un edicto imperial de 1603 obligaba a que la natación fuera parte integrante del currículum escolar (...).
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Pescadoras japonesas ama fotografiadas por Fosco Maraini (1954)
L'incanto delle Donne del Mar (Museo delle Culture Lugano)
Fotografía: Fosco Maraini
 Nadar nunca fue en modo alguno una actividad exclusivamente masculina. Durante dos mil años, las llamadas ama, mujeres del mar enormemente reverenciadas, han saltado a las aguas en busca de mariscos y algas comestibles. Recluidas, en su mayoría, en las costas occidentales y orientales de la isla de Honshu, la más grande del archipiélago japonés, las ama comienzan a nadar a los diez años –se sabe que algunas han continuado haciéndolo hasta los ochenta–, y se sumergen durante un periodo máximo de tres minutos a veinte metros de profundidad. Las saltadoras más jóvenes, las kachido, o «caminantes», pescan frente a la costa, pero las mayores y más experimentadas, las funado, o «navegantes», saltan mar adentro desde botes anclados.

  Llegados a estas alturas, sólo me queda decirles: lean, desvistanse y corran a bañarse.

T. E. Lawrence como cadete en la playa de Newporth, cerca de Falmouth
Óleo de Henry Scott Tuke. Fotografía: Bridgeman Art Library

Su retrato de un T. E. Lawrence adolescente cambiándose para nadar en la playa estuvo colgado en el salón de música de Clouds Hill durante los últimos años de la vida de Lawrence, en las fechas en que tomaba cada tarde su motocicleta para acudir a Southampton y probar su resistencia nadando aplicadamente en la piscina pública.

 Y disculpen, pues con tanto libro olvidé seguir hablándoles de la Travesía. Lo mejor será que vean el magnífico vídeo que ha realizado Lucía Rodríguez sobre la prueba. Una competición que, recordemos, es solidaria, y en la que se recaudaron 2.000 euros a beneficio de Amigos de Anzaldo, un dinero que irá a programas de desarrollo relacionados con el agua en dicha población boliviana.

Nota: Esta entrada está dedicada a Carlos Moreno y a todos los que hacen posible esta prueba.