sábado, 7 de noviembre de 2015

K2 ENTERRADOS EN EL CIELO



Desde lo más remoto de los tiempos, el ser humano siempre ha buscado retos, aunque estos limitasen, a veces, con la tragedia. De cómo el éxito puede tornarse, en unas horas, en fracaso y desgracia, va este libro.
 El escenario no es el Everest que podemos ver estos días en el film de Baltasar Kormákur, basado en la novela Mal de altura de Jon Krakauer (del que leí la magnífica Hacia rutas salvajes), sino el K2, donde en agosto de 2008 once escaladores perdieron la vida en veinticuatro horas.

"¿Qué había salido mal? ¿Por qué los alpinistas siguieron ascendiendo cuando sabían que jamás podrían descender antes de que anocheciera? ¿Cómo habían podido cometer tantos errores de bulto, como el fallo de no llevar suficiente cuerda?"

 Como en la tragedia del Everest, "el suceso se convirtió en un fenómeno mediático de ámbito internacional", ocupando las portadas de un sin fin de periódicos y revistas. Tras coronar la cumbre del K2, alzar los brazos, sacar las banderas y hacerse unas fotos con el signo de la victoria, aquellos hombres y mujeres iniciaron el descenso.

"Pero hacer cumbre también tiene un coste y antes de las 19:45 del 1 de agosto, el precio humano ya era evidente. La expedición Flying Jump empezó a descender por la montaña dando tumbos como si fueran borrachos saliendo de un bar: haciendo fiestas, diciendo groserías y vomitándose en las botas. La fiesta de la cumbre se había acabado. Ahora tenían que encontrar el camino para volver a casa".

 Horas más tarde, mientras se sumían en la oscuridad, "debieron preguntarse cómo llegó a suceder aquello".

 Este ensayo recoge los dos años de investigación de Amanda Padoan y Peter Zuckerman para esclarecer aquella tragedia. Gracias a más de doscientas entrevistas y a sus muchas idas y venidas, podemos decir que este libro relata unos hechos reales: los de la mayor tragedia de la historia del K2.

K2 (Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez)
Cuando el teniente británico Thomas Montgomerie topografió la zona, le puso el nombre de K2. La K era por "Karakórum" y el numeral significaba que era el segundo pico de su topografía. Registró más montañas de idéntico modo hasta llegar a la K32. Algunos picos recuperaron su denominación local, pero la denominación de K2 pervivió. Los cartógrafos pensaban que su denominación local, Chogori, era un nombre común que los balties utilizaban para referirse a un gran pico. En realidad, Chogori, es una palabra tibetana que significa "puerta de entrada al cielo".

 Leyendo sus páginas nos enteramos de todo lo relativo a esta mítica montaña, ese pico que "recuerda a un diente de tiburón prehistórico".

"El K2 no es una masa como la del Everest, sino que luce líneas más elegantes... y es más avieso. Los escaladores la llaman "la montaña salvaje". El pico presenta todos los obstáculos del Everest... y muchos más. Los glaciares del K2 están plagados de fisuras ocultas por capas de nieve; los escaladores pisan esas grietas, las atraviesan y, si no van encordados, desaparecen. De los glaciares que sobresalen en zonas altas se desprenden bloques de hielo. Las avalanchas truenan cuando descienden por las faldas heladas. Y, además, la altitud. Ningún ser humano, planta o animal puede soportar unas condiciones tan extremas más de unos pocos días. En cada inspiración de aire, los escaladores que llegan a la cima solo inhalan un tercio del oxígeno que respiran al nivel del mar. La privación de oxígeno socava sus fuerzas y pone en peligro su capacidad de raciocinio. El mal de altura los destroza hasta dejar en algunos la capacidad de coordinación motriz propia de los niños más pequeños.Por si estas dificultades no bastaran, las tormentas en el K2 son más crudas. [...] el margen climático del K2 es una lotería".



[...] En el año 2008, la tasa de mortalidad de quienes abandonaron el Campamento Base para intentar alcanzar la cumbre fue del 30,5 por ciento, superior a la tasa de bajas de la playa de Omaha el Día D. Aunque no se dediquen a la estadística, para los escaladores de alta montaña no hay comparación: el K2 es más letal que el Everest".

 Conquistar su cima llevó un siglo de alpinismo, lo que prueba lo osado de la empresa. Por el texto desfilan los nombres de aquellos que hicieron las primeras tentativas: el particularísimo Aleister Crowley y su amigo Oscar Eckenstein; el aristócrata Luigi Amedeo Guiseppe Maria Ferdinando Francesco di Savoia-Aosta, más conocido como duque de los Abruzos; Fritz Wiessner, protagonista junto a su Sherpa Pasang Dawa Lama de "la tragedia más estrafalaria de la historia del montañismo en el Himalaya", en la que se vio implicado el millonario estadounidense Dudley Wolfe, la primera víctima que se cobró la montaña junto a los tres Sherpas que intentaron rescatarlo, y Art Gilkey, que vino a aumentar esa cifra.

Campamento 4, a 7.900 metros de altura, en el K2. 1939, Fritz Wiessner Collection

 Finalmente, los laureles se los llevó en 1954 la expedición italiana que comandaba Ardito Desio, envuelta en una polémica que dura más de cincuenta años, protagonizada por un joven Walter Bonetti, el porteador Amir Mehdi y unos recelosos Achille Compagnoni y Lino Lacedelli. En aquella controversia también se detienen los autores de este libro, y sentimos la desesperación de Bonetti y Mehdi, forzados a vivaquear a 7.900 metros de altitud.

Compagnoni y Lacedelli en el K2. 1954, Fondo Saglio del Archivo Fotográfico TCi

Walter Bonatti entre Pino Galloti y Achille Compagnoni en el Campamento Base del K2
1954, Fondo Saglio del Archivo Fotográfico TCi

 Otra conquista que se nos narra es la de Edmund Hillary y Tensing Norkay en el Everest, deteniéndose en aquel otro debate sobre quién hoyó primero la cumbre. Y algo muy positivo del libro es que Peter Zuckerman y Amanda Padoan han escrito un montón de notas a pie de página, cerrando cada capítulo con sus anotaciones sobre la investigación, lo que aclara muchas de estas polémicas.

Edmund Hillary y Tensing Norkay en el Everest

 Otros nombres que aparecen, para deleite de los entendidos y de los profanos al montañismo, son el Gasherbrum II o K4, el Nanga Parbat, también conocida como "la montaña asesina", y el Broad Peak o K3.

"[...] El Broad Peak, un ochomil moderado en comparación con su vecino, el K2, se vuelve brutal en diciembre. El viento azota las laderas a más de 370 kilómetros por hora y arranca tiendas, corta cuerdas y arroja pedrisco como si se tratara de balas disparadas por una ametralladora. Ningún escalador ha conseguido ascenderlo en invierno. Solo unos cuantos han sido lo suficientemente atrevidos como para intentarlo".

 A su vez, este ensayo es un homenaje a las personas que desaparecieron aquellos días en "la montaña más despiadada de la tierra", así como a los dos sherpas (Chiring Dorje y Pasang Lama) que lograron sobrevivir, a los que se les sigue la pista desde que salieron de sus remotas aldeas, siendo unos adolescentes, para ir a Katmandú a la búsqueda de un empleo como porteadores con el que poder ganar dinero para sus familias.

Porteadores baltíes en el trekking al Baltoro, mayo 2003
Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez

Trekking al Baltoro, mayo 2003. Fotografía Mª Ángeles García Vázquez 

Porteadores camino a Concordia en un trekking al Campamento Base del K2
Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez

 Por cierto, y hablando de sherpas, una vez vino un afamado montañero (no, no es César Pérez de Tudela, que es un encanto de persona) a dar una charla a Málaga, y le escuché decir unas palabras sobre los sherpas* que me produjeron urticaria, por no decir vomitera. Aquel tipo gruñón, en lugar de estarles agradecido, despotricaba de ellos sin ningún tipo de pudor. Yo, que nunca había tenido trato con ellos, aunque hice un largo viaje por Nepal -en el que no subí a ningún ochomil ni visité ningún campamento base-, los imaginaba, por entonces, parecidos a los porteadores bereberes con los que trabajé en la región del Toubkal. Ahora, al terminar el libro, veo que son iguales. Gente noble que igual puede servirte de guía como de arriero o cocinero; personas que me merecen el mayor de los respetos, no sólo porque te hacen la vida más fácil en las expediciones, porteando todo y montando las infraestructuras, sino porque además, en las situaciones difíciles que más tarde o temprano se presentan en la montaña, se juegan la vida por poco dinero.

*El libro distingue entre Sherpas con mayúscula, cuando se refiere a la etnia, y sherpas con minúscula, cuando hace referencia al empleo (trabajador de montaña de grandes altitudes), con independencia de la etnia a la que pertenezca.


Porteadores baltíes cruzando el río Baltoro, mayo 2003
Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez

El porteador baltí más joven de la Expedición Andaluza al K2, mayo 2003
Fotografía: Mª Ángeles García

Cruzando el río Braldo, trekking al Campamento Base del K2, mayo 2003
Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez

Trekking al glaciar de Baltoro, con las Torres del Tranco al fondo, mayo 2003
Fotografía: Mª Ángeles García Vázquez


 Es éste un libro que no debería de faltar en los anaqueles de todo montañero que se precie, tampoco en los de aquellos que gustan de los viajes y la aventura. He disfrutado con su lectura, sobre todo con su segunda y tercera parte (el ensayo está compuesto de tres partes: Ambición, Conquista y Descenso) cuando uno se apresta a unirse al grupo desde el sofá de casa. Además, por sus páginas aparece un español, uno de esos personajes de carne y hueso a los que siempre quisiéramos tener a nuestro lado en los momentos difíciles: un vasco de Vitoria-Gasteiz que responde al nombre de Alberto Zerain y al que algún día me gustaría conocer.


Alberto Zerain

"El escalador vasco Alberto Zerain le pareció alguien asombroso: jamás había visto a un europeo capaz de escalar como un Sherpa. Alberto había hecho un trato con Shaheen, por el cual acordaba trabajar como porteador de grandes altitudes a cambio de un emplazamiento para la tienda de campaña". 

"Después de asistir a una reunión de organización en el Campamento Base, siguió el consejo que le había dado un amigo. "El K2 está preparado para una tragedia", había dicho Jorge Egocheaga a Alberto sugiriéndole que evitara "el circo" y escalara la montaña en solitario. Teniendo esto en mente, Alberto abrió una huella propia cargando en su propia mochila todo lo que pudiera necesitar. Se adelantó a la multitud, alcanzó a Shaheen y le ayudó a abrir huella hasta el Campamento 2". 

"Antes de reanudar la escalada, examinó su alrededor. Delante de él, una chaqueta roja y solitaria iba descendiendo la montaña con paso firme. Pasang reconoció a Alberto Zerain, el escalador vasco del equipo de cabeza que se había adelantado a todo el mundo en el Cuello de Botella. Alberto le mostró una sonrisa resplandeciente y Pasang reconoció esa mirada: el resplandor de la cumbre". 

"Pasang lo vio serpentear entre el grupo de escaladores. Cuando Alberto pasó, algunos miembros de la expedición Flying Jump se dirigieron a él como si le estuvieran preguntando qué dirección debían tomar en una autopista. Querían saber cuántas horas les quedaban hasta la cima. Alberto se encogió de hombros y apenas ralentizó el ritmo. "No iba a tratar de predecir cuánto iban a tardar ellos en alcanzar la cumbre", comentó. Cada escalador avanza a un ritmo distinto. Alberto evaluó el ritmo que llevaban y quiso sugerirles que se dieran media vuelta, pero vaciló. Darse la vuelta era una decisión muy personal, concluyó, entre montañero y su Creador".

Marcapáginas


Una parte de los beneficios que se obtengan con este libro, editado primorosamente por Capitán Swing, serán donados a la institución Gerard McDonnell Memorial Fund. Ger fue el primer irlandés en coronar  el K2, desgraciadamente no sobreviviría al descenso.




  www.capitanswing.com




Nota: Esta entrada está dedicada a Mª Ángeles García Vázquez, que ha tenido la gentileza de dejarme estas fotografías de su trekking al Campamento Base del K2 con la Expedición Andaluza del 2003. Mª Ángeles fue una de las fijas en los grupos a los que acompañaba por el Alto Atlas en aquella época lejana en la que me movía por aquellas montañas, y de la que guardo un grato recuerdo.

Mª Ángeles García con su ángel de la guarda Rumstang, alias "Tiburón", guía y guardaespaldas de Madanme Marión. En el glaciar de Goldwin, con el K2 al fondo, mayo 2003.

1 comentario:

  1. Aunque aparece el nombre en la foto de la portada, olvidé mencionar que el traductor es Ricardo Gª Pérez. Siento el lapsus.

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