sábado, 18 de abril de 2026

LA GRAPA, DE MARYLINE DESBIOLLES, LA NOVELA MÁS ATLÉTICA DE LAS AFUERAS


La grapa, de Maryline Desbiolles (Editorial Las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

En la vida todo sucede inesperadamente. Como en esta novela de la francesa Maryline Desbiolles (Ugine, 1959). Una cría que, como un mandamiento divino, ama correr sobre todas las cosas, entra en casa de un amigo, y el perro de la familia de ese amigo la ataca de manera inmisericorde destrozándole una pierna.

 Uno no cuenta con ella, pero la fatalidad siempre esta ahí, al acecho. En esta novela lo está por partida doble, pues al ataque le siguen las palabras del padre de su amigo, que si no le rajan la piel como los colmillos del perro, le rajan el alma: «A mi perro no le gustan los árabes».

 «Y esa frase la atormenta más que el perro». ¿Por qué ese odio?, ¿por qué ese racismo?, se preguntará la joven durante su dolorosa, lenta y larga rehabilitación, que la llevará a bucear en la historia de la familia de su madre, porque la suya es una familia harki, la comunidad argelina que durante la guerra de la independencia de su país luchó al lado de las fuerzas coloniales francesas. La derrota francesa conllevó la huida de los harkis a Francia, donde pronto se convirtieron en una presencia molesta, un recordatorio de la humillación sufrida en el Magreb –al igual que las cicatrices de su pierna herida, las de la guerra de Argelia también estaban mal curadas–, por eso Emma Fulconis, nuestra corredora adolescente, vive a este lado del Mediterráneo, en el interior de Niza, en L'Escarène, muy cerca de la frontera con Italia.

Vista del pueblo de L'Escarène. Fotografía: Quentin2018 (Wikimedia)

 Es La grapa (Editorial Las afueras, 2025) una novela luminosa y emotiva en la que la carrera y la resiliencia juegan un papel muy especial desde el inicio, desde la primera página, desde este primer capítulo:

Solo la vemos a ella. Incluso tan pequeña, de lejos, insignificante, al ataque de la cuesta. Un latido minúsculo en la tarde reluciente del mes de enero. Este inicio de tarde, prendido con alfileres de luz, que podría no terminar nunca. Colinas plateadas cuya marga gris se desmorona bajo los zapatos, hierbas secas mordidas por las heladas que crepitan en el prado, arroyo brillante como una aguja al fondo del barranco: durante la víspera, como excepción, llovió un poco. Solo la vemos a ella. La hemos visto tantas veces corriendo por estos lares que al principio la vemos correr, aunque eso sea imposible. Se mueve, claro que sí, y bastante rápido, pero como a sacudidas, saltarina. Ahora una verdadera cabra y no el caballo que fue hace no tanto tiempo; por extraño que parezca, más armónica así, coja, en este territorio entrecortado de bruscos desniveles.
 Aquí visto desde arriba, todo el paisaje converge hacia ella, puntito renqueante, azogue, como si el resplandor de este inicio de tarde estuviera ahí condensado, llevado a la incandescencia. El puntito renqueante podría fundirse con el paisaje si no lo perturbara; si no lo hiriera, estaríamos tentados a decir, pues sabemos de qué desgracia procede esa cojera.
 Siempre la hemos conocido corriendo. La memoria nos juega malas pasadas, exageramos, pero nos parece que nunca caminaba como usted y como yo, que solo lograba desplazarse a toda velocidad, que no podía sino irrumpir de improviso, ya fuera mediante la aparición de unas sandalias aladas o, directamente, de unas alitas atornilladas a los tendones de Aquiles. No eran alas de familia, pues su hermano no estaba provisto de ellas; su hermano pequeño, que había sido un bebé bueno y gordo y luego un niño tranquilo que la miraba con los ojos muy abiertos. No es que ella sea seca ni angulosa, sino más bien resuelta, vivaz, presta a la pirueta incluso después del accidente. Decía que le gustaba el viento. A menudo se encabritaba, pero al viento le consentía. Esta no es una región de viento. Solo de remanentes ventosos, vientos modestos, un breve siroco, una leve brisa del sur, un mistral de nada, a veces un poco de levante, como mucho una tramontana, raras veces pero helada, capaz de traer nieve. No es una región de viento. Aun así, ella lo esperaba. El viento la hacía reír. Al menor roce en los postigos, salía de casa como una exhalación, sacudía sus crines de caballo y relinchaba al viento. Quizá fue el viento lo que forjó su afición por galopar. Aún conserva ese gusto, aún conserva ese ardor, se afana entre los matorrales, se abre camino como quien tala leña incluso cuando le duele, lo cual no soporta; se enfurece, no tiene paciencia con sus males, el dolor no la lleva a ganarse ningún cielo, el dolor no ha hecho más que arrancarle las alas con que nació, y se la oye maldecir y proferir unos gruñidos que nada tienen de angelicales, se parecen más bien a los de esas bestias con cerdas y pezuñas que hozan el suelo. Los ángeles están en la iglesia de Sant-Pierre-ès-Liens, una bandada de ángeles azules del belén que sigue expuesta mucho después de Navidad y Reyes, como olvidada en un rincón, pero que se ilumina aún más cuando nos acercamos, no muy a menudo; la iglesia está vacía, desmesuradamente vacía, desmesuradamente barroca, y es que ya estamos en Italia. La iglesia es suntuosa, pero no corona el pueblo que es todo viaducto, puentes y salientes; la frontera está suspendida, vacila mucho más que las obras de arte. La iglesia no corona nada, está en el hueco que podría imaginarse como el purgatorio o, cuando menos, la tregua de L'Escarène. Un topónimo que le sienta como un guante, muy extendido por el sudeste, que designa la arista, la parte más escarpada de la montaña, a la que se accede como por los peldaños de una escalera. Scala, scarena, Escarène. El camino hacia el paso de Niza es aquí una escalera. Las numerosas curvas y luego el desvío hacia el pueblo.
 Solo la vemos a ella, pero ella no oculta nada, ni devuelve nada a la confusión del fondo. Ella es el puntito que se agita entre los matorrales y contiene no solo los destellos del paisaje, sino también los golpes torcidos. Ella es Emma Fulconis, aunque ese nombre tan de aquí no la arraiga, nunca, cada vez menos, ella que parece salir de un atolladero a cada paso, la joven Emma Fulconis, vieja por la herida y los meses eternos pasados en el hospital, la que fue nuestra gloria local, conocida como la atleta, un mote que aún podría servirle, y hasta con mayor motivo, por la palabra griega de la que viene, athlos, que significa lucha, combate, prueba; pero ahora ya nadie se atreve a decírsela, como mucho le lanzan una mirada o un vistazo furtivo. Cómo volver a ver lo que fue casi transparente, casi invisible, el cuerpo perfecto de la atleta, de toda atleta, el cuerpo que en nada la distinguía del conjunto de atletas. Cómo ver lo que ahora la convierte en singular, en dolorosamente singular, la pierna que no oculta, cuya visión no nos ahorra porque sigue llevando pantalones y faldas cortas, la pierna cosida de cicatrices, reducida a su más simple expresión, piel y huesos, tibia y grapa*, fíbula también llamada peroné, la pierna destrozada y el caminar que resulta, el paso ladeado, si se quiere, si se quiere poner palabras aceptables a lo que es tan torpe, tan contrahecho.
 Solo la vemos a ella. El puntito donde se focaliza el paisaje o, depende, se extiende el paisaje, lo llena, de manera que bastaría gritar en la hondonada o pronunciar, sin más, el nombre de Emma Fulconis,
EMMA FULCONIS
para que apareciera el pequeño mundo, ese rincón de territorio en general y en particular, en bloque y en detalle, heridas, luz, centelleos del monte bajo, árboles esqueléticos, trinos, susurros de los insectos. Luz creciente, muy pronto insoportable, mientras se marchitan los árboles y disminuye la cantidad de insectos.
*Nota del editor: en francés la palabra agrafe tiene varias acepciones, pudiendo hacer referencia tanto a un broche, a una grapa o al peroné (también llamado fíbula). La autora juega con ellas a lo largo del texto.

 Hay algo hipnótico en la escritura de Maryline Desbiolles que nos hace querer seguir leyendo. Aunque la autora ha sido laureada con el Premio Femina –otorgado anualmente por un jurado exclusivamente femenino– por Anchise en 1999, y con el Premio Franz Hessel por Charbons Ardents en 2022, es esta, La grapa (L'agrafe), su primera obra traducida al español, con la que también obtuvo el Premio Literario Le Monde en 2024.

La escritora Maryline Desbiolles
Fotografía: Alchetron

 Hay muchos manuales de Atletismo, pero cuesta encontrar novelas en las que aparezca este deporte, por eso es de agradecer que la autora lo eligiera, entre tantos como hay, para componer al personaje principal de esta obra. ¿Practicó el atletismo Maryline Desbiolles en su etapa escolar al igual que su protagonista? Muchos escritores le otorgan vivencias propias a sus personajes –fraguados en el horno autobiográfico de sus autores–, así que es factible que a Desbiolles, en algún momento de su vida, también la llamaran atleta (Maryline, s'il te plâit, confirmez-le ou infirmez-le).

¿Desde cuándo la llamaban la atleta? Estaríamos tentados a decir: desde siempre, pero la palabra siempre consume toda el agua, o la que queda. Sin duda desde la escuela, porque el profesor de gimnasia la llamó así, un poco porque se le había olvidado su nombre y un poco para celebrar sus marcas, sobre todo en lanzamiento de peso y salto de altura, disciplinas que no gozan del favor de los alumnos y no desatan grandes esfuerzos, pero ella, Emma Fulconis, se empleaba a fondo. El mote se le quedó.
***
Nunca le ha interesado la competición; lo cual, según su entrenador, sin duda le habría impedido lograr cualquier hazaña. Correr lo más rápido posible, eso estaba claro, pero correr más rápido que los demás sobrepasaba su entendimiento. No corría de forma relativa, sino absoluta. ¿Acaso no se podían lograr hazañas en absoluto? Corría más rápido que los demás, los adelantaba sin verlos, estaba en otra parte. Nuestra gloria local ganaba competiciones que no le gustaban. Ganaba contra su voluntad, pero de todo corazón. Corría de todo corazón. Los demás no existían o, si existían, estaban en la misma categoría que los árboles o los pájaros, no eran rivales.
***
 Corría en cualquier ocasión. Para comprar el pan, para ir y venir de la escuela, para cruzar el puente bajo el que fluye el Paillon, aún fogoso como un torrente antes de derramarse por el valle; corría para cruzar el puente en uno y otro sentido, corría para nada. Sobre todo, para nada. Corría cada vez más, empezó a entrenar. Voy a entrenar, decía. En un camino de tierra por ahí detrás. Hacía puntas de velocidad. Diez veces, veinte veces, cien veces, en una distancia que señalizaba con ramas o piedras. Cien metros, doscientos metros, media en zancadas de un metro a ojo. No era muy alta, exageraba las zancadas todo lo que podía y sacaba un poco la lengua. Diez veces, veinte veces, cien veces, mil veces, sin cronómetro. No buscaba establecer un récord, es decir, registrar sus marcas y superarlas. Siempre estaba empezando. Siempre corría por primera vez.
***
 La madre inscribe a Emma Fulconis en un club de atletismo al este de Niza. Se desvive por llevar a su hija en coche, esperarla, ir a buscarla, hacer malabarismos con su horario de cajera en el hipermercado del valle. Dos entrenos por semana en el estadio Vauban, los miércoles por la tarde y los viernes por la noche; Emma Fulconis destaca en la pista, en el sprint, los cien metros, doscientos metros y cuatrocientos metros, en infantiles y luego en cadetes, entrenos, competiciones, podio, que viene del griego podion, pie pequeño, donde Emma Fulconis deposita su piececito alado mientras nosotros, que ya sabemos, vemos su otro pie, el izquierdo, pronto invadido por la sombra, y vemos, porque sabemos, cómo su rostro se aleja bajo la luz de las fotos que aparecen en el periódico local, las mejillas rebosantes de infancia, la melena morena recogida en una cola de caballo, los ojos brillantes, negros, opacos, sin reflejo, la sonrisa reacia.
***
Corre de todo corazón. Aunque destaca en el sprint, desplegaría mucho mejor el arte de la carrera fuera de pista, por los senderos y caminos, lo desplegaría en esa disciplina llamada carrera de montaña, pero está claro que no quiere entregar su deseo a la disciplina, y aún menos a la competición. No le importa gran cosa catalogar su deseo. Nombrarlo es otra historia, tal vez la historia de una vida. Atraviesa los paisajes corriendo. Atraviesa los paisajes sin verlos, los traspasa y se inmiscuye en ellos. Va como el viento, pero ese viento que no mueve nada de sitio, ni una rama, ni una hoja. Va como el viento, vuela como una flecha, eso es, es una flecha. Atleta. Bicho raro. Flecha.
***
Corre en estadios ovalados. Se pone al frente o sola, en cabeza, más que delante de los demás; pero no hay mayor felicidad que correr por los campos de L'Escarène bajo la mirada del paso del Chat, el monte Gardeion, los picos de l'Erbossiera o del Farguet, los puertos de Braus o de Faravel. Este mes de mayo sopla un poco de viento, un viento delicioso que acompaña sus andaduras, sus últimas andaduras, porque antes de que llegue el verano tendrá la pierna destrozada.

 La novela contiene también pequeñas piezas de historia, como la de los olvidados de la 1ª DFL, la primera división francesa libre, esos centenares de hombres que respondieron desde todos los rincones del mundo a la llamada del general De Gaulle; vencedores de la última batalla de los Alpes en 1945.

Mausoleo a los héroes de la 1ª DFL en L'Escarène
Caídos en los combates del macizo de Authion
Fotografía: Mairie de L'Escarène

 O la del abuelo de Emma, François Fulconis (Lalin), héroe de la región que se enfrentó al ejército de ocupación francesa que quería integrar el Condado de Niza a la Francia revolucionaria en 1972.

Billete de 50 nissarts de la República de Nissa con la figura de Lalin Fulconis

 O la de Bobbi Gibb, Roberta Louise Gibb, la primera mujer en correr el maratón de Boston. Fue en 1966, un año antes que Kathrine Switzer. Y lo hizo sin dorsal, sin estar inscrita entre los participantes, «como una clandestina», pues a las mujeres aún no se les estaba permitido correr esa distancia.

Bobbi Gibb instantes antes de cruzar la meta
Maratón de Boston del año 1966

Bobbi Gibb tras cruzar la meta de la maratón de Boston 1966

Bobbi Gibb tras correr la maratón de Boston (1966)

 Y por supuesto, la historia de los harkis que tuvieron que arreglárselas como pudieron para refugiarse en Francia al final de la guerra de independencia argelina.

Un regimiento harki marchando bajo el Arco del Triunfo
Fotografía: The News In Pictures

 Es esta una novela que necesita de una segunda lectura para poder apreciar todos sus detalles, pues, una vez conocemos la historia, la voz del narrador –su «lenguaje torrencial y danzante» en palabras de los editores, Magda Anglès y Francisco Llorca– cobra otra prestancia. Incluso le pone luz a esas palabras de Emily Dickinson, extraídas de sus Poesías completas, que actúan de cita en las páginas previas al inicio de la novela.

No puedo bailar de puntillas,
nadie me enseñó,
pero a veces, en mi mente,
me posee una melodía.

 Y llegados a este punto, solo puedo acordarme del vídeo Run, run, run! que montó en 2016 Luca Salri con el Modern Love de mi querido y añorado David Bowie de fondo; un trabajo para la asignatura de diseño y montaje, impartida por la profesora Cristiana Parente en el curso de Cine y Audiovisual (UFC).

 O este otro, hecho por Cinedimi, con la misma canción interpretada por Zaho de Sagazan y más escenas de películas en las que se ve a gente corriendo.

 Nada más que añadir. Corran, lean, ¡y larga vida a Las afueras!





La grapa, de Maryline Desbiolles

Premio Literario Le Monde

Traducción de Blanca Gago

Editorial Las afueras, 2025

No hay comentarios:

Publicar un comentario