lunes, 10 de septiembre de 2018

LA DISTANCIA

La noche le obligó a elegir el paseo marítimo. [...] Trotó muy lentamente hasta llegar a una de las referencias conocidas, unos escalones de acceso a la playa. Entonces pulsó el cronómetro. Mediría el tiempo total y también por kilómetros. Los dos primeros kilómetros los correría suave, calentando; el resto por debajo de los tres treinta. Se concentró en la carrera. Localizar su energía en lo físico. Correr rápido por el suelo duro y luego carrera continua por la arena, cuidar las rodillas. La humedad había vaciado el paseo marítimo: podría haber traído al perro. La brisa secaba el sudor, lo enfriaba.
 Cañas de pesca en la playa, clavadas en la orilla como las lanzas de un regimiento que esperase la inminente llegada de barcazas enemigas, o que vigilase la evolución del lomo dormido del animal salvaje que es el mar. Emilio cruzaba cerca de ellas, junto al mar que no podía ver pero sí sentir, el rugido amortiguado de las olas que sólo a veces reflejan la luz que reflejaba la luna. Intervalos de silencio cuando unos pocos centenares de metros más allá el rojo de un semáforo detenía la circulación y entonces aparecía el ruido de los pasos de Emilio, la respiración pesada, constante, el ritmo vivo que no controlaba. Emilio avanzaba sin consultar el reloj, satisfecho por haber vencido la desgana y estar corriendo, limpiándose. Agradecía la falta de otros corredores, gente paseando, seguramente por la densa humedad. Sólo pescadores para los que no existía, pendientes de las vibraciones de las cañas y de nuevo el estallido del tráfico apagando las olas y los pasos de Emilio, que seguía corriendo, logrando olvidar el mensaje del Coronel, Tamar, Marta, como el mar, ahí pero oculto, el hueco de la oscuridad, insondable.
 Dio la vuelta en la última rotonda y volvió por el mismo camino. Continuó hasta el puerto en vez de detenerse en el punto de partida. Apretó el ritmo hasta que llegó una vez más donde había comenzado. Echó el cuerpo hacia delante, apoyó las manos en los muslos, como si vomitase. Anduvo con los brazos separados del cuerpo y cuando consiguió acompasar la respiración hizo ejercicios de estiramiento y volvió al coche.
 En la ducha descubrió la carrera frenética de las cifras del reloj: había olvidado pulsar el cronómetro al terminar de correr.
He estado un tiempo desaparecido, perdido en la distancia: en la que nos separa del sureste asiático, por donde he estado errando un par de meses en compañía de mi hijo Pedro (también de Lucía las tres primeras semanas), visitando países, ciudades y accidentes geográficos de nombres evocadores. Y, como siempre, acompañado de libros relacionados con los lugares de destino que hagan la experiencia más enriquecedora, a los que sumé la última novela de mi amigo Pablo Aranda, pues no quise demorar su lectura sabiendo que mi nombre encabezaba la lista de agradecimientos, un gesto generoso que aprecio y que me recuerda en su exceso a los que tenía el otro Pablo conmigo.

La distancia, Pablo Aranda (Malpaso, 2018)
Fotografía: Pedro Delgado

 Leí La distancia a 41.001 pies de la tierra, y a más de 10.000 kilómetros de Málaga. Quemaba kilómetros en el aire y en la carretera, y a media que leía la trama se iba extendiendo por mi cabeza como la tinta derramada sobre un papel, y con ella sus escenarios, más vívidos si cabe por haber vivido en ellos, sintiendo cierto escalofrío cada vez que leía mi nombre o al saber que mi libro de relatos, Carta desde el Toubkal, acompañaba a Emilio, el protagonista, en sus viajes por el Atlas, una cordillera en la que ejercía de guía como ya lo hiciera yo antaño.
 Mi cuerpo atravesaba fronteras y pisaba lugares cuyos nombres parecían un conjuro misterioso: Siem Reap, Angkor, Battambang, Phnom Penh..., pero a la noche, en la distancia, abría la novela de Pablo y regresaba a Marruecos, a Granada, a Málaga. Y no a un Marruecos, una Granada o una Málaga cualquiera, sino al Marruecos por el que guié a tantas personas, a la Granada en la que estudié Educación Física (como el protagonista inicialmente) y a la Málaga que me vio nacer y en la que, como Emilio, tantas veces me he calzado las zapatillas de deporte para correr por sus calles y su paseo marítimo. Y por eso leía despacio, dosificando las páginas, para que ese viaje en la distancia espacial y sobre todo en la temporal no acabara nunca, para demorarme en los recuerdos. Y por supuesto también para acompañar a Emilio por los azares de la vida, porque al fin y al cabo lo que le sucede nos puede ocurrir a cualquiera. El destino como motor oculto de nuestras vidas, el destino que se entromete en tu día a día, que puede dirigir tus estudios o emparejarte con tal o cual persona, que convierte o no a un cobarde cobarde en un cobarde valiente. Tamar y Marta, Marta y Tamar y el "corazón grande y de pocas pulsaciones a fuerza de carreras" de Emilio, desbocado a veces como si acabase de terminar un mil quinientos. Decía el escritor Garriga Vela en la presentación de La distancia que la novela de Pablo era "una novela negra de amor". Yo no me atrevería a corregirlo, pero sí a puntualizar que es una novela negra de poliamor –no en el sentido estricto del término, sino en el de que se puede amar a dos personas al mismo tiempo–, un sustantivo muy de moda últimamente pero que nunca fue ajeno a los que estudiamos en Granada. "Mundos que quedaron atrás, las vidas posibles. Las vidas imposibles".
 La novela de Pablo, que también es la novela de Emilio, de Tamar, de Marta, del Coronel..., sigue la línea emprendida con Los soldados (El Aleph, 2013) y El protegido (Malpaso, 2015), con esas pinceladas de intriga y suspense que te obligan a seguir leyendo, pero, a la vez, recupera al Pablo más intimista de sus primeras novelas. Al que narra la vida corriente sin más, con sus giros y sus revueltas. Y para goce de los que amamos el atletismo, en sus páginas aparece gente que corre y entrena.
En cuanto el cronómetro marcase treinta minutos correría la final de los mil quinientos de las olimpiadas de 1984 en Los Ángeles. Le ardían los ojos. Él encarnaría a Sebastian Coe. La salida sería lenta para que Kilb aguantase toda la carrera. Quedaría atrás sólo en la última recta, supuso, a falta de trescientos metros, como Ovett. Kilb sería Ovett. Se retiraría a trescientos metros del final y observaría desde el suelo la vuelta del ganador, Coe. 
 El nerviosismo de Kilb le indicó que hablaba solo. El perro había sentido el cambio de ritmo aunque no fuese brusco y lo había puesto en estado de alerta. Sebastian Coe había partido como favorito de los ochocientos en las olimpiadas anteriores, pero logró la medalla de plata y el oro había sido para Ovett, o sea: Kilb. Y sin embargo, Ovett, que era el favorito para los mil quinientos, en Moscú tuvo que contentarse con la medalla de plata y el oro fue para Coe, que era él, Emilio. –Y ahora nos encontramos en otras olimpiadas –pronunció Emilio con esfuerzo y Kilb, atento a cualquier acelerón, cansado, no lo miró–. En Los Ángeles, donde no querían que yo corriese. 
 Un cambio de pendiente le hizo abandonar momentáneamente la entonación y comprobar mirando el cronómetro que tampoco esta vez se acercaría al récord olímpico de la época. El año 1983 había sido nefasto, apartado de las competiciones por enfermedades. Había sido superado por Peter Elliott en las pruebas de selección del equipo británico para las olimpiadas, pero Elliott finalmente quedó fuera para que pudiese acudir él, Coe, a pesar de las numerosas protestas. En la carrera también competiría Steve Cram, el otro británico, para vengar a Elliott, para demostrar que el reinado mío, o sea, de Coe, había terminado definitivamente. El favorito de la carrera era Steve Cram. Coe procuró no quedare encerrado, sostener el ritmo hasta la última vuelta, soportar el ataque que viniese por atrás, irse, una vez más calculando la distancia. 
 Ovett empezó a quedare atrás y se volvió para animarlo: venga, Kilb, sólo faltan dos vueltas, una y media, pero Ovett no podía respirar bien, se ahogaba, miraría el final de la carrera desde el suelo, la vuelta de agradecimiento del ganador, y Emilio apretó el paso preocupándose de quienes más le inquietaban, Steve Cram y José Abascal, el español, toda la carrera a su sombra, aguantando el tipo, fuerte, apretando de repente, demasiado pronto, también Cram, pero él se sintió pletórico y aprovechó un falso llano del carril para culminar el sprint último y alzó los brazos imitando los gestos de Coe.


La distancia, Pablo Aranda (Malpaso, 2018) Fotografía: Pedro Delgado
Una novela perturbadora y magistral sobre las intrigas del destino

2 comentarios:

  1. Pedro, me alegro mucho de que te haya gustado la novela y verte convertido en un personaje. Me ha hecho mucha ilusión también que cuelgues el vídeo del 1500 que tantas veces hemos comentado. Un abrazo muy grande.

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    1. Pablo, mil perdones por no haber subido antes tu comentario y mi respuesta, pero es que blogger no envió a mi correo el aviso y quedó varado en la bandeja de comentarios pendientes de moderación.
      ¡¡Qué gran carrera la del vídeo!! ¡¡Y qué buena novela la tuya!!
      Un abrazón.

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