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lunes, 4 de septiembre de 2023

LOS HECHOS FRENTE A LA RUMOROLOGÍA. ¿QUÉ VA A PASAR CON LA MARCHA ATLÉTICA?


El legendario marchador sueco John Ljunggren, campeón olímpico en Londres 1948
(Bronce en los Juegos de Melbourne 1956 y plata en los de Roma 1960)
Fotografía: Linda Sandgren

Este año he oído muchos rumores sobre la posible desaparición de la marcha atlética del programa olímpico, una prueba en la que somos punteros y de la que nos llegan la mayoría de las medallas en las pruebas internacionales; como en este último mundial, en el que Álvaro Martín y María Pérez coparon lo más alto del podio en los 20 y los 35 km marcha. Dialogando ambos con el periodista Carlos Arribas, tras esos cuatro oros, Álvaro Martín apuntaba lo siguiente:

«Llevábamos viendo que la federación internacional nos hacía pequeños feos que cada vez iban a más, a más, a más...».

 El último de esos feos, nos decía María Pérez, fue que la transmisión televisiva no dio en directo la prueba masculina de los 20 km, siendo la primera final del Mundial. ¿Se imaginan que eso hubiese ocurrido con la final de los 100 o los 1.500 m? Impensable.

 Las palabras de Álvaro y de María me hicieron pensar que algo de cierto debía de haber en esos rumores. Ya saben, eso de que «cuando el río suena...». Pero como suelo ser desconfiado ante los rumores, he preferido constatar los hechos para saber si realmente se está conspirando contra la especialidad.

1º) La marcha atlética aparece documentada por primera vez en la Inglaterra de finales del siglo XVIII, donde se hace popular. Fue incluida en el programa olímpico masculino en los Juegos de Londres 1908, en distancias muy inferiores a las actuales. Mientras que para participar en unas Olimpiadas, las mujeres tuvieron que esperar hasta Barcelona 1992, donde compitieron sobre una distancia de 10 km, que pasaría a ser de 20 km en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Los hombres ya competían sobre la distancia de los 20 km desde los Juegos de Melbourne 1956. Además, también lo hacían en la prueba de 50 km desde los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932  (a partir de los Juegos de Río 2016, se autoriza la participación de mujeres en la prueba de los 50 km marcha, pero sin clasificación por sexo, siendo una prueba mixta).

2º) En este mundo mercantilizado en el que vivimos, la prueba de los 50 km marcha no interesaba a las televisiones, con cuatro o cinco horas mínimo de retransmisión. Quizás por eso, cuando las mujeres reclamaron al TAS para que los 50 femenino fueran olímpicos en Tokio 2020, la reacción del COI fue la de eliminar tras los juegos la hasta entonces prueba olímpica de los 50 km masculino. Esto ocasionó una reacción en cadena y la World Athletics cambió los 50 por los 35 km marcha en categoría masculina y femenina, con la esperanza de que fuera admitida por el COI en los Juegos de París. Pero no fue así.

3º) La prueba de 35 km marcha en los Juegos fue rechazada por el COI y se le propuso a World Ahtletics (órgano de gobierno del atletismo a nivel mundial) que presentara alternativas, aunque estas debían de ser de carácter mixto y por equipos, a efectos de no incrementar el número de participantes, que es una de las preocupaciones del COI. De ahí nace la nueva prueba de marcha por relevos sobre la distancia de la maratón (1 hombre + 1 mujer que hacen 10 + 10 +10 + 12,195) que se disputará en París.

4º) Entonces, ¿cuál es el gran miedo de los marchadores? Pues que hay rumores de que el COI, dueño y señor del evento deportivo más grande del mundo (más de 11.000 participantes en Tokio), quiere aumentar el número de deportes para dar cabida a las nuevas tendencias, pero no el número de deportistas. Eso dio lugar a que deportes como el karate se eliminaran del programa olímpico y que haya rumores de reducción en otros deportes. Dentro de esa rumorología, dicen que la marcha, el martillo y el triple están entre los posibles afectados. Estos rumores, más alguna respuesta evasiva de Sebastian Coe, que interpelado por el tema respondió: pregúntenle al COI, está poniendo nervioso a los atletas.

5º) Para mí es obvio, por el gran peso que tiene la marcha en el medallero español, que el presidente de la RFEA y vicepresidente de la World Athletics, Raúl Chapado, ha peleado duro para que hubiera una alternativa a los 50 y que no se quedara el 20 como la única prueba olímpica en marcha. Meter el relevo mixto ya es una batalla ganada, pues no todos los países del mundo tienen el mismo interés por la marcha que por otras pruebas del programa atlético (hay dirigentes y países a los que no les interesa la marcha en absoluto) y eso ha debido dificultar las gestiones.

  Dicho todo esto, creo que nuestros marchadores están en buenas manos. Ellos se merecen el mayor de los respetos, y nosotros el sueño de verlos conseguir ese oro en la prueba mixta de marcha por relevos sobre la distancia de la maratón en París. Ojalá la prueba funcione y se mantenga en el tiempo en el programa olímpico.


miércoles, 11 de agosto de 2021

UNA BANDADA DE CUERVOS


Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima
Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

Empecé a leer Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima, el día antes de que los atletas pisaran la pista sintética del Estadio Olímpico de Tokio y Selemon Barega se llevara el oro para Etiopía en los 10.000 metros; y lo terminé el día en que las tres jamaicanas surcaron como un cohete la recta de meta en la segunda jornada atlética.

 La elección de un autor japonés me pareció un guiño a los Juegos. Luego, al ver el sentimiento antiimperialista y anticapitalista que impregna su obra, pensé que el guiño, a la vista de los motivos económicos del COI para no aplazar o cancelar la cita olímpica, me lo hacía el autor a mí.

 Este libro no tiene nada que ver con la literatura deportiva, pero intuyo que Denji Kuroshima (1898-1943) tuvo que ser un ferviente admirador de los maratonianos Sohn Kee-chung y Nam Sung-yong, primer y tercer clasificado con 2h29'19" y 2h31'42" en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

Nam Sung-yong, Tamao Shiwaku, Fusashige Suzuki y Sohn Kee-chung
Berlín, Alemania, 19 de junio de 1936

 Y estoy seguro de que apoyaría el gesto de esos dos atletas en el podio. Para los que no conozcan la historia, decirles que ambos eran en realidad coreanos pero tuvieron que correr bajo bandera japonesa y con los nombres niponizados –Son Kitei y Nan Shoryu–, ya que tras la guerra ruso-japonesa de 1905, Corea fue ocupada y declarada protectorado japonés, siendo anexionada en 1910 a Japón, que se propuso borrar todo signo de identidad coreana. Durante la entrega de medallas y el izado de las banderas, ambos atletas se mostraron cabizbajos, avergonzados de oír el himno de Japón. Y cuando los entrevistó la prensa, declararon ser coreanos y no  japoneses, aunque los traductores nipones se negaron a traducir ese comentario a la prensa internacional. El diario coreano Dong-a Ilbo se atrevió a publicar la noticia con una fotografía en la que habían borrado la bandera del Imperio del Sol Naciente de la camiseta de Sohn Kee-chung, a consecuencia de lo cual fueron detenidas ocho personas y cerrada la publicación durante nueve meses.

Podio de la maratón de los Juegos Olímpicos de Berlin en 1936
1º Sohn Kee-chung, 2º Ernest Harper, 3º Nam Sung-yong

Imagen de Sohn Kee-chung en el diario coreano Dong-a Ilbo

 En 1945, a consecuencia de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Corea se liberó del yugo nipón, a la vez que se partía en dos. Pero esa ya es otra historia. Para concluir la de Sohn Kee-chung, decirles que como ganador de la prueba de maratón, las autoridades berlinesas le iban a entregar un casco griego, una verdadera antigüedad descubierta por un arqueólogo alemán en Olimpia, pero los entrenadores japoneses descontentos con la actitud de Sohn Kee-chung le impidieron recibir el premio, y el casco fue guardado en el Museo de Berlín. Cincuenta años más tarde, en 1986, dicho casco fue entregado a Sohn Kee-chung, quien a su vez lo donó al Museo Nacional de Corea.

Casco griego donado por el atleta Sohn Kee-chung al Museo Nacional de Corea
Catalogado como Tesoro Nacional

 En 1948, Sohn Kee-chung tuvo el honor de ser el abanderado de Corea del Sur en las Olimpiadas de Londres, pero el mayor homenaje se le hizo en 1988, ya con 76 años, cuando fue el último relevista que entró con la antorcha olímpica al estadio en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl, donde recibió la mayor ovación de su vida. 

Sohn Kee-chung porta la antorcha olímpica en los Juegos de Seúl 1988

 Considerado héroe nacional, Sohn fue también homenajeado en la ceremonia de apertura del Campeonato Mundial de Atletismo de Daegu, Corea, en 2001, un año antes de su muerte, ocurrida el 15 de noviembre de 2002, a los 90 años.

 Lamentablemente el COI, obtuso en este tema, no reconocería la nacionalidad coreana de Sohn Kee-chung hasta el año 2011, cuando  el atleta ya no estaba vivo para verlo. Y aquí no puede uno más que enarcar las cejas.

 Permítanme que, sin abandonar la prueba de los 42.195 metros, volvamos al libro del antiimperialista Denji Kuroshima, pues en la página 85, en el relato que da título al libro, se menciona la palabra maratón.

 Matsuki, un explorador que avanza delante de una columna de soldados, regresa corriendo con dificultad desde la cumbre de una pequeña colina y sin resuello, porque la nieve redobla el esfuerzo, se planta delante del comandante y adopta la posición de saludo, pero tiene las manos tan congeladas que no le obedecen y no consigue levantar el arma hasta la posición reglamentaria.

El comandante le miró con desaprobación. Su gesto denotaba desdén por aquel soldado incapaz de saludar como era debido. Matsuki no pudo decir nada durante un tiempo. No le entraba aire en los pulmones. De las fosas nasales hasta la laringe, todo estaba rígido y reseco, como si acabara de correr un maratón. Se esforzaba en producir algo de saliva para humedecerse la garganta, sin ningún resultado. Quería tirarse en la nieve, descansar.

 Pero hay otro relato, Siberia bajo la nieve, en el que asistimos a una carrera de velocidad –de doscientos metros– que en el texto apenas dura ocho líneas, y que no dejo de proyectar en mi cabeza como si fuera una película.

 Sitúense primero:

 El escenario es la fría Siberia, donde  se enfrentan las tropas japonesas y el recién creado Ejército Rojo en la llamada «Intervención siberiana» de 1918. Yoshida y Komura son dos pobres desgraciados, soldados del ejército nipón, que tras aguardar un año el reemplazo de su promoción ven como todos sus compañeros son devueltos a casa menos ellos, obligados a quedarse un año más en el hospital militar al que los asignaron para ayudar en la formación de los nuevos reclutas. Sus superiores acordaron quitarse de en medio a los hombres más problemáticos, a los más complicados de manejar, y dispusieron que se quedaran ellos dos, más fáciles de llevar.

 Y observen a continuación la escena tal como yo la veo:

 Yoshida y Komura, que pensaban que siendo diligentes y obedientes volverían antes a casa, acaban de despedir en la estación a sus compañeros de promoción, y les pesa el desaliento y la rabia. Hace un frío de mil demonios y el aire que expulsan por sus anchos orificios nasales y por la boca los envuelve en nubes de vapor.

 Deben regresar al hospital, y para atajar las lágrimas que asoman en los ojos de Komura, Yoshida le propone echar una carrera hasta el puente. Con dificultad, por lo grueso de sus abrigos, adoptan una posición de salida, apoyando las manos en la nieve, que parece azúcar en polvo, y el silencio, que reina por todas partes, se ve interrumpido por un «Preparado: uno, dos, tres…». Empiezan a correr. Al principio se les hunden las botas en la nieve hasta las rodillas, y el aire que exhalan se adhiere en forma de escarcha a sus gorros y abrigos.

 Tras algunos metros, la nieve se muestra más compacta y dura, cruje bajo el peso de sus apoyos, y sus movimientos se vuelven menos torpes y pesados. Yoshida saca ventaja en seguida, y Komura siente que el corazón se le desboca: necesita más oxígeno, pero el aire helado que inhala le está reventando los pulmones. Yoshida gira la cabeza para mirar atrás, y ve cómo su compañero se desfonda y se hinca de rodillas. Apenas han corrido cien metros, la mitad del trayecto, y ya se han parado. Komura llega arrastrando las piernas hasta Yoshida. Aún jadean, y les lleva un buen rato recuperar el ritmo del corazón. Luego, vencidos por el desánimo, siguen caminando hasta el hospital sin mediar palabra.

 ¿Qué les parece?

 Y si quieren ver más imágenes espectaculares, les dejo un vídeo de la maratón de la que les hablaba al principio, la de los Juegos de 1936 en Berlín, que incluye la entrega de medallas.




Nota: el texto a color pertenece a la primera edición de Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima. Editado por Ardicia en octubre de 2014 en una traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.