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sábado, 2 de enero de 2016

REGALO DE REYES

Si se les viene encima la fecha del Día de Reyes y todavía no saben qué regalar, no lo duden: entren en una librería y háganse con algún ejemplar. Pueden dejarse llevar por una portada, por el nombre de un autor o por la sinopsis de una contraportada. Pero no se limiten a la mesa de novedades, curioseen los anaqueles, extraigan y abran los libros al azar, lean algunos fragmentos... Seguro que encuentran el libro adecuado para esa persona en la que están pensando. Y si aún así no saben por cuál decidirse, pídanle consejo al librero. Ellos conocen su oficio y son los primeros interesados en que ustedes acierten, pues la lectura tiene un componente viral. Precisamente por ese efecto contagioso, voy a pedirles que si les gustó Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal, 2015) lo recomienden y lo regalen en estas fechas tan especiales. Y si aún no lo han leído, aprovechen para autoregalarse un ejemplar. Compren un pasaje a Marruecos por poco más de diez euros, y déjense llevar por el país al son de esos doce relatos: asciendan al Toubkal con Alicia, acompañen a Matt y a Hussein hasta las orillas del lago Ifni; huyan con Rachid por las montañas del Atlas en ese western marroquí que es El Boxeador; adéntrense en las dunas del erg Chebbi para darse un baño de soledad con el japonés Nagumo y su camellero; pónganse en la piel de Marga mientras transcurren cada uno de esos cincuenta días a Tombuctú...

Carta desde el Toubkal (Ediciones del Genal 2015)
Pedro Delgado Fernández
Portada: óleo de Lucía Rodríguez Vicario

 En mi carta a los Reyes Magos tampoco van a faltar libros. Aquí les anoto los títulos que me he pedido:






 Donde los hombres alcanzan toda gloria (del grandísimo Jon Krakauer), porque aúna deporte y literatura;


El corazón de todo lo existente. La historia jamás contada de Nube Roja (de Tom Clavin y Bob Drury), porque adoro el western y el mundo de los indios americanos;



Una vida llena de agujeros (de Driss ben Hamed Charhadi), porque es un libro que fue transcrito y traducido por mi queridísimo Paul Bowles, una novela cuya edición esperaba desde hace mucho tiempo;


La guerra 'buena'. Una historia oral de la Segunda Guerra Mundial (del mítico Studs Terkel), porque me va a hacer revivir mi último viaje, en compañía de mi hijo pequeño, a las playas de Normandía;



Senderos de gloria (de Humphrey Cobb), para ver si con su lectura me dan ganas de retomar mi novela sobre Jean Bouin.


Jean Bouin

¡Que Melchor, Gaspar y Baltasar sean generosos con ustedes!

sábado, 19 de abril de 2014

JEAN BOUIN

El libro de Jean Echenoz me despertó las ganas de escribir una novela corta sobre otro gran fondista: un atleta francés al que de momento, en el año del centenario de su muerte, nadie parece echarle cuentas. Un corredor que murió, como tantos miles de soldados, en la Primera Guerra Mundial.

 Estas vacaciones de Semana Santa, aún a riesgo de empeorar mi edema óseo y mi fascitis, he viajado a París y a la zona de Saint-Mihiel, Bouconville-Sur-Madt y Montsec. Lo he hecho para investigar, para documentarme y encontrar la dichosa inspiración que, poco a poco, va asomando.

 A estas alturas Jean se ha convertido en una especie de amigo invisible, como ese que tenían mis hijos cuando eran pequeños. Lo veo a diario y es como si nos hiciésemos compañía.
 ***
 Es algo que me sucede siempre que escribo una novela. Los personajes me atrapan y me llevan con ellos. En este caso a Marsella, a Estocolmo, a París, al frente de batalla... He empezado escribiendo las páginas que cierran este libro, así que lo primero que he hecho ha sido alistarme con los soldados que marchan al frente. Yo sé que marchamos hacia una carnicería, pero ni Jean ni los demás lo saben. Algunos sí se lo imaginan, pero la mayoría piensa que será un paseo de unas semanas, que estarán de vuelta en casa por Navidad.
 ***
 La fotografía que más me gusta es la de Jean en la final de 5.000 metros de los Juegos Olímpicos de Estocolmo. Kolehmainen está a punto de romper la cinta con su pecho y Jean Bouin lo sigue a dos palmos de distancia, tratando aún de alcanzarlo, impotente ante el final del finlandés. Jean parece agarrotado, bloqueado, mientras que la zancada de Kolehmainen es tan liviana que parece correr a unos metros del suelo, como si volase.

Kolehmainen y Jean Bouin en la final de 5.000 metros de los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912