miércoles, 11 de agosto de 2021

UNA BANDADA DE CUERVOS


Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima
Montaje fotográfico: Lucía Rodríguez

Empecé a leer Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima, el día antes de que los atletas pisaran la pista sintética del Estadio Olímpico de Tokio y Selemon Barega se llevara el oro para Etiopía en los 10.000 metros; y lo terminé el día en que las tres jamaicanas surcaron como un cohete la recta de meta en la segunda jornada atlética.

 La elección de un autor japonés me pareció un guiño a los Juegos. Luego, al ver el sentimiento antiimperialista y anticapitalista que impregna su obra, pensé que el guiño, a la vista de los motivos económicos del COI para no aplazar o cancelar la cita olímpica, me lo hacía el autor a mí.

 Este libro no tiene nada que ver con la literatura deportiva, pero intuyo que Denji Kuroshima (1898-1943) tuvo que ser un ferviente admirador de los maratonianos Sohn Kee-chung y Nam Sung-yong, primer y tercer clasificado con 2h29'19" y 2h31'42" en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

Nam Sung-yong, Tamao Shiwaku, Fusashige Suzuki y Sohn Kee-chung
Berlín, Alemania, 19 de junio de 1936

 Y estoy seguro de que apoyaría el gesto de esos dos atletas en el podio. Para los que no conozcan la historia, decirles que ambos eran en realidad coreanos pero tuvieron que correr bajo bandera japonesa y con los nombres niponizados –Son Kitei y Nan Shoryu–, ya que tras la guerra ruso-japonesa de 1905, Corea fue ocupada y declarada protectorado japonés, siendo anexionada en 1910 a Japón, que se propuso borrar todo signo de identidad coreana. Durante la entrega de medallas y el izado de las banderas, ambos atletas se mostraron cabizbajos, avergonzados de oír el himno de Japón. Y cuando los entrevistó la prensa, declararon ser coreanos y no  japoneses, aunque los traductores nipones se negaron a traducir ese comentario a la prensa internacional. El diario coreano Dong-a Ilbo se atrevió a publicar la noticia con una fotografía en la que habían borrado la bandera del Imperio del Sol Naciente de la camiseta de Sohn Kee-chung, a consecuencia de lo cual fueron detenidas ocho personas y cerrada la publicación durante nueve meses.

Podio de la maratón de los Juegos Olímpicos de Berlin en 1936
1º Sohn Kee-chung, 2º Ernest Harper, 3º Nam Sung-yong

Imagen de Sohn Kee-chung en el diario coreano Dong-a Ilbo

 En 1945, a consecuencia de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Corea se liberó del yugo nipón, a la vez que se partía en dos. Pero esa ya es otra historia. Para concluir la de Sohn Kee-chung, decirles que como ganador de la prueba de maratón, las autoridades berlinesas le iban a entregar un casco griego, una verdadera antigüedad descubierta por un arqueólogo alemán en Olimpia, pero los entrenadores japoneses descontentos con la actitud de Sohn Kee-chung le impidieron recibir el premio, y el casco fue guardado en el Museo de Berlín. Cincuenta años más tarde, en 1986, dicho casco fue entregado a Sohn Kee-chung, quien a su vez lo donó al Museo Nacional de Corea.

Casco griego donado por el atleta Sohn Kee-chung al Museo Nacional de Corea
Catalogado como Tesoro Nacional

 En 1948, Sohn Kee-chung tuvo el honor de ser el abanderado de Corea del Sur en las Olimpiadas de Londres, pero el mayor homenaje se le hizo en 1988, ya con 76 años, cuando fue el último relevista que entró con la antorcha olímpica al estadio en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl, donde recibió la mayor ovación de su vida. 

Sohn Kee-chung porta la antorcha olímpica en los Juegos de Seúl 1988

 Considerado héroe nacional, Sohn fue también homenajeado en la ceremonia de apertura del Campeonato Mundial de Atletismo de Daegu, Corea, en 2001, un año antes de su muerte, ocurrida el 15 de noviembre de 2002, a los 90 años.

 Lamentablemente el COI, obtuso en este tema, no reconocería la nacionalidad coreana de Sohn Kee-chung hasta el año 2011, cuando  el atleta ya no estaba vivo para verlo. Y aquí no puede uno más que enarcar las cejas.

 Permítanme que, sin abandonar la prueba de los 42.195 metros, volvamos al libro del antiimperialista Denji Kuroshima, pues en la página 85, en el relato que da título al libro, se menciona la palabra maratón.

 Matsuki, un explorador que avanza delante de una columna de soldados, regresa corriendo con dificultad desde la cumbre de una pequeña colina y sin resuello, porque la nieve redobla el esfuerzo, se planta delante del comandante y adopta la posición de saludo, pero tiene las manos tan congeladas que no le obedecen y no consigue levantar el arma hasta la posición reglamentaria.

El comandante le miró con desaprobación. Su gesto denotaba desdén por aquel soldado incapaz de saludar como era debido. Matsuki no pudo decir nada durante un tiempo. No le entraba aire en los pulmones. De las fosas nasales hasta la laringe, todo estaba rígido y reseco, como si acabara de correr un maratón. Se esforzaba en producir algo de saliva para humedecerse la garganta, sin ningún resultado. Quería tirarse en la nieve, descansar.

 Pero hay otro relato, Siberia bajo la nieve, en el que asistimos a una carrera de velocidad –de doscientos metros– que en el texto apenas dura ocho líneas, y que no dejo de proyectar en mi cabeza como si fuera una película.

 Sitúense primero:

 El escenario es la fría Siberia, donde  se enfrentan las tropas japonesas y el recién creado Ejército Rojo en la llamada «Intervención siberiana» de 1918. Yoshida y Komura son dos pobres desgraciados, soldados del ejército nipón, que tras aguardar un año el reemplazo de su promoción ven como todos sus compañeros son devueltos a casa menos ellos, obligados a quedarse un año más en el hospital militar al que los asignaron para ayudar en la formación de los nuevos reclutas. Sus superiores acordaron quitarse de en medio a los hombres más problemáticos, a los más complicados de manejar, y dispusieron que se quedaran ellos dos, más fáciles de llevar.

 Y observen a continuación la escena tal como yo la veo:

 Yoshida y Komura, que pensaban que siendo diligentes y obedientes volverían antes a casa, acaban de despedir en la estación a sus compañeros de promoción, y les pesa el desaliento y la rabia. Hace un frío de mil demonios y el aire que expulsan por sus anchos orificios nasales y por la boca los envuelve en nubes de vapor.

 Deben regresar al hospital, y para atajar las lágrimas que asoman en los ojos de Komura, Yoshida le propone echar una carrera hasta el puente. Con dificultad, por lo grueso de sus abrigos, adoptan una posición de salida, apoyando las manos en la nieve, que parece azúcar en polvo, y el silencio, que reina por todas partes, se ve interrumpido por un «Preparado: uno, dos, tres…». Empiezan a correr. Al principio se les hunden las botas en la nieve hasta las rodillas, y el aire que exhalan se adhiere en forma de escarcha a sus gorros y abrigos.

 Tras algunos metros, la nieve se muestra más compacta y dura, cruje bajo el peso de sus apoyos, y sus movimientos se vuelven menos torpes y pesados. Yoshida saca ventaja en seguida, y Komura siente que el corazón se le desboca: necesita más oxígeno, pero el aire helado que inhala le está reventando los pulmones. Yoshida gira la cabeza para mirar atrás, y ve cómo su compañero se desfonda y se hinca de rodillas. Apenas han corrido cien metros, la mitad del trayecto, y ya se han parado. Komura llega arrastrando las piernas hasta Yoshida. Aún jadean, y les lleva un buen rato recuperar el ritmo del corazón. Luego, vencidos por el desánimo, siguen caminando hasta el hospital sin mediar palabra.

 ¿Qué les parece?

 Y si quieren ver más imágenes espectaculares, les dejo un vídeo de la maratón de la que les hablaba al principio, la de los Juegos de 1936 en Berlín, que incluye la entrega de medallas.




Nota: el texto a color pertenece a la primera edición de Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima. Editado por Ardicia en octubre de 2014 en una traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.


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