viernes, 13 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA (VIII)


La educación que tenemos, artículo de José Luis Raya (Diario SUR)
Fotografía: Pedro Delgado

José Luis Raya Pérez es un profesor jubilado de instituto y escritor granadino –malagueño de adopción–, del que tengo algunos artículos suyos sobre educación recortados y clavados con chinchetas en el tablón de mi despacho. A ellos sumé recientemente otra pieza, que lleva por título La educación que tenemos, artículo aparecido en el diario SUR del sábado 24 de enero de este año. Por lo certero de su reflexión y por la claridad con la que explica un problema que es una realidad en muchísimos institutos, he querido compartir su reflexión con ustedes.

La educación que tenemos

Por José Luis Raya Pérez

Recuerdo cómo inicié mi modesto recorrido como articulista de este diario en 2008, cuando reflexioné sobre la precaria situación de la enseñanza pública tras asistir al estreno de 'La clase', de Laurent Cantet, una lúcida simbiosis entre docudrama y cine testimonial. Aunque ya me haya jubilado, sé de primera mano que la situación no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado curso tras curso. Muchos docentes se sienten profundamente insatisfechos con su labor; las bajas por depresión aumentan de manera alarmante y los más veteranos cuentan, con ansiedad, los días que les restan para jubilarse. Así no se puede trabajar, ni siquiera con una mínima solvencia emocional. Aprobar unas oposiciones certifica que tus conocimientos son superiores a los de otros aspirantes. Sin embargo, esa preparación cultural e intelectual resulta estéril cuando en determinadas aulas se concentra un porcentaje elevado de alumnos que carecen del más mínimo interés por aprender. En ocasiones, el profesor termina conformándose con que el alumno duerma y no moleste. Es duro admitirlo, pero cuando se busca el bien de la mayoría, se acaban tolerando determinadas actitudes, sobre todo si los padres ya han sido informados. La verdadera desazón profesional surge cuando un número significativo de alumnos disruptivos impide el desarrollo normal de una clase. Y por 'normal' entendemos algo tan básico como que el docente pueda transmitir conocimientos y, al mismo tiempo, contagiar entusiasmo e interés por aprender. Ambas cosas se vuelven prácticamente imposibles cuando uno o varios alumnos interrumpen de forma constante. Precisamente eso retrata 'La clase': una sucesión ininterrumpida de adolescentes boicoteando la enseñanza hasta la extenuación. El resultado es asfixiante. Avanzamos ya hacia la segunda década de aquel docudrama y, sin embargo, en muchos centros la realidad es aún peor. A la disrupción se suman faltas de respeto, insultos y agresiones verbales o físicas, a menudo con la connivencia –explícita o tácita– de padres y madres. Este despropósito no se limita a la educación obligatoria: también se reproduce en bachillerato. Hoy, los profesores que logran trabajar con normalidad pueden considerarse afortunados. Lo que antes era una excepción se ha convertido en norma. Los centros periféricos ya no son los únicos conflictivos; el problema se ha extendido a cualquier enclave. También conviene analizar la inversión en educación en los últimos años. Aunque ha aumentado, resulta evidente que o bien es insuficiente o bien se gestiona de forma deficiente. Probablemente ambas cosas. Se ha puesto el foco –y los recursos– en el alumnado con mayores dificultades, lo cual es loable, pero se ha abandonado al alumnado con mayor predisposición. Se ha igualado siempre desde abajo. Las adaptaciones curriculares han funcionado en algunos aspectos, pero no se ha trabajado para que los alumnos más aventajados puedan desarrollarse plenamente. El resultado es un descenso generalizado del nivel curricular. Además, muchas de estas adaptaciones se han aplicado a alumnos que antes deberían haber sido educados en normas básicas de comportamiento. Recuerdo a estudiantes cuya actitud en clase era indistinguible de la que se tiene en un concierto de rock. Si gritaban al profesor era porque en casa gritaban a sus padres. Todo apunta a que en el ámbito familiar se gesta gran parte de esta falta de respeto, disciplina y consideración. Muchos progenitores carecen de valores educativos y, ni saben, ni pueden inculcarlos; algunos, incluso, han llegado a amenazar o agredir a los docentes. Hoy, reprender a un alumno, retirarle el móvil o castigarlo sin recreo puede desencadenar reacciones absolutamente desproporcionadas por parte de sus padres. Es cierto que estos casos aún son minoritarios, y que muchos padres delegan en los docentes una educación que ellos no han sabido proporcionar. Pero esa delegación pervierte la función del profesor, que deja de enseñar para dedicarse a educar en lo más elemental. Se invierte más tiempo en inculcar normas básicas de respeto que en explicar las oraciones de relativo, las ecuaciones o la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, entonces, que muchos estudiantes lleguen a la universidad con una formación cultural deplorable. Las redes sociales, internet y buena parte de la televisión no fomentan la cultura ni la educación; al contrario, imponen la grosería, el griterío y la violencia verbal o física. Si las nuevas metodologías educativas no están funcionando, quizá haya llegado el momento de replantearse aquello que sí lo hacía: disciplina, rigor, puntualidad y respeto a la autoridad. A ello habría que añadir medidas como limitar la interferencia de padres problemáticos, restringir el acceso a redes sociales y frenar el veneno que se inocula a través de programas basura, youtubers o influencers violentos.

 Solo así los centros educativos podrían aspirar a transformar la sociedad. Pero me temo que está ocurriendo justo lo contrario: es esta sociedad perniciosa la que ha penetrado en colegios e institutos. Si no aunamos fuerzas, todo esto acabará irremediablemente yéndose al gareteracteres con espacios.

 Afortunadamente, en mi instituto no tenemos esa problemática tan marcada, pues se optó hace muchísimos años por la disciplina, el rigor y el respeto a la autoridad, y tenemos un aula de convivencia para esos alumnos que impiden reiteradamente el desarrollo de la clase. Pero me consta, por muchos amigos y compañeros del gremio, que somos una parte de la excepción, y que la norma es la que nos retrata José Luis Raya en su artículo.

 Tengo en la videoteca de casa el DVD de La clase, que vi hace muchos años, cuando los periódicos casi regalaban las películas. Si no han visto el film de Laurent Cantet que menciona José Luis en su texto, les animo a ello.

 Pueden ver otras entradas sobre La educación en España clicando sobre los siguiente enlaces:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2017/01/la-importancia-de-la-educacion-en-espana.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/09/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2022/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2024/06/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/10/la-importancia-de-la-educacion-en.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2025/12/la-importancia-de-la-educacion-en.html

domingo, 8 de febrero de 2026

EL QUE NO CORRE, VUELA


Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

El mes pasado, cuando venía una borrasca tras otra, me acordé de una novela corta de Pablo Aranda que lleva por título Borrasca en los Ozores, y como hacía una tarde de sofá y mantita, como la de hoy, la cogí de la estantería y me puse a releerla.

 Al abrirla me encontré con su dedicatoria, y no pude más que esbozar una sonrisa:

 Para mi amigo Pedro, aunque en esta micronovela nadie corre; aunque el que no corre, vuela.
 Un abrazo enorme,
Pablo Aranda
abril 2018

 Veo su caligrafía tan particular, y recuerdo el mimo y el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, el detalle personal, lo recto de sus renglones...

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2026/01/borrasca-en-los-ozores.html?m=0

 Leer a Pablo siempre es grato, de alguna manera es sentir de nuevo su compañía, como si estuviera sentado a mi lado en el sofá. Y como la tarde era lluviosa y no apetecía nada que no fuera estar arrellanado en él, me releí también Una historia de amor, un relato largo de Pablo que editó Promotora Cultural Malagueña con la colaboración del Ayuntamiento de Málaga y la Empresa Malagueña de Transportes (EMT), de ahí que lo repartieran en los autobuses de línea de Málaga para promocionar la lectura en la campaña «Libros sobre ruedas-Librerías en marcha».

Una historia de amor, de Pablo Aranda
Libros sobre ruedas-Librerías en marcha
Fotografía: Pedro Delgado

 Una historia de amor es un relato sobre un tipo que con veinte años recién cumplidos se enamora de Merit, una noruega que pasa sus vacaciones de verano en Málaga, y de cómo se la sopla su amigo Pedro. Al protagonista le gustan los videoclubes, el cine español y el café en una taza grande con mucha leche. Podría ser el propio Pablo, pero no lo es, porque entonces su perro no se llamaría Miércoles, sino Turrón. Tampoco soy yo el Pedro del relato, porque entonces estaría viviendo en Oslo, y Noruega es el único país de Europa, junto a Luxemburgo, Suiza y Liechtenstein, que todavía no he visitado.

Marit va a cumplir 50 años porque yo también estoy a punto de cumplirlos y en el verano de 1988, cuando yo acababa de cumplir 20, ella también acababa de cumplirlos. Los domingos no íbamos a la playa, porque los domingos no se va a la playa, tanta gente, las sombrillas y las voces, pero aquel domingo Pedro me propuso ir y dije bueno. Entre las familias  numerosas descubrimos un oasis de jóvenes extranjeras y extendimos las toallas junto a ellas. Yo creía que Pedro iba a contarme alguna intimidad y me preguntaba de qué se trataría, pero Pedro no decía nada y yo me callaba para dejar espacio a su confesión y lo miraba buscando algún gesto extraño que no hallé y me decía que tal vez simplemente le habían entrado ganas de ir a la playa aunque fuera domingo. Las extranjeras eran cuatro y nosotros dos éramos sólo dos. Parecían contentas y no lográbamos adivinar qué idioma hablaban. El pelo clarísimo nos hizo pensar en un idioma nórdico, también nos hizo pensar en un idioma nórdico haber descartado inglés, francés, alemán e italiano, tampoco holandés del que no entendíamos una sola palabra pero distinguíamos el fuerte acento, ni portugués porque las portuguesas no eran rubias. Era una lengua musical y  mientras esperaba lo que fuese a contarme Pedro me imaginé saliendo con tres de las cuatro, no a la vez sino que me imaginaba que iba a visitar a una a su país y luego me imaginaba visitando a otra, pero las imágenes me resultaban confusas porque deseaba escuchar la confesión de Pedro y además no sabía en qué país visitarlas. Tampoco sabía si visitarlas enseguida, al mes siguiente de que hubiesen vuelto a su país, o años después, cuando desconocía el aspecto que yo tendría. Mi aspecto 30 años después es el que tengo ahora, pero entonces no lo sabía.
 Mi cumpleaños había sido hacía muy poco y cuando cantaron el cumpleaños feliz en su bella lengua extraña Pedro dijo que me cantaban a mí y solté una carcajada y una de ellas, la del biquini naranja, se volvió a mirarme y le dije gracias.
 –¿Gracias por qué? –me preguntó en español.
 –Acabo de cumplir 20 años –respondí sonriendo.
 –Yo los cumplo hoy.
 Tenía una mirada rara y nos fuimos los seis juntos al agua. Le señalé la sombra violácea de una montaña africana pero no logró verla y me dijo que se llamaba Marit y era de Noruega. Me imaginé caminando por las calles de Oslo cogido de la mano de Marit, pero Noruega comienza por no y desordenando las palabras de Oslo llegué a solo, lo cual constituía un mal presagio que sin embargo no me desanimó. Nos invitaron a una fiesta esa noche y nosotros avisaríamos a Isidro y los otros y llevaríamos cerveza. Al despedirnos noté reflejos en su ojo dorado, como en la novela de Carson McCullers que aún no había leído, y me entraron unas ganas terribles de besarla.
 –Me gustan mucho tus ojos –logré decirle.
 –En realidad sólo es mío el izquierdo –dijo ella, y yo atribuí lo enigmático de su respuesta a su mal español, que no era malo en realidad, aunque tampoco muy bueno.
 En el camino de vuelta Pedro me contó algo, tal vez eso tan importante que le había hecho quedar conmigo para ir a la playa en domingo, pero yo no le escuchaba. Él hablaba y hablaba y yo me decía que en navidades vendría a visitar a mi padre y a mi madre, en las navidades futuras, cuando yo ya estuviese viviendo con Marit en un pequeño apartamento de un edificio antiguo sin ascensor en el centro de Oslo. No supe apreciar el mal presagio de que el edificio careciera de ascensor.

 Una historia de amor es un magnífico ejemplo de la literatura de Pablo, pues en sus páginas podemos encontrar sus habituales e ingeniosos juegos de palabras, su fino sentido del humor y su inmensa ternura por los perdedores.

 –Pero si Merit es noruega –dije.
 –Es lo mismo –dijo él.
 Por la noche daba vueltas en mi cama, preguntándome como Dios, o Thor, o quien fuese, permitía que una noruega de dos ojos bellísimos, aunque sólo uno fuese biológico, con esa sonrisa y ese acento, esa dulzura, podía salir con un tipo que consideraba lo mismo ser noruega que sueca y que se refería a ella aludiendo a lo que no tenía, un ojo, que en realidad sí tenía, aunque no fuera biológico, como quien tiene un hijo adoptado y es igual de hijo que un hijo biológico, o incluso más, pues es elegido, pero Merit no tenía un hijo adoptado sino un ojo adoptado mientras yo daba vueltas en mi cama y lloraba, en cierta manera tuerto, pues me faltaba una mitad, Merit, ¿qué haces con Pedro si quien iría a visitarte a Oslo soy yo?
***
Cuando terminaron aquellas vacaciones de 1988 fuimos a un concierto de Danza Invisible en Torremolinos y coreábamos todos juntos a gritos la canción El fin del verano siempre es triste, porque nos parecía verdad, y yo no se lo decía a nadie pero no sabía cómo afrontar el siguiente curso de la universidad sabiendo que Merit volvía a su fiordo y, lo peor de todo, sin que yo tuviera una buena excusa para ir a visitarla y tampoco dinero, aunque en aquella época no tenía problemas en viajar haciendo autostop y tardando lo que tardase, porque el billete de avión costaba un ojo de la cara, aunque esta expresión me deje un regusto sucio al escribirla.
***
Merit ha cambiado pero es la misma, como yo. Tiene el pelo largo pero no tanto como antes. Su ojo izquierdo sigue teniendo reflejos cuando la luz le da de cierta manera y aunque se nota que han pasado los años sigue guapísima. Su español es buenísimo, pero conserva un poco la musicalidad noruega y yo la besaría. Me ha dado un abrazo al verme y me ha preparado un café con leche en una taza muy grande, que es como a mí me gusta el café, con mucha más leche que café, pero yo no se lo he pedido así, a lo mejor se acuerda de cuando tomábamos café y pasábamos del inglés al español y yo calculaba las posibilidades de que dejase a Pedro y me pidiera salir con ella, pero nunca dejó a Pedro y yo sí lo fui dejando, porque un día me contó que Merit se depilaba el pubis, tío, aunque en realidad él dijo coño, y yo me enfadé porque me lo contase, y también un poco porque lo tuviese depilado, y me enfadé por haberme enfadado y le dije que preferiría no saberlo y él me preguntó el qué y si ni siquiera sabía eso es que era mejor dejarlo, y fui dejándolo, y poco a poco no fui yendo con él a la playa aunque fuese entre semana y llegó un momento en que hacía varios años que no nos veíamos y como Merit y él se fueron a vivir juntos pero sin casarse no tuvieron que invitarme a la boda ni yo tuve que no  ir, porque seguía enamorado de ella, como sigo ahora, casi treinta años después.

 Merit sólo estaba en aquellas páginas de papel, pero Pablo ya había hecho que cobrara vida. Me la había metido en la cabeza, y me dieron ganas de pisar Oslo, de ir a visitarla. Y entonces cogí la tablet y busqué Oslo en la página de la Lonely Planet. Escribí «Qué ver y qué hacer en Oslo», y gasté la última hora de la tarde en recorrer con Merit todos aquellos lugares.

https://www.lonelyplanet.es/europa/noruega/oslo/imprescindible

Una historia de amor de Pablo Aranda y la guía de Noruega de Lonely Planet
Fotografía: Pedro Delgado

 Y como la mayoría de los lectores de este blog son atletas, les anoto aquí, por si también se animan a visitar Oslo, la fecha de la próxima Maratón de la capital: 12 de septiembre de 2026.

https://oslomaraton.no/en/

Maratón de Oslo – 12 de septiembe de 2026